Tristana - 05

Süzlärneñ gomumi sanı 4828
Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1719
33.8 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
47.4 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
53.9 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.
ads place
suerte habría sido peor --replicó D. Lope, defendiéndose como pudo--.
Lo bueno, lo perfecto, ¿dónde está? Gracias que Dios nos conceda lo
menos malo, y el bien relativo. Yo no pretendo que me veneres como a
un santo; te digo que veas en mí al hombre que te quiere con cuantas
clases de cariño pueden existir, al hombre que a todo trance te
apartará del mal, y...
--Lo que veo --interrumpió Tristana-- es un egoísmo brutal, monstruoso,
un egoísmo que...
--El tonillo que tomas --dijo Garrido con acritud-- y la energía con
que me contestas me confirman en lo mismo, chicuela sin seso. Idilio
tenemos, sí. Hay algo fuera de casa que te inspira aborrecimiento de
lo de dentro, y al propio tiempo te sugiere ideas de libertad, de
emancipación. Abajo la caretita. Pues no te suelto, no. Te estimo
demasiado para entregarte a los azares de lo desconocido, y a las
aventuras peligrosas. Eres una inocentona sin juicio. Yo puedo haber
sido para ti un mal padre. Pues mira, ahora se me antoja ser padre
bueno.
Y adoptando la actitud de nobleza y dignidad que tan bien cuadraba a
su figura, y que con tanto arte usaba cuando le convenía; poniéndosela
y haciéndola crujir, cual armadura de templado acero, le dijo estas
graves palabras:
--Hija mía, yo no te prohibiré que salgas de casa, porque esa
prohibición es indigna de mí y contraria a mis hábitos. No quiero hacer
el celoso de comedia, ni el tirano doméstico, cuya ridiculez conozco
mejor que nadie. Pero si no te prohibo que salgas, te digo con toda
formalidad que no me agrada verte salir. Eres materialmente libre, y
las limitaciones que deba tener tu libertad, tú misma eres quien debe
señalarlas, mirando a mi decoro y al cariño que te tengo.
¡Lástima que no hablara en verso para ser perfecta imagen del _padre
noble_ de antigua comedia! Pero la prosa y las zapatillas, que por la
decadencia en que vivía no eran de lo más elegante, destruían en parte
aquel efecto. Causaron impresión a la joven las palabras del estropeado
galán, y se retiró para llorar a solas, allá en la cocina, sobre el
pecho amigo y leal de Saturna; pero no había transcurrido media hora,
cuando don Lope tiró de la campanilla para llamarla. En la manera de
tocar conocía la señorita que la llamaba a ella y no a la criada, y
acudió cediendo a una costumbre puramente mecánica. No, no pedía ni la
flor de malva, ni las bayetas calientes: lo que pedía era la compañía
dulce de la esclava, para entretener su insomnio de libertino averiado,
a quien los años atormentan como espectros acusadores.
Encontrole paseándose por el cuarto, con un gabán viejo sobre los
hombros, porque su pobreza no le permitía ya el uso de un batín nuevo
y elegante; la cabeza descubierta, pues antes de que ella entrara, se
quitó el gorro con que solía cubrirla por las noches.
Estaba guapo sin duda, con varonil y avellanada hermosura de _Cuadro de
las Lanzas_.
--Te he llamado, hija mía --le dijo, echándose en una butaca y sentando
a la esclava sobre sus rodillas--, porque no quería acostarme sin
charlar algo más. Sé que no he de dormir si me acuesto dejándote
disgustada... Conque vamos a ver... cuéntame tu idilio...
--No tengo ninguna historia que contar --replicó Tristana, rechazando
sus caricias con buen modo, como haciéndose la distraída.
