Tristana - 01

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TRISTANA


NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
POR
B. PÉREZ GALDÓS
TRISTANA
9.000

[Ilustración]

MADRID
LIBRERÍA DE LOS SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11
1922


Es propiedad de la hija del
autor. Se considerarán furtivos
todos los ejemplares que no lleven
el sello de este. Queda hecho
el depósito que marca la Ley.

Artes Gráficas «PLUS-ULTRA», Zurbano, 68.--MADRID


TRISTANA
I

En el populoso barrio de Chamberí, más cerca del Depósito de Aguas
que de Cuatro Caminos, vivía, no ha muchos años, un hidalgo de buena
estampa y nombre peregrino; no aposentado en casa solariega, pues por
allí no las hubo nunca, sino en plebeyo cuarto de alquiler, de los
baratitos, con ruidoso vecindario de taberna, merendero, cabrería, y
estrecho patio interior de habitaciones numeradas. La primera vez que
tuve conocimiento del tal personaje y pude observar su catadura militar
de antiguo cuño, algo así como una reminiscencia pictórica de los
tercios viejos de Flandes, dijéronme que se llamaba _D. Lope de Sosa_,
nombre que transciende al polvo de los teatros, o a romance de los que
traen los librillos de retórica; y en efecto, nombrábanle así algunos
amigos maleantes; pero él respondía por D. Lope Garrido. Andando el
tiempo, supe que la partida de bautismo rezaba _D. Juan López Garrido_,
resultando que aquel sonoro _don Lope_ era composición del caballero,
como un precioso afeite aplicado a embellecer la personalidad; y tan
bien caía en su cara enjuta, de líneas firmes y nobles, tan buen
acomodo hacía el nombre con la espigada tiesura del cuerpo, con la
nariz de caballete, con su despejada frente y sus ojos vivísimos, con
el mostacho entrecano y la perilla corta, tiesa y provocativa, que el
sujeto no se podía llamar de otra manera. O había que matarle o decirle
don Lope.
La edad del buen hidalgo, según la cuenta que hacía cuando de esto se
trataba, era una cifra tan imposible de averiguar como la hora en un
reloj descompuesto, cuyas manecillas se obstinaran en no moverse. Se
había plantado en los cuarenta y nueve, como si el terror instintivo
de los cincuenta le detuviese en aquel temido lindero del medio siglo;
pero ni Dios mismo con todo su poder le podía quitar los cincuenta y
siete, que no por bien conservados eran menos efectivos. Vestía con
toda la pulcritud y esmero que su corta hacienda le permitía, siempre
de chistera bien planchada, buena capa en invierno, en todo tiempo
guantes oscuros, elegante bastón en verano y trajes más propios de
la edad verde que de la madura. Fue D. Lope Garrido, dicho sea para
hacer boca, gran estratégico en lides de amor, y se preciaba de haber
asaltado más torres de virtud y rendido más plazas de honestidad que
pelos tenía en la cabeza. Ya gastado y para poco, no podía desmentir
la pícara afición, y siempre que tropezaba con mujeres bonitas, o
aunque no fueran bonitas, se ponía en facha, y sin mala intención les
dirigía miradas expresivas, que más tenían en verdad de paternales que
de maliciosas, como si con ellas dijera: «¡De buena habéis escapado,
pobrecitas! Agradeced a Dios el no haber nacido veinte años antes.
Precaveos contra los que hoy sean lo que yo fui, aunque, si me apuran,
me atreveré a decir que no hay en estos tiempos quien me iguale. Ya no
salen jóvenes, ni menos galanes, ni hombres que sepan su obligación al
lado de una buena moza.»
Sin ninguna ocupación profesional, el buen D. Lope, que había gozado
en mejores tiempos de una regular fortuna, y no poseía ya más que un
usufructo en la provincia de Toledo, cobrado a tirones y con mermas
lastimosas, se pasaba la vida en ociosas y placenteras tertulias de
casino, consagrando también metódicamente algunos ratos a visitas de
amigos, a trincas de café, y a otros centros, o más bien rincones, de
esparcimiento, que no hay para qué nombrar ahora. Vivía en lugar tan
excéntrico por la sola razón de la baratura de las casas, que aun con
la gabela del tranvía, salen por muy poco en aquella zona, amén del
despejo, de la ventilación y de los horizontes risueños que allí se
disfrutan. No era ya Garrido trasnochador: se ponía en planta a punto
de las ocho, y en afeitarse y acicalarse, pues cuidaba de su persona
