Tristana - 03

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italki
aburridas, muertas, de los ciegos, picoteadas atrozmente de viruelas,
vacíos los ojos y cerrados entre cerdosas pestañas, o abiertos, aunque
insensibles a la luz, con pupila de cuajado vidrio.
Detuviéronse allí, y por un momento reinó la fraternidad entre unos y
otros. Gestos, muecas, cucamonas mil. Los ciegos, no pudiendo tomar
parte en ningún juego, se apartaban desconsolados. Algunos se permitían
sonreír como si vieran, llegando al conocimiento de las cosas por el
velocísimo teclear de los dedos. Tal compasión inspiraban a Tristana
aquellos infelices, que casi casi le hacía daño mirarles. ¡Cuidado
que no ver! No acababan de ser personas: faltábales la facultad de
enterarse, y ¡qué trabajo tener que enterarse de todo pensándolo!
Apartose Saturno de su mamá para unirse a una partida que, apostada
en sitio conveniente, desvalijaba a los transeúntes, no de dinero,
sino de cerillas. «El fósforo o la vida» era la consigna, y con tal
saqueo reunían los muchachos materia bastante para sus ejercicios
pirotécnicos, o para encender las hogueras de la Inquisición. Fue
Tristana en su busca; antes de aproximarse a los incendiarios, vio a
un hombre que hablaba con el profesor de los sordomudos, y al cruzarse
su mirada con la de aquel sujeto, pues en ambos el verse y el mirarse
fueron una acción sola, sintió una sacudida interna, como suspensión
instantánea del correr de la sangre.
¿Qué hombre era aquel? Habíale visto antes, sin duda; no recordaba
cuándo ni dónde, allí, o en otra parte; pero aquella fue la primera vez
que al verle sintió sorpresa hondísima, mezclada de turbación, alegría
y miedo. Volviéndole la espalda, habló con Saturno para convencerle
del peligro de jugar con fuego, y oía la voz del desconocido hablando
con picante viveza de cosas que ella no pudo entender. Al mirarle de
nuevo, encontró los ojos de él que la buscaban. Sintió vergüenza, y se
apartó de allí, no sin determinarse a lanzar desde lejos otra miradita,
deseando examinar con ojos de mujer al hombre que tan sin motivo
absorbía su atención, ver si era rubio o moreno, si vestía con gracia,
si tenía aires de persona principal, pues de nada de esto se había
enterado aún. El tal se alejaba: era joven, de buena estatura, vestía
como persona elegante que no está de humor de vestirse, en la cabeza
un livianillo, chafado sin afectación, arrastrando, mal cogido con la
mano derecha, un gabán de verano de mucho uso. Lo llevaba como quien
no estima en nada las prendas de vestir. El traje era gris, la corbata
de lazada hecha a mano con descuido. Todo esto lo observó en un decir
Jesús, y, la verdad, el caballero aquel, o lo que fuese, _le resultaba_
simpático... muy moreno, con barba corta... Creyó al pronto que llevaba
quevedos... pero no; nada de ojos sobrepuestos; solo los naturales,
que... Tristana no pudo, por la mucha distancia, apreciar cómo eran.
Desapareció el individuo, persistiendo su imagen en el pensamiento de
la esclava de don Lope, y al día siguiente, esta, de paseo con Saturna,
le volvió a ver. Iba con el mismo traje; pero llevaba puesto el gabán,
y al cuello un pañuelo blanco, porque soplaba un fresco picante. Mirole
con descaro inocente, regocijada de verle, y él la miraba también,
parándose a discreta distancia. «Parece que quiere hablarme --pensaba
la joven--. Y verdaderamente, no sé por qué no me dice lo que tiene
que decirme.» Reíase Saturna de aquel flecheo insípido, y la señorita,
poniéndose colorada, hacía como que se burlaba también. Por la noche
no tuvo sosiego, y sin atreverse a comunicar a Saturna lo que sentía,
se declaraba a sí propia las cosas más graves. «¡Cómo me gusta ese
hombre! No sé qué daría porque se atreviera... No sé quién es, y pienso
en él noche y día. ¿Qué es esto? ¿Estoy yo loca? ¿Significa esto la
desesperación de la prisionera que descubre un agujerito por donde
escaparse? Yo no sé lo que es esto; solo sé que necesito que me hable,
aunque sea por telégrafos, como los sordomudos, o que me escriba. No
me espanta la idea de escribirle yo, o de decirle que sí, antes que él
me pregunte... ¡Qué desvarío! ¿Pero quién será? Podría ser un pillo,
un... No, bien se ve que es una persona que no se parece a las demás
personas. Es solo, único... bien claro está. No hay otro. ¡Y encontrar
yo el único, y ver que este único tiene más miedo que yo, y no se
atreve a decirme que soy su única! No, no, yo le hablo, le hablo...
