Torquemada en el purgatorio - 10

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del tiempo del Emperador Carlos V, y han llevado esa corona personas
de gran valía, como D. Beltrán de la Torre Auñón, gran maestre de
Santiago, y capitán general de las galeras de Su Majestad.
—¡Y ahora me quieren meter á mí en las galeras! San Eloy... ¡oh,
qué marqueses somos!... De mucho nos valdría si no tuviéramos con
qué poner un puchero, como _ciertos y determinados_ títulos que
viven de trampas... Mi _bello ideal_ no es la nobleza: tengo yo una
manera _sui generis_ de ver las cosas. Rafael, no te enfades, si me
despotrico contra la aristocracia tronada, y contra la que no tiene
más _desideratum_ que humillar á los infelices plebeyos. Yo soy un
pobre que ha logrado asegurarse la _clásica_ rosca, y nada más. Es
cosa triste que lo ganado tan á pulso se emplee en marquesados. Ni
qué tengo yo que ver con ese hijo de tal que mandó en las galeras del
Rey... No lo tomes á mal, Rafaelito. Ya sabes que no es por ofender á
tus antepasados... muy señores míos... Sin duda fueron unos _puntos_
muy decentes. Pero es que yo doy ahora mismo el marquesado por lo que
me cuesta y un diez por ciento de prima, si hay quien lo quiera... Ea,
Morentín, vendo la corona. ¿La quiere usted?
Reíanse los dos amigos, Rafael de dientes afuera, el otro con toda
su alma, porque cuantas muestras de su barbarie daba D. Francisco le
colmaban de júbilo.
—Pero todo ello—dijo después Torquemada,—no tiene importancia, _en
parangón_ del grave conflicto en que estamos... Salga en bien Fidela, y
apechugo con todo, incluso con las medias annatas.
—Yo preveo los acontecimientos—afirmó Rafael con serena convicción,—y
le profetizo á usted que Fidela saldrá perfectamente de su cuidado.
—Dios te oiga... Yo creo lo mismo.
—No le vendrá á usted la desgracia por este lado, ni en el día de hoy,
sino por otro lado, y en días que aún están lejanos.
—Bah... ya estás oficiando de profeta—dijo Morentín, queriendo
desvirtuar con sus risas la seriedad que el ciego daba á sus palabras.
—Por de pronto—añadió Torquemada,—cúmplase la profecía de hoy; yo
me congratulo de que Rafael acierte. ¡Pero cuánto tarda, Virgen de
la Santísima Paloma! ¡Y para esto traiga usted tres facultativos
de cartel!... ¿Qué hacen esos caballeros que no...? Porque yo soy
el primero en _rendir parias_ á la ciencia... Pero que veamos sus
resultados prácticos... ¿Pues qué, todo ha de ser teoría, Sr. de
Morentín?
—Lo mismo digo yo.
—Mucha teoría, mucho término griego, y éste manda una cosa, el otro lo
contrario; y los tratamientos son como _el tejido de Penélope_, que
hoy te hago y mañana te deshago. Si el enfermo se muere, no por eso se
dejan de pagar las cuentas de los _señores Galenos_... ¡quiá!... Y yo
_profeso la teoría_ de que esas cuentas debieran pagarlas los gusanos.
¿No es usted de mi opinión? Justo; los gusanos, que son los que van
ganando... Aquí estamos _en actitud espectante_, diciendo «qué será,
qué no será,» y esos señores médicos tan tranquilos... Y _les soy á
ustedes franco_: me pongo tan nervioso, que... vean... me tiemblan las
manos, y hasta se me traba la lengua... Mi yerno Quevedo se bastaba y
se sobraba; tal es mi humilde _punto de vista_.»
