Torquemada en el purgatorio - 14

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bien eran sólidos? Pues era de lo más atroz que imaginarse puede, y
el tacaño se quedó como si sintiera que la casa se venía abajo y le
sepultaba entre sus ruinas.
En el arreglo de la deuda de Gravelinas, el palacio ducal, tasado en
diez millones de reales, era una de las primeras fincas que saldrían
á subasta. Decíase que con dificultad se hallaría comprador, como no
le metiese el diente Monpensier, ó algún otro individuo de la familia
Real, y se gestionaba para que lo adquiriese el Gobierno con destino á
las oficinas de la presidencia. Finca tan hermosa y señoril no podía
ser más que del Estado ó de algún Príncipe. ¡Vaya con las ideas de
aquel demonio en forma femenina, la primogénita del Águila, y oráculo
del hombre práctico y sesudo por excelencia! Júzguese de sus audaces
proyectos por la respuesta que le dió D. Francisco, casi sin aliento,
tragando una saliva más amarga que la hiel.
—¿Pero ustedes se han vuelto locas, ó se han propuesto mandarme á mí á
un manicomio? ¡Que me adjudique el palacio de Gravelinas, esa mansión
de príncipes coronados..., vamos, que lo compre!... Como no lo compre
el Nuncio...
Rompió en una carcajada insolente, que hizo creer á la dama gobernadora
que por aquella vez encontraría en su súbdito resistencias difíciles
de vencer. Sintióse fuerte el tacaño en los primeros momentos, al
desgarrar el hierro sus carnes, y sus resoplidos y puñetazos sobre la
mesa habrían infundido pavor en ánimo menos esforzado que el de Cruz.
—¿Y tú qué dices?—preguntó D. Francisco á su esposa.
—¿Yo?... Pues nada. ¡Pero si en el negocio con la casa del Duque,
comprendido el palacio y las fincas rústicas, has ganado el oro y el
moro! Adjudícate el palacio, Tor, y no te hagas el pobrecito. Vamos, ¿á
que te ajusto la cuenta, y te pruebo que comprándolo tú viene á salirte
por unos seis millones nada más?
—Quita, quita. ¿Qué sabes tú?
—Y en último caso, ¿qué son para tí seis ni diez millones?
Miróla D. Francisco con indignación, balbuciendo expresiones que
más bien parecían ladridos, pero pasado aquel desahogo brutal de su
avaricia, el hombre se desplomó, sintiendo, ante las dos damas, una
cobardía de alimaña indefensa, cogida en trampa imposible de romper.
Cruz vió ganada la batalla, y por consideración al vencido, le
argumentó cariñosamente, ponderándole las ventajas materiales que de
aquella compra reportaría.
—Nada, nada; concluiremos en la miseria...—dijo el avaro con amargo
humorismo.—Desde el campanario de San Bernardino, cuarenta siglos nos
contemplan. Bien, bien; palacitos á mí. ¡Ay, mi casuca de la calle de
San Blas, quién te volviera á ver! Que avisen á la Funeraria; que me
traigan el féretro; yo me muero hoy. Este golpe no lo resisto; ¡que
me muero!... Ya lo dije yo en mi discurso: _esto matará á aquello_...
Y yo pregunto á ustedes, señoras de palacio y corona, ¿con qué vamos
á llenar aquellos inmensos salones, que parecen el Hipódromo, y
aquellas galerías más largas que la Cuaresma?... Porque todo ha de
corresponder...
—Pues... muy sencillo—respondió Cruz tranquilamente.—Ya sabe usted que
ha muerto don Carlos de Cisneros, la semana pasada...
—Sí, señora... ¿y qué?
—Que sale á subasta su galería.
—Una galería, ¿y para qué quiero yo galerías?
—Los cuadros, hombre. Los tiene de primer orden, dignos de figurar en
reales museos.
—¡Y los he de comprar yo...! ¡yo!—murmuró don Francisco, que de tanto
golpe tenía el cerebro acorchado, y estaba enteramente lelo.
