Torquemada en la hoguera - 06

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encaminadas á la propagación de las luces. ¿Qué sería del pensamiento
humano si aquel bruto no tuviera la misión de arreglar la tinta de
imprimir, haciéndola más espesa ó más clara según la intensidad que se
quiera dar á la impresión? Cuando los ejemplares de los periódicos
habían sido dados á luz por la máquina; cuando ésta se paraba fatigada
del alumbramiento y hacía rechinar sus tornillos como si le dolieran;
cuando los ejemplares recién nacidos, húmedos, pegajosos y mal olientes,
eran apilados sobre una gran mesa, el vestiglo los doblaba
cariñosamente, les ponía las fajas, les daba la forma con que circulan
por toda la redondez de la tierra, llevando la idea á las más apartadas
regiones, vivificando cuanto existe; los transportaba al correo, los
pesaba, los franqueaba, tratábalos con el cariño de un padre y creía que
él sólo era autor de tanta maravilla.
No se limitaban á esto sus funciones: él pegaba carteles, complaciéndose
sobremanera en vestir de colorines las esquinas de Madrid, coadyuvando
de este modo á una de las grandes cosas de nuestro siglo, que es la
publicidad. Y si tenía un arte especial para poner cataplasmas á las
calles, no era mejor su aptitud para echarse á cuestas enormes resmas de
papel, que allá en su fuero interno consideraba como el alimento, pienso
ó forraje de la máquina. Pues, digo también era insustituíble para
cargar moldes ó formas que llenas de letras desafían los puños de los
hombres más vigorosos; y además le destinaban á traer y llevar original
y pruebas, misión que cumplía puntualmente al presentarse ante el joven
autor de quien hablo, y decirle que venía _á por el artículo_, añadiendo
que hacia mucha falta por estar parados y mano sobre mano los señores
cajistas.
El apuro del autor no es para pintarse, y ved aquí explicado el horror,
la indignación, los escalofríos y trasudores que la presencia del
mocetón de la imprenta le produjo. Era preciso acabar el artículo, y
antes de acabarlo, era menester seguirlo, empresa de dificultad colosal,
por hallarse la imaginación del escritor sin ventura á 100.000 leguas
del asunto. El desdichado mandó al mozo que volviera dentro de un breve
rato; tomó la pluma, y recogiendo sus ideas lo mejor que pudo, después
de trazar muchos garabatos en un papelejo, y mirar al techo cuatro
veces y al papel otras tantas, escribió lo siguiente:
«... Y como sabemos que la opinión pública es la única norma de la
política; como sabemos que los gobiernos que no se guían por la opinión
pública elaboran su propia ruína con la ruína del país, nos decidimos
hoy á alzar nuestra voz para indicar el peligro. El principal error del
Gobierno, preciso es decirlo muy alto, es su empeño en destruir nuestras
instituciones tradicionales, en realizar una _abolición completa de lo
pasado_. ¿Son las conquistas de la civilización incompatibles con la
historia? ¡Ah! El Gobierno se esfuerza en extirpar los restos de la fe
de nuestros padres, de aquella fe poderosa de que vemos exacta expresión
en las soberbias catedrales de la Edad Media, que subsisten y
subsistirán para asombro de las generaciones. ¡Mezquina edad presente!
¡Ah! ¡Cómo se engrandece el ánimo al contemplar las prodigiosas obras
que levantó el sentimiento religioso! ¿El espíritu que de tal manera se
reproduce, no debe conservarse en la sociedad, mediante la acción
previsora de los Gobiernos encargados de velar por los grandes y eternos
principios?»
No bien concluído este párrafo, que á nuestro autor le pareció de
perlas, fué interrumpido por un tremendo golpe que sintió en el hombro.
Alzó los ojos y vió ¡cielos! á un importuno amigo que tenía la mala
costumbre de insinuarse dando grandes espaldarazos y pellizcos.
Aunque el periodista tenía bastante intimidad con el recién venido, en
aquel momento le fué más antipático que si viera en él á un alguacil
encargado de prenderle. Le miró, apartando la vista del artículo,
nuevamente interrunpido, y esperó con paciencia las palabras de su
amigote.