Salió del cuarto sin oir lo que Rafael y Morentín expresaron sobre sus
respectivos puntos de vista, y en el pasillo se encontró con Pinto, á
quien atizó varios pescozones, sin que ni el agresor ni la víctima
se hicieran cargo claramente del motivo de ellos. Siempre que don
Francisco se ponía muy destemplado y nervioso, desfogaba los efluvios
de su insensata cólera sobre los cachetes y el cráneo inocente del
lacayo, que era un bendito, y llevaba con paciencia los duelos con
pan. El buen trato de las señoras, y el comer todo lo que le pedía el
cuerpo, le indemnizaban de las brutalidades del amo, el cual, cuando
estaba de buenas, solía entenderse con él para ciertas funciones de
espionaje, verbigracia: «Pinto, ven acá. ¿Está la señorita Cruz en
el gabinete? ¿Quién ha entrado, el Sr. Donoso ó el señor Marqués de
Taramundi?... Chiquillo, avísame arriba cuando salga Donoso, sin que se
entere nadie, ¿sabes?... Oye, Pinto: la señorita Cruz te preguntará si
estoy arriba, y tú le dices que tengo gente.»
Aquel día fué tal la dureza de sus nudillos, que el muchacho se echó á
llorar.
—No llores, hijo—díjole el tacaño ablandándose súbitamente.—Ha sido
sin querer, por la pícara costumbre. Estoy de mal temple. ¿Qué hay?
¿Ha salido de la alcoba alguno de esos tres doctores de pateta?...
No llores te digo. Si la señora sale en bien, cuenta con una muda de
ropa... Vete á ver quién está en la sala. Paréceme que ha entrado la
mamá de Morentín, _enteramente_... ¿Y el señor de Zárate ha venido?...
¿No? Pues lo siento... Entérate con cuidado, con discreción, de donde
está la señorita Cruz, si en la alcoba, ó en la sala, ó en su cuarto,
y corre á decírmelo. Te espero aquí... Entras haciéndote el tonto,
creyendo que te han llamado... Esto no es vivir. Tú también deseas que
salgamos bien, y que sea varón, ¿verdad?
Limpiándose las lágrimas, respondió que sí el bueno de Pinto, y se fué
á desempeñar las comisiones que le encargó su amo. El cual continuó
divagando por los pasillos, á ratos despacio, fija la vista en el
suelo, como si buscase una moneda que se le había perdido, á ratos de
prisa, vuelta la cara hacia el techo, cual si esperara ver caer de él
lluvia de oro. Cuando llamaban á la puerta, se escondía en el aposento
que le cogía más á mano, recatándose de las visitas, que le azoraban ó
le ponían furioso.
Pero una persona entró que le fué muy grata, y á ella se abalanzó con
júbilo, dejándose abrazar y recibiendo varios estrujones.
—Tenía ganas de verle, amigo Zárate. Estoy, estamos angustiadísimos.
—¿Pero qué?—dijo el sabio, fingiendo consternación.—¿Todavía no se le
puede dar á usted la enhorabuena?
—Todavía no. Y he mandado venir tres facultativos de punta, eminencias
los tres, y alguno de ellos lo primero del globo terráqueo en clase de
comadrones.
—¡Oh! pues no habrá nada que temer. Esperemos tranquilos el resultado
de la ciencia.
—¿Lo cree usted?—dijo Torquemada, ya exánime, apoyándose, como un
borracho á quien falta el suelo, en las paredes del pasillo.
—Confío en la ciencia. ¿Pero acaso el lance se presenta dificultoso?
Será que la familia se asusta sin motivo. ¿Está la paciente en el
primer período? ¿Y el vástago se presenta por el vértice ó por la
pelvis?
—¿Qué dice usted?
—¿Y no han pensado en traer un aparato muy usado en Alemania, la _sella
obstetricalis_?
—Cállese usted, hombre... ¿_Á qué obedecen_ esos aparatos? Dios quiera
que todo sea por lo natural, como en las mujeres pobres, que se
despachan sin ayuda de facultativos.
