Tristana - 11

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51.7 sanoista on 8 000 yleisimmän sanan joukossa
Jokainen rivi edustaa sanojen prosenttiosuutta 1000 yleisintä sanaa kohti.
ads place
muy terrestre, muy práctico, y ella muy soñadora, con unas alas de
extraordinaria fuerza para subirse a los espacios sin fin.
--Ya, ya... (_estrechándole las manos_). Pues venga usted cuando bien
le cuadre, caballero Díaz. Y sabe que...
Despidiole en la puerta; se metió después en su cuarto, muy gozoso,
y restregándose las manos, decía para su sayo: «Incompatibilidad de
caracteres..., incompatibilidad absoluta, diferencias irreductibles.»


XXVII

Notó el buen Garrido en su inválida cierta estupefacción después de la
entrevista. Interrogada paternalmente por el astuto viejo, Tristana le
dijo sin rebozo:
--¡Cuánto ha cambiado ese hombre, pero cuánto! Paréceme que no es el
mismo, y no ceso de representármele como antes era.
--Y qué, ¿gana o pierde en la transformación?
--Pierde... al menos hasta ahora.
--Parece buen sujeto, sí. Y te estima. Me propuso abonar los gastos de
tu enfermedad. Yo lo rechacé... Figúrate...
A Tristana se le encendió el rostro.
--No es de estos --añadió D. Lope-- que al dejar de amar a una mujer,
se despiden a la francesa. No, no; paréceme atento y delicado. Te
regala un órgano expresivo de lo mejor, y toda la música que puedas
necesitar. Esto lo acepté: no creí prudente rechazarlo. En fin, el
hombre es bueno, y te tiene lástima; comprende que tu situación social,
después de esa pérdida de la patita, exige que se te mime y se te rodee
de distracciones y cuidados; y él empieza por prestarse, como amigo
sincero y bondadoso, a darte leccioncitas de pintura.
Tristana no dijo nada, y todo el día estuvo muy triste. Al siguiente,
la entrevista con Horacio fue bastante fría. El pintor se mostró
muy amable; pero sin decir ni una palabra de amor. Introdújose D.
Lope en la habitación cuando menos se pensaba, metiendo su cucharada
en el coloquio, que versó exclusivamente sobre cosas de arte. Como
pinchara después a Horacio para que hablase de los encantos de la vida
en Villajoyosa, el pintor se explayó en aquel tema, que, contra la
creencia de D. Lope, parecía del agrado de Tristana. Con vivo interés
oía esta las descripciones de aquella vida placentera y de los puros
goces de la domesticidad en pleno campo. Sin duda, por efecto de una
metamorfosis verificada en su alma después de la mutilación de su
cuerpo, lo que antes desdeñó era ya para ella como risueña perspectiva
de un mundo nuevo.
En las visitas que se sucedieron, Horacio rehuía con suma habilidad
toda referencia a la deliciosa vida que era ya su pasión más ardiente.
Mostró también indiferencia del arte, asegurando que la gloria y los
laureles no despertaban entusiasmo en su alma. Y al decir esto, fiel
reproducción de las ideas expresadas en sus cartas de Villajoyosa,
observó que a Tristana no le causaba disgusto. Al contrario, en
ocasiones parecía ser de la misma opinión, y mirar con desdén las
empresas y victorias artísticas, con gran estupor de Horacio, en
cuya memoria subsistían indelebles los exaltados conceptos de la
correspondencia de su amante.
Por fin, la levantaron, y el estrecho gabinete en que la pobre inválida
pasaba las horas, embutida en un sillón, fue convertido en taller de
pintura. La paciencia y la solicitud con que Horacio hacía de maestro
no son para dichas. Mas sucedió una cosa muy rara, y fue que, no
solo mostraba la señorita poca afición al arte de Apeles, sino que
sus aptitudes, claramente manifestadas meses antes, se oscurecían y
eclipsaban, sin duda por falta de fe. No volvía el pintor de su asombro
recordando la facilidad con que su discípula entendía y manejaba el
color, y asombrados los dos de semejante cambio, concluían por desmayar
y aburrirse, difiriendo las lecciones o haciéndolas muy cortas. A los
tres o cuatro días de estas tentativas apenas pintaban ya; pasaban
las horas charlando; y solía suceder que también la conversación
languidecía, como entre personas que ya se han dicho todo lo que tienen
que decirse, y solo tratan de las cosas corrientes y regulares de la
vida.
