Torquemada y San Pedro - 02

Total number of words is 4698
Total number of unique words is 1872
31.6 of words are in the 2000 most common words
43.4 of words are in the 5000 most common words
49.8 of words are in the 8000 most common words
Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
aquellas luchas con los cafres de la civilización. Embelesada le oía la
dama, clavando sus ojos en los ojos del evangelista, y, si así puede
decirse, bebiéndole las miradas ó asimilándose por ellas el pensamiento
antes que la boca lo formulara.
—Pues usted lo dice, así será—manifestó la señora sintiendo oprimido
el pecho.—Comprendo que la domesticación de este buen señor es obra
difícil. Yo no puedo intentarla, mi hermana tampoco; ni piensa en
ella, ni le importa nada que su marido sea un bárbaro que nos pone
en ridículo á cada instante... Usted, que se nos ha venido acá tan
oportunamente, como bajado del Cielo, es el único que podrá...
—¡Sí quiero hacerlo! Las empresas difíciles son las que á mí me
tientan, y me seducen, y me arrastran. ¿Cosas fáciles? Quítate allá.
¡Tengo yo un temperamento militar y guerrero...! Sí, mujer, ¿qué te
crees tú?... Óyeme.
Excitada su imaginación y enardecido su amor propio, se levantó para
expresar con más desahogo lo que tenía que decir.
—Mi carácter, mi temperamento, mi sér todo son como de encargo para la
lucha, para el trabajo, para las dificultades que parecen insuperables.
Mis compañeros de Congregación dicen... vas á reirte..., que cuando Su
Divina Majestad dispuso que yo viniese á este mundo, en el momento de
lanzarme á la vida estuvo dudando si destinarme á la milicia ó á la
Iglesia... porque desde el nacer traemos impresa en el alma nuestra
aptitud culminante... Esta vacilación del Supremo Autor de todas las
cosas, dicen que quedó estampada en mi sér, bastando para ello el
breve momento que estuve en los soberanos dedos. Pero al fin decidióse
nuestro Padre por la Iglesia. En un divino tris estuvo que yo fuese
un gran guerrero, debelador de ciudades, conquistador de pueblos y
naciones. Salí para misionero, que en cierto modo es oficio semejante
al de la guerra, y heme aquí que he ganado para mi Dios, con la bandera
de la Fe, porciones de tierra y de humanidad tan grandes como España.


IV

—Aunque la dificultad de este empeño en que la buena de _Croissette_
quiere meterme ahora, me arredra un poquitín—prosiguió después de
dejar, en una pausa, tiempo á la admiración efusiva de la dama,—yo no
me acobardo, empuño mi gloriosa bandera, y me voy derecho hacia tu
salvaje.
—Y le vencerá..., segura estoy de ello.
—Le amansare por lo menos, de eso respondo. Anoche le tire algunos
flechazos, y el hombre me ha demostrado hoy que le llegaron á lo vivo.
—¡Oh! Le tiene á usted en mucho; le mira como á un ser superior, un
ángel ó un apóstol, y todas las fierezas y arrogancias que gasta con
nosotras, delante de usted se truecan en blanduras.
—Temor ó respeto, ello es que se impresiona con las verdades que me
oye. Y no le digo más que la verdad, la verdad monda y lironda, con
toda la dureza intransigente que me impone mi misión evangélica. Yo
no transijo, desprecio las componendas elásticas en cuando se refiere
á la moral católica. Ataco el mal con brío, desplegando contra él
todos los rigores de la doctrina. El Sr. Torquemada me ha de oir muy
buenas cosas, y temblará y mirará para dentro de sí, echando también
alguna miradita hacia la zona de allá, para él toda misterios, hacia la
eternidad en donde chicos y grandes hemos de parar. Déjale, déjale de
mi cuenta.