—Pero rara vez, Sr. D. Francisco, se verifica una buena parturición
sin auxilio de mujeres prácticas, vulgo comadronas, que en Grecia se
llamaban _omfalotomis_, fíjese usted, y en Roma _obstetrices_.
No había concluído de soltar estos terminachos, cuando sintieron
tumulto en el interior de la casa, pasos precipitados, voces. Algo
estupendo sucedía; más no era fácil colegir de pronto si era bueno ó
malo. D. Francisco se quedó como un difunto, sin atreverse á indagar
por sí mismo. Zárate dió algunos pasos hacia la sala; pero aún no había
llegado á ella, cuando oyeron claramente decir: «Ya, ya...»


XIV

—¿Qué es? por las barbas del Santísimo Cristo—gritó Torquemada
escupiendo las palabras.
—Ya, ya—repetían los criados corriendo. Sus alegres semblantes
divulgaban la buena noticia.»
Y en la puerta del gabinete, á donde corrió como exhalación, encontróse
D. Francisco oprimido entre unos brazos de hierro. Eran los de Cruz,
que en su alegría loca le besó en ambos carrillos, diciendo:
—Varón, varón.
—¡Si no podía equivocarme!—exclamó el tacaño, sintiendo más apretado
el nudo que en su garganta tenía.—Varón... quiero verle... medias
annatas... ¡Oh! la ciencia... Biblias... Valentín, Fidela... Bien por
las tres eminencias.
Cruz no le dejó entrar en la alcoba. Había que aguardar un momentito.
—¿Y qué tal...? robusto como un toro...—añadió el venturoso padre, que
sin saber cómo fué arrastrado á la sala, y allí le abrazaron multitud
de personas, soltándole y recibiéndole como una pelota, y llenándole la
cara de babas.—Gracias, señores..., agradezco sus _manifestaciones_...
San Eloy... la ciencia... tres primeras espadas de la Medicina. Gracias
mil... estimando... No me ha cogido de nuevas... Ya sabía yo que había
de ser... del sexo masculino, _vulgo_ macho... Dispensarme, no sé lo
que digo... Ea, Pinto, quiero convidar á todo el mundo. Vete á la
taberna y que traigan unas copas de Cariñena... ¡Qué disparate...! No
sé lo que digo... La sacra Biblia empastada y champañ... Señores, mil y
mil gracias, por su _actitud_ de simpatía y... beneplácito. Estoy muy
contento... Seré _Mecenas_ de todo el mundo... Que traigan peleón, digo
Jerez... Bien sabía yo el resultado de la _peripecia_... Lo calculé.
Yo todo lo calculo... Querido Zárate venga otro abrazo. ¡La ciencia...!
_Lo... or_ á la ciencia. Pero lo dicho: no se necesitaban tantos
doctores. Ha sido un parto _meramente_ natural y espontáneo, _por
decirlo así_. Somos felices... Sí señora, felices... _enteramente_;
tiene usted razón, _enteramente_...
Entró á felicitar á su esposa. Después de hacerle muchos cariños, y de
echar un vistazo al crío cuando le estaban lavando, volvió á salir,
radiante.
—Es el mismo, el propio Valentín—dijo á Rufinita, volviendo á
abrazarla.—¡Cuánto me quiere Dios! ¡Él me lo quitó; Él me lo vuelve á
dar! Designios que no saben más de cuatro; pero yo sí... Ahora, lo que
nos vendría muy bien es que se largara toda esta gente.
—Pero si vienen más. Se llenará toda la casa.»
Y otra vez en la sala, oyó, entre el coro de felicitaciones,
comentarios de la extraordinaria coincidencia de que el hijo de
Torquemada naciese en la fecha del Nacimiento del Hijo de Dios.
—Ahí verán ustedes... Los designios, los altos designios...
—Feliz Noche Buena, Sr. D. Francisco, el hombre grande, el hombre de la
suerte, el niño mimado del Altísimo...
