Tristana - 08

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La mejoría traidora del martes me engañó. El miércoles, después de
una noche infernal, amanecí en un grito. D. Lope trajo al médico, un
tal Miquis, joven y agradable. ¡Qué vergüenza! No tuve más remedio
que enseñarle mi pierna. Vio el lunarcito, ¡ay, ay, ay!, y me dijo
no sé qué bromas para hacerme reír. Creo que su pronóstico no es muy
tranquilizador, aunque don _Lepe_ asegura lo contrario, sin duda para
animarme. Dios mío, ¿cómo voy a ser actriz con esta cojera maldita?
No puede ser, no puede ser. Estoy loca: no pienso más que horrores. Y
todo ello ¿qué es? Nada; alrededor del lunarcito, una dureza..., y si
me toco, veo las estrellas, lo mismo que si ando. Ese Miquis, que parta
un rayo, me ha mandado no sé qué ungüentos, y una venda sin fin, que
Saturna me arrolla con muchísimo cuidado... ¡Estoy bien, vive Dios!
Tienes a tu _Beatrice_ hecha una cataplasma. Debo de estar feísima,
¡y qué facha!... Te escribo en el sillón, del cual no puedo moverme.
Saturna mantiene el tintero... ¿Y cómo te veo ahora si vienes? No, no
vengas hasta que esto se me quite. Yo le pido a Dios y a la Virgen que
me curen pronto. No he sido tan mala que este castigo merezca. ¿Qué
crimen he cometido? ¿Quererte? ¡Vaya un crimen! Como tengo esta maldita
costumbre de buscar siempre el _perché delle cose_, cavilo que Dios se
ha equivocado con respecto a mí. ¡Jesús, qué blasfemia! No, ¡cuando Él
lo hace...! Sufriremos; venga paciencia, aunque francamente, esto de
no poder ser actriz me vuelve loca y me hace tirar a un lado toda la
paciencia que había podido reunir... ¿Pero y si me curo?... Porque esto
se curará, y no cojearé, o cojearé tan poquito que lo pueda disimular.
»Vamos, que si ahora no tienes lástima de mí, no sé para cuándo
la guardas. Y si ahora no me quieres más, más, más, mereces que
el _Bajísimo_ te coja por su cuenta y te saque los ojos. ¡Soy tan
desgraciada!... No sé si por la congoja que siento o efecto de la
enfermedad, ello es que todas las ideas se me han escapado, como si
se echaran a volar. Volverán, ¿no crees tú que volverán? Y me pongo a
pensar y digo: pero, Señor, todo lo que leí, todo lo que aprendí en
tantos librotes, ¿dónde está? Debe de andar revoloteando en torno de
mi cabeza, como revolotean los pajaritos alrededor del árbol antes de
acostarse, y ya entrarán, ya entrará todo otra vez. Es que estoy muy
triste, muy desalentada, y la idea de andar con muletas me abruma. No,
yo no quiero ser coja. Antes...
»Malvina, por distraerme, me propone que la emprendamos con el alemán.
La he mandado a paseo. No quiero alemán, no quiero lenguas, no quiero
más que salud, aunque sea más tonta que un cerrojo. ¿Me querrás tú
cojita? ¡No, si me curaré...! ¡Pues no faltaba más! Si no, sería una
injusticia muy grande, una barbaridad de la Providencia, del Altísimo,
del... no sé qué decir. Me vuelvo loca. Necesito llorar, pasarme todo
el día llorando...; pero estoy rabiosa, y con rabia no puedo llorar.
Tengo odio a todo el género humano, menos a ti. Quisiera que ahorcaran
a doña Malvina, que fusilaran a Saturna, que a D. Lope le azotaran
públicamente, paseándole en un burro, y después le quemaran vivo. Estoy
atroz, no sé lo que pienso, no sé lo que digo...»