Dió varias vueltas por la estancia, y en una de ellas, sin hacer caso
de las exclamaciones admirativas de su noble interlocutora, se paró
ante ella, y le impuso silencio con un movimiento pausado de ambas
manos extendidas, movimiento que lo mismo podría ser de predicador que
de director de orquesta; todo ello para decirle:
—Pausa, pausa... y no te entusiasmes tan pronto, hija mía, que á tí
también, á tí también ha de tocarte alguna china, pues no es suya toda
la culpa, no lo es, que también la tenéis vosotras, tú más que tu
hermana...
—No me creo exenta de culpa—dijo Cruz con humildad,—ni en este ni en
otros casos de la vida.
—Tu despotismo, que despotismo es, aunque de los más ilustrados, tu
afán de gobernar autocráticamente, contrariándole en sus gustos, en sus
hábitos y hasta en sus malas mañas, imponiéndole grandezas que repugna,
y dispendios que le fríen la sangre, han puesto al salvaje en un grado
tal de ferocidad que nos ha de costar trabajillo desbravarle.
—Cierto que soy un poquitín despótica. Pero bien sabe ese bruto que sin
mi gobierno no habría llegado á las alturas en que ahora está, y en las
cuales, créame usted, se encuentra muy á gusto cuando no le tocan á su
avaricia. ¿Por quién es senador, por quién es marqués, y hombre de pro,
considerado de grandes y chicos?... Pero quizás me diga usted que estas
son vanidades, y que yo las he fomentado sin provecho alguno para las
almas. Si esto me dice, me callaré. Reconozco mi error, y abdico, sí
señor, abdico el gobierno de estos reinos, y me retiraré... á la vida
privada.
—Calma, que para todo se necesita criterio y oportunidad, y
principalmente para las abdicaciones. Sigue en tu gobierno, hasta
ver... Cualquier perturbación en el orden establecido sería muy
nociva. Yo pondré mis paralelas, atento sólo al problema moral. En lo
demás no me meto, y cuanto de cerca ó de lejos se relacione con los
bienes de este mundo, es para mí como si no existiera... Por de pronto,
lo único que ordeno es que seas dulce y cariñosa con tu hermano, pues
hermano tuyo lo ha hecho la Iglesia; que no seas...
No pudiendo reprimir Cruz su natural imperante y discutidor,
interrumpió al clérigo en esta forma:
—¡Pero si es él, él quien hace escarnio de la fraternidad! Ya van
cuatro meses que no nos hablamos, y si algo le digo, suelta un mugido
y me vuelve la espalda. Hoy por hoy, es más grosero cuando habla que
cuando calla. Y ha de saber usted que, fuera de casa, no me nombra
nunca sin hablar horrores de mí.
—Horrores..., dicharachos—dijo Gamborena un tanto distraído ya del
asunto, y agarrando su sombrero con una decisión que indicaba propósito
de salir.—Hay una clase de maledicencia que no es más que hábito de
palabrería insubstancial. Cosa mala; pero no pésima; efervescencia
del conceptismo grosero, que á veces no lleva más intención que la de
hacer gracia. En muchos casos, este vicio maldito no tiene su raiz en
el corazón. Yo estudiaré á nuestro salvaje _bajo ese aspecto_, como él
dice, y le enseñaré el uso del bozal, prenda utilísima, á la que no
todos se acostumbran... pero vencida su molestia... ¡ah! concluye por
traer grandes beneficios, no sólo á la lengua, sino al alma... Adiós,
hija mía... No, no me detengo más. Tengo que hacer... Que no, que no
almuerzo, ea. Si puedo, vendré esta tarde á daros un poco de tertulia.
Si no, hasta mañana. Adiós.
Inútiles fueron las carantoñas de la dama ilustre para retenerle.
Quedóse esta un instante en la sacristía, cual si los pensamientos
que el venerable Gamborena expresara en la anterior conversación la
tuvieran allí sujeta, gravitando sobre ella con melancólica pesadumbre.
Desde la muerte lastimosa de Rafael, la tristeza era como huésped
pegajoso en la familia del Águila; la instalación de ésta en el palacio
de Gravelinas, tan lleno de mundanas y artísticas bellezas, fué como
una entrada en el reino sombrío del aburrimiento y la discordia.