No se olvidó, con tanto incienso, de ir á recibir la felicitación de
Rafael, el cual hubo de recibirle con fría cordialidad, congratulándose
de que su hermana hubiera dado á luz felizmente; más no hizo mención
del nuevo sér, que había venido á perpetuar la dinastía. Esto le supo
muy mal á D. Francisco, que con altanero ademán y sonora voz le dijo:
—Varón, Rafael, varón, para que tu casa y todita tu nobleza de antaño,
más vieja que las barbas del Padre Eterno, tenga representación en los
siglos venideros y futuros. Supongo que te alegrarás.
El ciego afirmó con la cabeza, sin pronunciar una palabra. Morentín
había pasado á la sala, confundiéndose con los del coro de alabanzas
y felicitaciones. Creyó muy del caso la gobernadora improvisar una
cena para todos los presentes, con el doble motivo de celebrar el
Nacimiento del Hijo de Dios, y el del sucesor de la casa y estados del
Águila-Torquemada. Como la turbación y trajín de aquel día no habían
permitido pensar en comidas extraordinarias, á las diez andaba de
coronilla toda la servidumbre, aprestando la cena, que por la ocasión,
la fecha y el lugar en que se celebraba, debía de ser opípara.
No le pareció bien á Torquemada _llenar el buche_ á toda la turbamulta,
y en su pobre opinión, se cumplía invitando á los más íntimos, como
Donoso, Morentín padre é hijo y Zárate. Pero Cruz, á quien dió
conocimiento con cierta timidez de su criterio restrictivo en materia
de invitaciones, le contestó secamente que ya sabía ella lo que
reclamaban las circunstancias. _Reasumiendo_: que celebraron allí
la Noche Buena, en improvisado banquete, comiendo y bebiendo _como
fieras_, según dicho de Torquemada, unas cuarenta y cinco personas
_largas_, es decir, unas cincuenta personas, en _cifra redonda_.
Tuvo el buen acuerdo el amo de la casa de no beber _champagne_, sino
en dosis homeopática, y gracias á esta precaución se portó como
un caballero, no dejando salir de sus autorizados labios ninguna
inconveniencia, y hablando con todos el lenguaje fino y grave, que á
su carácter y posición social correspondía. Menudearon los brindis en
prosa y verso de madrugada ya, y Zárate concluyó por tratar de _tú_ á
D. Francisco, profetizándole que sería el dueño de toda la tierra, y
que bajo su imperio se resolvería el problema de la aerostación, y se
cortarían todos los istmos _para mayor fraternidad entre los mares_,
y se unirían todos los continentes por medio de puentes giratorios...
Brindaron otro por el Marquesado de San Eloy, que muy pronto adquiriría
mayor lustre con la grandeza de España de primera clase, y no faltó
quien pidiese á los señores de Torquemada, con el debido respeto, que
diesen un _gran baile_, el día de Reyes, para celebrar el fausto suceso.
Cuando se fueron los comensales, D. Francisco no se podía tener de
cansancio, la cabeza como un farol, y los espíritus algo caídos. El
sol de su alegría se nublaba con la consideración del enorme gasto
de aquella cena, y de los que vendrían _á renglón seguido_, pues la
tirana había invitado, para toda la semana siguiente hasta Año nuevo,
á los allí presentes aquella noche, distribuyéndoles en tandas de á
doce cada día. «Á este paso—pensó Torquemada,—esto será un Lhardy, y
yo el calzonazos _por excelencia_.» Acostóse ya cerca del día con la
mitad del alma gozosa, la otra mitad agitada por zozobras terribles.
¿Sería broma, aquello del _gran baile_, ó lo dirían en serio? Cruz,
al oirlo, se había reído; pero sin protestar, como habría protestado
él, si se atreviera. Esto y los doce convidados diarios le quitaron el
sueño, porque la otra mitad del alma, la risueña y retozona, también se
mostraba rebelde al descanso. Levantóse sin haber dormido, y lo primero
que se echó á la cara fué un par de tarascas, en quienes al punto
reconoció los caracteres zoológicos del ama de cría.
