Torquemada en la cruz - 01

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TORQUEMADA EN LA CRUZ


NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
POR
B. PÉREZ GALDÓS

TORQUEMADA EN LA CRUZ
10.000

[Ilustración]

MADRID
SUCESORES DE HERNANDO
Calle del Arenal, núm. 11.
1916


Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley. Serán
furtivos los ejemplares que no lleven el sello del autor.

Est. tip. de los Hijos de Tello, Carrera de San Francisco, 4.


TORQUEMADA EN LA CRUZ[*]
[*] Antecedentes: _Fortunata y Jacinta_, _Torquemada en la
hoguera_.


PRIMERA PARTE


I

Pues señor..., fué el 15 de Mayo, día grande de Madrid (sobre este
punto no hay desavenencia en las historias), del año... (esto sí que
no lo sé: averígüelo quienquiera averiguarlo), cuando ocurrió aquella
irreparable desgracia, que, por más señas, anunciaron cometas,
ciclones y terremotos, la muerte de doña Lupe _la de los Pavos_, de
dulce memoria.
Y consta la fecha del tristísimo suceso, porque D. Francisco
Torquemada, que pasó casi todo aquel día en la casa de su amiga y
compinche, calle de Toledo, número... (tampoco sé el número, ni creo
que importe), cuenta que, habiendo cogido la enferma, al declinar la
tarde, un sueñecico reparador que parecía síntoma feliz del término
de la crisis nerviosa, salió él al balcón por tomar un poco el
aire y descansar de la fatigosa guardia que montaba desde las diez
de la mañana, y allí se estuvo cerca de media hora contemplando el
sin fin de coches que volvían de la Pradera, con estruendo de mil
demonios, los atascos, remolinos y encontronazos de la muchedumbre,
que no cabía por las dos aceras arriba, los incidentes propios del
mal humor de un regreso de feria, con todo el vino y el cansancio
del día convertidos en fluido de escándalo. Entreteníase oyendo los
dichos germanescos que, como efervescencia de un líquido bien batido,
burbujeaban sobre el tumulto, revolviéndose con doscientos mil
pitidos de pitos del Santo, cuando...
—Señor—le dijo la fámula de doña Lupe, dándole tan tremendo palmetazo
en el omoplato, que el hombre creyó que se le caía encima el balcón
del piso segundo;—señor, venga, venga acá... Otra vez el accidente.
De ésta me parece que se nos va.
Corrió á la alcoba D. Francisco, y en efecto, á doña Lupe le había
dado la pataleta. Entre el amigo y la criada no la podían sujetar;
trincaba la buena señora los dientes; en sus labios hervía una
salivilla espumosa, y sus ojos se habían vuelto para dentro, como
si quisieran cerciorarse por sí mismos de que ya las ideas volaban
dispersas por esos mundos. No se sabe el tiempo que duraron aquellas
fieras convulsiones. Pareciéronle á D. Francisco interminables, y
que se acababa el día de San Isidro y le seguía una larguísima noche
sin que doña Lupe entrase en caja. Mas no habían sonado las nueve
cuando la buena señora se serenó, quedándose como lela. Diéronle de
un brebaje, cuya composición farmacológica no consta en autos, como
tampoco el nombre de la enfermedad; se mandó recado al médico, y
hallándose la enferma en completa quietud de miembros, precursora de
la del sepulcro, con toda la vida que le restaba asomándose á los
ojos, otra vez vivos y habladores, comprendió Torquemada que su amiga
quería hablarle y no podía. Ligera contracción de los músculos de la
cara indicaba el esfuerzo para romper el lúgubre silencio. La lengua
al fin, pellizcada por la voluntad, se despegó, y allá fueron algunas
frases, que sólo D. Francisco, con su sutil oído y su conocimiento de
cuanto pudiera pensar y decir _la de los Pavos_, podía entender.
—Sosiéguese ahora...—le dijo.—Tiempo tenemos de hablar todo lo que
nos dé la gana sobre esa incumbencia.
—Prométame hacer lo que le dije, D. Francisco—murmuró la enferma
alargando una mano como si quisiera tomar juramento.—Hágalo por
Dios...
—Pero, señora... ¿Usted sabe...? ¿Cómo quiere que...?
—¿Y cree usted que yo, su amiga leal—dijo la viuda de Jáuregui,
recobrando como por milagro toda su facilidad de palabra,—puedo
engañarle? En ningún caso le aconsejaría cosa contraria á sus
intereses; menos ahora, cuando veo las puertas de la eternidad
abiertas de par en par delante de mí..., cuando siento dentro de mi