XX

Al caer de la tarde, en uno de los últimos días de enero, entró en
su casa D. Lope Garrido, melancólico y taciturno; como hombre sobre
cuyo ánimo pesan gravísimas tristezas y cuidados. En pocos meses, la
vejez había ganado en su persona el terreno que supieron defender la
presunción y el animoso espíritu de sus años maduros; inclinábase
hacia la tierra; su noble semblante tomaba un color terroso y sombrío;
las canas iban prosperando en su cabeza, y para completar la estampa
del decaimiento, hasta en el vestir se marcaba cierta negligencia,
más lastimosa que el _bajón_ de la persona. Y las costumbres no se
quedaban atrás en este cambiazo, porque don Lope apenas salía de noche,
y el día se lo pasaba casi enteramente en casa. Bien se comprendía
el motivo de tanto estrago, porque, habrá que repetirlo, fuera de su
absoluta ceguera moral en cosas de amor, el libertino inservible era
hombre de buenos sentimientos, y no podía ver padecer a las personas
de su intimidad. Cierto que él había deshonrado a Tristana, matándola
para la sociedad y el matrimonio, hollando su fresca juventud; pero lo
cortés no quitaba lo valiente; la quería con entrañable afecto, y se
acongojaba de verla enferma y con pocas esperanzas de pronto remedio.
Era cosa larga, ¡ay!, según dijo Miquis en la primera visita, sin
asegurar que quedase bien, es decir, libre de cojera.
Entró, pues, D. Lope, y soltando la capa en el recibimiento, se fue
derechito al cuarto de su esclava. ¡Cuán desmejorada la pobrecilla con
la inacción, con la pena moral y física de su dolorosa enfermedad!
Encajada y quieta en un sillón de resortes que su viejo le compró, y
que se extendía para dormir, cuando la necesidad de sueño la agobiaba;
envuelta en un mantón de cuadros, las manos en cruz y la cabeza al
aire, Tristana no era ya ni sombra de sí misma. Su palidez a nada puede
compararse; la pasta de papel de que su lindo rostro parecía formado
era ya de una diafanidad y de una blancura increíbles; sus labios se
habían vuelto morados; la tristeza y el continuo llorar rodeaban sus
ojos de un cerco de transparencias opalinas.
--¿Qué tal, mona? --le dijo D. Lope acariciándole la barbilla, y
sentándose a su lado--. Mejor, ¿verdad? Me ha dicho Miquis que ahora
vas bien, y que el mucho dolor es señal de mejoría. Claro, ya no tienes
aquel dolor sordo, profundo, ¿verdad? Ahora te duele, te duele de
firme; pero como una desolladura..., eso es. Precisamente es lo que se
quiere: que te duela. La hinchazón va cediendo. Ahora... niña (_sacando
una cajita de farmacia_), vas a tomar esto. No sabe mal: dos pildoritas
cada tres horas. En cuanto al medicamento externo, dice D. Augusto que
sigamos con lo mismo. Conque anímate, que dentro de un mes ya podrás
brincar y hasta bailar unas malagueñas.
--¡Dentro de un mes! ¡Ay!, yo apuesto a que no. Dices eso por
consolarme. Lo agradezco; pero ¡ay!... Ya no brincaré más.
El tono de hondísima tristeza con que lo dijo enterneció a D. Lope,
hombre valiente y de mucho corazón para otras cosas; pero que no servía
para nada delante de un enfermo. El dolor físico en persona de su
intimidad le ponía corazón de niño.
--Ea, no hay que acobardarse. Yo tengo confianza; tenla tú también.
¿Quieres más libros para distraerte? ¿Quieres dibujar? Pide por esa
boca. ¿Tráigote comedias para que vayas estudiando tus papeles?
(_Tristana hacía signos negativos de cabeza._) Bueno, pues te traeré
novelas bonitas, o libros de historia. Ya que has empezado a llenar tu
cabeza de sabiduría, no te quedes a la mitad. A mí me da el corazón que
has de ser una mujer extraordinaria. ¡Y yo tan bruto que no comprendí
desde el principio tus grandes facultades! No me lo perdonaré nunca.