—Usted.
—¡Ay, sí, Tor!—dijo Fidela,—me gustan mucho los cuadros buenos. Y que
Cisneros los tenía magníficos, de los maestros italianos, flamencos y
españoles. ¡Pero qué tonto, si eso siempre es dinero!
—Siempre dinero—repitió el tacaño, que se había quedado como idiota.
—Claro: el día en que á usted no le acomoden los cuadros, los vende al
Louvre, ó á la _National Gallery_, que pagarán á peso de oro los de
Andrés de Sarto, Giorgione, Guirlandajo, y los de Rembrandt, Durero y
Van Dick...
—¿Y qué más?
—Para que todo sea completo, adjudíquese usted también la armería del
Duque, de un valor histórico inapreciable; y según he oído, la tasación
es bajísima.
—El _Bajísimo_ ha entrado en mi casa, y ustedes son sus ayudantas. ¡Con
que también armaduras! ¿Y qué voy yo á pintar con tanto hierro viejo?
—Tor, no te burles—dijo Fidela, acariciándole.—Es un gusto poseer esas
preseas históricas, y exponerlas en nuestra casa á la admiración de las
personas de gusto. Tendremos un soberbio Museo, y tú gozarás fama de
hombre ilustrado, de verdadero príncipe de las artes y de las letras;
serás una especie de Médicis...
—¿Un qué?... Lo que yo compraría de buen grado ahora mismo es una
cuerda para ahorcarme. Me lo puedes creer: no me mato por mi hijo.
Necesito vivir para librarle de la miseria, á que le lleváis vosotras,
y de la desgracia que le _acarreáis_.
—Tonto, cállate. Pues mira; yo que tú, me quedaría también con el
archivo de Gravelinas; se lo disputaría al Gobierno, que quiere
comprarlo. ¡Vaya un archivo!
—Como que estará lleno de ratas.
—Manuscritos preciosísimos, comedias inéditas de Lope, cartas
autógrafas de Antonio Pérez, de Santa Teresa, del Duque de Alba y del
Gran Capitán. ¡Oh, qué hermosura! Y luego, códices árabes y hebreos,
libros rarísimos...
—¿Y también eso lo compro?... ¡Ay, qué delicia! ¿Qué más? ¿Compro
también el puente de Segovia, y los toros de Guisando? ¿Con que
manuscritos, quiere decirse, muchas Biblias? Y todo para que vengan á
casa cuatro zánganos de poetas á tomar apuntes, y á decirme que soy muy
ilustrado. ¡Ay, Dios mío, cómo me duele el corazón! Ustedes no quieren
creerlo, y yo estoy muy malo. El mejor día reviento en una de éstas, y
se quedan ustedes viudas de mí, viudas del hombre que ha sacrificado
su natural ahorrativo por tenerlas contentas. Pero ya no puedo más, ya
no más. Lloraría como un chiquillo, si con estos resquemores no se me
hubiera secado el _foco_ de las lágrimas.
Levantóse al decir esto, y estirándose como si quisiera desperezarse,
lanzó un gran bramido, al cual siguió una interjección fea, y tan
pesadamente cayeron después sus brazos sobre las caderas, que de
la levita le salió polvo. Todavía hubo de rebelarse en los últimos
pataleos de su voluntad vencida y moribunda, y encarándose con Cruz le
dijo:
—Esto ya es una picardía... ¡Saquearme así, _dilapidar_ mi dinero
estúpidamente! Quiero consultar esta socaliña con Rafael, sí, con ese,
que parecía el más loco de la familia, y ahora es el más cuerdo. Se
ha pasado á mi partido, y ahora me defiende. Que venga Rafaelito...,
quiero que se entere de esta horrible cogida... El cuerno, ¡ay de mí!
me ha penetrado hasta el corazón... ¿Dónde está Rafaelito?... Él dirá...
