Torquemada en el purgatorio - 08

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después de gozarla, se ve enchiquerado en los profundos abismos del
infierno... ¿Con que mañana, Rafaelito? ¡qué gusto! Dispénseme: soy
como un chiquillo á quien dan punto para las vacaciones. Mis vacaciones
son el santo trabajo. No me divierte esta vida boba del campo, ni le
encuentro chiste á la mar salada de San Sebastián; ni estas pamemas del
baño y el paseíto se han hecho para mí. El verde para quien lo coma;
y el campo _natural_ es meramente una tontería. Yo digo que no debe
haber campiñas, sino todo ciudades, todo calles y gente... El mar sea
para las ballenas. ¡Mi Madrid de mi alma!... ¿Con que es de veras que
mañana? Para otro año viene la familia sola, si quiere fresco caro.
Yo á mi calor barato me atengo. Digan lo que quieran, pasado el 15 de
Agosto, se templa Madrid, _maxime_ de noche, y da gusto salir á tomar
la fresca por aquellos altos de Chamberí. Pues digo, ahora que empiezan
los melones y el riquísimo albillo... ¡Cristo! por no hacer ruido y
dejar á Fidela que duerma, no me pongo á hacer el equipaje ahora mismo.
¿Á qué hora pasa el tren de San Sebastián? Á las diez. Pues en cuanto
amanezca pedimos el coche y salimos pitando... No hay que volverse
atrás, Crucita. Usted es la que manda; pero no nos engañe con dedadas
de miel, _vulgo_ promesas, que bien me merezco la realidad de esta
vuelta á Madrid, por la paciencia con que he venido á estas tierras
chirles, sin más _objetivo_ que zarandear á la familia, y darnos tono
¡con cien mil Biblias! tono... Siempre el dichoso _buen tono_, que á mí
me parece un tono muy mal entonado.


VIII

Partieron, pues, aquella mañana, con asombro y extrañeza de toda la
colonia, en la cual no faltó algún desocupado caviloso que se diese á
buscar la razón de aquel súbito regreso, que más bien parecía fuga,
y _descubriera_ nada menos que una grave discordia matrimonial. Ello
es que iban todos contentos á Madrid, y Torquemada como unas páscuas.
¡Con qué alegría vió el semblante risueño de su cara Villa, sus calles
asoleadas, y sus paseos polvorosos, pues aún no había llovido gota!
¡Y qué hermosura de calor picante! Que no le dijeran á él que había
lugares en el mundo más higiénicos. Para miasmas, Hernani, que por ser
cargante en todo, hasta tenía nombre de música. ¡Cuándo se ha visto,
Señor, que los pueblos se llamen como las óperas!
Entró de lleno en la onda de sus negocios, como pato sediento que
vuelve á la charca; pero hallándose aún ausentes muchas personas
del elemento oficial y del _elemento particular_, no encontró la
ocupación plena que hubiera deseado. Con todo, su contento era
grande; y para completarlo, Cruz no le mortificaba con nuevos planes
de engrandecimiento. Otra novedad dichosa era que Rafael se había
suavizado en su trato con el tacaño, y hasta parecía desear tenerle
por amigo. Antes del viaje, apenas cambiaban más palabras que las
generales de la ley, el saludo por las mañanas, y por la noche cuatro
frases insubstanciales acerca del tiempo. Al regreso de Hernani, solían
acompañarse algunos ratos, y el ciego le mostraba consideración, algo
parecida al afecto, le oía con calma, y hasta le pedía su parecer
sobre asuntos corrientes de política, ó sobre cualquier suceso del
día. Pero lo más particular de todo esto era que la buena de Cruz,
que había bebido los vientos por las paces de los dos cuñados, y de
contínuo les incitaba á la concordia, en cuanto les veía charlando
sosegadamente, parecía sobresaltada, y no se apartaba de ellos, cual si
temiera que alguno de los dos se fuese del seguro. Debe advertirse que
por aquellos días (Septiembre y Octubre), la opinión de Cruz sobre el
estado cerebral de su desdichado hermano era más pesimista que nunca, á
pesar de que el pobrecito no desentonaba ya, ni reía sin motivo, ni se
irritaba.