Felizmente, Dios misericordioso deparó á la gobernadora de aquel
cotarro, el consuelo de un amigo incomparable, que á la amenidad del
trato reunía la maestría apostólica para todo lo concerniente á las
cosas espirituales, un ángel, un alma pura, una conciencia inflexible,
y un entendimiento luminoso para el cual no tenían secretos la vida
humana ni el organismo social. Como á enviado del Cielo le recibió la
primogénita del Águila cuando le vió entrar en su palacio dos meses
antes de lo descrito, procedente de no se qué islas de la Polinesia,
de Fidji, ó del quinto infierno... léase del quinto cielo. Se agarró
á él como á tabla de salvación, pretendiendo aposentarle en la casa;
y no siendo esto posible atrájole con mil reclamos delicadísimos para
tenerle allí á horas de almuerzo y comida, para pedirle consejo en
todo, y recrearse en su hermosa doctrina, y embelesarse, en fin, con el
relato de sus maravillosas proezas evangélicas.
El primer dato que del padre Luis de Gamborena se encuentra, al
indagar su historia, se remonta al año 53, época en la cual su edad no
pasaba de los veinticinco, y era familiar del Obispo de Córdoba. De su
juventud nada se sabe, y sólo consta que era alavés, de familia hidalga
y pudiente. Tomáronle de capellán los señores del Águila, que le
trajeron á Madrid, donde vivió con ellos dos años. Pero Dios le llamaba
á mayores empresas que la obscura capellanía de una casa aristocrática;
y sintiendo en su alma la avidez de los trabajos heroicos, la santa
ambición de propagar la Fe cristiana, cambiando el regalo por las
privaciones, la quietud por el peligro, la salud y la vida misma por
la inmortalidad gloriosa, decidió, después de maduro examen, partir á
París y afiliarse en cualquiera de las legiones de misioneros con que
nuestra precavida civilización trata de amansar las bárbaras hordas
africanas y asiáticas, antes de desenvainar la espada contra ellas.
No tardó el entusiasta joven en ver cumplidos sus deseos, y afiliado
en una Congregación, cuyo nombre no hace al caso, le mandaron, para
hacer boca, á Zanzíbar, y de allí al vicariato de Tanganika, donde
comenzó su campaña con una excursión al Alto Congo, distinguiéndose
por su resistencia física y su infatigable ardor de soldado de Cristo.
Quince años estuvo en el África tropical, trabajando con bravura
mística, si así puede decirse, hecho un león de Dios, tomando á juego
las inclemencias del clima y las ferocidades humanas, intrépido,
incansable, el primero en la batalla, gran catequista, gran geógrafo,
explorador de tierras dilatadas, de selvas laberínticas, de lagos
pestilentes, de abruptas soledades rocosas, desbravando todo lo que
encontraba por delante para meter la cruz á empellones, á puñados, como
pudiera, en la naturaleza y en las almas de aquellas bárbaras regiones.


V

Enviáronle después á Europa formando parte de una comisión, entre
religiosa y mercantil, que vino á gestionar un importantísimo arreglo
colonial con el Rey de los belgas, y tan sabiamente desempeñó su
cometido diplomático el buen padrito, que allá y acá se hacían
lenguas de la generalidad de sus talentos. «El Comercio—decían,—le
deberá tanto como la Fe.» La Congregación dispuso utilizar de nuevo
aptitudes tan fuera de lo común, y le destinó á las misiones de la
Polinesia. Nueva Zelanda, el país de los Maoris, Nueva Guinea, las
islas Fidji, el archipiélago del estrecho Torres, teatro fueron de
su labor heróica durante veinte años, que si parecen muchos para la
vida de un trabajador, pocos son ciertamente para la fundación, que
resulta casi milagrosa, de cientos de cristiandades (establecimientos
de propaganda y de beneficencia), en las innumerables islas, islotes
y arrecifes, espolvoreados por aquel inmenso mar, como si una mano
infantil se complaciese en arrojar á diestro y siniestro los cascotes
de un continente roto.
