Realidad: Novela en cinco Jornadas - 11

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CISNEROS.
¡Oh!, yo sí, yo se lo diría, si este pillín no me asegurara bajo su
palabra que no estuvo.
VILLALONGA.
No; el Conde no va sino cuando no hay nadie..., como usted.
MONTE CÁRMENES, _mascando el cigarro_.
¿Yo?... ¡Buenos estamos D. Carlos y yo para fiestas! Nos hemos
cortado la coleta.
CISNEROS.
Es mucho decir. Que uno sea honesto y cumpla la ley de Dios, no
significa que se corte nada.
OROZCO.
¿Entramos ó no?
MONTE CÁRMENES.
Me parece que ha concluído el dúo. (_Tira el cigarro_.) Voy al palco
de mi primo. (_Se aleja, y retrocede llamando á Orozco._) ¡Ah!,
Tomás, se me olvidaba. Usted ¿cuándo piensa ir á las Charcas?
OROZCO.
El sábado por la noche. Vienen dos días de fiesta, domingo y lunes la
Candelaria. ¿Se anima usted?
MONTE CÁRMENES.
Es posible. (_Se dirige hacia el extremo del pasillo curvo. Orozco,
Cisneros y Villalonga entran en el palco de Monte Cármenes._)

ESCENA V
Interior del palco de Orozco.
AUGUSTA, _en el antepecho_; MALIBRÁN, _detrás. En el antepalco, la_
SEÑORA DE TRUJILLO, _leyendo La Correspondencia_.
AUGUSTA.
Ya, ya sé..., me lo ha dicho Aguado, que es, como usted sabe, el
denunciador de todas las inmoralidades. Es usted un libertino, un
escandalizador; está usted dando malos ejemplos.
MALIBRÁN.
Efectos de la murria y la desesperación. Deseo aturdirme. Quiérame
usted, y seré un modelo de templanza y virtud.
AUGUSTA.
¿Que le quiera yo? (_Con displicencia._) No sea usted mamarracho.
MALIBRÁN.
Pues acabaré por perderme... De seguro me pierdo.
AUGUSTA.
¿No está todavía bastante perdido?
MALIBRÁN.
Por usted... Pensaba contarle mis aventuras, para que se vaya
persuadiendo de que corro al abismo y se compadezca y me salve.
AUGUSTA.
¡Que le salve yo!...
MALIBRÁN.
Pero no quiero escandalizar á mi virtuosa amiga refiriéndole mis
maldades... (_Para sí._) ¡Caray, que no acierto á deslizar entre
las flores la flecha envenenada! Veremos si por este otro lado...
¡Ah!, sí. (_Alto._) Nosotros los perdidos sabemos respetar la
susceptibilidad de las almas puras, á cuyo oído no debe llegar
jamás una frase maliciosa. (_Para sí._) Allá va la punta, salga
como saliere. (_Alto._) Es usted una criatura angelical, encanto y
desesperación de los hombres imperfectos y frágiles que tenemos la
desgracia de adorarla.
AUGUSTA.
¡Ave María Purísima, hasta cursi se está volviendo este hombre!
MALIBRÁN.
Pertenece usted á la escuela de su marido, que fingiéndose insensible
á las desdichas humanas, realiza en secreto las obras de caridad más
admirables.
AUGUSTA, _mirándole con cierto temor_.
¿Qué...?
MALIBRÁN, _aguzando su ingenio_.
Nada, amiga mía; que no le valen á usted sus disimulos ni sus
artimañas de modestia para asegurarse la indiferencia pública. La
admiración, como la envidia, engendra la curiosidad, y la curiosidad
acecha la virtud para descubrirla y sacarla de las tinieblas. Hay
espionajes que los mismos ángeles no desdeñarían, porque tienden á
indagar los pasos más silenciosos de la virtud para denunciarlos al
agradecimiento de la humanidad; y este espionaje santo la sigue á
usted hasta descubrir las guaridas apartadas y excéntricas adonde
va secretamente en busca de miserias que aliviar y lástimas que
socorrer, cumpliendo la obra misericordiosa de consolar al triste.