—Si ahora le tenemos tranquilo, y no nos da ninguna guerra—le decía
Fidela,—¿por qué temes...?
—La calma bochornosa suele anunciar grandes tempestades. Prefiero verle
nerviosillo y un poco charlatán, á que se nos encierre en ese _spleen_
sombrío, con apariencias sospechosas de buen juicio en lo poco que
habla. En fin, Dios dirá.
En todo Septiembre tuvo D. Francisco el gusto de no ver á muchas
personas de las que ordinariamente iban á la casa, y que rodaban
todavía por playas y balnearios, algunos en París; y aumentó su gusto
la única excepción de aquella desbandada, Zárate, que por la escasez
que suele acompañar á la sabiduría, no veraneaba más que quince ó
veinte días en El Escorial ó Colmenar Viejo. Buenos ratos pasó el
tacaño con su amigo y consultor _científico_, casi solos todas las
noches, platicando sobre temas sabrosísimos, como la cuestión de
Oriente, los abonos químicos, la redondez de la tierra, el Papado en
sus relaciones con el Reino de Italia, las pesquerías del Banco de
Terranova... En aquella temporada de fecundos progresos, aprendió
D. Francisco dicciones muy chuscas, como _la tela de Penélope_,
enterándose del por qué tal cosa se decía, _la espada de Damocles_,
y _las kalendas griegas_. Además leyó por entero _El Quijote_, que á
trozos conocía desde su mocedad, y se apropió infinidad de ejemplos y
dichos, como _las monteras de Sancho_, _peor es meneallo_, _la razón de
la sinrazón_, y otros que el indino aplicaba muy bien, con castellana
socarronería, en la conversación.
Charla que te charla, hablaron de Rafael, haciendo notar Zárate que
sus apariencias de sosiego mental no inspiraban confianza á la hermana
mayor, á lo que contestó D. Francisco que su cuñado no regía bien del
cerebro, y que más tarde ó más temprano había de salir con alguna gran
_peripecia_.
—Pues yo tengo sobre esto una opinión—dijo Zárate,—que me aventuro á
consultar con usted á condición de absoluta reserva. Es una opinión
mía; quizás me equivoque; pero no renuncio á ella mientras los hechos
no me demuestren lo contrario. Yo creo... que _nuestro joven_ no está
loco, sino que lo finge, como lo fingía Hamlet, para despacharse á su
gusto en el proceso de un drama de familia.
—¡Drama de familia! Aquí no hay drama ni comedia de familia, amigo
Zárate—replicó don Francisco.—No hay más sino que el caballero
aristócrata y un servidor de usted hemos estado de puntas... Pero ya
parece que se da á partido y yo me dejo querer... Naturalmente, más
vale que haya paz en casa. Esta es la razón de la sinrazón, y no digo
nada de las inconveniencias y tonterías de mi hermano político. _Peor
es meneallo..._ Por lo demás, creo también que en algunos períodos,
su locura ha sido figurada, como la de ese señor que usted cita tan
oportunamente.
Y se quedó con la duda de quien sería aquel _Jamle_; pero no quiso
preguntarlo, prefiriendo dar á entender que lo sabía. Por el nombre y
lo de fingirse loco, se le antojaba que el tal debía de ser poeta.
—Celebro que estemos conformes en este punto Sr. D. Francisco—dijo
Zárate.—Hallo entre nuestro Rafael y el infortunado príncipe de
Dinamarca muchos puntos de contacto. Ayer, sin ir más lejos, hablaba
solo el pobre ciego, y dijo cosas que me recordaron el célebre monólogo
_to be or not to be_.