con esmero y lentitudes de hombre de mundo, se pasaban dos horitas. A
la calle hasta la una, hora infalible del almuerzo frugal. Después de
este, calle otra vez, hasta la comida, entre siete y ocho, no menos
sobria que el almuerzo, algunos días con escaseces no bien disimuladas
por las artes de cocina más elementales. Lo que principalmente debe
hacerse constar es que si D. Lope era todo afabilidad y cortesanía
fuera de casa, y en las tertulias cafeteriles o casinescas a que
concurría, en su domicilio sabía hermanar las palabras atentas y
familiares con la autoridad de amo indiscutible.
Con él vivían dos mujeres, criada la una, señorita en el nombre la
otra, confundiéndose ambas en la cocina y en los rudos menesteres
de la casa, sin distinción de jerarquías, con perfecto y fraternal
compañerismo, determinado más bien por humillación de la señora que
por ínfulas de la criada. Llamábase esta Saturna, alta y seca, de
ojos negros, un poco hombruna, y por su viudez reciente vestía de
luto riguroso. Habiendo perdido a su marido, albañil que se cayó del
andamio en las obras del Banco, pudo colocar a su hijo en el Hospicio,
y se puso a servir, tocándole para estreno la casa de D. Lope, que
no era ciertamente una provincia de los reinos de Jauja. La otra,
que a ciertas horas tomaríais por sirviente y a otras no, pues se
sentaba a la mesa del señor, y le tuteaba con familiar llaneza, era
joven, bonitilla, esbelta, de una blancura casi inverosímil de puro
alabastrina; las mejillas sin color, los negros ojos más notables por
lo vivarachos y luminosos que por lo grandes; las cejas increíbles,
como indicadas en arco con la punta de finísimo pincel; pequeñuela y
roja la boquirrita, de labios un tanto gruesos, orondos, reventando
de sangre, cual si contuvieran toda la que en el rostro faltaba; los
dientes menudos, pedacitos de cuajado cristal; castaño el cabello y no
muy copioso, brillante como torzales de seda, y recogido con gracioso
revoltijo en la coronilla. Pero lo más característico en tan singular
criatura era que parecía toda ella un puro armiño y el espíritu de la
pulcritud, pues ni aun rebajándose a las más groseras faenas domésticas
se manchaba. Sus manos, de una forma perfecta, ¡qué manos!, tenían
misteriosa virtud, como su cuerpo y ropa, para poder decir a las capas
inferiores del mundo físico: _la vostra miseria non mi tange_. Llevaba
en toda su persona la impresión de un aseo intrínseco, elemental,
superior y anterior a cualquier contacto de cosa desaseada o impura. De
trapillo, zorro en mano, el polvo y la basura la respetaban; y cuando
se acicalaba y se ponía su bata morada con rosetones blancos, el moño
arribita, traspasado con horquillas de dorada cabeza, resultaba una
fiel imagen de dama japonesa de alto copete. ¿Pero qué más, si toda
ella parecía de papel, de ese papel plástico, caliente y vivo en que
aquellos inspirados orientales representan lo divino y lo humano, lo
cómico tirando a grave, y lo grave que hace reír? De papel nítido era
su rostro blanco mate, de papel su vestido, de papel sus finísimas,
torneadas, incomparables manos.
Falta explicar el parentesco de Tristana, que por este nombre respondía
la mozuela bonita, con el gran D. Lope, jefe y señor de aquel cotarro,
al cual no será justo dar el nombre de familia. En el vecindario,
y entre las contadas personas que allí recalaban de visita, o por
fisgonear, versiones había para todos los gustos. Por temporadas
dominaban estas o las otras opiniones sobre punto tan importante; en un
lapso de dos o tres meses se creyó como el Evangelio que la señorita
era sobrina del señorón. Apuntó pronto, generalizándose con rapidez,
la tendencia a conceptuarla hija, y orejas hubo en la vecindad que
la oyeron decir _papá_, como las muñecas que hablan. Sopló un nuevo
vientecillo de opinión, y ya la tenéis legítima y auténtica señora
de Garrido. Pasado algún tiempo, ni rastros quedaban de estas vanas
conjeturas, y Tristana, en opinión del vulgo circunvecino, no era hija,
ni sobrina, ni esposa, ni nada del gran D. Lope; no era nada y lo
era todo, pues le pertenecía como una petaca, un mueble o una prenda
de ropa, sin que nadie se la pudiera disputar; ¡y ella parecía tan
resignada a ser petaca, y siempre petaca...!