me acerco, le pregunto qué hora es, cualquier cosa... o le digo, como
los hospicianos, que me haga el favor de una cerillita... ¡Vaya un
disparate! ¡Qué pensaría de mí! Tendríame por una mujer casquivana. No,
no, él es el que debe romper...»
A la tarde siguiente, ya casi de noche, viniendo señorita y criada en
el tranvía descubierto, ¡él también! Le vieron subir en la Glorieta de
Quevedo: pero como había bastante gente, tuvo que quedarse en pie en
la plataforma delantera. Tristana sentía tal sofocación en su pecho,
que a ratos érale forzoso ponerse en pie para respirar. Un peso enorme
gravitaba sobre sus pulmones, y la idea de que, al bajar del coche, el
desconocido se decidiría a romper el silencio, la llenaba de turbación
y ansiedad. ¿Y qué le iba a contestar ella? Pues señor, no tenía
más remedio que manifestarse muy sorprendida, rechazar, alarmarse,
ofenderse y decir que no y qué sé yo... Esto era lo bonito y decente.
Bajaron, y el caballero incógnito las siguió a honestísima distancia.
No se atrevía la esclava de D. Lope a volver la cabeza, pero Saturna se
encargaba de mirar por las dos. Deteníanse con pretextos rebuscados;
retrocedían como para ver el escaparate de una tienda... y nada. El
galán... mudo como un cartujo. Las dos mujeres, en su desordenado
andar, tropezaron con unos chicos que jugaban en la acera, y uno de
ellos cayó al suelo chillando, mientras los otros corrían hacia las
puertas de las casas alborotando como demonios. Confusión, tumulto
infantil, madres que acuden airadas... Tantas manos quisieron levantar
al muchacho caído, que se cayó otro, y el barullo aumentó.
Como en esto observara Saturna que su señorita y el galán desconocido
no distaban un palmo el uno del otro, se apartó solapadamente. «Gracias
a Dios --pensó atisbándoles de lejos--; ya pica: hablando están.» ¿Qué
dijo a Tristana el sujeto aquel? No se sabe. Solo consta que Tristana
le contestó a todo que sí, ¡sí, sí!, cada vez más alto, como persona
que, avasallada por un sentimiento más fuerte que su voluntad, pierde
en absoluto el sentido de las conveniencias. Fue su situación semejante
a la del que se está ahogando y ve un madero y a él se agarra, creyendo
encontrar en él su salvación. Es absurdo pedir al náufrago que adopte
posturas decorosas al asirse a la tabla. Voces hondas del instinto de
salvación eran las breves y categóricas respuestas de la niña de D.
Lope, aquel sí pronunciado tres veces con creciente intensidad de
tono, grito de socorro de un alma desesperada... Corta y de provecho
fue la escenita. Cuando Tristana volvió al lado de Saturna, se llevó
una mano a la sien, y temblando le dijo:
--¡Pero si estoy loca!... Ahora comprendo mi desvarío. No he tenido
tacto, ni malicia, ni dignidad. Me he vendido, Saturna... ¡Qué pensará
de mí! Sin saber lo que hacía..., arrastrada por un vértigo..., a
todo cuanto me dijo le contesté que sí..., ¡pero cómo...!, ¡ay!, no
sabes..., vaciando mi alma por los ojos. Los suyos me quemaban. ¡Y yo
que creía saber algo de estas hipocresías que tanto convienen a una
mujer! Si me creerá tonta..., si pensará que no tengo vergüenza... Es
que yo no podía disimular, ni hacer papeles de señorita tímida. La
verdad se me sale a los labios, y el sentimiento se me desborda...,
quiero ahogarlo, y me ahoga. ¿Es esto estar enamorada? Solo sé que
le quiero con toda mi alma, y así se lo he dado a entender, ¡qué
afrenta!, le quiero sin conocerle, sin saber ni quién es ni cómo se
llama. Yo entiendo que los amores no deben empezar así..., al menos
no es lo corriente, sino que vayan por grados, entre _síes_ y _noes_
muy habilidosos, con cuquería... Pero yo no puedo ser así, y entrego
el alma cuando ella me dice que quiere entregarse... Saturna, ¿qué
crees? ¿Me tendrá por mujer mala? Aconséjame, dirígeme. Yo no sé de
estas cosas... Espera, escucha: mañana, cuando vuelvas de la compra, le
encontrarás en esa esquina donde nos hablamos, y te dará una cartita
para mí. Por lo que más quieras, por la salud de tu hijo querido,
Saturna, no te niegues a hacerme este favor, que te agradecerá toda mi
vida. Tráeme, por Dios, el papelito, tráemelo, si no quieres que me
muera mañana.


