Tristana - 10

Süzlärneñ gomumi sanı 4804
Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1657
35.5 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
48.7 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
54.6 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.
favores...! Y llegará día en que la insolvencia me ponga en el trance
de solicitar lo que no he de poder restituir... Bien sabe Dios que solo
por sostener a esta pobre niña, y alegrar su existencia, soporto tanta
vergüenza y degradación. Me pegaría un tiro, y en paz. ¡Al otro mundo
con mi alma, al hoyo con mis cansados huesos! Muerte y no vergüenza...
Mas las circunstancias disponen lo contrario: vida sin dignidad... No
lo hubiera creído nunca. Y luego dicen que el carácter... No, no creo
en los caracteres. No hay más que hechos, accidentes. La vida de los
demás es molde de nuestra propia vida y troquel de nuestras acciones.»
En presencia de la señorita disimulaba el pobre D. _Lepe_ las horribles
amarguras que pasando estaba, y aun se permitía fingir que su situación
era de las más florecientes. No solo le llevó los avíos de pintar, dos
cajas de colores para óleo y acuarela, pinceles, caballete y demás,
sino también el organito o armonium que le había prometido, para que
se distrajese con la música los ratos que la pintura le dejaba libres.
En el piano poseía Tristana la instrucción elemental del colegio,
suficiente para farfullar polkas y valses o alguna pieza fácil. Algo
tarde era ya para adquirir la destreza que solo da un precoz y duro
trabajo; pero con un buen maestro podría vencer las dificultades, y
además el órgano no le exigía digitación muy rápida. Se ilusionó con
la música más que con la pintura, y anhelaba levantarse de la cama
para probar su aptitud. Ya se arreglaría con un solo pie para mover
los pedales. Aguardando con febril impaciencia al profesor anunciado
por D. Lope, oía en su mente las dulces armonías del instrumento,
menos sentidas y hermosas que las que sonaban en lo íntimo de su alma.
Creyose llamada a ser muy pronto una notabilidad, una concertista
de primer orden, y con tal idea se animó, y tuvo algunas horitas de
felicidad. Cuidaba Garrido de estimular su ambiciosa ilusión, y en
tanto, le hacía recordar sus ensayos de dibujo, incitándola a bosquejar
en lienzo o en tabla algún bonito asunto, copiado del natural.
--Vamos, ¿por qué no te atreves con mi retrato... o con el de Saturna?
Respondía la inválida que le convendría más adestrar la mano en alguna
copia, y D. Lope prometió traerle buenos estudios de cabeza o paisaje
para que escogiese.
El pobre señor no escatimaba sacrificio por ser grato a su pobre
cojita, y... al fin, ¡oh caprichos de la mudable suerte!, hallándose
perplejo por no saber cómo procurarse los estudios pictóricos, la
casualidad, el demonio, Saturna, resolvieron de común acuerdo la
dificultad.
--¡Pero, señor --dijo Saturna--, si tenemos ahí...! No sea bobo, déjeme
y le traigo...
Y con sus expresivos ojos y su mímica admirable completó el atrevido
pensamiento.
--Haz lo que quieras, mujer --indicó D. Lope, alzando los hombros--.
Por mí...
Media hora después entró Saturna de la calle con un rimero de tablas
y bastidores pintados, cabezas, torsos desnudos, apuntes de paisaje,
bodegones, frutas y flores, todo de mano de maestro.


XXV

Impresión honda hizo en la señorita de Reluz la vista de aquellas
pinturas, semblantes amigos que veía después de larga ausencia, y que
le recordaban horas felices. Fueron para ella, en ocasión semejante,
como personas vivas, y no necesitaba forzar su imaginación para verlas
animadas, moviendo los labios y fijando en ella miradas cariñosas.
