Torquemada en el purgatorio - 13

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acción_. Sin ellos, era impotente la señora ciencia. Por fin ¡hosanna!
aparecido había el hombre de acción. ¿Y quién dirán ustedes que era
el hombre de acción? Pues D. Francisco Torquemada. (_Grandes aplausos
como salutación al nombre._) Después de un breve panegírico del
ilustre leonés, el orador se sentó, entre un diluvio de aclamaciones
de entusiasmo. Desplomóse sin aliento en la silla, como un obrero que
se cae del andamio, con todos los huesos rotos, y hay que llevarle al
hospital.
Siguió un paréntesis de bulla, risas y tiroteo ingenioso.
—Que hable D. Fulano, que hable el señor Tal.
La concurrencia se hallaba en ese placentero estado psicológico, del
cual se deriva toda la amenidad y gracia de esta clase de festines. Á
cada quisque tocaba un poquitín de la vis cómica que se derramaba por
todo el ámbito del grandísimo comedor. Después de pinchar á éste y al
otro, levantóse, no sin hacerse mucho de rogar, un señor pequeño y
calvo. Había llegado el momento de la aparición del gracioso, pues en
la solemnidad banquetil, para que el conjunto resulte completo, ha de
haber una sección recreativa, un orador que trate por lo festivo las
mismas cuestiones que los demás han tratado por lo grave. El indicado
para _llenar este vacío_ era un antiguo periodista, magistrado por
poco tiempo, después diputado cunero, y en algunas épocas de su vida
contratista de tablazón para envase de tabacos. Tal fama de gracioso
tenía, que antes que hablara, ya se desternillaban de risa los oyentes.
—Señores—empezó,—nosotros hemos venido aquí con fines muy malos, con
intenciones aviesas, y yo, porque así me lo dicta mi conciencia, pido
al señor Gobernador, aquí presente, que nos lleve á todos á la cárcel.
(_Risas._) Hemos traído engañado al Sr. Marqués de San Eloy. Él vino
á honrarnos con su compañía en esta mesa pobre... y ahora resulta que
le damos un _menú_ (que algunos llaman _minuta_) de discursos, un
verdadero _indigestivo_ para que le haga daño la comida.
El preámbulo fué muy divertido, y luégo entró en materia diciendo:
—Ninguno de los aquí presentes sabe quién es el Marqués de San Eloy,
y yo, que lo sé, os lo voy á decir. El Marqués de San Eloy es un
pobrecito, y los ricos, los poderosos somos los que le festejamos.
(_Risas._) Es un pobrecito que pasaba por la calle y le hemos invitado
á entrar aquí, y entra, y participa de nuestro festín... No, no reirse;
pobrecito dije y os lo voy á demostrar. No es rico el que poseyendo
riquezas, las consagra á labrar el bien de la humanidad. Es tan sólo
un depositario, un administrador, no de lo suyo, sino de lo nuestro,
porque lo destina á mejorar nuestra condición moral y material.
(_Aplausos, aunque el argumento á nadie convencía._)
Prosiguió ensartando disparates, y jugando con la paradoja, hasta que
terminó, ofreciendo cómicamente su protección al _administrador de
la humanidad_, don Francisco Torquemada. Imposible mencionar todo lo
que después se dijo, en varios tonos; hubo discursos buenos y breves,
otros largos, difusos, y sin ninguna substancia. Un señor habló en
nombre de la provincia de Palencia, limítrofe de la de León, asegurando
que no hacían falta tantos ferrocarriles, aunque él no los combatía,
¡cuidado! y que los capitales deben emplearse en canales de riego.