—¡Hola!—dijo dirigiéndose á ellas,—¿qué tal estamos de leche?
Cruz las había hecho venir previamente de la Montaña, dando el encargo
á un médico amigo suyo. Eran dos soberbios animales de lactancia,
escogidos entre lo mejor, morenas, de pelo negro y abundante, los ubres
muy pronunciados, y los andares resueltos. Mientras el tacaño visitaba
á su esposa y al crío, Cruz estuvo tratando con aquel par de reses, y
con los montaraces aldeanos que las acompañaban.
—¿Cuál ha escogido usted?—preguntóle después D. Francisco, que de todo
quería enterarse.
—¿Cómo cuál? Usted está en babia, señor mío. Las dos. Una _fija_, y
otra de suplente por si la primera se indispone.
—¡Dos amas, dos!—exclamó el bárbaro con los pelos todos de su cabeza
y bigote erizados como los de un cepillo.—Si un ama, una sola, es el
azote de Dios sobre una casa, dos... ayúdeme usted á sentir, dos... son
lo mismo que si se abriera la tierra y nos tragara.
—De poco se asusta usted... ¿Y así mira por la crianza de ese bendito
pimpollo que Dios le ha dado?
—¡Pero para qué necesita mi pimpollo dos amas, Cristo, re-Cristo!
¡Cuatro pechos, Señor de mi vida, cuatro pechos...! ¡Y yo que no tuve
ninguno de madre, pues me criaron con una cabra!
—Por eso siempre tira usted al monte.
—Pero vamos á ver, Crucita. _Seamos justos_... ¿Quién ha visto usted
que tenga dos amas?
—¿Que quién he visto...? Los Reyes, el Rey...
—¿Y acaso somos nosotros _testas coronadas, por decirlo así_? ¿Soy
yo _por casualidad_ Rey, Emperador, ni aun de comedia, con corona de
cartón?
—No es usted Rey; pero su representación su nombre exigen propósitos
y actos de realeza... No, no me río. Sé lo que digo. Entramos en un
período nuevo. Ya tiene usted sucesión, ya tiene usted heredero,
Príncipe de Asturias...
—Dale con que soy...»
Y no pudo decir más, porque la ira le encendía la sangre,
congestionándole. Sentado en el comedor se entretuvo en morderse las
uñas, mientras le traían el chocolate. Viéndole de tan mal temple,
Cruz se compadeció de él, y quiso explicarle la razón de aquel nuevo
período de grandezas en que entraba la familia. Pero don Francisco no
escuchaba más razones que las de su avaricia. Nunca sintió en su alma
tan fuerte prurito de rebeldía, ni tanta cortedad para llevarla del
pensamiento á la práctica. Porque la fascinación que Cruz ejercía sobre
él era mayor y más irresistible después del nacimiento de Valentín. Ya
se comprende que éste le servía á la tirana de la casa para solidificar
su imperio y hacerlo invulnerable contra toda clase de insurrecciones.
El pobre tacaño gemía, pasando de la taza al estómago su chocolate,
y como Cruz le incitara á manifestar su pensamiento, quiso el hombre
hablar, y las palabras se negaban á salir de sus labios. Intentó traer
á ellos los términos groseramente expresivos que usar solía en su
vida libre; tan sólo acudían á su boca conceptos y vocablos finos, el
lenguaje de aquella esclavitud opulenta en que se consumía, constreñido
por un carácter que encadenaba todas las fierezas del suyo.
—No digo nada, señora—murmuró.—Pero así no podemos seguir... Usted
verá... Yo soy la _economía por excelencia_, y usted el _despilfarro
personificado_... Tres médicos, dos amas... gran baile... convites
diarios... medias annatas... Total, que _pululan_ los gastos.