--Todo perdonado --murmuró Tristana con señales de profundo
aburrimiento.
--Y ahora, ¿comemos? ¿Tienes ganita? ¿Que no? Pues hija, hay que hacer
un esfuerzo. Ya que no otra cosa, el caldo y la copita de Jerez. ¿Te
chuparías una patita de gallina? ¿Que no? Pues no insisto... Ahora, si
la egregia Saturna quiere darme algún alimento, se lo agradeceré. No
tengo muchas ganas; pero me siento desfallecido, y algo hay que echar
al cuerpo miserable.
Fuese al comedor, y sin enterarse del contenido de los platos, pues sus
pensamientos le abstraían completamente de todo lo externo, despachó
sopa, un poco de carne y algo más. Con el último bocado entre los
dientes volvió al lado de Tristana.
--¿Qué tal?..., ¿has tomado el caldito? Bien, me gusta que no hagas
ascos a la comida. Ahora te daré tertulia hasta que te entre sueño. No
salgo, por acompañarte... No, no te lo digo para que me lo agradezcas.
Ya sé que en otros tiempos debí hacerlo y no lo hice. Es tarde, es
tarde ya, y estos mimos resultan algo trasnochados. Pero no hablemos
de eso; no me abochornes... Si te incomodo, me lo dices; si gustas de
estar sola, me voy a mi cuarto.
--No, no. Estate aquí. Cuando me quedo sola pienso cosas malas.
--¿Cosas malas, vida mía? No desbarres. Tú no te has hecho cargo de lo
mucho bueno y grande que te reserva tu destino. Un poquillo tarde he
comprendido tu mérito; pero lo comprendo al fin. Reconozco que no soy
digno ni del honor de darte mis consejos; pero te los doy, y tú los
tomas o los dejas, según te acomode.
No era la primera vez que D. Lope le hablaba en este tono; y la
señorita de Reluz, dicha sea la verdad, le oía gozosa, porque el
marrullero galán sabía herirla en lo más sensible de su ser, adulando
sus gustos y estimulando su soñadora fantasía. Hay que advertir,
además, que algunos días antes de la escena que se refiere, el tirano
dio a su víctima pruebas de increíble tolerancia. Escribía ella sus
cartas sin moverse del sillón, sobre una tabla que para el caso le
había preparado convenientemente Saturna. Una mañana, hallándose la
joven en lo más recio de su ocupación epistolar, entró inesperadamente
don Lope, y como la viese esconder con precipitación papel y tintero,
díjole con bondad risueña:
--No, no, mocosa, no te prives de escribir tus cartitas. Me voy para no
estorbarte.
Pasmada oyó Tristana las gallardas expresiones que desmentían en un
punto el carácter receloso y egoísta del viejo galán, y continuó
escribiendo tan tranquila. En tanto, D. _Lepe_, metido en su cuarto,
y a solas con su conciencia, se despachó a su gusto consigo mismo en
esta forma: «No, no puedo hacerla más desgraciada de lo que es...
¡Me da mucha pena, pero mucha pena..., pobrecilla...! Que en esta
última temporada, hallándose sola, aburrida, encontrara por ahí
a un mequetrefe y que este me la trastornara con cuatro palabras
amorosas... Vamos..., pase... No quiero hacer a ese danzante el honor
de preocuparme de él... Bueno, bueno; que se aman, que se han hecho
mil promesas estúpidas... Los jóvenes de hoy no saben enamorar; pero
fácilmente le llenan la cabeza de viento a muchacha tan soñadora y
exaltada como esta. De fijo que le ha ofrecido casarse, y ella se lo
cree... Bien claro está que van y vienen cartitas... ¡Dios mío, las
tonterías que se dirán...! Como si las leyera. Y matrimonio por arriba,
matrimonio por abajo, el estribillo de siempre. Tanta imbecilidad me
movería a risa, si no se tratara de esta niña hechicera, mi último
trofeo, y como el último, el más caro a mi corazón. ¡Vive Dios, que si
estúpidamente me la dejé quitar, ha de volver a mí; no para nada malo,
bien lo sabe Dios, pues ya estoy mandado recoger, sino para tener el
gusto de arrancársela al chisgarabís, quien quiera que sea, que me la
birló, y probar que cuando el gran D. Lope se atufa, nadie puede con
él! La querré como hija, la defenderé contra todos, contra las formas y
especies varias de amor, ya sea con matrimonio, ya sin él... Y ahora,
¡por vida de...!, ahora me da la gana de ser su padre, y de guardarla
para mí solo, para mí solo, pues aún pienso vivir muchos años, y si no
me cuadra retenerla como mujer, la retendré como hija querida; pero que
nadie la toque, ¡vive Dios!, nadie la mire siquiera.»