AUGUSTA, _para sí, turbada, mirando con los gemelos á la escena_.
¡Maldito seas tú y toda tu casta!
MALIBRÁN, _para sí_.
Sacúdete la banderilla, tontaina... (_Alto._) ¿Qué dice usted?
AUGUSTA.
No he dicho nada. Pensaba que está el diplomático esta noche más
tonto que de costumbre, ó como dicen en la ópera, _che dall’ usato,
piu noioso voi siete_; pero no me determiné á decírselo.
MALIBRÁN.
Sí, estoy yo muy tonto... (_Para sí._) Vamos, que si me apuras
te suelto el nombre de la calle, el numerito y hasta el piso...
(_Alto._) Admirable cosa es la modestia, y adorno lindísimo de la
verdadera virtud. Pero no le vale, no le vale...; no puede usted
evitar nuestros homenajes.
AUGUSTA, _que mira á los palcos para disimular su ira, y crispa los
dedos, oprimiendo los gemelos. Para sí._
Ya te daría yo á ti homenajes, y te estrellaría en la cara los
gemelos.
MALIBRÁN.
Es natural que mi ilustre amiga se enoje conmigo porque le descubro
las perfecciones.
AUGUSTA.
¿Enojarme yo? ¿Piensa usted que escucho sus bobadas? (_Sonriendo sin
espontaneidad, y queriendo dar á su despecho un acento de broma._)
¡Antipático!
_Se adelanta la señora de Trujillo._
MALIBRÁN.
Se habrá enterado usted de que el papel _Cuadradista_ está muy en
baja.
TERESA.
Y tan en baja... que ya no lo quiere nadie ni regalado. ¿Ha leído
usted la declaración del cura de San Lorenzo, según el cual, Cuadrado
confesaba una semana sí y otra no?
AUGUSTA, _con hastío_.
¡Ay, Teresa!, ya el crimen apesta.
TERESA.
Pues para mí no perderá su interés hasta que no vaya al palo esa
tarasca... Pero dejémoslo ahora. ¿Sabes que el tenor este parece el
sereno de mi calle? Tenemos un empresario que también debería ir al
palo. ¡Qué adefesios nos trae! ¡Quién oyó esta ópera por la Lagrange,
Fraschini y aquel Varessi...! (_A Malibrán._) ¿Alcanzó usted á
Varessi?
MALIBRÁN.
Le oí en Italia. ¡Qué pedazo de barítono!
TERESA, _llamando la atención de Augusta_.
Dime, ¿qué promontorio es aquel que se trae en la cabeza la de
Barragán?
AUGUSTA, _sin dejar de mirar con los gemelos_.
Estoy estudiándolo y no puedo entenderlo. Es un tocado Directorio, de
una exageración... ¡Qué mamarracho!
MALIBRÁN.
No quieren comprender que estos prendidos Directorio y Primer
Imperio, hoy tan en boga, exigen un corte de busto muy airoso, y las
que no tienen arte para saber adaptarse las modas, se ponen hechas
unos esperpentos.
AUGUSTA.
Cierto. Y algunas, con tanto plumacho, vienen hechas unos milicianos
nacionales. (_Dando los gemelos á la de Trujillo._) Teresa, por
Dios, mire usted el escote que se ha traído la de Tellería. ¡Qué
escandalosa!
TERESA, _mirando_.
¡En el nombre del Padre...! No le falta más que la manzana en la
mano. (_Suenan grandes aplausos._) ¡Pero qué tontos!... ¿Cómo
aplauden estas borricadas?
MALIBRÁN.
La _claque_ está insoportable.
TERESA.
Pero si son los de butacas los que alborotan.
AUGUSTA.
Es que la alabarda de abajo es la peor.
_Entra Monte Cármenes, que saluda á las dos señoras. Trábase
conversación entre Teresa Trujillo y los caballeros._
AUGUSTA, para sí, dirigiendo los gemelos á una parte y otra.
Miro y remiro, y no le veo arriba ni abajo. ¡Qué inquieta estoy!
