Torquemada en el purgatorio - 04

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—Con que ya lo sabes, Tor—prosiguió la dama.—Tráeme á casa mucha
platita, orito en abundancia, y resmas de billetes, no para gastarlos
en vanidades, sino para guardar... ¡Qué gusto! Morentín, no se ría
usted; digo lo que siento. Anoche soñé que jugaba con mis muñecas, y
que les ponía una casa de cambio... Entraban las muñecas á cambiar
billetes, y la muñeca que dice _papa_ y _mama_, cambiaba, descontando
el veintisiete por ciento en la plata, y el ochenta y dos en el oro.
—¡Así, así!—exclamó Torquemada, partiéndose de risa.—Eso es limar para
dentro, á lo platero, _considerablemente_, y barrer para casa.
Durante la comida, á la que concurrió también Donoso, estuvo D.
Francisco de buen temple, decidor y festivo.
—Como Donoso y Morentín son de confianza—dijo al segundo ó tercer
plato,—puedo _manifestar_ que este principio ó lo que sea... Cruz,
¿cómo se llama esto?
—_Relevé_ de cordero á la... romana.
—Pues por ser á la romana, yo se lo mandaría al Nuncio, y á esa
cocinera de mil demonios, la pondría yo en la calle. Si esto no es más
que huesos.
—Tonto, se chupan—dijo Fidela,—y están riquísimos.
—El chupar digo yo que no es _meramente_ para principio, ea... En fin,
tengamos paciencia... Pues señor, como iba diciendo...
—Á ver, á ver: cuéntanos el sablazo que te han dado hoy.
—¿Hoy también sablazo?—dijo Donoso.—Ya se sabe: es el mal de la época.
Vivimos en plena mendicidad.
—El sablazo es la forma incipiente del colectivismo—opinó
Morentín.—Estamos ahora en la época del martirio, de las catacumbas.
Vendrá luego el reconocimiento del derecho á pedir, de la obligación de
dar, la ley protegerá el pordioseo, y triunfará el principio del _todo
para todos_.
—Ese principio ya está _sobre el tapete_—dijo Torquemada,—y á este
paso, pronto no habrá otra manera de vivir que el sablazo bendito.
Yo me pinto solo para pararlos: como que casi nunca me cogen; pero
el de hoy, por tratarse de un chico huérfano, hijo de una señora muy
respetable, que pagaba sus deudas con una puntualidad... vamos, que era
la puntualidad personificada... pues por ser el chico muy modosito y
muy aplicadito, me dejé caer, y le dí tres duros. Me había pedido ¿para
qué creerán ustedes? Para publicar un tomo de poesías.
—¡Poeta!
—De estos que hacen versos.
—¡Pero hombre—observó Fidela,—tres duros para imprimir un libro...! La
verdad, no te has corrido mucho.
—Pues muy agradecido debió de quedar ese ángel de Dios, porque me ha
escrito una carta, dándome las gracias, y en ella, después de echarme
mucho incienso, me llama... vamos, usa un término que no entiendo.
—Á ver, ¿qué es?
—Perdonen ustedes mi ignorancia. Ya saben que no he tenido principios,
y aquí para _inter nos_ confieso mi desconocimiento de muchos
vocablos, que jamás se usaron en los barrios y entre las gentes que
yo trataba antes. Díganme ustedes qué significa lo que me ha llamado
el boquirrubio ese, queriendo sin duda echarme una flor... Pues me ha
dicho que soy su... Mecenas. (_Risas._) Sáquenme, pues, de esta duda
que ha venido atormentándome toda la tarde. ¿Qué demonios quiere decir
eso, y por qué soy yo Mecenas de nadie...?
—Hijo de mi alma—dijo Fidela gozosa, poniéndole la mano en el
hombro.—Mecenas quiere decir: protector de las letras.
—Atiza. ¡Y yo, sin saberlo, he protegido las letras! Como no sean
las de cambio. Bien decía yo, debe de ser cosa de soltar cuartos...
Jamás oí tal término, ni Cristo que lo fundó. Me... cenas. Es decir,
convidarles á cenar á esos badulaques de poetas... Pues señor, bien...
¿Y qué va uno ganando con ser Mecenas?
—La gloria...
—Como quien dice, el beneplácito...
—¿Qué beneplácito, ni qué niño muerto? La gloria, hombre.