--Bueno, pues yo lo descubriré. No, no te riño. ¡Si aun portándote mal
conmigo, tengo mucho que agradecerte! Me has querido en mi vejez, me
has dado tu juventud, tu candor; cogí flores en la edad en que no me
correspondía tocar más que abrojos. Reconozco que he sido malo para
ti, y que no debí arrancarte del tallo. Pero no lo puedo remediar; no
me puedo convencer de que soy viejo, porque Dios parece que me pone en
el alma un sentimiento de eterna juventud... ¿Qué dices a esto? ¿Qué
piensas? ¿Te burlas?... Ríete todo lo que quieras; pero no te alejes
de mí. Yo sé que no puedo dorar tu cárcel (_con amargura vivísima_),
porque soy pobre. Es la pobreza también una forma de vejez; pero a esta
me resigno menos que a la otra. El ser pobre me anonada, no por mí,
sino por ti, porque me gustaría rodearte de las comodidades, de las
galas que te corresponden. Mereces vivir como una princesa, y te tengo
aquí como una pobrecita hospiciana... No puedo vestirte como quisiera.
Gracias que tú estás bien de cualquier modo, y en esta estrechez, en
nuestra miseria mal disimulada, siempre, siempre eres y serás perla.
Con gestos más que con palabras, dio a entender Tristana que le
importaba un bledo la pobreza...
--¡Ah..., no!; estas cosas se dicen, pero rara vez se sienten. Nos
resignamos porque no hay más remedio; pero la pobreza es cosa muy mala,
hija, y todos, más o menos sinceramente, renegamos de ella. Cree que
mi mayor suplicio es no poder dorarte la jaulita. ¡Y qué bien te la
doraría yo! Porque lo entiendo, cree que lo entiendo. Fui rico; al
menos tenía para vivir solo holgadamente, y hasta con lujo. Tú no te
acordarás, porque eras entonces muy niña, de mi cuarto de soltero en
la calle de Luzón. Josefina te llevó alguna vez, y tú tenías miedo a
las armaduras que adornaban mi sala. ¡Cuántas veces te cogí en brazos,
y te paseé por toda la casa, mostrándote mis pinturas, mis pieles de
león y de tigre, mis panoplias, los retratos de damas hermosas... y tú
sin acabar de perder el miedo! Era un presentimiento, ¿verdad? ¡Quién
nos había de decir entonces que andando los años...! Yo, que todo lo
preveo, tratándose de amores posibles, no preví esto, no se me ocurría.
¡Ay, cuánto he decaído desde entonces! De escalón en escalón he ido
bajando, hasta llegar a esta miseria vergonzosa. Primero tuve que
privarme de mis caballos, de mi coche... dejé el cuarto de la calle
de Luzón, cuando resultaba demasiado costoso para mí. Tomé otro, y
luego, cada pocos años he ido buscándolos más baratos, hasta tener
que refugiarme en este arrabal excéntrico y vulgarote. A cada etapa,
a cada escalón, iba perdiendo algo de las cosas buenas y cómodas que
me rodeaban. Ya me privaba de mi bodega, bien repuesta de exquisitos
vinos; ya de mis tapices flamencos y españoles; después de mis cuadros;
luego de mis armas preciosísimas, y por fin, ya no me quedan más que
cuatro trastos indecentes... Pero no debo quejarme del rigor de Dios,
porque me quedas tú, que vales más que cuantas joyas he perdido.
Afectada por las nobles expresiones del caballero en decadencia,
Tristana no supo cómo contestarlas, pues no quería ser esquiva con
él, por no parecer ingrata, ni tampoco amable, temerosa de las
consecuencias. No se determinó a pronunciar una sola palabra tierna
que indicase flaqueza de ánimo, porque no ignoraba el partido que el
muy taimado sacaría al instante de tal situación. Por el pensamiento
de Garrido cruzó una idea que no quiso expresar. Le amordazaba la
delicadeza, en la cual era tan extremado, que ni una sola vez, cuando
hablaba de su penuria, sacó a relucir sus sacrificios en pro de la
familia de Tristana. Aquella noche sintió cierta comezón de ajustar
cuentas de gratitud; pero la frase expiró en sus labios, y solo con el
pensamiento le dijo: «No olvides que casi toda mi fortuna la devoraron
tus padres. ¿Y esto no se pesa y se mide también? ¿Ha de ser todo culpa
en mí? ¿No se te ocurre que algo hay que echar en el otro platillo? ¿Es
esa manera justa de pesar, niña, y de juzgar?»
