Vida y obras de don Diego Velázquez - 06

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interpretación del momento, puede citarse como modelo de lo que debe ser
un cuadro de historia. Stirling dice, sin embargo, en mi opinión
injustamente, que «a Justino de Nassau le falta su aspecto propio de
gentil hombre genovés, y que el artista parece haberse empeñado en hacer
resaltar, con cierta malicia, el contraste entre los dos campos: a un
lado castellanos, de la mejor facha, al otro zafios holandeses de
calzones descomunales que miran con aire de sorpresa estúpida».
En cambio, Lefort declara que Velázquez compuso _Las Lanzas_ fuera de
todo convencionalismo, y que es «una de las páginas más vivas de
historia que ha producido la pintura: ninguna se deja leer y penetrar
mejor: ninguna es más sincera y elocuente por la clara sencillez de su
ejecución». Y Justi dice que «pocos lienzos son tan sugestivos, y menor
número todavía revela un pintor dotado de sentimientos tan nobles».
Tampoco hay igualdad de pareceres en lo referente a cómo esta iluminado
el cuadro. Lefort dice: «todas las cosas en aquel gran lienzo se modelan
en plena luz, franca y valientemente, sin artificios. El aire circula
por doquiera, extendiendo una atmósfera perceptible por cima de aquel
paisaje que se aleja a distancias tremendas, bañándole de claridades,
de corrientes y de frescor, envolviendo las formas, acariciando los
contornos, reposando y enlazando entre sí las coloraciones graves,
calientes, opulentas, en que aquí y allá discretamente se intercalan
algunas notas claras para fundirlas en amplia y poderosa armonía».
Finalmente Beruete cree que «acaso la crítica moderna pueda censurar la
iluminación oblicua de _Las Lanzas_ y sostener que no es la suya la luz
solar, la luz difusa del aire libre tan en boga en nuestros días».
A decir verdad, los grupos no están bañados en la claridad intensa
penetrante que viene de alto a bajo y que en pleno campo lo envuelve,
inunda y acaricia todo. Para fallar acerca de si esto es una tacha,
sería preciso demostrar, y nadie lo ha conseguido todavía, si es
realmente posible pintar en un espacio abierto y en tales proporciones
una escena de ese carácter. La variabilidad de la luz que de momento a
momento produce cambios de tono en la totalidad y en cada parte basta
para indicar lo irrealizable del propósito. De aquí que la imitación del
natural en grandes composiciones al aire libre, se obtenga siempre no
tan fielmente como en un recinto cerrado sino por aproximación, por
equivalencias relativas; y en tal supuesto nadie ha llegado donde
Velázquez en _Las Lanzas_.
Lefort y Justi niegan que la gentil figura colocada a la parte de la
derecha, entre el caballo de Espinola y el marco, sea retrato de
Velázquez: Cruzada Villamil y Beruete, con mejor acuerdo, creen que sí.
Para persuadirse de ello, basta comparar aquella imagen con las demás
auténticas que se conocen, teniendo en cuenta, por supuesto, la
alteración de rasgos que el tiempo imprime a la fisonomía.
Como muestra de la incuria de nuestros abuelos y de lo incompletas que
son las noticias referentes a Velázquez reunidas por Palomino, basta
decir que éste cita _Las Lanzas_ con sólo estas palabras: «En este
tiempo pintó también un cuadro grande historiado de la toma de una plaza
por el señor don Ambrosio Espinola, para el salón de las comedias en el
Buen Retiro, con singular eminencia.»
Obras relativamente de menor importancia producidas en este mismo
tiempo, son la _Montería de jabalíes en el Hoyo_, y la _Cacería del
Tabladillo_.
La primera, que se deterioró mucho en el incendio del Alcázar, fue
regalada por Fernando VII a Lord Cowley que en 1846 se la vendió en
2.200 libras a la Galería Nacional de Londres. Representa una tela, o
espacio de campo cerrado con fuertes vallas de lona, donde se introducen
piezas mayores para que las acosen y maten los cazadores. Figuran entre
éstos Felipe IV, Olivares, Juan Mateos, ballestero mayor del Rey, y el
Infante Cardenal don Fernando, cuya presencia sirve para demostrar que
el cuadro esta pintado antes de 1633, año en que este personaje marchó a
Flandes de donde no volvió. En primer término de la composición hay
carrozas paradas, desde las cuales la reina doña Isabel y sus damas
presencian la diversión: no lejos de ellas se ven grupos de hombres, un
perro herido y un arriero con su jumento.