—Pues el beneplácito, el qué dirán, si lo que se dice es en alabanza
mía... _Cúmpleme_ declarar con toda sinceridad, _á fuer_ de hombre
verídico, que no quiero la gloria de ensalzar poetas. No es que yo los
desprecie, ¡cuidado! Pero hay aquí dentro de mí más compatibilidad con
la prosa que con el verso... Los hombres que á mí me gustan, mejorando
lo presente, son los hombres científicos, como nuestro amigo Zárate.
Y al nombrarle, levantóse en la mesa un tumulto de alabanzas.
—¡Zárate, oh, sí!... ¡qué chico de tanto mérito!
—¡Qué saber para tan corta edad!
—No tan corta, amiga mía. Es de nuestro tiempo. Rafael y yo le tuvimos
de compañero en el Noviciado. Después él entró en la Facultad de
Ciencias, y nosotros en la de Derecho.
—¡Sabe; vaya si sabe! ¡oh!—exclamó Torquemada, demostrando una
admiración que no solía conceder sino á muy contadas personas.
Cruz, que se había levantado de la mesa poco antes, _para dar una
vuelta_ á su hermano, volvió diciendo:
—Pues ahí tienen ustedes al prodigio de Zárate... Ha entrado ahora, y
está conversando con Rafael.
Celebraron todos la aparición del sabio, particularmente D. Francisco,
que le mandó recado con Pinto para que fuese á tomar una taza de café,
ó una copita; pero Cruz dispuso que el café se le mandase al cuarto
del ciego, á fin de no privar á éste de aquel ratito de distracción.
Ofrecióse Morentín á _relevar la guardia_, para que Zárate pudiera
pasar al comedor, y allá se fué. En un momento que juntos estuvieron
los tres amigos, Morentín dijo al sabio:
—Chico, que vayas, que vayas á tomar café. Tu amigo te llama.
—¿Quién?
—Torquemada, hombre. Quiere que le expliques lo que significa
_Mecenas_. Yo creí morir de risa.
—Pues acaba de contarme Zárate—dijo Rafael, ya completamente repuesto
del arrechucho de la tarde,—que ayer se le encontró en la calle y...
Que te lo cuente él.
—Pues me paró, nos saludamos, y después de preguntarme no sé qué de la
atmósfera, y de responderle yo lo que me pareció, se descuelga con esta
consulta: «Dígame, Zárate, usted que todo lo sabe. ¿Cuando nacen los
hijos, mejor dicho, cuando los hijos están para nacer, ó verbigracia,
cuando...?»
Pinto abrió la puerta, diciendo con mucha prisa:
—Que vaya usted, señor de Zárate.
—Voy.
—Anda, anda; luego lo contarás.
Y cuando se quedó solo con Morentín, prosiguió Rafael el cuento:
—Ello es la extravagancia más donosa de nuestro jabalí, que cegado
por la vanidad, y desvanecido por su barbarie, que se desarrolla en
la opulencia como un cardo borriquero en terreno cargado de basura,
pretende que la Naturaleza sea tan imbécil como él. Escucha, y
asegúrate primero de que nadie nos oye. Él divide á los seres humanos
en dos grandes castas ó familias: poetas y científicos. (_Estrepitosa
risa de Morentín._) Y quería que Zárate le diese su opinión sobre una
idea que él tiene. Verás qué idea, y cáete de espaldas, hombre.
—Cállate, cállate; de tanto reirme, me va á dar la gastralgia. He
comido muy bien... Á ver, sigue: esto es divino...
—Verás qué idea. Pretende que puede y debe haber ciertas... no recuerdo
el término que usó..., reglas, procedimientos, algo así... para que
los hijos que tenga un hombre, _salgan_ científicos, y en ningún caso
poetas.
—Cállate...—gritaba Morentín en las convulsiones de una risa
desenfrenada.—Que me da, que me da la gastralgia.
—¿Pero están locos aquí?—dijo Cruz asomando á la puerta del cuarto su
rostro, en que se pintaba un vivo sobresalto.
Desde que la insana hilaridad del ciego, á primera hora de aquel
día, llenó su alma de recelo y turbación, no podía oir risas sin
estremecerse. ¡Cosa más rara! Y por la noche, el que reía era Morentín,
contagiado sin duda del pobre amigo enfermo, que entonces al parecer
disfrutaba de una alegría dulce y sedante.


XI

Zárate... ¿Pero quién es este Zárate?