VIII

«Te quise desde que nací...» Esto decía la primera carta...; no, no,
la segunda, que fue precedida de una breve entrevista en la calle,
debajito de un farol, entrevista intervenida con hipócrita severidad
por Saturna, y en la cual los amantes se tutearon sin acuerdo
previo, como si no existiesen, ni existir pudieran, otras formas de
tratamiento. Asombrábase ella del engaño de sus ojos en las primeras
apreciaciones de la persona del desconocido. Cuando se fijó en él,
la tarde aquella de los sordomudos, túvole por un señor así como de
treinta o más años. ¡Qué tonta! ¡Si era un muchacho...! Y su edad
no pasaría seguramente de los veinticinco, solo que tenía un cierto
aire reflexivo y melancólico, más propio de la edad madura que de la
italki
juventud. Ya no dudaba que sus ojos eran como centellas, su color
moreno caldeado del sol, su voz como blanda música que Tristana
no había oído hasta entonces, y que más le halagaba los senos del
cerebro después de escuchada. «Te estoy queriendo, te estoy buscando
desde antes de nacer --decía la tercera carta de ella, empapada en un
espiritualismo delirante--. No formes mala idea de mí si me presento a
ti sin ningún velo, pues el del falso decoro con que el mundo ordena
que se encapuchen nuestros sentimientos, se me deshizo entre las manos
cuando quise ponérmelo. Quiéreme como soy; y si llegara a entender que
mi sinceridad te parecía desenfado o falta de vergüenza, no vacilaría
en quitarme la vida.»
Y él a ella: «El día en que te descubrí fue el último de un largo
destierro.»
Ella: «Si algún día encuentras en mí algo que te desagrade, hazme la
caridad de ocultarme tu hallazgo. Eres bueno, y si por cualquier motivo
dejas de quererme o de estimarme, me engañarás, ¿verdad?, haciéndome
creer que soy la misma para ti. Antes de dejar de amarme, dame la
muerte mil veces.»
Y después de escribir estas cosas, no se venía el mundo abajo. Al
contrario, todo seguía lo mismo en la Tierra y en el Cielo. ¿Pero quién
era él, quién? Horacio Díaz, hijo de español y de austriaca, del país
que llaman _Italia irredenta_; nacido en el mar, navegando los padres
desde Fiume a la Argelia; criado en Orán hasta los cinco años, en
Savannah (Estados Unidos) hasta los nueve, en Shangai (China) hasta los
doce; cuneado por las olas del mar, transportado de un mundo a otro,
víctima inocente de la errante y siempre expatriada existencia de un
padre cónsul. Con tantas idas y venidas, y el fatigoso pasear por el
globo, y la influencia de aquellos endiablados climas, perdió a su
madre a los doce años, y a su padre a los trece, yendo a parar después
a poder de su abuelo paterno, con quien vivió quince años en Alicante,
padeciendo bajo su férreo despotismo más que los infelices galeotes que
movían a fuerza de remo las pesadas naves antiguas.
Para más noticias, óiganse las que atropelladamente vomitó la boca de
Saturna, más bien secreteadas que dichas:
--Señorita..., ¡qué cosas! Voy a buscarle, pues quedamos en ello, al
número 5 de la calle esa de más abajo..., y apechugo tan terne con la
dichosa escalerita. Me había dicho que a lo último, a lo último, y yo
mientras veía escalones por delante, para arriba siempre. ¡Qué risa!
