Tristana - 06

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--¡Vaya, que reñir por una cosa tan remota, por lo que quizás no
suceda! Perdóname. No puedo remediarlo. Me salen ideas, como me podrían
salir granos en la cara. ¿Yo que culpa tengo? Cuando menos se piensa,
pienso cosas que no debe una pensar... Pero no hagas caso. Otra
vez, coges un palito y me pegas. Considera esto como una enfermedad
nerviosa o cerebral, que se corrige con unturas de vara de fresno. ¡Qué
tontería, afanarnos por lo que no existe, por lo que no sabemos si
existirá, teniendo un presente tan fácil, tan bonito, para gozar de él!


XV

Bonito, realmente bonito a no poder más era el presente, y Horacio
se extasiaba en él, como si transportado se viera a un rincón de la
eterna gloria. Mas era hombre de carácter grave, educado en la soledad
meditabunda, y por costumbre medía y pesaba todas las cosas, previendo
el desarrollo posible de los sucesos. No era de estos que fácilmente
se embriagan con las alegrías, sin ver el reverso de ellas. Su claro
entendimiento le permitía analizarse con observación segura, examinando
bien su ser inmutable al través de los delirios o tempestades que en
él se iban sucediendo. Lo primero que encontró en aquel análisis fue
la seducción irresistible que la damita japonesa sobre él ejercía,
fenómeno que en él era como una dulce enfermedad, de que no quería en
ningún modo curarse. Consideraba imposible vivir sin sus gracias, sin
sus monerías inenarrables, sin las mil formas fascinadoras que la
divinidad tomaba en ella al humanizarse. Encantábale su modestia cuando
humilde se mostraba, y su orgullo cuando se embravecía. Sus entusiasmos
locos y sus desalientos o tristezas le enamoraban del mismo modo.
Jovial, era deliciosa la niña; enojada, también. Reunía un sin fin de
dotes y cualidades, graves las unas, frívolas y mundanas las otras; a
veces su inteligencia juzgaba de todo con claro sentido, a veces con
desvarío seductor. Sabía ser dulce y amarga, blanda y fresca como el
agua, ardiente como el fuego, vaga y rumorosa como el aire. Inventaba
travesuras donosas, vistiéndose con los trajes de los modelos, e
improvisando monólogos, o comedias en que ella sola hacía dos o tres
personajes; pronunciaba discursos saladísimos; remedaba a su viejo D.
Lope; y en suma, tales talentos y donaires iba sacando, que el buen
Díaz, enamorado como un salvaje, pensaba que su amiguita compendiaba y
resumía todos los dones concedidos a la naturaleza mortal.
Pues en el ramo, si así puede llamarse, de la ternura, era la señorita
de Reluz igualmente prodigiosa. Sabía expresar su cariño en términos
siempre nuevos; ser dulce sin empalagar, candorosa sin insulsez,
atrevidilla sin asomos de corrupción, con la sinceridad siempre por
delante, como la primera y más visible de sus infinitas gracias. Y
Horacio, viendo además en ella algo que sintomatizaba el precioso
mérito de la constancia, creía que la pasión duraría en ambos tanto
como la vida, y aún más; porque, como creyente sincero, no daba por
extinguidos sus ideales en la oscuridad del morir.
El arte era el que salía perdiendo con estas pasiones eternas y estos
crecientes ardores. Por las mañanas se entretenía pintando flores o
animales muertos. Llevábanle el almuerzo del merendero del Riojano,
y comía con voracidad, abandonando los restos en cualquier mesilla
del estudio. Este ofrecía un desorden encantador, y la portera, que
intentaba arreglarlo todas las mañanas, aumentaba la confusión y el
desarreglo. Sobre el ancho diván veíanse libros revueltos, una manta
morellana; en el suelo las cajas de color, tiestos, perdices muertas;
sobre las corvas sillas tablas a medio pintar; más libros, carpetas
de estampas; en el cuartito anexo, destinado a lavatorio y a guardar
trastos, más tablitas, el jarro del agua con ramas de arbustos puestas
a refrescar, una bata de Tristana colgada de la percha, y lindos
trajes esparcidos por do quiera; un alquicel árabe, un ropón japonés,
antifaces, quirotecas, chupas y casacas bordadas, pelucas, babuchas de
odalisca y delantales de campesina romana. Máscaras griegas de cartón
y telas de casullas decoraban las paredes, entre retratos y fotografías
mil de caballos, barcos, perros y toros.