[imagen: MUSEO DE SAN PETERSBURGO
INOCENCIO X
Fotog. Clement y Cª]
La _Cacería del Tabladillo_, así llamado porque la mayor parte de las
figuras están colocadas sobre un pequeño cadalso compuesto de tablones,
fue vendido por José Bonaparte y hoy lo posee en Londres mister
Baring[52].
Y ahora, antes de dar cuenta del segando viaje de Velázquez a Italia,
conviene hacer mención rápidamente de algunos acontecimientos
relacionados con su vida.
En 1634 casó a su hija Francisca, única que le quedaba de las dos que
tuvo, con su discípulo Juan Bautista del Mazo, quien según parece, nunca
más volvió a apartarse de él, siendo tan diestro en copiarle, que muchos
lienzos suyos están todavía en museos y galerías atribuidos al maestro.
Desempeñaba éste a la sazón el oficio de ugier de cámara y el Rey le
autorizó para que se lo traspasase a su yerno, sin duda, como regalo de
boda.
En 1642 agravada la insurrección de Cataluña y cediendo Felipe IV a las
instancias de su esposa doña Isabel, ordena jornada al Principado
rebelde; saliendo de aquella inacción sólo interrumpida para cazar en el
Pardo o ver comedias en el Retiro. Pero el deseo de la Reina no se
cumple sino a medias porque el Conde-Duque que, contra lo que ella
quería, le acompaña, logra que el viaje se haga con lentitud. Van a
Aranjuez por Alcalá, detiénense para fiestas en Cuenca, cazan en Molina
y llegan por fin a Zaragoza. Allí, aunque el ejército español era de
45.000 hombres y los franceses andaban cerca de Monzón, él privado
convence al Rey de que no debe salir a campaña y mientras le deja
entretenerse en ver jugar desde una ventana a la pelota, él se pasea por
la ciudad dos veces al día con séquito de doce coches y cuatrocientos
soldados. Así se prolonga la estancia de la Corte en Zaragoza y
Velázquez que, antes como criado que como artista, ha ido sirviendo a S.
M., traba conocimiento con el pintor Jusepe Martínez.
Debieron de hacerse amigos verdaderos, pues a petición de Velázquez
nombró el Rey pintor de cámara al aragonés y éste al escribir su libro
_Discursos practicables del nobilísimo Arte de la Pintura_ aprovechó
cuantas ocasiones pudo para colmar de elogios al sevillano.
Poca importancia tiene el episodio, mas como en Velázquez todo es
interesante, he aquí lo que cuenta Martínez de un caso que allí le
sucedió: «Estando Diego Velázquez en esta ciudad de Zaragoza, asistiendo
a S. M., de gloriosa memoria, le pidió un caballero que le hiciera un
retrato de una hija suya muy querida: hízolo con tanto gusto que le
salió con grande excelencia; al fin como de su mano: hecha que fue la
cabeza, para lo restante del cuerpo, por no cansar a la dama, lo trajo a
mi casa para acabarlo, que era de medio cuerpo: llevolo después de
acabado a casa del caballero; viéndolo la dama le dijo que por ningún
caso había de recibir el retrato: y preguntándole su padre en qué se
fundaba, respondió; que en todo, no le agradaba, pero en particular que
la valona que ella llevaba, cuando la retrató era de puntas de Flandes
muy finas».--Razón tenía Jusepe Martínez para decir que haciendo
retratos «se sujeta un hombre a oír muchas simplicidades e ignorancias.»