—Efectivamente, algo dijo de aquello. Yo lo noté, y no se me escaparon
los _puntos de contacto_. Porque yo observo y callo.
—Eso, eso justamente es lo que procede, observarle.
—El pobrecillo tira mucho á poeta, ¿verdad?
—Verdad.
—Y diciendo poesía, se dice poco juicio, el meollo revuelto.
—Exactamente.
—Y á propósito, amigo Zárate: me sorprende que á los poetas se les den
tantas denominaciones. Les dicen _vates_, les dicen también _bardos_.
Crea usted que me he desternillado de risa leyendo un artículo que le
_dedican_ á ese chiquillo á quien yo protejo, y el condenado crítico le
llama _bardo_ acá, _bardo_ allá, y le echa unos inciensos que apestan.
Á los versos que ese chico compone los llamaría yo _bardales_, porque
aquello no hay cristiano que lo entienda, y se pierde uno entre tanta
hojarasca. Todo se lo dice al revés. En fin, _peor es meneallo_.
Mucho celebró el pedante la ocurrencia, y pasaron á otro asunto, que
debía de ser algo de socialismo y colectivismo, porque al día siguiente
salió Torquemada por esas calles hecho un erudito en aquellas materias.
Hallaba _puntos de contacto_ entre ciertas doctrinas y el principio
evangélico, y envolvía sus disparates en frases cogidas al vuelo y
empleadas con dudosa oportunidad.
Don Juan Gualberto Serrano, que regresó á fines de Septiembre, trájole
muy buenas noticias de Londres. Las compras de _rama_ se harían por
personas idóneas para el caso, muy prácticas en aquel comercio, y que
sabrían ajustarse á los precios indicados, aunque tuvieran que apencar
con las barreduras de los almacenes. Por este lado no había que pensar
más que en atracarse de dinero. Propúsole además otro negocio, basado
en operaciones de banqueros ingleses sobre fondos de nuestro país,
y lo mismo fué anunciarlo, que Torquemada lo calificó de grandísimo
disparate. En principio, la combinación era buena, y pensando en ella
el tacaño por espacio de dos ó tres días, encontró un nuevo desarrollo
práctico del pensamiento, que propuso á su amigo, y éste lo tuvo por
tan excelente, que le abrazó entusiasmado.
—Es usted un genio, amigo mío. Ha visto el negocio bajo su único
aspecto positivo. El plan que yo traía era un caos, y de aquel caos
ha sacado usted un mundo, un verdadero mundo. Hoy mismo escribo á los
inventores de esta combinación, Proctor y Ruffer, y les diré _cómo vé_
usted la cosa. De seguro les parecerá de perlas, y al instante nos
pondremos á trabajar. Es cosa de liquidar medio millón de reales cada
año.
—No digo que no. Escriba usted á esos señores. Ya sabe usted _mi línea
de conducta_. En las condiciones que propongo, entro, vaya si entro.
Largo rato hablaron de este embrollado asunto, quedando de acuerdo en
todo y por todo, y cuando ya se despedía Serrano, pues almorzaba aquel
día con el Presidente del Consejo (como casi todos los de la semana),
le dijo con semblante gozoso:
—Aquéllo me parece que es cosa hecha.
—¿Y que es _aquéllo_?
—¿Pero no sabe usted...? ¿No le ha dicho Cruz...?
—Nada me ha dicho—replicó D. Francisco receloso, sospechando que
_aquéllo_ era un nuevo tiento que la gobernadora pensaba dar á su
bolsillo.
—¡Ah! pues téngalo por hecho.
—¿Pero qué...? ¡Biblias coronadas!
—¿Es de veras que no tiene noticia?
—Lo que tengo es el alma en un hilo, _¡ñales!_ ¿Apostamos á que ahora
viene la bomba que me tiene anunciada?... Vamos, que ya estoy echando
setenta llaves á la caja.
—No, no tendrá usted que gastar sino muy poco dinero... Un almuercito á
los compromisarios... una docena de telegramas...
