Torquemada en el purgatorio - 12

Total number of words is 4817
Total number of unique words is 1774
34.9 of words are in the 2000 most common words
45.7 of words are in the 5000 most common words
52.5 of words are in the 8000 most common words
Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
dicen que por lo común pienso que ese desdichado engendro estaría mejor
en la Gloria, ó en el Limbo... sí señor, en el Limbo. Y otro síntoma
que veo en mí es el absoluto convencimiento de que Dios ha hecho muy
mal en mandarle acá, como no haya venido para castigo del bárbaro,
y para amargar los últimos años de su vida. Sea lo que quiera, el
tal Valentinico..., me lo diré claro, como debo decirme las cosas á
mí mismo, en el confesonario de la conciencia, que es como ponerse
de rodillas ante Dios y descubrirle toda nuestra alma..., el tal
Valentinico me carga... Reconozco que allá nos vamos él y yo en candor
infantil. Yo discurro, él no; pero ambos somos igualmente niños. Si
yo, siendo como soy, estuviese ahora mamando, y tuviera mi nodriza
correspondiente, no sería más hombre que él, aunque pegado á la teta
revolviera en mi cabeza todas las filosofías del mundo. (_Pausa._) ¿Por
qué me causa profunda irritación el ver que mis hermanas no viven más
que para él, y se preocupan de la ropita, de la teta, de si duerme ó
no, como si de ello dependiera la suerte de toda la humanidad? ¿Por
qué, cuando oigo que le miman y le cantan y le saltan en brazos, rabio
interiormente porque no me hagan á mí lo mismo? Esto es infantil,
Señor; pero es como me lo digo, y no puedo remediarlo. Me confieso toda
la verdad, sin omitir nada, y al hacerlo así, siento alivio, el único
alivio posible...» (_Pausa larguísima. Abstracción._)
«Porque yo no sé lo que me pasa, ni cómo empieza el endiablado ataque.
Estalla de súbito como un explosivo. Me invade todo el sistema nervioso
en menos tiempo del que empleo en decirlo. Si el ataque me coge con
mi sobrinito en brazos, necesito echarme con la voluntad cinturones
de bronce para no dejarme caer sobre el pobre niño y ahogarle bajo
mi cuerpo. Ó bien me da la idea de lanzarle contra la pared con la
fuerza terrible que en mí se desarrolla. Una tarde llegué á ponerle
mi mano en el cuello; lo abarqué fácilmente, porque no está gordo que
digamos el príncipe de Asturias; apreté un poquitín, nada más que
un poquitín. Le salvaron los gemidos que dió, y aquella ilusión que
tuve... alucinación de oirle decir: “Tío, no me...” Fué un segundo
espantoso. Mi conciencia venció... por nada, por la milésima parte del
grueso de un pelo, que era la distancia que me separaba del crimen. Me
temo que otra vez mi voluntad no llegue al punto crítico, y venza el
impulso, y resulte que cuando me entero del acto de barbarie, ya está
consumado y no lo puedo remediar. Yo lo siento, lo sentiré mucho; me
moriré de vergüenza, de terror... Y cuando nos encontremos él y yo en
el Limbo, víctima y verdugo, nos reiremos de nuestras discordias de
por acá... ¡Cuánta miseria, cuánta pequeñez, qué estúpido combatir por
quién es más! “Valentín—le diré,—¿te acuerdas de cuando te maté porque
no me hacía gracia que fueras más que yo? ¿Verdad que tú, allá en los
albores de tu voluntad, querías anonadarme á mí, y me tirabas de los
pelos con intención de hacerme daño? No me lo niegues. Tú eras muy
malo; la sangre villana de tu padre no podía desmentirse. Si hubieras
vivido, habrías sido el vengador de los Águilas deshonrados, y habrías
dado tortura á tu madre, que hizo mal, muy mal en ser madre tuya.
Reconócelo: mi hermana no debió casarse con el bruto de tu papá, ni yo
debí ser tu tío. Y admitido que el casamiento tenía que efectuarse,
no debiste nacer tú, no señor. Fuiste un absurdo, un error de la
Naturaleza... (_Pausa._) Y también te digo que la noche que naciste,
tuve yo unos celos terribles, y cuando tu padre se acercó á mí para
decirme que te había dado la gana de nacer, poco me faltó para llenarle
de injurias... Con que ya ves... Y ahora estamos iguales tú y yo.