Otro habló en nombre del Ejército, á que pertenecía, y el de más
allá en nombre de la Marina mercante. Alguien dijo también cosas muy
entonadas en nombre de la clase aristocrática, y en nombre del Colegio
de Notarios, y el Gobernador expresó su sentimiento por que el señor
de Torquemada no fuese hijo de Madrid, idea contra la cual protestaron
airados los leoneses; pero el Gobernador remachó la idea, asegurando
que León y Madrid vivían en perfecta fraternidad. Saltó uno de Astorga,
llamando á Madrid su segunda patria, patria primera de sus hijos, y
al fin concluyó por echarse á llorar; y otro, que había venido de
Villafranca del Bierzo, aseguró ser sobrino del cura que bautizó á D.
Francisco, lo cual fué el detalle tierno de la solemnidad. Gracias á
un oportunísimo _quite_, se pudo evitar que unos _ñales_ de poetas
leyeran los versos que ya tenían medio desenvainados con la intención
más alevosa del mundo. Por la calidad de las personas allí reunidas,
y el objeto _serio_ de la solemnidad, no _estaba en carácter_ la
lectura de composiciones poéticas. Y al fin, se aproximaba el momento
culminante. El héroe de la fiesta, mudo y pálido, revolvía ya en su
mente las primeras frases del discurso. En los breves instantes que
le faltaban, hizo acopio de su valor, y fijó bien en su mente ciertas
reglas que se había propuesto seguir, á saber: no citar autores en
concreto, sin absoluta seguridad en la cita; expresar vagamente y
con frases equívocas todo aquello de que no tuviese un gran dominio;
quedarse siempre entre dos aguas sin decir blanco ni negro, como hombre
que más peca de reservado que de comunicativo, y pasar, como sobre
ascuas, sobre todo punto delicado de los que no pueden tomarse en boca
profana sin peligro de soltar una barbaridad. Hecha esta preparación
mental, y encomendándose á su ausente ídolo literario, el señor de
Donoso, á quien creía llevar en esencia dentro de sí mismo, como una
segunda alma, levantóse y aguardó tranquilo á que se produjese el
silencio augusto que necesitaba para empezar. Gracias á los diligentes
taquígrafos que el narrador de esta historia llevó al banquete, por
su cuenta y riesgo, han salido en letras de molde los más brillantes
párrafos de aquella notable oración, como verá el que siga leyendo.


VIII

—«Señores: no voy á pronunciar un discurso. Aunque quisiera, y
vosotros... digo que aunque vosotros gustárais de oírmelo, yo no
podría, por causa de mi pobreza... (_murmullos_) de mi pobreza de
medios oratorios. Soy un individuo rudo, _eminentemente_ trabajador, y
de la clase del pueblo, artesano _por excelencia_ del negocio honrado
(_Bien, bien_)... No esperéis de mí discursos más ó menos floreados,
porque no he tenido tiempo de aprender la ciencia oratoria. Pero,
señores y amigos, no puedo faltar á lo que exigen de mí vuestra
cortesía y mi gratitud[1], y he de manifestar cuatro mal pergeñadas...
manifestaciones, que si pobres de estilo y toscas de literatura, serán
la expresión _sincera_ de un corazón agradecido, de un corazón noble,
de un corazón que late...[2], ahora y siempre, al compás de todo
sentimiento hidalgo y generoso. (_Muy bien._)
[1] Frase aprendida de Donoso dos días antes.
[2] Procura recordar un final del párrafo que oyó en el Senado, y
al fin lo enjareta como Dios le da á entender.