El profundo egoísmo que estas ideas entrañaban fue expresado por el
viejo galán con un resoplido de león, accidente muy suyo en los casos
críticos de su vida. Fuese luego junto a Tristana, y con mansedumbre
que parecía surgir de su ánimo sin ningún esfuerzo, le acarició las
mejillas diciéndole:
--Pobre alma mía, cálmate. Ha llegado la hora de la suprema
indulgencia. Necesitas un padre amoroso y lo tendrás en mí... Sé
que has claudicado moralmente, antes de cojear con tu piernecita...
No, no te apures, no te riño... Mía es la culpa; sí, a mí, solo a
mí, debo echarme los tiempos por ese devaneo tuyo, resultado de mi
abandono, del olvido... Eres joven, bonita. ¿Qué extraño es que cuantos
monigotes te ven en la calle te galanteen? ¿Qué extraño que entre
tantos haya saltado uno, menos malo que los demás, y que te haya caído
en gracia..., y que creas en sus promesas tontas, y te lances con él
a proyectillos de felicidad, que pronto se te vuelven humo...? Ea,
no hablemos más de eso. Te lo perdono... Absolución total. Ya ves...
quiero ser tu padre, y empiezo por...
Trémula, recelosa de que tales expresiones fueran astuto ardid
para reducirla a confesar su secreto, y sintiendo más que nunca el
misterioso despotismo que D. Lope ejercía sobre ella, la cautiva negó,
balbuciendo excusas; pero el tirano, con increíble condescendencia,
redobló sus ternuras y mimos paternales en estos términos:
--Es inútil que niegues lo que declara tu turbación. No sé nada,
y lo sé todo. Ignoro y adivino. El corazón de la mujer no tiene
secretos para mí. He visto mucho mundo. Ni te pregunto quién es
el caballerito, ni me importa saberlo. Conozco la historia, que
es de las más viejas, de las más adocenadas y vulgares del humano
repertorio. El tal te habrá vuelto tarumba con esa ilusión cursi del
matrimonio, buena para horteras y gente menuda. Te habrá hablado del
altarito, de las bendiciones, y de la vida chabacana y oscura, con
sopa boba, criaturitas, ovillito de algodón, brasero, camilla y demás
imbecilidades. Y si tú te tragas semejante anzuelo, haz cuenta que
te pierdes, que echas a rodar tu porvenir y le das una bofetada a tu
destino...
--¡Mi destino! --exclamó Tristana, reanimándose; y sus ojos se llenaron
de luz.
--Tu destino, sí. Has nacido para algo muy grande, que no podemos
precisar aún. El matrimonio te zambulliría en la vulgaridad. Tú no
puedes ni debes ser de nadie, sino de ti misma. Esa idea tuya de la
honradez libre, consagrada a una profesión noble; esa idea que yo
no supe apreciar antes y que al fin me ha conquistado, demuestra la
profunda lógica de tu vocación, de tu ambición diré, si quieres.