Por este tiempo la Reina, siempre opuesta a las malas artes con que
gobernaba el privado, arreció en su empeño de derribarle procurando que
Felipe IV sacudiera la vergonzosa tutela en que vivía. Como faltase
dinero para la guerra entregó la mayor parte de sus alhajas al joyero
Cortizos y envió a su esposo ochocientos mil escudos: fueron necesarios
más, y por el Conde de Castrillo mandó a Zaragoza las joyas que le
quedaban; con lo cual viéndose el Conde-Duque amenazado por la impresión
que tan noble conducta causase en el animo de Felipe IV, y deseando
contrarrestarla de cerca, se determinó a volver a Madrid en Diciembre:
pero su caída era ya inevitable. Isabel de Borbón consiguió que su
esposo oyese en conferencias privadas a su nodriza doña Ana de Guevara,
a quien siempre mostró apreciar, al Conde de Castrillo y sobre todo a la
duquesa de Mántua que, recién llegada de Portugal, le diría las causas
verdaderas de la pérdida de aquel reino, dando estas entrevistas por
resultado que al mes de Enero siguiente cuando se trató de escoger en
Palacio servidumbre y cuarto para el Príncipe Baltasar Carlos, que ya
era mozo, el Rey impuso enérgicamente su voluntad al privado: primero
nombrando los criados que quiso, y en lo tocante al aposento diciendo:
«¿Y por qué Conde no estará mejor en aquél que habitáis ahora vos, que
es propio del primogénito del Rey y en el que estuvo mi padre y estuve
yo cuando éramos príncipes? Desocupadlo inmediatamente, y tomad casa
fuera de Palacio». Triunfó la Reina, entregó Olivares la llave secreta
que tenía de la cámara real y partió de Madrid, en apariencia con
permiso para retirarse a su villa de Loeches, en realidad amenazado, si
no se marchaba pronto, de que hiciera con él Felipe IV lo que su padre
había hecho con Don Rodrigo Calderón. Como todo el que ha estado en
posición de hacer favores, dejaría Olivares ingratos en la corte, mas no
fue de ellos Velázquez, pues casi todos sus biógrafos afirman que
permaneció fiel al caído y alguno expresa claramente que le visitó en su
destierro.
Los empleos que desempeñaba en Palacio le obligaron a viajar también en
1644 acompañando al Rey.
Sitiada Lérida por los franceses, Felipe IV salió a campaña con asombro
de sus contemporáneos que, elogiándole mucho, lo dejan consignado en
multitud de escritos, refiriendo detalles hasta de las galas que se
ponía, contando que fue vestido _a lo soldado_, de amarillo y rojo, que
tomó parte en la batalla dada para levantar el cerco de Lérida y que
entró en ella triunfante con traje «de ante, bordado de plata y oro,
banda roja bordada de oro y sombrero blanco de nácar». Antes de la
victoria el séquito real permaneció algunas semanas en Fraga: allí se
habilitó un estudio en un local tan malo, que hubo que apuntalarlo;
echaronse en el suelo cargas de espadaña, y en tres días hizo Velázquez
un retrato a S. M. para enviarlo a Madrid con aquel mismo vistoso traje
con que entró en la ciudad rendida. Allí retrató también al enano
llamado _el Primo_, que iba en la comitiva, y de quien, con otros de su
ralea, se hablara más adelante.
Muerta aquel mismo año de 1644 Isabel de Borbón, cuya inteligencia y
nobles propósitos acaso hubieran logrado sobreponerse a la cachazuda e
indolente condición de su marido, hizo este nuevo viaje acompañado del
Príncipe Don Baltasar Carlos para que como a heredero del trono le
jurasen las Cortes de Aragón y Valencia, y con ellos marchó Velázquez,
sin que de esta expedición quede en libros y papeles noticia interesante
a nuestro propósito: mas que como pintor, iría como sirviente; lo cual
prueba una de dos cosas: que era tan poco dueño de sí, que no podía
esquivar aquellas ocupaciones indignas de su genio, o que el Rey le
estimaba tanto que no daba paso sin él.
En 1646 resuelve Felipe IV nuevo viaje a tierras de Aragón haciendo la
jornada por Navarra y llevando también al Príncipe. Velázquez va con
ellos, esta vez acompañado de Mazo, que a petición de Don Baltasar
Carlos pinta la _Vista de Pamplona_, cuadro que se conserva, y la de
_Zaragoza_, que esta en el Museo del Prado, en la cual son de mano de su
suegro, aunque lo nieguen críticos extranjeros tan ilustres como
Armstrong y Justi, las elegantísimas figuras del primer término, hechas
con singular soltura y gracia, tratadas de modo que, a pesar de sus
dimensiones, tienen el aspecto y carácter del natural[53].