--Por fin --dijo en alta voz después de una pausa, en la cual juzgó
y pesó la frialdad de su cautiva--, quedamos en que no tienes
maldita gana de contarme tu idilio. Eres tonta. Sin hablar, me
lo estás contando con la repugnancia que tienes de mí, y que no
puedes disimular. Entendido, hija, entendido. (_Poniéndola en pie y
levantándose él también._) No estoy acostumbrado a inspirar asco,
francamente, ni soy hombre que gusta de echar tantos memoriales para
obtener lo que le corresponde. No me estimo en tan poco. ¿Qué pensabas?
¿Que te iba a pedir de rodillas...? Guarda tus encantos juveniles
para algún monigote de estos de ahora, sí, de estos que no podemos
llamar hombres sin acortar la palabra o estirar la persona. Vete a tu
cuartito, y medita sobre lo que hemos hablado. Bien podría suceder que
tu idilio me resultara indiferente... mirándolo yo como un medio fácil
de que aprendieras, por demostración experimental, lo que va de hombre
a hombre... Pero bien podría suceder también que se me indigestara,
y que sin atufarme mucho, porque el caso no lo merece, como quien
aplasta hormigas, te enseñara yo...
Indignose tanto la niña de aquella amenaza, y hubo de encontrarla tan
insolente, que sintió resurgir de su pecho el odio que en ocasiones
su tirano le inspiraba. Y como las tumultuosas apariciones de aquel
sentimiento le quitaban por ensalmo la cobardía, se sintió fuerte ante
él, y le soltó redonda una valiente respuesta.
--Pues mejor: no temo nada. Mátame cuando quieras.
Y D. Lope, al verla salir en tan decidida y arrogante actitud, se llevó
las manos a la cabeza y se dijo:
--No me teme ya. Ciertos son los toros.
En tanto, Tristana corrió a la cocina en busca de Saturna, y entre
cuchicheos y lágrimas, le dio sus órdenes, que palabra más o menos eran
así:
--Mañana, cuando vayas por la cartita, le dices que no traiga coche,
que no salga, que me espere en el estudio, pues allá voy aunque me
muera... Oye; adviértele que despida el modelo, si lo tiene mañana,
y que no reciba a nadie... que esté solo, vamos... Si este hombre me
mata, máteme con razón.


XIII

Y desde aquel día ya no pasearon más.
Pasearon, sí, en el breve campo del estudio, desde el polo de lo ideal
al de las realidades; recorrieron toda la esfera, desde lo humano a
lo divino, sin poder determinar fácilmente la divisoria entre uno y
otro, pues lo humano les parecía del cielo, y lo divino revestíase
a sus ojos de carne mortal. Cuando su alegre embriaguez permitió a
Tristana enterarse del medio en que pasaba tan dulces horas, una nueva
aspiración se reveló a su espíritu, el arte, hasta entonces simplemente
soñado por ella, ahora visto de cerca y comprendido. Encendieron su
fantasía y embelesaron sus ojos las formas humanas o inanimadas que,
traducidas de la Naturaleza, llenaban el estudio de su amante; y
aunque antes de aquella ocasión había visto cuadros, nunca vio a tan
corta distancia el natural del procedimiento. Y tocaba con su dedito
la fresca pasta, creyendo apreciar mejor así los secretos de la obra
pintada, y sorprenderla en su misteriosa gestación. Después de ver
trabajar a Díaz, se prendó más de aquel arte delicioso, que le parecía
fácil en su procedimiento, y entráronle ganas de probar también su
aptitud. Púsole él en la izquierda mano la paleta, el pincel en la
derecha, y la incitó a copiar un trozo. Al principio, ¡ay!, entre
risotadas y contorsiones, solo pudo cubrir la tela de informes manchas;
pero al segundo día, ¡caramba!, ya consiguió mezclar hábilmente dos
o tres colores y ponerlos en su sitio, y aun fundirlos con cierta
destreza. ¡Qué risa! ¡Si resultaría que también ella era pintora! No
le faltaban, no, disposiciones, porque la mano perdía de hora en hora
su torpeza, y si la mano no le ayudaba, la mente iba muy altanera
por delante, sabiendo _cómo se hacía_, aunque hacerlo no pudiera.