Después de almorzar esperó Díaz una media hora, y como su amada
no pareciera, se impacientó, y para entretenerse se puso a leer a
Leopardi. Sabía con perfección castiza el italiano, que le enseñó su
madre, y aunque en el largo espacio de la tiranía del abuelo se le
olvidaron algunos giros, la raíz de aquel conocimiento vivió siempre en
él, y en Venecia, Roma y Nápoles se adiestró de tal modo que fácilmente
pasaba por italiano en cualquier parte, aun en la misma Italia. Dante
era su única pasión literaria. Repetía, sin olvidar un solo verso,
cantos enteros del _Infierno_ y _Purgatorio_. Dicho se está que, casi
sin proponérselo, dio a su amiguita lecciones del _bel parlare_.
Con su asimilación prodigiosa, Tristana dominó en breves días la
pronunciación, y leyendo a ratos como por juego, y oyéndole leer a él,
a las dos semanas recitaba con admirable entonación de actriz consumada
el pasaje de Francesca, el de Ugolino y otros.
Pues, a lo que iba: engañaba Horacio el tiempo leyendo al melancólico
poeta de Recanati, y se detenía meditabundo ante aquel profundo
pensamiento: _e discoprendo, solo il nulla s’accresce_, cuando sintió
los pasitos que anhelaba oír; y ya no se acordó de Leopardi, ni se
cuidó de que _il nulla_ creciera o menguara _discoprendo_.
¡Gracias a Dios! Tristana entró con aquella agilidad infantil que no
cedía ni al cansancio de la interminable escalera, y se fue derecha a
él para abrazarle, cual si hubiera pasado un año sin verle.
--¡Rico, facha, cielo, pintamonas, qué largo el tiempo de ayer a hoy!
Me moría de ganas de verte... ¿Te has acordado de mí? ¿A que no has
soñado conmigo como yo contigo? Soñé que... no te lo cuento. Quiero
hacerte rabiar.
--Eres más mala que un tabardillo. Dame esos morros, dámelos o te
estrangulo ahora mismo.
--¡Sátrapa, corso, gitano! (_cayendo fatigada en el diván_.) No
me engatusas con tu _parlare honesto_... ¡Eh! _sella el labio_...
_Denantes que del sol la crencha rubia_... ¡Jesús mío, cuantísimo
disparate! No hagas caso: estoy loca; tú tienes la culpa. ¡Ay, tengo
que contarte muchas cosas, _carino_! ¡Qué hermoso es el italiano y
qué dulce, qué grato al alma es decir _mio diletto_! Quiero que me lo
enseñes bien, y seré profesora. Pero vamos a nuestro asunto. Ante todo,
respóndeme: ¿_la jazemos_?
Bien demostraba esta mezcla de lenguaje chocarrero y de palabras
italianas, con otras rarezas de estilo que irán saliendo, que se
hallaban en posesión de ese vocabulario de los amantes, compuesto de
mil formas de lenguaje sugeridas por cualquier anécdota picaresca,
por este o el otro chascarrillo, por la lectura de un pasaje grave
o de algún verso célebre. Con tales accidentes se enriquece el
diccionario familiar de los que viven en comunidad absoluta de ideas
y sentimientos. De un cuento que ella oyó a Saturna, salió aquello de
¿_la jazemos_? manera festiva de expresar sus proyectos de fuga; y de
otro cuentecillo chusco que Horacio sabía, salió el que Tristana no le
llamase nunca por su nombre, sino con el de _señó Juan_, que era un
gitano muy bruto y de muy malas pulgas. Sacando la voz más bronca que
podía, cogíale Tristana de una oreja, diciéndole:
--_Señó Juan_, ¿me quieres?
