Torquemada y San Pedro - 04

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á quienes no valía embozarse hasta las orejas, porque el aire les
arrebataba capas y tapabocas, á veces los sombreros. Esto y el cuidado
de evitar resbalones, hacía de ellos, hombres y mujeres, figuras
extrañas de un fantástico baile en las estepas siberianas.
—Mira tú qué desgracia de día—dijo Cruz con grandísimo
desconsuelo.—Para que en todo resulte aciago, hoy no podrá venir el
padrito.
—Claro, ¡vive tan lejos!
—¡Y si le coge un torbellino de nieve! No, no, que no salga, ¡pobrecito!
—Mándale el coche.
—Sí; para que lo devuelva vacío, y se venga á pie, como el otro día,
que diluviaba.
—¿Pero tú crees—indicó Augusta,—que á ese le arredran ventiscas ni
temporales?
—Claro que no... Pero veréis como no viene hoy. Me lo da el corazón.
—Pues á mí me dice que viene—afirmó Fidela.—¿Queréis apostarlo? Y mi
corazón á mí no me engaña. Hace días que todo lo acierta este pícaro.
Es probado; siempre que duele, dificultando la respiración se vuelve
adivino. No me dice nada que no salga verdad.
—Y ahora te dirá que te retires del balcón, y procures no enfriarte.
Eso es: enfríate, y después viene el quejidito, y las malas noches, el
cansancio y el continuo toser.
—¡Que me enfríe, mejor!—replicó Fidela con voz y acento de niña
mimosa, dejándose llevar al sofá.—Me dice el corazón que pronto me he
de enfriar tanto, tanto, que no habrá rescoldo que pueda calentarme.
Ea, ya estoy tiritando. Pero no es cosa, no. Ya me pasa. Ha sido una
ráfaga, un besito que me ha mandado el aire de la calle al través de
los cristales empañados. Anda, vete, que tus sabios están impacientes,
y el de las pinturas echándote muy de menos.
—¿Cómo lo sabes?
—Toma: por mi doble vista. ¿Qué? ¿No creéis en mi doble vista? Pues os
digo que el padre Gamborena viene para acá. Y si no está entrando ya
por el portal, le falta poco.
—¿Á que no?
—¿Á que sí?
Salió presurosa la primogénita, y á poco volvió riendo:
—¡Vaya con tu doble vista! No ha venido ni vendrá: Mira, mira cómo cae
ahora la nieve.
Ello sería casualidad, ¡quién lo duda! pero no habían pasado diez
minutos cuando oyeron la voz del gran misionero en la estancia próxima,
y las tres acudieron á su encuentro con grandes risas y efusión de sus
almas gozosas. Había dejado el bendito cura en el piso bajo su paraguas
enorme y su sombrero, y la poca nieve que traía en el balandrán se le
derritió en el tiempo que tardara en subir. Al entrar, quitábase los
negros guantes, y se sacudía un dedo de la mano derecha con muestras de
dolor:
—Hija mía—dijo á Fidela,—me ha mordido tu hijo.
—¡Jesús!—exclamó Cruz,—¿habráse visto picaruelo mayor? Le voy á matar.
—Si no es nada, hija. Pero me hincó el diente. Quise acariciarle.
Estaba dando latigazos á diestro y siniestro. La suerte es que sus
dientecillos no traspasaron el guante. ¡Vaya un hijo que os tenéis...!
—Muerde por gracia—indicó Fidela con tristeza.—Pero hay que quitarle
esa fea costumbre. No, si no lo hace con mala intención, puede usted
creerlo.


X

—En efecto, la intención no debe de ser mala—dijo el misionero con
donaire;—pero el instinto no es de los buenos. ¡Qué geniecillo!
—Pues para el día que tenemos, y para lo perdidas que están las
calles—observó Cruz sin quitar la vista del padrito, que á la chimenea
se arrimaba,—no trae usted el calzado muy húmedo.
—Es que yo poseo el arte de andar por entre lodos peores que los de
Madrid. No en balde ha educado uno el paso de grulla en los arrecifes
de la Polinesia. Sé sortear los baches, así como los escurrideros, y
aun los abismos. ¿Qué creéis?
—Lo que es hoy—dijo Fidela,—sí que no se va sin comer. Y comerá con
nosotras, si nos prefiere á los sabios que están abajo.
—Hoy no se va, no se va. Es que no le dejamos—afirmó Cruz, mirándole
con un cariño que parecía maternal.