Casa nueva; dentro un patio de cuartos domingueros, pisos y más pisos,
y al fin.... Es aquello como un palomar, vecinito de los pararrayos, y
con vistas a las mismas nubes. Yo creí que no llegaba. Por fin, echando
los pulmones, allí me tiene usted. Figúrese un cuarto muy grande, con
un ventanón por donde se cuela toda la luz del cielo, las paredes de
colorado, y en ellas cuadros, bastidores de lienzo, cabezas sin cuerpo,
cuerpos descabezados, talles de mujer con pechos inclusive, hombres
peludos, brazos sin persona, y fisonomías sin orejas, todo con el
mismísimo color de nuestra carne. Créame, tanta cosa desnuda le da a
una vergüenza... Divanes, sillas que parecen antiguas, figuras de yeso
con los ojos sin niña, manos y pies descalzos..., de yeso también... Un
caballete grande, otro más chico, y sobre las sillas o clavadas en la
pared, pinturas cortas, enteras o partidas, vamos al decir, sin acabar,
algunas con su cielito azul, tan al vivo como el cielo de verdad, y
después un pedazo de árbol, un pretil..., tiestos; en otra naranjas y
unos melocotones..., pero muy ricos... En fin, para no cansar, telas
preciosas, y una vestidura de ferretería, de las que se ponían los
guerreros de antes. ¡Qué risa! Y él allí con la carta ya escrita.
Como soy tan curiosona, quise saber si vivía en aquel aposento tan
ventilado, y me dijo que no y que sí, pues... Duerme en casa de una tía
suya, allá por Monteleón; pero todo el día se lo pasa acá, y come en
uno de los merenderos de junto al Depósito.
--Es pintor; ya lo sé --dijo Tristana, sofocada de puro dichosa--. Eso
que has visto es su estudio, boba. ¡Ay, qué rebonito será!
Además de cartearse a diario con verdadero ensañamiento, se veían
todas las tardes. Tristana salía con Saturna, y él las aguardaba un
poco más acá de Cuatro Caminos. La criada les dejaba partir solos, con
bastante pachorra y discreción bastante para esperarles todo el tiempo
que emplearan ellos en divagar por las verdes márgenes de la acequia
del Oeste, o por los cerros áridos de Amaniel, costeando el canal del
Lozoya. Él iba de capa, ella de velito y abrigo corto, de bracete,
olvidados del mundo y de sus fatigas y vanidades, viviendo el uno para
el otro y ambos para un yo doble, soñando paso a paso, o sentaditos en
extático grupo. De lo presente hablaban mucho; pero la autobiografía
se infiltraba sin saber cómo en sus charlas dulces y confiadas, todas
amor, idealismo y arrullo, con alguna queja mimosa o petición formulada
de pico a pico por el egoísmo insaciable, que exige promesas de querer
más, más, y a su vez ofrece increíbles aumentos de amor, sin ver el
límite de las cosas humanas.
En las referencias biográficas era más hablador Horacio que la niña de
D. Lope. Esta, con muchísimas ganas de lucir su sinceridad, sentíase
amordazada por el temor a ciertos puntos negros. Él, en cambio, ardía
en deseos de contar su vida, la más desgraciada y penosa juventud que
cabe imaginar, y por lo mismo que ya era feliz, gozaba en revolver
aquel fondo de tristeza y martirio. Al perder a sus padres, fue
recogido por su abuelo paterno, bajo cuyo poder tiránico padeció y
gimió los años que median entre la adolescencia y la edad viril.
¡Juventud!, casi casi no sabía él lo que esto significaba. Goces
inocentes, travesuras, la frívola inquietud con que el niño ensaya los
actos del hombre, todo esto era letra muerta para él. No ha existido
fiera que a su abuelo pudiese compararse, ni cárcel más horrenda que
aquella pestífera y sucia droguería, en que encerrado le tuvo como unos
quince años, contrariando con terquedad indocta su innata afición a
la pintura, poniéndole los grillos odiosos del cálculo aritmético, y
metiéndole en el magín, a guisa de tapones para contener las ideas, mil
trabajos antipáticos de cuentas, facturas y demonios coronados. Hombre
de temple semejante al de los más crueles tiranos de la antigüedad o
del moderno imperio turco, su abuelo había sido y era el terror de
toda la familia. A disgustos mató a su mujer, y los hijos varones se
expatriaron por no sufrirle. Dos de las hijas se dejaron robar, y las
otras se casaron de mala manera por perder de vista la casa paterna.