Rara vez la llamaba él por su nombre. Ya era _Beatrice_, ya
_Francesca_, o más bien la Paca de _Rímini_; a veces _Chispa_, o _señá
Restituta_. Estos motes, y los terminachos grotescos o expresiones
líricas que eran el saborete de su apasionada conversación, variaban
cada pocos días, según las anécdotas que iban saliendo.
--_La jaremos_ cuando tú dispongas, querida Restituta --replicó Díaz--.
¡Si no deseo otra cosa...! ¿Crees tú que puede un hombre estar _de amor
extático_ tanto tiempo?... Vámonos: _para ti la jaca torda, la que,
cual dices tú, los campos borda_...
--Al extranjero, al extranjero (_palmoteando_). Yo quiero que tú y yo
seamos extranjeros en alguna parte, y que salgamos del bracete sin que
nadie nos conozca.
--Sí, mi vida. ¡_Quién te verá a ti_...!
--Entre los _franceses_ (_cantando_) y entre los _ingleses_... Pues
te diré. Ya no puedo resistir más a mi _tirano de Siracusa_. ¿Sabes?
Saturna no le llama sino D. _Lepe_, y así le llamaré yo también. Ha
tomado una actitud patética. Apenas me habla, de lo que me alegro
mucho. Se hace el interesante, esperando que yo me enternezca.
Anoche, verás, estuvo muy amable conmigo, y me contó algunas de sus
aventuras. Piensa sin duda el muy pillo que con tales ejemplos se
engrandece a mis ojos; pero se equivoca. No puedo verle. Hay días en
que me toca mirarle con lástima; días en que me toca aborrecerle, y
anoche le aborrecí, porque en la relación de sus trapisondas, que son
tremendas, tremendísimas, veía yo un plan depravado para encenderme
la imaginación. Es lo más zorro que hay en el mundo. A mí me dieron
ganitas de decirle que no me interesa más aventura que la de mi _señó
Juan_ de mi alma, a quien adoro con todas mis _potencias irracionales_,
como decía el otro.
--Pues te digo la verdad: me gustaría oírle contar a D. Lope sus
historias galantes.
--Como bonitas, cree que lo son. ¡Lo de la marquesa del Cabañal es de
lo más chusco...! El marido mismo, más celoso que Otelo, le llevaba...
Pero si me parece que te lo he contado. ¿Pues y cuando robó del
convento de San Pablo en Toledo a la monjita...? El mismo año mató
en duelo al general que se decía esposo de la mujer más virtuosa de
España, y la tal se escapó con D. Lope a Barcelona. Allí tuvo este
siete aventuras en un mes, todas muy novelescas. Debía de ser atrevido
el hombre, muy bien plantado, y muy bravo para todo.
--Restituta, no te entusiasmes con tu Tenorio arrumbado.
--Yo no me entusiasmo más que con este pintamonas. ¡Qué mal gusto
tengo! Miren esos ojos... ¡ay qué feos y qué sin gracia! ¿Pues y esa
boca? da asco mirarla; y ese aire tan desgarbado... uf, no sé cómo te
miro. No; si ya me repugnas, quítate de ahí.
--¡Y tú qué horrible!... con esos dientazos de jabalí, y esa nariz de
remolacha, y ese cuerpo de botijo. ¡Ay, tus dedos son tenazas!
--Tenazas, sí, tenazas de _jierro_, para arrancarte tira a tira toda tu
piel de burro. ¿Por qué eres así? _¡Gran Dio, morir si giovine!_
--Mona, más mona que los Santos Padres, y más hechicera que el Concilio
de Trento y que D. Alfonso el Sabio..., oye una cosa que se me ocurre.