Mandó a Saturna que colgase los lienzos en la habitación para recrearse
contemplándolos, y se transportaba a los tiempos del estudio y de las
tardes deliciosas en compañía de Horacio. Púsose muy triste, comparando
su presente con el pasado, y al fin rogó a la criada que guardase
aquellos objetos hasta que pudiese acostumbrarse a mirarlos sin tanta
emoción; mas no manifestó sorpresa por la facilidad con que las
pinturas habían pasado del estudio a la casa, ni curiosidad de saber
qué pensaba de ello el suspicaz D. Lope. No quiso la sirviente meterse
en explicaciones, que no se le pedían, y poco después, sobre las doce,
mientras daba de almorzar al amo una mísera tortilla de patatas y un
trozo de carne con representación y honores de chuleta, se aventuró a
decirle cuatro verdades, valida de la confianza que le diera su largo
servicio en la casa.
--Señor, sepa que el amigo quiere ver a la señorita, y es natural...
Ea, no sea malo, y hágase cargo de las circunstancias. Son jóvenes, y
usted está ya más para padre o para abuelo que para otra cosa. ¿No dice
que tiene el corazón grande?
--Saturna --replicó D. Lope, golpeando en la mesa con el mango del
cuchillo--, lo tengo más grande que la copa de un pino, más grande que
esta casa, y más grande que el Depósito de Aguas, que ahí enfrente
está.
--Pues entonces..., pelillos a la mar. Ya no es usted joven, gracias
a Dios; digo..., por desgracia. No sea el perro del hortelano, que
ni come ni deja comer. Si quiere que Dios le perdone todas sus
barrabasadas y picardías, tanto engaño de mujeres y burla de maridos,
hágase cargo de que los jóvenes son jóvenes, y de que el mundo, y la
vida, y las cositas buenas son para los que empiezan a vivir, no para
los que acaban... Con que tenga un... ¿cómo se dice? un rasgo, don
_Lepe_, digo, D. Lope..., y...
En vez de incomodarse, al infeliz caballero le dio por tomarlo a buenas.
--¿Conque un rasgo...? Vamos a ver: ¿y de dónde sacas tú que soy yo tan
viejo? ¿Crees que no sirvo ya para nada? Ya quisieran muchas, tú misma,
con tus cincuenta...
--¡Cincuenta! Quite usted _jierro_, señor.
--Pongamos treinta... y cinco.
--Y dos. Ni uno más. ¡Vaya!
--Pues quédese en lo que quieras. Pues digo que tú misma, si yo
estuviese de humor y te... No, no te ruborices... ¡Si pensarás que
eres un esperpento...! No; arreglándote un poquito, resultarías muy
aceptable. Tienes unos ojos, que ya los quisieran más de cuatro.
--Señor... vamos... ¿Pero qué... también a mí me quiere camelar? --dijo
la doméstica familiarizándose tanto, que no vaciló en dejar a un lado
de la mesa la fuente vacía de la carne, y sentarse frente a su amo, los
brazos en jarras.
--No... no estoy ya para diabluras. No temas nada de mí. Me he cortado
la coleta, y ya se acabaron las bromas y las cositas malas. Quiero
tanto a la niña, que desde luego convierto en amor de padre el otro
amor, ya sabes... y soy capaz, por hacerla dichosa, de todos los
rasgos, como tú dices, que... En fin, ¿qué hay?... ¿Ese mequetrefe...?
--Por Dios, no le llame así. No sea soberbio. Es muy guapo.
--¿Qué sabes tú lo que son hombres guapos?
--Quítese allá. Toda mujer sabe de eso. ¡Vaya! Y sin comparar, que
es cosa fea, digo que don Horacio es un buen mozo... mejorando lo
presente. Que usted fue el acabose, por sabido se calla; pero eso pasó.
Mírese al espejo, y verá que ya se le fue la hermosura. No tiene más
remedio que reconocer que el pintorcito...
--No le he visto nunca... Pero no necesito verle para sostener, como
sostengo, que ya no hay hombres guapos, airosos, atrevidos, que sepan
enamorar. Esa raza se extinguió. Pero en fin, demos de barato que el
pintamonas sea un guapo... relativo.
--La niña le quiere... No se enfade... la verdad por delante... La
juventud es juventud.