En el palco de los gorriones no está..., ni tampoco en el de San
Bernardino..., ni en butacas. ¡Si no vendrá, después de habérmelo
prometido tan formalmente! Quiero ponerle en guardia contra el
espionaje de este arrastrado Malibrán, que parece nos sigue los
pasos, y que si no nos ha visto aún..., digo, yo creo que no nos
ha visto..., nos verá el mejor día. (_Alto, tomando parte en la
conversación general._) ¡Enteramente un fiasco; y cuidado si
anunciaban á este tenor como _estrella del arte_! (_Para sí._) ¿Será
aquel? (_Mirando._) No, no es. No creo que deje de venir. ¡Ay!,
no vivo hasta no saber lo que piensa de la proposición de Tomás.
¿Cómo tomará la idea de reconciliarse con Clotilde? Hice bien en
decírselo por escrito, meditando muy bien la forma y pensando bien
los conceptos. La carta era un modelo de sagacidad diplomática.
¿Aceptará? Dios quiera que no se alborote... ¡Ah!, allí está... en el
palco de San Bernardino. Me ha visto. (_Mirando á otro lado._) Ahora
no vendrá. Veremos si en el tercer entreacto... Nunca como esta noche
he deseado verle y hablarle. ¿Saldrá por el registro de la dignidad?
Mucho me lo temo... ¡Ay, gracias á Dios que empieza el acto! (_Entra
Aguado y la saluda. Se entabla animada conversación sobre puntos
diferentes. Al llegar al entreacto tercero, sólo están en el palco
Aguado y el marqués de Cícero, que hablan con Teresa Trujillo.
Augusta pasa al antepalco._)

ESCENA VI
AUGUSTA, _en el antepalco_; FEDERICO.
AUGUSTA.
Nunca como esta noche he deseado verte...
FEDERICO.
Ni nunca nos hemos visto en sitio menos á propósito para hablar de
cosas graves. (_Atisbando por un lado de la cortina._) ¿Quién está
ahí?
AUGUSTA.
Cícero, que duerme, y Aguado, que habla con Teresa de la moralidad.
Siéntate...
FEDERICO.
¿Nos darán tiempo para decir cuatro palabras?
AUGUSTA.
Sí, sí..., y también ocho, (_Impaciente._) Di, ¿qué te pareció mi
carta? ¿Qué efecto te ha hecho?
FEDERICO.
Ya puedes suponerlo.
AUGUSTA, _con ansiedad_.
¿Qué dices respecto al punto principal? ¿Aceptas? ¿Qué? ¿No te parece
bien?... Por Dios, no me lo digas; no me des el disgustazo de...
(_Federico, en pie, fijos los ojos en el suelo, deniega suavemente
con la cabeza._) ¡Qué ideas tan estrambóticas! ¿Pero qué mal hay en
esto? Dímelo.
FEDERICO.
Pero ven acá: ¿cómo ha podido ocurrírsete el absurdo de que yo lo
acepte... mediando...?
AUGUSTA.
¡Qué aflicción me causas!... ¡Qué ingrato eres!
FEDERICO.
Por Dios, no llames á esto ingratitud... (_Preocupadísimo._) Yo
te explicaré... ¿Has reflexionado tú en la gravedad de lo que me
pides? Respecto al otro punto que tratas en tu carta, ó sea mi
reconciliación con Clotilde, te contesto que accedo á hacerle una
visita.
AUGUSTA.
¿De veras? (_Con alegría._) ¿Me lo prometes?
FEDERICO.
Prometido. Mañana mismo iré á casa de la señora de Calvo. Haremos
paces con Clotilde; pero con él, con ese pelagatos, no transigiré
nunca.
AUGUSTA.
Todo es empezar...
FEDERICO.
Con ella sí. Ya ves cómo te complazco cuando me pides cosas
razonables.
AUGUSTA.