¿Si ahora se abriera esta puerta y apareciera tu D. Lope...?
--¡Ay!, tú no conoces a _D. Lepe_. _D. Lepe_ no viene aquí, ni por nada
del mundo hace él el celoso de comedia. Creería que su caballerosidad
se llenaba de oprobio. Fuera de la seducción de mujeres más o menos
virtuosas, es todo dignidad.
--¿Y si entrara yo una noche en tu casa, y él me sorprendiera allí?
--Entonces, puede que, como medida preventiva, te partiera en dos
pedazos, o convirtiera tu cráneo en hucha para guardar todas las
balitas de su revólver. Con tanta caballerosidad, sabe ser muy bruto
cuando le tocan el punto delicado. Por eso más vale que no vayas. Yo no
sé cómo ha sabido esto; pero ello es que lo sabe. De todo se entera el
maldito, con su sagacidad de perro viejo y su experiencia de maestro en
picardías. Ayer me dijo con retintín: «¿Conque pintorcitos tenemos?» Yo
no le contesté. Ya no le hago caso. El mejor día entra en casa, y el
pájaro voló... _Ahi Pisa, vituperio delle genti._ ¿A dónde nos vamos,
hijo de mi alma? ¿A do me conducirás? (_cantando_.) _La ci darem la
mano_... Sé que no hay congruencia en nada de lo que digo. Las ideas
se me atropellan aquí, disputándose cuál sale primero, como cuando se
agolpa el gentío a la puerta de una iglesia, y se estrujan y se...
Quiéreme, quiéreme mucho, que todo lo demás es música. A veces se me
ocurren ideas tristes; por ejemplo, que seré muy desgraciada, que todos
mis sueños de felicidad se convertirán en humo. Por eso me aferro más
a la idea de conquistar mi independencia, y de arreglármelas con mi
ingenio como pueda. Si es verdad que tengo algún pesquis, ¿por qué no
he de utilizarlo dignamente, como otras explotan la belleza o la gracia?
--Tu deseo no puede ser más noble --díjole Horacio meditabundo--. Pero
no te afanes, no te aferres tanto a esa aspiración, que podría resultar
impracticable. Entrégate a mí sin reserva. ¡Ser mi compañera de toda la
vida; ayudarme y sostenerme con tu cariño...!, ¿te parece que hay un
oficio mejor, ni arte más hermoso? Hacer feliz a un hombre, que te hará
feliz, ¿qué más?
--¡Qué más! (_Mirando al suelo._) _Diverse lingue, orribile favelle...
parole di dolore, accenti d’ira_... Ya, ya; la congruencia es la que
no parece... _Señó Juan_, ¿me quieres mucho? Bueno; has dicho: «¿qué
más?» Nada, nada. Me conformo con que no haya más. Te advierto que soy
una calamidad como mujer casera. No doy pie con bola, y te ocasionaré
mil desazones. Y fuera de casa, en todo menester de compras o negocios
menudos de mujer, también soy de oro. ¡Con decirte que no conozco
ninguna calle, ni sé andar sola sin perderme! El otro día no supe ir de
la Puerta del Sol a la calle de Peligros, y recalé allá por la plaza
de la Cebada. No tengo el menor sentido topográfico. El mismo día, al
comprar unas horquillas en el Bazar, di un duro, y no me cuidé de
recoger la vuelta. Cuando me acordé, ya estaba en el tranvía..., por
cierto que me equivoqué y me metí en el del Barrio. De todo esto y de
algo más que observo en mí, deduzco... ¿En qué piensas? ¿Verdad que
nunca querrás a nadie más que a tu _Paquita de Rímini_...? Pues sigo
diciéndote... No, no te lo digo.
--Dime lo que pensabas (_incomodándose_). He de quitarte esa pícara
costumbre de decir las cosas a medias...
