Tormento - 07

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ruinas de un edificio, cuyas columnas derribara él mismo con su estúpida
fuerza.
Está averiguado que antes de la muerte de Doña Claudia empezó el
desprestigio de la escuela. El contingente de chicos disminuía de semana
en semana. Alarmados los padres por los malos tratos de que eran objeto
aquellos pedazos de su corazón, les retiraban de la clase, poniéndoles
en otra de procedimientos más benignos. Y en la misma calle se
estableció otro maestro que propalaba voces absurdas sobre los horrores
que hacía Polo con los muchachos, descoyuntándoles los brazos,
hendiéndoles el cráneo, despegándoles las orejas y sacándoles tiras de
pellejo. Más tarde, la gente que pasaba por la calle vio que por una de
las ventanas bajas salía volando una criatura como proyectil disparado
por una catapulta. Otras cosas se referían igualmente espantables; pero
no todo lo que se dijo merece crédito. Los pasantes contaban que algunos
días estaba el maestro como loco furioso, dando gritos y echando por
aquella boca juramentos y voquibles impropios de un señor sacerdote.
La muerte de Doña Claudia, acaecida inopinadamente, fue como una
prolongación de aquel sueño pesadísimo que le entraba después de comer y
de cenar. Sobre esto se hablaba más de lo regular. El tabernero de
enfrente parece que vio con disgusto el acabamiento de aquella dama por
la buena parroquia que perdía. Desde que sucedió esta desgracia, las
_señoras_ y don Pedro empezaron a ponerse de punta como dos sustancias
que rechazan la combinación. Todos los días cuestiones, rozamientos,
recados importunos, disgusto aquí y allá, ellas muy tiesas, él más
estirado aún. Cuenta la mandadera, mujer de gran locuacidad digna de ser
llevada a un parlamento, que un día tuvieron las señoras y D. Pedro un
_coram vobis_ en el locutorio, del cual resultó, tras muchos dimes y
diretes, que el capellán mandó a las monjas al... (al infierno no debió
de ser), en las propias barbas de la madre abadesa. Con esto y otras
cosas, D. Pedro se vio obligado a desocupar la casa y a dejar el
capellanazgo a otro clérigo de temperamento más dócil. Él había nacido
para domar salvajes, para mandar aventureros, y quizás, quizás para
conquistar un imperio como su paisano Cortés. ¿Cómo había de servir para
_afeitar ranas_, que esto y no otra cosa era aquel menguado oficio?...
Se marchó contento y renegando de las monjas, a las cuales ponía de tal
manera, que no había en verdad por dónde cogerlas.
Instalose en casa propia, hacia la calle de Leganitos, y allí la
incompatibilidad de su carácter con el de su hermana empezó a ser de tal
naturaleza, que la existencia común se hizo difícil. Marcelina Polo, que
en vida de su madre había tenido paciencia, mucha paciencia y desprecio
de sí misma, se había hecho el cargo de que pudiendo ganar el cielo con
la oración, no había necesidad de conquistarlo con el martirio. Cuenta
la criada que por entonces tuvieron, segoviana, astuta y chismosa, que
el hallazgo de no sé qué papeles hizo descubrir a Doña Marcelina
debilidades graves de su hermano, y que enzarzados los dos en agria
disputa, sobrevino la ruptura. «Todo lo paso--decía--; paso que me tire
los platos a la cabeza; paso que me diga palabras mal sonantes; pero un
pecado tan atroz y sacrílego, eso sí que no se lo paso». Y se fue a
vivir con una tal Doña Teófila, señora mayor, que se le parecía como una
gota a otra gota. Poco después embaucaron a Doña Isabel Godoy (que había
perdido a su fiel criada), y la trajeron a vivir consigo, instalándose
en una casita que tomaron en la calle de la Estrella. Cada una de las
tres tenía su especial demencia: la Godoy consagraba sus horas todas a
las prácticas de un aseo frenético; el desvarío de Doña Teófila era la
usura, y el de Marcelina la devoción contemplativa, con más un cierto
furor por la lotería, que heredó de su madre.
Las relaciones de esta señora con su hermano fueron desde entonces muy
frías. Rara vez le visitaba para informarse de su salud, y no le
prestaba servicio alguno doméstico ni le cuidaba en sus enfermedades.