pobre alma la verdad, sí, la verdad, Sr. D. Francisco, pues desde que
recibí al Señor... Si no me falla la memoria, ha sido ayer por la
mañana.
—No, señora; ha sido hoy, á las diez en punto—replicó él, satisfecho
de rectificar un error cronológico.
—Pues mejor: ¿había yo de engañarle... con el Señor acabadito de
tomar? Oiga la santa palabra de su amiga, que ya le habla desde el
otro mundo, desde la región de..., de la...
Tentativa frustrada de dar un giro poético á la frase.
—Y añadiré que lo que le predico le vendrá de perillas para el cuerpo
y para el alma; como que resultará un buen negocio, y una obra de
misericordia en toda la extensión de la palabra... ¿No lo cree?...
—¡Oh!, yo no digo que...
—Usted no me cree..., y algún día le ha de pesar si no lo hace...
¡Que siento morirme sin que podamos hablar largamente de esta
_peripecia_! Pero usted se eternizó en Cadalso de los Vidrios, y yo
en este camastro consumiéndome de impaciencia por echarle la vista
encima.
—No pensé que estuviera usted tan malita. Hubiera venido antes.
—¡Y me moriré sin poder convencerle!... Don Francisco, reflexione,
haga caso de mí, que siempre le he aconsejado bien. Y para que usted
lo sepa, todo moribundo es un oráculo, y yo muriéndome le digo: Sr.
D. Paco, no vacile un momento, cierre los ojos y...
Pausa motivada por un ligero amago. Intermedio de visita del
médico, el cual receta otra pócima, y al partir, en el recodo del
pasillo, pronostica, con sólo alargar los labios y mover la cabeza,
un desenlace fúnebre. Intermedio de expectación y de friegas
desesperadas. Don Francisco, desfallecido, pasa al comedor, donde en
colaboración con Nicolás Rubín, sobrino de la enferma, despacha una
tortilla con cebolla, preparada por la sirviente en menos que canta
un gallo. Á las doce, doña Lupe, inmóvil y con los ojos vigilantes,
pronunciaba frases de claro sentido, pero sin correlación entre sí,
truncadas, sin principio las unas, sin fin las otras. Era como si
se hubiera roto en mil pedazos el manuscrito de un sabio discurso,
convirtiéndolo en papeletas, que después de bien revueltas en un
sombrero, se iban sacando á semejanza del juego de los estrechos.
Oíala Torquemada con profunda pena, viendo cómo se desbandaban las
ideas en aquel superior talento, palomar hundido y destechado ya.
—Las buenas obras son la riqueza perdurable, la única que, al
morirse una, pasa á la cuenta corriente del cielo... En la puerta
del purgatorio le dan á una una chapa, y luego, el día que se saca
ánima, cantan: «número tantos», y sale la que le toca... La vida
es muy corta. Se muere una cuando cree que todavía está naciendo.
Debieran darle á una tiempo para enmendar sus equivocaciones... ¡Qué
barbaridad! Con el pan á doce y el vino á seis, ¿cómo quieren que
haya virtud? La masa obrera quiere ser virtuosa y no la dejan. Que
San Pedro bendito mande cerrar las tabernas á las nueve de la noche,
y veremos... Voy pensando que el morirse es un bien, porque si una
viviera siempre y no hubiese entierros ni funerales, ¿qué comerían
los ministros del Señor?... Veintiocho y ocho debieran ser cuarenta;
pero no son más que treinta y seis... Eso por andar la aritmética,
desde que el mundo es mundo, tan mal apañada, en manos de maestros de
escuela y de pasantes que siempre tiran á la miseria, á que triunfe
lo poco y lo mucho se... fastidie.
Tuvo un ratito de lucidez, en el cual, mirando cariñosamente
á su compinche, que junto al lecho era un verdadero espantajo
de conmiseración silenciosa, volvió al tema de antes con igual
insistencia: «Mire que me voy persuadida de que lo hará... No, no
menee la cabeza...»
—Pero si no la meneo, mi señora doña Lupe, ó la meneo para decir que
sí.
—¡Oh, qué alegría! ¿Qué ha dicho?
Torquemada afirmaba, sin reparo de falsificar sus intenciones ante un
moribundo. Bien se podía consolar con un caritativo embuste á quien
no había de volver á pedir cuenta de la promesa no cumplida.
—Sí; sí, señora—agregó,—muérase tranquila...; digo, no; no hay
que morirse..., ¡cuidado! Quiero decir, que se duerma con toda
tranquilidad... Conque... á dormirnos tocan.
Doña Lupe cerró los ojos; pero no tardó en abrirlos otra vez,
trayendo con el resplandor de ellos una idea nueva, la última,