Ninguno de los dos es más que el otro, y ambos nos pasamos la eternidad
en esta forma impalpable, divagando por espacios grises sin término,
sin más distracción que describir curvas, ni más juguete que nosotros
mismos rasgando en medio del caos las masas de luz espesa...”»


V

Su hermana Cruz solía sacarle de estos éxtasis dolorosos con el golpe
seco de su razonamiento positivo. Poniendo en su lenguaje una de
cariño y otra de severidad, le calmaba. Una tarde, hallándose Rafael
con Zárate en el gabinete, fué bruscamente atacado de su arrechucho.
Había puesto el ama en sus brazos á Valentín dormido, para ir en busca
de unas piezas de ropa al aposento contiguo, y lo mismo fué sentir el
peso del tierno infante, que se le descompuso la fisonomía, temblaron
sus labios, como atacado de mortal frío, encendióse su rostro, se le
contrajeron los brazos.
—Zárate, demonio de Zárate, ¿dónde estás?... Por amor de
Dios...—clamaba con voz ronca.—Toma el niño, cógele, hombre, cógele
pronto... que si no, le estrello contra el suelo... ¿Qué haces? No
puedo más... Zárate, cógele... ¡Dios mío!
Acudió al instante el sabio, cogió casi en el aire al niño; despertóse
éste dando berridos, y cuando apareció la madre presurosa, vió á
su hermano que caía en el sofá con epilépticas convulsiones. Pero
rápidamente se rehizo, y con nerviosa hilaridad, procurando estirar los
músculos y serenar su alterado rostro, decía:
—No es nada... nada... Esto que me da... una tontería... Parece que me
crecen las fuerzas..., que soy un Hércules ó que me vuelvo de trapo
y no sé tenerme... no sé... ¡Cosa más rara!... Ya pasó, ya estoy
bien... Quiero estar solo... Que me lleven, que me saquen de aquí... Y
el niño... ¿le ha pasado algo? ¡Pobrecito... estas criaturas son tan
débiles! De ciento, los noventa y ocho perecen...
Acudió también la hermana mayor, que con ayuda del pedante le llevó á
su cuarto, donde un rato después hablaba tranquilamente con su amigo,
recordando episodios de la época estudiantil. Ya cerca de la noche,
pidió que se le llevara otra vez al gabinete de Fidela, y allí se
entabló conversación amena, porque entró Cruz diciendo:
—Parece cosa acordada que á tu marido le obsequiarán con un banquete
monumental los leoneses, por su iniciativa en lo del ferrocarril.
Y Zárate, que era de los que mangoneaban en aquel asunto, confirmó la
noticia, agregando que ya se habían inscrito unos ochenta, y que la
_junta organizadora_ había tomado el acuerdo de no limitar la fiesta
al _elemento leonés_, sino que podía inscribirse y asistir todo el
que quisiera, pues así se daba á la manifestación carácter nacional,
público y solemne homenaje al hombre extraordinario que ponía sus
capitales y su inteligencia al servicio de los intereses públicos.
Cuando esto decía, y antes de que Fidela y Cruz añadieran ningún
comentario, entraron Torquemada y Donoso.
—¿Conque, Tor, te van á dar un _comebú_ muy grande?—le dijo su
esposa.—Me alegro; que estas solemnidades no han de ser solo para los
literatos y poetas.
—No sé á qué vienen esas comilonas... Pero se empeñan en ello, ¿y qué
he de hacer yo? _Mi línea de conducta_ será comer y callar.
—Eso no—dijo Cruz.—Pues flojito discurso tendrá usted que pronunciar.
—¡Yo...!
—Tú, sí. Querido Tor, la salsa de esos banquetes está en los brindis.
—Brindarán ellos. Pero yo... ¡hablar ante tanta gente ilustrada!
—No lo es usted menos—observó Cruz.—Y bien podrá decirles cosas
muy saladas, si quiere, cosas de sentido práctico, y de verdadera
elocuencia á estilo inglés.