Bueno... Eh, cuidadito; que vayas... (_Para sí._) Lo que importa
es restablecer en él los vínculos de familia, única manera de
domesticarle. Lo demás vendrá por sus pasos contados. (_Alto._)
Quedamos en que visitarás á tu hermanita. ¿Qué sabes tú lo que harás
después? El tiempo y la derivación natural de los hechos te marcarán
la conducta. Y no hablemos más ahora de asuntos tan difíciles de
tratar no estando solos. (_Observa, levantando un poco la cortina,
á los que están en el palco._) Otra cosa tengo que decirte,
aprovechando este corto ratito. Malibrán nos sigue los pasos. Parece
mentira que haya seres tan viles que se dediquen al espionaje por el
infame placer de ver que no son buenos los que lo parecen.
FEDERICO.
¿Te ha dicho algo?
AUGUSTA.
Indicaciones breves, pero bastante intencionadas y maliciosas. Cree,
hijo mío, que nos ha descubierto.
FEDERICO.
Lo dudo mucho... Tendrá sospechas.
AUGUSTA.
¡Ay!, no; me parece que son más que sospechas.
FEDERICO.
En ese caso... (_Alarmados ambos miran con recelo al palco, y
atienden á las voces que se sienten en el pasillo._)
AUGUSTA.
Calla... No podemos hablar aquí. ¡Qué angustia, teniendo tanto que
decir! Espérame allá...
FEDERICO.
¿Cuándo?
AUGUSTA.
El sábado..., pasado mañana. Te pondré dos letras el mismo día,
temprano. Si es el sábado, estaré hasta más tarde y cenaremos juntos.
FEDERICO.
¿No puedes decidirlo desde ahora?
AUGUSTA, _bajando más la voz_.
No... Depende de que él vaya á las Charcas. Te escribiré... Ahora,
chitón. Entra á saludar á Teresa. (_Pasa Federico al palco. Aguado
sale, á punto que entran Orozco y Villalonga._)

ESCENA VII
Gabinete en casa de _La Peri_. Es de día.
FEDERICO, LEONOR.
FEDERICO.
Buenos días, Leonorilla.
LEONOR.
_Bonyú, mon ti cherí..._ ¿Qué te creías tú, que yo no sé francés? El
marqués me lo está enseñando. Ya sé porción de frases, y con ellas
y con decir á todo _pagardón, pagardón_, podré entenderme con el
franchute que sepa más.
FEDERICO, _sin prestarle atención_.
Bien.
LEONOR.
Pero qué, ¿tienes mal humor?
FEDERICO.
De mil diablos.
LEONOR.
Ya... La condenada sota, ¿verdad? ¡Cuando te digo yo que no te fíes
de esa!... Es más mala que el cólera.
FEDERICO.
Pues no, no se ha portado mal. (_Saca un puñado de billetes._) Mira.
LEONOR, _cruzando las manos y dando un grito de alegría_.
¡Billetes! ¡Ay, qué calorcito me corre por todo el cuerpo! Déjame
que los toque. Me muero por ellos.
FEDERICO.
Son para ti. Hace dos noches que me sopla un poco la musa. Es una
racha que pasará pronto. Por eso, antes que venga la mala, quiero
cumplir contigo. Toma esos ocho mil realetes, y ve reuniendo para
sacar tus alhajas.
LEONOR, _echando la zarpa á los billetes_.
Ay, hijo de mi alma, ¡qué bueno eres! Dame acá. Me hace una falta
atroz. ¿Y tú, cómo estás de trampas y trópicos?
FEDERICO.
Absolutamente desahuciado. No tengo salvación. Los compromisos
son tales, y se van enredando de tal manera, que pronto daré el
barquinazo gordo.
LEONOR.
Ganarás, mico.
FEDERICO.
Gane ó pierda, no puedo salir á flote. Me ahogo sin remedio. No veo
ni aun probabilidades de evitar la insolvencia y la deshonra.
LEONOR, _con alma_.
No te apures. Confía en Dios. Puede que te caiga alguna herencia.
FEDERICO.
¡Herencias á mí!
LEONOR.