Desalentada ante las dificultades del procedimiento, se impacientaba, y
Horacio reía, diciéndole:
--Pues ¿qué crees tú, que esto es cosa de juego?
Quejábase amargamente de no haber tenido a su lado, en tanto tiempo,
personas que supieran ver en ella una aptitud para algo, aplicándola al
estudio de un arte cualquiera.
--Ahora me parece a mí que si de niña me hubiesen enseñado el dibujo,
hoy sabría yo pintar, y podría ganarme la vida, y ser independiente
con mi honrado trabajo. Pero mi pobre mamá no pensó más que en darme
la educación insubstancial de las niñas que aprenden para llevar un
buen yerno a casa, a saber: un poco de piano, el indispensable barniz
de francés, y qué sé yo..., tonterías. ¡Si aún me hubiesen enseñado
idiomas, para que, al quedarme sola y pobre, pudiera ser profesora
de lenguas...! Luego, este hombre maldito me ha educado para la
ociosidad y para su propio recreo, a la turca verdaderamente, hijo...
Así es que me encuentro inútil de toda inutilidad. Ya ves, la pintura
me encanta; siento vocación, facilidad. ¿Será inmodestia? No, dime
que no; dame bombo, anímame... Pues si con voluntad, paciencia y una
aplicación continua se vencieran las dificultades, yo las vencería, y
sería pintora, y estudiaríamos juntos, y mis cuadros..., ¡muérete de
envidia!, dejarían tamañitos a los tuyos... ¡Ah, no, eso no; tú eres el
rey de los pintores! No, no te enfades; lo eres, porque yo te lo digo.
¡Tengo un instinto...! Yo no sabré hacer las cosas, pero las sé juzgar.
Estos alientos de artista, estos arranques de mujer superior encantaban
al buen Díaz, el cual, a poco de aquellos íntimos tratos, empezó a
notar que la enamorada joven se iba creciendo a los ojos de él, y le
empequeñecía. En verdad que esto le causaba sorpresa, y casi casi
empezaba a contrariarle, porque había soñado en Tristana la mujer
subordinada al hombre en inteligencia y en voluntad, la esposa que
vive de la savia moral e intelectual del esposo, y que con los ojos y
con el corazón de él ve y siente. Pero resultaba que la niña discurría
por cuenta propia, lanzándose a los espacios libres del pensamiento, y
demostraba las aspiraciones más audaces.
--Mira, hijo de mi alma --le decía en aquellas divagaciones deliciosas
que les columpiaban desde los transportes del amor a los problemas más
graves de la vida--, yo te quiero con toda mi alma; segura estoy de
no poder vivir sin ti. Toda mujer aspira a casarse con el hombre que
ama: yo no. Según las reglas de la sociedad, estoy ya imposibilitada de
casarme. No podría hacerlo, ni aun contigo, con la frente bien alzada,
pues por muy bueno que conmigo fueras, siempre tendría ante ti cierto
resquemor de haberte dado menos de lo que mereces, y temería que tarde
o temprano, en un momento de mal humor o de cansancio, me dijeras que
habías tenido que cerrar los ojos para ser mi marido... No, no. ¿Será
esto orgullo, o qué será? Yo te quiero y te querré siempre; pero deseo
ser libre. Por eso ambiciono un medio de vivir; cosa difícil, ¿verdad?
Saturna me pone en solfa, y dice que no hay más que tres carreras para
las mujeres: el matrimonio, el teatro y... Ninguna de las tres me hace
gracia. Buscaremos otra. Pero yo pregunto: ¿es locura poseer un arte,
cultivarlo y vivir de él? ¿Tan poco entiendo del mundo, que tengo por
posible lo imposible? Explícamelo tú, que sabes más que yo.
Y Horacio, apuradísimo, después de muchos rodeos, concluía por hacer
suya la afirmación de Saturna.
--Pero tú --agregaba-- eres una mujer excepcional, y esa regla no va
contigo. Tú encontrarás la fórmula, tú resolverás quizás el problema
endiablado de la mujer libre...
