Tormento - 02

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desesperación... ¡Que siempre he de estar yo rodeada de gente así!».
En tanto, el gran Thiers... digo, Bringas, allá en otra región de la
descompuesta casa, no paraba ni callaba un solo instante.
«Felipe, el martillo... Pero hombre, te quedas como un bobo mirando los
retratos y no atiendes a lo que te digo... Dame la tuerca... Mira, allí
está. Todo lo pierdes, todo se te olvida... ¡Qué cabeza, hijo, te ha
dado Dios! Se lo contaré todo a tu amo para que te tire de las orejas y
te despabile... ¿Qué se te ha perdido en la cómoda para que mires tanto
a ella? ¡Ah!, las figuritas de porcelana... Vamos, hijo, formalidad.
Aguanta ahora la escalera... ¡Eh!, chiquillo, trae las tenazas, el
destornillador... pronto, menéate».
Un viejo, protegido de la casa, ayudaba también; pero a este no se le
permitía poner sus manos en nada, como no fuera para levantar grandes
pesos, porque era muy torpe y en todas partes dejaba huella tristísima
de su inhabilidad destructora.
Muy a menudo uno de los consortes necesitaba del autorizado dictamen del
otro para colocar cualquier objeto, y se oían a lo largo de aquel
pasillo gritos y llamamientos como de quien pide socorro. «Bringas, ven,
ven acá. No podemos colocar esta percha». O bien entraba Amparo
sofocadísima en la sala, diciendo:
«Don Francisco, que a estos clavos se le han torcido las puntas».
--Hija, yo no puedo estar en todo. Esperar un poco.
A pesar de ser tan supino el criterio decorativo de Bringas, este no se
fiaba de sí mismo, y quería consultar con su mujer peliagudos problemas.
«Rosalía... ven acá, hija... A ver dónde te parece que coloque estos
cuadros. Creo que el Cristo de la Caña debe ir al centro».
--Poco a poco; al centro va el retrato de Su Majestad...
--Es verdad. Vamos a ello.
--Se me figura que Su Majestad está muy caída. Levántala un poquito, un
par de dedos. ¿Así?
--Bien.
--¿En dónde pongo a O'Donnell?
--A ese le pondría yo en otra parte... por indecente.
--¡Mujer...!
--Ponle donde quieras.
--Ahora colgaremos a Narváez... Por este lado irá el retrato de D. Juan
de Pipaón. ¡Felipe!... ¿En dónde está ese condenado chico?
Un momento después:
«Bringas, Bringas, acude acá».
--¿Qué hay?
--¡Que se nos viene encima la percha!
--Allá voy.
--Bringas, entre las tres no podemos con la piedra del lavabo.
--Que vaya el señor Canencia. Cuidado, cuidado... Canencia, eche usted
allá una mano con mil demonios... ¡Cómo me rompan la piedra...!
En presencia de estas dificultades, Bringas decía como Napoleón cuando
supo que se había perdido la batalla de Trafalgar: «Yo no puedo estar en
todas partes».
Felipe Centeno, que servía a un pariente de D. Francisco, estaba allí
aquel día como prestado para ayudar a los señores en su grande faena. Ni
un momento de respiro le daban aquel señor tan activo y aquella dama,
que era la misma pólvora. Si hubiera tenido tres cuerpos, no le bastaran
para atender a todo: «Felipe, coge con mucho cuidado el florero y ponlo
sobre el _entredós_. Ahora vamos a colocar los guardabrisas... Felipe,
vete a la cocina y trae agua... Eh, Juanenreda, ven aquí; lleva la
escalera a la alcoba, que vamos a emprenderla con la corona de la
colgadura de la cama».
¡Qué fatigas!, pero al mismo tiempo, ¡qué triunfos!... Llegada la noche,
satisfechos y envanecidos los dos esposos de su obra, se sentaban
estropeadísimos, y la contemplaban lisonjeándose mutuamente con
encomiásticas apreciaciones. «La sala ha quedado muy bien. ¡Lástima que
no cupiera el árbol genealógico de los Pipaones y el Santo Tomás
Apóstol, copia de Mengs!.. ¿No estará un poco alta la lámpara?... Para
mañana quedarán algunos perfiles. La verdad es, hija, que tenemos una
casa magnífica. ¡Vaya un golpe de gabinete! Mirado desde aquí, con toda
la puerta abierta, tiene algo de regio. ¿No te parece que estás viendo
la sala de Gasparini? Será ilusión, pero se podría jurar que está más
guapo tu abuelo, y que luce más aquí con su uniforme de alabardero,
haciendo juego con el manto rojo del Cristo de la Caña. La alfombra no
tiene nada que pedir. Yo empalmé tan bien el pedazo que te dieron hace
dos años en Palacio con el que lograste hace un mes, y casé con tanto
cuidado las piezas, que no se conoce la diferencia de dibujo... Ya te
podían haber dado la pareja completa de los candelabros de bronce...