Cumplidos los sesenta años, Gamborena fué llamado á Europa. Querían que
descansase; temían comprometer una vida tan útil, exponiéndola á los
rigores de aquel bregar continuo con hombres, fieras y tempestades, y
le enviaron á España con la misión sedentaria y pacífica de organizar
aquí sobre bases prácticas la recaudación de la _Propaganda_. Instalóse
en la casa hospedería de _Irlandeses_, de la cual es histórica hijuela
la Congregación á que pertenecía, y á las pocas semanas de residir en
la villa y Corte, topó con las señoras del Águila, reanudando con la
noble familia su antigua y afectuosa amistad. Á Cruz habíala conocido
chiquitina: tenía seis años cuando él era capellán de la casa. Fidela,
mucho más joven que su hermana, no había nacido aún en aquellas
décadas; pero á entrambas las reconoció por antiguas amigas, y aun por
hijas espirituales, permitiéndose tutearlas desde la primer entrevista.
Pronto le pusieron ellas al tanto de las graves vicisitudes de la
familia durante la ausencia de él, en remotos países, la ruina, la
muerte de los padres, los días de bochornosa miseria, el enlace con
Torquemada, la vuelta á la prosperidad, la liberación de parte de los
bienes del Águila, la muerte de Rafaelito, la creciente riqueza, la
adquisición del palacio de Gravelinas, etc., etc..., con lo cual quedó
el hombre tan bien enterado como si no faltara de Madrid en todo aquel
tiempo de increíbles desdichas y venturosas mudanzas.
Inútil sería decir que ambas hermanas le tenían por un oráculo, y
que saboreaban con deleite la miel substanciosa de sus consejos y
doctrina. Principalmente Cruz, privada de todo afecto por la dirección
especialísima que había tomado su destino en la carrera vital, sentía
hacia el buen misionero una adoración entrañable, toda pureza, toda
idealidad, como expansión de un alma prisionera y martirizada, que
entrevé la dicha y la libertad en las cosas ultraterrenas. Por su
gusto, habríale tenido todo el día en casa, cuidándole como á un niño,
prodigándole todos los afectos que vacantes había dejado el pobre
Rafaelito. Cuando, á instancias de las dos señoras, Gamborena se
lanzaba á referir los maravillosos episodios de las misiones en África
y Oceanía, epopeya cristiana digna de un Ercilla, ya que no de un
Homero que la cantase, quedábanse las dos embelesadas. Fidela como los
niños que oyen cuentos mágicos, Cruz en éxtasis, anegada su alma en una
beatitud mística, y en la admiración de las grandezas del Cristianismo.
Y él ponía, de su copioso ingenio, los mejores recursos para
fascinarlas y hacerles sentir hondamente todo el interés del relato,
porque si sabía sintetizar con rasgos admirables, también puntualizaba
los sucesos con detalles preciosos, que suspendían y cautivaban á
las oyentes. Á poco más, creerían ellas que estaban viendo lo que el
misionero les contaba; tal fuerza descriptiva ponía en su palabra.
Sufrían con él en los pasajes patéticos, con él gozaban en sus triunfos
de la Naturaleza y de la barbarie. Los naufragios, en que estuvo su
vida en inminente riesgo, salvándose por milagro del furor de las
aguas embravecidas, unas veces en las corrientes impetuosas de ríos
como mares, otras en las hurañas costas, navegando en vapores viejos
que se estrellaban contra los arrecifes, ó se incendiaban en medio
de las soledades del Océano; las caminatas por inexploradas tierras
ecuatoriales, bajo la acción de un sol abrasador, por asperezas y
trochas inaccesibles, temiendo el encuentro de fieras ó reptiles
ponzoñosos; la instalación en medio de la tribu, y la pintura de sus
bárbaras costumbres, de sus espantables rostros, de sus primitivos
ropajes; los trabajos de evangelización, en los cuales empleábanse la
diplomacia, la dulzura, el tacto fino ó el rigor defensivo, según los
casos, ayudando al comercio incipiente, ó haciéndose ayudar de él;
las dificultades para apropiarse los distintos dialectos de aquellas
comarcas, algunos como aullidos de cuadrúpedos, otros como cháchara
de cotorras; los peligros que á cada paso surgen, los horrores de las
guerras entre distintas tribus, y las matanzas y feroces represalias,
con la secuela infame de la esclavitud; las peripecias mil de la
lenta conquista, el júbilo de encontrar un alma bien dispuesta para
el Cristianismo en medio de la rudeza de aquellas razas, la docilidad
de algunos después de convertidos, las traiciones de otros y su falsa
sumisión; todo en fin, resultaba en tal boca y con tan pintoresca
palabra la más deleitable historia que pudiera imaginarse.