El primer día que probó Tristana las muletas, fueron ocasión de risa y
chacota sus primeros ensayos en tan extraño sistema de locomoción.
--No hay manera --decía con buena sombra-- de imprimir al paso de
muletas un aire elegante. No, por mucho que yo discurra, no inventaré
un bonito andar con estos palitroques. Siempre seré como las mujeres
lisiadas que piden limosna a la puerta de las iglesias. No me importa.
¡Qué remedio tengo más que conformarme!
Propúsole Horacio enviarle un carrito de mano para que paseara, y
no acogió mal la niña este ofrecimiento, que se hizo efectivo dos
días después, aunque no se utilizó sino a los tres o cuatro meses de
regalado el vehículo. Lo más triste de todo cuanto allí ocurría era que
Horacio dejó de ser asiduo en sus visitas. La retirada fue tan lenta y
gradual, que apenas se notaba. Empezó por faltar un día, excusándose
con ocupaciones imprescindibles; a la siguiente semana hizo novillos
dos veces, luego tres, cinco..., y por fin, ya no se contaron los días
que faltaba, sino los que iba. No parecía Tristana muy contrariada de
estas faltillas; recibíale siempre afectuosa, y le veía partir sin
aparente disgusto. Jamás le preguntaba el motivo de sus ausencias, ni
menos le reñía por ellas. Otra circunstancia digna de notarse era que
jamás hablaban de lo pasado: uno y otro parecían acordes en dar por
fenecida y rematada definitivamente aquella novela, que sin duda les
resultaba inverosímil y falsa, produciendo efecto semejante al que nos
causan en la edad madura los libros de entretenimiento que nos han
entusiasmado y enloquecido en la juventud.
Del marasmo espiritual en que se encontraba, salió Tristana casi
bruscamente, como por arte mágico, con las primeras lecciones de
música y de órgano. Fue como una resurrección súbita, con alientos de
vida, de entusiasmo y pasión que confirmaban en su verdadero carácter
a la señorita de Reluz, y que despertaron en ella, con el ardor de
aquel nuevo estudio, maravillosas aptitudes. Era el profesor un
hombre chiquitín, afable, de una paciencia fenomenal, tan práctico en
la enseñanza y tan hábil en la transmisión de su método, que habría
convertido en organista a un sordomudo. Bajo su inteligente dirección,
venció Tristana las primeras dificultades en brevísimo tiempo, con
gran sorpresa y alborozo de cuantos aquel milagro veían. D. Lope
estaba verdaderamente lelo de admiración, y cuando Tristana pulsaba
las teclas, sacando de ellas acordes dulcísimos, el pobre señor se
ponía chocho, como un abuelo que ya no vive más que para mimar a su
descendencia menuda y volverse todo babas ante ella. A las lecciones
de mecanismo, digitación y lectura, añadió pronto el profesor algunas
nociones de armonía, y fue una maravilla ver a la joven asimilarse
estos árduos conocimientos. Diríase que le eran familiares las reglas
antes que se las revelaran; adelantábase a la propia enseñanza, y
lo que aprendía quedaba profundamente grabado en su espíritu. El
minúsculo profesor, hombre muy cristiano, que se pasaba la vida de
coro en coro y de capilla en capilla, tocando en misas solemnes,
funerales y novenas, veía en su discípula un ejemplo del favor de Dios,
una predestinación artística y religiosa.
--Es un genio esta niña --afirmaba admirándola con efusión
contemplativa--, y a ratos paréceme una santa.
--¡Santa Cecilia! --exclamaba D. Lope con entusiasmo que le ponía
ronco--, ¡qué hija, qué mujer, qué divinidad!