Reconozcamos que en nuestra época de uniformidades y de nivelación
física y moral se han desgastado los tipos genéricos, y que van
desapareciendo, en el lento ocaso del mundo antiguo, aquellos
caracteres que representaban porciones grandísimas de la familia
humana, clases, grupos, categorías morales. Los que han nacido antes
de los últimos veinte años, recuerdan perfectamente que antes existía,
por ejemplo, el genuino tipo militar, y todo campeón curtido de las
guerras civiles se acusaba por su marcial facha, aunque de paisano se
vistiese. Otros muchos tipos había, _clavados_, como vulgarmente se
dice, consagrados por especialísimas conformaciones del rostro humano,
y de los modales, y del vestir. El avaro, pongo por caso, ofrecía
rasgos y fisonomía como de casta, y no se le confundía con ninguna
otra especie de hombres, y lo mismo puede decirse del _Don Juan_, ya
fuese de los que pican alto, ya de los que se dedican á doncellas de
servir y amas de cría. Y el beato tenía su cara y andares y ropa á las
de ningún otro parecidas, y caracterización igual se observaba en los
encargados de chupar sangre humana, prestamistas, vampiros, etc. Todo
eso pasó, y apenas quedan ya tipos de clase, como no sean los toreros.
En el escenario del mundo se va acabando el amaneramiento, lo que no
deja de ser un bien para el arte, y ahora nadie sabe quien es nadie,
como no lo estudie bien, familia por familia, y persona por persona.
Esta tendencia á la uniformidad, que se relaciona en cierto modo con
lo mucho que la humanidad se va despabilando, con los progresos de la
industria, y hasta con la baja de los aranceles, que ha generalizado y
abaratado la buena ropa, nos ha traído una gran confusión en materia de
tipos. Vemos diariamente personalidades que por el aire arrogantísimo y
la cara bigotuda pertenecen al género militar, ¿y qué son? Pues jueces
de primera instancia, ó maestros de piano, ú oficiales de Hacienda.
Hombres hallamos bien vestidos, y hasta elegantes, de trato amenísimo y
un cierto ángel, que dan un chasco al lucero del alba, porque uno les
cree paseantes en corte y son usureros empedernidos. Es frecuente ver
un mocetón como un castillo, con aire de domador de potros, y resulta
farmacéutico, ó catedrático de derecho canónico. Uno que tiene todas
las trazas de andar comiéndose los santos y llevando cirios en las
procesiones, es pintor de marinas, ó concejal del Ayuntamiento.
Pero en nada se nota la transformación como en el tipo del pedante,
antaño de los más característicos, aun después de que Moratín pintara
toda la clase en su D. Hermógenes. Así como el poeta ha perdido su
tradicional estampa, pues ya no hay melenas, ni pálidos rostros,
ni actitudes lánguidas, y poetas se dan con todo el empaque de un
apreciable almacenista al por mayor, el pedante se ha perdido en las
mudanzas de trastos desde la casa vieja de las Musas á este nuevo
domicilio en que estamos, y que aún no sabemos si es Olimpo ó qué
demonios es. ¿Dónde está, á estas fechas, el graciosísimo jorobado de
la _Derrota de los Pedantes_? En el limbo de la historia estética. Lo
que más desorienta hoy es que los pedantes de ogaño no son graciosos
como aquéllos, y faltando el signo de la gracia, no hay manera de
conocerlos á primera vista. Ni existe ya el puro pedante literario, con
su hojarasca de griego y latín, y su viciosa garrulería. El moderno
pedante es seco, difuso, desabrido, tormentoso, incapaz de divertir
á nadie. Suele abarcar lo literario y lo político, la fisiología
y la química, lo musical y lo sociológico, por esta hermandad que
ahora priva entre todas las artes y ciencias, y por la novísima
compenetración y enlace de los conocimientos humanos. Dicho se está que
el moderno pedante afecta en su exterioridad ó catadura formas muy
variadas, y los hay que parecen revendedores de billetes, ó _sportmen_,
ó personas graves de la clase de patronos de cofradía.