¡Y qué bien sabía el narrador combinar lo patético con lo festivo, para
dar variedad al relato, que á veces duraba horas y horas! Mal podían
las damas contener la risa oyéndole contar sus apuros al caer en una
horda de caníbales, y las tretas ingeniosas de que él y otros padres se
valieran para burlar la feroz gula de aquellos brutos, que nada menos
querían que ensartarles en un asador, para servirles como _roast-beef_
humano en horribles festines.
Y como fin de fiesta, para que la ardiente curiosidad de las dos damas
quedase en todos los órdenes satisfecha, el misionero cedía la palabra
al geógrafo insigne, al eminente naturalista, que estudiaba y conocía
sobre el terreno, en realidad palpable, las hermosuras del planeta y
cuantas maravillas puso Dios en él. Nada más entretenido que oirle
describir los caudalosos ríos, las selvas perfumadas, los árboles
arrogantes no tocados del hacha del hombre, libres, sanos, extendiendo
su follaje por lomas y llanadas más grandes que una nación de acá; y
después la muchedumbre de pájaros que en aquella espesa inmensidad
habitan, avecillas de varios colores, de formas infinitas, parleras,
vivarachas, vestidas con las más galanas plumas que la fantasía
puede soñar; y explicar luego sus costumbres, las guerras entre las
distintas familias ornitológicas, queriendo todas vivir y disputándose
el esquilmo de las ingentes zonas arboladas. ¿Pues y los monos, y sus
aterradoras cuadrillas, sus gestos graciosos, y su travesura casi
humana para perseguir á las alimañas volátiles ó rastreras? Esto era
el cuento de nunca acabar. Nada tocante á la fauna érale desconocido;
todo lo había visto y estudiado, lo mismo el voraz cocodrilo habitante
en las charcas verdosas, ó en pestilentes cañaverales, que la caterva
indocumentable de insectos preciosísimos, que agotan la paciencia del
sabio y del coleccionista.
Para que nada quedase, la flora espléndida, explicada y descrita con
más sentido religioso que científico, haciendo ver la infinita variedad
de las hechuras de Dios, colmaba la admiración y el arrobamiento de las
dos señoras, que á los pocos días de aquellas sabrosas conferencias,
creían haber visto las cinco partes del mundo, y aun un poquito más.
Cruz, más que su hermana, se asimilaba todas las manifestaciones
espirituales de aquel ser tan hermoso, las agasajaba en su alma para
conservarlas bien, y fundirlas al fin en sus propios sentimientos,
creándose de este modo una vida nueva. Su adoración ardiente y pura
del divino amigo, del consejero, del maestro, era la única flor de una
existencia que había llegado á ser árida y triste; flor única, sí,
pero de tanta hermosura, de fragancia tan fina como las más bellas que
crecen en la zona tropical.


VI

En su opulencia, la familia de Torquemada, ó de San Eloy, para hablar
con propiedad de mundana etiqueta, vivía apartada del bullicio de
fiestas y saraos, desmintiendo fuera de casa su alta posición, si
bien dentro nada existía por donde se la pudiese acusar de mezquindad
ó sordidez. Desde la desastrada muerte de Rafaelito, no supieron las
dos hermanas del Águila lo que es un teatro, ni tuvieron relaciones
muy ostensibles con lo que ordinariamente se llama _gran mundo_. Sus
tertulias, de noche, concretábanse á media docena de personas de gran
confianza. Sus comidas, que por la calidad debían clasificarse entre
lo mejor, eran por el número de comensales modestísimas: rara vez se
sentaban á la mesa, fuera de la familia, más de dos personas. Fiestas,
bailes ó reuniones con música, comistraje ó refresco, jamás se veían
en aquellos lugares tan espléndidos como solitarios, lo que servía de
gran satisfacción al señor Marqués, que con ello se consolaba de sus
muchas desazones y berrinches.