—En ningún estilo abro yo la boca delante de tanto prohombre y de tanta
eminencia.
—No habrá más remedio, querido D. Francisco—indicó Donoso,—que decir
cuatro palabras. Por más que se acuerde _que no haya brindis_, alguien
ha de hablar, al menos para exponer el objeto de la solemnidad; y
naturalmente, usted tiene que dar las gracias... una manifestación
sencilla, sin pretensiones de elocuencia, frases salidas del corazón...
El chiquillo soltó la risa, y todos, Torquemada el primero,
considerando que se reía del discurso de su papá, corearon su infantil
alegría.
—Mico de Dios, ríete, sí, del discursito que va á pronunciar Tor.
¿Verdad que tú sabes hablar mejor que él?... Déjate, que ya iremos los
dos á silbarle.
—No tiene usted más remedio—dijo Zárate dejándose ir á la
adulación,—que decirnos su pensamiento sobre ciertas y determinadas
materias _que agitan la opinión_. Es más, lo esperamos ansiosos, y
privarnos de oir su palabra sería defraudar las esperanzas de todos los
que allí hemos de reunirnos.
—Pues _yo parto del principio_ de que al buen callar llaman Sancho.
Despotriquen ellos todo lo que quieran, y si veo que viene mucho
incienso, les diré lacónicamente que yo no me pago de lisonjas, que soy
muy práctico, y que me dejen en paz, ¡ea!
—Usted, prepárese—le dijo Cruz, que en aquella ocasión, como en todas,
era maestra, sin alardear de ello.—Penétrese bien del motivo por que le
dan el banquete. Fíjese en este punto y en el otro; haga su composición
de lugar; escoja las frases que le parezcan más oportunas, elija las
palabras, y pongo mi cabeza á que hace usted un discurso que llame la
atención, y deje tamañitos á los demás oradores que salgan por allí.
—Dudo mucho, Crucita—afirmó Torquemada sentándose en el sofá junto al
ciego,—que de esta boca, que es muy torpe _de suyo_, salgan buenas
oratorias, como las que oimos en las _Cámaras_. Pero, en caso de que no
tenga más remedio que romper, yo haré por dejar bien puesto el pabellón
de la familia.
—También á mí—dijo el ciego, que hasta entonces había permanecido
silencioso,—me da el corazón, como á mi hermana Cruz, que va usted á
revelársenos orador de primer orden. Ya puesto á crecer, señor mío,
crecerá usted en todas las esferas. Y si habla esa noche medianamente,
el vulgo que le oiga saldrá diciendo que allá se va usted con
Demóstenes, y así lo creerá, y así se forma la opinión. Cuanto haga
y diga el señor Marqués de San Eloy, será hoy tomado por lindezas,
porque está en la atmósfera del éxito. ¡Ah! si usted siguiera mis
indicaciones, yo me levantaría, después que hubieran hablado todos, y
les diría: «Señores...»
Quiso interrumpirle Cruz, temiendo alguna salida impertinente; pero él
no hizo caso, y alentado por el propio D. Francisco, que le incitaba á
exponer con entera ingenuidad su pensamiento, prosiguió así:
—«Señores, valgo más, infinitamente más que vosotros, aunque muchos de
los que me escuchan se decoren con títulos académicos y con etiquetas
oficiales que á mí me faltan. Puesto que vosotros arrojáis á un lado la
dignidad, yo arrojo la modestia, y os digo que me tengo bien merecido
el culto de adulación que me tributáis, á mí, reluciente becerro de
oro. Vuestra idolatría me revolvería el estómago, si no lo tuviera bien
fortalecido contra todos los ascos posibles. ¿Qué celebráis en mí? ¿Las
virtudes, el talento? No; las riquezas, que son, es esta edad triste,
la suprema virtud, y la sabiduría por excelencia. Celebráis mi dinero,
porque yo he sabido ganarlo y vosotros no. Vivís llenos de trampas,
unos en la mendicidad de la vida política y burocrática, otros en la
religión del sablazo. Me envidiáis, veis en mí un sér superior. Pues
bien, lo soy, y vosotros unos peleles que no servís para nada, muñecos
de barro, cincelados con cierta gracia: yo soy de estilo de Alcorcón;
pero no de barro, sino de oro puro. Peso más que todos vosotros juntos,
y si queréis probarlo, tomadme el tiento, arrimad el hombro á mi peana
y llevadme en procesión, que no está de más paseéis por las calles á
vuestro ídolo. Y mientras vosotros me aclamáis con delirio, yo mugiré,
repito que soy becerro, y después de felicitarme de vuestro servilismo,
viéndoos agrupados debajo de mí, me abriré de las cuatro patas, y os
agraciaré con una evacuación copiosa, en el bien entendido de que mi
estiércol es efectivo metálico. Yo _depongo_ monedas de cinco duros
y aun billetes de Banco, cuando con esfuerzos de mi vientre quiero
obsequiar á mis admiradores. Y vosotros os atropelláis para cogerlo;
vosotros recogéis este maná precioso; vosotros...»
