Torquemada en la cruz - 06

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positivista...; es que me duele verle á usted achicarse tanto...»
Como D. Francisco no rezongaba, clavados sus ojos en el suelo cual si
tomara nota de las rayas de las baldosas, arrancóse el otro á mayores
claridades, y allá por la esquina de Cedaceros paróse otra vez en
firme, y con gallardía rasgó el velo en esta forma:
—Ea, basta de jugar á la gallina ciega con nuestras intenciones, Sr.
D. Francisco. ¿Para qué hacemos misterio de lo que debe ser claro
como la luz? Yo le adivino á usted los sentimientos. ¿Quiere que le
describa el estado de su ánimo?
—¿Á ver...?
—Pues desde que tuve la honra de hablarle de un delicado asunto...,
vamos, de la conveniencia de tomar estado, la idea ha ido labrando en
usted... ¿Es ó no cierto que desde entonces no cesa usted de pensar
en ello noche y día...?
—Es ciertísimo.
—Usted piensa en ello; pero su descomunal modestia le impide tomar
una resolución. Se cree indigno, ¡oh!, siendo, por el contrario,
digno de las mayores felicidades. Y ahora, cuando planteamos la
cuestión de sacar adelante el pleito famoso; ahora, cuando usted
se dispone á prestar á esa familia un servicio impagable, su
delicadeza viene á remachar el clavo, porque si antes se sentía usted
cohibido como diez, ahora lo está como doscientos mil, y no cesa de
atormentarse con este argumento, que es un verdadero sofisma: «Yo,
que me creo indigno de aspirar á la mano, _etcétera_..., ahora que,
por venir las cosas rodadas, les presto este servicio, _etcétera_,
menos puedo pensar en casorio, porque creerían ellas y el mundo,
_etcétera_, que vendo el favor ó que compro la mano, _etcétera_...»
¿Es esto, sí ó no, lo que piensa el amigo Torquemada?
—Eso mismísimo.
—Pues me parece una tontería mayúscula, Sr. D. Francisco de mi alma,
que usted sacrifique sentimientos nobilísimos ante el ídolo de una
delicadeza mal entendida.
Dijo esto con tanta gallardía, que á Torquemada le faltó poco para
que la emoción le hiciera derramar lágrimas.
—Es que..., diré á usted..., yo..., como soy así..., no me ha gustado
nunca ser _mayúsculo_, vamos al decir, picar más alto de lo que
debo. Cierto que soy rico; pero...
—¿Pero qué?
—Nada, no digo nada. Dígaselo usted todo...
—Ya sé lo que usted teme: la diferencia de clases, de educación, los
timbres nobiliarios... Todo eso es música en los tiempos que corren.
¿Se le ha pasado por las mientes que sería rechazado?...
—Sí, señor... Y este cura, aunque de cepa humilde y no muy fuerte en
finuras de sociedad, porque no ha tenido tiempo de aprenderlas, no
quiere que nadie le desprecie, ¡cuidado!
—Y la pobreza de ellas le cohibe más, y dice usted: «no vayan á creer
que porque son pobres les hago la forzosa...»
—Justo... Parece que anda usted por dentro de mí con un farolito,
registrando todas las incumbencias y _sofismas_ que me andan por los
rincones del alma.
Aproximábanse á la Puerta del Sol, donde habían de separarse, porque
Donoso vivía hacia Santa Cruz, y el camino de Torquemada era la calle
de Preciados. Fué preciso abreviar la conferencia, porque á entrambos
les picaba la necesidad, y en su imaginación veían el santo garbanzo.
—No hay para qué decir—indicó Donoso—que he hablado por cuenta propia
antes y ahora, y que jamás, jamás, puede creerlo, hemos tocado esta
cuestión las señoras y yo... Debo recordar además que la pobre doña
Lupe, que en gloria esté, abrigaba este proyecto...
—Sí que lo abrigaba—replicó D. Francisco, encantado de la frase
_¡abrigar un proyecto!_
—Algo me dijo á mí.
—Y á mí. Como que me volvió loco el día de su defunción.
—En ella debió de ser manía, y me consta que indicó á las señoras...
—Las cuales no me conocían entonces.
—Justo; ni yo tampoco. Ahora nos conocemos todos, y yo, amigo D.
Francisco, me voy á permitir...
—¿Qué cosa?