¿Sabes que se me ha ocurrido un gran negocio que podríamos emprender
los dos? ¿No aciertas lo que es? Pues te lo diré: consiste en poner
tres ó cuatro casas de citas de muchísimo lujo, pero de un lujo...
asiático, todas ellas combinadas con una timba tremenda, y de
muchísimo lujo también, como esas que hay en Baden y en Montecarlo...
Te explicaré la combinación... Es cosa de ganar millones.
FEDERICO, _displicente_.
No, no me expliques nada. No sé cómo se te ocurren tales disparates.
LEONOR.
Pues, hijo, yo tengo que inventar algún negocio. Debo más que el
Gobierno, y ese condenado pollo va á dar con mis pobrecitos huesos
en un hospicio. Cuentas de sastre, cuentas de café, cuentas de la
Taurina, y cuentas de la santísima carandona de su madre. Todo lo
tengo que pagar yo, y ya me voy cansando, como hay Dios.
FEDERICO, _tirándole suavemente de una oreja_.
Eso le pasa á esta pájara por no hacer caso de mí. Bien te dije que
ese pollo era una calamidad. ¿Por qué no te fiaste de mí en eso como
en todo?
LEONOR.
Chico, porque cuando tocan á enamorarse pierde una el sentido. Eso
del amor es capítulo aparte, y los consejos y la amistad son para
otras cosas. Ya sabes que me dió muy fuerte, que me cegué por él y me
puse como los mismos hornos. Pero ya me voy enfriando, y conozco que
es un grandísimo _lipendi_... Otro más carantoñero y de más figuras
no lo hay. Ahora está conmigo hecho un merengue. Como que necesita
cuartos. Pues dice que soy yo otra como la _Traviatta_, y que él me
va á redimir y á volverme honrada...; ¡qué risa! Parece que ahora
va á venir su padre para quitarle de mí y llevársele, y él pretende
que, cuando su papá venga á verme, haga yo el papel de tísica
arrepentida, tosiendo con sentimiento y pintándome ojeras..., vamos,
como la _Traviatta_, para que el buen señor se ablande y nos eche su
santa bendición...; ¡qué risa! Con estas farsas, ello es que me está
dejando por puertas. (_Federico vuelve á mostrarse triste y caviloso,
sin prestar atención á su amiga._) ¿Pero qué ocurre hoy? ¿Qué te pasa?
FEDERICO.
Ya debes figurarte que no estaré para ponerme á tocar las
castañuelas. Tú sabes bien lo que me sucede. Tengo una hermana que
es mi desesperación, mi vergüenza; tengo un padre que me abochorna
siempre que viene á Madrid.
LEONOR.
Anoche contaron aquí que vino á cobrarle á Orozco unas cuentas
que debía. ¿Sabes?, cosas allá muy gordas, de ingleses..., pero
de Inglaterra; y que el otro fué más listo que él y le engañó,
recogiéndole el papel por un pedazo de pan. Ese Orozco se pierde de
vista, y gasta unas como caretas de hombría de bien con las cuales
emboba á la gente.
FEDERICO, _caviloso_.
No creas nada de eso. Es un desatino.
LEONOR.
¿Pero á ti qué te importa que sea Orozco el engañado ó que lo sea
tu padre? Allá ellos. Y en cuanto á lo de tu hermanita, yo la
dejaría casarse con el nuncio si le gustaba, digo, con el monago
de la Nunciatura... (_Tirándole suavemente de la oreja._) También
tú, con tanto pesquis como tienes, necesitas que te enseñe á vivir
una tonta como yo. ¡Haces y piensas cada simpleza...! El casarse,
hijo mío, debe ser una cosa muy liberal; quiero decir, que la mujer
debe escoger á quien le entre por el ojo derecho, y nada más. Ya
no estamos en los días de la Inquisición...; no sé si me explico.
Anoche dijeron aquí que tú eres un hombre del tiempo en que había
Inquisición, y cadenas, y despotismo, y otras cosas muy malas...
FEDERICO, _sonriendo con tristeza_.
Tiene gracia.
LEONOR.