Pues, señor, aquel tigre cogió al pobre Horacito a los trece años,
y como medida preventiva le ataba las piernas a las patas de la
mesa-escritorio, para que no saliese a la tienda, ni se apartara del
trabajo fastidioso que le imponía. Y como le sorprendiera dibujando
monigotes con la pluma, los coscorrones no tenían fin. A todo trance
anhelaba despertar en su nietecillo la afición al comercio, pues todo
aquello de la pintura, y el arte y los pinceles no eran más, a su
juicio, que una manera muy tonta de morirse de hambre. Compañero de
Horacio en estos trabajos y martirios era un dependiente de la casa,
viejo, más calvo que una vejiga de manteca, flaco y de color de ocre,
el cual, a la calladita, por no atreverse a contrariar al amo, de quien
era como un perro fiel, dispensaba cariñosa protección al pequeñuelo,
tapándole las faltas y buscando pretextos para llevarle consigo a
recados y comisiones, a fin de que estirase las piernas y esparciese
el ánimo. El chico era dócil, y de muy endebles recursos contra el
despotismo. Resignábase a sufrir hasta lo indecible antes que poner a
su tirano en el disparadero, y el demonio del hombre se disparaba por
la cosa más insignificante. Sometiose la víctima, y ya no le amarraron
los pies a la mesa, y pudo moverse con cierta libertad en aquel tugurio
antipático, pestilente y oscuro, donde había que encender el mechero
de gas a las cuatro de la tarde. Adaptábase poco a poco a tan horrible
molde, renunciando a ser niño, envejeciéndose a los quince años,
remedando involuntariamente la actitud sufrida y los gestos mecánicos
de Hermógenes, el amarillo y calvo dependiente que, por carecer de
personalidad, hasta de edad carecía. No era joven, ni tampoco viejo.
En aquella espantosa vida, _pasándose_ de cuerpo y alma, como las
uvas puestas al sol, conservaba Horacio el fuego interior, la pasión
artística, y cuando su abuelo le permitió algunas horas de libertad
los domingos, y le concedió el fuero de persona humana, dándole un
real para sus esparcimientos, ¿qué hacía el chico? procurarse papel
y lápices, y dibujar cuanto veía. Suplicio grande fue para él que
habiendo en la tienda tanta pintura en tubos, pinceles, paletas, y
todo el material de aquel arte que adoraba, no le fuera permitido
utilizarlo. Esperaba y esperaba siempre mejores tiempos, viendo rodar
los monótonos días, iguales siempre a sí mismos, como iguales son los
granos de arena de una clepsidra. Sostúvole la fe en su destino, y
gracias a ella soportaba tan miserable y ruin existencia.
El feroz abuelo era también avaro, de la escuela del licenciado Cabra,
y daba de comer a su nieto y a Hermógenes lo preciso absolutamente para
vivir, sin refinamientos de cocina que, a su parecer, solo servían para
ensuciar el estómago. No le permitía juntarse con otros chicos, pues
las compañías, aunque no sean enteramente malas, solo sirven hoy para
perderse: están los muchachos tan comidos de vicios como los hombres.
¡Mujeres!... Este ramo del vivir era el que en mayores cuidados al
tirano ponía, y de seguro, si llega a sorprender a su nieto en alguna
debilidad de amor, aunque de las más inocentes, le rompe el espinazo.
No consentía, en suma, que el chico tuviese voluntad, pues la voluntad
de los demás le estorbaba a él como sus propios achaques físicos, y
al sorprender en alguien síntomas de carácter, padecía como si le
doliesen las muelas. Quería que Horacio fuera droguista, que cobrase
afición al _género_, a la contabilidad escrupulosa, a la rectitud
comercial, al manejo de la tienda; deseaba hacer de él un hombre, y
enriquecerle; se encargaría de casarle oportunamente, esto es, de
proporcionarle una madre para los hijos que debía tener; de labrarle un
hogar modesto y ordenado, de reglamentar su existencia hasta la vejez,
y la existencia de sus sucesores. Para llegar a este fin, que D. Felipe
Díaz conceptuaba tan noble como el fin sin fin de salvar el alma, lo
primerito era que Horacio se curase de aquella estúpida chiquillada
de querer representar los objetos por medio de una pasta que se
aplica sobre tabla o tela. ¡Vaya una tontería! ¡Querer reproducir la
Naturaleza, cuando tenemos ahí la Naturaleza misma delante de los ojos!