Acabó desdichadamente este viaje, pues el Príncipe murió en Zaragoza a 9
de Octubre, faltándole sólo unos días para cumplir diecisiete años. Como
detalle curioso relacionado con el conocimiento de la época merece
saberse que el caballero holandés Aarsens de Somerdyck, que vino poco
tiempo después a España, cuenta la causa de la enfermedad diciendo que
don Pedro de Aragón, gentil hombre de la cámara de S. A., le dejó pasar
una noche con una ramera, de lo cual se le originó gran debilidad y
fiebre: los médicos, ignorantes del origen de la dolencia, le sangraron,
acelerando la muerte; y don Pedro, por consentir el exceso o no
revelarlo oportunamente, cayó en desgracia, aunque era cuñado del
privado, castigándosele con no volver a la corte y obligándosele a vivir
en un extremo de la ciudad sin que se le permitiera hacer ni recibir
visitas con ostentación[54]. Como los naturales de otras naciones que
vienen a viajar por la nuestra para escribir luego sus impresiones y
aventuras no suelen distinguirse por prudentes y veraces, sino pecar por
descuidados y embusteros, pudiera ser que el Príncipe no muriese de lo
que el holandés refiere. Fray Juan Martínez, que era confesor del Rey y
se hallaba en Zaragoza cuando el triste suceso, escribió largamente al
doctor Andrés diciéndole que la enfermedad fue de viruelas[55]. En
cambio Matías de Novoa, en su _Historia de Felipe IV_, narra la muerte
con extremada concisión. La carta que por aquellos días escribió el Rey
a Sor María de Agreda prueba que en su alma dolorida por tan gran
desgracia, la resignación cristiana se impuso y prevaleció sobre el
dolor de padre. Dos años después, excluyendo otros enlaces con Ana
María de Borbón, Duquesa de Montpensier, con la Princesa Leonor de
Mántua y con una archiduquesa de Inspruck, aceptó para esposa a su
sobrina doña Mariana de Austria, cuya boda estuvo antes concertada con
el pobre Príncipe muerto en Zaragoza.


VIII
VELÁZQUEZ, CRIADO DEL REY.--SEGUNDO VIAJE A ITALIA.--RETRATOS DE JUAN DE
PAREJA Y DE INOCENCIO X.--OBRAS DE ARTE QUE COMPRA PARA FELIPE IV.--ES
NOMBRADO APOSENTADOR DE PALACIO.--MEMORIA Y DUDAS QUE OFRECE SU
AUTENTICIDAD.

Todos los autores que han escrito la historia de las bellas artes en
España cuentan que, habiéndose intentado cobrar tributo de alcabala a
los pintores, éstos, representados por Ángelo Nardi y Vicente Carducho,
litigaron en demanda de que la pintura fuese exenta y considerada como
arte liberal. Las declaraciones hechas en aquella ocasión por varones
eminentes son curiosísimas. El doctor Juan Rodríguez de León atestiguó,
con la Sagrada Escritura, que la pintura vino del cielo, como revelada,
pues Dios mandó a Ezequiel que pintase la ciudad de Dios en un ladrillo;
sacó a relucir que, Cosme de Médicis, fue a Espoleto para enterrar a
fray Filipo Lippi y habló de la estimación dispensada por Carlos I a
Ticiano, y por Felipe II a Sofonisba Cremonense. Lope de Vega dijo:
«Fuera agravio que se hace a nuestra nación, que de las demás sería
tenida por bárbara, no estimando por arte el que lo es con tanta
veneración de toda Europa.» Don Juan de Jauregui opinó que «el valerse
de las manos es accidente que no ofende el ingenio e ingenuidad suma
desta ciencia, sino que habiendo de lograr sus efectos a ojos de todos
se sirve de los colores y manos como el orador y filósofo de la tinta y
pluma». El maestro Joseph de Valdivieso habló de lo que honraron a Juan
Bellino la señoría de Venecia, a Durero el Emperador Maximiliano, a
Andrea Mantegna el Marqués de Mántua, y a Rafael el Papa León X; y Don
Antonio de León, relator del Supremo Consejo de Indias, después de
considerar la cuestión como letrado, escribió en el estilo propio de la
época que «cuando la industria humana, haciendo vislumbres de divina, y
con un hechizo de los ojos, en fantásticas formas, satisfaciendo al más
noble de los sentidos, hurta los pinceles a la naturaleza, y hace
parecer con alma lo que aún no tiene cuerpo, ¿qué ley, qué razón le
puede negar el más singular privilegio o la menos comedida exención? A
tanta eminencia cede la mecánica imposición de la alcabala».