»Repito que no esperéis de mí bonitos discursos, ni elocuentísimos
períodos. Mis flores son los números; mis retóricas el cálculo; mi
elocuencia... la acción. (_Aplausos._) La acción señores. ¿Y qué es la
acción? Todos lo sabéis, y no necesito decíroslo. La acción es la vida,
la acción es... lo que se hace, señores, y lo que se hace... dice más
que lo que se dice. _Háse dicho_... (_pausa_) háse dicho que la palabra
es plata, y el silencio es oro. Pues yo añado que la acción es todo
perlas orientales, y brillantes magníficos. (_Aprobación calurosa._)
»_Cábeme la satisfacción_ de contestar á los señores que me han
precedido en el uso de la palabra, y al hacerlo... (_pausa_) _cúmpleme
declarar_ que en manera alguna hubiera aceptado este inmerecido
homenaje que me tributáis, absolutamente, si no me obligaran á ello
consideraciones de este y el otro linaje, sin que _de cerca ni de
lejos_ me hayan traído aquí móviles de vanidad...[3], hasta el punto
de que... mi ánimo... vamos, que mi absoluto fin era prevalecer en la
_línea de conducta_ que he observado siempre, y afirmarme en la tesis
de que debemos rehuir cuanto _tienda_ al enaltecimiento personal...,
que ¡harta representación tienen _en el actual momento histórico_ las
personalidades, señores...![4] y es tiempo ya de que se glorifiquen
los hechos, no las personas, los principios, no las entidades... que yo
reconozco su mérito, señores, yo lo reconozco; pero ya es tiempo de que
por encima del individuo personal estén los hechos, la acción, el gran
principio de obrar (_alzando la voz_) cada cual en su propio elemento,
y en _el círculo_ de sus propias operaciones. (_Muy bien, bravo._)
[3] El orador, que se animaba ya, creyéndose en terreno firme,
y dominando toda la fraseología del Senado, se embarulla, y no
acierta á terminar la oración.
[4] Encontrando al fin la salida de aquel laberinto.
»¿Quién es el que tiene el honor de dirigiros su modesta palabra en
este momento? Pues no es más que un pobre obrero, un hombre que todo
lo debe á su misma iniciativa, á su laboriosidad, á su honradez, á su
constancia. Nací, como quien dice en la mayor indigencia, y con el
sudor de mi rostro he amasado mi pan, y he vivido, _orillando_ un día
y otro día las dificultades, cumpliendo siempre mis obligaciones, y
_evacuando_ mis negocios con la más estrictísima moralidad. Yo no he
hecho ningún arco de iglesia; yo no he tenido arte ni parte con el
demonio, como _errada y torpemente_[5] creen algunos (_risas_), yo no
tengo el don del milagro. Si he llegado donde estoy, lo debo á que
he tenido dos virtudes, y de ello me alabo con vuestro beneplácito,
dos virtudes. ¿Cuáles son? _Hélas aquí_: el trabajo, la conciencia.
He trabajado en una _serie no interrumpida_ de, de... de tareas
_económico-financieras_, y he practicado el bien, haciendo todos
los favores posibles á mis semejantes, y _labrando_ la felicidad de
cuantas personas me encontraba al alcance de mi acción. (_Bien, muy
bien._) Ese ha sido mi _desideratum_, y la idea que _he abrigado_
siempre: hacer todo el bien que podía á mis semejantes. Porque el
negocio, _vulgo_ actividad, fijaos bien, señores, no está reñido
con la caridad, ni con la humanidad más ó menos doliente. Son dos
elementos que se completan, dos _objetivos_ que vienen á concurrir en
un sólo _objetivo_; _objetivo_, señores, del cual tenemos una imagen
en nuestras conciencias, pero que reside en el Altísimo[6]. (_Grandes,
ruidosos y entusiastas aplausos._)
[5] Adverbios que pescó en el Senado el día anterior.
[6] Frase tergiversada de otra que leyó el día anterior en un
periódico.
»Pero si declaro que siempre fué mi _línea de conducta_ hacer el bien á
todos, sin distinción de clases, á todos, _tirios y troyanos_, también
os digo que, como trabajador _por excelencia_, nunca, nunca he _dado
pábulo_ á la ociosidad, ni he protegido á gente viciosa, porque eso
¡cuidado! ya no sería caridad, ni humanidad, sino falta de sentido
práctico; eso sería _dar el mayor de los pábulos_ á la vagancia. De mí
se podrá decir todo lo que se quiera; pero no se dirá nunca que he sido
el Mecenas de la holgazanería. (_Delirantes aplausos._)
»_He partido siempre del principio_ de que cada cual es dueño de su
propio destino, y será feliz el que sepa labrarse su felicidad, y
desgraciado el que no sepa labrársela[7]. No hay que quejarse de la
suerte... ¡Oh, la suerte, pamplinas, tontería, _dilemas_, _antinomias_,
_maquiavelismos_! No hay más desgracias que las que uno se _acarrea_
con sus yerros. Todo el que quiere poseer los _intereses_ materiales,
no tiene más que buscarlos. Busca y encontrarás, que dijo el otro.