II

Resignada en absoluto no, porque más de una vez, en aquel año que
precedió a lo que se va a referir, la linda figurilla de papel sacaba
los pies del plato, queriendo mostrar carácter y conciencia de persona
libre. Ejercía sobre ella su dueño un despotismo que podremos llamar
seductor, imponiéndole su voluntad con firmeza endulzada, a veces
con mimos o carantoñas, y destruyendo en ella toda iniciativa que no
fuera de cosas accesorias y sin importancia. Veintiún años contaba la
joven cuando los anhelos de independencia despertaron en ella con las
reflexiones que embargaban su mente acerca de la extrañísima situación
social en que vivía. Aún conservaba procederes y hábitos de chiquilla
cuando tal situación comenzó; sus ojos no sabían mirar al porvenir,
y si lo miraban, no veían nada. Pero un día se fijó en la sombra que
el presente proyectaba hacia los espacios futuros, y aquella imagen
suya estirada por la distancia, con tan disforme y quebrada silueta,
entretuvo largo tiempo su atención, sugiriéndole pensamientos mil que
la mortificaban y confundían.
Para la fácil inteligencia de estas inquietudes de Tristana, conviene
hacer toda la luz posible en torno del D. Lope, para que no se le
tenga por mejor ni por más malo de lo que era realmente. Presumía este
sujeto de practicar en toda su pureza dogmática la caballerosidad, o
caballería, que bien podemos llamar sedentaria en contraposición a la
idea de andante o correntona; mas interpretaba las leyes de aquella
religión con criterio excesivamente libre, y de todo ello resultaba
una moral compleja, que no por ser suya dejaba de ser común, fruto
abundante del tiempo en que vivimos; moral que, aunque parecía de su
cosecha, era en rigor concreción en su mente de las ideas flotantes
en la atmósfera metafísica de su época, cual las invisibles bacterias
en la atmósfera física. La caballerosidad de D. Lope, como fenómeno
externo, bien a la vista estaba de todo el mundo: jamás tomó nada que
no fuera suyo, y en cuestiones de intereses llevaba su delicadeza a
extremos quijotescos. Sorteaba su penuria con gallardía, y la encubría
con dignidad, dando pruebas frecuentes de abnegación, y condenando el
apetito de cosas materiales, con acentos de entereza estoica. Para él,
en ningún caso dejaba de ser vil el metal acuñado, ni la alegría que el
cobrarlo produce le redime del desprecio de toda persona bien nacida.
La facilidad con que de sus manos salía, indicaba el tal desprecio
mejor que las retóricas con que vituperaba lo que a su juicio era
motivo de corrupción, y causa de que en la sociedad presente fueran
cada día más escasas las cosechas de caballeros. Respecto a decoro
personal, era tan nimio y de tan quebradiza susceptibilidad, que no
toleraba el agravio más insignificante, ni ambigüedades de palabra que
pudieran llevar en sí sombra de desconsideración. Lances mil tuvo en su
vida, y de tal modo mantenía los fueros de la dignidad, que llegó a ser
código viviente para querellas de honor, y, ya se sabía, en todos los
casos dudosos del intrincado fuero duelístico era consultado el gran
D. Lope, que opinaba y sentenciaba con énfasis sacerdotal, como si se
tratara de un punto teológico o filosófico de la mayor transcendencia.
El punto de honor era, pues, para Garrido, la cifra y compendio de toda
la ciencia del vivir, y esta se completaba con diferentes negaciones.
Si su desinterés podía considerarse como virtud, no lo era ciertamente
su desprecio del Estado y de la Justicia, como organismos humanos. La
curia le repugnaba; los ínfimos empleados del Fisco, interpuestos entre
las instituciones y el contribuyente con la mano extendida, teníalos
por chusma digna de remar en galeras. Deploraba que en nuestra edad
de más papel que hierro y de tantas fórmulas hueras, no llevasen los
caballeros espada para dar cuenta de tanto gandul impertinente. La
sociedad, a su parecer, había creado diversos mecanismos con el solo
objeto de mantener holgazanes, y de perseguir y desvalijar a la gente
hidalga y bien nacida.
Con tales ideas, a D. Lope le resultaban muy simpáticos los
contrabandistas y matuteros, y si hubiera podido, habría salido a
su defensa en un aprieto grave. Detestaba la policía encubierta o
uniformada, y cubría de baldón a los carabineros y vigilantes de
consumos, así como a los pasmarotes que llaman de Orden público, y que,
a su parecer, jamás protegen al débil contra el fuerte. Transigía con
la Guardia civil, aunque él, ¡qué demonio! la hubiera organizado de
otra manera, con facultades procesales y ejecutivas, como verdadera
religión de caballería justiciera en caminos y despoblados. Sobre el
Ejército, las ideas de D. Lope picaban en extravagancia. Tal como lo
conocía, no era más que un instrumento político, costoso y tonto por
añadidura, y él opinaba que se le diera una organización religiosa y
militar, como las antiguas órdenes de caballería, con base popular,
servicio obligatorio, jefes hereditarios, vinculación del generalato,
y en fin, un sistema tan complejo y enrevesado que ni él mismo lo