recogida de prisa y corriendo, como un bulto olvidado que el viajero
descubre en un rincón en el momento de partir. «¡Si sabré yo lo
que me pesco al recomendarle que se junte con esa familia! Debe
hacerlo por conciencia, y si me apura, hasta por egoísmo. ¿Usted
sabe, usted sabe lo que puede sobrevenir?» Hizo esta pregunta con
tanto énfasis, moviendo ambos brazos en dirección del asustado
rostro del prestamista, que éste se previno para sujetarla, viendo
venir otro delirio con traqueteo epiléptico. «¡Ay!—añadió la señora
clavando en Torquemada una mirada maternal,—yo veo claro lo que ha
de sobrevenir, porque el Señor me permite adivinar las cosas que á
usted le convienen..., y adivino que con su ayuda ganarán mis amigas
el pleito... Como que es de justicia que lo ganen. ¡Pobre familia!
Mi Sr. D. Francisco les lleva la suerte... Arrimamos el hombro,
y pleito ganado. La parte contraria hecha un trapo miserable, y
usted... No, no se han inventado todavía los números con que poder
contar los millones que va usted á tener... ¡Perro, si no lo merece,
por testarudo y por los moños que se pone!... ¡Menudo pleitazo!
Sepa (_bajando la voz, en tono de confidencia misteriosa_), sepa D.
Francisco que cuando lo ganen, poseerán todita la huerta de Valencia,
toditas las minas de Bilbao, medio Madrid en casas y dos terceras
partes de la Habana, en casas también... Ítem, una faja de terreno de
veintitantas leguas de Colmenar de Oreja para allá, y tantas acciones
del Banco de España como días y noches tiene el año; con más siete
vapores grandes, grandes, y la mitad próximamente de las fábricas
de Cataluña... _Ainda mais_: el coche correo de colleras que va de
Molina de Aragón á Sigüenza, un panteón soberbio en Cabra y no sé si
treinta ó treinta y cinco ingenios, los mejorcitos, de la isla de
Cuba...; y añada usted la mitad del dinero que trajeron los galeones
de América, y todo el tabaco que da la Vuelta Abajo y la Vuelta
Arriba y la Vuelta grande del Retiro...»
Ya no dijo más, ó no pudo entender don Francisco las cláusulas
incoherentes que siguieron, y que terminaron en gemidos cadenciosos.
Mientras doña Lupe agonizaba, paseábase en el gabinete próximo, con
la cabeza mareada de tanto ingenio de Cuba y de tanto galeón de
América como le metió en ella, con exaltación de moribunda delirante,
su infeliz amiga.
La cual tiró hasta las tres de la mañana. Hallábase mi hombre en la
sala, hablando con una vecina, cuando entró el clérigo Nicolás Rubín,
y consternado, pero sin perder su pedantería en ocasión tan grave,
exclamó: _Transit_.
—¡Bah, ya descansó la pobrecita!—dijo Torquemada, como dando á la
difunta el parabién por la terminación de su largo padecimiento. No
quiere decir esto que no sintiese la muerte de su amiga: pasados
algunos minutos después de oído aquel lúgubre _transit_, notó un gran
vacío en su existencia. Sin duda doña Lupe le había de hacer mucha
falta, y no encontraría él á la vuelta de una esquina quien con tanta
cordura y desinterés le aconsejase en todos sus negocios. Caviloso
y triste, midiendo con vago mirar del espíritu las extensiones de
aquella soledad en que se quedaba, recorrió la casa, dando órdenes
para lo que restaba que hacer. No faltaron allí parientes, deudos y
vecinas que, con buena voluntad y todo el cariño que se merecía la
difunta, le hicieran los últimos honores, ésta rezando cuanto sabía,
aquélla ayudando á vestirla con el hábito del Carmen. De acuerdo con
el presbítero Rubín, dictó D. Francisco acertadas disposiciones para
el entierro; y cuando estuvo seguro de que todo saldría conforme á
los deseos de la finada y al decoro de la familia y de él mismo, pues
como amigo tan antiguo y principal, al par de la propia familia se
contaba, retiróse á su domicilio, echando suspiros por la escalera
abajo y por la calle adelante. Ya despuntaba la aurora, y aún se
oían, á lo largo de las calles obscuras, pitidos de pitos del
Santo, sonando estridentes por haberse cascado el tubo de vidrio.
Oía también D. Francisco pasos arrastrados de trasnochantes y pasos
ligeros de madrugadores. Sin hablar con nadie ni detenerse en parte
alguna, llegó á su casa en la calle de San Blas, esquina á la de la
Leche.