pero en aquella casa todo se hace con el mayor desorden... Las velas de
colores dentro de los guarda-brisas hacen un efecto mágico. Si se
encendieran parecería cosa de las _Mil y una noches_».
La comida se trajo aquel día, por ser de mucho tráfago, de la fonda más
cercana, y los niños, que habían pasado todo el día en la casa de
Caballero, vinieron por la noche a acostarse. Enredaban tanto con la
novedad de la casa y de su cuarto, que Rosalía tuvo que administrarles
algunos azotes para que entraran en razón, y de esta suerte no concluyó
sin lágrimas un día de tantas satisfacciones.
En los sucesivos, el gozo, el orgullo, la hinchazón de los Bringas por
las ventajas de su nuevo domicilio se manifestaban en el acto de
enseñarlo y ofrecerlo a los amigos que les visitaban. D. Francisco y su
señora acompañaban las visitas por toda la casa, mostrando pieza por
pieza sin omitir ninguna, y encareciendo la holgura, la capacidad y
adecuada aplicación de cada una.
«Es la mejor casa de Madrid--decía con la nariz ahuecada Rosalía,
guiando por aquellos laberintos a la señora de García Grande, su amiga
cariñosa--. Yo digo que si la hubiéramos fabricado nosotros no habríamos
repartido mejor todas las piezas».
Uno y otro consorte se quitaban alternativamente la palabra de la boca
para encomiar su casa, que era única y sin segundo, al decir de ambos;
pues en este matrimonio, y particularmente en ella, se había arraigado
la creencia de que los bienes propios eran siempre muy superiores a los
que disfrutaban los demás tristes mortales.
«Vea usted la alcoba, Cándida... ¡qué hermosa pieza y qué abrigadita! No
entra aquí el aire por ninguna parte».
--Note usted... rara vez se ve un estucado más bien puesto.
--En este otro cuartito es donde yo me lavo. ¿Ve usted qué mono? Es
pequeñín, pero sobra espacio.
--Ya lo creo que sobra. Note usted estos pasillos. Si esto parece la
Plaza de Toros... Lo menos tienen vara y media de ancho.
--Aquí podrán correr caballos. En este cuarto es donde tengo mi costura,
y aquí estaremos todo el día Amparo y yo. Sigue la habitación de
Paquito, con luces al patio. Ahí tiene él sus libros tan bien puestitos,
su mesa para escribir los apuntes de clase, su cama y su percha.
--Note usted, Cándida, qué hermosas luces. Aquí, en verano, se ve a leer
hasta las cuatro a la tarde.
--Ahora vea usted qué comedor, qué desahogo. Cabe perfectamente la mesa
de ocho personas. En la otra casa estábamos tan estrechos que el
aparador parecía venírsenos encima, y cuando la criada pasaba con los
platos Bringas tenía que levantarse.
--Note usted, Cándida, este papel imitando roble... Cada día inventan
esos extranjeros cosas más bonitas...
--En este otro cuartito, que da también al patio, es donde Bringas tiene
todo su instrumental... Esto es un taller en regla. Ha de ver usted
también la cocina. Es quizás...
--Y sin quizás la más hermosa que hay en Madrid... Ahora el cuarto de la
muchacha... oscurito sí, pero ella ¿para qué quiere luces?
Volviendo a la sala, después de esta excursión apologética y triunfal,
la Pipaón de la Barca, nunca saciada de alabar su vivienda y de
felicitarse por ella, no daba paz a la lengua.