III
El cual era en extremo pesado, y tenía un mirar tan parecido á la
estupefacción inalterable de las estatuas, que al verle y oirle venían á
la memoría los solemnes discursos de las esfinges ó los augurios de
cualquier oráculo ó pitonisa. Hablaba en voz baja y en tono algo
cavernoso, lo que no dejaba de estar en armonía con la amarillez de su
semblante y con los cabellos largos que entrambos lados de la cabeza le
caían. Era además tan lúgubre en su carácter y en sus costumbres, que no
faltaba razón á los que habían dado en llamarle _sepulturero_.
Con el desdichado autor de quien nos venimos ocupando, tenía este hombre
amistad antigua: ambos habían corrido juntos multitud de aventuras, y
sin separarse navegaron por los revueltos golfos del periodismo hasta
encallar en los arrecifes de una oficina, de donde no tardó en
arrojarlos un cambio ministerial, y se embarcaron de nuevo en la prensa
en busca de posición social. Comunicábanse sus desgracias y placeres,
partiendo unos y otros fraternalmente, y se ayudaban en sus respectivas
crisis financieras, haciéndose mutuos empréstitos, y girando el uno
contra el otro cuantiosas letras, á pagar noventa días después del
Juicio final. El lúgubre, principálmente, era un gran Ministro de
Hacienda, y resolvía todos sus apuros por medio de grandes acometidas al
bolsillo del joven escritor, que tenía, entre otras cualidades, la de
despreciar las vanas riquezas.
En cambio de estos servicios, el _sepulturero_ ayudaba en sus amores al
escritor, que era por extremo sensible, idealista de la clase más
anticuada, si bien esto se compensaba por su habilidad en escribir
billetes amorosos, manifestación literaria á que sólo sus artículos
políticos podían igualarse. También se consagraba el otro á tales
entretenimientos; pero en su calidad de gran financiero, jamás le pasó
por las mientes, como al escritorcillo, la insensata idea de casarse.
--Vengo a ponerte sobre aviso--dijo con su hueca, apagada y profunda
voz el lúgubre.--Ha llegado.
Los dos amigos eran asiduos concurrentes á la ópera, y solían amenizar
sus conversaciones con los cantos y romanzas de que tenían llena la
cabeza; y á veces, cuando en el diálogo encajaba bien, soltaban algún
recitativo. Por eso cuando el lúgubre dijo: _Ha venido_, el periodista
cantó con afectación de sobresalto:
--_¿L'incógnito amante della Rossina?_
--_Apunto quello_,--contestó el otro.
--¡Qué contrariedad! ¿Pues no decían que ese hombre no vendría, que
habia ya renunciado á sus proyectos de matrimonio? ¿No estaban, lo mismo
Juanita que su madre, convencidas de que la familia de ese gaznápiro no
podía consentir en semejante boda?
--Ahí verás. Él se ha escapado de su casa y dice que viene resuelto á
dar su blanca mano. Ya sabes que la pécora de Doña Lorenza bebe los
vientos por atraparle, porque parece ha de heredar cuando muera su tía,
el título de Marqués de los Cuatro Vientos. Es rico: Doña Lorenza sabe
de memoria el número de carneros, bueyes y asnos que posee en sus
dehesas _il tuo rivale_, y está loca de contento. Si no casa á su hija
con él, creo que revienta.
--¡Pero Juanita, Juanita!--exclamó el escritor, mirando al
techo.--Juanita no puede ceder á las despóticas exigencias de esa
tarasca de su madre.
--_La ragazza_ te quiere; pero si su madre se emperra en que no, y que
no... Yo creo que de esta vez te quedas con tres palmos de narices.
Cuando todas las contrariedades estaban allanadas, viene ese antiguo
pretendiente, que si no agrada á la hija, agrada á la mamá, y esto
basta. _¡Poverino!_
--¡Quita allá!... yo no lo puedo creer. La chica se resistirá; ha jurado
no tener más esposo que yo.
--Sí. Pero tanto la sermonean.... La madre es una rata de Iglesia;
frecuentan su casa, como sabes, multitud de clérigos que, según dicen,
le tienen trastornado el juicio. Le han llevado el cuento de que tú eres
un revolucionario impío; que insultas á Dios y á la Virgen en tus
artículos; que estás excomulgado, y que debes de tener rabo, como los
judíos. Doña Lorenza, que oye siete misas al día y se confiesa dos veces
por semana, te detesta como si fueras el mismo Judas. Ella infundirá
este odio á su niña, haciéndole creer que eres descendiente de Caifás, y
que se va á condenar si se casa contigo.