Creía sin duda cumplir con su conciencia rezando por él a troche y moche
y pidiendo a Dios que le apartase de los malos caminos. Casi todo el día
se lo pasaba en las iglesias, asimilándose su polvo, impregnándose de su
olor de incienso y cera, por lo cual D. Pedro, cuando recibía la visita
de ella, ponía muy mala cara diciéndole: «Hermana, hueles a sacristía.
Hazme el favor de apartarte un poco».
Desde que se malquistó con su hermana fuese a vivir Polo a los barrios
del Sur. Era ya tan visible su decadencia, que no lograba disimularla.
Ya no había parroquia ni cofradía que le encargasen un triste sermón, ni
tampoco él, aunque se lo encargaran, tenía ganas de predicarlo, porque
las pocas ideas teológicas que un día extrajo, sin entusiasmo ni calor,
de la mina de sus libros, se le habían ido de la cabeza, donde parece
que estaban como desterradas, para volverse a las páginas de que
salieron. Polo, en verdad, no las echaba de menos ni tuvo intento de
volver a cogerlas. Su mente, ávida de la sencillez y rusticidad
primitivas, había perdido el molde de aquellos hinchados y vacíos
discursos, y hasta se le habían olvidado las mímicas teatrales del
púlpito. Era un hombre que no podía prolongar más tiempo la
falsificación de su ser y que corría derecho a reconstituirse en su
natural forma y sentido, a restablecer su propio imperio personal, a
hacer la revolución de sí mismo y derrocar y destruir todo lo que en sí
hallara de artificial y postizo.
Cuentan que en la sacristía de las iglesias a donde solía ir a celebrar
misa armaba reyerta con los demás curas, y que un día él y otro de
carácter poco sufrido hablaron más de la cuenta y por poco se pegan.
Hubo de manifestar en cierta ocasión ideas tan impropias de aquellos
lugares santos, que, según dicen, hasta las imágenes mudas o insensibles
se ruborizaron oyéndole. El rector de San Pedro de Naturales le dijo que
no volviera a poner los pies allí. Algún tiempo rodó de sacristía en
sacristía, malquistándose con toda la sociedad eclesiástica y dando
motivo a maliciosas hablillas. Su peculio, que ya venía sufriendo
considerables mermas, entró en un período de verdadero ahogo. La pobreza
enseñole su cara triste, anunciándole la miseria, más triste aún, que
detrás venía. Aún pudo haber encontrado su salvación; pero su alma no
tenía fortaleza para arrancar de raíz la causa de trastorno tan grave y
profundo. Las grandes energías que su alma atesoraba y que le habrían
valido para ganar épicos laureles en otros días, lugares y
circunstancias, no le valieron nada contra su desvarío. Todas las armas
se embotaban en la dureza de aquella sangre y vida petrificadas, que
protegían su pasión como una coraza inmortal a prueba de razones morales
y sociales.
Sobrevinieron entonces el desaliento, el malestar, la despreocupación y
una pereza invencible. Levantábase tarde; huía espantado de la iglesia
que creía profanar con su sola presencia; pasaba semanas enteras
encerrado como un criminal que a sí mismo se condenara a reclusión
perpetua. Otras veces salía, esquivando a sus pocos amigos, y se pasaba
el día solo, vagando por las afueras, mal vestido de paisano, con
empaque tal que se le habría tomado por presidiario que acaba de romper
sus cadenas. En la clase eclesiástica no conservaba más que un amigo, el
padre Nones, quien con dulzura le exhortaba a enmendarse y a restablecer
la vida normal. La querencia de este buen sacerdote llevole a vivir a la
humilde casa de la calle de la Fe, y por algún tiempo hizo tímidos
esfuerzos para regularizar sus costumbres. Entonces le retiraron las
licencias, y roto el débil lazo que aún sujetaba su voluntad al cuerpo
robusto de la Iglesia, se desprendió absolutamente de ella y cayó en
abismos de perdición, ruina, miseria. Vivía estrechamente, apurando los
pocos dinerillos que tenía, haciendo esfuerzos por cobrar las cantidades
que le adeudaban algunas personas desde los tiempos de su prosperidad.
Repartiendo cartitas y recados iba cobrando lentamente de sus deudores
sumas mezquinas. Concertó la venta del material de la escuela, que era
suyo, con el Ayuntamiento; pero si este tuvo prisa para posesionarse de
lo comprado, no la tuvo para pagar.