—¿Pero qué, con cien mil pares de copones?
—Que le sacamos á usted senador.
—¡Á mí!... ¿Pero cómo, vitalicio, ó...?
—Electivo. Lo otro vendrá después. Primero se pensó en Teruel, donde
hay dos vacantes; luego en León. Vamos, representará usted á su tierra,
el Bierzo...
—Menuda plaga va á caer sobre mí. Dios me guarezca de pretendientes
bercianos, y de pedigüeños de toda la tierra leonesa.
—¿Pero no le agrada...?
—No... ¿Para qué quiero yo la senaduría? Nada me da.
—Hombre... sí... Esos cargos siempre dan. Por lo menos, nada se pierde,
y se puede ganar algo...
—¿_Y aun algos_?
—Sí, señor, y aun _muchísimos algos_.
—Pues acepto la ínsula. Iremos al Senado, _vulgo Cámara Alta_, y si
me pinchan, diré cuatro verdades al país. Mi _desideratum_ es la
reducción considerable de gastos. Economías arriba y abajo; economías
en todas las esferas sociales. Que se acabe esa _tela de Penélope_
de nuestra administración, y que se nivele ese presupuesto, sobre el
cual está suspendida, como _una espada de Damocles_, la bancarrota. Yo
me comprometía á arreglar la Hacienda en dos semanas; pero para ello
exigiría un plan radicalísimo de economías. Esta será la _condición
sine qua non_, la única, la principal de todas las _condiciones sine
qua nones_.


IX

No se le cocía el pan á D. Francisco hasta no explicarse con su cuñada
sobre aquel asunto, y á la mañana siguiente, mientras se desayunaba, la
interrogó con timidez.
—Nada quería decir á usted hasta no tener el pastel cocido—contestóle
Cruz sonriendo.—Por cierto que no estoy contenta ni mucho menos de
nuestra gestión, y pienso que no servimos para el caso. Monte-Cármenes
y Severiano Rodríguez nos habían prometido que sería para usted una
de las vacantes de senador vitalicio, y á vueltas de muchos cabildeos
y conferencias salen con que el Presidente tiene compromisos y qué sé
yo qué. Á un hombre como usted no se le puede regatear la senaduría
vitalicia, ni se le contenta poniéndole en la mano la porquería de un
acta, ¡un acta! que está hoy al alcance de cualquier catedratiquillo,
de un triste prohombre de campanario, ó del primer intrigante que salte
por ahí. Y el Ministro de Hacienda no está menos indignado que yo. Tuvo
una trapatiesta con el Presidente... ¡Pues no se habla poco...!
—No lo sabía—dijo Torquemada estupefacto.—Han rifado por mi senaduría
vitalicia. ¡Vaya una simpleza! Ni qué falta me hace á mí ser senador,
y sentarme en aquellos bancos. Únicamente por tener el gusto de
decir cuatro verdades, pero verdades, ¿eh? _Por lo demás_, yo no
lo ambiciono, _ni de cerca ni de lejos_. _Mi línea de conducta_ es
trabajar en mi negocio, sin echar facha... Y si quieren darle ese
turrón á otro, que se lo den, y buen provecho le haga.
—Yo pensé no aceptarla; pero lo tomarían á desaire, y no conviene...
Seremos, digo, será usted senador electivo, y representará á su país
natal.
—Villafranca del Bierzo.
—La provincia de León.
—Ya estoy viendo la nube de parientes con hambre atrasada que van á
caer sobre mí como la langosta... Usted se encargará de recibirles, y
de irles despachando con un buen jabón; que para estos casos viene muy
bien su pico de oro.
—Pues sí, yo me encargo de _ese ramo_. ¿Qué no haré yo para tenerle á
usted contento, y rodeado de satisfacciones?
—Ay, Crucita de mi alma—dijo Torquemada palideciendo.—Ya estoy viendo
venir la puñalada.