Cuando Velázquez vivía ya en Madrid se imprimió un curioso libro[56]
donde todo esto consta, y en 1633 el Consejo de Hacienda falló el pleito
conforme al deseo de los pintores. No hace falta más para comprender
que los hombres ilustrados de aquel tiempo, aunque lo expresasen con tan
retorcidas frases, sabían y proclamaban los respetos que merece el arte.
A pesar de lo cual Diego Velázquez seguía siendo, más que pintor, criado
del Rey; mejor dicho, era un criado que pintaba. Y no vale alegar en
disculpa de Felipe IV que, no honrándole de otro modo, participó de un
error común a sus contemporáneos. Lo que no deja de tener gracia es que
casi todos los personajes que contribuyeron a la citada información
pensaron lisonjear al Rey consignando que S. M. también pintaba.
Ello fue que pasaron los años, nadie pretendió cobrar alcabala a los
pintores, y Velázquez, aun después de dignificado su arte con la
exención famosa, continuó figurando en las nóminas de los servidores del
Alcázar. Pruebas de que no se le distinguía ni mimaba eran los sitios
que le estaban destinados en las fiestas de toros, a las cuales tenían
derecho de asistir muchos dependientes de Palacio. En las corridas de
1640 le fue designado asiento en el cuarto suelo de la Casa Panadería,
figurando en la misma lista que el caballerizo del Conde-Duque, los
barberos de Cámara, los mercaderes del Rey y las criadas de los
Marqueses del Carpio. En las de 1648 su nombre aparece mejor acompañado:
esta en el cuarto suelo, en la parte de la Puerta de Guadalajara, cerca
del _grefier del Tuson_. Cuando el Rey no asistía se trocaba el orden, y
entonces podía sentarse en el piso tercero de las _casas que arriman a
la Panadería_, cerca de los caballerizos de S. M., de algunos oficiales
mayores de Estado, los médicos de Cámara y el teniente de acemilero
mayor[57].
Al parecer no tiene importancia en el estudio de su vida de artista la
índole de los cargos que desempeñó; mas si se atiende a que malgastaría
en servir el tiempo que pudiera aprovechar pintando, se verá lo que la
posteridad ha perdido en ello.
Fue ugier desde 1627 hasta 1634; ayuda de guardaropa hasta 1643, sin
ejercicio, y con él hasta 1645; ayuda de cámara sin ejercicio desde 1643
hasta 1646. Al volver a Madrid, después de la última jornada de
Zaragoza, tornaría a los enojosos quehaceres propios de tales canongías;
mas por muy imbuido que estuviese de las preocupaciones de la época, en
que _ser criado de Su Majestad_ parecía tal honra que hasta en las
portadas de sus obras lo consignaban los escritores, natural era que
desease algún descanso y libertad conforme a sus inclinaciones y
temperamento de artista. Tras de haber andado varias veces con el
séquito real recorriendo provincias, donde poco sería lo que pudiese
aprender, acaso pensara, aunque era ya de cuarenta y nueve años, en
viajar según su gusto, para estudio y deleite. La circunstancia de
haberle nombrado _veedor de las obras que se hacían en la torre vieja
del Alcázar para fabricar la pieza ochavada_, de que hablan los
documentos del archivo real, debió de favorecer su propósito, y tal vez
contribuyese a determinarlo el ocurrírsele al Rey adquirir cuadros para
ornato de aquella parte de palacio que se estaba reformando. Ello es
que en sus _Discursos practicables_, hablando de Velázquez, cuenta
Jusepe Martínez lo siguiente: «Propúsole S. M. que deseaba hacer una
galería adornada de pinturas, y para esto que buscase maestros pintores
para escoger de ellos los mejores», a lo cual respondió: «Vuestra
Majestad no ha de tener cuadros que cada hombre los pueda tener.»
Replicó Su Majestad: «¿Cómo ha de ser esto?» Y respondió Velázquez: «Yo
me atrevo, señor, (si V. M. me da licencia), ir a Roma y a Venecia a
buscar y feriar los mejores cuadros que se hallen de Ticiano, Pablo
Veronés, Basan, de Rafael Urbino, del Parmesano y de otros semejantes,
que de estas tales pinturas hay muy pocos príncipes que las tengan, y en
tanta cantidad como V. M. tendrá con la diligencia que yo haré; y más
que será necesario adornar las piezas bajas con estatuas antiguas, y las
que no se pudieren haber, se vaciarán y traerán las hembras a España,
para vaciarlas después aquí con todo cumplimiento.» «Diole S. M.
licencia--acaba diciendo Martínez--para volver a Italia, con todas las
comodidades necesarias y crédito.»