Por ser desgraciado en todo, fuelo también D. Pedro en la elección del
ama de llaves que lo servía, mujer de mucha edad, bondadosa y sin
malicia, pero que no sabía gobernar ni su casa ni la ajena. Era madre de
sacristanes, tía y abuela de monaguillos, y había desempeñado la
portería de la rectoral de San Lorenzo durante luengos años. Sabia de
liturgia más que muchos curas, y el almanaque eclesiástico lo tenía en
la punta de la uña. Sabía tocar a fuego, a funeral y repique de misa
mayor, y era autoridad de peso en asuntos religiosos. Pero con tanta
ciencia, no sabía hacer una taza de café, ni cuidar un enfermo, ni
aderezar los guisos más comunes. Su gusto era callejear y hacer tertulia
en casa de las vecinas.
Estos hechos y circunstancias, el extravío de Polo, su falta de dinero,
la incapacidad doméstica de Celedonia, llevaron la tal casa al grado
último de tristeza y desorden. Pero cierto día entró inopinadamente en
ella alguien que parecía celestial emisario, y aquel recinto muerto y
lóbrego tomó vida, luz. Pronto se vio aparecer sobre todo esa sonrisa de
las cosas que anuncia la acción de una mano inteligente y gobernosa, y
quien con más júbilo se alzaba del polvo para gozar de aquella dulce
caricia era el doliente, aterido, desgarrado y mal trecho D. Pedro Polo.


XV

Al cual le retozaba el alma en el cuerpo cuando vio entrar a Tormento
con el cesto de la compra bien repleto de víveres.
«¡Qué opulencia!--exclamó con alegres fulguraciones en sus ojos--.
Parece que vuelven los buenos tiempos... Parece que ha entrado en mi
choza la bendición de Dios en figura de una santa...».
Detúvose aquí, cortando el hilo de aquel concepto que se le salía del
alma. Tormento nada dijo y se internó en la casa. Pronto se sintieron
los fatigados pasos de Celedonia y luego los del carbonero y del
aguador. Movimiento y vida, el delicioso bullicio del trajín doméstico
reinaban en la poco antes lúgubre vivienda. Era agradable oír el rumor
del agua, el repique del almirez, el freír del aceite en la sartén.
Siguió a esto un estruendo de limpieza general, choque de pucheros y
cacharros, azotes de zorro y castigo del polvo. De improviso entró la
joven en la sala con un pañuelo liado a la cabeza, cubierta de un
delantal y con la escoba en la mano. Ordenó al enfermo que se metiese en
la pieza inmediata, lo que él hizo de muy buena gana, y abiertas de par
en par las ventanas de la sala, viose salir en sofocante nube traspasada
por rayos de sol la suciedad de tantos días. Infatigable, no permitía
Tormento que le ayudase Celedonia, la cual entró renqueando para ofrecer
su débil cooperación.
«No es preciso--le dijo la otra--. Váyase usted a la cocina a cuidar del
almuerzo».
--Para todo hay lugar,--replicó la vieja--.Voy a llevarle agua tibia a
ver si quiere afeitarse. Dos semanas hace que no lo hace, y está que
parece el Buen Ladrón.
Cuando la sala quedó arreglada, Tormento volvió a la cocina, y entonces
se oyó el tumulto del agua revolcándose en el fregadero entre montones
de platos. Con los brazos desnudos hasta cerca de los hombros, la joven
desempeñaba aquella ruda función, deleitándose con el frío del agua y
con el brillo de la loza mojada. Sin descansar un momento, en todo
estaba y no abría los labios más que para reprender a Celedonia su
pesadez. La reumática sacristana más bien servía de estorbo que de
ayuda. Luego acudió Tormento a poner la mesa en la sala. El sol entraba
de lleno, haciendo brotar chispas de las recién lavadas copas. Los
platos habrían lucido como nuevos si no tuvieran los bordes
desportillados y en todas sus partes señales de la mala vida que
llevaban en manos de Celedonia.
D. Pedro, bien afeitado y vestido de limpio, volvió a ocupar su sillón,
y se reía, se reía, henchido de un contento nervioso que le hacía
parecer hombre distinto del que poco antes ocupara el mismo lugar.