Tan excitado se puso, gesticulando y alzando la voz, que Cruz hubo de
cortarle el discurso, suplicándole que callara. Los que le oían, tan
pronto lo tomaban á broma, tan pronto se ponían serios, como queriendo
apuntar la censura, y Donoso, principalmente, todo corrección y
formulismo, se alegró mucho de que la primogénita tapase la boca á su
hermano. En cambio, Torquemada celebró la perorata, y dando al orador
palmetazos en la rodilla, le decía:
—Bien, muy bien, Rafaelito. _La síntesis_ del discurso me parece
excelentísima, y por mi gusto, yo _pronunciaría_ eso, si encontrara un
vocabulario de mucha trastienda para poder soltar tales perrerías con
lenguaje de doble fondo, de ese que dice lo que no dice. Pero verás
como el pobre becerro no pronuncia más que un _mu_ como una casa.
La aprobación de su cuñado le excitó más, y hubiera seguido en
aquella locuacidad delirante, si Cruz no llevara con gran esfuerzo
la conversación á otro asunto. Zárate hizo el gasto, charlando de
mil cosas que trajo por los cabellos, y Rafael metía baza en todas,
expresando opiniones graciosísimas, ya sobre las nuevas teorías de
la degeneración, ya sobre la quiebra del Panamá, los anarquistas,
ó los diamantes del _Shah_ de Persia. Á la hora de comer, trataron
Rafael y Cruz del deseo que éste había manifestado diferentes veces
de trasladarse al piso segundo, porque su habitación del principal
era muy calurosa y estrecha, y en el segundo había dos hermosas piezas
interiores, que no se utilizaban, y en las cuales el ciego podía vivir
con más independencia. No había querido la hermana mayor consentir en
la traslación, porque abajo le tenía más cerca para vigilarle y cuidar
de su persona; pero tanto insistió Rafael, que al fin, previa consulta
con D. Francisco, fué autorizada la mudanza, disponiéndose que Pinto
durmiese en la habitación próxima para estar al cuidado del señorito.
Contentísimo parecía éste de su cambio de aposento, porque arriba
disponía de dos piezas muy capaces, en las cuales podía pasearse con
holgura; no le molestaría el ruido de la calle, y estaba más lejos del
bullicio de la casa, que en noches de recepción ó de gran comida era
insoportable. Bromeando con Torquemada, le dijo:
—Me voy con usted. ¡Qué apostasía! ¡Instalarme tan cerquita del becerro
de oro!... Vueltas del mundo. Yo, que fuí el mayor enemigo del becerro,
ahora le pido hospitalidad en su sacristía...


VI

Á principios de Mayo celebróse el banquete en honor del grande hombre,
y por Dios que no hay necesidad de investigar los pormenores de la
fiesta, porque la prensa de Madrid contiene en los números de aquellos
días descripciones minuciosas de cuanto allí pasó. El local era de los
más desahogados de Madrid, capaz para que comieran, en tres ó cuatro
mesas larguísimas, doscientas personas; pero como los inscritos pasaban
de trescientos, por bien que quiso el fondista colocarles, ello es que
estaban como sardinas en banasta; y si funcionaban medianamente con
un brazo, el otro tenían que metérselo en el bolsillo. Á las siete ya
hervía el salón, y los de la junta organizadora, entre los cuales dicho
se está que Zárate era uno de los más diligentes, se multiplicaban
para colocar á todos, y procurar que en la designación de puestos
_presidiese_ un criterio jerárquico. Sentáronse acá y allá personajes
de nombradía política, militares de alta graduación, ingenieros, algún
catedrático, banqueros y hombres adinerados, periodistas pobres de
bolsillo, si ricos de ingenio, alguno que otro poeta, y entre col
y col, personas varias no mentadas aún por la fama, propietarios y
rentistas de cuenta, y en fin, gente distinguidísima, títulos del
reino, etc... Predominaba, como observó muy bien Donoso, el _elemento
serio_ de la sociedad.