«Porque a mí, querida Cándida, que no me saquen de estos barrios. Todo
lo que no sea este trocito no me parece Madrid. Nací en la plazuela de
Navalón, y hemos vivido muchos años en la calle de Silva. Cuando paso
dos días sin ver la plaza de Oriente, Santo Domingo el Real, la
Encarnación y el Senado, me parece que no he vivido. Creo que no me
aprovecha la misa cuando no la oigo en Santa Catalina de los Donados, en
la capilla Real o en la Buena Dicha. Es verdad que esta parte de la
Costanilla de los Ángeles es algo estrecha, pero a mí me gusta así.
Parece que estamos más acompañados viendo al vecino de enfrente tan
cerca, que se le puede dar la mano. Yo quiero vecindad por todos lados.
Me gusta sentir de noche al inquilino que sube; me agrada sentir aliento
de personas arriba y abajo. La soledad me causa espanto, y cuando oigo
hablar de las familias que se han ido a vivir a ese barrio, a esa
Sacramental que está haciendo Salamanca más allá de la Plaza de Toros,
me dan escalofríos. ¡Jesús qué miedo!... Luego este sitio es un coche
parado. ¡Qué animación! A todas horas pasa gente. Toda, toda, todita la
noche está usted oyendo hablar a los que pasan, y hasta se entiende lo
que dicen. Créalo usted, esto acompaña. Como nuestro cuarto es
principal, parece que estamos en la calle. Luego todo tan a la mano...
Debajo la carnicería; al lado ultramarinos; a dos pasos puesto de
pescado; en la plazuela botica, confitería, molino de chocolate, casa de
vacas, tienda de sedas, droguería, en fin, con decir que todo... No
podemos quejarnos. Estamos en sitio tan céntrico, que apenas tenemos que
andar para ir a tal o cual parte. Vivimos cerca de Palacio, cerca del
Ministerio de Estado, cerca de la oficina de Bringas, cerca de la
capilla Real, cerca de Caballerizas, cerca de la Armería, cerca de la
plaza de Oriente... cerca de usted, de las de Pez, de mi primo
Agustín...».
En el momento de nombrar a esta persona sonó la campanilla de la puerta;
alguien entró en la casa.
«Es él--dijo Bringas--; pero se ha ido adentro pasito a paso para que no
se le sienta».
--Ha comprendido que hay visita--indicó Rosalía riendo--, y ni a tres
tiros le harán entrar en la sala. Es tan raro...


IV

Difícil es fijar el escalón social que en la casa de Bringas ocupaba
Amparo, la Amparo, Amparito, la señorita Amparo, pues de estas cuatro
maneras era nombrada. Hallábase en el punto en que se confunden las
relaciones de amistad con las de servidumbre, y no podía decir si la
subyugaba una dulce amiga o si un ama despótica la favorecía. Las
obligaciones de esta joven en la casa eran tantas y la retribución de
afecto tan tasada y regateada, que desde luego se puede asegurar que
entraba allí en calidad de pariente pobre y molesto. Este es el
parentesco más lejano que se conoce, y conviene declarar que el de
sangre, entre las familias de Sánchez Emperador y Pipaón, era de
aquellos que no coge el galgo más corredor. La madre de Amparo era
Calderón como la madre de Rosalía, pero de ramas muy apartadas, cuyo
entronque se hubiera encontrado (si algún desocupado lo buscara) en un
montero de Palacio que pasó al servicio de la Vallabriga y del infante
D. Luis.
Poco trato tenía Bringas con Sánchez Emperador; pero aquél había
recibido antaño del padre de Rosalía inestimable servicio, y fue
constante en el agradecimiento. Poco antes de morir llamó a D. Francisco
el desgraciado conserje de la Escuela de Farmacia y le dijo: «Todos mis
ahorros los he gastado en mi enfermedad. No dejo a mis pobres hijas más
que los treinta días del mes. Si usted me promete hacer por ellas todo
lo que pueda, me moriré tranquilo». Bringas, que era hombre de buen
corazón, prometió ampararlas según la medida de su modesto pasar, y supo
cumplir su promesa.
Luego que dieron tierra a su padre, instaláronse las dos huérfanas en la
casa más reducida y más barata que encontraron, e hicieron ese voto de
heroísmo que se llama _vivir de su trabajo_. El de la mujer sola,
soltera y honrada era y es una como patente de ayuno perpetuo; pero
aquellas bien criadas chicas tenían fe, y los primeros desengaños no las
desalentaron. Muy mal lo hubieran pasado sin la protección manifiesta de
Bringas, y la más o menos encubierta de otros amigos y deudos de Sánchez
Emperador.