—No se va—repitió Augusta,—aunque para ello tengamos que amarrarle por
una patita.
—Bueno, señoras mías—replicó el sacerdote con expansivo acento,—hagan
de mí lo que quieran. Me entrego á discreción. Dénme de comer si
gustan, y amárrenme á la pata de una silla, si es su voluntad. La
crudeza del día me releva de mis obligaciones callejeras.
—Y lo mejor que podría hacer es quedarse en casa esta noche—agregó
Cruz.—¿Qué? ¿Qué tiene que decir? Aquí no nos comemos la gente. Le
arreglaríamos el cuarto de arriba, donde estaría como un príncipe,
mejor sería decir como un señor cardenal.
—Eso sí que no. Más hecho estoy á dormir en chozas de bambú que en
casas ducales. Lo que no impide que me _resigne_ á morar aquí, si para
algo fuese necesaria mi presencia.
Cruz le incitó á quitarse el balandrán, que estaba muy húmedo, y
ninguna falta le hacía en el bien templado gabinete, y él accedió,
dejando que la ilustre señora le tirara de las mangas.
—Ahora, ¿quiere tomar alguna cosa?
—Pero, hija, ¿qué idea tienes de mí? ¿Crees que soy uno de estos
tragaldabas que á cada instante necesitan poner reparos al estómago?
—Algún fiambre, una copita...
—Que no.
—Pues yo sí quiero—dijo Fidela con infantil volubilidad.—Que nos
traigan algún vinito por lo menos.
—¿Porto?
—Por mí, lo que quieras. Echaré un pequeño _trinquis_ con estas buenas
señoras.
Salió Cruz, y Gamborena habló otra vez de Valentinico, encareciendo la
urgencia de poner en su educación alguna más severidad.
—Me da mucha pena castigarle—repuso Fidela.—El angelito no sabe lo que
hace. Hay que esperar á que pueda tener del mal y del bien una idea más
clara. Su entendimiento es algo obtuso.
—Y sus dientes muy afilados.
—Pues ese... donde ustedes le ven..., ese va á ser listo—afirmó Augusta.
—¡Como que sabe más...! Padre Gamborena, haga el favor de no ponerme
esa cara tétrica cuando se habla del niño. Me duele mucho que se tenga
mal concepto de mi brutito de mi alma y me duele más que se crea
imposible el hacer de él un hombre.
—Hija mía, si no he dicho nada. El tiempo te traerá una solución.
—El tiempo... la muerte quizás... ¿Alude usted á la muerte?
—Hija de mi alma, no he hablado nada de la muerte, ni en ella pensé...
—Sí, sí. Esa solución de que usted habla—añadió Fidela con la voz
velada y enternecida,—es la muerte: no me lo niegue. Ha querido decir
que mi hijo se morirá, y así nos veremos libres de la tristeza de tener
por único heredero á un...
—No he pensado en tal cosa; te lo aseguro.
—No me lo niegue. Mire que hoy estoy de vena. Adivino los pensamientos.
—Los míos no.
—Los de usted y los de todo el mundo. Esa solución que dice usted
traerá... el tiempo no la veré yo, porque antes he de tener la mía, mi
solución; quiero decir que me moriré antes.
—No diré que no. ¿Quién sabe lo que el Señor dispone? Pero yo jamás
anuncié la muerte de nadie, y si alguna vez hablo de esa señora, hágolo
sin dar á mis palabras un acento tremebundo. Lo que llamamos muerte es
un hecho vulgar y naturalísimo, un trámite indispensable en la vida
total, y considero que ni el hecho ni el nombre deban asustar á ninguna
persona de conciencia recta.
—Vea usted por qué no me asusta á mí.
—Pues á mí sí, lo confieso—declaró Augusta—y que el padrito diga de mi
conciencia lo que quiera: no me incomodo.
—Nada tengo yo que ver con su conciencia, señora mía—replicó el
sacerdote.—Pero si algo tuviera que decir, no habría de callarlo,
aunque usted se incomodara...
—Y yo recibiría sus reprimendas con resignación, y hasta con gratitud.
—Ríñanos usted todo lo que quiera—indicó Fidela, mordisqueando pastas y
fiambres que acababan de traerle.—Ya se me ha pasado el mal humor. Y es
más: si quiere hablarnos de la muerte, y echarnos un buen sermón sobre
ella, lo oiremos... hasta con alegría.