Y pocas casas había, ó hay, en Madrid mejor dispuestas para la
ostentación de las superfluidades aristocráticas. El palacio de
Gravelinas es el antiguo caserón de Trastamara, construído sólidamente
y con dudoso gusto en el siglo XVII, restaurado á fines del XVIII
(cuando la unión de las casas de San Quintín y Cerinola), con arreglo
á planos traídos de Roma, vuelto á restaurar en los últimos años de
Isabel II por el patrón parisiense, y acrecentado con magníficos anexos
para servidumbre, archivo, armería, y todo lo demás que completa
una gran residencia señoril. Claro es que la ampliación de la casa,
después de decretado el acabamiento de los mayorazgos, fué una gran
locura, y bien caro la pagó el último duque de Gravelinas, que era,
por sus dispendios, un desamortizador práctico. Al fin y á la postre,
hubo de sucumbir el buen caballero á la ley del siglo, por la cual la
riqueza inmueble de las familias históricas va pasando á una segunda
aristocracia, cuyos pergaminos se pierden en la obscuridad de una
tienda, ó en los repliegues de la industria usuraria. Gravelinas
acaba sus días en Biarritz, viviendo de una pensioncita que le pasa
el sindicato de acreedores, con la cual puede permitirse algunos
desahoguillos, y aun calaveradas, que le recuerden su antiguo esplendor.
En la parroquia de San Marcos, y entre las calles de San Bernardo y
San Bernardino, ocupa el palacio de Gravelinas, hoy de San Eloy, una
área muy extensa. Alguien ha dicho que lo único malo de esta mansión de
príncipes es la calle en que se eleva su severa fachada. Esta, por lo
vulgar, viene á ser como un disimulo hipócrita de las extraordinarias
bellezas y refinamientos del interior. Pásase, para llegar al ancho
portalón, por feísimas prenderías, tabernas y bodegones indecentes,
y por talleres de machacar hierro, vestigios de la antigua industria
chispera. En las calles lateral y trasera, las dependencias de
Gravelinas, abarcando una extensísima manzana, quitan á la vía pública
toda variedad, y le dan carácter de triste poblachón. Lo único que
allí falta son jardines, y muy de menos echaban este esparcimiento sus
actuales poseedoras, no D. Francisco, que detestaba con toda su alma
todo lo perteneciente al reino vegetal, y en cualquier tiempo habría
cambiado el mejor de los árboles por una cómoda ó una mesa de noche.
La instalación de la galería de Cisneros en las salas del palacio,
dió á éste una importancia suntuaria y artística que antes no tenía,
pues los Gravelinas sólo poseyeron retratos de época, ni muchos
ni superiores, y en su tiempo el edificio sólo ostentaba algunos
frescos de Bayeu, un buen techo, copia de Tiépolo, y varias pinturas
decorativas de Maella. Lo de Cisneros entró allí como en su casa
propia. Pobláronse las anchurosas estancias de pinturas de primer
orden, de tablas y lienzos de gran mérito, algunos célebres en el mundo
del mercantilismo artístico. Había puesto Cruz en la colocación de
tales joyas todo el cuidado posible, asesorándose de personas peritas,
para dar á cada objeto la importancia debida y la luz conveniente, de
lo que resultó un museo, que bien podría rivalizar con las afamadas
galerías romanas Doria Pamphili, y Borghese. Por fin, después de
ver todo aquello, y advirtiendo el jaleo de visitantes extranjeros
y españoles que solicitaban permiso para admirar tantas maravillas,
acabó el gran tacaño de Torquemada por celebrar el _haberse quedado con
el palacio_, pues si como arquitectura su valor no era grande, como
terreno valía un Potosí, y valdría más el día de mañana. En cuanto á
las colecciones de Cisneros y á la armería, no tardó en consolarse
de su adquisición, porque según el dictamen de los _inteligentes_,
_críticos_ ó lo que fueran, todo aquel _género_, _lencería pintada_,
_tablazón con colores_, era de un valor real y efectivo, y bien podría
ser que en tiempo no lejano pudiera venderlo por el triple de su coste.