--Bueno... pues le quiere... Lo que yo te aseguro es que ese muchacho
no hará su felicidad.
--Dice que no le importa la pata coja.
--Saturna, ¡que mal conoces la naturaleza humana! Ese hombre no hará
feliz a la niña, repito. ¡Si sabré yo de estas cosas! Y añado más: la
niña no espera su felicidad de semejante tipo...
--¡Señor...!
--Para entender estas cosas, Saturna, es menester... entenderlas.
Eres muy dura de mollera, y no ves sino lo que tienes delante de tus
narices. Tristana es mujer de mucho entendimiento, ahí donde la ves, de
una imaginación ardiente... Está enamorada...
--Eso ya lo sé.
--No lo sabes. Enamorada de un hombre que no existe, porque no puede
existir, porque si existiera, Saturna, sería Dios, y Dios no se
entretiene en venir al mundo para diversión de las muchachas. Ea, basta
de palique; tráeme el café.
Corrió Saturna a la cocina, y al volver con el café, permitiose
comentar las últimas ideas expresadas por D. Lope.
--Señor, lo que yo digo es que se quieren, sea por lo fino, sea por lo
basto, y que el D. Horacio desea verse con la señorita... Viene con
buen fin.
--Pues que venga. Se irá con mal principio.
--¡Ay, qué tirano!
--No es eso... Si no me opongo a que se vean --dijo el caballero
encendiendo un cigarro--. Pero antes conviene que yo mismo hable con
ese sujeto. Ya ves si soy bueno. ¿Y este rasgo...? Hablar con él, sí, y
decirle... ya, ya sabré yo...
--¿Apostamos a que le espanta?
--No; le traeré, traerele yo mismo. Saturna, esto se llama un rasgo.
Encárgate de avisarle que me espere en su estudio una de estas
tardes... mañana. Estoy decidido. (_Paseándose inquieto por el
comedor._) Si Tristana quiere verle, no la privaré de ese gusto. Cuanto
antojo tenga la niña, se lo satisfará su amante padre. Le traje los
pinceles, le traje el armonium, y no basta. Hacen falta más juguetes.
Pues venga el hombre, la ilusión, la... Saturna, di ahora que no soy
un héroe, un santo. Con este solo arranque, lavo todas mis culpas, y
merezco que Dios me tenga por suyo. Conque...
--Le avisaré... Pero no salga con alguna patochada. ¡Vaya, que si le da
por asustar a ese pobre chico...!
--Se asustará solo de verme. Saturna, soy quien soy... Otra cosa: con
maña vas preparando a la niña... Le dices que yo haré la vista gorda,
que saldré exprofeso una tarde para que él entre, y puedan hablarse,
como una media hora nada más... No conviene más tiempo. Mi dignidad no
lo permite. Pero yo estaré en casa, y... Mira, se abrirá una rendijita
en la puerta para que tú y yo podamos ver cómo se reciben el uno al
otro, y oír lo que charlen.
--¡Señor...!
--¿Tú qué sabes...? Haz lo que te mando.
--Pues haga usted lo que le aconsejo. No hay tiempo que perder. D.
Horacio tiene mucha prisa...
--¿Prisa?... Esa palabra quiere decir juventud. Bueno, pues esta
misma tarde subiré al estudio. Avísale... anda... y después, cuando
acompañes a la señorita, te dejas caer... ¿entiendes? le dices que
yo ni consiento ni me opongo... o más bien, que tolero y me hago el
desentendido. Ni le dejes comprender que voy al estudio, pues este acto
de inconsecuencia, que desmiente mi carácter, quizás me rebajaría a sus
propios ojos... aunque no... tal vez no... En fin, prepárala, para que
no se afecte cuando vea en su presencia al... bello ideal.
--No se burle.
--Si no me burlo. Bello ideal quiere decir...
--Su tipo... el tipo de una, supongamos...
--Tú sí que eres tipo (_soltando la risa_). En fin, no se hable más.
La preparas, y yo voy a encararme con el galán joven.