A juzgar por las muchas y hermosas obras de arte que trajo para el Rey,
esta fue la causa de su segundo viaje a Italia: y no como han indicado
algunos que se decidiese por entonces fundar en Madrid la academia
proyectada en el reinado anterior. Antes de emprender la marcha,
procurando reunir recursos, pidió que se le pagasen atrasos que se le
debían de cierta consideración para quien no estaba espléndidamente
remunerado: y porque se vea hasta donde llegaba el desorden en la
administración de la casa real, he aquí la orden dictada por Felipe IV
para que cobrase:
«Diego Velázquez me ha representado, que de las pinturas que ha hecho
para mi servicio desde el año 628 hasta el de 640, y de los gajes de
pintor de los años desde 630 hasta 634 que faltó la consignación, se le
restan debiendo 34.000 reales, porque lo demás se le ha pagado en los
500 ducados que le mandé librar en los ordinarios de los de la dispensa
por meses, desde 640, suplicándome que sea servido de mandar que estos
500 ducados se le cumplan a 700 y se le paguen en la misma consignación
hasta que le haga merced de acomodarle en cosa equivalente para poderse
sustentar, con que se dará por satisfecho de esta deuda y de las demás
pinturas que ha hecho e hiciere en adelante, y porque he venido en
concederle lo que pide, el Bureo dispondrá que así se ejecute,
previniendo lo necesario para ello. Madrid a 18 de Mayo de 1648.
(Rúbrica del Rey).»
Hasta pasados cinco meses no hizo caso el Bureo: por fin, en Octubre del
mismo año cumplió el decreto.
Hallábase entonces preparada para salir de Madrid la numerosísima
embajada que presidida por el Duque de Nájera y escoltada por
veinticuatro soldados de la guardia española, había de recoger en Trento
a la Archiduquesa doña Mariana de Austria, futura esposa del Rey. Tanta
gente iba con el Duque que a más de otros señores principales, llevaba
en su compañía tapicero, repostero de camas, boticarios, ugier de vianda
y oficial de frutería[58].
Sin duda por caminar más cómoda y seguramente, se unió Velázquez a la
comitiva y esto hizo decir al bueno de Palomino que «fue enviado por Su
Majestad a Italia con embajada extraordinaria al Pontífice Inocencio X».
Lo cierto es que el Rey, por orden de 25 de Noviembre de 1648, mandó que
a «Diego Velázquez su Ayuda de Cámara que pasa con este viaje a Italia,
a cosas de su Real servicio, se le diese el carruaje que le toca por su
oficio, y una acémila más para llevar unas pinturas»: con lo cual,
acompañado de su esclavo[59] Juan de Pareja, salió de Madrid a 16 de
Noviembre y llegó a Málaga donde la flota se hizo a la vela, jueves 21
de Enero de 1649. El viaje no debió de ser enteramente feliz, pues
Mascareñas refiriéndose a una de las galeras de la flota, dice que
padeció seria tormenta en el golfo de León, siendo preciso arrojar al
agua la artillería, y que otra entró en Génova cuando todos la creían
perdida. De Génova pasó Velázquez a Milán y «aunque no se detuvo a ver
la entrada de la Reina que se prevenía con grande ostentación... no dejó
de ver la Cena de Cristo con sus apóstoles, obra de la feliz mano de
Leonardo de Vinci»: rasgo muy natural en un artista que habla de estar
harto de las ceremonias palatinas de la Corte de los Austrias. Pasó
rápidamente por Padua y se detuvo en Venecia, dónde gastó doce mil
escudos en cinco cuadros e intentó en vano que Pedro de Cortona quisiera
trasladarse a España al servicio de Felipe IV; consiguiendo, en cambio,
que algún tiempo después lo hicieran Colonna y Mitelli. En Bolonia salió
a recibirle el Conde de Sena hasta una milla de la ciudad: en Florencia,
Módena y Parma se detuvo poco y sin parar mucho en Roma, continuó hasta
Nápoles, ya porque allí hubiera mayor facilidad para cobrar fondos que
de España le mandasen, ya porque tuviese órdenes que recibir del Virrey,
Conde de Oñate, a quien Felipe IV había encargado que cuidara del
cumplimiento de cuanto se refería al propósito del viaje. Ni esta
obediencia ni el encuentro con Ribera, el _Españoleto_ que allí seguía
viviendo, le entretuvieron gran cosa y regresó a Roma donde había de
quedar su gloria consagrada con una de las obras más importantes que
salieron de su mano.