—Eso no—dijo Augusta, ofreciendo al misionero una copa de Porto.—Á mí
no me hablen de muerte, ni de nada tocante á ese misterio, que empieza
en nuestros camposantos y acaba en el valle de Josafat. Yo encargo á
los míos que cuando me muera me tapen bien los oídos... para no oir las
trompetas del Juicio Final.
—¡Jesús, qué disparate!
—¿Teme usted la resurrección de la carne?
—No señor. Temo el Juicio.
—Pues yo sí que quiero oirlas—afirmó Fidela,—y cuanto más prontito
mejor. Tan segura estoy de que he de irme al cielo, como de que estoy
bebiendo este vino delicioso.
—Yo también... digo, no... tengo mis dudas—apuntó la de Orozco.—Pero
confío en la Misericordia Divina.
—Muy bien. Confiar en la Misericordia—manifestó el padrito—siempre y
cuando se hagan méritos para merecerla.
—Ya los hago.
—Á todas podrá usted poner reparos, señor Gamborena—observó la de San
Eloy con una gravedad ligeramente cómica y de buen gusto—á todas menos
á ésta, católica á machamartillo, que organiza solemnes cultos, preside
juntas benéficas, y es colectora de dineritos para el Papa, para las
misiones y otros fines... píos.
—Muy bien—dijo el padre, asimilándose la gravedad cómica de la
Marquesita.—No le falta á usted más que una cosa.
—¿Qué?
—Un poco de doctrina cristiana, de la elemental, de la que se enseña en
las escuelas.
—Bah... la sé de corrido.
—Que no la sabe usted. Y si quiere la examino ahora mismo.
—Hombre, no: tanto como examinar... Á lo mejor se olvida una de
cualquier cosilla.
—Nada importa olvidar la letra, si el principio, la esencia, permanecen
estampados en el corazón.
—En el mío lo están.
—Me permito dudarlo.
—Y yo también—dijo Fidela, gozosa del giro que tomaba la
conversación.—Esta, á la chita callando, es una gran hereje.
—¡Ay, qué gracia!
—Yo no; yo creo todo lo que manda la Santa Madre Iglesia; pero creo
además otras muchas cosas.
—¿Á ver?
—Creo que la máquina, mejor dicho, el gobierno del mundo, no marcha
como debiera marchar... Vamos, que el Presidente del Consejo de allá
arriba tiene las cosas de este bajo planeta un tantico abandonadas.
—¿Bromitas impías? No sientes lo que dices, hija de mi alma; pero aun
no sintiéndolo, cometes un pecado. No por ser chiste una frasecilla,
deja de ser blasfemia.
—Anda, vuelve por otra.
—Pues no me digan á mí—prosiguió la de San Eloy,—que todo esto de la
vida y la muerte está bien gobernado, sobre todo la muerte. Yo sostengo
que las personas debieran morirse cuando quisiesen.
—¡Já, já!... ¡Qué bonito! Entonces, nadie querría morirse.
—Ah... no estoy de acuerdo, y dispénseme—dijo Augusta con seriedad.—Á
todos, á todos absolutamente cuantos viven, aun viviendo miles de años,
les llegaría la hora del cansancio. No habría un ser humano que no
tuviera al fin un momento en que decir, _ya no más_, _ya no más_. Hasta
los egoístas empedernidos, los más apegados á los goces, concluirían
por odiar su yo, y mandarlo á paseo. Vendría la muerte voluntaria,
evocada más que temida, sin vejez ni enfermedades. ¡Vaya, padrito, que
si esto no es arreglar las cosas mejor de lo que están, que venga Dios
y lo vea!
—Ya lo ha visto, y sabe que las dos tenéis la inteligencia tan dañada
como el corazón. No quiero seguiros por ese camino de monstruoso
filosofismo. Bromeáis impíamente.
—¡Impíamente!—exclamó Fidela.—No, padre. Bromeamos, y nada más. Cierto
que cuando Dios lo ha hecho así, bien hecho está. Pero yo sigo en mis
trece: no critico al Divino Poder; pero me gustaría que estableciera
esto del morirse á voluntad.
—Es lo mismo que defender la mayor de las abominaciones, el suicidio.
—Yo no lo defiendo, yo no—declaró Augusta poniéndose pálida.
—Pues yo...—indicó la otra aguzando su mente,—sino lo defiendo,
tampoco lo ataco... quiero decir... esperarse... que si no fuera
por lo antipáticos que son todos los medios de quitarse la vida, me
parecería... quiero decir... no me resultaría tan malo.