Sólo que hay sudar, moverse, aguzar la entendedera, _en una palabra_,
trabajar, _ora_ sea en este, _ora_ en el otro oficio. Pero, lo que es
dándose la gran vida en paseos y jaranas, charlando en los casinos, ó
enredando con las buenas mozas (_risas_), no se gana el pan de cada
día... y el pan está allí, allí, vedlo, allí[8]. Pero es menester
que vayáis á cogerlo; porque él, el pan, no puede venir á buscaros á
vosotros. No tiene pies, se está muy quietecito esperando que vaya á
cogerlo el hombre, á quien el Altísimo ha dado pies para correr tras el
pan, inteligencia para saber donde está, ojos para verlo, y manos para
agarrarlo... (_Bravos y palmadas frenéticas._)
[7] El orador, animado por los aplausos, habla con una serenidad
y un desparpajo que ya quisieran muchos.
[8] Sintiéndose inspirado, y lanzándose sin miedo á la
improvisación.
»De suerte, que si os pasáis el tiempo en diversiones, no tendréis
pan, y cuando el hambre os haga salir de coronilla en busca de él, ya
otros más listos lo habrán cogido... los que supieron madrugar, los que
supieron emplear todas las horas del día en el _clásico_ trabajo, los
que supieron _evacuar_ todas sus diligencias en tiempo oportuno, no
dejando nada para mañana, los que se plantearon la cuestión _de comer
á no comer_, como el otro que vosotros conocéis mejor que yo, y no
necesito nombrarlo, como el otro, digo, planteó la cuestión de _ser ó
no ser_. (_Admiración, estrepitosos aplausos._)[9].
[9] En todos los grupos se comenta favorablemente el discurso,
en algunos con calor y entusiasmo. Óyense aquí y allí alabanzas
ardientes: «Qué tío más largo. Él será rudo, ¡pero qué juicio tan
sagaz, qué sentido práctico!»
»Seamos prácticos, señores. Yo lo soy, y me alabo de ello, dejando á
un lado la careta de la modestia, que ya con tanto quita y pon se va
cayendo á pedazos de nuestros rostros. (_Ruidosos aplausos, y voces de
sí, sí._) Seamos prácticos, digo, _serlo_ vosotros, y yo, que soy perro
viejo, os recomiendo que lo seais. _Ser_ prácticos si no queréis que
vuestra vida _revista los caracteres_ de una _tela de Penélope_. Si
hoy tejéis el bienestar con _elementos_ superiores á vuestros medios,
ó _séase_ posibles, mañana el _déficit_ os obligará á destejerlo...
y siempre tendréis suspendida sobre vuestras cabezas _la espada de
Aristóteles_... (_Rumores._) Quiero decir...[10]. He dicho Aristóteles,
porque... (_se ríe, y ríen todos esperando un chiste_) tengo verdadera
manía por este filósofo, que es el más práctico de todos. (_Sí, sí._)
Es mi hombre; le llevo en el pensamiento á todas horas del día. Y como
_tengo para mí_ que el tal Damocles, el de la espada, era un hijo de
tal... ó nadie sabe quién es... ¿Alguno de los que me escuchan sabe
quién era ese Damocles? (_Risas: voces de «no, no... no lo sabemos.»_)
Pues yo estoy á matar con esas maneras de hablar, y he decidido que
la famosa espada sea de Aristóteles... vamos, que le armo caballero,
porque es el hombre de mi devoción, es mi ídolo, señores, el hombre
más grandísimo de la antigua Grecia y del siglo de oro de todos los
tiempos. (_Bravo, muy bien_)[11].