La posición social de Rosalía Pipaón de la Barca de Bringas no era, a
pesar de su contacto con Palacio y con familias de viso, la más a
propósito para fomentar en ella pretensiones aristocráticas de alto
vuelo; pero tenía un orgullete cursi que le inspiraba a menudo, con
ahuecamiento de nariz, evocaciones declamatorias de los méritos y
calidad de sus antepasados. Gustaba asimismo de nombrar títulos, de
describir uniformes palaciegos y de encarecer sus buenas relaciones. En
una sociedad como aquella, o como esta, pues la variación en diez y seis
años no ha sido muy grande; en esta sociedad, digo, no vigorizada por el
trabajo, y en la cual tienen más valor que en otra parte los
parentescos, las recomendaciones, los compadrazgos y amistades, la
iniciativa individual es sustituida por la fe en las relaciones. Los
bien relacionados lo esperan todo del pariente a quien adulan o del
cacique a quien sirven, y rara vez esperan de sí mismos el bien que
desean. En esto de vivir _bien relacionada_, la señora de Bringas no
cedía a ningún nacido ni por nacer, y desde tan sólida base se remontaba
a la excelsitud de su orgullete español, el cual vicio tiene por
fundamento la inveterada pereza del espíritu, la ociosidad de muchas
generaciones y la falta de educación intelectual y moral. Y si aquella
sociedad anterior al 68 difería algo de la nuestra y consistía la
diferencia en que era más puntillosa y más linfática, en que era aún más
vana y perezosa, y en que estaba más desmedrada por los cambios
políticos y por la empleomanía; era una sociedad que se conmovía toda
por media docena de destinos mal retribuidos y que dejaba entrever
cierto desprecio estúpido hacia el que no figuraba en las altas nóminas
del Estado o en las de Palacio, siquiera fuesen de las más bajas.
Por eso Rosalía no podía perdonar a las hijas de Emperador que fuesen
ramas de arbusto tan humilde como el conserje de un establecimiento de
enseñanza ¡un portero! Además Sánchez Emperador había sido colocado en
la Farmacia por D. Martín de los Heros, y su filiación progresista
bastaba para que Rosalía abriera mentalmente un abismo entre las libreas
del Estado y las de Palacio.
Cuando Amparo y Refugio se sentaban a la mesa de Rosalía lo que
acontecía tres o cuatro veces al mes no perdía ocasión esta de
mostrarles de un modo significativo la superioridad suya. Mas no sabía
hacerlo con la delicadeza y el fino tacto de las personas marcadas de
ese sello de nobleza que está juntamente en la sangre y en la educación;
no sabía hacerlo de modo que al inferior no le doliese la herida de su
inferioridad; hacíalo con formas afectadas que ocultaban mal la grosería
de su intención. Al mismo tiempo solía tener Rosalía con ellas rasgos de
impensada crueldad que brotaban de su corazón como la mala yerba de un
campo sin cultivo. Este detalle pinta a la señora de Bringas y da
completa idea de su limitada inteligencia así como de su perversa
educación moral, vicio histórico y castizo, pues no lo anula ni aun lo
disimula el barniz de urbanidad con que resplandecen, a la luz de las
relaciones superficiales, la gran mayoría de las personas de levita y
mantilla. Además la lucha por la existencia es aquí más ruda que en
otras partes; reviste caracteres de ferocidad en el reparto de las
mercedes políticas; y en la esfera común de la vida, tiene por expresión
la envidia en variadas formas y en peregrinas manifestaciones. Se da el
caso extraño de que el superior tenga envidia del inferior, y ocurre que
los que comen a dos carrillos defiendan con ira y anhelo una triste
migaja. Todo esto, que es general, puede servir de base para un
conocimiento exacto de las humillaciones que aquella señora imponía a
sus protegidas, y de la sequedad con que les hacía sentir el peso de su
mano al darles la limosna.
Bringas no era así. Cuando Amparo llegaba muerta de cansancio a la casa
y la de Pipaón con desabrido tono le decía: «Amparo, ve ahora mismo a la
calle de la Concepción Jerónima y tráeme los delantalitos de niño que
dejé apartados»; cuando la hacía recorrer distancias enormes, y luego la
mandaba a la cocina, y por cualquier motivo trivial la reprendía con
aspereza, el bueno de D. Francisco sacaba la cara en defensa de la
huérfana, pidiendo a su mujer tolerancia y benignidad.