«Me parece--decía tocando el tambor con los dedos sobre la mesa--, que
de golpe se me ha renovado el apetito de aquellos tiempos... ¡Poder de
Dios! ¡Qué día tan dichoso! He aquí los domingos del alma».
Tormento entraba y salía sin descanso. Hablaba poco y no participaba de
la alegría del buen Polo. En la cocina faltaba aún mucho que hacer, por
causa del abandono en que había encontrado todo. Así pues, el almuerzo,
que pudo haber sido dispuesto a las once, tardó aún tres cuartos de hora
más. D. Pedro se asomaba de cuando en cuando a la puerta de la cocina
para dar broma y prisa, y ningún contraste puede verse más duro y
extraño que el que hacía su semblante tosco y amarillo, de color de
bilis, de color de drama, con su reír de comedia y el júbilo pueril que
le dominaba. Sus bromas inocentes eran así:
«¿Pero no se almuerza en esta casa? Señora fondista, ¿en qué piensa, que
así deja morir de hambre a los huéspedes?».
Y luego prorrumpía en triviales carcajadas, que sólo hallaban eco en la
candidez de Celedonia. Terminados los preparativos del almuerzo, quitose
Tormento el pañuelo de la cabeza y el delantal, diciendo:
«Vamos, ya es hora».
Cuando empezó a almorzar, Polo parecía el mismo de marras, con la
diferencia del peor color y de la pérdida de carnes. Pero su espíritu
discretamente jovial, su cortesía un poco seca a estilo castellano, su
mirar expresivo y su apetito reproducían los dichosos días pasados.
Tormento comía al otro extremo de la mesa, y ya era comensal ya
sirviente, atendiendo unas veces a su plato, otras al servicio del
amigo, para lo cual se levantaba, salía y entraba con diligencia.
Incapaz de prestar ninguna ayuda, Celedonia no hacía más que charlar de
la función religiosa del día, del Oficio Parvo que se preparaba para el
siguiente y de lo mal que cantaba el padre Nones, a quien remedó con
bastante fidelidad. D. Pedro la mandó varias veces a la cocina, sin ser
obedecido.
Quería Polo entablar con la joven conversación larga; pero ella se
defendía contra ese empeño, cortando la palabra del misántropo con su
brusco levantarse para traer alguna cosa. No quería de ningún modo
entrar en materia; se consideraba como visita, como persona extraña a la
casa, que había entrado en ella con propósitos de un orden semejante a
los de la Beneficencia Domiciliaria. Batallaba en su mente por
convencerse de que había ido a socorrer a un enfermo, a consolar a un
triste, a dar de comer a un hambriento; y compenetrándose del espíritu
que dictó las Obras de Misericordia, se atrevía a crear una nueva: la de
_Limpiar el polvo y barrer la casa de los que lo hayan menester..._
Había encontrado allí tanta miseria, tanta basura, que no podía verlo
con indiferencia. Agregaba a estas ideas, para tranquilidad completa de
su conciencia por el momento, el propósito de que tal visita sería la
última, y un adiós definitivo y absoluto a la nefanda amistad que era el
mayor tropiezo y la única mancha de su vida.
Tormento sabía hacer muy bien el café. Aprendió este arte difícil con su
tía Saturna, la mujer de Morales, y aquel día puso gran esmero en ello.
Cuando Polo miraba delante de sí la taza de negro y ardiente licor, la
joven, acordándose de algo muy importante, sacó un paquetito del
bolsillo de su traje:
«¡Ah! También he traído cigarros. Me había olvidado de sacarlos. Puede
que se hayan roto. Peseta de escogidos... Este de las pintitas debe de
ser bueno».
Cuando mostraba el abierto envoltorio de papel con los puros, D. Pedro,
traspasado el corazón de un dardo de gratitud inefable, no sabía qué
decir. Si fuera hombre capaz de llorar con lágrimas, las habría
derramado ante aquel ejemplar de previsión, de dulzura y delicadeza.
Volvió a pensar en la Providencia, de quien él antaño había dicho tantas
cosas buenas en el púlpito; pero no gastando de asociar ninguna idea
religiosa al orden de ideas que entonces reinaba en su espíritu, creyó
más del caso acordarse de las hadas, ninfas o entidades invisibles que
tenían el poder de fabricar en un segundo encantados palacios, y de
improvisar comidas suculentas, como él había leído en profanos libros.