--Y honrada, se entiende, porque también te digo que no creo faltar a
la honradez queriéndote, ya vivamos o no juntos... Vas a decirme que he
perdido toda idea de moralidad.
--No, por Dios. Yo creo...
--Soy muy mala yo. ¿No lo habías conocido? Confiésame que te has
asustado un poquitín al oírme lo último que te he dicho. Hace tiempo,
mucho tiempo, que sueño con esa libertad honrada; y desde que te
quiero, como se me ha despertado la inteligencia, y me veo sorprendida
por rachas de saber que me entran en el magín, lo mismo que el viento
por una puerta mal cerrada, veo muy claro eso de la honradez libre.
Pienso en esto a todas horas, pensando en ti, y no ceso de echar pestes
contra los que no supieron enseñarme un arte, siquiera un oficio,
porque si me hubieran puesto a ribetear zapatos, a estas horas sería yo
una buena oficiala, y quizás maestra. Pero aún soy joven. ¿No te parece
a ti que soy joven? Veo que pones carita burlona. Eso quiere decir que
soy joven para el amor, pero que tengo los huesos duros para aprender
un arte. Pues mira, me rejuveneceré; me quitaré años; volveré a la
infancia, y mi aplicación suplirá el tiempo perdido. Una voluntad firme
lo vence todo. ¿No lo crees tú así?
Subyugado por tanta firmeza, Horacio se mostraba más amante cada día,
reforzando el amor con la admiración. Al contacto de la fantasía
exuberante de ella, despertáronse en él poderosas energías de la
mente; el ciclo de sus ideas se agrandó; y comunicándose de uno a
otro el poderoso estímulo de sentir fuerte y pensar hondo, llegaron
a un altísimo grado de tempestuosa embriaguez de los sentidos, con
relámpagos de atrevidas utopias eróticas y sociales. Filosofaban con
peregrino desenfado entre delirantes ternuras y vencidos del cansancio,
divagaban lánguidamente hasta perder el aliento. Callaban las bocas, y
los espíritus seguían aleteando por el espacio.
En tanto, nada digno de referirse ocurría en las relaciones de
Tristana con su señor, el cual había tomado una actitud observadora y
expectante, mostrándose con ella muy atento, mas no cariñoso. Veíala
entrar tarde algunas noches, y atentamente la observaba; mas no la
reprendía, adivinando que, al menor choque, la esclava sabría mostrar
intenciones de no serlo. Algunas noches charlaron de diversos asuntos,
esquivando D. Lope, con fría táctica, el tratar del idilio; y tal
viveza de espíritu mostraba la niña, de tal modo se transfiguraba su
nacarado rostro de dama japonesa, al reflejar en sus negros ojos la
inteligencia soberana, que D. Lope, refrenando sus ganas de comérsela a
besos, se llenaba de melancolía, diciendo para su sayo: «_Le ha salido_
talento... Sin duda ama.»
No pocas veces la sorprendió en el comedor, a horas desusadas, bajo
el foco luminoso de la lámpara colgante, dibujando el contorno de
alguna figura en grabado, o copiando cualquier objeto de los que en la
estancia había.
--Bien, bien --le dijo a la tercera o cuarta vez que la encontró en
semejante afán--. Adelantas, hija, adelantas. De anteanoche acá, noto
una gran diferencia.
Y encerrándose en su alcoba con sus melancolías, el pobre galán
decadente exclamaba, dando un puñetazo sobre la mesa:
--Otro dato. El tal es pintor.
Pero no quería meterse en averiguaciones directas, por creerlas
ofensivas a su decoro, e impropias de su nunca profanada
caballerosidad. Una tarde, no obstante, en la plataforma del tranvía,
charlando con uno de los cobradores, que era su amigo, le preguntó:
--Pepe, ¿hay por aquí algún estudio de pintor?
Precisamente en aquel instante pasaban frente a la calle transversal,
formada por edificios nuevos de pobretería, destacándose entre ellos
una casona de ladrillo al descubierto, grande y de provecho, rematada
en una especie de estufa, como taller de fotógrafo o de artista.