A la hora convenida, previo el aviso dado por Saturna, dirigiose
D. Lope al estudio, y al subir, no sin cansancio, la interminable
escalera, se decía entre toses broncas y ahogados suspiros: «¡Pero,
Dios mío, qué cosas tan raras estoy haciendo de algún tiempo a esta
parte! A veces me dan ganas de preguntarme: ¿Y es usted aquel D.
Lope...? Nunca creí que llegara el caso de no parecerse uno a sí
mismo... En fin, procuraré no infundir mucho miedo a ese inocente.»
La primera impresión de ambos fue algo penosa, no sabiendo qué actitud
tomar, vacilando entre la benevolencia y una dignidad que bien podría
llamarse decorativa. Hallábase dispuesto el pintor a tratar a D. Lope
según los aires que este llevase. Después de los saludos y cumplidos
de ordenanza, mostró el anciano galán una cortesía desdeñosa, mirando
al joven como a ser inferior, al cual se dispensa la honra de un trato
pasajero, impuesto por la casualidad.
--Pues sí, caballero... ya sabe usted la desgracia de la niña. ¡Qué
lástima, ¿verdad? con aquel talento, con aquella gracia...! Es ya mujer
inútil para siempre. Ya comprenderá usted mi pena. La miro como hija,
la amo entrañablemente con cariño puro y desinteresado, y ya que no he
podido conservarle la salud ni librarla de esa tristísima amputación,
quiero alegrar sus días, hacerle placentera la vida, en lo posible,
y dar a su alma todo el recreo que... En fin, su voluble espíritu
necesita juguetes. La pintura no acaba de distraerla... la música tal
vez... Su insaciable afán pide más, siempre más. Yo sabía que usted...
--De modo, Sr. D. Lope --dijo Horacio con gracejo cortés--, que a mí me
considera usted juguete.
--No, juguete precisamente no... Pero... Yo soy viejo, como usted ve,
muy práctico en cosas de la vida, en pasiones y afectos, y sé que las
inclinaciones juveniles tienen siempre un cierto airecillo de juego de
muñecas... No hay que tomarlo a mal. Cada cual ve estas cosas según su
edad. El prisma de los veinticinco o de los treinta años descompone los
objetos de un modo gracioso, y les da matices frescos y brillantes. El
cristal mío me presenta las cosas de otro modo. En una palabra: que yo
veo la inclinación de la niña con indulgencia paternal, sí, con esa
indulgencia que siempre nos merece la criatura enfermita, a quien es
forzoso dispensar los antojos y mimos, por extravagantes que sean.
--Dispénseme, señor mío --dijo Horacio con gravedad, sobreponiéndose
a la fascinación que el mirar penetrante del caballero ejercía sobre
él, encogiéndole el ánimo--, dispénseme. Yo no puedo apreciar con ese
criterio de abuelo chocho la inclinación que Tristana me tiene, y
menos la que por ella siento.
--Pues por eso no hemos de reñir --replicó Garrido, acentuando más la
urbanidad y el desdén con que le hablaba--. Yo pienso lo que he tenido
el honor de manifestarle; piense usted lo que guste. No sé si usted
rectificará su manera de apreciar estas cosas. Yo soy muy viejo, muy
curtido, y no sé rectificarme a mí propio. Lo que hay es que, dejándole
a usted pensar lo que guste, yo vengo a decirle que, pues desea usted
ver a Tristanita, y Tristanita se alegrará de verle, no me opongo a que
usted honre mi casa; al contrario, tendré una satisfacción en ello.
¿Creía tal vez que yo iba a salir por el registro del padre celoso o
del tirano doméstico? No, señor. No me gustan a mí los tapujos, y menos
en cosa tan inocente como esta visita. No, no es decoroso que ande el
novio buscándome las vueltas para entrar en casa. Usted y yo no ganamos
nada, el uno colándose sin mi permiso, el otro atrancando las puertas
como si hubiera en ello alguna malicia. Sí, Sr. D. Horacio, usted puede
ir, a la hora que yo le designe, se entiende. Y si resultase que habría
que repetir las visitas, porque así conviniera a la paz de mi enferma,
ha de prometerme usted no entrar nunca sin conocimiento mío.