—¿Por qué lo dice?
—Porque cuando usted me halaga y me sonríe, es que viene contra mí
navaja en mano, pidiendo la bolsa ó la vida.
—¡Ay, no lo crea usted! Estoy muy benigna de algún tiempo acá. No
me conozco. Ya ve que le dejo acumular tranquilamente sus fabulosas
ganancias.
—Cierto es que desde que volvimos de aquel condenado Hernani, no ha
salido usted con ninguna tecla de nuevos encumbramientos, y _por ende_,
de nuevos gastos. Pero yo tiemblo, porque tras de la calma vienen
truenos y rayos, y como usted me amenazó hace tiempo con una muy
gorda...
—¡Ah! es que esa, el trueno gordo, está pendiente de discusión aquí
(_apuntándose á la frente con su dedo índice_). Es cosa muy grave, y no
acabo de decidirme.
—Dios nos asista y la Virgen nos acompañe, con todas las Biblias
pasteleras en pasta y por empastar. ¿Y qué idea del demonio es esa que
usted _acaricia_?
—Á su tiempo lo sabrá—replicó la señora, retirándose por el foro del
comedor, y sonriendo graciosamente desde la puerta.
Y era verdad que la gobernadora, si no había renunciado á su magno
proyecto, teníala en la cartera de lo dudoso y circunstancial. Para
decirlo todo claro, desde el viaje á Hernani, se habían quebrantado
sus firmes propósitos de engrandecimiento. La atroz calumnia de que
se tiene noticia, y que lejos de desvanecerse en Madrid, corría y se
hinchaba ganando pérfidamente la opinión, fué lo que determinó en su
espíritu un salto atrás, y algo como remordimiento de haber sacado á
la familia de la obscuridad, después del matrimonio con el tacaño. ¿No
habrían sido más felices ellas, más feliz él, sin género de duda, en
una medianía sosegada, con el pan de cada día bien seguro, entre cuatro
paredes? Esta idea la atormentó algunos días, y aun semanas y meses, y
casi estuvo á punto de deshacer todo lo hecho, y proponer á su esclavo
que se fueran todos á vivir á un pueblo, donde no se viera más frac que
el del alcalde el día de la Santa Patrona, donde no hubiera jóvenes
elegantes y depravados, viejas envidiosas y parlanchinas, políticos en
quienes la vida parlamentaria corrompe todas las formas de la vida,
damas que gustan de que se hable de faltas ajenas para cohonestar mejor
las propias, ni tantas formas y estilos, en fin, de relajación moral.
Vaciló algún tiempo, pasándose las noches en cavilaciones penosas; y
al fin su espíritu hubo de decidirse por seguir adelante en el camino
trazado. La violencia del impulso adquirido imposibilitaba la detención
súbita, equivalente á un choque de graves consecuencias. Lo menos malo
era ya continuar hacia arriba, siempre en busca de mayores alturas,
con majestuoso vuelo de águilas, despreciando las miserias de abajo,
y esperando perderlas de vista por causa de la distancia. Su mente se
excitaba con estas ideas, y le hervían en ella ambiciones desmedidas,
cuya realización, además de engrandecer á los suyos, servíale para
hacer polvo á los indignos Romeros y á toda la ruin caterva de
envidiosos.
Fidela, en tanto, desconocía en absoluto estas internas luchas de
su hermana y el hecho desagradable que las motivó. Había llegado
á ser, por su interesante situación física, un objeto precioso de
extraordinaria delicadeza y fragilidad, que todos resguardaban
hasta del aire. Faltaba poco para que la pusieran bajo un fanal. Su
apetito de las golosinas llegó á tomar las formas de capricho más
extravagantes. Se le antojaban guisantes en confitura para postre;
á veces apetecía las cosas más ordinarias, como castañas pilongas,
y aceitunas de zapatero; cenaba comúnmente pájaros fritos, que le
habían de servir con gorros colorados hechos de rabanitos; se hartaba
de berros aliñados con manteca de vaca. Pedía barquillo á todas horas
del día, piñones tostados para después del chocolate, y á las once
gelatinas y algún bartolillo de añadidura.