—No quiere salir de su cuarto—dijo Cruz serena, victoriosa ya.—Vámonos
á comer.
—Á comer, Tor—repitió Fidela colgándosele del brazo.—Tontín, no te
pongas feróstico. Si eres un bendito y nos quieres mucho, como nosotras
á tí...
—¡Brrrr!...


X

Grave, gravísima la señora de Donoso. Las noticias que aquella mañana
(la del _tantos_ de Abril, que había de ser día memorable) llegaron á
la casa de los Marqueses de San Eloy, daban por perdida toda esperanza.
Por la tarde se le llevó el Viático, y los médicos aseguraban que no
pasaría la noche sin que tuvieran término los inveterados martirios
de la buena señora. La ciencia perdía en ella un documento clínico de
indudable importancia, por cuya razón, habría deseado la Facultad que
no se extinguiera su vida, tan dolorosa para ella, para la ciencia tan
fecunda en experimentales enseñanzas.
De prisa y sin gana comieron Fidela y Cruz para ir á casa de Donoso. Se
convino en que D. Francisco se quedaría custodiando al pequeñuelo. La
madre no iba tranquila si el papá no le prometía montar la guardia con
exquisita vigilancia. También le encargó Cruz que cuidase de Rafael,
que aquellos días parecía indispuesto, si bien sus desórdenes mentales
ofrecían más bien franca sedación y mejoría efectiva. Mucho agradeció
el tacaño que se ordenara quedarse, porque se hallaba muy abatido y
melancólico, sin ganas de salir, y menos de ver morir á nadie. Anhelaba
estar solo, meditar en su desgraciada suerte, y revolver bien su propio
espíritu en busca de algún consuelo para la tribulación amarguísima de
la compra del palacio, y de tanto lienzo viejo y armadura roñosa.
Fuéronse las dos damas, después de recomendarle que avisara al momento,
si alguna novedad ocurría, y haciendo bajar algunos papelotes, se puso
á trabajar en el gabinete. El chiquitín dormía, custodiado de cerca
por el ama. Todo era silencio y dulce quietud en la casa. En la cocina
charlaban los criados. En el segundo, Argüelles Mora, el tenedor de
libros, á quien Torquemada había encargado un trabajo urgente, escribía
solo. El ordenanza dormitaba en el banco del recibimiento, y de vez en
cuando oíase el traqueteo de los pasos de Pinto que bajaba ó subía por
la escalera de servicio.
Al cuarto de hora de estar D. Francisco haciendo garrapatos en la
mesilla del gabinete, vió entrar á Rafael conducido por Pinto.
—Pues usted no sube á verme—díjole el ciego,—bajo yo.
—No subí, porque tu hermana me indicó que estabas malito, y no querías
ver á nadie. _Por lo demás_, yo tenía ganas de verte, y de echar un
párrafo contigo.
—Yo también. Ya sé que tuvo usted anteanoche el gran éxito. Me lo han
contado muy detalladamente.
—Bien estuvo. Como todos eran amigos, me aplaudieron á rabiar. Pero
no me atontece el zahumerio, y sé que soy un pobre _artista_ de la
_cuenta_ y _razón_, que no ha tenido tiempo de ilustrarse. ¡Quién me
había de decir á mí, dos años há, que yo iba á largar discursos delante
de tanta gente culta y _facultativa_! Créelo; mientras hablaba, _para
entre mí_ me reía del atrevimiento mío, y de la tontería de ellos.
—Estará usted satisfecho—dijo Rafael serenamente, acariciándose la
barba.—Ha llegado usted en poco tiempo á la cumbre. No hay muchos que
puedan decir otro tanto.
—Es verdad. ¡Dichosa cumbre!—murmuró don Francisco en un suspiro,
rumiando los sufrimientos que acompañaban á su ascensión á las alturas.
—Es usted el hombre feliz.
—Eso no. Dí que soy el más desgraciado de los individuos, y acertarás.