II

Sin permitirse más descanso que unas cinco horas de catre y hora
y media más para desayuno, cepillar la ropita negra y ponérsela,
calzarse las botas nuevas y _echar un ojo á los intereses_, volvió el
usurero á la casa mortuoria, recelando que no harían poca falta allí
su presencia y autoridad, porque las amigas todo lo embarullaban,
y el sobrino cura no era hombre para resolver cualquier dificultad
que sobreviniese. Por fortuna, todo iba por los trámites ordinarios.
Doña Lupe, de cuerpo presente en la sala, dormía el primer sueño
de la eternidad, rodeada de un duelo discreto y como de oficio.
Los parientes lo habían tomado con calma, y la criada y la portera
mostraban una tendencia al consuelo que había de acentuarse más
cuando se llevasen el cadáver. Nicolás Rubín hociqueaba en su
breviario con cierto recogimiento, entreverando esta santa ocupación
con frecuentes escapatorias á la cocina, para poner al estómago los
reparos que su debilidad crónica y el cansancio de la noche en claro
exigían.
De cuantas personas había en la casa, la que expresaba pena más
sincera y del corazón era una señora que Torquemada no conocía; alta,
de cabellos blancos prematuros, pues su rostro cuarentón y todavía
fresco no armonizaba con la canicie sino en el concepto de que ésta
fuese gracia y adorno más que signo de vejez; bien vestida de negro,
con sombrero que á D. Francisco le pareció una de las prendas más
elegantes que había visto en su vida; señora de aspecto noble _hasta
la pared de enfrente_, con guantes, calzado fino, de pie pequeño,
toda ella pulcra, decente, requetefina, despidiendo de su persona
lo que Torquemada llamaba _olorcillo de aristocracia_. Después de
rezar un ratito junto al cadáver pasó la desconocida al gabinete,
adonde la siguió el avaro deseoso de meter baza con ella, haciéndole
comprender que él, entre tanta gente ordinaria, sabía distinguir lo
fino y honrarlo. Sentóse la dama en un sofá, enjugando sus lágrimas,
que parecían verdaderas, y viendo que aquel estafermo se le acercaba
sombrero en mano, le tuvo por representación de la familia, que hacía
los honores de la casa.
—Gracias—le dijo,—estoy bien aquí... ¡Ay, qué amiga hemos perdido!
Y otra vez lágrimas, á las que contestó el prestamista con un suspiro
gordo, que no le costó trabajo sacar de sus recios pulmones.
—¡Sí, señora, sí, qué amiga, qué _sujeta_ tan excelente!... ¡Como
disposición para el manejo..., pues..., y como honradez á carta
cabal, no había quien le descalzara el zapato! ¡Siempre mirando por
el interés y haciendo todas las cosas como es debido!... Para mí es
una pérdida...
—¿Y para mí?—agregó la dama con vivo desconsuelo.—Entre tanta
tribulación, con los horizontes cerrados por todas partes, sólo doña
Lupe nos consolaba, nos abría un huequecito por donde viéramos lucir
algo de esperanza. Cuatro días hace, cuando creíamos que la maldita
enfermedad iba ya vencida, nos hizo un favor que nunca le pagaremos...
Aquello de _no pagar nunca_ sonó mal en los oídos de Torquemada.
¿Acaso era un préstamo el favor indicado por la aristócrata?
—Cuatro días hace me hallaba yo en mi finca de Cadalso de los
Vidrios—dijo, haciendo una o redondita con dos dedos de la mano
derecha—sin sospechar tan siquiera la gravedad, y cuando me escribió
el sobrino sobre la gravedad, vine corriendo. ¡Pobrecita! Desde el
13 por la noche, su caletre, que siempre fué como un reloj, ya no
marchaba, no, señora. Tan pronto le decía á usted cosas que eran como
los chorros de la verdad, tan pronto salía con otras que el demonio
las entendiera. Todo el día 14 se lo pasó en una tecla, que me habría
vuelto tarumba si no tuviera un servidor de usted la cabeza más
firme que un yunque. ¿Qué locura condenada se le metió en la jícara
barruntándole ya la muerte? Figúrese si estaría tocada la pobrecita,
que me cogió por su cuenta, y después de recomendarme á unas amigas
suyas, á quienes tiene dado á préstamo algunos reales, se empeñaba
en...
—En que usted ampliase el préstamo rebajando intereses...
—No, no era eso. Digo, eso y algo más: una idea estrafalaria, que me
habría hecho gracia si hubiera estado el tiempo para bromas. Pues...