—¡Jesús me valga!
—No, no se asuste el padrito—dijo la de Orozco, acudiendo en auxilio
de su amiga.—Déjeme completar el pensamiento de ésta. Su idea no es
un disparate. El suicidio se acepta en la forma siguiente: Que una...
ó uno, hablando también por cuenta de los hombres... se duerma, y
conserve, en medio del sueño profundísimo, voluntad, poder, ó no
sé qué, para permanecer dormido por los siglos de los siglos, y no
despertad nunca más, nunca más...
—Eso, eso mismo... ¡qué bien lo has dicho!—exclamó Fidela batiendo
palmas, y echando lumbre por los ojos.—Dormirse hasta que suenen las
trompetitas...
Pausadamente cogió Gamborena una silla y se colocó frente á las dos
señoras, teniendo á cada una de ellas al alcance de sus manos, por una
y otra banda, y con acento familiar y bondadoso, al cual la dulzura del
mirar daba mayor encanto, les endilgó la siguiente filípica:


XI

—Hijas mías, aunque no me lo permitáis, yo, como sacerdote y amigo,
quiero y debo reprenderos por esa costumbre de tratar en solfa, y
alardeando de humorismo elegante con visos de literario, las cuestiones
más graves de la moral y de la fe católica. Vicio es este adquirido
en la esfera altísima en que vivís, y que proviene de la costumbre de
poner en vuestras conversaciones ideas chispeantes y deslumbradoras,
para entreteneros y divertiros como en los juegos honestos de
sociedad... suponiendo que sean honestos, y es mucho suponer.
»No necesito que me déis licencia para deciros que cuanto expresásteis
acerca de la muerte, y de nuestros fines aquí y allá, es herético,
y además tonto, y extravagantísimo, y que sobre carecer de sentido
cristiano, no tiene ninguna gracia. Podrán alabar ese alambicado
conceptismo los majaderos sin número que acuden á vuestras tertulias
y saraos, hombres corrompidos, mujeres sin pudor... algunas, no digo
todas. Si queréis decir gracias, decidlas en asuntos pertinentes al
orden temporal. Juzgad con ligereza y originalidad de cosas de teatro,
de baile, ó de carreras de caballos y velocípedos. Pero en nada
pertinente á la conciencia, en nada que toque al régimen grandioso
impuesto por el Criador á la criatura, digáis palabra disconforme con
lo que sabe y dice la última niña de la escuela más humilde y pobre.
Aquí resulta una cosa muy triste, y es que las clases altas son las
que más olvidadas tiene la doctrina pura y eterna. Y no me digan que
protegéis la religión, ensalzando el culto con ceremonias espléndidas,
ó bien organizando hermandades y juntas caritativas: en los más de
los casos, no hacéis más que rodear de pompa oficial y cortesana al
Dios Omnipotente, negándole el homenaje de vuestros corazones. Queréis
hacer de Él uno de estos reyes constitucionales al uso, que reinan y no
gobiernan. No, y esto no lo digo precisamente por vosotras, sino por
otras de vuestra clase; no os vale tanta religiosidad de aparato; no
se os acepta el homenaje externo si no lo acompañáis del rendimiento
de los corazones, y de la sumisión de la inteligencia. Sed simples
y candorosas en materia de fe; dad al ingenio lo que al ingenio
pertenece, y á Dios lo que siempre ha sido y será de Dios.
Oían las dos damas absortas, bebiéndose con los ojos la dulzura de los
ojos del misionero, al propio tiempo que absorbían por el oído, y
las agasajaban en el pensamiento, las ideas que expresaba. Durante la
breve pausa que hizo, apenas respiraban ellas, y él siguió tranquilo,
apretando un poquito en la severidad:
—Las clases altas, ó por hablar mejor las clases ricas, estáis
profundamente dañadas en el corazón y en la inteligencia, porque habéis
perdido la fe, ó por lo menos andáis en vías de perderla. ¿Cómo? Por
el continuo roce que tenéis con el filosofismo. El filosofismo, en
otros tiempos, no traspasaba el lindero que os separa de las clases
inferiores; el filosofismo era entonces plebeyo, ordinario, y solía
estar personificado en seres y tipos que os eran profundamente
antipáticos, sabios barbudos y mal olientes, poetas despeinados y que
no sabían comer con limpieza. Pero ¡ah! todo ello ha cambiado. El
filosofismo se ha hecho fino, se ha hecho elegante, se ha colado por
vuestras puertas, y vosotras le dáis abrigo, y le hacéis carantoñas.