--Pégame, hombre, pega..., rómpeme una costilla. ¡Tienes un
geniazo...!, _ni del dorado techo... se admira, fabricado... del sabio
moro, en jaspes sustentado._ Tampoco esto tiene congruencia.
--Maldita. ¿Qué ha de tener?
--Pues _direte, Inés, la cosa_... Oye. (_Abrazándole._) Lo que he
pensado de mí, estudiándome mucho, porque yo me estudio, ¿sabes?,
es que sirvo, que podré servir para las cosas grandes; pero que
decididamente no sirvo para las pequeñas.
Lo que Horacio le contestó, perdiose en la oleada de ternezas que vino
después, llenando de vagos rumores la plácida soledad del estudio.


XVI

Como contrapeso moral y físico de la enormísima exaltación de las
tardes, Horacio, al retirarse de noche a su casa, se derrumbaba en
el seno tenebroso de una melancolía sin ideas, o con ideas vagas,
toda languidez y zozobra indefinibles. ¿Qué tenía? No le era fácil
contestarse. Desde los tiempos de su lento martirio en poder del
abuelo, solía padecer fuertes ataques periódicos de _spleen_, que se
le renovaban en todas las circunstancias anormales de su vida. Y no
era que en aquellas horas de recogimiento se hastiara de Tristana, o
tuviese dejos amargos de las dulzuras del día, no; la visión de ella
le acosaba; el recuerdo fresquísimo de sus donaires ponía en continuo
estremecimiento su naturaleza, y antes que buscar un término a tan
abrasadoras emociones, deseaba repetirlas, temeroso de que algún
día pudieran faltarle. Al propio tiempo que consideraba su destino
inseparable del de aquella singular mujer, un terror sordo le rebullía
en el fondo del alma, y por más que procuraba, haciendo trabajar
furiosamente a la imaginación, figurarse el porvenir al lado de
Tristana, no podía conseguirlo. Las aspiraciones de su ídolo a cosas
grandes causábanle asombro; pero al querer seguirla por los caminos que
ella con tenacidad graciosa señalaba, la hechicera figura se le perdía
en un término nebuloso.
No causaron inquietud a doña Trinidad (que así se llamaba la señora
con quien Horacio vivía) las murrias de su sobrino, hasta que pasado
algún tiempo advirtió en él un aplanamiento sospechoso. Entrábale como
un sopor, conservando los ojos abiertos, y no había medio de sacarle
del cuerpo una palabra. Veíasele inmóvil en un sillón del comedor, sin
prestar la menor atención a la tertulia de dos o tres personas que
amenizaban las tristes noches de doña Trini. Era esta de dulcísimo
carácter, achacosa, aunque no muy vieja, y derrumbada por los pesares
que habían gravitado sobre ella, pues no tuvo tranquilidad hasta que
se quedó sin padre y sin marido. Bendecía la soledad, y debía mucha
gratitud a la muerte.
De su vida de afanes quedole una debilidad nerviosa, relajación de
los músculos de los párpados. No abría los ojos sino a medias, y esto
con dificultad en ciertos días, o cuando reinaban determinados aires,
llegando a veces al sensible extremo de tener que levantarse el párpado
con los dedos si quería ver bien a una persona. Por añadidura, estaba
muy delicadita del pecho, y en cuanto entraba el invierno se ponía
fatal, ahogada de tos, con horribles frialdades en pies y manos, y todo
se le volvía imaginar defensas contra el frío, en la casa como en su
persona. Adoraba a su sobrino, y por nada del mundo se separaría de él.
Una noche, después de comer, y antes de que llegaran los tertulios,
doña Trini se sentó, hecha un ovillo, frente a la butaca en que Horacio
fumaba, y le dijo:
--Si no fuera por ti, yo no aguantaría las crudezas de este frío
maldito que me está matando. ¡Y pensar que con irme a tu casa de
Villajoyosa resucitaría! ¿Pero cómo me voy y te dejo aquí solo?
Imposible, imposible.