--Allí --dijo el cobrador-- tenemos al señor de Díaz, retratista al
óleo...
--¡Ah!, sí, le conozco --replicó D. Lope--. Ese que...
--Ese que va y viene por mañana y tarde. No duerme aquí. ¡Guapo chico!
--Sí, ya sé... Moreno, chiquitín.
--No, es alto.
--Alto, sí; pero un poco cargado de espaldas.
--No, garboso.
--Justo, con melenas...
--Si lleva el pelo al rape.
--Se lo habrá cortado ahora. Parece de estos italianos que tocan el
arpa.
--No sé si toca el arpa. Pero es muy aplicado a los pinceles. A un
compañero nuestro le llevó de modelo para apóstol... Crea usted que le
sacó hablando.
--Pues yo pensé que pintaba paisajes.
--También... y caballerías... Flores retrata que parecen vivas; frutas
bien maduras, y codornices muertas. De todo propiamente. Y las mujeres
en cueros que tiene en el estudio le ponen a uno encandilado.
--¿También niñas desnudas?
--O a medio vestir, con una tela que tapa y no tapa. Suba y véalo todo,
D. Lope. Es buen chico ese D. Horacio y le recibirá bien.
--Yo estoy curado de espanto, Pepe. No sé admirar esas hembras
pintadas. Me han gustado siempre más las vivas. Vaya..., con Dios.


XIV

Justo es decir que la serie borrascosa de turcas de amor cogidas
por el espiritual artista en aquella temporada le desviaron de
su noble profesión. Pintaba poco, y siempre sin modelo; empezó a
sentir los remordimientos del trabajador, esa pena que causan los
trozos sin concluir pidiendo hechura y encaje; mas entre el arte y
el amor prefería este, por ser cosa nueva en él, que despertaba las
emociones más dulces de su alma; un mundo recién descubierto, florido,
exuberante, riquísimo, del cual había que tomar posesión, afianzando
sólidamente en él la planta de geógrafo y de conquistador. El arte ya
podía esperar; ya volvería cuando las locas ansias se calmasen; y se
calmarían, tomando el amor un carácter pacífico, más de colonización
reposada que de furibunda conquista. Creía sinceramente el bueno
de Horacio que aquel era el amor de toda su vida, que ninguna otra
mujer podría agradarle ya, ni sustituir en su corazón a la exaltada
y donosa Tristana; y se complacía en suponer que el tiempo iría
templando en ella la fiebre de ideación, pues para esposa o querida
perpetua tal flujo de pensar temerario le parecía excesivo. Esperaba
que su constante cariño y la acción del tiempo rebajarían un poco la
talla imaginativa y razonante de su ídolo, haciéndola más mujer, más
doméstica, más corriente y útil.
Esto pensaba; mas no lo decía. Una noche que juntos charlaban, mirando
la puesta de sol y saboreando la dulcísima melancolía de una tarde
brumosa, se asustó Díaz de oírla expresarse en estos términos:
--Es muy particular lo que me pasa: aprendo fácilmente las cosas
difíciles; me apropio las ideas y las reglas de un arte..., hasta de
una ciencia si me apuras; pero no puedo enterarme de las menudencias
prácticas de la vida. Siempre que compro algo, me engañan; no sé
apreciar el valor de las cosas; no tengo ninguna idea de gobierno, ni
de orden, y si Saturna no se entendiera con todo en mi casa, aquello
sería una leonera. Es indudable que cada cual sirve para una cosa; yo
podré servir para muchas, pero para esa está visto que no valgo. Me
parezco a los hombres en que ignoro lo que cuesta una arroba de patatas
y un quintal de carbón. Me lo ha dicho Saturna mil veces, y por un oído
me entra y por otro me sale. ¿Habré nacido para gran señora? Puede que
sí. Comoquiera que sea, me conviene aplicarme, aprender todo eso, y
sin perjuicio de poseer un arte, he de saber criar gallinas y remendar
la ropa. En casa trabajo mucho, pero sin iniciativa. Soy pincha de
Saturna, la ayudo, barro, limpio y fregoteo, eso sí; pero ¡desdichada
casa si yo mandara en ella! Necesito aprenderlo, ¿verdad? El maldito
don Lope ni aun eso se ha cuidado de enseñarme. Nunca he sido para él
más que una circasiana comprada para su recreo, y se ha contentado con
verme bonita, limpia y amable.