«Déjala que trabaje--observaba Rosalía--. ¿Pues qué?, si al fin ha de
vivir de sus obras. ¿Crees tú que va a tener alguna herencia?
Acostúmbrala a los mimos, y entonces verás de qué se mantiene cuando
nosotros por cualquier motivo le faltemos. Están muy mal acostumbradas
esas niñas... Es preciso, Bringas, que cada cual viva según sus
circunstancias».
Refugio, la más pequeña de las dos, se cansó pronto de la protección de
su vanidosa pariente. Era su carácter algo bravío y amaba la
independencia. El tono, el aire de su protectora, así como los trabajos
que les imponía, la irritaban tanto, que renunció al arrimo de la casa y
despidiose un día para no volver más. Amparo, que era humildísima y de
carácter débil, continuó amarrada al yugo de aquella gravosa protección.
Tenía además bastante buen sentido para comprender que la libertad era
más triste y más peligrosa que la esclavitud en aquel singular caso.
Cuando se retiraba por las noches a su domicilio, después de hacer
recados penosos, algunos muy impropios de una señorita; después de coser
hasta marearse, y de dar mil vueltas ocupada en todo lo que la señora
ordenaba, esta le solía dar unas nueces picadas, o bien pasas que
estaban a punto de fermentar, carne fiambre, pedazos de salchichón y
mazapán, dos o tres peras y algún postre de cocina que se había echado a
perder. En ropa de uso, rarísimas eran las liberalidades de Rosalía,
porque ella la apuraba tanto que al dejarla no servía para maldita cosa.
Pero no faltaba algún jirón sobrante, algún pedazo de faya deshilachada
o de paño sucio, los recortes de un vestido, retazos de cinta, botones
viejos. Bringas, por su parte, no regateaba a su protegida las mercedes
de su habilidad generosa, y estaba siempre dispuesto a componerle el
paraguas, a ponerle clavo nuevo al abanico o nuevas bisagras al
cajoncito de la costura. Fuera de esto (conviene decirlo en letras de
molde para que lo sepa el público), Amparo recibía semanalmente de su
protector una cantidad en metálico, que variaba según las fluctuaciones
del tesoro de aquel hombre ahorrativo y económico en altísimo grado.
Bringas tenía en el cajón de la derecha de su mesa (que era de las que
llaman de ministro), varios apartadijos de monedas. De allí salía todo
lo necesario para los diferentes gastos de la casa con una puntualidad y
un método que quisiéramos fuese imitado por el Tesoro público. Allí lo
superfluo no existía mientras no estuvieran cubiertas todas las
atenciones. En esto era Bringas inexorable, y gracias a tan saludable
rigor, en aquella casa no se debía un maravedí ni al _Sursum Corda_
(expresión del propio Thiers). Los restos de lo necesario pasaban
semanalmente a la partida y al cestillo de lo superfluo, y aun había
otro hueco a donde afluía lo sobrante de lo superfluo, que era ya, como
se ve, una quinta esencia de numerario, y la última palabra del orden
doméstico. De esta tercera categoría rentística procedían los
alambicados emolumentos de Amparo, que generalmente tenían adecuada
forma en pesetas ya muy gastadas y en los cuartos más borrosos. Todo lo
apuntaba D. Francisco en su libro, que era hecho por él mismo con papel
de la oficina, y muy bien cosido con hilo rojo. El bendito hombre tenía
la meritoria debilidad de engañar a su mujer cuando le pedía cuenta de
aquellos despilfarros semanales, y si había dado catorce, decía en tono
tranquilizador guardando el libro:
«Sosiégate, mujer. No le he dado más que nueve reales... Ni sé yo cómo
se arreglará la pobre para pagar la casa este mes, porque la gandulona
de su hermana no le ayudará nada... Pero no podemos hacer más por ella.
Y milagro parece que vayamos saliendo adelante con tantas atenciones.