--¡Monstruoso, inconcebible!
--Esa familia, chico, es la madriguera del obscurantismo. ¡Qué rancias
ideas y costumbres! En vano un espíritu fuerte, como Juanita, se
esfuerza en romper los nudos de la tutela estúpida con que se la quiere
oprimir. Tendrá que dejarte, y se casará con ese alcornoque, á quien
los clérigos y beatas que pululan en aquella casa, elogian sin cesar,
encomiando sus virtudes, su religiosidad, su grande amor á la causa
carlista y sus inmensos ganados.
--¡Maldito sea el fariseísmo!--exclamó el otro, indignado contra la
teocracia que así se introduce en el seno de las familias para torcer
los más nobles propósitos y amoldarlos á fines mundanos.
Desahogaba su ira en furibundos apóstrofes, anatemas y dicterios,
golpeando la mesa, lívido y descompuesto, cuando sintióse ruido de pasos
y apareció la fatídica estampa del mozo de la imprenta, que volvía en
busca del comenzado fondo.
--¡El artículo!--suspiró nuestro escritor, echando mano á las
cuartillas, mojando la pluma con detestable humor y echando pestes
contra todos los periódicos y todos los clérigos del orbe.
Pasados algunos segundos, pudo fijar sus ideas, y continuó su
interrumpida obra del modo siguiente:
«Meditemos. Si bien es cierto que el Gobierno tiene la misión de velar
por la conservación y prestigio de los principios morales y religiosos,
también está fuera de toda duda que el más grave error en que pueden
incurrir los poderes públicos es apegarse demasiado á las instituciones
pasadas, protegiendo la teocracia y permitiendo que los apóstoles del
obscurantismo extiendan su hipócrita y solapado dominio á toda la
sociedad. ¡Oh! la más espantosa lepra de las naciones es esa masonería
clerical, que, ansiando allegar para su causa mundada toda clase de
recursos, no vacila en apoderarse de la voluntad de las mujeres indoctas
y tímidas para entronizarse mañosamente en las familias, organizarlas á
su manera, intervenir en sus actos más secretos, atar y desatar sus
vínculos, y crear de este modo un influjo universal que, á poco de
extendido, no podrá destruirse sino con una sangrienta hecatombe. ¡Ah!
¡oh! ¡les conocemos bien!
«¿No es notorio para todo el mundo que el actual Gabinete lejos de
oponerse á tan grave mal, hace cuanto está en su mano para que tome
proporciones? ¿No estamos viendo que los órganos del obscurantismo
aplauden todos los actos del Gobierno, y que existe un pacto tácito
entre la teocracia y el poder, una comunidad de aspiraciones tal, que
parecen confundirse los poderes eclesiástico y civil, cual si viviéramos
en los tiempos del más brutal absolutismo? ¡Ah! ¡Es preciso ya decir la
verdad al país! ¡Oh! ¡Es preciso hablar muy alto y poner las cosas en su
lugar, exigiendo la responsabilidad á quien realmente la tenga!»
Aquí se paró el escritor, mil veces desdichado, porque se le acabaron
las ideas; y no pudo _decirla verdad al país_, porque su imaginación no
se apartaba de Juanita, de la impertinente y mojigata mamá, de los
clerizontes y monagos que influían en la casa, de los carneros, bueyes,
cabras y asnos del futuro Marqués de los Cuatro Vientos.

IV
Aprovechándose de este intermedio, trató el lúgubre de entablar de nuevo
el consabido palique.
--Pero la situación no es desesperada--dijo.--Con ingenio puedes vencer
y dejar á ese señor de las vacas y carneros con un palmo de boca
abierta.
--Si yo pudiera.... _Le mié nozze colei meglio á affretare._
--_Io dentr' oggi á finir vo questo affare_.... Mira, tengo un plan....
¿Sabes que me comprometería á arreglar el asunto empleando ciertos
medios...?
--A ver, ¿qué plan, qué medios son esos? Cualesquiera que sean, ponlos
en práctica inmédiatamente. Tú eres hombre de ingenio.
--Pero no basta el ingenio--dijo el lúgubre.