Respondiole el pintor que no se apurara por adquirir el saber
doméstico, pues fácilmente se lo enseñaría la práctica.
--Eres una niña --agregó-- con muchísimo talento y grandes
disposiciones. Te falta solo el pormenor, el conocimiento menudo que
dan la independencia y la necesidad.
--Un recelo tengo --dijo Tristana, echándole al cuello los brazos--:
que dejes de quererme por no saber yo lo que se puede comprar con
un duro..., porque temas que te convierta la casa en una escuela de
danzantes. La verdad es que si pinto como tú, o descubro otra profesión
en que pueda lucir y trabajar con fe, ¿cómo nos vamos a arreglar, hijo
de mi vida? Es cosa que espanta.
Expresó su confusión de una manera tan graciosa, que Horacio no pudo
menos de soltar la risa.
--No te apures, hija. Ya veremos. Me pondré yo las faldas. ¡Qué remedio
hay!
--No, no --dijo Tristana, alzando un dedito y marcando con él las
expresiones de un modo muy salado--. Si encuentro mi manera de vivir,
viviré sola. ¡Viva la independencia...!, sin perjuicio de amarte y
de ser siempre tuya. Yo me entiendo: tengo acá mis ideítas. Nada
de matrimonio, para no andar a la greña por aquello de quién tiene
las faldas y quién no. Creo que has de quererme menos si me haces
tu esclava; creo que te querré poco si te meto en un puño. Libertad
honrada es mi tema..., o si quieres, mi dogma. Ya sé que es difícil,
muy difícil, porque la _sociedaz_, como dice Saturna... No acabo de
entenderlo... Pero yo me lanzo al ensayo... ¿Que fracaso? Bueno. Y si
no fracaso, hijito, si me salgo con la mía, ¿qué dirás tú? ¡Ay!, has
de verme en mi casita, sola, queriéndote mucho, eso sí, y trabajando,
trabajando en mi arte para ganarme el pan; tú en la tuya, juntos a
ratos, separados muchas horas, porque... ya ves, eso de estar siempre
juntos, siempre juntos, noche y día, es así, un poco...
--¡Qué graciosa eres y recuantísimo te quiero! No paso por estar
separado de ti parte del día. Seremos dos en uno, los hermanos
siameses; y si quieres ponerte pantalones, póntelos; si quieres hacer
el marimacho, anda con Dios... Pero ahora se me ocurre una grave
dificultad. ¿Te la digo?
--Sí, hombre, dila.
--No, no quiero. Es pronto.
--¿Cómo pronto? Dímela, o te arranco una oreja.
--Pues yo... ¿Te acuerdas de lo que hablábamos anoche?
--Chí.
--Que no te acuerdas.
--Que sí, bobillo. ¡Tengo yo una memoria...! Me dijiste que para
completar la ilusión de tu vida deseabas...
--Dilo.
--No, dilo tú.
--Deseabas tener un chiquillín.
--¡Ay!, no, no; le querría yo tanto, que me moriría de pena si me le
quitaba Dios. Porque se mueren todos (_con exaltación_). ¿No ves pasar
continuamente los carros fúnebres con las cajitas blancas? ¡Me da una
tristeza...! Ni sé para qué permite Dios que vengan al mundo si tan
pronto se los ha de llevar... No, no; niño nacido es niño muerto..., y
el nuestro se moriría también. Más vale que no lo tengamos. Di que no.
--Digo que sí. Déjalo, tonta. ¿Y por qué se ha de morir? Supón que
vive..., y aquí entra el problema. Puesto que hemos de vivir separados,
cada uno en su casa, independiente yo, libre y honrada tú, cada cual en
su hogar honradísimo y _librísimo_..., digo, libérrimo, ¿en cuál de los
hogares vivirá el angelito?