[10] El orador conoce al instante su error; pero lo enmienda en
seguida, muy terne.
[11] Comentarios de entusiasmo en la concurrencia. «¡Pero qué
tuno es! Sabe más que Lepe... ¡Qué gramática parda!»
»Perdonadme la digresión, y volvamos á la tesis. Atendamos más á la
acción que á la palabra, obremos, obremos mucho y hablemos poco.
Trabajar siempre, de _consuno_ con nuestras necesidades, y con el
_valioso concurso_ de todos los elementos que _concurran_ á nuestro
lado. Y hechas estas manifestaciones, que creo me imponía mi presencia
en este augusto recinto... (_enmendándose_) y lo llamo augusto,
porque en él se reunen tantas eminencias científicas, políticas y
particulares... (_bien, bravo_); hechas estas declaraciones, paso á
concretar la cuestión. ¿_Á qué obedece_ esta comida? ¿Qué peculiar
objetivo lleváis al festejarme, á mí, tan humilde? Pues habéis visto
en mí un hombre activo, de _suyo_, dispuesto á patrocinar los grandes
adelantos del siglo, á llevarnos al _estadio_ de la práctica. Yo pongo
mi corta inteligencia y mis ahorros al servicio de la patria, yo no
miro á mi interés, sino al interés general, al interés público de la
humanidad, que bien necesitada está la pobrecita de que se interesen
por ella. _Heme_ lanzado á emprender obras muy importantísimas, sin
ambición alguna de lucro privado, podéis creérmelo, y á favorecer á mi
patria natal llevando la locomotora _con su penacho de humo_ á través
de los campos. Si yo no idolatrara la ciencia y la industria como la
idolatro, si no fuera mi _bello ideal_ el progreso, yo no patrocinaría
la locomotora, patrocinaría el carromato, y no vería más _lazo de
unión_ entre los pueblos que _el ordinario de Astorga_, ó _el ordinario
de Ponferrada_. Pero no, señores; yo soy hijo de mi siglo, del siglo
eminentemente práctico, y patrocino el ordinario, mejor dicho, la
ordinaria del mundo entero, la locomotora. (_Frenéticos aplausos._)
»Adelante con la ciencia, adelante con la industria[12]. El mundo se
transforma con los adelantos, y hoy nos maravillamos de ver la claridad
preciosísima de la luz eléctrica donde antes lucían velones de aceite,
velas de sebo, bujías esteáricas, y el petróleo refinado[13]. De donde
saco la consecuencia de que lo moderno acaba con las antiguallas. ¡Cuán
gran verdad es, señores, que _esto matará aquello_... como dijo, y
dijo muy bien... quien todos sabéis! (_Aplausos prolongados._)
[12] En el grupo de los críticos, á veces se ríen con descaro, á
veces disimulan su hilaridad, aplaudiendo estrepitosamente, en
solfa. _Morentín_: «Pues tiene un no sé qué de elocuente este
animal. Rebuzna oratoriamente.»
[13] El orador, sin dejar de hablar, dice para sí: «Voy muy
bien. Paréceme que me estoy luciendo. ¡Qué siento que no me oiga
Donoso!»
»Yo, señores, no me canso de repetíroslo, soy un hombre muy
humildísimo, muy llano, de cortas facultades (_voces de no, no_), de
pocas luces (_no, no_), de escasa instrucción; pero á formalidad no
me gana nadie. ¿Queréis que _os defina mi actitud_ moral y religiosa?