Antes le despreciábais, ahora le agasajáis; y os parece que vuestras
mesas no están bastante honradas si no sentáis á ella diariamente á dos
ó tres de estos alumnos de Satanás; y vuestros saraos no os parecen de
tono, si no traéis á ellos á toda la caterva de incrédulos, herejes y
ateistas.
»Vosotras, clases altas y ricas, aburridas, fatigadas por no tener un
papel glorioso que desempeñar en la sociedad presente, os habéis bajado
á la política, como el noble enfermo y melancólico, que no sabiendo
qué hacer para distraerse, desciende á bromear con la servidumbre. El
filosofismo, harto de vivir en sótanos y entre telarañas, se ha subido
á la política para buscar en ella su negocio, y en ese terreno común os
habéis encontrado todos, y os habéis hecho amigos. Después, incurriendo
en familiaridades de mal gusto, lleváis al filosofismo arriba, á
vuestras salas, y allí, el infame os contagia de sus perversas ideas,
amortiguando la fe en vuestros corazones. Cierto que conserváis la
fe nominal, pero tan sólo como un emblema, como una ejecutoria de la
clase, para defenderos con ella en caso de que veáis atacados vuestros
fueros y amenazadas vuestras posiciones... Y la prueba de esto la
hallamos en las novísimas costumbres de la gente noble. Decidme: ¿no
salta á la vista que vuestras devociones son superficiales y que debajo
de ellas no hay más que indiferentismo, corruptela? Vosotras mismas
os habéis reído, esta Navidad, de las que _dieron misa del gallo_
con baile. Vosotras mismas habéis organizado conciertos caritativos,
y con igual frescura tomáis el teatro y la lotería por instrumentos
de caridad, que lleváis á la iglesia las formas teatrales. Todo está
bien con tal de divertiros, que es la suprema, la única aspiración de
vuestras almas.
Descansaron las dos damas de aquella tirante atención, sacando cada
cual un suspiro de lo más hondo del pecho, y Gamborena, después de
repartir por igual palmaditas en las manos de una y otra, prosiguió y
terminó benévolamente en esta forma:
—Hay que volver á la sencillez religiosa, señoras mías, limpiar el
corazón de toda impureza, y no permitir que la frivolidad se meta
donde no la llaman, y donde hace tanta falta como los perros en misa.
¿Queréis ser elegantes? Sedlo enhorabuena, sin mezclar el nombre de
Dios ni la doctrina católica en vuestras chismografías epigramáticas.
La caridad, el culto, la devoción sean cosas serias, no uno de tantos
temas para lucir la travesura del pensamiento. La que no tenga fe, que
lo diga y se deje de comedias que á nadie engañan, y menos al que todo
lo ve. La que la tenga sepa tenerla con simplicidad; sea como los niños
para aprender la doctrina, y como los humildes y pobres de espíritu
para practicarla, dejando los escarceos del ingenio para el diablo, que
es el gran hablador, y el maestro de la cháchara, y el que á la postre
sale ganando con todas esas vanidades de la conversación picaresca. La
alcurnia y el dinero suelen ser carga pesada para las almas que quieren
remontarse, y estorbo grande para las que buscan la simplicidad: el
toque está, señoras mías, en conseguir aquellos fines, sin arrojar
dinero y alcurnia, aunque hay casos, pero de esto no se hable, por
ser excepcional y extraordinario. Sabiendo uno con quién trata, y en
qué tiempos vive, no incurrirá en la tontería de decir: «imitad á los
que siendo nobles y ricos, quisieron ser pobres y plebeyos.» Esto
no: vivimos en tiempos de muchísima prosa, y de muchísima miseria y
poquedad de ánimo. La voluntad humana degenera visiblemente, como
árbol que se hace arbusto, y de arbusto, planta de tiesto: no se le
pueden pedir acciones grandes, como al pigmeo raquítico no se le
puede mandar que se ponga la armadura de García de Paredes y ande con
ella. No, hijas mías. No os diré nunca que seáis heroínas, porque os
reiríais de mí, y con razón. Sois muy enanas, y aunque os empinárais
mucho, aunque os pusiérais penachos de soberbia y tacones de vanidad,
no podríais llegar á la talla. Por eso os digo: ya que sois tan
poquita cosa, procurad ser buenas cristianas dentro de la cortedad
de vuestros medios espirituales; seguid siendo aristócratas y ricas;
compaginad la simplicidad religiosa con el boato que os impone vuestra
posición social, y cuando os llegue el momento de pasar de esta vida,
si habéis sabido limpiaros de la impureza que os invade el corazón, no
encontraréis cerradas las puertas de la eterna dicha.