Replicole el sobrino que bien podía irse y dejarle, pues nadie se lo
comería.
--¡Quién sabe, quién sabe si te comerán...! Tú andas también
delicadillo. No me voy; no me separo de ti por nada de este mundo.
Desde aquella noche empezó una lucha tenaz entre los deseos de
emigración de la señora y la pasividad sedentaria del señorito.
Anhelaba doña Trini largarse; él también quería que se fuera, porque
el clima de Madrid la minaba rápidamente. Habría tenido gusto en
acompañarla; pero ¿cómo, ¡Santo Dios!, si no veía forma humana de
romper su amorosa cadena, ni siquiera de aflojarla?
--Iré a llevarla a usted --dijo a su tía, buscando una transacción--, y
me volveré en seguida.
--No, no.
--Iré después a buscarla a usted, a la entrada de primavera.
--Tampoco.
La tenacidad de doña Trini no se fundaba solo en su horror al invierno,
que aquel año vino con espada en mano. Nada sabía concretamente de
los devaneos de Horacio; pero sospechaba que algo anormal y peligroso
ocurría en la vida del joven, y con feliz instinto estimó conveniente
llevársele de Madrid. Alzando la cabeza para mirarle bien, pues aquella
noche funcionaban muy mal los párpados, y abrir no podía más que un
tercio de ojos, le dijo:
--Pues me parece que en Villajoyosa pintarías como aquí, y aun mejor.
En todas partes hay Naturaleza y natural... Y sobre todo, tontín, allí
te librarás de tanto quebradero de cabeza, y de las angustias que estás
pasando. Te lo dice quien bien te quiere, quien sabe algo de este mundo
traicionero. No hay cosa peor que apegarse a un vicio de querer...
Despréndete de un tirón. Pon tierra por medio.
Dicho esto, doña Trini dejó caer el párpado, como tronera que se cierra
después de salir el tiro. Horacio nada contestó; pero las ideas de su
tía quedaron en su mente como semillas dispuestas a germinar. Repitió
sus sabias exhortaciones a la siguiente noche la simpática viuda, y a
los dos días ya no le pareció al pintor muy disparatada la idea de
partir, ni vio, como antes, en la separación de su amada, un suceso tan
grave como la rotura del planeta en pedazos mil. De improviso sintió
que del fondo de su naturaleza salía un prurito, una reclamación de
descanso. Su existencia toda pedía tregua, uno de esos paréntesis que
la guerra y el amor suelen solicitar con necesidad imprescindible para
poder seguir peleando y viviendo.
La primera vez que comunicó a Tristana los deseos de doña Trini,
aquella puso el grito en el Cielo. Él también se indignó; protestaron
ambos contra el importuno viaje, y... _antes morir que consentir
tiranos_.
Mas otro día, tratando de lo mismo, Tristana pareció conformarse.
Sentía lástima de la pobre viuda. ¡Era tan natural que no quisiera ir
sola...! Horacio afirmó que doña Trini no resistiría en Madrid los
rigores del invierno, ni se determinaba a separarse de su sobrino.
Mostrose la de Reluz más compasiva, y por fin... ¿Sería que también
a ella le pedían el cuerpo y el alma tregua, paréntesis, solución
de continuidad? Ni uno ni otro cedían en su amoroso anhelo; pero la
separación no les asustaba; al contrario, querían probar el desconocido
encanto de alejarse, sabiendo que era por tiempo breve; probar el sabor
de la ausencia, con sus inquietudes, el esperar y recibir cartas, el
desearse recíprocamente, y el contar lo que faltaba para tenerse de
nuevo.
En resumidas cuentas, que Horacio tomó las de Villadiego. Tierna
fue la despedida: se equivocaron, creyéndose con serenidad bastante
para soportarla, y al fin se hallaban como condenados al patíbulo.