—Me voy á permitir proponer á usted que ponga el asunto en mis manos.
¿Cree que seré buen diplomático?
—El mejor que ha echado Dios al mundo.
—¿Cree que sabré dejar á salvo la dignidad de todos en caso de
aceptación y en caso de repulsa?
—¿Pues qué duda tiene?
—Ea... No hay más que hablar por ahora. Adiós, que es tarde.
Se despidió con un fuerte apretón de manos, y no había andado seis
pasos, cuando D. Francisco, que perplejo quedó en la esquina de
Gobernación, sintióse asaltado de una duda punzante... Quiso llamar
á su amigo; pero éste se había perdido ya entre la muchedumbre. El
tacaño se llevó las manos á la cabeza, formulando esta pregunta:
«¿Pero... con cuál?» Porque Donoso hablaba siempre en plural: _las
señoras_. ¿Acaso pretendía casarle con las dos? ¡Demonio, la duda era
para volver loco á cualquiera! Lanzándose intrépido en el torbellino
de la Puerta del Sol, y haciendo quiebros y pases para librarse
de los tranvías y evitar choques con los transeuntes, interrogaba
mentalmente la esfinge de su destino: «¿Pero con cuál, ¡ñales!, con
cuál...?»


XVI

Le faltó ánimo aquella noche para acudir á la tertulia; porque si á
D. José le tentaba el demonio y _planteaba la cuestión_ allí, cara
á cara, ¿debajo de qué silla ó de qué mesa se metería él? Y no se
achicaba, no; después de lo hablado con Donoso, tan hombre era él
como otro cualquiera. Pues qué, ¿el dinero, la posición, no suponen
nada? ¿No se compensaba una cosa con otra, es decir, la democracia
del origen con la aristocracia de las talegas? ¿Pues no habíamos
convenido en que los santos cuartos son también aristocracia? ¿Y
acaso acaso las señoritas del Águila venían en línea recta de algún
Archipámpano ó del Rey de Babilonia? Pues si venían que vinieran. El
cuento era que á la hora presente no tenían sobre qué caerse muertas,
y su propiedad era... lo que las personas bien habladas llaman _un
mito_..., un pleito que se ganaría allá para la venida de los higos
chumbos. ¡Ea, nada de repulgos ni de hacerse el chiquitín! Bien
podían las tales darse con un canto en los pechos, que brevas como él
no caían todas las semanas. ¿Pues á qué más podían aspirar? ¿Había
de venir el hijo mayor del Emperador de la China á pedir por esposa
á Crucita, ya llena de canas, ó á Fidelita, con los dientes afilados
de tanta cáscara de patata como roía? ¡Ay, ya iba él comprendiendo
que valía más de lo que pesaba! ¡Fuera modestia, fuera encogimientos,
que tenían por causa el no dominar la palabra y el temor de decir un
disparate que hiciera reir á la gente! No se reirían, no; que gracias
á su aplicación ya había cogido sin fin de términos, y los usaba con
propiedad y soltura. Sabía encomiar las cosas diciendo muy á cuento:
_excede á toda ponderación_. Sabía decir: _si yo fuera al Parlamento,
nadie me ganaría en poner los puntos sobre las íes_. Y aunque
no supiera, ¡ñales!, su pesquis para los negocios, su habilidad
maravillosa para sacar dinero de un canto rodado, su economía, su
formalidad, su pureza de costumbres, ¿no valían nada? Á ver, que
le sacaran á relucir algún vicio. Él ni bebida, él ni mujeres, él
ni juego, él ni tan siquiera el inofensivo placer del tabaco. Pues
entonces..., ¿por qué le habían de rechazar? Al contrario, verían
el cielo abierto, y creerían que el Santísimo y toda su corte se
les entraba por las puertas de la casa. Razonando de este modo se
tranquilizó, llenándose de engreimiento y de confianza en sí mismo.
Pero luego volvía la terrible duda: «¿Con cuál, Señor, con cuál?»