--Me parece muy bien --afirmó Díaz, que poco a poco se iba dejando
conquistar por la agudeza y pericia mundana del atildado viejo--. Estoy
a sus órdenes.
Sentía Horacio la superioridad de su interlocutor, y casi... y sin
casi, se alegraba de tratarle, admirando de cerca, por primera vez, un
ejemplar curiosísimo de la fauna social más desarrollada, un carácter
que resultaba legendario, y revestido de cierto matiz poético. La
atracción se fue acentuando con las cosas donosísimas que después dijo
D. Lope pertinentes a la vida galante, a las mujeres y al matrimonio.
En resumidas cuentas, que le fue muy simpático, y se despidieron,
prometiéndole Horacio obedecer sus indicaciones, y fijando para la
tarde siguiente las _vistas_ con la pobre inválida.


XXVI

«¡Qué pedazo de ángel! --decía D. Lope, dejando atrás, con menos calma
que a la subida, el sin fin de peldaños de la escalera del estudio--.
Y parece honrado y decente. No le veo muy aferrado a la infantil manía
del matrimonio, ni me ha dicho nada de bello ideal, ni aquello de
_amarla hasta la muerte_, con patita o sin patita... Nada; que esto
es cosa concluida... Creí encontrar un romántico, con cara de haber
bebido el vinagre de las pasiones contrariadas, y me encuentro un
mocetón de color sano y espíritu sereno, un hombre sesudo, que al fin
y a la postre verá las cosas como las veo yo. Ni se le conoce que esté
enamoradísimo, como debió de estarlo antes, allá qué sé yo cuándo. Más
bien parece confuso, sin saber qué actitud tomar cuando la vea, ni
cómo presentársele... En fin, ¿qué saldrá de esto...? Para mí, es cosa
terminada... terminada... sí señor... cosa muerta, caída, enterrada...
como la pierna.»
El estupendo notición de la próxima visita de Horacio, inquietó a
Tristana, que aparentando creer cuanto se le decía, abrigaba en su
interior cierta desconfianza de la realidad de aquel suceso, pues
su labor mental de los días que precedieron a la operación habíala
familiarizado con la idea de suponer ausente al bello ideal; y la
hermosura misma de este, y sus raras perfecciones, se representaban en
la mente de la niña como ajadas y desvanecidas por obra y gracia de la
aproximación. Al propio tiempo, el deseo puramente humano y egoísta de
ver al ser querido, de oírle, luchaba en su alma con aquel desenfrenado
idealismo, en virtud del cual, más bien que a buscar la aproximación,
tendía, sin darse cuenta de ello, a evitarla. La distancia venía a
ser como una voluptuosidad de aquel amor sutil, que pugnaba por
desprenderse de toda influencia de los sentidos.
En tal estado de ánimo, llegó el momento de la entrevista. Fingió
D. Lope que se ausentaba, sin hacer la menor alusión al caso; pero
se quedó en su cuarto, dispuesto a salir si algún accidente hacía
necesaria su presencia. Arreglose Tristana la cabeza, recordando sus
mejores tiempos, y como se había repuesto algo en los últimos días,
resultaba muy bien. No obstante, descontenta y afligida, apartó de sí
el espejo, pues el idealismo no excluía la presunción. Cuando sintió
que entraba Horario, que Saturna le introducía en la sala, palideció, y
a punto estuvo de perder el conocimiento. La poca sangre de sus venas
afluyó al corazón; apenas podía respirar, y una curiosidad más poderosa
que todo sentimiento la embargaba. «Ahora --se decía-- veré cómo es, me
enteraré de su rostro, que se me ha perdido desde hace tiempo, que se
me ha borrado, obligándome a inventar otro para mi uso particular.»
