Realidad: Novela en cinco Jornadas - 09

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interés hacia ti, ¿qué dirías?
OROZCO, _riendo_.
Pues diría que me parece una cosa muy rara, y que sería preciso que
me lo probara usted para creerlo.
VIERA.
Te lo probaré, si tú me ayudas con tu buen juicio y tu manera amplia
de ver las cosas. El criterio vulgar diría que yo vengo á molestarte.
Si tú no fueras quien eres, lo creerías así. Siendo Tomás Orozco, no
lo puedes creer.
OROZCO.
Para que yo forme juicio, lo principal es que sepa claramente de qué
se trata.
VIERA.
Paciencia, amigo mío, paciencia. Eres un hombre superior. Si yo no
lo supiera por mi observación directa, lo sabría por la fama de
que gozas. (_Enfáticamente._) Inteligencia clara, puntos de vista
elevados, conocimiento de la realidad, ideas tolerantes; además, gran
corazón, abierto siempre á la indulgencia y á la piedad; honradez á
toda prueba, sentimiento vivo del decoro y de la posición, aptitud
grande para ver lo íntimo de las cosas...
OROZCO, _interrumpiéndole_.
Basta, basta de incienso.
VIERA.
Concluyo...; ya sé que el incienso te asfixia. Lo empleo como
argumento para decirte que siendo tú quien eres, la conciencia más
pura que hay bajo el sol, no has de tolerar nada contrario á la ley,
ni has de convertir en provecho tuyo la propiedad ajena; en suma, que
has de tener á gala y orgullo el devolver á sus verdaderos poseedores
lo que ilegítimamente, por olvido ó negligencia, no por malicia, está
en tu poder.
OROZCO, _agriamente_.
¿Y qué es eso que no me pertenece, y que yo retengo en mi poder?
Sepámoslo.
VIERA, _con la mano sobre el pecho_.
¿Dudas de mi palabra?
OROZCO.
¿Pues no he de dudar?
VIERA.
Pues mi palabra sola te ha de convencer, sin necesidad de apelar á
la prueba legal. Quiero darme el gusto de que te persuadas por lo
que yo te diga, porque tus dudas acerca de mi lealtad me lastiman
profundamente. Escúchame: ¿Te acuerdas de las obligaciones de
_Proctor y Barry_?
OROZCO, _reconcentrando sus ideas_.
Sí que me acuerdo. Todas fueron canceladas, parte hace diez años,
parte hace cinco. Sobre esto no tengo duda.
VIERA.
Todas menos una, Tomás; aguza la memoria. No se diga que estoy más
enterado de tus asuntos que tú mismo.
OROZCO.
Menos una, es cierto, que había sido reservada por el viejo Proctor
para su hija mayor, la cual tenía, además, una póliza de seguro en
la _Humanitaria_. Y la obligación esa, que no se presentó en tiempo
oportuno, se liquidó después al liquidar la póliza... Espere usted, á
ver si recuerdo bien. (_Confuso._) ¡Ah!, la liquidamos cuando murió
la hija de Proctor, allá en...
VIERA.
En Bombay. Pero no fué como tú dices, Tomás de mi vida: haz
memoria...; no fué así. Liquidasteis la póliza; pero la obligación,
que era de las de ocho mil libras, quedó pendiente por no encontrarse
el documento original. Se hizo una información, que no resultó clara,
y el asunto quedó en tal estado. Los Proctor murieron todos en una
serie de catástrofes y desgracias de familia. ¿No lo recuerdas?
Wigham, afectado de locura, se tiró al mar en la travesía de
Boulogne á Folkestone; Guillermo falleció de la disentería en Nueva
Zelanda; Isaac pereció en un naufragio...
OROZCO.
Sí, todo lo recuerdo; y la hermana murió á consecuencia de haberse
tragado un huesecillo de ave.
VIERA.
Sólo queda Benjamín, que ha recogido á los hijos de Adelaida Proctor.
OROZCO.
¿Y ese Benjamín es el que descubrió la obligación trasconejada?
VIERA.
Cierto.
OROZCO.
Comprendido. A ver... Venga, (_Con impaciencia.) _Quiero ver qué
trazas tiene ese documento.
VIERA, _flemático_.
Aguárdate un poco. Deseo prevenir todas tus suspicacias. Como no
podrás dudar de la autenticidad del documento, me vas á decir que ha
prescrito, pero yo te probaré que no.
OROZCO.
Seguramente ha prescrito. No habiéndose presentado en el arreglo de
1874...
VIERA.
Veo que tu memoria es flaca, querido Tomás, y que además, por querer
contradecirme, incurres en graves errores, de los cuales tu clara
inteligencia saldrá sin esfuerzo á poco que yo te ilumine. Recuerda
el caso aquel, bastante parecido á éste, en que creíamos todos que
la obligación del Banco de Navarra había prescrito, y el Tribunal
Supremo declaró que el plazo de prescripción de estas obligaciones no
podía depender de los plazos de arreglo que fijaran los liquidadores
de la _Humanitaria_. Es esto cierto, ¿sí ó no?
OROZCO, _meditabundo_.
Cierto es; pero enséñeme usted...
VIERA, _sacando un papel_.