Pues sabed que mis dogmas son el trabajo, la honradez (_murmullos de
aprobación_), el amor al prójimo, y las buenas costumbres. De estos
principios parto yo siempre, y por eso he podido llegar á labrarme
una posición independiente. Y no creais que doy de lado, _por decirlo
así_, al dogma sagrado de nuestros mayores. No; yo sé dar _al César
lo que es del César_, y al Altísimo... también lo suyo. Porque á buen
católico no me gana nadie, bien lo sabe Dios, ni en lo de defender las
_venerandas creencias_. Adoro á mi familia, en cuyo... _foco_, en cuyo
seno encuentro la felicidad, y os aseguro que de mi casa al Cielo no
hay más que un paso... (_Con ternura._) Yo no debía hablar de estas
cosas, que son del _elemento privado_... (_Voces: sí, sí, que siga._)
Pero mi familia, ó _séase_ el _círculo_ del hogar doméstico, es lo
primero en mi corazón, y pienso en ella siempre, y no puedo apartar
del pensamiento aquellos pedazos de... No, no sigo; permitidme que no
siga... (_Gran emoción en el auditorio._)
»De política nada os digo. (_Voces, sí, sí._) No, no señores. No he
llegado á saber todavía qué partidos tenemos, ni para qué nos sirven.
(_Risas._) Yo no he de _ser poder_, ni he de repartir credenciales...
no, no... veo que _pululan_ los empleados, y que no hay nadie que se
decida á _castigar_ el presupuesto. Claro, no _castigan_ porque á
los mismos castigadores les duele. (_Risas._) Yo me lavo las manos:
_blasono_ de obedecer al que manda, y de no _barrenar las leyes_.
Respeto á _tirios_ y _troyanos_, y no regateo _el óbolo_ de la
contribución[14]. _Á fuer de_ hombre práctico, no hago la oposición
sistemática, ni me meto en _maquiavelismos_ de ningún género. Soy
_refractario_ á la intriga, y no acaricio más idea que el bien de mi
patria, tráigalo Juan, Pedro ó Diego. (_Muy bien._)
[14] En el grupo de los críticos. _Morentín_: «¿Pero han visto
ustedes un ganso más delicioso?»—_Juan de Madrid_: «Lo que veo
es que es un guasón de primera.»—_Zárate_: «Como que nos está
tomando el pelo á todos los que estamos aquí.»
»Concluyo, señores... porque ya estaréis fatigados de oirme (_no,
no_), y yo también fatigado de hablar, pues no tengo costumbre, ni
sé expresarme con todo el brillo peculiar... ni... ni con la prosa
correcta... que... En fin, señores, concluyo con las manifestaciones de
mi gratitud por vuestras manifestaciones..., por este _holocausto_[15],
por este homenaje magnánimo y verídico. Lo digo y lo repito: yo no
merezco esto; yo soy indigno de obsequios tan... sublimes, y que
no tienen _punto de contacto_ con mis cortos merecimientos. No me
atribuyáis á mí _rasgos_ que no me pertenecen. La verdad ante todo.
En la cuestión del ferrocarril no he hecho más que obedecer el impulso
de un ilustre y particular amigo mío, aquí presente, y á quien no
nombro por no ofender su _considerable_ modestia (_Todos miran al señor
Marqués de Taramundi, que baja los ojos y se sonroja ligeramente._)
Este amigo es el que ha movido toda la tramoya de la vía férrea, y á
él se debe[16] _la coronación_ del éxito, porque aunque no ha figurado
para nada, _detrás de la cortina_ ha manejado todo muy lindamente,
de modo que bien puedo deciros que ha sido...[17] pasmaos, señores,
el _Deus ex machina_ del ferrocarril de Villafranca al Berrocal.
(_Ruidosísimos aplausos. Los leoneses se rompen las manos._)
[15] Sofocadas risas en el grupo de los críticos.
[16] Prepárase el orador á soltar la frase bonita aprendida días
antes, y en cuyo efecto confía, si acierta á decirla sin error de
pronunciación.
[17] Parándose para recordar bien la frase antes de soltarla.