esas amigas de la difunta son unas que se apellidan _Águilas_,
señoras de buenos principios según oí, pobres porfiadas á mi
entender... Pues la matraca de doña Lupe era que yo me había de casar
con una de las Águilas, no sé cuál de ellas, y hasta que cerró la
pestaña me tuvo en el suplicio de _Tártaro_ con aquellos disparates.
—Disparates, sí—dijo la señora gravemente;—pero en ellos se ve la
nobleza de su intención. ¡Pobre doña Lupe! No le guarde usted rencor
por un delirio. ¡Nos quería tanto!... ¡Se interesaba tanto por
nosotras!...
Suspenso y cortado, D. Francisco contemplaba á la señorona sin saber
qué decirle.
—Sí—añadió ésta con bondad, ayudándole á salir del mal paso.—Esas
Águilas somos nosotras, mi hermana y yo. Yo soy el Águila mayor...
Cruz del Águila... No, no se corte; ya sé que no ha querido
ofendernos con eso del supuesto casorio... Tampoco me lastima que
nos haya llamado pobres porfiadas...
—Señora, yo no sabía..., perdóneme.
—Claro, no me conocía, nunca me vió, ni yo tuve el gusto de
conocerle... hasta ahora, pues por las trazas paréceme que hablo con
el señor D. Francisco Torquemada.
—Para servir á usted...—balbució el prestamista, que se habría dado
un bofetón en castigo de su torpeza.—¿Conque usted...? Muy señora
mía, haga cuenta que no he dicho nada. Lo de pobres...
—Es verdad, y no me ofende. Lo de _porfiadas_ se lo perdono: ha sido
una ligereza de esas que se escapan á las personas más comedidas
cuando hablan de lo que desconocen...
—Cierto.
—Y lo del casamiento, tengámoslo por una broma, mejor dicho, por un
delirio de moribundo. Tanto como á usted le sorprende esa idea nos
sorprende á nosotras.
—Y era una idea sola, una idea clavada que le cogía todo el hueco
de la cabeza, y en ella estaba como embutido todo su talento...
¡Y lo decía con un alma! Y era, no ya recomendación, sino un
suplicar, un rogar como se pide á Dios que nos ampare... Y para que
se muriera tranquila tuve que prometerle que sí... ¡Ya ve usted
qué desatino!... Digo que es desatino, en el sentido de... Por lo
demás, como honra para mí, ¡cuidado!, supóngase usted... Pero digo
que para aplacarle el delirio, yo le aseguraba que me casaría, no
digo yo con las señoras Águilas mayores y menores, sino con todas
las águilas y buitres del cielo y de la tierra... Naturalmente,
viéndola tan sofocada no podía menos de avenirme; pero en mi
interior, naturalmente, echaba el pie atrás, ¡caramba!, y no por el
materialismo del matrimonio, que... ya digo... mucha honra es para
mí, sino por razones naturales y respectivas á mí mismo, como edad,
circunstancias...
—Comprendido. Nosotras, si Lupe nos hubiera hablado del caso,
habríamos contestado lo mismo, que sí..., para tranquilizarla, y en
nuestro fuero interno... ¡Oh!... ¡Casarse con...! No es desprecio,
no... Pero respetando, eso sí, respetando á todo el mundo, esas
bromas no se admiten, no, señor, no pueden admitirse... Y ahora, Sr.
D. Francisco...
Levantóse, alargando la mano fina y perfectamente enguantada, que el
avaro cogió con muchísimo respeto, quedándose un rato sin saber qué
hacer con ella.
—Cruz del Águila... Costanilla de Capuchinos, la puerta que sigue á
la panadería..., piso segundo. Allí tiene usted su casa. Vivimos los
tres solos, mi hermana y yo y nuestro hermano Rafael, que está ciego.
—Por muchos años..., digo, no; no sabía que estuviera ciego su
hermanito. Disimule... Á mucha honra...
—Beso á usted la mano.
—Estimando á toda la familia...
—Gracias...
—Y... lo que digo... Conservarse...
Acompañóla hasta la puerta refunfuñando cumplidos, sin que ninguno de
los que imaginó le saliera correcto y airoso, porque el azoramiento
le atascaba las cañerías de la palabra, que nunca fueron en él muy
expeditas.
—¡Valiente plancha acabo de tirarme!—bramó airado contra sí
mismo, echándose atrás el sombrero y subiéndose los pantalones
con movimiento de barriga ayudado de las manos. Maquinalmente se
metió en la sala, sin acordarse de que allí estaba, entre velas
resplandecientes, la difunta; y al verla, lo único que se le ocurrió
fué decirle con el puro pensamiento:
—¿Pero usted..., ¡ñales!, por qué no me advirtió...?