Ambicionas porque vales. Si tu voluntad se dilata, es porque tu
entendimiento no cabe en ti.... ¡Si esto no tiene vuelta de hoja,
niña querida! (_Adoptando el tonillo zumbón._) ¡Vaya que a una mujer
de tu temple salirle con la monserga de las tijeras y el dedalito,
de la echadura de huevos, del amor de la lumbre, y del contigo pan y
cebolla! Mucho cuidado, hija mía, mucho cuidado con esas seducciones
para costureras y señoritas de medio pelo.... Porque te pondrás buena
de la pierna, y serás una actriz tan extraordinaria, que no haya otra
en el mundo. Y si no te cuadra ser comedianta, serás otra cosa, lo que
quieras, lo que se te antoje... Yo no lo sé... tú misma lo ignoras aún;
no sabemos más sino que tienes alas. ¿Hacia dónde volarás? ¡Ah!... si
lo supiéramos, penetraríamos los misterios del destino, y eso no puede
ser.


XXI

«¡Ay, Dios mío --decía Tristana para sí, cruzando las manos y mirando
fijamente a su viejo--, cuánto sabe este maldito! Él es un pillastre
redomado, sin conciencia; pero como saber... ¡vaya si sabe...!»
--¿Estás conforme con lo que te digo, pichona? --le preguntó D.
_Lepe_, besando sus manos, sin disimular la alegría que le causaba el
sentimiento íntimo de su victoria.
--Te diré... sí... Yo creo que no sirvo para lo doméstico; vamos,
que no puedo entender... Pero no sé, no sé si las cosas que sueño se
realizarán...
--¡Ay, yo lo veo tan claro como esta es luz! --replicó Garrido, con
el acento de honrada convicción que sabía tomar en sus fórmulas de
perjurio--. Créeme a mí... Un padre no engaña, y yo, arrepentido del
daño que te hice, quiero ser padre para ti, y nada más que padre.
Siguieron hablando de lo mismo, y D. Lope, con suma habilidad
estratégica, evolucionó para ganarle al enemigo sus posiciones, y allí
fue el ridiculizar la vida boba, la unión eterna con un ser vulgar y
las prosas de la intimidad matrimoñesca.
Al propio tiempo que estas ideas lisonjeaban a la señorita, servíanle
de lenitivo en su grave dolencia. Se sintió mejor aquella tarde, y al
quedarse sola con Saturna, antes de que esta la acostara, tuvo momentos
de ideal alborozo, con las ambiciones más despiertas que nunca, y
gozándose en la idea de verlas realizadas.
--Sí, sí, ¿por qué no he de ser actriz? Si no, seré lo que quiera...
Viviré con holgura decorosa, sin ligarme eternamente a nadie, ni al
hombre que amo y amaré siempre. Le querré más cuanto más libre sea.
Ayudada de Saturna, se acostó, después que esta le hubo curado con
esmero exquisito la rodilla enferma, renovándole los vendajes.
Intranquila pasó la noche; pero se consolaba con los efluvios de
su imaginación ardorosa, y con la idea de pronto restablecimiento.
Aguardaba con ansia el día para escribir a Horacio, y al amanecer,
antes de que se levantara D. Lope, enjaretó una larga y nerviosa
epístola.
«Amor mío, paletito mío, _mio diletto_, sigo mal; pero estoy contenta.
Mira tú qué cosa tan rara... ¡Ay, quién me entenderá a mí, si yo misma
no me entiendo! Estoy alegre, sí, y llena de esperanzas, que se me
cuelan en el alma cuando menos las llamo. Dios es bueno y me manda
estas alegrías, sin duda porque me las merezco. Se me antoja que me
curaré, aunque no mejore; pero se me antoja, y basta. Me da por pensar
que se cumplirán mis deseos, que seré actriz del género trágico,
que podré adorarte desde el castillo de mi independencia comiquil.
Nos querremos de castillo a castillo, dueños absolutos de nuestras
respectivas voluntades, tú libre, libre yo, y tan señora como la que
más, con dominios propios, y sin vida común, ni sagrado vínculo, ni
sopas de ajo, ni nada de eso.