Transcurrían los meses sin que se enterara de los rumores infames
que algunos amigos, ó enemigos, habían hecho correr acerca de ella,
suponiéndola infiel; y tan ignorante se hallaba de las calumnias, como
inocente del feo pecado que le imputaron, atenuándolo con disculpas
no menos odiosas que el pecado mismo. Su pureza y la limpidez de su
alma eran verdaderamente angelicales, pues ni se le ocurría que tales
absurdos pudieran decirse, ni soñó jamás con el peligro de opinión que
tan de cerca la rondaba. Creyérase que no había en ella más prurito
que vivir bien en el orden vegetativo, á cien mil leguas de todos los
problemas psicológicos. Juzgándola con la ligereza propia de un sabio
superficial, de éstos que engullen revistas y periódicos, pero que no
observan la vida ni ven la médula de las cosas, el tonto de Zárate
decía:
—Es una estúpida, un ser enteramente atrofiado en todo lo que no sea la
vida orgánica. Desconoce el _elemento_ afectivo. Las pasiones son letra
muerta para esta hermosa pava real, ó gatita de Angora.
Y Morentín desmentía tan cerrada opinión, prometiéndoselas muy felices
para después que _aquéllo_ pasase. Pero Zárate, que era de los pocos
que desmentían las voces calumniosas, quitábale al otro las esperanzas,
asegurando que la maternidad despertaría en ella instintos contrarios
á toda distracción, haciéndola estúpidamente honrada, é incapaz de
ningún sentimiento extraño al cuidado de la cría. Disputaban sin tregua
los dos amigos sobre aquel tema, y acababan por reñir, echándose en
cara recíprocamente, el uno su fatuidad, el otro su pedantería.
Cuidaba D. Francisco á su mujer como á las niñas de sus ojos, viendo
en ella un vaso de materia fragilísima, dentro del cual se elaboraban
todas las combinaciones matemáticas que habían de transformar el mundo.
Era la encarnación de un Dios, de un Altísimo nuevo, el Mesías de la
ciencia de los números, que había de traernos el dogma cerrado de la
cantidad, para renovar con él estas sociedades medio podridas ya con
la hojarasca que de tantos siglos de poesía se ha ido desprendiendo.
No lo expresaba él así; pero tales eran, _mutatis mutandis_, sus
pensamientos. Y á los cuidados dengosos del tacaño, correspondía Fidela
con un cariño frío, dulzón y desleído, sin intensidad, única forma de
afecto que en ella cabía, y á la cual daba estilos muy singulares, á
veces como el que se usa para querer á los animales domésticos, á veces
semejante al afecto filial.
Sus amores de familia se condensaron siempre en Rafael. Pues en
aquellos días no hacía gran caso de su hermano, ni se afanaba por si
comía bien ó mal, ó si estaba de buen humor. Verdad que los cuidados
de su hermana la relevaban de toda preocupación respecto al ciego, y
éste, después de la boda, no pasaba tantas horas en dulce intimidad
con la señora de Torquemada. Habíase iniciado entre uno y otro
cierto despego, que sólo se manifestaba en imperceptibles accidentes
de la acción y la palabra, tan sólo notados por la agudísima, por la
adivinadora Cruz.
Una tarde, al volver Torquemada de sus correrías de negociante,
encontró á Fidela sola en el gabinete, llorando. Cruz había salido
á compras, y Rufinita, que pasaba allí algunas tardes acompañando á
su madrastra (compañía que, dicho sea de paso, era muy del agrado de
ésta), no había ido aquel día, lo que contrarió mucho al tacaño.