Mientras se iban acomodando los comensales, picante confusión y
bullicio reinaban en el local. Estos, sentados y con la servilleta
prendida, charlaban y reían; aquéllos dejaban un sitio para ponerse
en otro, cerca del grupo de amigos más de su gusto. El adorno del
salón era el que para estas solemnidades se usa comúnmente: cenefas
de hojarasca verde, tarjetones con escudos de las provincias,
deteriorados del uso que tienen en las verbenas, banderas nacionales
tendidas en forma de ropa de baño puesta á secar. Todo ello es de la
guardarropía patriótica del Ayuntamiento, que galantemente lo facilita,
contribuyendo así al esplendor de la fiesta. Algunos tarjetones se
añadieron, por iniciativa de Zárate, con los nombres de las cabezas de
partido en la provincia de León, y en el centro de la anchurosa cuadra,
hacia la cabecera de las mesas, veíase una laminota de la hermosa
catedral con el lema, en cintas pintarrajeadas, de _pulchra leonina_.
Concuerdan los diferentes cronistas de aquel estupendo festín en
la afirmación de que pasaban cinco minutos de las siete y media
cuando entró D. Francisco, acompañado de su corte, Donoso, Morentín,
Taramundi, y algún otro que no se menciona. En lo que no hay
conformidad es en las indicaciones de la cara que llevaba el tacaño,
pues mientras un periódico habla de su palidez y emoción, otro sostiene
que entró risueño y con los colores algo subidos. Aunque no conste en
las relaciones del acto, bien puede afirmarse que al tomar asiento D.
Francisco en la cabecera, sentáronse todos y empezó el servicio de
la sopa. Daba gusto ver aquellas mesas, y aquellas filas de señores
de frac, calvos unos, peludos los otros, casi todos de una gravedad
chinesca. Escaseaba el _elemento joven_; mas no el bullicio y la
alegría, pues entre trescientas personas, aunque éstas sean, por su
edad y circunstancias, del género serio, nunca faltan graciosos que
saben dar amenidad á los actos más fastidiosos de la vida.
_Achantaditos_ en un extremo de la mesa lateral, á la mayor distancia
posible de la cabecera, hallábanse Serrano Morentín, Zárate y el
_Licenciado Juan de Madrid_, éste con la intención más mala del mundo,
pues preparábase á tomar nota de todas las gansadas y solecismos que
forzosamente había de decir, en su discurso de gracias, el grotesco
tacaño, objeto de tan disparatado homenaje. Morentín anticipaba, con
profético don, algunas ideas que D. Francisco había de emitir, y hasta
las palabras que emplear debía; Zárate aseguró conocer lo principal
del discurso, induciéndolo de las preguntas que su amigo le hiciera en
los días anteriores, y los tres, y otros que al grupo se agregaron, se
relamían de gusto, esperando el divertidísimo sainete que á la hora
de los brindis se les preparaba. Por supuesto, mientras más desatinos
dijese el bárbaro, con más fuerza le aplaudirían ellos, para empujarle
por el camino de la necedad, y reirse más, y pasar un rato tan
delicioso como en función de teatro por horas.
Pero no en todos los grupos predominaba este sentimiento de burlona
hostilidad. Hacia el centro de una de las mesas, Cristóbal Medina,
Sánchez Botín y compinches expresaban su curiosidad por lo que diría ó
dejaría de decir _San Eloy_ en su contestación á los brindis.