En un tris estuvo, por la mañana, que escribiera una esquelita
á D. José Donoso rogándole que le sacara de aquella enfadosa
incertidumbre. Pero no lo hizo. ¿Para qué, si pronto había de
despejarse la incógnita? Al fin, como las señoras mandaran recado á
su casa preguntando por su salud (con motivo de haber hecho rabona en
la tertulia de la noche precedente), no tuvo el hombre más remedio
que ir. Casi casi lo deseaba. ¡Qué miedo ni qué ocho cuartos! Cada
uno es cada uno. Si le rechazaban, ellas se lo perdían. Por mucho
que se les subiera á la cabeza el humillo de la vanidad, no dejarían
de comprender que de hombres como él entran pocos en libra... ¡Y á
fe que estaban los tiempos para reparillos y melindres!... _Sin ir
más lejos_, véase á la Monarquía transigiendo con la democracia,
y echando juntos un piscolabis en el bodegón de la política
representativa. ¿Y este ejemplo no valía? Pues allá iba otro. La
aristocracia, árbol viejo y sin savia, no podía ya vivir si no lo
_abonaba_ (en el sentido de _estercolar_) el pueblo enriquecido. ¡Y
que no había hecho flojos milagros el sudor de pueblo en aquel tercio
de siglo! ¿No andaban por Madrid arrastrados en carretelas muchos á
quienes él y todo el mundo conocieron vendiendo alubias y bacalao ó
prestando á rédito? ¿No eran ya senadores vitalicios y consejeros del
Banco muchos que allá en su niñez andaban con los codos rotos, ó que
pasaron hambres por juntar para unas alpargatas? Pues bien: á ese
_elemento_ pertenecía él, y era un nuevo ejemplo del _sudor de pueblo
fecundando_... No sabía concluir la frase.
Esto pensaba al subir la escalera de la casa de sus amigas, casi casi
podía decir de sus mujeres; pues no pudiendo discernir en su agitada
mente cuál de las dos le tocaría, se le representaba el matrimonio
dando una mano á cada una. Abrióle Cruz, que le llevó á la sala, como
si quisiera hablarle á solas. «Esto de enchiquerarme en la sala—pensó
Torquemada—me huele á _manifestaciones_. Ya tenemos la pelota en el
tejado.»
En efecto, Cruz, que había llevado á la salita la lámpara que de
ordinario alumbraba la tertulia en el gabinete, le acorraló allí
para _manifestarle_ con fría urbanidad que el señor de Donoso _les_
(¡siempre el plural!) había hablado de un asunto, cuya importancia
ni á ellos ni al señor de Torquemada se podía ocultar. Inútil decir
que las señoras se sentían honradísimas con la... indicación...
No era aún más que indicación; pero luego vendría la proposición.
Honradísimas, naturalmente. Agradecían con toda su alma el nobilísimo
rasgo... (_rasgo_ nada menos) de su noble amigo, y estimaban sus
nobles sentimientos (tanta nobleza empalagaba ya) en lo mucho que
valían. Mas no era fácil dar respuesta categórica hasta que no pasara
algún tiempo, pues cosa tan grave debía mirarse mucho y pesarse...
Así convenía á la dignidad de todos. Contestó D. Francisco en frases
entrecortadas y rápidas, sin decir nada en substancia, sino que
él _abrigaba la convicción de_..., y que él había hecho aquellas
_manifestaciones_ al señor de Donoso movido de la lástima...,
no, movido de un sentimiento... nobilísimo... (ya todos éramos
nobilísimos); que su deseo de ser grato á las señoras del Águila
_excedía á toda ponderación_...; que se tomaran todo el tiempo que
quisieran para pensarlo, pues así le gustaban á él las cosas, bien
pensaditas y bien mediditas...; que él era muy sentado, y _evacuaba_
siempre despacito y con toda mesura los asuntos de responsabilidad.
Breve fué la conferencia. Dejóle solito un instante la señora, y él
se paseó agitadísimo por la angosta sala, otra vez atormentado por
aquella duda, que ya se iba volviendo del género cómico, de un cómico
verdaderamente sainetesco. Fué á dar ante el espejo, y al ver su
imagen no pudo menos de increparse con saña: «¡Pero hombre, si serás
burro que todavía no sabes con cuál ha de ser!... Pedazo de congrio,
pregúntalo, pregúntalo, que es ridículo ignorarlo á estas alturas...,
aunque también preguntarlo es gran mamarrachada, ¡ñales!»