Por fin, Horacio entró... Sorpresa de Tristana, que en el primer
momento, casi le vio como a un extraño. Fuese derecho a ella con los
brazos abiertos y la acarició tiernamente. Ni uno ni otro pudieron
hablar hasta pasado un breve rato... Y a Tristana le sorprendió el
metal de voz de su antiguo amante, cual si nunca lo hubiera oído. Y
después... ¡qué cara, qué tez, qué color como de bronce, bruñido por el
sol!
--¡Cuánto has padecido, pobrecita! --dijo Horacio, cuando la emoción
le permitió expresarse con claridad--. ¡Y yo sin poder estar al lado
tuyo! Habría sido un gran consuelo para mí, acompañar a mi _Paquilla de
Rímini_ en aquel trance, sostener su espíritu..., pero ya sabes; mi tía
tan malita! Por poco no lo cuenta la pobre.
--Sí..., hiciste bien en no venir... ¿Para qué? --repuso Tristana
recobrando al instante su serenidad--. Cuadro tan lastimoso te
habría desgarrado el corazón. En fin, ya pasó; estoy mejor, y me voy
acostumbrando a la idea de no tener más que una patita.
--¿Qué importa, vida mía? --dijo el pintor, por decir algo.
--Allá veremos. Aún no he probado a andar con muletas. El primer día he
de pasar mal rato; pero al fin me acostumbraré. ¿Qué remedio tengo...?
--Todo es cuestión de costumbre. Claro que al principio estarás menos
airosa... Es decir, tú siempre serás airosa...
--No... cállate. Ese grado de adulación no debe consentirse entre
nosotros. Un poco de galantería, de caridad más bien, pase...
--Lo que más vale en ti, la gracia, el espíritu, la inteligencia, no
ha sufrido ni puede sufrir menoscabo. Ni el encanto de tu rostro, ni
las proporciones admirables de tu busto... tampoco.
--Cállate --dijo Tristana con gravedad--. Soy una belleza sentada... ya
para siempre sentada, una mujer de medio cuerpo, un busto y nada más.
--¿Y te parece poco? Un busto; ¡pero qué hermoso! Luego, tu
inteligencia sin par hará siempre de ti una mujer encantadora...
Horacio rebuscaba en su mente todas las flores que pueden echarse a una
mujer que no tiene más que una pierna. No le fue difícil encontrarlas,
y una vez arrojadas sobre la infeliz inválida, ya no tenía más que
añadir. Con un poquito de violencia, que casi casi no pudo apreciar él
mismo, añadió lo siguiente:
--Y yo te quiero, y te querré siempre lo mismo.
--Eso ya lo sé --replicó ella, afirmándolo por lo mismo que empezaba a
dudarlo.
Continuó la conversación en los términos más afectuosos, sin llegar al
tono y actitudes de la verdadera confianza. En los primeros momentos,
sintió Tristana una desilusión brusca. Aquel hombre no era el mismo
que, borrado de su memoria por la distancia, había ella reconstruido
laboriosamente con su facultad creadora y plasmante. Parecíale tosca y
ordinaria la figura, la cara sin expresión inteligente, y en cuanto
a las ideas... ¡Ah, las ideas le resultaban de lo más vulgar...! De
los labios del _señó Juan_ no salieron más que las conmiseraciones que
se dan a todo enfermo, revestidas de una forma de tierna amistad. Y
en todo lo que dijo referente a la constancia de su amor, veíase el
artificio trabajosamente edificado por la compasión.
Entretanto, D. Lope iba y venía sin sosiego por el interior de la casa,
calzado de silenciosas zapatillas, para que no se le sintieran los
pasos, y se aproximaba a la puerta, por si ocurría algo que reclamase
su intervención. Como su dignidad repugnaba el espionaje, no aplicó el
oído a la puerta. Más que por encargo del amo, por inspiración propia
y ganas de fisgoneo, Saturna puso su oreja en el resquicio que abierto
dejó para el caso, y algo pudo pescar de lo que los amantes decían.
Llamándola al pasillo, D. Lope la interrogó con vivo interés:
--Dime, ¿han hablado algo de matrimonio?