No le era fácil a Horacio disimular su emoción oyendo a Tristana
modular en el órgano acordes de carácter litúrgico, en estilo fugado,
escalonando los miembros melódicos con pasmosa habilidad; y trabajillo
le costaba al artista ocultar sus lágrimas, avergonzándose de
verterlas. Cuando la señorita, inflamada por religiosa inspiración,
se engolfaba en su música, convirtiendo el grave instrumento en
lenguaje de su alma, a nadie veía, ni se cuidaba de su reducido y
fervoroso público. El sentimiento, así como el estilo para expresarlo,
absorbíanla por entero; su rostro se transfiguraba, adquiriendo
celestial belleza, su alma se desprendía de todo lo terreno para
mecerse en el seno vaporoso de una idealidad dulcísima. Un día,
el bueno del organista llegó al colmo de la admiración, oyéndola
improvisar con gallardo atrevimiento, y se pasmó de la soltura con
que modulaba, enlazando los tonos, y añadiendo a sus conocimientos
de armonía otros que nadie supo de dónde los había sacado, obra
de un misterioso poder de adivinación, solo concedido a las almas
privilegiadas, para quienes el arte no tiene ningún secreto. Desde
aquel día, el maestro asistió a las lecciones con interés superior al
que la pura enseñanza puede infundir, y puso sus cinco sentidos en
la discípula, educándola como a un hijo único y adorado. El anciano
músico y el anciano galán se extasiaban junto a la inválida, y mientras
el uno le mostraba con paternal amor los arcanos del arte, el otro
dejaba traslucir su acendrada ternura con suspiros y alguna expresión
fervorosa. Concluida la lección, Tristana daba un paseíto por la
estancia, con muletas, y a D. Lope y al otro viejo se les figuraba,
contemplándola, que la propia Santa Cecilia no podía moverse ni andar
de otra manera.
Por este tiempo, es decir, cuando los adelantos de la joven se marcaron
de un modo tan notable, Horacio volvió a menudear sus visitas, y de
pronto estas escasearon notoriamente. Al llegar el verano, transcurrían
hasta dos semanas sin que el pintor aportara por allí, y cuando iba,
Tristana, por agradarle y entretenerle, le obsequiaba con una sesión
de música; sentábase el artista en lo más oscuro de la estancia para
seguir con abstracción profunda la hermosa salmodia, como en éxtasis,
mirando vagamente a un punto indeterminado del espacio, mientras su
alma divagaba suelta por las regiones en que el ensueño y la realidad
se confunden. Y de tal modo absorbió a Tristana el arte con tanto
anhelo cultivado, que no pensaba ni podía pensar en otra cosa. Cada
día ansiaba más y mejor música. La perfección embargaba su espíritu,
teniéndolo como fascinado. Ignorante de cuanto en el mundo ocurría, su
aislamiento era completo, absoluto. Día hubo en que fue Horacio y se
retiró, sin que ella se enterara de que había estado allí.
Una tarde, sin que nadie lo hubiese previsto, despidiose el pintor para
Villajoyosa, pues según dijo, su tía, que allá continuaba residiendo,
se hallaba en peligro de muerte. Así era la verdad, y a los tres días
de llegar el sobrino, doña Trini cerró las pesadas compuertas de sus
ojos para no volverlas a abrir más. Poco después, a la entrada de
otoño, cayó Díaz enfermo, aunque no de gravedad. Cruzáronse cartas
amistosas entre él y Tristana, y el mismo D. Lope, las cuales en todo
el año siguiente continuaron yendo y viniendo cada dos, cada tres
semanas, por el mismo camino por donde antes corrían las incendiarias
cartas de _señó Juan_ y de _Paquita de Rímini_. Tristana escribía
las suyas deprisa y corriendo, sin poner en ellas más que frases de
cortés amistad. Por una de esas inspiraciones que llevan al ánimo
un conocimiento profundo y certero de las cosas, la inválida creía
firmemente, como se cree en la luz del sol, que no vería más a Horacio.
Y así era, así fue... Una mañana de noviembre entró D. Lope con cara
grave en el cuarto de la joven, y sin expresar alegría ni pena, como
quien dice la cosa más natural del mundo, le soltó la noticia con este
frío laconismo:
--¿No sabes?... Nuestro D. Horacio se casa.