No es feliz quien está privado de hacer su gusto, y de vivir conforme
á su natural. La _opinión pública_ me cree dichoso, me envidia, y
no sabe que soy un mártir, sí, Rafaelito, un verdadero mártir _del
Gólgota_, quiero decir, de la _cruz_ de mi casa, ó en otros términos,
un atormentado, como los que pintan en las láminas de la Inquisición
ó del Infierno. _Heme aquí_ atado de pies y manos, obligado á dar
cumplimiento á cuantas ideas _acaricia_ tu hermana, que se ha propuesto
hacer de mí un duque de Osuna, un Salamanca, ó el Emperador de la
China. Yo rabio, pataleo, y no sé resistirme, porque ó tu hermana sabe
más que todos los Padres y que todos los Abuelos de la Iglesia, ó es la
_Papisa Juana_ en figura de señora.
—Mi hermana ha sacado de usted un partido inmenso—replicó el ciego.—Es
artista de veras, maestro incomparable, y aún ha de hacer con usted
maravillas. Alfarero como ella no hay en el mundo: coge un pedazo de
barro, lo amasa...
—Y saca... Vamos, que aunque ella quiera sacarme jarrón de la China,
siempre saldré puchero de Alcorcón.
—¡Oh, no... ya no es usted puchero, señor mío!
—Se me figura que sí. Porque verás...
Estimulado por la paz silenciosa de su albergue, y más aún por algo que
bullía en su alma, sintió el tacaño, en aquel _momento histórico_, un
grande anhelo de espontanearse, de revelar todo su interior. Lo raro
del caso fué que Rafael sentía lo mismo, y bajó decidido á desembuchar
ante el que fué su enemigo irreconciliable los secretos más íntimos
de su conciencia. De suerte que la implacable rivalidad había venido
á parar á un ardiente prurito de confesión, y á comunicarse el uno al
otro sus respectivos agravios. Contóle, pues, Torquemada el conflicto
en que se veía, de tener que _hacerse con_ un palacio y _la mar de_
pinturas antiguas, _diseminando_ el dinero y privándose del gusto
inefable de amontonar sus ganancias para poder reunir un capital
fabuloso, que era su _desideratum_, su _bello ideal_, y su _dogma_,
etc. Se condolió de su situación, pintó sus martirios, y el desconsuelo
que se le ponía en la caja del pecho cada vez que aprobaba un gasto
considerable, y el otro trató de consolarle con la idea de que el
tal gasto sería fabulosamente reproductivo. Pero Torquemada no se
convenció, y seguía echando suspiros tempestuosos.
—Pues yo—dijo Rafael, muellemente reclinado en el sillón, la cara
vuelta hacia el techo y los brazos extendidos,—yo le aseguro á usted
que soy más desgraciado, mucho más, sin otro consuelo que ver muy
próxima la terminación de mis martirios.
Observábale D. Francisco atentamente, maravillándose de su perfecta
semejanza con un Santo Cristo, y aguardó tranquilo la explicación de
aquellos sufrimientos, que superaba á los suyos.
—Usted padece, señor mío—prosiguió el ciego,—porque no puede hacer lo
que le gusta, lo que le inspira su natural, reunir y guardar dinero;
como que es usted avaro...
—Sí, lo soy...—afirmó Torquemada con verdadero delirio de
sinceridad.—Ea, lo soy, ¿y qué? Me da la gana de serlo.
—Muy bien. Es un gusto como otro cualquiera, y que debe ser respetado.
—¿Y usted, por qué padece; vamos á ver? Como no sea por la
imposibilidad de recobrar la vista, no entiendo...
—Ya estoy hecho á la obscuridad... No va por ahí. Mi padecer es
puramente moral, como el de usted, pero mucho más intenso y grave.
Padezco porque me siento de más en el mundo y en mi familia, porque me
he equivocado en todo...
—Pues si el equivocarse es motivo de padecer—replicó vivamente el
tacaño,—nadie más infeliz que un servidor, porque _este cura_, cuando
se casó, creía que tus hermanas eran unas hormiguitas capaces de
guardar la Biblia, y ahora resulta...