Pero á mí no me la pegas tú. La causa de que estés ahora tan
_cabistivo_ y _pensibajo_, no es ni lo de tu padre ni lo de tu
hermana. Es otra cosa. Si yo te calo muy bien, si yo te entiendo. Tú
guardas un secreto, que no quieres confiarme, y haces mal; porque
yo, que soy una pública, tengo corazón, y no me faltan entendederas
para decirte esto y lo otro que te pudiera consolar. Sé lo que son
penas, y en lo tocante á penas de amor, no hay quien me baraje á mí.
Podía poner cátedra de esto en la Universidad, y saldría yo, con mi
birrete color de rosa y mi toga de batista, á explicar á los chicos
el tratado de las fatigas de amor con todos sus pelos y señales.
FEDERICO.
¡Qué mona! Figúrate si eres salada, que me haces reir hoy á mí.
LEONOR, _poniéndose en la cabeza, ladeado, el hongo de Federico_.
Conque, ó hay confianza ó no hay confianza entre este par de peines.
¿No te cuento yo á ti hasta mis pensamientos más íntimos? ¿Por qué
no has de hacer tú lo mismo con esta pájara? A ver, desembucha. Tú
tienes amores, y amores muy por lo alto. Mira que si no te explicas,
saco las cartas y te descubro todo el enredo.
FEDERICO.
Cierto que entre nosotros debiera existir una confianza sin límites.
Mi decoro no padece nada en mis tratos contigo, que no son nada
buenos. ¡Excepción inexplicable! Yo tan meticuloso fuera de aquí
en cuestiones de dignidad, en tu casa soy tu propia imagen. No lo
entiendo, pero es así. Sin embargo, te soy franco: hay cosas mías,
secretos si quieres, que dejo siempre de la puerta afuera cuando
entro á visitarte.
LEONOR, _impaciente_.
¿Cantas ó no cantas? Un hombre como tú no pone esos morros sino por
una pasión fuerte. Yo sé lo que es apasionarse, irse del seguro. Lo
pruebo todos los semestres.
FEDERICO.
Seguramente, si yo fuera contigo menos reservado en eso que deseas
saber, no me comprenderías. Es difícil que esto lo entienda nadie,
Leonorilla. Las cosas que me andan á mí por dentro, en mi conciencia
y en todo mi espíritu, son de tal calidad que sólo Dios y yo las
entendemos.
LEONOR.
Y yo también, porque soy _diosa_. ¡Vaya!, así me lo llamó bien
clarito ese poeta, ese Bardal, en los versos que me hizo la otra
noche. Conque, claréate.
FEDERICO.
Bueno; pues concediéndote yo que hay algo de lo que sospechas,
á ver si entiendes la explicación que voy á darte, sin nombrar
personas. Esos amores no me satisfacen, y más bien son para mí
un motivo de pena. ¿Por qué?, dirás tú. Porque se relacionan con
ciertos estados de mi espíritu, y de tal relación viene á resultar
que son amores incompletos y superficiales. ¿Me explico bien? La
facultad imaginativa lleva la mejor parte, y el corazón se queda
vacío, porque no hay confianza, ni la puede haber entre esa mujer
y yo. La confianza consiste en entregar toda nuestra existencia al
conocimiento de la persona querida, y á esa persona no puedo yo
revelarle ciertas fealdades y humillaciones de mi vida angustiosa.
Me quiere con locura, para mayor desgracia mía, y yo no puedo
corresponderle. Hay momentos en que hasta se me figura que la
aborrezco, porque nuestra alma tiende á odiar á las personas ante
quienes no podemos descubrirnos sin que el amor propio se lastime. Ya
ves que te confío mis secretos más delicados; te lo confío todo menos
el nombre.
LEONOR, _para sí, con malicia_.
¡Como si yo no lo supiera, mico! (_Alto, amenazándole con la mano._)
Te voy á matar.
FEDERICO.
Ese amor no me satisface, porque mi corazón no se ha entregado á
él, porque para completarlo me sería preciso añadirle la confianza,
este compañerismo que contigo tengo, tan dulce, tan práctico. No, no
te envanezcas: el sentimiento inexplicable que nos une á ti y á mí
tampoco es completo. Le falta algo: la imaginación, que está allá.