--Para ello es preciso otra cosa... es necesario dinero.
--¡Dinero! _¡Dovizie!_ ¿Pero que papel va á hacer aquí el dichoso
dinero?
--Eso lo veremos. Es un plan vasto y difícil de explicar ahora.
--¿Pero se trata de raptos, escalamientos, sobornos? Todo eso está muy
bien en las novelas de á cuarto la entrega.
--No es nada de eso. Tú has de ser el principal actor en esta trama que
preparo.... Es preciso que me des _guita_ y te sometas á cuanto yo te
mande.
--En cuanto á lo segundo, no veo inconveniente ninguno; lo primero es
mucho más difícil, por una razón muy sencilla....
--Si no se tiene, se busca.
--¡Se busca! _¿e dove, sciagurato?_ Pero explícame tus planes.... Ya me
figuro.... ¿Quieres hacerme pasar por rico...? Hombre, tiene gracia.
--Tú dame el _cumquibus_ y cállate. No es preciso mucho: basta con unos
cuantos miles de reales, cinco ó seis mil.
--¡Cinco ó seis mil! ¡Anda, anda! ¡Si tú supieras cuál es la situación
del tesoro! Chico, yo pensaba pedirte para una cajetilla.
--Pero, hombre, busca bien--dijo el gran financiero con expresión de
angustia, que indicaba lo triste que era para él hallar tan vacío el
bolsillo del contribuyente.--¡Y yo que necesitaba ahora un pico...!
nada más que un piquito.
--¡Piquitos á mí!
--Es una gran contrariedad que te halles en tal situación--dijo el
lúgubre en tono de responso.--Yo que contaba.... Además me había
propuesto sacarte en bien de la aventura y hacer que Doña Lorenza
plantara en la calle al de los Cuatro Vientos, para que tu Juanita....
--¡Maldita sea tu estampa y mi miseria!--exclamó el articulista con
desesperación.--Cuando uno se propone un fin noble y elevado, como es el
del matrimonio, y no puede conseguirlo á causa de un cochino déficit,
reniega de la existencia y....
No pudo concluir la frase, porque ante sus ojos se presentó un espectro
que avanzaba lentamente, con expresión siniestra y aterradora. Aquel
fantasma era el monstruo tipográfico, horrible caricatura de Guttenberg,
que puntual como el diablo cuando suena la hora de llevarse su alma,
venía en busca del condenado artículo.
--¡El artículo! ¡Mal rayo me parta! ¡Es preciso acabarlo!
Y devorado por la ansiedad, trémulo y medio loco, trincó la pluma y
¡hala!
«Fácil es comprender, escribió, que esta situación no puede prolongarse
mucho, por el aflictivo estado de la Hacienda. Los apuros del Erario
son tales, que se nos llena el corazón de tristeza cuando hacemos un
examen detenido de las rentas públicas. Los ingresos disminuyen de un
modo aterrador; aumentan los gastos. Todas las corporaciones carecen de
lo más necesario para cubrir sus atenciones. La miseria cunde por todas
partes, y el ánimo se abate al considerar nuestra situación. Nos es
imposible aspirar á nobles fines, porque en la vida moderna nada puede
lograrse; todas las mejoras materiales y morales son ilusorias cuando el
Estado se halla próximo á una vergonzosa ruina. ¡Ah! Es preciso llamar
sobre esto la atención del país. El Tesoro público está exhausto. La
situación es angustiosa, insostenible, desesperada. ¡Oh! Hay que exigir
la responsabilidad á quien corresponda apartando de la gestión de los
negocios públicos á los hombres funestos....»
No pudo seguir, porque su amigo, que se había asomado al balcón mientras
él escribía, le llamaba con grandes voces.
--¡Ven, ven... _eccola_! Por la calle pasa _la ragazza_ con Doña
Lorenza y el futuro Marquesito. ¡_Oh terribil momento_!
El desdichado escritor levantóse de su asiento, tiró papel y plumas, sin
cuidarse de que _aquellos hombres funestos_ siguieran ó no encargados de
la gestión de los negocios públicos.