—Mis equivocaciones, señor Marqués de San Eloy—afirmó el ciego
sin abandonar su actitud, emitiendo las palabras con tétrica
solemnidad,—son mucho más graves, porque afectan á lo más delicado de
la conciencia. Fíjese bien en lo que voy á decirle, y comprenderá
la magnitud de mis errores. Me opuse al matrimonio de mi hermana con
usted, por razones diversas.
—Sí, porque ella es de sangre azul, y yo de sangre... verde cardenillo.
—Por razones diversas, digo. Llevé muy á mal la boda; creí á mi familia
deshonrada, á mis hermanas envilecidas.
—Sí, porque yo daba un poquito de cara con el olor de cebolla, y porque
prestaba dinero á interés.
—Y creí firmemente que mis hermanas rodaban hacia un abismo donde
hallarían la vergüenza, el fastidio, la desesperación.
—Pues no parece que les ha pintado mal... el abismo de _ñales_.
—Creí que mi hermana Fidela, casándose por sugestiones de mi hermana
Cruz, renegaría de usted desde la primera semana de matrimonio, que
usted le inspiraría asco, aversión...
—Pues me parece que... ¡digo!
—Creí que una y otra serían desdichadas, y que abominarían del monstruo
que intentaban amansar.
—¡Hombre, tanto como monstruo...!
—Creí que usted, á pesar de los talentos educativos de la _papisa
Juana_, no encajaría nunca en la sociedad á que ella quería llevarle,
y que cada paso que el advenedizo diera en dicha sociedad, sería para
ponerle más en ridículo, y avergonzar á mis hermanas.
—Me parece que no desafino...
—Creí que mi hermana Fidela no podría sustraerse á ciertos estímulos
de su imaginación, ni condenarse á la insensibilidad en los mejores
años de la vida, y aplicándole yo la lógica vigente en el mundo para
los casos de matrimonio entre mujer joven y bonita, y viejo antipático,
creí, como se cree en Dios, que mi hermana incurriría en un delito muy
común en nuestra sociedad.
—Hombre, hombre...
—Lo creí, sí, señor; me confieso de mi ruin pensamiento, que no era más
que la proyección en mi espíritu del pensamiento social.
—Ya, se le metió á usted en la cabeza que mi mujer me la pegaría...
Pues mire usted, jamás pensé yo tal cosa, porque mi mujer me dijo una
noche... en confianza _de ella para mí_: «Tor, el día que te aborrezca,
me tiraré del balcón á la calle; pero faltarte, nunca. En mi familia es
desconocido el adulterio, y lo será siempre.»
—Cierto que ella pensaría eso; mas no se debe á tal idea su salvación.
Sigo: yo creí que usted no tendría hijos, porque me pareció que la
Naturaleza no querría sancionar una unión absurda, ni dar vida á un sér
híbrido...
—Eh, hazme el favor de no poner motes á Valentín.
—Pues bien, señor mío, ninguna de estas creencias ha dejado de ser
en mí un tremendo error. Empiezo por usted, que me ha dado el gran
petardo, porque no sólo le admite la sociedad, sino que se adapta
usted admirablemente á ella. Crecen como la espuma sus riquezas, y
la sociedad que nada agradece tanto como el que le lleven dinero, no
ve en usted el hombre ordinario que asalta las alturas, sino un sér
superior, dotado de gran inteligencia. Y le hacen senador, y le admiten
en todas partes, y se disputan su amistad, y le aplauden y glorifican,
sin distinguir si lo que dice es tonto ó discreto, y le mima la
Aristocracia, y le aclama la Clase Media, y le sostiene el Estado, y le
bendice la Iglesia, y cada paso que usted da en el mundo es un éxito,
y usted mismo llega á creer que es finura su rudeza, y su ignorancia
ilustración...
—Eso no, no, Rafaelito.