XXVIII

Creyó notar el viejo galán que Tristana se desconcertaba al recibir
el jicarazo; pero tan rápidamente y con tanto tesón volvió sobre sí
misma, que no le era fácil a D. _Lepe_ conocer a ciencia cierta el
estado de ánimo de su cautiva, después del acabamiento definitivo
de sus locos amores. Como quien se arroja a un piélago tranquilo,
zambullose la señorita en el _maremagnum_ musical, y allí se pasaba las
horas, ya sumergiéndose en lo profundo, ya saliendo graciosamente a la
superficie, incomunicada realmente con todo lo humano, y procurando
estarlo con algunas ideas propias que aún la atormentaban. A Horacio
no le volvió a mentar, y aunque el pintor no cortó relaciones con
ella, y alguna que otra vez escribía cartas amistosas, Garrido era
el encargado de leerlas y contestarlas. Guardábase bien el viejo de
hablar a la niña del que fue su adorador, y con toda su sagacidad
y experiencia, nunca supo fijamente si la actitud triste y serena
de Tristana ocultaba una desilusión, o el sentimiento de haberse
equivocado profundamente al creerse desilusionada en los días de la
vuelta de Horacio. ¿Pero cómo había de saber esto D. Lope, si ella
misma no lo sabía?
En las buenas tardes de invierno, salía a la calle en el carrito,
que empujaba Saturna. La ausencia de toda presunción fue uno de los
accidentes más característicos de aquella nueva metamorfosis de la
señorita de Reluz: cuidaba poco de embellecer su persona; ataviábase
sencillamente con mantón y pañuelo de seda en la cabeza; pero no perdió
la costumbre de calzarse bien, y de continuo bregaba con el zapatero
por si ajustaba con más o menos perfección la bota... única. ¡Qué raro
le parecía siempre el no calzarse más que un pie! Transcurrirían los
años sin que acostumbrarse pudiera a no ver en parte alguna la bota y
el zapato del pie derecho.
Al año de la operación, su rostro había adelgazado tanto, que muchos
que en sus buenos tiempos la trataron apenas la conocían ya, al verla
pasar en el cochecillo. Representaba cuarenta años, cuando apenas tenía
veinticinco. La pierna de palo que le pusieron a los dos meses de
arrancada la de carne y hueso, era de lo más perfecto en su clase; mas
no podía la inválida acostumbrarse a andar con ella, ayudada solo de
un bastón. Prefería las muletas, aunque estas le alzaran los hombros,
destruyendo la gallardía de su cuello y de su busto. Aficionose a
pasar las horas de la tarde en la iglesia, y para facilitar esta
inocente inclinación, mudose D. Lope desde lo alto del paseo de Santa
Engracia al del Obelisco, donde tenían muy a mano cuatro o cinco
templos, modernos y bonitos, y además la parroquia de Chamberí. Y el
cambio de domicilio le vino bien a D. Lope por el lado económico, pues
en el alquiler de la nueva casa ahorraba una corta cantidad, que no
venía mal para otros gastos en tiempos tan calamitosos. Pero lo más
particular fue que la afición de Tristana a la iglesia se comunicó a
su viejo tirano, y sin que este notara la gradación, llegó a pasar
ratos placenteros en las Siervas, en las Reparatrices y en San Fermín,
asistiendo a novenas y manifiestos. Cuando D. Lope notó esta nueva
fase de sus costumbres seniles, ya no se hallaba en condiciones para
poder apreciar lo extraño de tal cambio. Anublose su entendimiento; su
cuerpo envejeció con terrible presteza; arrastraba los pies como un
octogenario, y la cabeza y manos le temblaban. Al fin, el entusiasmo de
Tristana por la paz de la iglesia, por la placidez de las ceremonias
del culto y la comidilla de las beatas llegó a ser tal, que acortaba
las horas dedicadas al arte músico para aumentar las consagradas
a la contemplación religiosa. Tampoco se dio cuenta de esta nueva
metamorfosis, a la que llegó por gradaciones lentas; y si al principio
no había en ella más que pura afición, sin verdadero celo, si sus
visitas a la iglesia eran al principio actos de lo que podría llamarse
_dilettantismo_ piadoso, no tardaron en ser actos de piedad verdadera,
y por etapas insensibles vinieron las prácticas católicas, el oír misa,
la penitencia y comunión.
Y como el buen D. _Lepe_, no viviendo ya más que para ella y por
ella, reflejaba sus sentimientos, y había llegado a ser plagiario
de sus ideas, resultó que también él se fue metiendo poco a poco en
aquella vida, en la cual su triste vejez hallaba infantiles consuelos.