Pues bien; sépase quién es Zárate. Un hombre de la edad que suelen
tener muchos, treinta y dos años, bien parecido, bien vestido,
servicial como nadie, entrometido como pocos, de rostro alegre y
mirada insinuante, con recursos de sigisbeo para las damas, y de
consultor fácil para los caballeros de pocas luces; periodista por
temporadas, opositor á diferentes cátedras, esperando pasar del cuerpo
de archiveros á la facultad de Letras; con toda la facha de un hijo
de familia distinguida, á quien sus padres dan veinte duros al mes
para el bolsillo, pagándole la ropa; concurrente en clase de _tifus_
á los teatros; sabedor á medias de dos ó tres lenguas, fácil de
palabra, flexible de pensamiento, y, en suma, el pedante más aflictivo,
tarabillesco y ciclónico que Dios ha echado al mundo.
De cuantas personas iban á la casa, la más grata á D. Francisco
era Zárate, porque éste había sabido captarse la benevolencia del
tacaño, adulándole á incensario suelto las más de las veces, oyéndole
pacientemente en todo caso, y prestándose á satisfacer cuantas dudas
se le ofrecían al buen señor, de cualquier orden que fuesen. Para un
hombre en estado de metamorfosis, que, encontrándose á los cincuenta
años largos en un mundo desconocido, se veía obligado á instruirse de
prisa y corriendo, á fin de poder encajar en su nueva esfera, el tal
Zárate no tenía precio, por ser una enciclopedia viva, que ilustraba
con prontitud por cualquier página que se la abriese. Lo de menos era
el vocabulario, que á fuerza de atención y estudio iba adquiriendo
el hombre; ya poseía un capital de locuciones muy saneadito. Pero
le faltaba esa multitud de conocimientos elementales que posee toda
persona que anda por el mundo con levita y sombrero, algo de historia,
una idea no más, para no confundir á Ataúlfo con Fernando VII, algo de
física, por lo menos lo bastante para poder decir _la gravedad de los
cuerpos_ cuando se cae una silla, ó _la evaporación de los líquidos_,
cuando se seca el suelo.
Era, pues, Zárate, para el bueno de D. Francisco, una mina de
conocimientos fáciles, circunstanciales y baratos, porque así no tenía
que comprar ni siquiera un manual de conocimientos útiles, ni tomarse
el trabajo de leerlo. Pero no se entregaba fácilmente en manos del
sabio, que por tal le tenía: siempre que consultaba sus dudas sobre
puntos obscuros de historia ó de meteorología, se guardaba muy bien de
dejar en descubierto su crasa ignorancia, y ¿qué hacía el pícaro? pues
pincharle discretamente para que el otro hablase, sacando de su magín
enciclopédico á sus labios locuaces la miel de la ciencia, y entonces
el ávido ignorante se la comía, sin dar su brazo á torcer.
Correspondiendo á este juego astuto de su amigo, el pillo de Zárate,
que en medio de la hojarasca de su gárrulo saber tenía algunos
granos de agudeza, le trataba con extremada consideración, asintiendo
á cuantas gansadas decía afectando tenerle por un portento en el
discurrir, aunque limpio de ciertas erudiciones, que adquiriría
cuando se le antojase. Quedáronse aquella noche solos de sobremesa,
porque Donoso se fué al gabinete de Fidela, donde ya estaban la mamá
de Morentín y el marqués de Taramundi, y Zárate no tardó en echarle
al bruto de Torquemada todo el humo de su adulación, con lo cual
previamente le adormecía para ganarle luego la voluntad.
—Ya se habrá enterado usted de eso del _home rule_—le dijo. Soltó D.
Francisco dos ó tres gruñidos para salir del paso, pues no caía en lo
que aquello era, y fué preciso que Zárate se despotricara después y
nombrase á Irlanda y los irlandeses, para que el otro se encontrara en
terreno firme.
—¿Cree usted—prosiguió el pedante,—que Gladstone se saldrá al fin con
la suya? La cuestión es grave, gravísima, como que en aquel país la
tradición tiene una fuerza increíble.
—Inmensísima.
—¿Y usted cree posible...? Usted, permítame que se lo diga... yo digo
todo lo que siento..., posee el juicio más claro que conozco, y un
golpe de vista certero en todo asunto en que se ponen en juego grandes
intereses... Ya sabe usted que Gladstone...
Teniendo aquel clavo ardiente á que agarrarse, pues por la mañana
había aprendido en _El Imparcial_ cosas muy chuscas, D. Francisco le
quitó la palabra de la boca á su consultor, y relumbrando de erudición,
la cabeza echada atrás, el tono enfático y presumido, se dejó decir:
—Ese Gladstone... ¡qué hombre! Todas las mañanas, después del
chocolate, coge un hacha, corta un arbolito de su jardín y lo parte
para leña. Verdaderamente, un hombre que hace leña es _una entidad_ de
mucho empuje.