--Nada he oído que signifique cosa de casarse --dijo Saturna--. Amor,
sí, quererse siempre, y qué sé yo... pero...
--De sagrado vínculo, ni una palabra. Lo que digo, cosa concluida. Y no
podía suceder de otro modo. ¿Cómo sostener su promesa ante una mujer
que ha de andar con muletas...? La Naturaleza se impone. Es lo que yo
digo... Mucho palique, mucha frase de relumbrón, y ninguna substancia.
Al llegar al terreno de los hechos, desaparece toda la hojarasca y
nada queda... En fin, Saturna, esto va bien y como yo deseo. Veremos
por dónde sale ahora la niña. Sigue, sigue escuchando, a ver si salta
alguna frase de compromiso formal para el porvenir.
Volvió la diligente criada a su punto de acecho; pero nada sacó en
limpio, porque hablaban muy bajo. Por fin, Horacio propuso a su amada
terminar la visita.
--Por mi gusto --le dijo--, no me separaría de ti hasta mañana...,
ni mañana tampoco... Pero debo considerar que D. Lope, concediéndome
verte, procede con una generosidad y una alteza de miras que le honra
mucho, y que me obliga a no incurrir en abuso. ¿Te parece que me retire
ya? Como tú quieras. Y confío que no siendo muy largas las visitas, tu
viejo me permitirá repetirlas todos los días.
Opinó la inválida en conformidad con su amigo, y este se retiró
después de besarla cariñosamente y de reiterarle aquellos afectos que,
aunque no fríos, iban tomando un carácter fraternal. Tristana le vio
partir muy tranquila, y al despedirse fijó para la siguiente tarde la
primera lección de pintura, lo que fue muy del agrado del artista,
quien, al salir de la estancia, sorprendió a D. Lope en el pasillo y
se fue derecho a él, saludándole con profundo respeto. Metiéronse en
el cuarto del galán caduco, y allí charlaron de cosas que a este le
parecieron de singular alcance.
Por de pronto, ni una palabra soltó el pintor que a proyectos de
matrimonio transcendiera. Manifestó un interés vivísimo por Tristana,
lástima profunda de su estado, y amor por ella en un grado discreto,
discreción interpretada por D. Lope como delicadeza, o más bien
repugnancia de un rompimiento brusco, que habría sido inhumano en la
triste situación de la señorita de Reluz. Por fin, Horacio no tuvo
inconveniente en dar al interés que su amiga le inspiraba un carácter
señaladamente positivista. Como sabía por Saturna las dificultades de
cierto género que agobiaban a D. Lope, se arrancó a proponer a este lo
que en su altanera dignidad no podía el caballero admitir.
--Porque, mire usted, amigo --le dijo en tono campechano--, yo..., y no
se ofenda de mi oficiosidad..., tengo para con Tristana ciertos deberes
que cumplir. Es huérfana. Cuantos la quieren y la estiman en lo que
vale, obligados están a mirar por ella. No me parece bien que usted
monopolice la excelsa virtud de amparar al desvalido... Si quiere usted
concederme un favor, que le agradeceré toda mi vida, permítame...
--¿Qué?... Por Dios, caballero Díaz, no me sonroje usted. ¿Cómo
consentir...?
--Tómelo usted por donde quiera.... ¿Qué quiere decirme?... ¿Que es una
indelicadeza proponer que sean de mi cuenta los gastos de la enfermedad
de Tristana? Pues hace usted mal, muy mal, en pensarlo así. Acéptelo, y
después seremos más amigos.
--¿Más amigos, caballero Díaz? ¡Más amigos después de probar yo que no
tengo vergüenza!
--¡Don Lope, por amor de Dios!
--Don Horacio..., basta.
--Y en último caso, ¿por qué no se me ha de permitir que regale a mi
amiguita un órgano expresivo de superior calidad, de lo mejor en su
género, que le añada una completa biblioteca musical para órgano,
comprendiendo estudios, piezas fáciles y de concierto, y que, por fin,
corra de mi cuenta el profesor?...