»No me hables a mí del altarito, porque te me empequeñeces tanto que
no te veo de tan chiquitín como te vuelves. Esto será un delirio; pero
nací para delirante crónica, y soy... como la carne de oveja: se me
toma o se me deja. No, dejarme no: te retengo, te amarro, pues mis
locuras necesitan de tu amor para convertirse en razón. Sin ti, me
volvería tonta, que es lo peor que me podría pasar.
»Y yo no quiero ser tonta, ni que lo seas tú. Yo te engrandezco con
mi imaginación cuando quieres achicarte, y te vuelvo bonito cuando
te empeñas en ponerte feo, abandonando tu arte sublime para cultivar
rábanos y calabazas. No te opongas a mi deseo, no desvanezcas mi
ilusión; te quiero grande hombre, y me saldré con la mía. Lo siento,
lo veo... no puede ser de otra manera. Mi voz interior se entretiene
describiéndome las perfecciones de tu ser... No me niegues que eres
como te sueño. Déjame a mí que te fabrique... no, no es esa la palabra;
que te componga... tampoco... que te reconstruya... tampoco... Déjame
que te piense conforme a mi real gana. Soy feliz así; déjame, déjame.»
Siguieron a esta carta otras, en que la imaginación de la pobre enferma
se lanzaba sin freno a los espacios de lo ideal, recorriéndolos como
corcel desbocado, buscando el imposible fin de lo infinito, sin sentir
fatiga en su loca y gallarda carrera.
Véase el género:
«Mi señor, ¿cómo eres? Mientras más te adoro, más olvido tu
fisonomía; pero te invento otra a mi gusto, según mis ideas, según
las perfecciones de que quiero ver adornada tu sublime persona.
¿Quieres que te hable un poquito de mí? ¡Ay, padezco mucho! Creí que
mejoraba; pero no, no quiere Dios. Él sabrá por qué. Tu bello ideal,
tu Tristanita podrá ser, andando el tiempo, una celebridad; pero yo
te aseguro que no será bailarina... ¡Lo que es eso...! Mi piernecita
se opondría. Y también voy creyendo que no será actriz, por la misma
razón. Estoy furiosa... cada día peor, con sufrimientos horribles.
¡Qué médicos estos! No entienden una palabra del arte de curar...
Nunca creí que en el destino de las personas influyera tanto cosa tan
insignificante como es una pierna, una triste pierna, que solo sirve
para andar. El cerebro, el corazón, creí yo que mandarían siempre;
pero ahora, una estúpida rodilla se ha erigido en tirana, y aquellos
nobles órganos la obedecen... Quiero decir, no la obedecen, ni le
hacen maldito caso; pero sufren un absurdo despotismo, que confío será
pasajero. Es como si se sublevara la soldadesca... Al fin, al fin, la
canalla tendrá que someterse.
»Y tú, mi rey querido, ¿qué dices? Si no fuera porque tu amor me
sostiene, ya habría yo sucumbido ante la sedición de esta pata que se
me quiere subir a la cabeza. Pero no, no me acobardo, y pienso las
cosas atrevidas que he pensado siempre... no, que pienso más, mucho
más, y subo, subo siempre. Mis aspiraciones son ahora más acentuadas
que nunca; mi ambición, si así quieres llamarla, se desata y brinca
como una loca. Créelo, tú y yo hemos de hacer algo grande en el mundo.
¿No aciertas cómo? Pues yo no puedo explicártelo; pero lo sé. Me
lo dice mi corazón, que todo lo sabe, que no me ha engañado nunca,
ni puede engañarme. Tú mismo no te formas una idea clara de lo que
eres y de lo que vales. ¿Será preciso que yo te descubra a ti mismo?