Horacio, la verdad, no se sintió muy pesaroso por el camino; respiraba
con desahogo, como jornalero en sábado por la tarde, después de una
semana de destajo; saboreaba el descanso moral, el placer pálido de
no sentir emociones fuertes. El primer día de Villajoyosa ninguna
novedad ocurrió. Tan conforme el hombre, y muy bien hallado con su
destierro. Pero al segundo día, aquel mar tranquilo de su espíritu
empezó a moverse y picarse con leve ondulación, y luego fue el crecer,
el encresparse. A los cuatro días el hombre no podía vivir de soledad,
de tristeza, de privación. Todo le aburría: la casa, doña Trini, la
parentela. Pidió auxilio al arte, y el arte no le proporcionó más
que desaliento y rabia. El paisaje hermosísimo, el mar azul, las
pintorescas rocas, los silvestres pinos, todo le ponía cara fosca.
La primera carta le consoló en su soledad; no podían faltar en ella
ausencias dulcísimas, ni aquello tan sobado de _nessun maggior
dolore_..., ni los términos del vocabulario formado en las continuas
charlas de amor. Habían convenido en escribirse dos cartitas por
semana, y resultaba carta _todos los días diariamente_, según decía
Tristana. Si las de él ardían, las de ella quemaban. Véase la clase:
«He pasado un día cruel y una noche de todos los perros de la jauría
de Satanás. ¿Por qué te fuiste?... Hoy estoy más tranquila; oí misa,
recé mucho. He comprendido que no debo quejarme, que hay que poner
frenos al egoísmo. Demasiado bien me ha dado Dios, y no debo ser
exigente. Merezco que me riñas y me pegues, y aunque me quieras un
poco menos (¡no, por Dios!), cuando me aflijo por una ausencia breve y
necesaria... Me mandas que esté tranquila, y lo estoy. _Tu duca_, _tu
maestro_, _tu signore_. Sé que mi _señó Juan_ volverá pronto, que ha de
quererme siempre, y _Paquita de Rímini_ espera confiada, y se resigna
con su _soleá_.»
De él a ella:
«Hijita, ¡qué días paso! Hoy quise pintar un burro, y me salió...
algo así como un pellejo de vino con orejas. Estoy de remate; no veo
el color, no veo la línea, no veo más que a mi _Restituta_, que me
encandila los ojos con sus monerías. Día y noche me persigue la imagen
de mi monstrua serrana, con todo el pesquis del Espíritu Santo y toda
la sal del _botiquín_.»
(_Nota del colector_: Llamaban _botiquín_ al mar por aquel cuento
andaluz del médico de a bordo, que todo lo curaba con agua salada.)
«... Mi tía no está bien. No puedo abandonarla. Si tal barbaridad
hiciera, tú misma no me la perdonarías. Mi aburrimiento es una horrible
tortura que se le quedó en el tintero a nuestro amigo Alighieri.
»He vuelto a leer tu carta del jueves, la de las pajaritas, la de
los éxtasis... _inteligenti pauca_. Cuando Dios te echó al mundo,
llevose las manos a la cabeza augusta, arrepentido y pesaroso de haber
gastado en ti todo el ingenio que tenía dispuesto para fabricar cien
generaciones. Haz el favor de no decirme que tú no vales, que eres
un cero. ¡Ceritos a mí! Pues yo te digo, aunque la modestia te salga
a la cara como una aurora boreal, yo te digo, ¡oh _Restituta_!, que
todos los bienes del mundo son una _perra chica_ comparados con lo que
tú vales; y que todas las glorias humanas, soñadas por la ambición y
perseguidas por la fortuna, son un _zapato viejo_ comparadas con la
gloria de ser tu dueño... No me cambio por nadie... No, no, digo mal:
quisiera ser Bismarck para crear un imperio y hacerte a ti emperatriz.
Chiquilla, yo seré tu vasallo humilde; pisotéame, escúpeme, y manda que
me azoten.»
De ella a él:
«... Ni en broma me digas que puede mi _señó Juan_ dejar de quererme.