Este mes el calzado de los niños nos desequilibra un poco. Espero que
Agustín se acuerde de lo que prometió respecto al pago del colegio y del
piano de Isabelita. Si lo hace, vamos bien. Si no, renunciaré a gabán
nuevo para este invierno. Y lo mismo digo de tu sombrero, hijita... Ya
ves; el tonto de mi primo podría regalarte uno de alto precio; pero él
no se hace cargo de las verdaderas necesidades, y no conviene darle a
entender que confiamos en su generosidad. Mucho tacto con él, que estos
caracteres huraños suelen tener una perspicacia y una desconfianza
extraordinarias».


V

Como no tuviera quehaceres de consideración, o algún trabajo
extraordinario bien retribuido, lo que sucedía muy contadas veces,
Amparo no dejaba de acudir ningún día al principal de la Costanilla de
los Ángeles. Allí la vemos puntual, siempre la misma, de humor y genio
inalterables, grave sin tocar en el desabrimiento, callada, sufrida,
imagen viva de la paciencia, si esta, como parece, es una imagen
hermosa; trabajadora, dispuesta a todo, ahorrativa de palabras hasta la
avaricia, ligeramente risueña si Rosalía estaba alegre, sumergida en
profundísima tristeza si la señora manifestaba pesadumbre o enojo.
Oigamos la cantinela de todos los días:
«Amparo, ¿has traído la seda verde? ¿No? Pues deja la costura y ponte el
manto: ahora mismo vas por ella. Pásate por la droguería y trae unas
hojas de sanguinaria. ¡Ah!, se me olvidaba; tráeme dos tapaderas de a
cuarto... ¿Ya estás de regreso? Bien: dame la vuelta de la peseta. Ahora
date un paseo por la cocina, a ver qué hace Prudencia. Si está muy
afanada, ayúdale a lavar la ropa. Después vienes a concluirme este
cuello».
Y llena de espíritu de protección, se remontaba otras veces a las
alturas del patriarcalismo, como un globo henchido de gas se eleva al
empíreo, y decía en tono muy cordial:
«Amparo, a la sombra nuestra puedes encontrar, si te portas bien, una
regular posición, porque tenemos buenas relaciones y... ¡Ah!... ¿no
sabes lo que se me ocurre en este momento? Una idea felicísima. Pues
sencillamente que debías meterte monja. Con tu carácter y tus pocas
ganas de tener novios, tú no te has de casar, y sobre todo, no te has de
casar bien. Con que piénsalo; mira que te conviene. Yo haré por
conseguirte el dote. Creo que si se le habla a Su Majestad, ella te lo
dará. Es tan caritativa, que si estuviera en su mano, todo el dinero de
la nación (que no es mucho, no creas), lo emplearía en limosnas».
Y otro día es fama que dijo:
«Oye, tú... se me ha ocurrido otra idea feliz... Hoy estoy de vena. Si
te decides por el monjío, me parece que no necesitamos molestar a _La
Señora_, que hartas pretensiones y memoriales de necesitados recibe cada
día, y la pobrecita se aflige por no poder atender a todos. ¿Sabes quién
te puede dar el dote? ¿No se te ocurre? ¿No caes?... El primo Agustín,
que está siempre discurriendo en qué emplear los dinerales que ha traído
de América. Yo se lo he de decir con maña a ver qué tal lo toma. Es la
flor y nata de los hombres buenos; pero como tiene esas rarezas, hay que
saberle tratar. Siendo, como es, tan dadivoso, no se le puede pedir nada
a derechas. Es desconfiado como todos los huraños, y a lo mejor te sale
con unas candideces que parece una criatura. Hay que saberla tratar, hay
que ser, como yo, buena templadora de gaitas para sacar partido de él...
Ya ves, ayer me regaló un magnífico sombrero... Todo porque me vio
afanadísima arreglando el viejo y me oyó renegar de mis pocos
recursos... Como tú ayudes, tendrás la dote... Me parece que es él quien
llama... Hoy quedó en traerme billetes para el Príncipe... Y esa
calamidad de Prudencia no oye... ¡Prudencia!... Tendrás que salir tú...
No, ya va a abrir esa acémila... Es él... ¿No lo dije? Buenos días,
Agustín; pasa, da la vuelta por allí. Da un puntapié a la cesta de la
ropa. Ahora una bofetada a la puerta. Aproxima el baúl vacío. Aparta ese
mantón que está sobre la silla. No te quites el sombrero, que aquí no
hace calor».