Mírate en mí, que soy tu espejo, y te verás en el supremo Tabor de la
glorificación artística. Estoy segura de que no te ríes de lo que digo,
como segura estoy de que eres tal y como te pienso, la suma perfección
moral y física. En ti no hay defectos, ni puede haberlos, aunque los
ojos del vulgo los vean. Conócete; haz caso de mí; entrégate sin recelo
a quien te conoce mejor que tú mismo... No puedo seguir... Me duele
horriblemente... ¡Que un hueso, un miserable hueso nos...!»
Jueves.
«¡Qué día ayer, y qué noche! Pero no me acobardo. El espíritu se me
crece con los sufrimientos. ¿Creerás una cosa? Anoche, cuando el pícaro
dolor me daba algunos ratitos de descanso, me volvía todo el saber
que leyendo adquirí, y que se me había como desvanecido y evaporado.
Entraban las ideas una tras otra, atropellándose, y la memoria, una
vez que las cogía dentro, ¡zas! cerraba la puerta para no dejarlas
salir. No te asombres; no solo sé todo lo que sabía, si no que sé
más, muchísimo más. Con las ideas de casa, han entrado otras nuevas,
desconocidas. Debo yo de tener un _ideón_, palomo ladrón, que al salir
por esos aires, seduce cuantas ideítas encuentra, y me las trae. Sé
más, mucho más que antes. Lo sé todo... no; esto es mucho decir... Hoy
me he sentido muy aliviada, y me dedico a pensar en ti. ¡Qué bueno
eres! Tu inteligencia no conoce igual; para tu genio artístico no hay
dificultades. Te quiero con más alma que nunca, porque respetas mi
libertad, porque no me amarras a la pata de una silla ni a la pata de
una mesa con el cordel del matrimonio. Mi pasión reclama libertad. Sin
ese campo no podría vivir. Necesito comerme libremente la hierba, que
crecerá más arrancada del suelo por mis dientes. No se hizo para mí el
establo. Necesito la pradera sin término.»
En sus últimas cartas, ya Tristana olvidaba el vocabulario de que
solían ambos hacer alarde ingenioso en sus íntimas expansiones
habladas o escritas. Ya no volvió a usar el _señó Juan_ ni la _Paca
de Rímini_, ni los terminachos y licencias gramaticales que eran la
sal de su picante estilo. Todo ello se borró de su memoria, como se
fue desvaneciendo la persona misma de Horacio, sustituida por un ser
ideal, obra temeraria de su pensamiento, ser en quien se cifraban
todas las bellezas visibles e invisibles. Su corazón se inflamó en
un cariñazo que bien podría llamarse místico, por lo incorpóreo y
puramente soñado del ser que tales afectos movía. El Horacio nuevo e
intangible parecíase un poco al verdadero, pero nada más que un poco.
De aquel bonito fantasma iba haciendo Tristana la verdad elemental
de su existencia, pues solo vivía para él, sin caer en la cuenta de
que tributaba culto a un Dios de su propia cosecha. Y este culto se
expresaba en cartas centellantes, trazadas con trémula mano, entre
las alternadas excitaciones del insomnio y la fiebre, y que solo por
mecánica costumbre eran dirigidas a Villajoyosa, pues en realidad
debían expedirse por la estafeta del ensueño hacia la estación de los
espacios imaginarios.
Miércoles.
«Maestro y señor, mis dolores me llevan a ti, como me llevarían mis
alegrías si algunas tuviera. Dolor y gozo son un mismo impulso para
volar... cuando se tienen alas. En medio de las desgracias con que
me aflige, Dios me hace el inmenso bien de concederme tu amor. ¿Qué
importa el dolor físico? Nada. Lo soportaré con resignación, siempre
que... tú no me duelas. ¡Y no me digan que estás lejos! Yo te traigo
a mi lado, te siento junto a mí y te veo y te toco; tengo bastante
poder de imaginación para suprimir la distancia, y contraer el tiempo
conforme se me antoja.»
Jueves.
«Aunque no me lo digas, sé que eres como debes ser. Lo siento en mí.