Alguna vez, volviendo sobre sí en momentos lúcidos, que parecían las
breves interrupciones de un inseguro sueño, se echaba una mirada
interrogativa, diciéndose:
--¿Pero soy yo de verdad, Lope Garrido, el que hace estas cosas? Es que
estoy lelo... sí, lelo... Murió en mí el hombre... ha ido muriendo en
mí todo el ser, empezando por lo presente, avanzando en el morir hacia
lo pasado; y por fin, ya no queda más que el niño... Sí, soy un niño, y
como tal pienso y vivo. Bien lo veo con el cariño de esa mujer. Yo la
he mimado a ella. Ahora ella me mima...
En cuanto a Tristana, ¿sería, por ventura, aquella su última
metamorfosis? ¿O quizás tal mudanza era solo exterior, y por dentro
subsistía la unidad pasmosa de su pasión por lo ideal? El ser hermoso
y perfecto que amó, construyéndolo ella misma con materiales tomados
de la realidad, se había desvanecido, es cierto, con la reaparición
de la persona que fue como génesis de aquella creación de la mente;
pero el tipo, en su esencial e intachable belleza, subsistía vivo en
el pensamiento de la joven inválida. Si algo pudo variar esta en la
manera de amarle, no menos varió en su cerebro aquella cifra de todas
las perfecciones. Si antes era un hombre, luego fue Dios, el principio
y fin de cuanto existe. Sentía la joven cierto descanso, consuelo
inefable, pues la contemplación mental del ídolo érale más fácil en la
iglesia que fuera de ella, las formas plásticas del culto le ayudaban
a sentirlo. Fue la mudanza del hombre en Dios tan completa al cabo de
algún tiempo, que Tristana llegó a olvidarse del primer aspecto de
su ideal, y no vio al fin más que el segundo, que era seguramente el
definitivo.
Tres años habían pasado desde la operación realizada con tanto acierto
por Miquis y su amigo, cuando la señorita de Reluz, sin olvidar
completamente el arte musical, mirábalo ya con desdén, como cosa
inferior y de escasa valía. Las horas de la tarde pasábalas en la
iglesia de las Siervas, en un banco, que por la fijeza y constancia con
que lo ocupaba, parecía pertenecerle. Las muletas, arrimadas a un lado,
le hacían lúgubre compañía. Las hermanitas, al fin, entablaron amistad
con ella, resultando de aquí ciertas familiaridades eclesiásticas:
en algunas funciones solemnes tocaba Tristanita el órgano, con gran
regocijo de las religiosas y de todos los concurrentes. La _señora
coja_ hízose popular entre los que asiduamente asistían a los oficios
mañana y tarde, y los acólitos la consideraban ya como parte integrante
del edificio y aun de la institución.


XXIX

No tuvo la vejez de D. Lope toda la tristeza y soledad que él se
merecía, como término de una vida disipada y viciosa, porque sus
parientes le salvaron de la espantosa miseria que le amenazaba. Sin
el auxilio de sus primas, las señoras de Garrido Godoy, que en Jaén
residían, y sin el generoso desprendimiento de su sobrino carnal el
arcediano de Baeza, D. Primitivo de Acuña, el galán en decadencia
hubiera tenido que pedir limosna o entregar sus nobles huesos a San
Bernardino. Pero aunque las tales señoras, solteronas, histéricas
y anticuadas, muy metidas en la iglesia y de timoratas costumbres,
veían en su egregio pariente un monstruo, más bien un diablo que
andaba suelto por el mundo, la fuerza de la sangre pudo más que la
mala opinión que de él tenían, y de un modo discreto le ampararon
en su pobreza. En cuanto al buen arcediano, en un viaje que hizo a
Madrid trató de obtener de su tío ciertas concesiones del orden moral:
conferenciaron; oyole D. Lope con indignación, partió el clérigo muy
descorazonado, y no se habló más del asunto. Pasado algún tiempo,
cuando se cumplieron cinco años de la enfermedad de Tristana, el
clérigo volvió a la carga en esta forma, ayudado de argumentos en cuya
fuerza persuasiva confiaba.
--Tío, se ha pasado usted la vida ofendiendo a Dios, y lo más infame,
lo más ignominioso es ese amancebamiento criminal...
--Pero hijo, si ya... no...