—¿Y no cree usted que hallará grandes dificultades en la Cámara de los
_Lores_?
—¡Oh! sí, señor. ¿Qué duda tiene? _Los lores_, _vulgo los doce pares_,
entiendo yo que son allá lo que aquí es el Senado, y el Senado, _velis
nolis_, siempre tira para atrás... Y á propósito: he leído que Irlanda
es país de excelentes patatas, que constituyen, _por decirlo así_, la
principal alimentación de las clases irlandesas, _vulgo_ populares. Y
esa bebida que llaman _whisky_, tengo entendido que la sacan del maíz,
del cual grano hacen gran consumo para la crianza de los de la vista
baja, y también para la alimentación de criaturas y personas mayores.


XII

De aquí tomó pie la viviente enciclopedia para lanzarse á una
disertación fastidiosísima sobre la introducción en Europa del cultivo
de la patata, lo que Torquemada oyó con verdadero embeleso; y como
el sabio, en su divagar sin freno, saltara á Luis XVI, se encontraron
ambos de patitas en la revolución francesa, cosa muy del gusto de D.
Francisco, que deseaba dominar materia tan traída y llevada en toda
conversación fina. Hablaron largo y tendido, y aun hubo un poquito
de controversia, pues Torquemada, sin _querer entrar en el fondo
de la cuestión_ (frase adquirida en aquellos días), abominó de los
revolucionarios y de la guillotina. Algo hubo de transigir el otro,
movido de la adulación, diciendo con criterio _modernista_:
—Por cierto que, como usted sabe muy bien, se va marchitando la leyenda
de la revolución francesa, y al desvanecerse el idealismo que rodeaba á
muchos personajes de aquel tiempo, vemos descarnada la ruindad de los
caracteres.
—Pues claro, hombre, claro. Lo que yo digo...
—Los estudios de Tocqueville...
—¿Pues qué duda tiene?... Y bien se ve ahora que muchos de aquellos
hombres, adorados después por las multitudes inconscientes, eran unos
pillos de marca mayor.
—D. Francisco, yo le recomiendo á usted que lea la obra de Taine...
—Si la he leído... No, miento: esa no; ha sido otra. Tengo muy mala
memoria para _el materialismo_ de cosas de lectura... Y mi cabeza,
_velis nolis_, se ha de aplicar á estudios de otra substancia ¿eh?
—Naturalmente.
—Pero yo digo siempre que tras de la acción viene necesariamente la
reacción... Si no, ahí tiene usted á Bonaparte, _vulgo_ Napoleón, el
que nos trajo á Pepe Botellas... el vencedor de Europa como quien dice,
hombre que empezó su carrera de simple artillerito, y después...
—Cosas de gran novedad para D. Francisco—dijo Zárate á propósito de
Napoleón, y el bárbaro las oía como la palabra divina, aventurando
al fin una idea, que expuso á la consideración de su oyente con toda
solemnidad, poniéndole ante los ojos una perfecta rosquilla, formada
con los dedos índice y pulgar de la mano derecha.
—Creo y sostengo... es una _tesis_ mía, señor de Zárate, creo y
sostengo que esos hombres extraordinarios, grandes, _considerablemente_
grandes en la fuerza y en el crimen, son locos...
Quedóse tan satisfecho, y el otro, que estaba al corriente de lo
moderno, espigando todo el saber en periódicos y revistas, sin
profundizar nada, desembuchó las opiniones de Lombroso, Garófalo,
_etcétera_, que Torquemada aprobó plenamente haciéndolas suyas. Zárate
fué á parar después al contrasentido que suele existir entre la moral y
el genio, y citó el caso del canciller Bacon (_Béicon_) á quien puso en
las nubes como inteligencia, y arrastró por el suelo como conciencia.
—Y yo supongo—añadió,—que usted habrá leído el _Novum organum_.
—Me parece que sí... Allá en mis tiempos de muchacho—replicó
Torquemada, pensando que aquellos _órganos_ debían de ser por el
estilo de los de Móstoles.
—Dígolo porque usted, en lo intelectual ¡cuidado! es un discípulo
aventajadísimo, del canciller... en lo moral, no, ¡cuidado!...
—¡Ah! le diré á usted... Mi maestro fué un tío cura, que metía las
ideas en la mollera á caponazo limpio, y yo tengo para mí que mi tío
había leído á ese otro sujeto, y se lo sabía de memoria.