--Eso... ya... Vea usted como transijo. Se admite el regalo del
instrumento y de los papeles. Lo del profesor, no puede ser, caballero
Díaz.
--¿Por qué?
--Porque se regala un objeto como testimonio de afectos presentes o
pasados; pero no sé yo de nadie que obsequie con lecciones de música.
--Don Lope..., déjese de distingos.
--A ese paso llegaría usted a proponerme costearle la ropa y a
señalarle alimentos..., y esto, con franqueza, paréceme denigrante para
mí... a menos que usted viniera con propósitos y fines de cierto género.
Viéndole venir, Horacio quiso dar una vuelta a la conversación.
--Mis propósitos son que se instruya en un arte en que pueda lucir y
gastar ese caudal inmenso de fluido acumulado en su sistema nervioso,
los tesoros de pasión artística, de noble ambición que llenan su alma.
--Si no es más que eso, yo me basto y me sobro. No soy rico; pero poseo
lo bastante para abrir a Tristana los caminos por donde puede correr
hacia la gloria una pobre cojita. Yo..., francamente, creí que usted...
Queriendo obtener una declaración categórica, y viendo que no la
lograba por ataques oblicuos, embistiole de frente:
--Pues yo creí que usted, al venir aquí, traía el propósito de casarse
con ella.
--¡Casarme!... ¡Oh!... no --dijo Horacio, desconcertado por el
repentino golpe, pero rehaciéndose al momento--. Tristana es enemiga
irreconciliable del matrimonio. ¿No lo sabía usted?
--¿Yo?... No.
--Pues sí: lo detesta. Quizás ve más que todos nosotros; quizás su
mirada perspicua, o cierto instinto de adivinación concedido a las
mujeres superiores, ve la sociedad futura, que nosotros no vemos.
--Quizás... Estas niñas mimosas y antojadizas suelen tener vista muy
larga. En fin, caballero Díaz, quedamos en que se acepta el obsequio
del organito; pero no lo demás: se agradece, eso sí; pero no se puede
aceptar, porque lo veda el decoro.
--Y quedamos --dijo Horacio despidiéndose-- que vendré a pintar un
ratito con ella.
--Un ratito..., cuando la levantemos, porque no ha de pintar en la cama.
--Justo...; pero en tanto, ¿podré venir...?
--¡Oh!, sí, a charlar, a distraerla. Cuéntele usted cosas de aquel
hermoso país.
--¡Ah!, no, no --dijo Horacio frunciendo el ceño--. No le gusta el
campo, ni la jardinería, ni la Naturaleza, ni las aves domésticas, ni
la vida regalada y oscura, que a mí me encantan y me enamoran. Soy yo
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  • Tristana - 02
    Süzlärneñ gomumi sanı 4854
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1845
    31.7 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    44.8 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    51.7 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
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  • Tristana - 03
    Süzlärneñ gomumi sanı 4901
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1812
    32.8 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    46.3 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    53.1 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
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  • Tristana - 04
    Süzlärneñ gomumi sanı 4888
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1801
    32.7 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    46.9 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    53.3 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
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  • Tristana - 05
    Süzlärneñ gomumi sanı 4828
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1719
    33.8 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    47.4 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    53.9 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
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  • Tristana - 06
    Süzlärneñ gomumi sanı 4861
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1825
    32.7 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    45.2 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    51.4 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
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  • Tristana - 07
    Süzlärneñ gomumi sanı 5037
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1798
    32.0 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    44.5 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    50.1 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
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  • Tristana - 08
    Süzlärneñ gomumi sanı 4948
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1686
    34.0 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    46.6 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    53.1 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
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  • Tristana - 09
    Süzlärneñ gomumi sanı 4818
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1686
    35.7 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    47.9 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    54.1 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
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  • Tristana - 10
    Süzlärneñ gomumi sanı 4804
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1657
    35.5 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    48.7 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    54.6 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
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  • Tristana - 11
    Süzlärneñ gomumi sanı 3932
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1459
    33.9 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    46.3 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    51.7 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
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