La entrada del señor de Donoso puso fin á estas _manifestaciones_
internas, y no tardaron los cinco personajes en hallarse reunidos
en el próximo gabinete, las señoras próximas á la luz, D. Francisco
junto al ciego y Donoso allá en la marquesita del ángulo, apartado
como en señal de veneración, para que sus palabras, teniendo que
recorrer un espacio relativamente largo, resonaran con mayor
solemnidad. Perdido ya el miedo, Torquemada, si le pinchan, arroja
en medio de la noble sociedad su pregunta explosiva: «Conque á ver,
sepamos, señoras mías, con cuál de ustedes me voy á casar yo.» Pero
no hubo nada de esto, porque ni alusiones remotísimas se hicieron
al peliagudo caso; y por más atención que puso, no pudo descubrir
el avaro ninguna novedad en el rostro de las dos damas, ni síntoma
alguno de emoción. ¡Cosa más rara! Porque lo natural era que
estuviese _emocionada_ la que... la que _fuese_. En Cruz, únicamente
podía observarse un poco de animación; en Fidela, quizás, quizás un
poco más de palidez. Amables como siempre las dos señoritas, no le
dijeron al pretendiente nada que él no supiera; de lo que dedujo que
no les importaba un comino el casorio, ó que disimulaban la procesión
que les andaba por dentro. Lo que sí pudo notar D. Francisco, fué
que á Rafael no hubo medio de sacarle del cuerpo una palabra en toda
la velada. ¿Cuál sería el motivo de que estuviese el bendito joven
tan tétrico y metido en sí? ¿Tendría relación aquella..., ¿cómo se
decía?..., ¡ah!, _actitud_..., aquella actitud con el proyectado
casorio? Puede que no, porque probablemente nada le habrían dicho sus
hermanas.
Cruz siempre afable, guardando la distancia, señora neta y de calidad
superior; Fidela más corriente, tendiendo á la familiaridad festiva,
con leves atrevimientos y mayor flexibilidad que su hermana en la
conversación. Tales fueron aquella noche, como la anterior, como
siempre; mas por lo tocante al _materialismo_ de aquel proyecto
que alborotaba el espíritu y los nervios de Torquemada, fueron
un par de jeroglíficos á cual más enigmático é indescifrable. Ya
le iba cargando á D. Francisco tanto repulgo, tanto fruncido de
labios, marcando la indiferencia, y tanto escoger y recalcar las
palabras más sosas y que no decían carne ni pescado. Deseaba que
terminase la tertulia para salir de estampía y desahogarse con D.
José... ¡Ah, gracias á Dios que se acababa al fin! «Buenas noches...
Conservarse...» En la escalera no quiso decir nada, porque las
señoras, que salían de faroleras, podían oir. Pero en cuanto llegaron
á la calle, cuadróse el hombre, y allí fué el estallar de su cólera,
con la grosería que informaba su ser efectivo anterior y superior á
los postizos de su artificiosa metamorfosis.
—¿Me quiere usted decir qué comedia de puñales es ésta?
—¡Pero D. Francisco...!
—Si se han enterado, ¡me caigo en la mar!, ¿por qué tanta tiesura?
¡Vaya que ni tan siquiera darle á entender á uno que les retoza un
poco de alegría por el cuerpo!...
—¡Pero D. Francisco...!
—Y sobre todo, y esto es lo que más me revienta..., dígame, dígamelo
pronto... ¿Con cuál de las dos me caso?... El demonio me lleve si lo
entiendo... ¡Puñales y la Biblia en pasta!
—Moderación, mi querido D. Francisco. Y parta del principio de que yo
no intervengo si...
—Yo no parto de más principio ni de más postre, ¡cuerno!, sino del
saber ahora mismo...
—¿Con cuál...?
—¡Sí, con _cuála_! Sépalo yo con cien mil gruesas de demonios y con
la Biblia en pasta...
—Pues... no lo sé yo tampoco todavía. Estamos en lo más delicado de
las negociaciones, y si no me confirma sus poderes plenos, aguardando
con moderación y calma lo que resulte, me desentiendo, y nombre usted
otro... legado pontificio (_echándose por lo festivo_), ó trate usted
directamente con la potencia.
—¡Mecachis con la potencia! Yo creía..., vamos..., parecía natural
(_calmándose_) que lo primero fuera saber cuál es la rama en que á
uno le cuelgan... De modo que...
—Nada puedo decir aún sobre ese particular, cuya importancia soy el
primero en reconocer.
—Apañado estoy... Ya debe comprender que tengo razón... _hasta cierto
punto_, y que otro cualquiera, _en igualdad de circunstancias_...