—Los que _pululan_ son los mezquinos pensamientos de usted. ¿Qué supone
todo eso para sus enormes ingresos? ¿Cree que yo aumentaría el gasto
si viera que sus ganancias mermaban lo más mínimo?... ¿Tan mal le
ha ido bajo mi dirección y gobierno? Pues aún han de venir días más
gloriosos, amigo mío... ¿Pero qué tiene usted?... ¿qué le pasa?
El tacaño lloraba, sin duda porque se le atragantó la última sopa de
chocolate.


TERCERA PARTE


I

Entró el año nuevo con buena sombra. Diríase que los Santos Reyes
le habían traído al tacaño cuantos bienes del orden material puede
imaginar la fantasía del más ambicioso. Llovía el dinero sobre su
cabeza; apenas tenía manos para cogerlo; por añadidura, hasta se
sacó, á medias con Taramundi, el premio gordo de la Lotería de fin
de Diciembre, y ningún negocio de los emprendidos por él solo ó en
comandita dejaba de fructificar con lozanos rendimientos. Nunca fué la
suerte más loca, ni reparó menos en el desorden con que reparte sus
dádivas. Atribuíanlo algunos á diabólicas artes, y otros á designios
de Dios, precursores de alguna catástrofe; y si eran muchos los que le
envidiaban, no faltaba quien le mirase con supersticioso temor, como
un sér en cuya naturaleza alentaba infernal espíritu. Infinidad de
personas quisieron confiarle sus intereses, con la esperanza de verlos
aumentados en corto tiempo; pero él no consentía en manejar fondos de
nadie, con excepción de tres ó cuatro familias de mucha intimidad.
Pero si, en la esfera de los negocios, motivos tenía para reventar
de satisfacción, en la propiamente doméstica no pasaba lo mismo, y
el hombre, desde la entrada de año, se veía devorado por intensas
melancolías. Los gastos de la casa eran ya como de príncipes: aumento
de servidumbre de ambos sexos; libreas; otro coche, uno exclusivamente
destinado á la señora y al ama con el niño; comidas de doce y catorce
cubiertos; reforma de mueblaje; plantas vivas de gran coste para
decorado de las habitaciones; abono en la Comedia, además del del Real;
enormísimo lujo de trajes para el ama, que salía hecha una emperatriz
á estilo pasiego, con más corales sobre su corpacho que pelos tenía
en la cabeza. De Valentinico no se diga: á los pocos días de nacido,
ya tenía en su _Debe_ más gasto de ropa que su papá en los cincuenta
y pico de años que contaba. Encajes riquísimos, sedas, holandas y
franelas de lo más fino componían su ajuar, no menos lujoso que el de
un Rey. Y á estas superfluidades, el usurero no podía oponerse, porque
sus últimas energías estaban agotadas, y delante de Cruz no se atrevía
ni á respirar; á tal grado llegaba, en el _nuevo orden de cosas_, el
predominio de la tirana.
El día de la Epifanía hubo gran comida, y por la noche recepción
solemne, á que asistieron por centenares las personas de viso. Ya no
se cabía en la casa, y fué preciso convertir el billar en salón,
decorándolo con tapices, cuyo valor habría bastado para mantener á dos
docenas de familias por algunos años. Verdad que tuvo don Francisco
la satisfacción de ver en su casa ministros de la Corona, senadores y
diputados, mucha gente titulada, generales y hasta hombres científicos,
sin que faltaran _bardos_, y algún chico de la prensa, por lo cual
decía para su sayo el Marqués de San Eloy: «Si buena ínsula me das,
buenos azotes me cuesta.» El licenciado Juan de Madrid describía con
pluma de ave de paraíso el espléndido sarao, concluyendo por pedir con
relamidas expresiones que se repitiera. Á propósito de él, hicieron
los Romeros un chiste, que corrió por toda la sociedad haciendo reir
á cuantos le oían. Dijeron que el amo de la casa no pudo asistir
porque... _había ido á esperar los Reyes_.