No conoces tú bien a tu _Panchita de Rímini_, que no se asusta de la
muerte, y se siente con valor para _suicidarse a sí misma_ con la
mayor sal del mundo. Yo me mato como quien se bebe un vaso de agua.
¡Qué gusto, qué dulcísimo estímulo de curiosidad! ¡Enterarse de todo
lo que hay por allá!, y verle la cara al _pusuntra_!... ¡Curarse
radicalmente de aquella dudita fastidiosa de _ser o no ser_, como dijo
_Chispecrís_...! En fin, que no me vuelvas a decir eso de quererme un
poquito menos, porque mira tú..., ¡si vieras qué bonita colección de
revólveres tiene mi D. _Lepe_! Y te advierto que lo sé manejar, y que
si me atufo, ¡pim!, me voy a dormir la siesta con el Espíritu Santo...»
¡Y cuando el tren traía y llevaba todo este cargamento de
sentimentalismo, no se inflamaban los ejes del coche correo, ni se
disparaba la locomotora, como corcel en cuyos ijares aplicaran espuelas
calentadas al rojo! Tantos ardores permanecían latentes en el papelito
en que estaban escritos.


XVII

Tan voluble y extremosa era en sus impresiones la señorita de Reluz,
que fácilmente pasaba del júbilo desenfrenado y epiléptico a una
desesperación lúgubre. He aquí la muestra:
«_Caro bene, mio diletto_, ¿es verdad que me quieres tanto y que en
tanto me estimas? Pues a mí me da por dudar que sea verdad tanta
belleza. Dime: ¿existes tú o no eres más que un fantasma vano, obra
de la fiebre, de esta ilusión de lo hermoso y de lo grande que me
trastorna? Hazme el favor de echar para acá una carta _fuera de
abono_ o un telegrama que diga: _Existo. Firmado, señó Juan_... Soy
tan feliz, que a veces paréceme que vivo suspendida en el aire, que
mis pies no tocan la tierra, que huelo la eternidad y respiro el
airecillo que sopla más allá del sol. No duermo. ¡Ni qué falta me hace
dormir!... Más quiero pasarme toda la noche pensando que te gusto y
contando los minutos que faltan para ver tu jeta preciosa. No son
tan felices como yo los justos que están en éxtasis a la _verita_ de
la Santísima Trinidad; no lo son, no pueden serlo... Solo un recelo
chiquito y fastidioso, como el grano de tierra que en un ojo se nos
mete y nos hace sufrir tanto, me estorba para la felicidad absoluta.
Y es la sospecha de que todavía no me quieres bastante, que no has
llegado al supremo límite del querer, ¿qué digo límite, si no lo hay?,
al principio del último cielo, pues yo no puedo hartarme de pedir
más, más, siempre más; y no quiero, no quiero sino cosas infinitas,
entérate..., todo infinito, infinitísimo, o nada... ¿Cuántos abrazos
crees que te voy a dar cuando llegues? Ve contando. Pues tantos como
segundos tarde una hormiga en dar la vuelta al globo terráqueo. No;
más, mucho más. Tantos como segundos tarde la hormiga en partir en dos,
con sus patas, la esferita terrestre, dándole vueltas siempre por una
misma línea... Conque saca esa cuenta, tonto.»
Y otro día:
«No sé lo que me pasa, no vivo en mí, no puedo vivir de ansiedad, de
temor. Desde ayer no hago más que imaginar desgracias, suponer cosas
tristes: o que tú te mueres, y viene a contármelo D. Lope con cara de
regocijo, o que me muero yo y me meten en aquella caja horrible, y
me echan tierra encima. No, no; no quiero morirme, no me da la gana.
No deseo saber lo de allá, no me interesa. Que me resuciten, que me
vuelvan mi vidita querida. Me espanta mi propia calavera. Que me
devuelvan mi carne fresca y bonita, con todos los besos que tú me has
dado en ella. No quiero ser solo huesos fríos y después polvo. No, esto
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