—Pues si usted no lo cree, lo creen los demás, y váyase lo uno por
lo otro. Se le tiene á usted por un hombre extraordinario... Déjeme
seguir; yo bien sé que...
—No, Rafaelito: ténganme por lo que me tuvieren, yo digo y declaro que
soy un bruto... claro, un bruto _sui generis_. Á ganar dinero, eso sí,
¡cuidado! nadie me echa el pie adelante.
—Pues ya tiene usted una gran cualidad, si es cualidad el ganar dinero
á montones.
—_Seamos justos_: en negocios... no es por alabarme... doy yo quince
y raya á todos los que andan por ahí. Son unos papanatas, y yo me los
paso por... Pero fuera de los negocios, Rafaelito, _convengamos_ en que
soy un animal.
—¡Oh! no tanto: usted sabe asimilarse las formas sociales; se va
identificando con la nueva posición. Sea como quiera, á usted le tienen
por un prodigio, y le adulan desatinadamente. Lo prueba su discurso de
la otra noche, y el exitazo... Hábleme usted con entera ingenuidad, con
la mano en el corazón, como se hablaría con un confesor literario: ¿qué
opinión tiene usted de su discurso y de todas aquellas ovaciones del
banquete?»


XI

Levantóse Torquemada, y llegándose pausadamente al ciego, le puso la
mano en el hombro, y con voz grave, como quien revela un delicadísimo
secreto, le dijo:
—Rafaelito de mi alma, vas á oir la verdad, lo mismísimo que siento
y pienso. Mi discurso no fué más que una _serie no interrumpida_ de
vaciedades, cuatro frases que recogí de los periódicos, alguna que otra
expresioncilla que se me pegó en el Senado, y otras tantas migajas del
buen decir de nuestro amigo Donoso. Con todo ello hice una ensalada...
Vamos, si aquello no tenía pies ni cabeza... y lo fuí soltando conforme
se me iba ocurriendo. ¡Vaya con el efecto que causaba! Yo tengo para mí
que aplaudían al hombre de dinero, no al _hablista_.
—Crea usted, D. Francisco, que el entusiasmo de toda aquella gente era
un entusiasmo verdad. La razón es bien clara: crea usted que...
—Déjamelo decir á mí. Creo que todos los que me oían, salvo _un núcleo_
de dos ó tres, eran más tontos que yo.
—Justo; más tontos, sin exceptuar ningún núcleo. Y añadiré: la mayor
parte de los discursos que oye usted en el Senado son tan vacíos, y
tan mal hilvanados como el de usted; de todo lo cual se deduce que la
sociedad procede lógicamente ensalzándole, pues por una cosa ó por
otra, quizás por esa maravillosa aptitud para traer á su casa el dinero
de las ajenas, tiene usted un valor propio muy grande. No hay que darle
vueltas, señor mío; y vengo á parar á lo mismo: que yo he padecido una
crasa equivocación, que el tonto de remate soy yo.
Al llegar á este punto, empezó á perder aquella serenidad triste con
que hablaba, y ponía en su voz con más vehemencia, mayor viveza en sus
ademanes.
—Desde el día de la boda—prosiguió,—desde muchos días antes, se trabó
entre mi hermana Cruz y yo una batalla formidable; yo defendía la
dignidad de la familia, el lustre de nuestro nombre, la traición,
el ideal; ella defendía la existencia positiva, el comer después de
tantas hambres, lo tangible, lo material, lo transitorio. Hemos venido
luchando como leones, cada cual en su terreno, yo siempre contra usted,
y su villanía grotesca; ella siempre á favor de usted, elevándole,
depurándole, haciéndole hombre y personaje, y restaurando nuestra
casa; yo siempre pesimista, ella optimista furibunda. Al fin he sido
derrotado en toda la línea, porque cuanto ella pensó se ha realizado
con creces, y de cuanto yo pensé y sostuve no queda más que polvo. Me
declaro vencido, me entrego, y como la derrota me duele, yo me voy, Sr.