Los dos fijaron la vista con ansiosa curiosidad en un grupo que por la
calle iba, compuesto de tres personas, á saber: una vieja por extremo
tiesa y con un aire presuntuoso que indicaba su adoración de todas las
cosas tradicionales y venerandas; una joven, de cuya hermosura no podían
tenerse bastantes datos desde el balcón, si bien no era difícil apreciar
la esbeltez de su cuerpo, su andar airoso y su traje, en que la
elegancia y la modestia habían conseguido hermanarse; y por ultimo, un
mozalbete, cuyo semblante no era fácil distinguir, pues sólo se veía
algo de patillas, su poco de lentes y unas miajas de nariz.
El desesperado articulista estuvo á punto de gritar, de arrojar el
objeto que hallara más á mano sobre la inocente pareja que cruzaba la
calle. Púsose lívido al notar que se hablaban con una confianza parecida
á la intimidad, y hasta le pareció escuchar algunas tiernas y
conmovedoras frases. Apretó los puños y echó por aquella boca sapos y
culebras, apartándose del balcón por no presenciar más tiempo un
espectáculo que le enloquecía. Al volverse, su mirada se cruzó con la
mirada del bruto de la imprenta, que inmóvil en medio de la sala, más
feo, más horrible y siniestro que nunca, reclamaba las nefandas
cuartillas. ¡Nada, nada, á rematar el artículo! Ciego de furor, pálido
como la muerte, trémulo, y con extraviados ojos, se sentó, tomó la pluma
y salpicando á diestra y siniestra grandes manchurrones de tinta,
acribillando el papel con los picotazos de la pluma, enjaretó lo
siguiente:
«Sí: hay que apartar de la gestión de los negocios públicos á esos
hombres funestos, que han usurpado el poder de una manera nunca vista en
los anales de la ambición; á esos hombres inmorales, que han extendido á
todas las esferas administrativas sus viciosas costumbres; á esos
hombres que escarnecen al país con sus improvisadas fortunas. Todo el
mundo ve con indignación los abusos, la audacia, el cinismo de tales
hombres, y nosotros participamos de esa patriótica indignación. ¡Oh! no
podemos contenernos. Señalamos á la execración de todas las gentes
honradas á esos Ministros funestos é inmorales--lo repetimos sin
cesar--que han traído á nuestra patria al estado en que hoy se halla,
irritando los ánimos y estableciendo en todo el país el reinado de la
desconfianza, del miedo, de la cólera, de la venganza. Sí: ¡¡castigo,
venganza!! he aquí las palabras que sintetizan la aspiración nacional en
el actual momento histórico.»
Hubiera seguido desahogando las hieles de su alma, si alguien no le
interrumpiera inopinadamente en aquel crítico momento histórico,
entregándole una carta, cuyo sobre, escrito por mano femenina, le
produjo extraordinaria conmoción. Abrióla con frenesí, rasgando el
papel, y leyó lo que sigue, trazado con lápiz, apresuradamente:
«No puedo pintar mi martirio desde que este alcornoque de los Cuatro
Vientos ha venido de Extremadura, con la pretensión de casarse conmigo.
Mamá es _partidaria de esta solución_, como tu dices; pero yo me
mantengo y me mantendré siempre en la más resuelta oposición. Nada ni
nadie me hará desistir, tontín, y yo te respondo que mi _actitud_,
¡vivan las actitudes! será tan firme, que ha de causarte admiración. El
suplicio de tener que oir las simplezas y ver el antipático semblante de
Cuatro Vientos me dará fuerza para resistir al _sistema arbitrario y á
las medidas preventivas_ de mamá.»
La alegría del autor fué tan grande en aquel _momento histórico_, que
por poco se desmaya en los brazos de su amigo. Recobró repentinamente su
buen humor, volviendo los colores á su rostro demacrado. Pero la
presencia del siniestro gañán de la imprenta, que inmóvil permanecía en
medio de la sala, le hizo comprender la necesidad de concluir su obra,
que reclamaban con furor los irritados cajistas y el inexorable regente.
Tomó la pluma, y con facilidad notoria terminó de esta manera.