Tu inteligencia sin par, tu genio artístico, lanzan sus chispazos
dentro de mi propio cerebro. Tu sentimiento elevadísimo del bien, en
mi propio corazón parece que ha hecho su nido... ¡Ay, para que veas la
virtud del espíritu! Cuando pienso mucho en ti, se me quita el dolor.
Eres mi medicina, o al menos un anestésico que mi doctor no entiende.
¡Si vieras...! Miquis se pasma de mi serenidad. Sabe que te adoro;
pero no conoce lo que vales, ni que eres el pedacito más selecto de
la divinidad. Si lo supiera, sería parco en recetar calmantes, menos
activos que la idea de ti... He metido en un puño el dolor porque
necesitaba reposo para escribirte. Con mi fuerza de voluntad, que
es enorme, y con el poder del pensamiento, consigo algunas treguas.
Llévese el Demonio la pierna. Que me la corten. Para nada la necesito.
Tan espiritualmente te amaré con una pierna como con dos..., como sin
ninguna.»
Viernes.
«No me hace falta ver los primores de tu arte maravilloso. Me los
figuro como si delante de mis ojos los tuviera. La Naturaleza no
tiene secretos para ti. Más que tu maestra es tu amiga. De sopetón
se introduce en tus obras, sin que tú lo solicites, y tus miradas la
clavan en el lienzo antes que los pinceles. Cuando yo me ponga buena,
haré lo mismo. Me rebulle aquí dentro la seguridad de que lo he de
hacer. Trabajaremos juntos, porque ya no podré ser actriz; voy viendo
que es imposible... ¡Pero lo que es pintora...! No hay quien me lo
quite de la cabeza. Tres o cuatro lecciones tuyas me bastarán para
seguir tus huellas, siempre a distancia, se entiende... ¿Me enseñarás?
Sí, porque tu grandeza de alma corre parejas con tu entendimiento, y
eres el sumo bien, la absoluta bondad, como eres... aunque no quieras
confesarlo, la suprema belleza.»


XXII

El efecto que estas deshilvanadas y sutiles razones hacían en Horacio
fácilmente se comprenderá. Viose convertido en ser ideal, y a cada
carta que recibía, entrábanle dudas acerca de su propia personalidad,
llegando al extremo increíble de preguntarse si era él como era, o
como le pintaba con su indómita pluma la visionaria niña de D. _Lepe_.
Pero su inquietud y confusión no le impidieron ver el peligro tras
ellas oculto, y empezó a creer que _Paquita de Rímini_ más padecía de
la cabeza que de las extremidades. Asaltado de ideas pesimistas, y
lleno de zozobra y cavilaciones, resolvió marchar a Madrid, y ya tenía
dispuesto todo para el viaje, a últimos de febrero, cuando un repentino
ataque de hemoptisis de doña Trinidad le encadenó a Villajoyosa en tan
mala ocasión.
En los mismos días de esta ocurrencia, pasaban en Madrid y en casa de
D. Lope cosas de extraordinaria gravedad, que deben ser puntualmente
referidas. Tristana empeoró tanto, que nada pudo su fuerza de voluntad
contra el dolor intensísimo, acompañado de fiebre, vómitos y malestar
general. Desesperado y aturdido, sin la presencia de ánimo que requería
el caso, D. Lope creía conjurar el peligro clamando al Cielo, ya con
acento de piedad, ya con amenazas y blasfemias. Su irreflexivo temor
le hacía ver la salvación de la enferma en los cambios de tratamiento:
despedido Miquis, hubo que llamarle otra vez, porque su sucesor era
de los que todo lo curan con sanguijuelas, y esta medicación, si al
principio determinó algún alivio, luego aniquiló las cortas fuerzas de
la paciente.
Alegrose Tristana de la vuelta de Miquis, porque le inspiraba simpatía
y confianza, levantándole el espíritu con el poder terapéutico de su
afabilidad. Los calmantes enérgicos le devolvieron por algunas horas
cada día la virtud preciosa de consolarse con su propia imaginación,
de olvidar el peligro, pensando en bienes imaginarios y en glorias
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