—Es hombre tosco—afirmaba uno,—hombre de trabajo, y como tal, de
palabra difícil. ¡Pero qué inteligencia, señores! ¡Qué sentido
práctico, qué serenidad de juicio, qué puntería para dar en el blanco
de todos los asuntos!
Y en otra parte:
—Veremos por dónde sale este D. Francisco. Hablará poco. Es _un tío
muy largo_ que esconde su pensamiento, como todas las inteligencias
superiores.
En tanto, el Marqués tacaño experimentaba emociones diversas, conforme
se iba cumpliendo aquel programa de viandas que iban y viandas que
venían. Comía poco, y no elogió ningún plato. Todos le sabían igual;
eran, ante su burdo criterio de gastrónomo de patatas y salpicón, las
porquerías de siempre, lo mismo de su casa guisado con menos arte,
todo como de batallón. Al principio, no se preocupó poco ni mucho de
la soflama que tenía que pronunciar. Su vecino un señor viejo, leonés,
propietario rico, senador y algo beato, le entretuvo charlando de cosas
y personas del Bierzo, y apartó su pensamiento del empeño literario
en que le pondrían los brillantes oradores allí reunidos. Pero al
tercer plato empezó el hombre á pensar en ello, y á refrescar las ideas
que para el caso había traído de su casa, y que no estaban ya menos
marchitas que los ramilletes de la mesa. Tan pronto se le escapaban,
como le volvían al pensamiento, trayendo otras ideas nuevecitas,
que parecían nacer en el caldeado ambiente del inmenso comedor.
«¡Re-Cristo!—pensó, dándose ánimos;—que no me falten las palabritas que
tengo bien estudiadas; que no me equivoque en el término, diciendo
peras por manzanas, y saldremos bien. De las ideas responde Francisco
Torquemada, y lo que debo pedir á Dios es que no se me atraviese el
vocablo.»
Aunque su propósito era no beber gota, para conservar su cabeza en
absoluto despejo, alguna vez hubo de quebrantar su propósito, y cuando
le sirvieron el asado, gallina ó pavipollo más duro que la pata de
un santo, con ensalada sin cebolla, desabrida y lacia, sintió que le
subían vapores á la cabeza y que la vista se le turbaba. ¡Cosa más
rara! Vió á doña Lupe, sentada hacia el promedio de una de las mesas
centrales, y vestida de hombre propiamente, con la pechera de la camisa
como un pliego de papel satinado, corbata blanca, frac, florecilla en
el ojal... Apartó de la extraña figura sus ojos, y al poco rato volvió
á mirar. Doña Lupe se había ido; buscóla, examinando una por una todas
las caras, y al fin la encontró de nuevo en uno de los mozos que iban
pasando las fuentes de comida, el cual con servil amabilidad sonreía,
exactamente lo mismo que ella. No había duda de que era la propia
señora _de los pavos_, con su boquita plegada, y sus ojos vivarachos.
Sin duda, al llamamiento patriótico de los leoneses, había salido del
sepulcro, dejándose en él, por causa de la precipitación, algunas
partes de su persona, verbigracia: el moño, la teta de algodón y todo
el cuerpo de la cintura abajo. Visto de cerca el camarero, resultaba
tan exacto el parecido, que Torquemada sintió algo de miedo. «¡Ay,
de mí!—pensó,—con estas cosas, se me trastorna la cabeza, y no es mal
lío el que armaré. Anda, anda: ya se me ha olvidado todito lo que
escribí anoche. ¡Y cuidado si estaba bien!... Me he lucido, ni una jota
recuerdo.»
Afanado buscó á Donoso entre los que á una banda y á otra tenía en fila
de honor, como los apóstoles en el cuadro de la _Cena_, y notó vacío el
puesto de su amigo, que en aquel momento hubiérale sido de gran ayuda,
pues sólo con que él le alentara recobraría la serenidad, y con la
serenidad, la memoria.
—¿Qué ha sido de D. José?—preguntó con viva inquietud.
Pronto fué informado de que había tenido que abandonar la mesa, porque
le avisaron que su esposa se hallaba en peligro de muerte. Contrariedad
no floja era ésta para el tacaño, pues sólo con mirar á Donoso, las
ideas se le refrescaban y acudían á su mente las palabras finas, y el
habla elegante, acompasada y ceremoniosa.