Oyeron las damas esta plática con emoción profunda, y poco faltó para
que lloraran. Cuando el misionero terminó, repitiendo las afectuosas
palmaditas en las manos de sus oyentes, Augusta no hacía más que
suspirar. Fidela parecía un poquito asustada, y cuando se repuso, su
genial travesura salió bruscamente con uno de aquellos _rasgos_ que el
sacerdote acababa de reprender.
—Pero si no puedo purificarme bien, lo que se llama bien, espero que
habrá un poquito de manga ancha conmigo, y que usted me abrirá la
puerta celestial.
—¿Yo?
—Usted, sí, usted que tiene las llaves.
—¿Yo?
—Lo dice mi marido, y lo cree, y por creerlo así le llama á usted _San
Pedro_.
—Es una broma.
—¿Y no mereceré yo un poco de indulgencia?
—Indulgencia Dios la da.
—Pues mire usted, nadie me quita de la cabeza que la voy á necesitar
pronto, muy pronto.
—¡Oh, no digas tal!
—Me lo pueden creer. Hace días vengo pensando en eso, en mi próxima
muerte, y ahora, cuando usted hablaba, se me metió en la cabeza la idea
de que ya estoy al caer, pero ya, ya...
—¡Qué tontería!
—Si no me asusto. Al contrario, lo miro con una tranquilidad...
¡Morir... _dormir mucho tiempo_! ¿No es eso, padre? ¿No es eso, Augusta?
Entró en aquel momento Cruz, y habiendo entendido algo de lo que su
hermana decía, la reprendió con dulzura, fijándose en la expresión de
su rostro. Debió éste de parecerle hipocrático en grado sumo, aunque no
lo bastante para sentir alarma.
—Claro, te estás toda la tarde de palique y luego viene la fatiguita
y la opresión. Tú no hagas más que oir, y habla lo menos que puedas;
sobre todo no te pongas á defender los mil disparates que se te
ocurren, porque en las discusiones te quedas sin aliento, y ya ves...
—Si no estoy mal—dijo Fidela, con dificultosa respiración.
—No, no estás mal. Pero yo que tú me acostaría. Ya ves qué día
tenemos. Con todas las precauciones del mundo, y echando leña sin cesar
en las chimeneas, no podemos evitar que te enfríes. ¿Verdad, padrito,
que debe acostarse?
Las instancias de su hermana, reforzadas por Gamborena, llevarónla
al lecho, donde se sintió mejor. Después de haber descabezado un
sueñecillo, hallábase muy risueña y decidora. Augusta, que de su lado
no se separaba, le mandó más de una vez que cerrase el pico.
Nada ocurrió en el resto del día digno de ser contado. Gamborena y Cruz
charlaban en el gabinete de Fidela, y ésta en su alcoba se entretenía
con Valentinico y con su fiel amiga. Ya entrada la noche, poco antes
de la hora de comer, la Marquesita de San Eloy despertó de un breve
y tranquilo sueño, respirando desahogadamente. ¡Qué bien estaba! Así
lo creyó Augusta al acercarse á ella, inclinándose sobre el lecho.
Llevóse la niñera al chiquitín para darle de comer, y entonces Fidela,
acariciando la mano de su amiga, le dijo en el tono más natural del
mundo:
—Tengo que decirte una cosa.
—¿Qué?
—Que quiero confesarme.
—¡Confesarte!—exclamó Augusta palideciendo y disimulando su
turbación.—Pero ¿estás loca?
—No sé por qué ha de ser signo de locura el querer confesarse.
—Pero, hija, es que... creerán que estás mal.
—Yo no sé si estoy mal ó bien. No hay más sino que quiero confesarme...
y cuanto más pronto, mejor.
—Mañana...
—Déjate de mañanas. Mejor será esta misma noche.
—Pero ¿qué idea te ha dado...?
—Pues una idea, tú lo has dicho, una idea. ¿Acaso es mala?
—No... pero es una idea alarmante.