Tres ó cuatro piezas había en la colección, ¡María Santísima! ante las
cuales se quedaban con la boca abierta los citados críticos; y aun
vino de Londres un _punto_, comisionado por la _National Gallery_,
para comprar una de ellas, ofreciendo la friolerita de quinientas
libras. Esto parecía fábula. Tratábase del _Massaccio_, que en un
tiempo se creyó dudoso, y al fin fué declarado auténtico por una junta
de rabadanes, _vulgo_ anticuarios, que vinieron de Francia é Italia.
¡El _Massaccio_! ¿Y qué era, _ñales_? Pues un cuadrito que á primera
vista parecía representar el interior de una botella de tinta, todo
negro, destacándose apenas sobre aquella obscuridad el torso de una
figura y la pierna de otra. Era el Bautismo de nuestro Redentor: á
éste, según frase del entonces legítimo dueño de tal preciosidad no le
conocería ni la madre que le parió. Pero esto le importaba poco, y ya
podían llover sobre su casa todos los Massaccios del mundo; que él los
pondría sobre su cabeza, mirando el negocio, que no al arte. También
se conceptuaban como de gran valor un Paris Bordone, un Sebastián del
Piombo, un Memling, un beato Angélico y un Zurbarán, que con todo lo
demás, y los vasos, estatuas, relicarios, armaduras y tapices, formaban
para don Francisco una especie de _Américas_ de subido valor. Veía los
cuadros como acciones ú obligaciones de poderosas y bien administradas
sociedades, de fácil y ventajosa cotización en todos los mercados del
orbe. No se detuvo jamás á contemplar las obras de arte ni á escudriñar
su hermosura, reconociendo con campechana modestia que no _entendía
de monigotes_; tan sólo se extasiaba, con detenimiento que parecía de
artista, delante del inventario que un hábil restaurador, ó _rata de
museos_, para su gobierno le formaba, agregando á la descripción, y al
examen crítico é histórico de cada lienzo ó tabla, su valor probable,
previa consulta de los catálogos de extranjeros marchantes, que por
millones traficaban en _monigotes_ antiguos y modernos.
¡Casa inmensa, interesantísima, noble, sagrada por el arte, venerable
por su abolengo! El narrador no puede describirla, porque es el
primero que se pierde en el laberinto de sus estancias y galerías,
enriquecidas con cuantos primores inventaron antaño y ogaño el arte,
el lujo y la vanidad. Las cuatro quintas partes de ella no tenían
más habitantes que los del reino de la fantasía, vestidos unos con
ropajes de variada forma y color, desnudos los otros, mostrando su
hermosa fábrica muscular, por la cual parecían hombres y mujeres de
una raza que no es la nuestra. Hoy no tenemos más que cara, gracias
á las horrorosas vestiduras con que ocultamos nuestras desmedradas
anatomías. Conservábase todo aquel mundo ideal de un modo perfecto,
poniendo en ello sus cinco sentidos la primogénita del Águila, que
dirigía personalmente los trabajos de limpieza, asistida de un ejército
de servidores muy para el caso, como gente avezada á trajinar en
pinacotecas, palacios y otras _Américas_ europeas.
Dígase, para concluir, que la dama gobernadora, al reunir en
apretado amasijo los estados de Gravelinas con los del Águila y los
de Torquemada, no habría creído realizar cumplidamente su plan de
reivindicación, si no le pusiera por remate la servidumbre que á tan
grandiosa casa correspondía. Palacio como aquel, familia tan alcurniada
por el lado de los pergaminos y por el del dinero, no podían existir
sin la interminable caterva de servidores de ambos sexos. Organizó,
pues, la señora, el _personal_, dejándose llevar de sus instintos
de grandeza, dentro del orden más estricto. La sección de cuadras y
cocheras, así como la de cocinas y comedor, fueron montadas sin omitir
nada de lo que corresponde á una familia de príncipes. Y en diferentes
servicios, la turbamulta de doncellas, lacayos y lacayitos, criados
de escalera abajo y de escalera arriba, porteros, planchadoras, etc.,
componían, con las de las secciones antedichas, un ejército que habría
bastado á defender una plaza fuerte en caso de apuro.