Pues señor, no había más remedio que salir del paso como se pudiera.
Procuraría reconcentrar todas las energías del caletre, sin dejar de
atender á la charla de los dos _apóstoles_ que á su lado tenía. No
tardaron en apuntar en su mente algunos conceptos de lo que había
escrito la noche anterior; pero las ideas aparecieron en dos ó tres
formas, porque escribió primero algo que no hubo de parecerle bien, y
lo rompió y vuelta á escribir, y á romper... Vamos, que aquello era un
ciempiés. Por suerte suya recordaba perfectamente diversas formulillas
retóricas oídas en el Senado, y que se pegaban á su magín como líquenes
á la roca... Luego, algo había que dejar á la inspiración del momento,
sí, señor...
Sirvieron una como torta que D. Francisco no supo si era cosa de hielo,
ó de fuego, porque por un lado quemaba, y por otro ponía los dientes
como si mascaran nieve... No se dió cuenta del curso del tiempo, y
de pronto vió que entre él y el comensal de la derecha se introducía
el brazo del mozo con una botella, y que le echaba _champagne_ en la
copa chata. En el mismo instante sintió tiroteo de taponazos, y una
algazara, un murmullo sordo y penetrante... Levantóse uno de aquellos
_puntos_, y por espacio de medio minuto no se oyó más que el chicheo
de los que mandan callar. Prodújose al fin un silencio relativo, y...
ahí va el discursito en nombre de la junta organizadora, explicando el
objeto de aquel homenaje.


VII

En rigor de verdad, el primer orador (un señor Director, cuyo nombre no
hace al caso), retinto, de libras, habló malditamente, aunque otra cosa
dijeran, rindiendo tributo á la cortesía, los periódicos de la mañana.
¡Cuánta vulgaridad! Que le dispensaran si _hacía uso_ de la palabra,
_asumiendo la representación_ de la junta organizadora, él tan humilde,
él tan poca cosa, él sin duda el último... pero por lo mismo que era el
último, hablaba el primero, para dar las gracias al ilustre hombre que
se había dignado aceptar, etcétera... Enumeró las batallas que hubieron
de librarse contra la modestia del grande hombre, lucha horrible, en
la cual la modestia se defendió bravamente, y hubo que traer casi á
rastras al señor Marqués de San Eloy, hombre de trabajo, hombre de
aislamiento y soledad, hombre de silencio fecundo, hombre que huía
del brillo social, y de los trompetazos de la fama. Pero no le valía.
Forzoso era, para bien de la misma sociedad, sacarle á tirones de su
retiro, traerle á donde pudiera recibir los plácemes que merecía...,
«rodearle de nuestros cariños, de nuestros homenajes, de nuestros... de
nuestros _loores_, _señores_, para que sepa lo que vale, para que la
sociedad pueda expresarle su inmensa gratitud por los beneficios que de
su inteligencia poderosa ha recibido... He dicho.» (_Grandes aplausos;
el orador se sienta muy sofocado, limpiándose el sudor del rostro. D.
Francisco le abraza con el brazo izquierdo nada más._)
No se había calmado el barullo producido por el primer discurso, cuando
allá, en el opuesto extremo del salón, surgió un señor alto y seco, que
debía tener fama de orador brillante, porque le procedió un murmullo
de expectación, y todo el grave concurso se relamía de satisfacción
por las sublimes cosas que pronto se oirían. En efecto, el demonio
del hombre era una máquina eléctrica. Hablaba con la boca, con los
brazos, que parecían aspas de molino, con las trémulas manos, que
casi tocaban al techo, con los crispados dedos, con todo el semblante
congestionado, echando fuego, con los ojos que se le salían del casco,
con los lentes tan pronto caídos, tan pronto puestos sobre el caballete
de la nariz por la misma mano que quería horadar el techo. Tal era el
desbordamiento de su oratoria enfática y kaleidoscópica, que si aquello
dura más de quince minutos, todos salen de allí con el mal de San Vito.