Con grandísima tristeza vio, cuando aún no había concluido de apurar la
taza, que Tormento se levantaba, cogía su mantón y su velo,
disponiéndose para marchar. De este modo se desvanecen en el aire y en
el sueño las ninfas engendradas por la fantasía o por la fiebre.
«¡Cómo!... ¿qué es eso?... ¿ya?»--balbució angustiado.
--Me voy. Nada tengo ya que hacer aquí. Hago falta en mi casa.
--¡En tu casa! ¿Y cuál es tu casa?--murmuró severamente, no atreviéndose
a decir: «tu casa es esta».
--¡Por Dios!... Esa no es la mejor manera de agradecerme el haber
venido.
--Siéntate,--ordenó el misántropo imperiosamente, hablando conforme a su
carácter.
--Me voy.
--¿Que te vas? Es temprano. La una y media. Si insistes, saldré contigo,
¡ea!.. ¿Vas para arriba?, yo detrás. ¿Vas para abajo?, detrás yo... No
te dejaré a sol ni sombra.
Tormento, asustadísima, no tuvo fuerzas para protestar de aquella
persecución. El peso que sentía sobre su alma debía de ser bastante
grande para gravitar también sobre su cuerpo, porque se desplomó sobre
la silla con los brazos flojos, la cabeza aturdida.
«No creas que vas a hacer lo que se te antoje--manifestó Polo entre
festivo y brutal--. Aquí mando yo».
--Hay personas con quienes no valen los propósitos buenos...--replicó
ella tratando de mostrar carácter--. Yo recibí una carta que decía:
«moribundo» y vine... Yo quería consolar a un pobre enfermo, y lo que he
hecho es resucitar a un muerto que me persigue ahora y quiero enterrarme
con él... Por débil me pasó lo que me pasó. Esto de la debilidad no se
cura nunca. Hoy mismo, al querer venir, una voz me decía aquí dentro:
«no vayas, no vayas». Dichosos los que han nacido crueles, porque ellos
sabrán salir de todos los malos trances... Dios castiga a las personas
cuando son malas, y también cuando son tontas, y a mí me castiga por las
dos cosas, sí, por mala, y por necia... ¡Cuántos delitos hay que, bien
mirados, son una tontería tras otra! Haber venido aquí ¿qué es?...
Sospecho que Dios me ha de castigar mucho más todavía. Yo vivo en medio
de la mayor congoja. Mi vida es una zozobra, un susto, un temblor
continuo, y cuando veo una mosca me parece que la mosca viene a mí y me
dice...
No pudo seguir. El llanto la sofocaba otra vez.
«No llores, no llores--dijo Polo un poco aturdido, mirando al mantel--.
Cuando te veo tan afligida no sé qué me da. Verdaderamente, sobre
nosotros pesa una maldición...».
Y echando de su pecho un suspiro tan grande que parecía resoplido de
león, meditó breve rato, apoyando la cabeza en la mano. Tanto le pesaba
una idea que tenía.


XVI

«Tengo una idea, Tormento; tengo una idea--murmuró con voz semejante a
un quejido--. Te la diré, y no te rías de ella. Es una idea nacida en mi
soledad, criada en mi tristeza, y por tanto te parecerá un poco
salvaje... Es que como no hay remedio para mí en esta sociedad, como soy
menos fuerte que mis pasiones y he tomado en tan grandísimo horror mi
estado, se me ha venido a las mientes poner tierra, pero mucha tierra,
entre mi persona y este país y se me ha ocurrido dar con mis huesos allá
en lo último del mundo, en una isla del Asia, o bien en la California o
en alguna colonia inglesa... Hay tierras hermosas por allá, tierras que
son paraísos, donde todo es inocencia de costumbres y verdadera
igualdad; tierras sin historia, chica, donde a nadie se le pregunta lo
que piensa; campos feraces, donde hay cada cosecha que tiembla el
misterio; tierras patriarcales, sociedades que empiezan y que se parecen
a las que nos pinta la Biblia. Sueño con romper por todo y marcharme
allá, olvidando lo que he sido y matando de raíz el gran error de mi
vida, que es haberme metido donde no me llamaban y haber engañado a la
sociedad y a Dios, poniéndome una máscara para hacer el _bu_ a la
gente».