—Bueno, mejor. Me harás el favor de decírselo á mi hermana. Ó se lo
dices á _Tor_... No, no, mejor á mi hermana.


XII

En el mismo instante que esto ocurría, entraba del Senado D. Francisco,
llevando consigo á un amigo, médico y senador, á quien había invitado
á comer, más que por el gusto de obsequiarle, porque viera á su
esposa, y proporcionarse de este modo una consulta gratuita sobre la
dolencia fastidiosa y tenaz, ya que no grave, que aquélla sufría.
Figuraba el senador entre las eminencias médicas, y quería serlo
también política, para lo cual había tomado por su cuenta las reformas
sociales, pronunciando discursos campanudos y pesadísimos, que á
Torquemada le encantaban, por hallar en ellos perfecta concordancia
con sus propias ideas sobre tales materias. Hicieron amistades en los
pasillos, y en el salón se sentaban casi siempre juntos. Era el médico
hombre amabilísimo, y D. Francisco se encariñaba con los hombres finos,
siempre que fueran desinteresados y no atacasen al bolsillo con las
armas de la cortesía refinada como ciertos _puntos_ que á nuestro
tacaño se le sentaban en la boca del estómago.
Vió, pues, el senador médico á la señora Marquesa, la interrogó con
exquisita delicadeza y gracejo, y su dictamen fué tranquilizador para
la familia. Todo ello no era más que anemia, y un poco de histerismo.
El tratamiento de Quevedito le pareció de perlas, y había que
esperar de él la anhelada mejoría. No se permitió añadir más que la
_rusticación_ cuando llegase el verano, residiendo en país montañoso,
lejos del mar. Después comieron todos muy campantes, y Cruz notó
en Augusta una tristeza que en ella era cosa muy rara, pues por lo
común alegraba la mesa y entretenía gallardamente á los comensales.
Torquemada estuvo decidor, queriendo á toda costa lucirse delante de
su amigo, el cual, _velis nolis_, metió entre dos platos los problemas
sociales, y allí fué Troya, pues el médico resolvía la cuestión por lo
político, el misionero por lo religioso, y el señor Marqués _deploraba_
las exageraciones de escuela. Tristes y aburridas, abstuviéronse las
dos damas de dar su opinión en tan cargante materia.
Terminada la comida corrió Augusta á la alcoba, y se secreteó con
Fidela:
—Dice Cruz que mañana...
—Mi hermana no ha dicho eso.
—¿Cómo no?
—No, porque tú no le has dicho nada todavía. Si todo lo sé y lo veo
desde aquí. Conmigo no valen mentirillas. Y si no se lo dices pronto,
tendré que decírselo yo.
La inesperada presencia de Cruz en la alcoba, entrando como una
aparición, cortó bruscamente el diálogo. Al pronto, notando algo
extraño en la actitud de ambas, creyó que se trataba de una travesura.
Interrogó, le replicaron, y al fin supo la verdad de aquel antojo de
su hermana. ¡Confesarse! ¿Cuándo? ¡Pronto, pronto! ¿Qué prisa había?
Su empeño verdadero ó fingido de tomarlo á risa, no dió más resultado
que confirmar á la otra en su tenaz deseo. Bien se comprende que
aquel repentino afán de confesión, no hallándose la señora peor de su
dolencia, al decir de los médicos, inquietó á la familia. Cruz fué con
el cuento á Gamborena, y éste á don Francisco, que corrió alarmadísimo
á la alcoba, y dijo á su cara mitad:
—¿Pero tú qué _fenómenos_ tienes? Si dice el doctor que son _fenómenos
reflejos, exclusivamente reflejos_... ¿Á qué viene esa andrómina del
confesarse? Tiempo tienes. Mi amigo se ha ido; pero si quieres le
llamo... No, no será preciso. Mientras menos médicos parezcan por aquí
mejor. Quevedo no tardará en llegar, y entre todos te convenceremos de
tu tontería.
Interrogada por todos de un modo apremiante, Fidela no podía declarar,
sin mentir, ningún síntoma peligroso. De fiebre no tenía ni chispa,
según una vez y otra hizo constar D. Francisco, que se las echaba
de buen entendedor de pulsos. Lo único que sentía era la opresión
del pecho, la dificultad del respirar, cual si un corsé de hierro le
oprimiera la caja torácica, y algo, además, que, á su parecer, como
dogal interno, apretaba su garganta, á la cual se llevaba las manos sin
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