D. Francisco, yo no puedo estar aquí.
Hizo ademán de levantarse, pero Torquemada volvió hacia él, sujetándole
en el asiento.
—¿Á dónde tienes tú que ir? Quieto ahí.
—Decía que me iba á mi cuarto... Me quedaré otro ratito, pues no he
concluído de expresarle mi pensamiento. Mi hermana Cruz ha ganado. Era
usted... quien era, y gracias á ella, es usted... quien es. ¡Y se queja
de mi hermana, y la moteja y ridiculiza! Si debiera usted ponerla en un
altar y adorarla.
—Te diré: yo reconozco... Pondríala yo en el sagrario bendito, si me
dejara capitalizar mis ganancias.
—¡Oh! para que sea más asombrosa la obra de mi hermana, hasta le
corrige á usted su avaricia, que es su defecto capital. No tiene Cruz
más _objetivo_, como usted dice, que rodearle de prestigio y autoridad.
¡Y cómo se ha salido con la suya! ¡Ese sí que es talento práctico,
y genio gobernante! Por supuesto, hay algo en mis ideas que queda
fuera de la equivocación, y es la idea fundamental: sostengo que en
usted no puede haber nunca nobleza, y que sus éxitos y su valía ante
el mundo son efectos de pura visualidad, como las decoraciones de
teatro. Sólo es efectivo el dinero que usted sabe ganar. Pero siendo
su encumbramiento de pura farsa, es un hecho que me confunde porque lo
tuve por imposible; reconozco la victoria de mi hermana, y me declaro
el mayor de los mentecatos... (_Levantándose bruscamente._) Debo
retirarme..., abur...
Otra vez le detuvo D. Francisco obligándole á sentarse.
—Tiene usted razón—añadió Rafael con desaliento, cruzando las
manos;—aún me falta la más gorda, la confesión de mi error capital...
Sí, porque mi hermana Fidela, de quien pensé que le aborrecería á
usted, sale ahora por lo sublime, y es un modelo de esposas y de
madres, de lo que yo me felicito... Diré, poniendo toda la conciencia
en mis labios, que no lo esperaba; tenía yo mi lógica, que ahora me
resulta un verdadero organillo, al cual se le rompe el fuelle. Quiero
tocar, y en vez de música salen resoplidos... Sí, señor, y puesto á
confesar, confieso también que el chiquitín, que ha venido al mundo
contraviniendo mis ideas y burlándose de mí, me es odioso... sí, señor.
Desde que esa criatura híbrida nació, mis hermanas no hacen caso de
mí. Antes era yo el chiquitín, ahora soy un triste objeto que estorba
en todas partes. Conociéndolo he querido trasladarme al segundo, donde
estorbo menos. Iré ascendiendo hasta llegar á la bohardilla, residencia
natural de los trastos viejos... Pero esto no sucederá, porque antes he
de morirme. Esta lógica sí que no me la quita nadie. Y á propósito, Sr.
D. Francisco Torquemada, ¿me hará usted un favor, el primero que le he
pedido en mi vida, y el último también?
—¿Qué?—preguntó el Marqués de San Eloy, alarmado del tono patético que
iba tomando su hermano político.
—Que trasladen mi cuerpo al panteón de los Torre Auñón en Córdoba. Es
un gasto que para usted significa poco. ¡Ah! otra cosa: ya me olvidaba
de que es indispensable restaurar el panteón. Se ha caído la pared del
Oeste.
—¿Costará mucho la restauración?—preguntó D. Francisco con toda la
seriedad del mundo, disimulando mal su desagrado por aquel imprevisto
dispendio.
—Para dejarlo bien—respondió el ciego en la forma glacial propia de un
sobrestante,—calculo que unos dos mil duros.
—Mucho es—afirmó el tacaño Marqués dando un suspiro.—Rebaja un poquito;
no, rebaja un cuarenta por ciento lo menos. Ya ves: el _llevarte_ á
Córdoba, ya es un pico... Y como somos Marqueses, y tú de la _clásica_
nobleza, el funeral de primera no hay quien te lo quite.