Al ver que se ponía otra vez la máscara de finura, Donoso le tuvo por
vencido, y le encadenó más diciéndole:
—Repito que si mis gestiones no le acomodan, ahí va mi dimisión de
ministro plenipotenciario...
—¡Oh, no, no!... No la admito, no debo admitirla..., ¡cuidado! Es
más, suplico á usted que la retire...
—Queda retirada. (_Palmetazo en el hombro._)
—Dispénseme si se me fué un poco la burra...
—Dispensado, y tan amigos como antes.
Separáronse en la Red de San Luis, y Torquemada se fué rezongando;
aún repercutían en su interior los ecos de la tempestad, mal sofocada
por la fascinación que D. José Donoso ejercía sobre él.


SEGUNDA PARTE


I

Levantábase Cruz del Águila al amanecer de Dios, y comúnmente se
despertaba un par de horas antes de dejar el lecho, quedándose en una
especie de éxtasis económico, discurriendo sobre las dificultades
del día y sobre la manera de vencerlas ó sortearlas. Contaba una y
otra vez sus escasos recursos, persiguiendo el problema insoluble
de hacer de dos tres y de cuatro cinco, y á fuerza de revolver en
su caldeado cerebro las fórmulas económicas, lograba dar realidad
á lo inverosímil y hacer posible lo imposible. Con estos cálculos
entremezclaba rezos modulados maquinalmente, y las sílabas de
oraciones se refundían en sílabas de cuentas... Su mente volvíase
de cara á la Virgen, y se encontraba con el tendero. Por fin, la
voluntad poderosa ponía término al balance previo del día, todo
fatigas, cálculos y súplicas á la divinidad, porque era forzoso
descender al campo de batalla, á la lucha con el destino en el
terreno práctico, erizado de rocas y cortado por insondables abismos.
Y no sólo era general en jefe en aquella descomunal guerra, sino el
primero y el más bravo de los soldados. Empezaba el día, y con el
día el combate, y así habían transcurrido años sin que desmayara
aquella firme voluntad. Midiendo el plazo, larguísimo ya, de su
atroz sufrimiento, se maravillaba la ilustre señora de su indomable
valor, y concluía por afirmar la infinita resistencia del alma
humana para el padecer. El cuerpo sucumbe pronto al dolor físico; el
alma intrépida no se da por vencida, y aguanta el mal en presiones
increíbles.
Era Cruz el jefe de la familia con autoridad irrecusable; suya la
mayor gloria de aquella campaña heroica, cuyos laureles cosecharía en
otra vida de reparación y justicia; suya también la responsabilidad
de un desastre, si la familia sucumbía devorada por la miseria.
Obedecíanla ciegamente sus hermanos, y la veneraban, viendo en ella
un ser superior, algo como el Moisés que les llevaba al través
del desierto, entre mil horrendas privaciones y amarguras, con la
esperanza de pisar al fin un suelo fértil y hospitalario. Lo que Cruz
determinaba, fuese lo que fuese, era como artículo de fe para los
dos hermanos. Esta sumisión facilitaba el trabajo de la primogénita,
que en los momentos de peligro maniobraba libremente sin cuidarse de
la opinión inferior, pues si ella hubiera dicho un día: «no puedo
más; arrojémonos los tres abrazaditos por la ventana», se habrían
arrojado sin vacilar.
El uso de sus facultades en empeños tan difíciles, repetidos un día
y otro, escuela fué del natural ingenio de Cruz del Águila, y éste
se le fué sutilizando y afinando, en términos que todos los grandes
talentos que han ilustrado á la humanidad en el gobierno de las
naciones eran niños de teta comparados con ella. Porque aquello era
gobernar: lo demás es música; era hacer milagros, porque milagro es
vivir sin recursos; milagro mayor cubrir decorosamente todas las
apariencias, cuando en realidad, bajo aquella costra de pobreza
digna, se extendía la llaga de una indigencia lacerante, horrible,
desesperada. Por todo lo cual, si en este mundo se dieran diplomas
de heroísmo y se repartieran con justicia títulos de eminencia en el
gobernar, el primer título de gran ministra y el diploma de heroína
debían ser para aquella hormiga sublime.