Transcurrieron los meses de invierno sin más novedad que algunas
indisposiciones de Valentinico, propias de la edad. Verdaderamente la
criatura no parecía de cepa saludable, y algunos íntimos no ocultaban
su opinión poco favorable á la robustez del heredero de la corona.
Pero se guardaban muy bien de manifestarla, desde que ocurrió un
desagradable incidente entre don Francisco y su yerno Quevedito.
Hallábase éste una mañana hablando con Cruz de si la leche del ama era
ó no superior, de la complexión raquítica del niño, y desembuchando con
sinceridad médica todo lo que pensaba, se dejó decir:
—El chico es un fenómeno. ¿Ha reparado usted el tamaño de la cabeza,
y aquellas orejas que le cuelgan como las de una liebre? Pues no han
adquirido las piernas su conformación natural, y si vive, que yo lo
dudo, será patizambo. Me equivocaré mucho, si no tenemos un marquesito
de San Eloy perfectamente idiota.
—¿De modo que usted cree...?
—Creo y afirmo que el fenómeno...
Don Francisco, que en aquellos tiempos había adquirido la costumbre
de escuchar tras de las puertas y cortinas, espiando las ideas de su
cuñada para prevenirse contra ellas, sorprendió aquel breve diálogo al
amparo de un _portier_, y al oir repetida la palabra _fenómeno_, no
tuvo calma para contenerse, entró, de un salto abalanzóse al pescuezo
del joven facultativo, y apretándoselo con la sana intención de
estrangularle, gritaba:
—¿Con que mi hijo es fenómeno?... ¡Ladrón, matasanos! El fenómeno eres
tú, que tienes el alma patizamba, y comida de envidia... ¡Idiota mi
hijo!... Te ahogo para que no vuelvas á decirlo.
Con gran trabajo pudo Cruz quitársele de entre las manos, y calmar su
furia.
—No digo más que la verdad—murmuró Quevedito, rojo como un pimiento,
arreglándose el cuello de la camisa, que destrozaron las uñas de su
suegro.—La verdad científica por encima de todo. Por respeto á esta
señora no le trato á usted como merece. Adiós.
—Vete de mi casa, y no vuelvas más á ella. ¡Decir que es fenómeno!...
La cabeza grande, sí... toda llena de talento macho... El idiota y el
orejudo eres tú, y tu mujer otra idiota. ¿Apostamos á que la desheredo?
—Cálmese, amigo D. Francisco—le dijo Cruz colgándosele del brazo,
porque quería correr tras de su yerno, y echarle otra vez la zarpa.
—¡Oh! sí, señora... tiene usted razón...—replicó dejándose caer sin
aliento en una silla.—Le he tratado muy á lo bruto. ¡Pero mire usted
que decir...!
—No decía más sino que el niño está encanijadito... Lo de fenómeno es
una broma...
—¿Broma?... Pues que vuelva, y me diga que es broma, y le perdonaré.
—Ya se ha ido.
—Fíjese usted en que Rufina no ve con buenos ojos al hijo varón.
Naturalmente, antes de casarme yo, pensaba la niña que todo iba á ser
para ella cuando yo cerrase la pestaña, y no crea usted, se puso de
uñas conmigo _á raíz_ de mi casamiento. ¡Ah, es de lo más egoísta esa
mocosa! Yo no sé á quién sale. ¿Le parece á usted que la prohiba el
venir acá?
—¡Oh, no! ¡Pobrecilla!
No le costó poco trabajo á la tirana quitarle de la cabeza estas ideas.
Al principio, por no contrariarle abiertamente en todas las cosas, no
insistió mucho; pero pasados unos días, no dejó de la mano el asunto
hasta conseguir que á los expulsados hija y yerno, se les abriesen de
nuevo las puertas de la casa. Volvió, en efecto, Rufina; mas Quevedito
cortó relaciones con su suegro, y por no dar su brazo á torcer en
la cuestión facultativa, seguía sosteniendo que el chico era un caso
teratológico.