entendía. Respecto a la Iglesia, teníala por una broma pesada, que
los pasados siglos vienen dando a los presentes, y que estos aguantan
por timidez y cortedad de genio. Y no se crea que era irreligioso: al
contrario, su fe superaba a la de muchos que hociquean ante los altares
y andan siempre entre curas. A estos no les podía ver ni escritos el
ingenioso D. Lope, porque no encontraba sitio para ellos en el sistema
pseudo-caballeresco que su desocupado magín se había forjado, y solía
decir: «Los verdaderos sacerdotes somos nosotros, los que regulamos el
honor y la moral, los que combatimos en pro del inocente, los enemigos
de la maldad, de la hipocresía, de la injusticia... y del vil metal.»
Casos había en la vida de este sujeto que le enaltecían en sumo grado,
y si algún ocioso escribiera su historia, aquellos resplandores de
generosidad y abnegación harían olvidar, hasta cierto punto, las
oscuridades de su carácter y su conducta. De ellos debe hablarse, como
antecedentes o causas que son de lo que luego se referirá. Siempre
fue D. Lope muy amigo de sus amigos, y hombre que se despepitaba por
auxiliar a las personas queridas que se veían en algún compromiso
grave. Servicial hasta el heroísmo, no ponía límites a sus generosos
arranques. Su caballería llegaba en esto hasta la vanidad; y como toda
vanidad se paga, como el lujo de los buenos sentimientos es el más
dispendioso que se conoce, Garrido sufrió considerables quebrantos en
su fortuna. Su muletilla familiar de _dar la camisa por un amigo_ no
era una simple afectación retórica. Si no la camisa, varias veces dio
la mitad de la capa, como San Martín; y últimamente, la prenda de ropa
más útil, como más próxima a la carne, había llegado a correr peligro.
Un amigo de la infancia, a quien amaba entrañablemente, de nombre D.
Antonio Reluz, compinche de caballerías más o menos correctas, puso
a prueba el furor altruista, que no otra cosa era, del buen D. Lope.
Reluz, al casarse por amor con una joven distinguidísima, apartose
de las ideas y prácticas caballerescas de su amigo, calculando que
no constituían oficio ni daban de comer, y se dedicó a manejar en
buenos negocios el capitalito de su esposa. No le fue mal en los
primeros años. Metiose en la compra y venta de cebada, en contratas
de abastecimientos militares, y otros honrados tráficos, que Garrido
miraba con altivo desprecio. Hacia 1880, cuando ambos habían pasado la
línea de los cincuenta, la estrella de Reluz se eclipsó de súbito, y no
puso la mano en negocio que no resultara de perros. Un socio de mala
fe, un amigo pérfido acabaron de perderle, y el batacazo fue de los
más gordos, hallándose de la noche a la mañana sin blanca, deshonrado y
por añadidura preso...
--¿Lo ves? --le decía su amigote--, ¿te convences ahora de que ni tú
ni yo servimos para mercachifles? Te lo advertí cuando empezaste, y
no quisiste hacerme caso. No pertenecemos a nuestra época, querido
Antonio; somos demasiado decentes para andar en estos enjuagues, que
allá se quedan para la patulea del siglo.
Como consuelo, no era de los más eficaces. Reluz le oía sin pestañear,
ni responderle nada, discurriendo cómo y cuándo se pegaría el tirito
con que pensaba poner fin a su horrible sufrimiento.
Pero Garrido no se hizo esperar, y al punto salió con el supremo
recurso de la camisa.
--Por salvar tu honra soy yo capaz de dar la... En fin, ya sabes que es
obligación, no favor, pues somos amigos de veras, y lo que yo hago por
ti, lo harías tú por mí.
Aunque los descubiertos que ponían por los suelos el nombre comercial
de Reluz no eran el oro y el moro, pesaban lo bastante para
resquebrajar el edificio no muy seguro de la fortunilla de D. Lope; el
cual, encastillado en su dogma altruista, hizo la hombrada gorda, y
después de liquidar una casita que conservaba en Toledo, se desprendió
de su colección de cuadros antiguos, si no de primera, bastante
apreciable por los afanes y placeres sin cuento que representaba.
--No te apures --decía a su triste amigo--. Pecho a la desgracia, y no
des a esto el valor de un acto extraordinariamente meritorio. En estos
tiempos putrefactos se estima como virtud lo que es deber de los más
elementales. Lo que se tiene, se tiene, fíjate bien, en tanto que otro
no lo necesita. Esta es la ley de las relaciones entre los humanos, y
lo demás es fruto del egoísmo y de la metalización de las costumbres.
El dinero no deja de ser vil sino cuando se ofrece a quien tiene la
desgracia de necesitarlo. Yo no tengo hijos. Toma lo que poseo; que un
pedazo de pan no ha de faltarnos.»
Que Reluz oía estas cosas con emoción profunda, no hay para qué
decirlo. Cierto que no se pegó el tiro ni había para qué; mas lo mismo
fue salir de la cárcel y meterse en su casa, que pillar una calentura
maligna que lo despachó en siete días. Debió de ser de la fuerza del
agradecimiento, y de las emociones terribles de aquella temporada. Dejó
una viudita inconsolable, que por más que se empeñó en seguirle a la
tumba _por muerte natural_, no pudo lograrlo, y una hija de diecinueve
abriles, llamada Tristana.