—¿Qué tienes; qué te pasa? ¿Por qué estás sola? Y esa Rufina de mis
pecados, ¿en qué piensa que no viene á darte palique? ¡Para lo que ella
tiene que hacer en su casa!... Á ver, ¿por qué lloras? ¿Es porque no
han querido darme la vitalicia? (_Denegación de Fidela._) Bien decía yo
que por eso no era. Al fin y á la postre, lo mismo da por lo electivo,
aunque la verdad, esto de la senaduría no _viene á llenarme ningún
vacío_... Fidela, dime por qué lloras, ó me enfado de veras, y te digo
cosas malas, _Biblias y Cristos_, y todo el palabreo que uso cuando me
da la corajina.
—Pues lloro... porque me da la gana—replicó Fidela echándose á reir.
—¡Bah! ya te ríes, _de lo cual se desprende_ que no es nada.
—Algo hay; cosas de familia...
—¿Pero qué, por vida de la...?
—Rafael...—murmuró Fidela volviendo á llorar.
—¿Rafaelito, qué?
—Que mi hermano no me quiere ya.
—Acabáramos. ¿Y qué te importa? Digo, ¿en qué lo has conocido? ¿Ya
vuelve el _punto_ ese con sus necedades?
—Esta tarde me ha dicho unas cosas que... que me ofenden, que no están
bien en su boca.
—¿Qué te ha dicho?
—Cosas... Nos pusimos á hablar de la función de anoche... Dijo cosas
muy chuscas; reía y declamaba. Luego me habló de tí... No, no creas que
habló mal. Al contrario, te elogiaba... Que eres un gran carácter, y
que yo no te merezco.
—¿Eso dijo?... Pues sí que me mereces.
—Que eres digno de lástima.
—¡Hola, hola! Lo dirá por los saqueos de tu hermana, y por lo
esquilmado que me tiene.
—No es por eso.
—¿Pues por qué, _ñales_?
—Si dices indecencias me callo.
—No, no las digo, _¡ñales, re-ñales!_ Tu hermanito me está cargando
otra vez; repito que me está cargando, y al fin será preciso que
evitemos _todo punto de contacto_ entre él y yo.


X

—Pues de repente se puso á decirme cosas—añadió Fidela,—con entonación
trágica, frases muy parecidas á las que le decía Hamlet á su madre
cuando descubre...
—¿Qué?... ¿Y quién es ese _Jamle_, ¡Cristo!, quién es ese _punto_
que ya me va cargando á mí también, pues Zárate me lo saca también á
relucir á cada triquitraque? ¡_Jamle_, dale con _Jamle_!
—Era un Príncipe de Dinamarca.
—Sí; que andaba averiguando aquello de _ser ó no ser_. ¡Valiente
bobería! Ya lo sé... ¿Y qué tiene que ver ese mequetrefe con nosotros?
—Nada. Pero mi hermano no está bien de la cabeza, y me ha dicho lo que
Hamlet á su madre...
—Que también debía de ser una buena ficha.
—No era de lo mejor... Verás: esto pasa en una de las más hermosas
tragedias de Shakespeare.
—¿De quién?... ¡Ah! el que escribió el _Sí de las niñas_.
—No, hombre... ¡Qué bruto eres!
—Ya; el autor de... de la... En fin, sea quien fuere, poco me importa,
y en sabiendo que ese _Jamle_ es todo invención de poetas, no me
interesa nada. Que lo parta un rayo. Pasemos á otra cosa, niña. No
hagas caso de tu hermano, y lo que él te diga, óyelo como si oyeras
llover... ¿Y tu hermana?
—Ha ido á compras.
—¡Ay, Dios mío, qué dolor siento aquí!
—¿Dónde?
—En el santo bolsillo. ¡Á compras! Adiós mi _líquido_. Tu hermana y yo
vamos á acabar mal. ¿Qué proyectos _abrigará_; qué nuevos _gravámenes_
me esperan?... Estoy temblando, porque hace tiempo, desde antes del
verano, me tiene anunciado el trueno gordo, y yo me devano los sesos
pensando qué será, qué no será.