¿A quien se le ocurre tal disparate? ¿Qué es un cuadro? Una mentira,
como las comedias, una función muda, y por muy bien pintado que un
cielo esté, nunca se puede comparar con el cielo mismo. Los artistas
eran, según él, unos majaderos, locos y falsificadores de las cosas,
y su única utilidad consistía en el gasto que hacían en las tiendas
comprando los enseres del oficio. Eran, además, viles usurpadores de
la facultad divina, e insultaban a Dios queriendo remedarle, creando
fantasmas o figuraciones de cosas, que solo la acción divina puede y
sabe crear, y por tal crimen, el lugar más calentito de los Infiernos
debía ser para ellos. Igualmente despreciaba D. Felipe a los cómicos y
a los poetas; como que se preciaba de no haber leído jamás un verso, ni
visto una función de teatro; y hacía gala también de no haber viajado
nunca, ni en ferrocarril, ni en diligencia, ni en carromato, de no
haberse ausentado de su tienda más que para ir a misa, o para evacuar
algún asunto urgente.
Pues bien, todo su empeño era reacuñar a su nieto con este durísimo
troquel, y cuando el chico creció y fue hombre, crecieron en el viejo
las ganas de estampar en él sus hábitos y sus rancias manías. Porque
debe decirse que le amaba, sí, ¿a qué negarlo? le había tomado cariño,
un cariño extravagante, como todos sus afectos y su manera de ser.
La voluntad de Horacio, en tanto, fuera de la siempre viva vocación
de la pintura, había llegado a ponerse lacia por la falta de uso.
Últimamente, a escondidas del abuelo, en un cuartucho alto de la casa,
que este le permitió disfrutar, pintaba, y hay algún indicio de que
lo sospechaba el feroz viejo y hacía la vista gorda. Fue la primera
debilidad de su vida, precursora quizás de acontecimientos graves.
Algún cataclismo tenía que sobrevenir, y así fue, en efecto: una
mañana, hallándose D. Felipe en su escritorio revisando unas facturas
inglesas de clorato de potasa y de sulfato de zinc, inclinó la cabeza
sobre el papel, y quedó muerto sin exhalar un ay. El día antes había
cumplido noventa años.


IX

Todo esto, y otras cosas que irán saliendo, se lo contaba Horacio a su
damita, y esta lo escuchaba con deleite, confirmándose en la creencia
de que el hombre que le había deparado el Cielo era una excepción entre
todos los mortales, y su vida lo más peregrino y anómalo que en clase
de vidas de jóvenes se pudiera encontrar; como que casi parecía vida de
santo, digna de un huequecito en el martirologio.
--Cogiome aquel suceso --prosiguió Díaz-- a los veintiocho años, con
hábitos de viejo y de niño, pues por un lado la terrible disciplina
de mi abuelo había conservado en mí una inocencia y desconocimiento
del mundo impropios de mi edad, y por otro poseía virtudes propiamente
seniles, inapetencias de lo que apenas conocía, un cansancio, un
tedio que me hicieron tener por hombre entumecido y anquilosado para
siempre... Pues, señor, debo decirte que mi abuelo dejó un bonito
caudal, amasado cuarto a cuarto en aquella tienda asquerosa y mal
oliente. A mí me tocaba una quinta parte; diéronme una casa muy
linda en Villajoyosa, dos finquitas rústicas, y la participación
correspondiente en la droguería, que continúa con la razón social de
_Sobrinos de Felipe Díaz_. Al verme libre, tardé en reponerme del
estupor que mi independencia me produjo; me sentía tan tímido, que al
querer dar algunos pasos por el mundo, me caía, hija de mi alma, me
caía, como el que no sabe andar por no haber ejercitado en mucho tiempo
las piernas.
»Mi vocación artística, ya desatada de aquel freno maldito, me
salvó, hízome hombre. Sin cuidarme de intervenir en los asuntos de
la testamentaría, levanté el vuelo, y del primer tirón me planté en
Italia, mi ilusión, mi sueño. Yo había llegado a pensar que Italia no
existía, que tanta belleza era mentira, engaño de la mente. Corrí allá,
y... ¡qué había de suceder! Era yo como un seminarista sin vocación a
quien sueltan por esos mundos después de quince años de forzosa virtud.