Esto pasaba en el cuartito de la costura, el cual era además guardarropa
de Rosalía y estaba lleno de armarios y perchas, con cortinas de percal
que defendían del polvo los montones de faldas y vestidos. Baúles
enormes ocupaban el resto, dejando tan poco sitio para las personas, que
estas, al entrar y al salir, tenían que buscarse un itinerario y muchas
veces no lo encontraban.
«¿Y qué es de tu vida?--le pregunto Rosalía--. ¿Has dado ya tu paseo a
caballo?... Mira, ponte bien la corbata, que al paso que lleva, el lazo
llegará pronto al cogote... ¡Ay, qué desgarbado eres! Si te dejases
gobernar, qué pronto serías otro. Tú mismo no te habías de conocer».
--Ya estoy viejo para reformas--replicó Caballero sonriendo--. Déjame
como soy. ¿Está bien así la corbata? Vaya unos melindres. Pásmate de lo
que te digo: he vivido quince años sin ver un espejo, o lo que es lo
mismo, sin verme la fisonomía y sin saber cómo soy.
--¡Jesús!, qué hombre... Y un día por fin te miraste y dijiste, como el
de Caspe: «Otra que Dios, yo conozco esa cara...». ¿Oyes, Amparo?
Las dos se reían.
Agustín Caballero no era ya mozo; pero sin duda el cansancio y los
afanes de una penosa vida tenían más parte que los años en la decadencia
física que expresaba su rostro. En su barba negra brillaban hilos de
plata distribuidos desigualmente, pues debajo de las sienes dominaban
las canas casi por entero, mientras el bigote y todo lo que caía bajo el
labio inferior era negro. El pelo, cortado a punta de tijera, ofrecía
también caprichoso reparto de aquellos infalibles signos del cansancio
vital: en los temporales escarcha, en lo demás intensa negrura
ligeramente salpicada de rayitas argénteas. El color de su rostro era
malísimo, color de América, tinte de fiebre y fatiga en las ardientes
humedades del golfo mejicano, la marca o insignia del apostolado
colonizador que, con la vida y la salud de tantos nobles obreros, está
labrando las potentes civilizaciones futuras del mundo
hispano-americano.
Siempre vi en Caballero una vigorosa constitución física, medio vencida
en ásperas luchas con la Naturaleza y los hombres, una fuerte salud
gastada en mil pruebas, una hermosura tostada al sol. Aquella cabeza y
aquel cuerpo bien cuidados por peluqueros y sastres, habrían sido algo
más que medianamente hermosos. Pero el retraimiento social y un trabajo
de Hércules quitaron para siempre a una y otro toda fineza y elegancia,
y hasta la posibilidad de adquirirlas. Por esto Caballero, con muy buen
sentido, había comprendido que era peor afectar lo que no tenía que
presentarse tal cual era a las vulgares apreciaciones de la afeminada
sociedad en que vivía. En verdad aquel hombre, que había prestado a la
civilización de América servicios positivos si no brillantes, era tosco
y desmañado, y parecía muy fuera de lugar en una capital burocrática
donde hay personas que han hecho brillantes carreras por saberse hacer
el lazo de la corbata. No es esta la primera vez que trasplantado aquí
el yankee rudo, ha tenido que huir aburridísimo y sin ganas de volver
más. Caballero permaneció más tiempo que otros, y desafiaba lo que
podríamos llamar su impopularidad. Había hecho sonreír con trivial
malicia a muchas personas; era torpe para saludar o incapaz de sostener
una conversación sobre motivos ligeros y agradables. En medio de las
expansiones de alegría se mantenía seriote y taciturno. Si no ignoraba
las fórmulas elementales del vivir social, era lego en otras muchas de
segundo orden, que son producto del refinamiento de costumbres y de las
continuas innovaciones suntuarias.
Su despreocupación no era tanta que le permitiese mirar con indiferencia
la ridiculez que caía sobre él en ocasiones, y para evitarla, atento a
su dignidad, que en mucho estimaba, huía del trato de las personas
bulliciosas. Hacía vida muy retirada, y no sostenía relaciones
constantes más que con sus primos los Bringas y con dos o tres amigos
del comercio y banca de Madrid, a quienes conoceremos más adelante.
En Octubre de aquel año, cansado Agustín de la tediosa vida que en
Madrid hacía, marchó a Burdeos, donde tenía algunos negocios. Pero
inopinadamente volvió sin explicar el motivo de su pronto regreso. Tan
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