Fidela se sonreía picarescamente.
—Tú lo sabes, bribona, tú lo sabes y no quieres decírmelo, por miedo á
tu hermana, que te tiene metida en un puño, como me tiene metido á mí y
á todo el globo terráqueo.
—Puede que lo sepa... Pero es un secreto, y no me corresponde
decírtelo. Ella te lo dirá.
—¿Pero cuándo?... Esperando ese cataclismo de mis intereses, no hay
para mí _momento histórico_ que no sea de angustia. Yo no vivo, yo no
respiro. ¿Pero qué? ¿Es cosa de dejarme en cueros vivos?
—Hombre, no tanto.
—¿Se trata de _gravamen_, y de que yo no pueda economizar?... ¡Demonio,
así no se puede vivir! Esta vida es un purgatorio para mí, y aquí
estoy penando por todos los pecados de mi vida..., que no son muchos,
¡Biblia! no son más que los pecados naturales y consanguíneos de un
hombre que ha barrido para su casa todo lo que ha podido. Y ahora mi
cuñadita barre para afuera.
—No exageres, Tor...
—¿Me cuentas ó no me cuentas lo que es?
—No puedo. Cruz se enfadaría conmigo si le quitase el gusto de la
sorpresa que quiere darte.
—Déjame á mí de sorpresas... Las cosas, que vengan por su paso natural.
—Además, si te lo digo, invado un terreno que no es el mío, y
atribuciones que...
—Música, música... Te mando que me lo digas, ó habrá un _jollín_ en
casa.
—No seas bárbaro... Ven acá; siéntate á mi lado. No manotees, ni te
pongas ordinario, Tor. Mira que así no te quiero. Ven acá... dame la
pata (_tomándole una mano_). Aquí quietecito y hablando á lo caballero,
sin decir gansadas ni porquerías. Así, así.
—Pues sácame de dudas.
—¿Me prometes guardar el secreto y hacerte el sorprendido cuando mi
hermana te...?
—Prometido.
—Pues verás. Una tía nuestra, que ya murió la probrecita...
—Dios la tenga en su santa gloria. Adelante.
—Mi tía, doña Loreto de la Torre Auñón...
—Muy señora mía.
—Marquesa de San Eloy... digo que Marquesa de San Eloy.
—Ya me entero, sí.
—Falleció de repente la pobre señora, dejando escasa fortuna. Á mamá
le correspondía el título; pero sobrevino en aquel tiempo nuestra
desgracia, y de lo menos que nos ocupamos fué del marquesado de San
Eloy, pues lo primero que había que hacer era pagar los derechos que
por transmisión de títulos del Reino...
—Demonio, _¡ñales!_ ya, ya sé... ¡Cristo! Y lo que quiere ahora tu
hermana...
—Es sacar ese título, para lo cual hay que instruir un expediente, y
pagar lo que se llama medias annatas...
—¡Medias verdes, y medias coloradas, y el pindongo calcetín de la
Biblia en verso!... ¡Y que yo pague...! No, mil y mil veces y pico digo
que no. Esta no la paso. Me rebelo, me insurrecciono.
—Calma, Tor... Pero, hijo mío, si no hay más remedio que sacar el
título, antes que lo saquen los Romeros, que también lo pretenden.
¡Marqueses de San Eloy esos tunantes! Antes la muerte, Tor de mi vida.
Haz de tripas corazón, y apechuga con ese gasto...
—Á ver... pronto... sepamos—dijo Torquemada sin aliento, limpiándose el
sudor del rostro.—¿Cuanto puede costar eso?
—¡Ah! no lo sé. Depende del tiempo transcurrido, de la importancia
del título, que es antiquísimo, pues data de 1522, del reinado del
emperador Carlos V.
—¡Valiente peine! Él tiene la culpa de que yo pase estos tragos...
Costará... ¿quinientos reales?
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