Tal superabundancia de criados era lo que principalmente le encendía la
sangre al don Francisco, y si transigía con la compra de cuadros viejos
y de armaduras roñosas, por el buen resultado que podrían traerle en
día no lejano, no se avenía con la presencia de tanto gandul, polilla
y destrucción de la casa, pues con lo que se comían diariamente había
para mantener á medio mundo. Ved aquí la principal causa de lo torcido
que andaba el hombre en aquellos días; pero se tragaba sus hieles, y si
él sufría mucho, no había quien le sufriera. Á solas, ó con el bueno
de Donoso, se desahogaba, protestando de la _plétora de servicio_ y de
que su casa era un _fiel trasunto_ de las oficinas del Estado, llenas
de pasmarotes, que no van allí más que á holgazanear. Bien comprendía
él que no era cosa de vivir á lo pobre, como en casa de huéspedes de á
tres pesetas, eso no. Pero nada de exageraciones, porque _de lo sublime
You have read 1 text from Spanish literature.
Next - Torquemada y San Pedro - 03
  • Parts
  • Torquemada y San Pedro - 01
    Total number of words is 4793
    Total number of unique words is 1808
    31.5 of words are in the 2000 most common words
    43.9 of words are in the 5000 most common words
    50.5 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada y San Pedro - 02
    Total number of words is 4698
    Total number of unique words is 1872
    31.6 of words are in the 2000 most common words
    43.4 of words are in the 5000 most common words
    49.8 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada y San Pedro - 03
    Total number of words is 4817
    Total number of unique words is 1742
    32.0 of words are in the 2000 most common words
    44.8 of words are in the 5000 most common words
    50.9 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada y San Pedro - 04
    Total number of words is 4794
    Total number of unique words is 1640
    35.2 of words are in the 2000 most common words
    47.5 of words are in the 5000 most common words
    54.0 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada y San Pedro - 05
    Total number of words is 4810
    Total number of unique words is 1634
    34.7 of words are in the 2000 most common words
    46.7 of words are in the 5000 most common words
    54.1 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada y San Pedro - 06
    Total number of words is 4768
    Total number of unique words is 1801
    32.9 of words are in the 2000 most common words
    46.3 of words are in the 5000 most common words
    53.2 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada y San Pedro - 07
    Total number of words is 4882
    Total number of unique words is 1605
    34.1 of words are in the 2000 most common words
    47.2 of words are in the 5000 most common words
    53.6 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada y San Pedro - 08
    Total number of words is 4892
    Total number of unique words is 1689
    35.6 of words are in the 2000 most common words
    46.9 of words are in the 5000 most common words
    53.8 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada y San Pedro - 09
    Total number of words is 4910
    Total number of unique words is 1665
    33.5 of words are in the 2000 most common words
    45.5 of words are in the 5000 most common words
    51.5 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada y San Pedro - 10
    Total number of words is 4916
    Total number of unique words is 1592
    33.9 of words are in the 2000 most common words
    47.4 of words are in the 5000 most common words
    53.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada y San Pedro - 11
    Total number of words is 4807
    Total number of unique words is 1557
    38.2 of words are in the 2000 most common words
    50.4 of words are in the 5000 most common words
    56.0 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada y San Pedro - 12
    Total number of words is 4821
    Total number of unique words is 1623
    35.4 of words are in the 2000 most common words
    47.4 of words are in the 5000 most common words
    54.1 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada y San Pedro - 13
    Total number of words is 3254
    Total number of unique words is 1276
    38.7 of words are in the 2000 most common words
    51.1 of words are in the 5000 most common words
    55.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.