Ya comprenderás... el contacto de la vida despertó en mí deseos locos
de cobrar todo lo atrasado, de vivir en meses los años que el tiempo
me debía, estafándomelos de una manera indigna, con la complicidad
de aquel viejo maniático. ¿No me entiendes?... Pues en Venecia me
entregué a la disipación, superando con mi conducta a mis propios
instintos, pues no era el niño-viejo tan vicioso como aparentaba serlo
por desquite, por venganza de su sosería y ridiculez pasadas. Llegué
a creer que si no extremaba el libertinaje no era bastante hombre, y
me recreaba mirándome en aquel espejo, inmundo si se quiere, pero en
el cual me veía mucho más airoso de lo que fui en la trastienda de mi
abuelo... Naturalmente, me cansé; claro. En Florencia y Roma, el arte
me curó de aquel afán diabólico, y como mis pruebas estaban hechas,
y ya no me atormentaba la idea de _doctorarme de hombre_, dediqueme
al estudio; copiaba, atacando con brío el natural; pero mientras más
aprendía, mayor suplicio me causaba la deficiencia de mi educación
artística. En el color íbamos bien: lo manejaba fácilmente; pero en el
dibujo, cada día más torpe. ¡Cuánto he padecido, y qué vigilias, qué
afanes día y noche, buscando la línea, luchando con ella y concluyendo
por declararme vencido, para volver en seguida a la espantosa batalla,
con brío, con furor...!
»¡Qué rabia!... Pero no podía ser de otra manera. Como de niño no
cultivé el dibujo, costábame Dios y ayuda encajar un contorno... Te
diré que en mis tiempos de esclavitud, al trazar números sin fin en
el escritorio de D. Felipe, me entretenía en darles la intención de
formas humanas. A los sietes les imprimía cierto aire jaquetón, como
si rasguease un escorzo de hombre; con los ochos apuntaba un contorno
de seno de mujer, y qué sé yo... los treses me servían para indicar
el perfil de mi abuelo, semejante al pico de una tortuga... Pero este
ejercicio pueril no bastaba. Faltábame el hábito de ver seriamente la
línea y de reproducirla. Trabajé, sudé, renegué... y por fin, algo
aprendí. Un año pasé en Roma entregado en cuerpo y alma al estudio
formal, y aunque tuve también allí mis borracheritas del género de
las de Venecia, fueron más reposadas, y ya no era yo el zangolotino
que llega tarde al festín de la vida, y se come precipitadamente con
atrasado apetito los platos servidos ya, para ponerse al nivel de los
que a su debido tiempo empezaron.
»De Roma me volví a Alicante, donde mis tíos arreglaron la herencia,
asignándome la parte que quisieron, sin ninguna desavenencia ni regateo
por mi parte, y di mi último adiós a la droguería transformada y
modernizada, para venirme acá, donde tengo una tía que no me la
merezco, más buena que los ángeles, viuda sin hijos, y que me quiere
como a tal, y me cuida y me agasaja. También ella fue víctima del
que tiranizó a toda la familia. Como que solo le pasaba una peseta
diaria, y en todas sus cartas le decía que ahorrase... Apenas llegué
a Madrid, tomé el estudio, y me consagré con alma y vida al trabajo.
Tengo ambición, deseo el aplauso, la gloria, un nombre. Ser cero, no
valer más que el grano que, con otros iguales, forma la multitud, me
entristece. Mientras no me convenzan de lo contrario, creeré que me
ha caído dentro una parte, quizás no grande, pero parte al fin, de
la esencia divina que Dios ha esparcido sobre el montón, caiga donde
cayere.
»Te diré algo más. Meses antes de descubrirte padecí en este Madrid
unas melancolías... Encontrábame otra vez con mis treinta años echados
a perros, pues aunque conocía un poco la vida, y los placeres de la
mocedad, y saboreaba también el goce estético, faltábame el amor, el
sentimiento de nuestra fusión en otro ser. Entregueme a filosofías
abstrusas, y en la soledad de mi estudio, bregando con la forma
humana, pensaba que el amor no existe más que en la aspiración de
obtenerlo. Volví a mis tristezas amargas de adolescente; en sueños veía
siluetas, vaguedades tentadoras que me hacían señas, labios que me
siseaban. Comprendía entonces las cosas más sutiles; las psicologías
más enrevesadas parecíanme tan claras como las cuatro reglas de la
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