III

La viuda de Reluz había sido linda antes de los disgustos y trapisondas
de los últimos tiempos. Pero su envejecer no fue tan rápido y patente
que le quitara a D. Lope las ganas de cortejarla, pues si el código
caballeresco de este le prohibía galantear a la mujer de un amigo
vivo, la muerte del amigo le dejaba en franquía para cumplir a su
antojo la ley de amar. Estaba de Dios, no obstante, que por aquella vez
no le saliera bien la cuenta, pues a las primeras chinitas que a la
inconsolable tiró, hubo de observar que no contestaba con buen acuerdo
a nada de lo que se le decía, que aquel cerebro no funcionaba como Dios
manda, y en suma, que a la pobre Josefina Solís le faltaban casi todas
las clavijas que regulan el pensar discreto y el obrar acertado. Dos
manías, entre otras mil, principalmente la trastornaban: la manía de
mudarse de casa y la del aseo. Cada semana, o cada mes por lo menos,
avisaba los carros de mudanzas, que aquel año hicieron buen agosto
paseándole los trastos por cuantas calles y rondas hay en Madrid.
Todas las casas eran magníficas el día de la mudanza, y detestables,
inhospitalarias, horribles ocho días después. En esta se helaba de
frío, en aquella se achicharraba; en una había vecinas escandalosas,
en otra ratones desvergonzados, en todas nostalgia de otra vivienda,
del carro de mudanza, ansia infinita de lo desconocido.
Quiso D. Lope poner mano en este costoso delirio; pero pronto se
convenció de que era imposible. El tiempo corto que mediaba entre
mudanza y mudanza, empleábalo Josefina en lavar y fregotear cuanto
cogía por delante, movida de escrúpulos nerviosos y de ascos
hondísimos, más potentes que una fuerte impulsión instintiva. No daba
la mano a nadie, temerosa de que le pegasen herpetismo o pústulas
repugnantes. No comía más que huevos, después de lavarles el cascarón,
y recelosa siempre de que la gallina que los puso hubiera picoteado en
cosas impuras. Una mosca la ponía fuera de sí. Despedía las criadas
cada lunes y cada martes por cualquier inocente contravención de sus
extravagantes métodos de limpieza. No le bastaba con deslucir los
muebles a fuerza de agua y estropajo; lavaba también las alfombras,
los colchones de muelles, y hasta el piano, por dentro y por fuera.
Rodeábase de desinfectantes y antisépticos, y hasta en la comida se
advertían tufos de alcanfor. Con decir que lavaba los relojes está
dicho todo. A su hija la zambullía en el baño tres veces al día, y el
gato huyó bufando de la casa, por no hallarse con fuerzas para soportar
los chapuzones que su ama le imponía.
Con toda el alma lamentaba D. Lope la liquidación cerebral de su amiga,
y echaba de menos a la simpática Josefina de otros tiempos, dama de
trato muy agradable, bastante instruida, y hasta con ciertas puntas y
ribetes de literata de buena ley. A cencerros tapados compuso algunos
versitos, que solo mostraba a los amigos de confianza, y juzgaba
con buen criterio de toda la literatura y literatos contemporáneos.
Por temperamento, por educación y por atavismo, pues tuvo dos tíos
académicos, y otro que fue emigrado en Londres con el duque de Rivas y
Alcalá Galiano, detestaba las modernas tendencias realistas; adoraba el
ideal y la frase noble y decorosa. Creía firmemente que en el gusto hay
aristocracia y pueblo, y no vacilaba en asignarse un lugar de los más
oscuros entre los próceres de las letras. Adoraba el teatro antiguo,
y se sabía de memoria largos parlamentos de _D. Gil de las calzas
verdes_, de _La verdad sospechosa_ y de _El mágico prodigioso_. Tuvo
un hijo, muerto a los doce años, a quien puso el nombre de Lisardo,
como si fuera de la casta de Tirso o Moreto. Su niña debía el nombre de
Tristana a la pasión por aquel arte caballeresco y noble, que creó una
sociedad ideal para servir constantemente de norma o ejemplo a nuestras
realidades groseras y vulgares.