El tiempo transcurría dulcemente en esta sabrosa charla, sin que ni
uno ni otro hablador se cansase; y sabe Dios hasta qué hora hubiera
durado la conferencia, si no distrajesen á D. Francisco asuntos más
graves que debía tratar sin pérdida de tiempo con otras personas, al
efecto citadas en su casa. Eran éstas D. Juan Gualberto Serrano, padre
de Morentín, y el marqués de Taramundi, que con Donoso y Torquemada,
formaron cónclave en el despacho.
Al quedarse solo, Zárate cayó como la langosta sobre otros grupos que
en la casa había, siendo de notar que si algunas personas, teniéndole
por oráculo, le soportaban y hasta con gusto le oían, otras huían de él
como de la peste. Cruz no le tragaba, procurando siempre poner entre su
persona y la sabiduría torrencial de aquel bendito la mayor distancia
posible. Fidela y la mamá de Morentín tuvieron que aguantar el
chubasco, que empezó con la música wagneriana, y acabó con el fonógrafo
de Edisson, pasando por las afinidades electivas de Goethe, la teoría
de los colores del mismo, las óperas de Bizet, los cuadros de Velázquez
y Goya, el decadentismo, la seismometría, la psiquiatría y la encíclica
del Papa. Fidela hablaba de todo con donosura, haciendo gracioso alarde
de su ignorancia, así como de sus atrevidísimas opiniones personales.
En cambio la señora de Serrano (de la familia de los Pipaones, injerta
con la rama segunda de los Trujillos), andaba tan corta de vocabulario,
que no sabía decir más que: _enteramente_. Era en ella una muletilla
para expresar la admiración, la aquiescencia, el hastío, y hasta el
deseo de tomar una taza de té.
Á Rafael consiguió su hermana Cruz traerle al gabinete, y allí el ánimo
del pobre ciego pareció que entraba en caja después de los desórdenes
neuróticos de aquel día. Entretenido y hasta gozoso pasó la velada,
sin que asomara en él síntoma alguno de sus raras manías, lo que
tranquilizó grandemente al amigo Morentín, pues la matraca de aquella
tarde habíale llenado de zozobra.
Cerca ya de las once, Fidela, fatigada, mostró deseos de retirarse.
Como eran todos de confianza, con perfecta unanimidad, según frase de
Zárate, declararon abolida toda etiqueta que ocasionase molestias á los
dueños de la casa.
—Enteramente—dijo con profunda convicción la mamá de Morentín.
Y éste, dadas las buenas noches á Fidela, que se fué á su alcoba
cayéndose de sueño, propuso una partida de _bezigue_ á la marquesa de
Taramundi. Eran las doce y media, y no había terminado la conferencia
que los padres graves sostenían en el despacho. ¿Qué tratarían? Nada
supieron los tertulios, ni en verdad les importaba averiguarlo, aunque
sospechaban fuese cosa de negocios en grande escala. Al salir del
despacho, los conferenciantes hablaron de volver á reunirse en casa
de Taramundi al siguiente día, y tocaron todos á retirada. Morentín
y Zárate se marcharon, como de costumbre, al Suizo, y por el camino
dijéronse algo que no debe quedar en secreto.
—Ya te he visto, ya te he visto—indicó Zárate,—haciendo el Lovelace. Lo
que es ésta no se te escapa, Pepito.
—Quítate... ¡Me ha dado Rafael un sofoco...! Figúrate... (_Refiérele la
escena en breves palabras._) Yo había tenido, en casos como este, algún
vigilante de mucho ojo; pero un Argos ciego no me había salido nunca.
¡Y que ve largo el muy tuno...! Pero con Argos y sin él, yo seguiré en
mis trece, mientras no me vea en peligro de escándalo... No por nada...
por mamá, que es tan amiga...
—Enteramente—replicó Zárate, en cuyo cerebro había quedado el sonsonete
de aquel socorrido adverbio.
—Dime, ¿qué piensas tú de los caracteres complejos?
—¿Lo dices por Fidela? No la tengo yo por más compleja que otras. Todos
los caracteres son complejos ó _polimorfos_. Sólo en los idiotas se ve
el _monomorfismo_, ó sea _caracteres de una pieza_, como suelen usarse
en el arte dramático, casi siempre convencional. Te recomiendo que leas
los artículos que he dado á la _Revista Enciclopédica_.