—No es usted generoso, no es usted noble ni caballero, regateándome los
honores póstumos que creo merecer. Esta petición que acabo de hacerle,
hícela por vía de prueba. Ahora sí que no me equivoco: jamás será usted
lo que pretende mi hermana. El prestamista de la calle de San Blas
sacará la oreja por encima del manto de armiño. Aún no se ha perdido
toda la lógica, señor Marqués consorte de San Eloy. Lo del panteón y lo
de llevarme á Córdoba es broma. Écheme usted á un muladar: lo mismo me
da.
—Ea, poco á poco. Yo no he dicho que... Pero, hijo, tú estás en babia,
ó te has propuesto tomarme el pelo, _por decirlo así_. Si no has de
morirte, ni ese es el camino... En el caso de una peripecia, ¡cuidado!
yo no habría de reparar...
—Á un muladar, digo.
—Hombre, no. ¡Qué pensarían de mí! Esta noche, tan pronto te da por lo
_poético_, como por lo gracioso... Pero qué, ¿te vas al fin?
—Ahora sí que es de veras—dijo el ciego levantándose.—Me vuelvo á
mi cuarto, donde tengo que hacer. ¡Ah! se me olvidaba. Rectifico lo
del odio al chiquitín. No es sino en momentos breves, como el rayo.
Después, me quedo tan tranquilo, y le quiero, crea usted que le quiero.
¡Pobre niño!
—Durmiendo está como un ángel.
—Crecerá en el palacio de Gravelinas, y cuando vea en aquellos salones
las armaduras del Gran Capitán, de D. Luis de Requesens, Pedro de
Navarro, y Hugo de Moncada, creerá que tales santos están en su iglesia
propia. Ignorará que la casa de Gravelinas ha venido á ser un Rastro
decente, donde se amontonan, hacinados por la usura, los despojos de
la nobleza hereditaria. ¡Triste fin de una raza! Crea usted—añadió con
tétrica amargura,—que es preferible la muerte al desconsuelo de ver lo
más bello que en el mundo existe en manos de los Torquemadas.
Á responderle iba D. Francisco; pero él no quiso oirle, y salió
tentando las paredes.


XII

Llevóle Pinto pausadamente á su cuarto del segundo, y en el principal
quedó el tacaño lleno de confusión por los extravagantes conceptos que
á su dichoso cuñadito acababa de oir; de la confusión hubo de pasar á
la inquietud, y recelando que estuviese enfermo, subió, y con discreto
golpe de nudillos llamó á la cerrada puerta.
—Rafaelito—le dijo,—¿piensas acostarte? _Me inclino á creer_ que no
estás muy en caja esta noche. ¿Quieres que avise á tus hermanas?
—No, no hay para qué. Me siento muy bien. Mil gracias por su solicitud.
Pase usted. Me acostaré, sí, señor; pero esta noche no me desnudo. Me
da por dormir vestido.
—Hace calor.
—Frío tengo yo.
—Y Pinto, ¿dónde está?
—Le he mandado que me traiga un poco de agua con azúcar.
Hallábase ya el ciego en mangas de camisa, y se sentó cruzando una
pierna sobre otra.
—¿Necesitas algo más? ¿Á qué esperas para acostarte?
—Á que venga Pinto para quitarme las botas.
—Te las quitaré yo si quieres.
—_Nunca fuera caballero... de Reyes tan bien servido_—dijo Rafael
alargando un pie.
—No es así—observó D. Francisco, con alarde de erudición, sacando la
primera bota.—_De damas_ se dice, no de Reyes.
—Pero como el que ahora me sirve no es dama, sino Rey, he dicho _de
Reyes_... _Velay_, como dicen ustedes, los próceres de nuevo cuño.
—¿Rey?... já, já... También me da tu hermana ese tratamiento tan
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