¡Qué acumular idea sobre idea, qué vértigo de figuras, corriendo como
vagonetas descarriladas, que al chocar montan unas sobre otras, qué
tono furiosamente altísono, desde el primer momento, tanto que no había
gradación posible, y su oratoria era una sucesión delirante de finales
de efecto! Como el tal era ingeniero (no sé si por Madrid ó por Lieja)
iniciador de obras públicas tan grandiosas como impracticables, se
despotricaba con un lío espantoso de retóricas del orden industrial y
constructivo, y todo era carbón por allí, calderas al rojo cereza por
allá, las espirales de humo _que escribían sobre el azul del cielo el
poema_ de la fabricación, el zumbido de los volantes, el chasquido de
las manivelas; y tras esto, los dinamos, las calorías, la fuerza de
cohesión, el principio vital, las afinidades químicas, para venir á
parar al arco iris, á las gotas de rocío que descomponen el rayo solar,
y qué sé yo, Dios de mi vida, todo lo que salió de aquella boca. Y
á todas estas, nada había dicho aún de D. Francisco, ni se veía la
relación que el festejado pudiera tener con toda aquella monserga de
gotas de rocío, dinamos y manivelas.
Sin abandonar el estilo vertiginoso y las gesticulaciones epilépticas,
hizo la gradación gallardamente. Presentó á la humanidad dándose de
cachetes con la ciencia, como quien dice. La ciencia bebía los vientos
para redimir á la humanidad, y ésta emperrada en no dejarse redimir.
Naturalmente, nada se conseguiría hasta que aparecieran los _hombres de
You have read 1 text from Spanish literature.
Next - Torquemada en el purgatorio - 13
  • Parts
  • Torquemada en el purgatorio - 01
    Total number of words is 4754
    Total number of unique words is 1745
    33.8 of words are in the 2000 most common words
    46.8 of words are in the 5000 most common words
    52.8 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 02
    Total number of words is 4847
    Total number of unique words is 1640
    35.2 of words are in the 2000 most common words
    47.4 of words are in the 5000 most common words
    53.6 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 03
    Total number of words is 4730
    Total number of unique words is 1582
    35.9 of words are in the 2000 most common words
    49.0 of words are in the 5000 most common words
    54.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 04
    Total number of words is 4685
    Total number of unique words is 1689
    35.0 of words are in the 2000 most common words
    46.9 of words are in the 5000 most common words
    52.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 05
    Total number of words is 4800
    Total number of unique words is 1663
    34.5 of words are in the 2000 most common words
    46.0 of words are in the 5000 most common words
    53.1 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 06
    Total number of words is 4814
    Total number of unique words is 1702
    36.3 of words are in the 2000 most common words
    48.5 of words are in the 5000 most common words
    54.3 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 07
    Total number of words is 4849
    Total number of unique words is 1674
    35.1 of words are in the 2000 most common words
    48.6 of words are in the 5000 most common words
    54.8 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 08
    Total number of words is 4768
    Total number of unique words is 1680
    34.3 of words are in the 2000 most common words
    45.9 of words are in the 5000 most common words
    52.4 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 09
    Total number of words is 4834
    Total number of unique words is 1756
    33.5 of words are in the 2000 most common words
    44.4 of words are in the 5000 most common words
    50.6 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 10
    Total number of words is 4768
    Total number of unique words is 1707
    34.9 of words are in the 2000 most common words
    47.1 of words are in the 5000 most common words
    53.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 11
    Total number of words is 4894
    Total number of unique words is 1690
    35.6 of words are in the 2000 most common words
    48.0 of words are in the 5000 most common words
    55.0 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 12
    Total number of words is 4817
    Total number of unique words is 1774
    34.9 of words are in the 2000 most common words
    45.7 of words are in the 5000 most common words
    52.5 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 13
    Total number of words is 4688
    Total number of unique words is 1627
    35.0 of words are in the 2000 most common words
    48.3 of words are in the 5000 most common words
    54.4 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 14
    Total number of words is 4810
    Total number of unique words is 1656
    35.5 of words are in the 2000 most common words
    47.9 of words are in the 5000 most common words
    55.0 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Torquemada en el purgatorio - 15
    Total number of words is 617
    Total number of unique words is 332
    51.4 of words are in the 2000 most common words
    61.0 of words are in the 5000 most common words
    66.1 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.