«Pero en honor de la verdad, y penetrándonos de un alto espíritu de
imparcialidad, deponiendo pasiones bastardas y hablando el lenguaje de
la más estricta justicia, debemos decir que no tiene el Gobierno toda la
culpa de lo que hoy pasa. Sería obcecación negarle el buen deseo y la
aspiración al acierto. ¡Ah! Su gestión tropieza con los obstáculos que
la insensata oposición de los partidos revolucionarios hace de continuo;
y los males que sufre el país no proceden, por lo general, de las altas
regiones. Todos los Ministros tienen muchísimo talento, y se inspiran ¿á
qué negarlo? en el más puro patriotismo. ¡Ah! nuestro deber es excitar á
todo el mundo para que, por medio de hábiles transacciones, por medio de
sabios temperamentos, puedan el pueblo y el poder hermanarse,
inaugurando la serie de felicidades, de inefables dichas, de
prosperidades sin cuento que la Providencia nos destina.»
Madrid, Abril de 1872.


LA MULA Y EL BUEY
CUENTO DE NAVIDAD

I
Cesó de quejarse la pobrecita; movió la cabeza, fijando los tristes ojos
en las personas que rodeaban su lecho; extinguióse poco á poco su
aliento, y expiró. El Ángel de la Guarda, dando un suspiro, alzó el
vuelo y se fué.
La infeliz madre no creía tanta desventura; pero el lindísimo rostro de
Celinina se fué poniendo amarillo y diáfano como cera; enfriáronse sus
miembros, y quedó rígida y dura como el cuerpo de una muñeca. Entonces
llevaron fuera de la alcoba á la madre, al padre y á los más inmediatos
parientes, y dos ó tres amigas y las criadas se ocuparon en cumplir el
último deber con la pobre niña muerta.
La vistieron con riquísimo traje de batista, la falda blanca y ligera
como una nube, toda llena de encajes y rizos que la asemejaban á espuma.
Pusiéronle los zapatos, blancos también y apenas ligeramente gastada la
suela, señal de haber dado pocos pasos, y después tejieron, con sus
admirables cabellos de color castaño obscuro, graciosas trenzas
enlazadas con cintas azules. Buscaron flores naturales; mas no
hallándolas, por ser tan impropia de ellas la estación, tejieron una
linda corona con flores de tela, escogiendo las más bonitas y las que
más se parecían á verdaderas rosas frescas traídas del jardín.
Un hombre antipático trajo una caja algo mayor que la de un violín,
forrada de seda azul con galones de plata, y por dentro guarnecida de
raso blanco. Colocaron dentro á Celinina, sosteniendo su cabeza en
preciosa y blanda almohada, para que no estuviese en postura violenta, y
después que la acomodaron bien en su fúnebre lecho, cruzaron sus
manecitas, atándolas con una cinta, y entre ellas pusiéronle un ramo de
rosas blancas, tan hábilmente hechas por el artista, que parecían hijas
del mismo Abril.
Luego las mujeres aquellas cubrieron de vistosos paños una mesa,
arreglándola como un altar, y sobre ella fué colocada la caja. En breve
tiempo armaron unos al modo de doseles de iglesia, con ricas cortinas
blancas, que se recogían gallardamente á un lado y otro; trajeron de
otras piezas cantidad de santos é imágenes, que ordenadamente
distribuyeron sobre el altar, como formando la corte funeraria del ángel
difunto, y, sin pérdida de tiempo, encendieron algunas docenas de luces
en los grandes candelabros de la sala, los cuales, en torno á Celinina,
derramaban tristísimas claridades. Después de besar repetidas veces las
heladas mejillas de la pobre niña, dieron por terminada su piadosa obra.

II
Allá, en lo más hondo de la casa, sonaban gemidos de hombres y mujeres.
Era el triste lamentar de los padres, que no podían convencerse de la
verdad del aforismo _angelitos al cielo_, que los amigos administran
como calmante moral en tales trances. Los padres creían entonces que la
verdadera y más propia morada de los angelitos es la tierra; y tampoco
podían admitir la teoría de que es mucho más lamentable y desastrosa la
muerte de los grandes que la de los pequeños. Sentían, mezclada á su
dolor, la profundísima lástima que inspira la agonía de un niño, y no
comprendían que ninguna pena superase á aquélla que destrozaba sus
entrañas.