Al oír esto, relámpago de alegría brilló en los ojos de Tormento, que en
aquel propósito de emigrar veía solución fácil al terrible problema que
entorpecía su vida y su porvenir. Mas pronto se trocó su alegría en
repugnancia, cuando Polo añadió esto:
«Sí, esa es mi idea... irme allá; pero llevándote conmigo... ¿Qué?, ¿te
asustas? ¡Pusilánime! Miras demasiado las cosas que están cerca y tienes
miedo hasta de las moscas. El mundo es muy grande, y Dios es más grande
que el mundo... ¿Vendrás?».
--¡Yo!--exclamó la joven haciendo esfuerzos por disimular su horror y
negando con la cabeza.
--Dame una razón.
--Que no.
--Pero una razón...
--Que no.
--Yo te contestaré con mil argumentos que de fijo te convencerán. ¡He
pensado tanto en esto!... ¡he visto tan clara la pequeñez de lo que nos
rodea!... Instituciones que nos parecen tan enormes, tan terribles, tan
universales, se hacen granos de arena, cuando con el pensamiento rodamos
por esta bola y nos vamos a donde ahora está siendo de noche. ¡Cuidado
que es grande el planeta, cuidado que es grande, y hay en él variedad de
cosas, de gente!... Échate a pensar...
Tormento no se echó a pensar nada, y si algo pensaba no lo quería decir.
Silenciosa, miraba sus propias manos cruzadas sobre las rodillas.
«Dame alguna razón--repitió Polo--; dime algo que a ti se te haya
ocurrido. ¿No tienes tú una idea?... ¿cuál es?».
--Arrepentimiento...
--Sí, pero... ¿nada más?
--Arrepentimiento--volvió a decir la Emperadora, sin mirarle ni moverse.
--Pero di una cosa; ¿a ti no te molesta esta sociedad, no te ahoga esta
atmósfera, no se te cae el cielo encima, no tienes ganas de respirar
libremente?
--Lo que me ahoga es otra cosa...
--La conciencia, sí... Pero la conciencia... te diré... también se
ensancha saliendo a un círculo de vida mayor.
--La mía no.
--Me parece--dijo D. Pedro en un arrebato de mal humor cercano a la
ira--, me parece que eres algo egoísta.
--¿Quién lo será más?
--Bueno, soy egoísta... y tú una piedra--manifestó él exaltándose--. Sí,
eres una piedra, un pedazo de hielo. Vale más ser criminal que
insensible; y de mí te puedo decir que prefiero ir al infierno a ir al
limbo.
La joven discurría los medios de llevar la conversación a otro terreno.
Su espíritu se compartía entre el arrepentimiento de haber hecho aquella
visita (achacando este mal paso a su debilidad bondadosa), y el
propósito de decir a Polo: «Sí, váyase, váyase en buen hora a esa isla
del África y déjeme en paz». Pero su misma falta de carácter le impedía
ser tan cruel y explícita... ¡Problema insoluble el suyo, dado el temple
tenaz y vehemente de aquel hombre!... Los sentimientos de Amparito hacia
él habían venido a ser los más contrarios a la incomprensible fragilidad
de que provenía su desdicha; eran sentimientos de horror hacia la
persona, extrañamente mezclados con cierto respeto a la desgracia; eran
lástima confundida con la repugnancia.
En el corazón tenía la desventurada joven tanta dosis de arrepentimiento
como en la conciencia, y no podía explicarse bien el error de sus
sentidos ni el desvarío que la arrastró a una falta con persona que al
poco tiempo le fue tan aborrecible... Mas no se atrevía a expresar estas
ideas por miedo a las consecuencias de su franqueza, siendo de notar que
si la caridad tuvo alguna parte en su visita, grande la tuvo también
aquel mismo miedo, el recelo de que su desvío exacerbara a su enemigo y
le impulsase por caminos de publicidad y escándalo. Sobre todas las
consideraciones ponía ella el interés de encubrir su terrible secreto.
Pero ya que estos motivos la llevaron a aquella casa funesta, era
urgente pensar cómo salía de ella.
«Para muchos días--dijo--he dejado provisiones en la casa».
--¡Qué buena eres!--replicó Polo, volviendo a ser benigno y humilde,
cual si le acometiera de nuevo la enfermedad--. Te vas, y ya me estoy yo
muriendo. El mejor día, si no emigro, me verás pidiendo limosna por esas
calles. Mi pobreza, hija, se va acumulando a interés compuesto... La
suerte será que me moriré antes.