LEONOR, _satisfecha_.
El corazón por mi cuenta, ¿verdad?
FEDERICO.
Gran parte de él, créelo. No puedo completarme aquí ni completarme
allá. La mitad de mi ser en cada lado. ¿Lo entiendes? (_Leonor,
meditabunda, hace signos afirmativos con la cabeza._) Si estas dos
mitades se pudieran juntar y fundir, ¡qué bueno sería! ¡Si yo pudiera
llevarme allá la confianza con sus envilecimientos y todo...! ¡Si yo
pudiera traerme aquí el recreo de la imaginación y de los sentidos...!
LEONOR, _reflexionando_.
De todo esto, lo que saco en consecuencia es que somos los nacidos
una cosa muy rara. Hombres y mujeres somos guitarras, que no
sabemos cómo se templan ni cómo no... De lo que resulta que esto
de las pasiones es un fandango pastelero. (_Coge las cartas y
empieza á barajarlas._) Ahora voy á adivinarte los pensamientos.
(_Sonriendo._) Estoy inspirada. Ojo á la diosa. Se me ha puesto entre
ceja y ceja que el santísimo naipe me va á decir el nombre de tu
adorado tormento.
FEDERICO.
¿A que no?
LEONOR.
Y me dirá también si saldrás con suerte del _corto camino_ en que te
has metido.
FEDERICO, _con cierto interés_.
Veremos. Tan trastornado estoy, que hasta me voy volviendo
supersticioso.
LEONOR, _poniendo los naipes sobre el sofá, en grupos, y haciendo
sobre ellos, con mucha gracia, signos estrambóticos_.
¡Ah!, mira: en las tres vueltas sale siempre encima _la mujer de buen
color_. ¡Ay, Dios mío, lo que veo aquí! ¿Sabes lo que quiere decir
el seis de copas? Pues significa _Santo Domingo_..., y en seguida el
siete del mismo palo. ¡Jesús, madrecita mía de las Angustias!... Y en
seguida el ocho, que declara camino cansado, como si dijéramos, una
cuesta. (_Con solemnidad._) La mujer por quien penas, camaraíta, vive
en la cuesta de Santo Domingo, número 7, y es casada.
FEDERICO, _tirando las cartas con displicencia_.
Ea, deja esas tonterías... (_Levántase inquietísimo._) ¿Quién te lo
ha dicho?
LEONOR, _con naturalidad_.
¡Pero hijo mío, si lo saben hasta los perros!
FEDERICO.
No, no. Si lo sabe alguien, será de poco tiempo acá. Verdad que estas
noticias cunden con rapidez eléctrica.
LEONOR, _muy cariñosa_.
No te enfurruñes; no hay motivo para ponerse así. Esas cosas se saben
siempre, miquito. Siéntate á mi lado, y te contaré algo que debes
saber. Anoche hablaron aquí largamente de la de Orozco y de ti.
FEDERICO.
¿Quién?
LEONOR.
Amigos tuyos. (_Mirándose las uñas._) Ya sabes que en eso de hablar
no hay amigo para amigo. Se sueltan mil borricadas, sin intención de
ofender. ¿Te lo cuento? ¿Me prometes no enfadarte? Es de clavo pasado
que, tratándose de señora rica y de amante pobre, lo primero que se
diga es que ella le paga á él las trampas.
FEDERICO.
No, no dirían tal atrocidad. (_Paseándose agitado._) ¿Qué amigo mío
es capaz de suponer...? Como no sea Malibrán...
LEONOR.
El mismo...
FEDERICO.
¿Y tú te callaste...?
LEONOR.
Buena soy yo para callarme, tratándose de tu honor, que es lo mismito
que el mío...
FEDERICO, _deteniéndose ante ella_.
Tu honor lo mismo que el mío..., es decir, el mío como el tuyo...
LEONOR.
He dicho una sandez. No hagas caso... Ahora caigo... (_suspirando_)
en que yo no tengo honor. Quise decir... Pero tú ya me entiendes.