Cuando se hundió la casa del Águila, los restos del naufragio
permitieron una vida tolerable por espacio de dos años. La
repentina orfandad puso á Cruz al frente de la corta familia, y
como los desastres se sucedían sin interrupción, al modo de golpes
de maza dados en la cabeza por una Providencia implacable, llegó á
familiarizarse con la desdicha: no esperaba bienes; veía siempre
delante la cáfila de males aguardando su turno para acercarse con
espantosa cara. La pérdida de toda la propiedad inmueble la afectó
poco: era cosa prevista. Las humillaciones, los desagradables
rozamientos con parientes próximos y lejanos, también encontraron su
corazón encallecido. Pero la enfermedad y ceguera de Rafael, á quien
adoraba, la hizo tambalear. Aquello era más fuerte que su carácter,
endurecido y templado ya como el acero. Tragaba con insensible
paladar hieles sin fin. Para combatir la terrible dolencia realizó
empresas de heroína, en cuyo ser se confundieran la mujer y la
leona; y cuando se hubo perdido toda esperanza no se murió de pena,
y advirtió en su alma durezas de diamante que le permitían afrontar
presiones superiores á cuanto imaginarse puede.
Siguió á la época de la ceguera otra en que la escasez fué tomando
carácter grave. Pero no se había llegado aún á lo indecoroso; y
además, el leal y consecuente amigo de la familia les ayudaba á
sortear el tremendo oleaje. La venta de un título, único resto de la
fortuna del Águila, y de varios objetos de reconocida superfluidad,
permitióles vivir malamente; pero ello es que vivían, y aun hubo
noche en que al recogerse, después de rudos trabajos, las dos
hermanas estaban alegres, y daban gracias á Dios por la ventura
relativa que les deparaba. Esta fué la época que podríamos llamar
de doña Lupe, porque en ella hicieron conocimiento con la insigne
prestamista, que si empezó echándoles la cuerda al cuello, después,
á medida que fué conociéndolas, aflojó, compadecida de aquella
destronada realeza. De los tratos usurarios se pasó al favor benigno,
y de aquí, por natural pendiente, á una amistad sincera, pues doña
Lupe sabía distinguir. Para que no se desmintiera el perverso sino
que hacía de la existencia de las señoras del Águila un tejido de
infortunios, cuando la amistad de doña Lupe anunciaba algún fruto de
bienandanza, la pobre señora hizo la gracia de morirse. Creeríase que
lo había hecho á propósito, por fastidiar.
¡Y en qué mala ocasión le dió á _la de los Pavos_ la humorada de
marcharse al otro mundo! Cuando su enfermedad empezó á presentar
síntomas graves, las Águilas entraban en lo que Torquemada, metido á
hombre fino, habría llamado el _período álgido_ de la pobreza. Hasta
allí habían ido viviendo con mil estrecheces, careciendo no sólo de
lo superfluo en que se habían criado, sino de lo indispensable en
que se crían grandes y chicos. Vivían mal, aunque sin ruborizarse,
porque se comían lo suyo; pero ya se planteaba el dilema terrible
de morir de inanición ó de comer lo ajeno. Ya era llegado el caso
de mirar al cielo, por si caía algún maná que se hubiera quedado en
el camino desde el tiempo de los hebreos, ó de implorar la caridad
pública en la forma menos bochornosa. Si se ha de decir verdad,
este período de suprema angustia se inició un año antes; pero el
leal amigo de la casa, D. José Donoso, lo contuvo, ó lo disimuló
con donativos ingeniosamente disfrazados. Para las señoras, las
cantidades que de las manos de aquel hombre sin par recibían, eran
producto de la enajenación de una carga de justicia; mas no había
tal carga de justicia enajenada, ni cosa que lo valiera. Descubriólo
al fin Crucita, y su consternación no puede expresarse con palabras.
No se dió por entendida con D. José, comprendiendo que éste le
agradecería el silencio.