»Pues...[18] ya no me resta que deciros sino que mi gratitud será
eterna, y en ningún modo efímera, no, y que todos los presentes,
sin distinción de _tirios_ ni de _troyanos_ (_risas_), me tienen
incondicionalmente á su disposición. No es por alabarme; pero sé
distinguir, y nadie me gana en servir á mis amigos y ayudarles en...
lo que necesiten, quiero decir, que en _cualesquiera_ cosa en que
necesiten de mi modesto concurso, pueden mandarme, en la seguridad
de que tendrán en mí un seguro servidor, un amigo del alma, y... un
compañero, dispuesto á prestarles... todo el concurso _desinteresado_,
todo el favor, todo el apoyo moral y moral, toda la confianza del
mundo... siempre con el alma, siempre con el corazón... Les ofrezco,
pues, con fina voluntad mi hacienda, mi persona, y todo cuanto
soy y cuanto valgo. He dicho.» (_Aplausos frenéticos, delirantes
aclamaciones, gritos, tumulto. Todo el mundo en pie palmoteando, sin
cesar, con estrépito formidable. La ovación no tiene término._)
[18] La cara del orador irradia de júbilo, por lo correcta que le
salió la frase.


IX

Los más próximos se precipitaron á abrazar al orador triunfante,
y aquello fué el delirio. ¡Qué estrujones, qué vaivenes, qué
sofocación! Por poco hacen pedazos al pobre señor, que con cara
reluciente, como si se la hubieran untado de grasa, los ojos chispos,
la sonrisa convulsiva, no sabía ya qué contestar á tan estrepitosas
demostraciones. Y luego fueron llegando en confuso tropel los
comensales, disputándose el paso, y todos le achuchaban, algunos con
fraternal efusión y cierta ternura, efecto del ruido, de los aplausos,
de esa sugestión emocional que se produce en las muchedumbres. D. Juan
Gualberto Serrano, entrecortada la voz, rojo como un pavo, y sudando la
gota gorda, no le dijo más que:
—Colosal, amigo mío, colosal.
Y otro le aseguró no haber oído nunca discurso que más le gustase.
—¡Y cómo se ve al hombre práctico, al hombre de acción!—dijo un tercero.
—Tenemos aquí al apóstol del sentido común. Así, así se piensa y se
habla. Mi enhorabuena más entusiasta, Sr. D. Francisco.
—Sublime... Venga un abrazo. ¡Qué cosas tan buenas ¡oh! nos ha dicho
usted...!
—Y también ha sabido hablar al corazón. ¡Qué hombre...! Vaya, que de
esta le hacemos á usted ministro.
—¿Yo? Quítese allá—replicó el tacaño, que ya se iba cargando de tanto
estrujón.—He dicho cuatro frases de cortesía, y nada más.
—Cuatro frases, ¿eh? Diga usted cuatro mil ideas magníficas,
estupendas... Venga otro abrazo. Francamente, ha sido un asombro.
De los últimos llegó Morentín, y le abrazó con fingido cariño, y
sonrisa de hombre de mundo, diciéndole:
—¡Pero muy bien! ¡Qué orador nos ha salido esta noche! No lo tome usted
á broma; orador y de los grandes...
—Quite usted... por Dios.
—Orador, sí, señor—añadió Villalonga, con la seriedad que sabía poner
en su rostro en tales casos.—Ha dicho usted cosas muy buenas, y muy
bien parladas. Mi enhorabuena.
Y luego fué Zárate, que le abrazó llorando de verdad, porque además de
pedante, era un consumado histrión, y le dijo:
—¡Ay, qué noche, qué emociones!... Mi enhorabuena en nombre de la
ciencia... sí... de la ciencia, que usted ha sabido enaltecer como
nadie... ¡Qué síntesis tan ingeniosa! ¡_La ordinaria_ del mundo entero!
Bien, amigo mío. No lo puedo remediar: se me saltan las lágrimas.