Los negocios, que en aquellos meses consumían á Torquemada lo mejor
de su tiempo, no le impidieron dedicar algunos ratos, por la noche,
á la obra magna de su progresiva ilustración. En su despacho solía
leer alguna obra buena, la _Historia de España_, por ejemplo, que
á su juicio era el indispensable cimiento del saber, y consagraba
algunos ratos á la compulsión de Diccionarios y Enciclopedias, en las
cuales veía satisfechas sus dudas sin tener que recurrir á Zárate,
que le mareaba con su vertiginosa ciencia. Con esto, y con redoblar
su atención cuando oía hablar á personas eruditas, se fué afinando en
estilo y lenguaje hasta el punto de que, en aquella tercera fase de su
evolución social, no era fácil reconocer en él al hombre de la fase
primera ó embrionaria. Hablaba con mediana corrección, huyendo de los
conceptos afectados ó que transcendiesen á sabiduría pegadiza, y de
fijo que si su enseñanza no hubiera empezado tan tarde, habría llegado
á ser un rival de Donoso en la expresión fina y adecuada. ¡Lástima que
la evolución no le hubiese cogido á los treinta años! Aun así, no había
perdido el tiempo. Haciendo su propia crítica, y dejando á un lado
la modestia, que en los monólogos no viene al caso, se decía: «Hablo
muchísimo mejor que el Marqués de Taramundi, que á cada momento suelta
una simpleza.»
Al propio tiempo su facha parecía otra. Personas había, de las que le
conocieron en la calle de San Blas y en casa de doña Lupe, que no le
creían el mismo. La costumbre de la buena ropa, el trato constante
con gente de buena educación, habíanle dado un barniz, con el cual
las apariencias desvirtuaban la realidad. Sólo en los arrebatos de
ira, asomaba la oreja, y entonces, eso sí, era el _tío_ de marras, tan
villanesco en las palabras como en las acciones. Pero con exquisito
esmero evitaba toda ocasión de encolerizarse, para no perder el _coram
vobis_ ante personas á quienes, por propia conveniencia, quería
considerar. Sus éxitos en el mundo eran extraordinarios, casi casi
milagrosos. Muchos que en la primera fase de la evolución se burlaban
de él, respetábanle ya, teniéndole por hombre de excepcional cacumen
para los negocios, en lo cual no iban descaminados, y de tal modo
fascinaba á ciertas personas el brillo del oro, que casi por hombre
extraordinario le tenían, y conceptos que en otra boca habrían sido
gansadas, en la suya eran lindezas y donaires.
El Marquesado, si al principio se le despegaba un poco, como al Santo
Cristo un par de pistolas, luego se le iba incrustando, por decirlo
así, en la persona, en los modales, hasta en la ropa, y la costumbre
hizo lo demás. Lo que aún faltaba para la completa adaptación del
título á su catadura plebeya, hízolo el criterio comparativo del
público, pues éste fácilmente se explicaba que tal cabeza ciñese
corona, toda vez que otras, tan villanas por dentro y por fuera, se la
encasquetaban, por herencia ó real merced, no más airosamente que el
antiguo prestamista.


II

Sin necesidad de que nos lo cuente el Licenciado Juan de Madrid, ni
otro ningún cronista de salones, sabemos que á los tres ó cuatro meses
de su alumbramiento, estaba la señora de Torquemada hermosísima, como
si una rápida crisis fisiológica hubiera dado á su marchita belleza
nueva y pujante savia, haciéndola florecer con todo el esplendor y
la frescura de Mayo. Mejoró de color, cambiando la transparencia
opalina en tono caliente de fruta velluda que empieza á madurar; sus
ojos adquirieron brillo, viveza su mirada, prontitud sus movimientos,
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