Pues todos aquellos refinados gustos, que la embellecían añadiendo
encantos mil a sus gracias naturales, desaparecieron sin dejar rastro
en ella. Con la insana manía de las mudanzas y del aseo, Josefina
olvidó toda su edad pasada. Su memoria, como espejo que ha perdido el
azogue, no conservaba ni una idea, ni un nombre, ni una frase de todo
aquel mundo ficticio que tanto amó. Un día quiso D. Lope despertar
los recuerdos de la infeliz señora, y vio la estupidez pintada en su
rostro, como si le hablaran de una existencia anterior a la presente.
No comprendía nada, no se acordaba de cosa alguna, ignoraba quién
podría ser D. Pedro Calderón, y al pronto creyó que era algún casero,
o el dueño de los carros de mudanza. Otro día la sorprendió lavando
las zapatillas, y a su lado tenía, puestos a secar, los álbumes de
retratos. Tristana contemplaba, conteniendo sus lágrimas, aquel cuadro
de desolación, y con expresivos ojos suplicaba al amigo de la casa que
no contrariase a la pobre enferma. Lo peor era que el buen caballero
soportaba con resignación los gastos de aquella familia sin ventura,
los cuales, con el sin fin de mudanzas, el frecuente romper de loza
y deterioro de muebles, iban subiendo hasta las nubes. Aquel diluvio
con jabón les ahogaba a todos. Por fortuna, en uno de los cambios
de domicilio, ya fuese por haber caído en casa nueva, cuyas paredes
chorreaban de humedad, ya porque Josefina usó zapatos recién sometidos
a su sistema de saneamiento, llegó la hora de rendir a Dios el alma.
Una fiebre reumática que la entró a saco, espada en mano, acabó sus
tristes días. Pero la más negra fue que, para pagar médico, botica y
entierro, amén de las cuentas de perfumería y comestibles, tuvo D.
Lope que dar otro tiento a su esquilmado caudal, sacrificando aquella
parte de sus bienes que más amaba, su colección de armas antiguas y
modernas, reunida con tantísimo afán, y con íntimos goces de rebuscador
inteligente. Mosquetes raros y arcabuces roñosos, pistolas, alabardas,
espingardas de moros y rifles de cristianos, espadas de cazoleta y
también petos y espaldares que adornaban la sala del caballero entre
mil vistosos arreos de guerra y caza, formando el conjunto más noble
y austero que imaginarse puede, pasaron a precio vil a manos de
mercachifles. Cuando D. Lope vio salir su precioso arsenal, quedose
atribulado y suspenso, aunque su grande ánimo supo aherrojar la congoja
que del fondo del pecho le brotaba, y poner en su rostro la máscara de
una estoica y digna serenidad. Ya no le quedaba más que su colección de
retratos de hembras hermosas, en los cuales había desde la miniatura
delicada hasta la fotografía moderna en que la verdad suple el arte,
museo que era para su historia de amorosas lides, como los de cañones
y banderas que en otro orden pregonan las grandezas de un reinado
glorioso. Ya no le restaba más que esto, algunas imágenes elocuentes
aunque mudas, que significaban mucho como trofeo, bien poco, ¡ay!, como
especie representativa de vil metal.
En la hora del morir, Josefina recobró, como suele suceder, parte del
seso que había perdido, y con el seso le revivió momentáneamente su ser
pasado, reconociendo, cual D. Quijote moribundo, los disparates de la
época de su viudez, y abominando de ellos. Volvió sus ojos a Dios, y
aún tuvo tiempo de volverlos también a D. Lope, que presente estaba, y
le encomendó a su hija huérfana, poniéndola bajo su amparo, y el noble
caballero aceptó el encargo con efusión, prometiendo lo que en tan
solemnes casos es de rúbrica. Total: que la viuda de Reluz cerró la
pestaña, mejorando con su pase a mejor vida la de las personas que acá
gemían bajo el despotismo de sus mudanzas y lavatorios; que Tristana
se fue a vivir con D. Lope, y que este... (hay que decirlo, por duro y
lastimoso que sea) a los dos meses de llevársela, aumentó con ella la
lista ya larguísima de sus batallas ganadas a la inocencia.