Amparo tuvo ya entre sus labios esta observación: «¿por qué no
enmendarse y procurar recibir otra vez las licencias para ganarse la
vida en la iglesia?». Pero tanto le repugnaba la intromisión de
cualquier idea religiosa en aquel tristísimo orden de ideas, que se
tragó la frase. Todo recuerdo de cosas eclesiásticas, toda alusión o
referencia a ellas la hacían temblar con escalofríos, como si le
pusieran un silicio de hielo. Entonces era cuando su conciencia se
alborotaba más, cuando su sangre ardía y cuando el corazón parecía
subírsele a la garganta, cortándole el aliento. Apartando aquellas
ideas, habló así:
--No hay que ver las cosas tan negras. Y ahora me acuerdo... usted...
Hasta entonces había hablado en impersonal; mas obligada a emplear un
pronombre, antes se hubiera cortado la lengua que pronunciar un _tú_.
«Usted tiene deudores...».
--Sí... y de ellos voy cobrando poco a poco. Pero ya se va agotando esa
mina.
--Yo conozco un deudor que podrá socorrerle a usted, devolviéndole una
mínima parte de los beneficios que ha recibido...
Lo decía de tal manera, que Polo comprendió al instante.
«No seas tonta. Me enfadaré contigo...».
--Es el caso que...--dijo Tormento revolviendo con su mano en el hueco
del manguito--. Yo había pensado al venir aquí... No es esto pagar una
deuda, pues si fuera a pagar...
La infeliz no sabía encontrar la fórmula, que deseaba fuese lo más
delicada posible, y por querer emplear la más sutil y discreta, usó la
más necia de todas, diciendo, al poner un billete sobre la mesa:
«Si más tuviera, más daría».
--Dios mío, ¡qué tonta eres!...
--Vamos, que no está usted tan sobrado de recursos... Y me enfadaré de
veras si se empeña en ser Quijote.
A D. Pedro le repugnaba el recibir una limosna; pero lo que esta tenía
de prueba de confianza acalló sus escrúpulos.
«Si yo pudiera ser tan generosa como deseo--indicó ella, dando un gran
suspiro y acordándose, con nuevas angustias, de la procedencia de aquel
dinero--, no consentiría que pasara escaseces ninguna persona que a mí
me ha favorecido en días muy malos. Cuando murió mi padre, ¿quién nos
socorrió?, ¿quién costeó el entierro? Y después, cuando nos vimos tan
mal, ¿quién vendió su ropa para que no nos faltara qué comer?».
--Cállate, tonta; eso no hace al caso. Cuando tengo la suerte de hacer
un beneficio no quiero que me lo recuerden más, no quiero que me lo
nombren, y mira tú lo que soy, me gustaría que la persona favorecida lo
olvidase. Yo soy así.
Mientras esto decía él, ella sentía mil turbaciones, dudas y escrúpulos
horribles. Sus sentimientos caritativos no podían manifestarse
tranquilos, temerosos de hacer traición a algo muy respetable que había
llegado a tener lugar de preferencia en su mente.
¡Extrañas simpatías las del espíritu! Como se comunica el fuego de un
cuerpo combustible a otro que está cercano, las zozobras del alma
prenden y se propagan fácilmente si encuentran materia en qué cebarse,
materia preparada. Así la turbación que removía el espíritu de la
Emperadora se propagó, como un incendio que corre, al de D. Pedro, el
cual se vio súbitamente acometido de punzantes sospechas. Púsose de un
color tal, qué no habría pincel que lo reprodujera, como no se empapase
en la tinta lívida del relámpago; y mascando una cosa amarga, dijo
lentamente esta frase:
«Muy rica estás...».
Bien sabía ella interpretar la ironía que el ex-capellán empleaba alguna
vez para manifestar sus ideas. Comprendió la sospecha, supo leer aquella
coloración de luz eléctrica y aquel mirar indagador, y se hizo la
distraída, afectando recoger y limpiar el manguito que se había caído al
suelo. Tan amante de la verdad era ella, que abría dado días de vida por
poderla decir claramente; ¿pero cómo decirla, Santo Dios? Y la verdad se
removía cariñosa en su interior, diciéndole: _dime_... ¿pero cómo y con
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