--No importa; se irán ella y usted al infierno, y de nada les valdrán
sus buenas intenciones de hoy.
Total, que el buen arcediano quería casarles. ¡Inverosimilitud,
sarcasmo horrible de la vida, tratándose de un hombre de ideas
radicales y disolventes, como D. Lope!
--Aunque estoy lelo --dijo este empinándose con trabajo sobre las
puntas de los pies--, aunque estoy hecho un mocoso y un bebé... no
tanto, Primitivo, no me hagas tan imbécil.
Expuso el buen sacerdote sus planes sencillamente. No pedía, sino que
secuestraba. Véase cómo.
--Las tías --dijo--, que son muy cristianas y temerosas de Dios, le
ofrecen a usted, si entra por el aro y acata los mandamientos de la
ley divina..., ofrecen, repito, cederle en escritura pública las dos
dehesas de Arjonilla, con lo cual no solo podrá vivir holgadamente los
días que el Señor le conceda, sino también dejar a su viuda...
--¡A mi viuda!
--Sí; porque las tías, con mucha razón, exigen que usted se case.
Don Lope soltó la risa. Pero no se reía de la extravagante proposición,
¡ay!, sino de sí mismo... Trato hecho. ¿Cómo rechazar la propuesta, si
aceptándola aseguraba la existencia de Tristana cuando él faltase?
Trato hecho... ¡Quién lo diría! D. Lope, que en aquellos tiempos había
aprendido a hacer la señal de la cruz sobre su frente y boca, no
cesaba de persignarse. En suma; que se casaron... y cuando salieron
de la iglesia, todavía no estaba D. Lope seguro de haber abjurado y
maldecido su queridísima doctrina del celibato. Contra lo que él creía,
la señorita no tuvo nada que oponer al absurdo proyecto. Lo aceptó
con indiferencia, había llegado a mirar todo lo terrestre con sumo
desdén... Casi no se dio cuenta de que la casaron, de que unas breves
fórmulas hiciéronla legítima esposa de Garrido, encasillándola en un
hueco honroso de la sociedad. No sentía el acto, lo aceptaba, como un
hecho impuesto por el mundo exterior, como el empadronamiento, como la
contribución, como las reglas de policía.
Y el señor de Garrido, al mejorar de fortuna, tomó una casa mayor en
el mismo paseo del Obelisco, la cual tenía un patio con honores de
huerta. Revivió el anciano galán con el nuevo estado; parecía menos
chocho, menos lelo, y sin saber cómo ni cuándo, próximo al acabamiento
de su vida, sintió que le nacían inclinaciones que nunca tuvo, manías y
querencias de pacífico burgués. Desconocía completamente aquel ardiente
afán que le entró por plantar un arbolito, no parando hasta lograr su
deseo, hasta ver que el plantón arraigaba y se cubría de frescas hojas.
Y el tiempo que la señora pasaba en la iglesia rezando, él, un tanto
desilusionado ya de su afición religiosa, empleábalo en cuidar las
seis gallinas y el arrogante gallo que en el patinillo tenía. ¡Qué
deliciosos instantes! ¡Qué grata emoción... ver si ponían huevo, si
este era grande, y, por fin, preparar la echadura para sacar pollitos,
que al fin salieron, ¡ay!, graciosos, atrevidos y con ánimos para vivir
mucho! Don Lope no cabía en sí de contento, y Tristana participaba de
su alborozo. Por aquellos días, entrole a la cojita una nueva afición:
el arte culinario en su rama importante de repostería. Una maestra muy
hábil enseñole dos o tres tipos de pasteles, y los hacía tan bien, tan
bien, que don Lope, después de catarlos, se chupaba los dedos, y no
cesaba de alabar a Dios. ¿Eran felices uno y otro...? Tal vez.

FIN DE LA NOVELA
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  • Tristana - 11
    Sanojen kokonaismäärä on 3932
    Yksilöllisten sanojen kokonaismäärä on 1459
    33.9 sanoista on 2000 yleisimmän sanan joukossa
    46.3 sanoista on 5 000 yleisimmän sanan joukossa
    51.7 sanoista on 8 000 yleisimmän sanan joukossa
    Jokainen rivi edustaa sanojen prosenttiosuutta 1000 yleisintä sanaa kohti.