III

Todo aquel día estuvo el avaro de malísimo temple, sin poder apartar
del pensamiento su turbación infantil ante la dama, cuya finura y
aristocrático porte le cautivaban. Era hombre muy pagado de las
buenas formas y admirador sincero de las cualidades que no poseía,
entre las cuales contaba en primer término, con leal modestia, la
soltura de modales y el arte social de los cumplidos. Pensó que la
tal doña Cruz habría bajado la escalera riéndose de él á todo trapo,
y se la imaginaba contando el caso á la otra hermana y partiéndose
las dos de risa, llamándole gaznápiro y... ¡sabe Dios lo que le
llamarían! Francamente, él tenía su puntillo de amor propio como
cualquier hijo de vecino, y su dignidad y todos los perendengues de
un sujeto merecedor de ocupar puesto honroso en la sociedad. Poseía
fortuna suficiente (bien ganadita con su industria) para no hacer
el monigote delante de nadie, y eso de ser él personaje de sainete
no le entraba..., ¡cuidado! Verdad que en el caso de aquel día él
tuvo la culpa, por haber hecho befa de las señoras del Águila,
llamándolas _pobres porfiadas_ en la propia _fisonomía del rostro_
de la mayor de ellas, tan peripuesta, tan _política_, en toda la
extensión de la palabra... ¡Ay!, al recordarlo le subían ardores á
la cara y apretaba los puños. Porque verdaderamente, ya podía haber
sospechado que aquella individua era... quien era. Y sobre todo,
ningún hombre agudo dice cosas en desprecio de nadie delante de
personas desconocidas, porque el diablo las carga, y cuando menos
se piensa salta un compromiso... Hay que mirar lo que se parla, so
pena de no poder meter el cuezo en cotarro de gente fina. «Yo—decía
poniendo término á sus meditaciones, porque había llegado la hora de
la conducción del cuerpo—tengo pesquis, bastante pesquis, comprendo
todo muy bien. Dios no me ha hecho tonto, ni medio tonto, ¡cuidado!,
y entiendo el trasteo de la vida. Pero ello es que no tengo política,
no la tengo; en viéndome delante de una persona principal, ya estoy
hecho un zángano y no sé qué decir ni qué hacer con las manos... Pues
hay que aprenderlo, ¡ñales!, que cosas más difíciles se aprenden
cuando sobran buena voluntad y entendederas... Ánimo, Francisco, que
á nuevas posiciones nuevos modos, y el rico no es bien que haga malos
papeles. ¡Bueno andaría el mundo si los hombres de peso, los hombres
afincados, los hombres de riñón cubierto fueran cuento de risa!...
¡Eso no, no, no!»
En el largo trayecto fúnebre, en la monotonía de aquel paseo perezoso
y triste, los mismos pensamientos le acometieron. Delante veía el
monstruoso y feísimo armatoste del carro mortuorio, con balances de
barco; su cerebro se aletargaba con el rumor lento, sin solución ni
fin, de las llantas de las ruedas rayando el suelo polvoroso de los
mal cuidados caminos. Como unos veinte simones iban detrás del coche
de cabecera, ocupado por D. Francisco, Nicolás Rubín, otro clérigo
y un señor, pariente lejano de doña Lupe, personas las tres que al
usurero le cargaban, y más en aquella ocasión por tenerlas tan cerca
y sin poder zafarse de ellas. No era Torquemada hombre para estar
tanto tiempo embutido en angosto cajón entre tipos que le daban de
cara, y no hacía más que cambiar de postura, apoyándose ya en una, ya
en otra cadera. Le estorbaban sus piernas y las de Nicolás Rubín, su
chistera y la teja del otro cura; le estorbaban el continuo fumar y
la charla de aquellos tres puntos, que no sabían hablar más que del