FEDERICO.
Sí, comprendido.
LEONOR.
Pues te defendí diciendo que tú no eras capaz de tomar dinero de
ninguna mujer... (_Bajando la voz._) Que nosotros tengamos acá
nuestros cambalaches, es cosa que nadie sabe, que á nadie le importa,
y que entre nosotros se queda. Claro, de ti para mí, lo ganamos como
podemos, y nos ayudamos. No es deshonra, digan lo que quieran...
¡Pero arrimarte tú á una casada rica para que te mantenga...!, eso no
lo puede decir quien te conozca.
FEDERICO.
Sin embargo, los que mejor me conocen lo dirán. ¡Le parece á uno
fácil exceptuarse de la lógica vulgar de la vida, y es tan difícil,
pero tan difícil...! (_Con abatimiento, sentándose._) Leonorilla,
estoy dejado de la mano de Dios.
LEONOR.
No hagas caso de esas tonterías...
FEDERICO.
Que no pararon seguramente en lo que me has contado. Malibrán debió
de decir algo más.
LEONOR.
Sí; pero te advierto que se le fué un poco la mano en la bebida, y
no hay que tomar al pie de la letra lo que habló. ¿Te lo cuento? Sí,
más vale que lo sepas, para que estés prevenido. Pues dijo que se
había propuesto averiguar dónde os veis tú y esa señora; que estuvo
muchos días trabajándolo como un polizonte, y que por fin... os ha
descubierto el nido.
FEDERICO.
Bonita ocupación la de ese tonto... ¿Y dónde, dónde...? A ver...,
¿dónde dijo que...?
LEONOR.
Se lo calló muy bien callado, por más que le mareamos para que nos lo
dijera.
FEDERICO.
Es que no lo sabe...
LEONOR.
¡Ay!, no te hagas ilusiones. Lo sabe. Se le conoce en la manera de
decirlo.
FEDERICO.
Pues que lo sepa. Mejor. Estas cosas se saben siempre.
LEONOR.
Mira, niño, ándate con tiento, porque es fácil que te veas envuelto
en una cuestión muy mala. Yo estoy inquieta y temo que haya lance.
FEDERICO.
¿Con ese zángano perverso de Malibrán? Puede.
LEONOR.
Me parece que la bronca del siglo va á ser con Orozco. Dijo Malibrán
que el buen señor tiene los ojos cerrados y que él se los va á abrir.
FEDERICO.
Pues que se los abra... Mejor...
LEONOR.
No; no digas tal. El que no quiere ver, que no vea.
FEDERICO, _exaltado_.
¿Pues qué piensas tú? Si siento vivos deseos de abrírselos yo mismo...
LEONOR.
¿Qué dices?... Chico, tú no tienes la cabeza buena. ¿Tú? ¿De manera
que tú mismo acusarás á la que te quiere tanto?
FEDERICO.
Tienes razón... Tú conservas el sentido claro de las cosas, y yo
lo he perdido completamente. Siento y pienso y digo los mayores
despropósitos... Leonorilla, estoy desquiciado por dentro. Me
desplomo; verás cómo me hundo.
LEONOR, _humorísticamente_.
Pues avisa, mico, para que no me cojas debajo...
FEDERICO, _con ternura_.
Tú eres la única persona que veo con gusto á mi lado en esta ruina
de mi espíritu. Cuantas personas trato más ó menos íntimamente se me
revisten de antipatía en esta desgana que me aniquila; todas, incluso
ella, y lo digo porque es verdad, sintiéndolo mucho, pues no se lo
merece la infeliz. Entre tantas caras que me ponen mal ceño, sólo la
tuya resplandece. ¿Verdad que es raro? Pero siempre ha de haber algo
que no se entiende, y lo que no entendemos, adviértelo, es lo que más
consuela. Las cosas muy resabidas y muy estudiadas hastían el alma.
Las que se nos presentan en términos vagos, confundiendo nuestra
razón, son las que nos confortan y nos alientan.
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