—¿Cómo se titulan?
—_De la Dinamometría de las Pasiones._
—Te doy mi palabra de no leerlos. Lecturas tan sabias no son para mí.
—Abordo el problema electro-biológico.
—¡Y pensar que vivimos, y vivimos perfectamente, ignorando todas esas
papas!
—Por ignorante, andas tan á ciegas en el asunto que podríamos llamar
_psico-fidelesco_.
—¿Qué quieres decir?
—Ven acá, ganso. (_Parándose ambos en mitad de la acera, con los
cuellos de los gabanes levantados, y las manos en los bolsillos._) ¿Has
leído á Braid?
—¿Y quién es Braid?
—El autor de la _Neurypnología_. Si no te enteras de nada. Pues te
aseguro que veo en Fidela un caso de _auto-sugestionismo_. ¿Te ríes?
Vamos; apuesto á que tampoco has leído á Liébault.
—Tampoco, hombre, tampoco.
—De modo que no tienes idea de los _fenómenos de inhibición_, ni de los
que llamamos _dinamogenia_.
—¿Y qué tiene que ver esa monserga con...?
—Tiene que ver que Fidela... ¿No advertiste cómo se dormía esta noche?
Pues se hallaba en _estado de hipotaxia_, que algunos llaman _encanto_,
y otros _éxtasis_.
—Sólo he visto que tenía sueño la pobre...
—¿Y no se te ocurre, pedazo de bruto, que tú, sin saberlo ejerces sobre
ella la influencia _psíquico-mesmérica_?
—Mira, Zárate (_quemado_), vete al cuerno con tus terminachos, que
tú mismo no entiendes. Ojalá reventaras de un atracón de ciencia mal
digerida.
—¡Acéfalo!
—¡Pedantón!
—¡Romancista!
La última nota de la disputa la dió la puerta vidriera del café,
cerrándose tras ellos con rechinante estrépito...


XIII

La única persona que en la casa tenía noticia de lo que trataban
aquellos días con gravedad y misterio los Torquemadas, Serranos
y Taramundis, era Cruz, porque su amigo Donoso, que con ella no
tenía secretos, la puso al tanto de los planes que debían aumentar
fabulosamente, en tiempo breve, los ya crecidos capitales del hombre
cuyos destinos se habían enlazado con el destino de las señoras de
Águila. Y estas noticias, tan oportunamente adquiridas por la dama,
diéronle extraordinaria fortaleza de ánimo para seguir abriendo brecha
en la tacañería de D. Francisco, y recabar de él la realización de sus
proyectos de reforma, atenta siempre al engrandecimiento de toda la
familia, y en particular del jefe de ella.
Robustecida su natural bravura con aquellas ideas, y con otra, no
sugerida ciertamente por Donoso, embistió á Torquemada, cogiéndole una
mañana en su despacho, cuando más metido estaba en el laberinto de
guarismos que en diferentes papelotes ante sí tenía.
—¿Qué bueno por aquí, Crucita?—dijo el tacaño en tono de alarma.
—Pues vengo á decir á usted que ya no podemos seguir viviendo en esta
estrechez—replicó ella, derecha al bulto, queriendo amedrentarle por la
rapidez y energía del ataque.—Necesito esta habitación, que es una de
las mejores de la casa.
—¡El despacho...! Pero señora... ¡Cristo! ¿me voy á trabajar á la
cocina?
—No señor. No se irá usted á la cocina. En el segundo piso, tiene usted
desalquilado el cuarto de la derecha.
—Que renta diez y seis mil reales.
—Pero en lo sucesivo no le rentará á usted nada, porque lo va usted á
destinar á las oficinas...
Ante embestida tan arrogante, D. Francisco se quedó aturdido,
balbuciente, como torero que sufre un revolcón, y no acierta á
levantarse del suelo.
—Pero, hija mía... ¿y qué oficinas son esas?... ¿Esto es acaso el
Ministerio de Estado, ó como dicen en Francia, de los Negocios
Extranjeros?
—Pero es el de los grandes negocios de usted, señor mío. ¡Ah! estoy
bien enterada, y me alegro, me alegro mucho de verle por ese camino.
Ganará usted dinerales. Yo me comprometo á empleárselos bien, y á
presentarle á usted ante el mundo con la dignidad que le corresponde...
No, no hay que poner esa cara de paleto candoroso, que le sirve
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