Y al despedirse todos, más abrazos, más apretones de manos, y nuevos
golpes de incensario. Asombrado de aquel bárbaro éxito, D. Francisco
llegó á dudar de que fuese verdad. ¡Si se burlarían de él! Pero no,
no se burlaban, porque en efecto, había hablado _con sentido_, él lo
conocía y se lo declaraba á sí mismo, _eliminando_ la modestia. No se
consolaría nunca de que no le hubiera oído el gran Donoso.
Acompañáronle hasta su casa los más íntimos, y allá otra ovación.
Noticias exactas habían llegado del exitazo, y lo mismo fué entrar en
la sala, que todas aquellas señoras se tiraron á abrazarle. Cruz y
Fidela, que antes de la llegada de don Francisco, al enterarse de la
gravedad de su amiga la señora de Donoso, habían pasado malísimo rato,
desde que vieron entrar al héroe de la noche saltaron bruscamente de
la pena al júbilo, y no pensaron más que añadir sus voces al coro de
plácemes.
—Á mí no me sorprende tu triunfo, querido Tor—le dijo su esposa.—Bien
sabía yo que hablarías muy bien. Tú mismo no has caído aún en la cuenta
de que tienes mucho talento.
—Yo, la verdad, esperaba un éxito—dijo Cruz,—pero no creí que fuera
tanto. No sé á qué más puede usted aspirar ya. Todo lo tiene: el mundo
entero parece que se postra á sus pies... Vamos, ¿qué pide usted ahora?
—¿Yo? nada. Que á usted no se le ocurra ensanchar más el círculo...
señora mía. Bastante círculo tenemos ya. Ya no más.
—¿Que no?—dijo la gobernadora riendo.—Ya verá usted. Si ahora
empezamos... Prepárese.
—Pero todavía...—murmuró Torquemada temblando como la hoja en el árbol.
—Mañana hablaremos.
Estas fatídicas palabras amargaron la satisfacción del flamante orador,
que pasó mala noche, no sólo por la excitación nerviosa en que le
pusiera su _apoteosis_, sino por las reticencias amenazadoras de su
implacable tirana.
Al día siguiente, trató en vano de recibir los plácemes de Rafael. Una
ligera indisposición le retenía en su aposento del segundo piso, y no
se dejaba ver más que de su hermana Cruz. Los periódicos de la mañana
colmaron la vanidad oratoria del grande hombre, poniéndole en las
nubes, y enalteciendo, conforme á la opinión del momento, su sentido
práctico y su energía de carácter. Todo el día menudearon las visitas
de personajes _propios_ y _extraños_, algún diplomático, Directores
de Hacienda y Gobernación, Generales, Diputados y Senadores, y dos
Ministros, todos con la misma cantinela: que el orador había dicho
cosas _de mucha miga_, y que había logrado _poner los puntos sobre
las íes_. No faltaba ya sino que fuese también el Rey, y el Papa,
y hasta el propio Emperador de Alemania. La Iglesia no careció de
representación en aquel jubileo, pues llegaron también, para incensar
al tacaño, el Reverendísimo Provincial de los Dominicos, Padre
Respaldiza, y el señor Obispo de Antioquía, los cuales agotaron el
vocabulario de la lisonja.
—Bienaventurados—dijo con unción evangélica Su Ilustrísima,—los ricos
que saben emplear cristianamente sus caudales, en provecho de las
clases menesterosas.
Cuando se fué la última visita, respiró el grande hombre, gozándose en
la soledad de su casa y familia. Pero muy poco le duró el contento,
porque le abordaron Fidela y Cruz en actitud hostil. Fidela callaba,
asintiendo con la expresión á cuanto su hermana con fácil y altanera
voz decía. Desde las primeras palabras, don Francisco se puso
lívido, se mordía el bigote comiéndose más de la mitad de las cerdas
entrecanas que lo componían, y se clavaba los dedos en los brazos ó
en las rodillas, presa de la terrible inquietud nerviosa. ¿Qué nueva
dentellada daba la gobernadora á sus considerables _líquidos_, que más
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