Tristana se quedó absorta, mirando las rayas del entarimado. No se
esperaba la temida proposición, y al pronto no encontró manera de
resolverla. De súbito, congestionado su pensamiento con un mundo de
ideas que en tropel lo asaltaron, echose a reír, bien segura de poseer
la verdad, y la expresó en esta forma:
--Toma, pues conmigo, conmigo..., ¿qué duda puede haber? Si es mío,
mío, ¿con quién ha de estar?
--Pero como será mío también, como será de los dos...
--Sí..., pero te diré...; tuyo, porque..., vamos, no lo quiero decir...
Tuyo, sí; pero es más mío que tuyo. Nadie puede dudar que es mío,
porque la Naturaleza de mí propia lo arranca. Lo de tuyo es indudable;
pero... no consta tanto, para el mundo, se entiende... ¡Ay!, no me
hagas hablar así, ni dar estas explicaciones.
--Al contrario, mejor es explicarlo todo. Nos encontraremos en tal
situación, que yo pueda decir: mío, mío.
--Más fuerte lo podré decir yo: mío, mío y eternamente mío.
--Y mío también.
--Convengo; pero...
--No hay pero que valga.
--No me entiendes. Claro es que tuyo... Pero me pertenece más a mí.
--No, por igual.
--Calla, hombre; por igual nunca. Bien lo comprendes: podría haber
otros casos en que... Hablo en general.
--No hablamos sino en particular.
--Pues en particular te digo que es mío, y que no lo suelto, ¡ea!
--Es que... veríamos...
--No hay veríamos que valga.
--Mío, mío.
--Tuyo, sí; pero... fíjate bien..., quiero decir que eso de tuyo no es
tan claro en la generalidad de los casos. Luego, la Naturaleza me da
más derechos que a ti... Y se llamará como yo, con mi apellidito nada
más. ¿Para qué tanto ringorrango?
--Tristana, ¿qué dices? (_incomodándose_).
--Pero qué, ¿te enojas? Hijo, si tú tienes la culpa. ¿Para qué me...?
No, por Dios, no te enfades. Me vuelvo atrás, me desdigo...
La nubecilla pasó, y pronto fue todo claridad y luz en el cielo de
aquellas dichas, ligeramente empañado. Pero Díaz quedó un poco triste.
Con sus dulces carantoñas, quiso Tristana disipar aquella fugaz
aprensión, y más mona y hechicera que nunca, le dijo:
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    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1846
    32.8 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    45.4 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    50.8 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.
  • Tristana - 02
    Süzlärneñ gomumi sanı 4854
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1845
    31.7 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    44.8 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    51.7 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.
  • Tristana - 03
    Süzlärneñ gomumi sanı 4901
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1812
    32.8 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    46.3 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    53.1 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.
  • Tristana - 04
    Süzlärneñ gomumi sanı 4888
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1801
    32.7 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    46.9 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    53.3 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.
  • Tristana - 05
    Süzlärneñ gomumi sanı 4828
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1719
    33.8 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    47.4 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    53.9 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.
  • Tristana - 06
    Süzlärneñ gomumi sanı 4861
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1825
    32.7 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    45.2 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    51.4 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.
  • Tristana - 07
    Süzlärneñ gomumi sanı 5037
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1798
    32.0 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    44.5 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    50.1 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.
  • Tristana - 08
    Süzlärneñ gomumi sanı 4948
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1686
    34.0 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    46.6 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    53.1 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.
  • Tristana - 09
    Süzlärneñ gomumi sanı 4818
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1686
    35.7 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    47.9 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    54.1 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.
  • Tristana - 10
    Süzlärneñ gomumi sanı 4804
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1657
    35.5 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    48.7 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    54.6 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.
  • Tristana - 11
    Süzlärneñ gomumi sanı 3932
    Unikal süzlärneñ gomumi sanı 1459
    33.9 süzlär 2000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    46.3 süzlär 5000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    51.7 süzlär 8000 iñ yış oçrıy torgan süzlärgä kerä.
    Härber sızık iñ yış oçrıy torgan 1000 süzlärneñ protsentnı kürsätä.