Mil recuerdos é imágenes dolorosas les herían, tomando forma de
agudísimos puñales que les traspasaban el corazón. La madre oía sin
cesar la encantadora media lengua de Celinina, diciendo las cosas al
revés, y haciendo de las palabras de nuestro idioma graciosas
caricaturas filológicas que afluían de su linda boca como la música más
tierna que puede conmover el corazón de una madre. Nada caracteriza á un
niño como su estilo, aquel genuino modo de expresarse y decirlo todo con
cuatro letras, y aquella gramática prehistórica, como los primeros
vagidos de la palabra en los albores de la humanidad, y su sencillo arte
de declinar y conjugar, que parece la rectificación inocente de los
idiomas regularizados por el uso. El vocabulario de un niño de tres
años, como Celinina, constituye el verdadero tesoro literario de las
familias. ¿Cómo había de olvidar la madre aquella lengüecita de trapo,
que llamaba al sombrero _tumeyo_ y al garbanzo _babancho_?
Para colmo de aflicción, vió la buena señora por todas partes los
objetos con que Celinina había alborozado sus últimos días; y como éstos
eran los que preceden á Navidad, rodaban por el suelo pavos de barro con
patas de alambre; un San José sin manos; un pesebre con el Niño Dios,
semejante á una bolita de color de rosa; un Rey Mago montado en
arrogante camello sin cabeza. Lo que habían padecido aquellas pobres
figuras en los últimos días, arrastradas de aquí para allí, puestas en
ésta ó en la otra forma, sólo Dios, la mamá y el purísimo espíritu que
había volado al cielo lo sabían.
Estaban las rotas esculturas impregnadas, digámoslo así, del alma de
Celinina, ó vestidas, si se quiere, de una singular claridad muy triste,
que era la claridad de ella. La pobre madre, al mirarlas, temblaba toda,
sintiéndose herida en lo más delicado y sensible de su íntimo ser.
¡Extraña alianza de las cosas! ¡Cómo lloraban aquellos pedazos de barro!
¡Llenos parecían de una aflicción intensa, y tan doloridos, que su vista
sola producía tanta amargura como el espectáculo de la misma criatura
moribunda, cuando miraba con suplicantes ojos á sus padres y les pedía
que le quitasen aquel horrible dolor de su frente abrasada! La más
triste cosa del mundo era para la madre aquel pavo con patas de alambre
clavadas en tablilla de barro, y que en sus frecuentes cambios de
postura había perdido el pico y el moco.

III
Pero si era aflictiva la situación de espíritu de la madre, éralo mucho
más la del padre. Aquélla estaba traspasada de dolor; en éste, el dolor
se agravaba con un remordimiento agudísimo. Contaremos brevemente el
peregrino caso advirtiendo que esto quizás parecerá en extremo pueril á
algunos, pero á los que tal crean, les recordaremos que nada es tan
ocasionado á puerilidades como un íntimo y puro dolor, de esos en que no
existe mezcla alguna de intereses de la tierra, ni el desconsuelo
secundario del egoísmo no satisfecho.
Desde que Celinina cayó enferma, sintió el afán de las poéticas fiestas
que más alegran á los niños: las fiestas de Navidad. Ya se sabe con
cuánta ansia desean la llegada de estos risueños días, y cómo les
trastorna el febril anhelo de los regalitos, de los nacimientos, y las
esperanzas del mucho comer y del atracarse de pavo, mazapan, peladillas
y turrón. Algunos se creen capaces, con la mayor ingenuidad, de embuchar
en sus estómagos cuanto ostentan la Plaza Mayor y calles adyacentes.
Celinina, en sus ratos de mejoría, no dejaba de la boca el tema de la
Pascua; y como sus primitos, que iban á acompañarla, eran de más edad y
sabían cuanto hay que saber en punto á regalos y nacimientos, se
alborotaba más la fantasía de la pobre niña oyéndoles, y más se
encendían sus afanes de poseer golosinas y juguetes. Delirando, cuando
la metía en su horno de martirios la fiebre, no cesaba de nombrar lo que
de tal modo ocupaba su espíritu, y todo era golpear tambores, tañer
zambombas, cantar villancicos. En la esfera tenebrosa que rodeaba su
mente, no había sino pavos haciendo _clau clau_; pollos que gritaban
_pío pío_; montes de turrón que llegaban al cielo formando un Guadarrama
de almendras; nacimientos llenos de luces y que tenían lo menos
cincuenta mil millones de figuras; ramos de dulce, árboles cargados de
cuantos juguetes puede idear la más fecunda imaginación tirolesa; el
estanque del Retiro lleno de sopa de almendras; besugos que miraban á
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