Habría seguido el buen Donoso practicando la caridad de tapadillo,
si humanamente tuviera medios hábiles para ello. Pero también había
empezado á gemir bajo el yugo de un adverso destino. No tenía hijos;
pero sí esposa, la cual era, sin género alguno de duda, la mujer
más enferma de la creación. En el largo inventario de dolencias que
afligen á la mísera humanidad, ninguna se ha conocido que ella no
tuviera metida en su pobre cuerpo, ni en éste había parte alguna que
no fuese un caso patológico digno de que vinieran á estudiarlo todos
los facultativos del mundo. Más que una enferma, era la buena señora
una escuela de medicina. Los nervios, el estómago, la cabeza, las
extremidades, el corazón, el hígado, los ojos, el cuero cabelludo,
todo en aquella infeliz mártir estaba como en revolución. Con tantos
alifafes, por indefinido tiempo sufridos sin que se vieran señales de
remedio, la señora de Donoso llegó á formarse un carácter especial
de persona soberanamente enferma, orgullosa de su mala salud. De tal
modo creía ejercer el monopolio del sufrimiento físico, que trinaba
cuando le decían que pudiera existir alguien tan enfermo como ella. Y
si se hablaba de tal persona que padecía tal dolor ó molestia, ella,
no queriendo ser menos que nadie, se declaraba atacada de lo mismo,
pero en un grado superior. Hablar de sus dolencias, describirlas con
morosa prolijidad, cual si se deleitara con su propio sufrimiento,
era para ella un desahogo que fácilmente le perdonaban cuantos tenían
la desdicha de oirla; y los de la familia le daban cuerda para que
se despotricara, con aquel dejo vago de voluptuosidad que ponía en
el relato de sus punzadas, angustias, bascas, insomnios, calambres
y retortijones. Su esposo, que la quería entrañablemente, y que ya
llevaba cuarenta años de ver en su casa aquella recopilación de toda
la patología interna, desde los tiempos de Galeno hasta nuestros
días, concluyó por asimilarse el orgullo hipocrático de su doliente
mitad, y no le hacía maldita gracia que se hablase de padecimientos
no conocidos de su Justa, ó que á los de su Justa remotamente se
pareciesen.


II

La primera pregunta que á D. José se hacía en la tertulia de las del
Águila era esta: «Y Justa, ¿cómo ha pasado el día?» Y en la respuesta
había siempre una afirmación invariable, _mal, muy mal_, seguida
de un comentario que variaba cada veinticuatro horas: «Hoy ha sido
la asistolia.» Otro día era la cefalalgia, el bolo histérico, ó el
dolor agudísimo en el dedo gordo del pie. Gozaba Donoso pintando cada
noche con recargadas tintas un sufrimiento distinto del de la noche
anterior. Y si no se hablaba nunca de esperanzas ó probabilidades de
remedio, porque el curarse habría sido quitar á la epopeya de males
toda su majestad dantesca, en cambio siempre había algo que decir
sobre la continua aplicación de remedios, los cuales se ensayaban
por una especie de _dilettantismo_ terapéutico, y se ensayarían
mientras hubiese farmacias y farmacéuticos en el mundo.
Con estas bromas, y el sin fin de médicos que iban examinando,
con más entusiasmo científico que piedad humanitaria, aquella
enciclopedia doliente, los posibles de Donoso se mermaban que era un
primor. Él no hablaba de tal cosa; pero las Águilas lo presumían, y
acabaron por cerciorarse de que también su amigo padecía de ciertos
ahogos. Por indiscreción de un íntimo de ambas familias enteróse Cruz
de que D. José había contraído una deuda, cosa en él muy anómala y
que pugnaba con los hábitos de toda su vida. ¡Y que no pudiera ella
acudir en su auxilio, devolviéndole con creces los beneficios de él
recibidos! Con estas penas, que unos y otros devoraban en silencio,
coincidieron los días de la tremenda crisis económica de que antes
hablé, los crujidos espantosos que anunciaban el principio del fin,
dejando entrever el rostro lívido de la miseria, no ya vergonzante
y pudibunda, sino desnuda, andrajosa, descarada. Ya se notaban en
algunos proveedores de la casa desconfianzas groseras, que hacían
tanto daño á las señoras como si las azotaran públicamente. Ya no
había ni esperanzas remotas de restablecer las buenas relaciones con
el propietario de la casa, ni se veía solución posible al temido
problema. Ya no era posible luchar, y había que sucumbir con
heroísmo, llamar á las puertas de la caridad provincial ó municipal,
si no preferían las nobles víctimas una triple ración de fósforos en
aguardiente, ó arrojarse los tres en cualquier abismo que el demonio
les deparase.
En tan críticos días apareció la solución. ¡La solución! Sí que lo
era, y cuando Donoso la propuso, refrescando memorias de doña Lupe,
que la había propuesto también como una chifladura que hacía reir á
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