IV

La conciencia del guerrero de amor arrojaba de sí, como se ha visto,
esplendores de astro incandescente; pero también dejaba ver en
ocasiones arideces horribles de astro apagado y muerto. Era que al
sentido moral del buen caballero le faltaba una pieza importante, cual
órgano que ha sufrido una mutilación y solo funciona con limitaciones o
paradas deplorables. Era que D. Lope, por añejo dogma de su caballería
sedentaria, no admitía crimen ni falta ni responsabilidad en cuestiones
de faldas. Fuera del caso de cortejar a la dama, esposa o manceba de
un amigo íntimo, en amor todo lo tenía por lícito. Los hombres como
él, hijitos mimados de Adán, habían recibido del Cielo una tácita bula
que les dispensaba de toda moral, antes policía del vulgo que ley de
caballeros. Su conciencia, tan sensible en otros puntos, en aquel era
más dura y más muerta que un guijarro, con la diferencia de que este,
herido por la llanta de una carreta, suele despedir alguna chispa, y
la conciencia de D. Lope, en casos de amor, aunque la machacaran las
herraduras del caballo de Santiago, no echaba lumbres.
Profesaba los principios más erróneos y disolventes, y los reforzaba
con apreciaciones históricas, en las cuales lo ingenioso no quitaba
lo sacrílego. Sostenía que en las relaciones de hombre y mujer no hay
más ley que la anarquía, si la anarquía es ley; que el soberano amor
no debe sujetarse más que a su propio canon intrínseco, y que las
limitaciones externas de su soberanía no sirven más que para desmedrar
la raza, para empobrecer el caudal sanguíneo de la humanidad. Decía,
no sin gracia, que los artículos del Decálogo que tratan de toda la
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