matute y de lo perdido que andaba el Ayuntamiento.
Sin dignarse arrojar en la conversación más que algún vocablo
afirmativo para que lo royeran como hueso aquellos pelagatos que
no poseían fincas en Cadalso de los Vidrios ni casas en Madrid,
Torquemada seguía tejiendo en su meollo la tela empezada en la casa
mortuoria.
—Lo que digo, no tengo política..., y hay que gastar política para
ponerse á la altura que corresponde. ¿Pero cómo había yo de aprender
nada tocante á la buena forma, si en mi vida he tratado más que con
gente ordinaria?... Esta pobre doña Lupe, que en gloria esté, también
era ordinaria, ¿qué duda tiene? No la ofendo, no, ¡cuidado!; persona
buenísima, con mucho talento, un ojo para los negocios que ya lo
quisieran más de cuatro. Pero, diga ella lo que quiera, y no la
ofendo, lo que es persona fina..., ¡que te quites! Intentaba serlo,
y no le salía..., ¡ñales!, no le salía. Su hipo era ser dama...,
y ¡que si quieres! Aunque se pusiera encima manteletas traídas de
París, resultaba tan dama como mi abuela... ¡Ah!, para damas la de
esta mañana. Aquello sí que es del mismísimo cosechero. Y de nada
le valió á mi amiga mirarse en tal espejo... Ya era tarde, ya era
tarde para aprender... ¡Pobre señora! Como trastienda y disposición,
eso sí, ¡cuidado!, yo soy el primero en reconocer... Pero finura,
tono..., ¡quiá! Si ella, como yo, no trataba más que con gente de
poco más ó menos. ¿Y qué es lo que oye uno al cabo del día? Burradas
y porquerías. Doña Lupe, me acuerdo bien, decía _ivierno_, _áccido_
y _Jacometrenzo_, palabras que, según me ha advertido Bailón, no se
dicen así... No vaya á creer que la ofendo por eso... Cualquiera
equivoca el discurso cuando no ha tenido principios. Yo estuve
diciendo _diferiencia_ hasta el año 85... Pero para eso está el
fijarse, el poner oído á cómo hablan los que saben hablar... El
cuento es que cuando uno es rico, y lo ha sacado á pulso con su
sudor, cavilando aquí, cavilando allá, está muy mal que la gente
se le ría. Los ricos deben dar el ejemplo, ¡cuidado!, así de las
buenas costumbres como de los buenos modos, para que ande derecha
la sociedad y todo lleve el compás debido... Que sean torpes y
mamarrachos los que no tienen sobre qué caerse muertos, me parece
bien. Así hay equidad; eso es lo que llaman equilibrio. Pero que los
acaudalados tiren coces, que los terratenientes y los que pagamos
contribución seamos unos... unos asnos, eso no, no, no.
Aún le duraba la correa de aquella meditación cuando volvían del
cementerio, después de dejar los fríos despojos de la gran hacendista
perfectamente ennichados en uno de los tristísimos patios de San
Justo. Los tres compañeros de coche, volviendo á engolosinarse con
la comidilla del matute, contaban mil cuchufletas acerca del modo
de introducir aceite y de las batallas entre los guardias y toda
la chusma matutera, mientras la imaginación de Torquemada iba en
seguimiento de la señora del Águila, y fluctuaba entre el deseo y el
temor de volverla á ver: deseo, por probar la enmienda de su torpeza
mostrándose menos ganso que en la primera entrevista; temor, porque
sin duda las dos hermanas se soltarían á reir cuando le viesen,
_tomándole el pelo_ en la visita. La más negra era que forzosamente
tenía que visitarlas, por encargo expreso de doña Lupe y obligación
ineludible. Había convenido con su difunta amiga en renovar un pagaré
de las dos damas, añadiendo cierta cantidad. Y el nuevo pagaré no
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