[imagen: MUSEO DEL PRADO
FELIPE IV
Fotog. M. Moreno]
Ocupaba el solio pontificio Juan Bautista Panfili, que años atrás estuvo
en Madrid de nuncio apostólico y que al ser elegido Papa, tomó el nombre
de Inocencio X. No han sido con él benévolos los historiadores: pero,
sin hacer gran caso del mordaz abate Gualdi, ni de Don Juan Antonio
Llorente, se puede creer que por cruel y codicioso, antes fue digno de
vituperio que merecedor de alabanza. Acusósele de haber promovido la
insurrección de Nápoles para arrancar esta ciudad al dominio de España
buscando el aumento del territorio pontificio; y al hablar de él nadie
calla la intimidad que tuyo con su cuñada Olimpia Maldachini, la cual
oculta tras un cortinaje, asistía a embajadas y audiencias, y vendía
las dignidades y beneficios eclesiásticos. Tanto se dejó dominar por
ella, que corrieron en Roma medallas satíricas que tenían por el anverso
a Olimpia con la tiara ceñida y en las manos las llaves de San Pedro, y
por el reverso al Papa peinado femenilmente y empuñando una rueca.
Inocencio X era muy feo y se cuenta que estaba persuadido de ello, pues,
presentándole Olimpia a cierto pariente suyo de mala catadura dijo:
«Quitadmelo de delante, y que no vuelva a ponerse en mi presencia,
porque es más feo y ordinario que yo.»
Quiso, sin embargo, que le retratara Velázquez y éste por vía de estudio
pintó primero una cabeza de su esclavo Juan de Pareja, que era _de
generación mestizo y de color extraño_: hízola--dice Palomino--«tan
semejante y con tanta viveza que habiéndola enviado con el mismo Pareja
a la censura de algunos amigos, se quedaban mirando el retrato pintado y
al original con admiración y asombro, sin saber con quien habían de
hablar o quien les había de responder. Este retrato--añade--que era de
medio cuerpo del natural, contaba Andrés Esmit pintor flamenco en esta
corte, que a la sazón estaba en Roma, que siendo estilo que el día de
San Joseph, se adorne el claustro de la Rotúnda donde esta enterrado
Rafael de Urbino, con pinturas insignes antiguas y modernas, se puso
este retrato con tan universal aplauso en dicho sitio, que a voto de
todos los pintores de diferentes naciones, todo lo demás parecía
pintura, pero este solo verdad: en cuya atención fue recibido Velázquez
por Académico Romano año de 1650».
Esta Pareja en este cuadro pintado de medio cuerpo, algo cuarteada la
figura y mirando de frente: el pelo es mucho, muy negro y crespo; el
semblante, de tono cobrizo, destaca sobre fondo gris verdastro; lleva
jubón aceitunado, valona blanca festoneada, y la capa, recogida sobre el
hombro izquierdo, sujeta por la diestra que hacia la parte baja del
pecho se ve dibujada en escorzo. De que sea Juan de Pareja, no cabe
duda, porque la fisonomía del mulato es la misma que la de la figura
donde él se retrató en su cuadro la _Vocación de San Mateo_, que esta en
el Museo del Prado[60].
Después retrató al Papa, haciendo de él primero una cabeza pintada en
pocas sesiones que hoy se guarda en el Museo de San Petersburgo[61], y
luego el retrato grande de la Galería Doria, considerado desde entonces
en su género como obra, cuyo mérito nadie ha logrado igualar y mucho
menos exceder.
Esta Inocencio X sentado en un sillón, en cuyos brazos apoya las manos,
teniendo en la derecha un papel con una inscripción que dice:
_Alla Santta di Nro Sigre_
_Inocencio Xº_
_Per_
_Diego de Silva_
_Velázquez de la Camera_
_de S. M. Cattca_
y bajo éstas, otras palabras borradas por el tiempo.
Los ojos que miran y parece que ven, la piel grasienta abrillantada,
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