Ahí está. Examínalo con la prolijidad que quieras. (_Mientras Orozco
examina con profunda atención el documento presentado por Viera,
éste se levanta y con las manos en los bolsillos se pasea por la
habitación, hablando para sí._) A ver por qué registro sales ahora,
jesuitón, cuáquero de mil demonios. Estás cogido. La red es hermosa,
y admirablemente tejida con hilos legales, y por más que la busques
no encontrarás malla rota para escabullirte. (_En alta voz._) ¿Qué
piensas de eso? ¿Cabe en ti la sospecha ó el recelo de que la
obligación pueda ser falsa?
OROZCO.
No; es legítima.
VIERA.
Luego yo no soy un falsario, querido Tomás. Devuélveme tu estimación,
porque..., dilo con franqueza..., cuando te anuncié mi visita
pensaste que yo te armaba alguna trampa como esas que se estudian en
los presidios, y que se llaman _entierros_.
OROZCO.
No pensé eso, aunque sí una cosa semejante.
VIERA, _suspirando_.
Estoy en desgracia contigo. Con todo, acabarás por reconocer que este
acto entraña un profundo interés hacia ti. (_Orozco hace un gesto de
asombro._) No, no hay que asustarse de lo que digo, ni tratarme como
á un loco que trastorna el sentido de los conceptos. Con la mayor
entereza y sinceridad del mundo, digo y repito que este paso que
doy, más debe ser por ti agradecido que vituperado. Tomás, te estoy
haciendo un notable servicio en la ocasión presente. (_Con gravedad
suma._) Este viaje mío y la presentación del documento que acredita
una deuda sagrada, son prueba clarísima de amistad y de la parte que
tienes en mis afectos, porque obrando así te ahorro mil disgustos,
y te facilito la solución de lo que podía ocasionarte un grave
conflicto.
OROZCO, _irónicamente_.
Gracias, gracias... Me enternece tamaña bondad. No le creí á usted
tan magnánimo, amigo Viera.
VIERA, _con afectada resignación_.
Júzgame como se te antoje.
OROZCO.
¿Cuánto tiempo ha empleado usted en Londres preparando este negocio?
Y para lanzarse á perseguir la obligación perdida, ¿vino usted de
Nueva York á Inglaterra hace tres meses? ¿Por cuánto la ha vendido
Benjamín Proctor?
VIERA, _secamente_.
No la he comprado. Tengo poderes del poseedor para gestionar el
pago..., ¿quieres verlos?..., y para proponerte un arreglo que te
facilite la cancelación.
OROZCO.
La deuda es legal: yo no lo niego; pero surge la duda de que esta
obligación esté comprendida en el arreglo que se hizo en 1874. La
cuestión no resulta tan clara como usted supone. Es, por lo menos,
discutible el derecho de Benjamín Proctor á realizar este crédito.
VIERA.
Él lo juzga clarísimo, y quería desde luego ponerte en un aprieto,
planteando la cuestión jurídica. Yo, que te conozco y sé tu horror á
la curia y al papel sellado, quise prestarte un servicio, y propuse
á Benjamín intentar directamente un arreglo amistoso. Discutimos
el caso; hícele ver las dificultades y dispendios de un pleito en
España; le ponderé tu carácter conciliador, inclinado siempre á la
justicia, y por fin convino en contentarse con la mitad, cuarenta mil
libras, al contado... Te juro, amigo de mi alma, que he puesto de mi
parte en este asunto una desinteresada adhesión á tu persona y una
defensa leal de tus intereses, pues la comisión que me da Proctor,
en caso de éxito, apenas me basta para los gastos de viaje. Ahora
resuelve tú. (_Se sienta._)
OROZCO, _levantándose, entrega la obligación á Viera_.
Tome usted su papel.
VIERA.
¿Qué decides?
OROZCO, _con frialdad y aplomo_.
Decido... no pagar.
VIERA.
¿No reconoces la legalidad de la deuda?
OROZCO.
La reconozco; pero la declaro prescrita.
VIERA, _desconcertado_.
Reflexiona, Tomás; no te arrebates... Piensa en la sentencia aquella
del Supremo. Benjamín pleiteará, y te verás metido en un lío
espantoso, y perderás con costas.
OROZCO, _paseándose y mirando al suelo_.
Lo veremos. La cuestión es muy problemática, pues podremos sostener
que la sentencia del Supremo sólo comprendía las obligaciones de la
serie D.
VIERA, _clavándole la mirada_.
Eso no puede sostenerse, Tomás; eso es absurdo. Reconoce la lealtad
de la intención con que me presento á ti, y confórmate con el arreglo
que te propongo.
OROZCO.
No quiero. (_Plantándose ante él, y resistiendo con fría tranquilidad
la penetrante mirada de Viera._) Y voy á explicarle á usted la razón
de esta resistencia que, según veo, le sorprende tanto. Es que me
he cansado del papel de hombre recto y juicioso, que la opinión
pública se ha empeñado en hacerme representar. He visto que la
rectitud, practicada tan en absoluto, me trae más males que bienes.
Y resulta una cosa, amigo Viera: antes que los atenienses se aburran
de oir llamar justo á Arístides, el mismo Arístides se ha cansado de
serlo, y quiere igualarse á los demás. Yo había dado en la manía de
no ir con el vulgo, y ahora caigo en la cuenta de que se va mejor
por el camino que traza la muchedumbre. ¿Qué tal? Esta salida ha
desconcertado al amigo Viera, al ingenioso arbitrista, al aventurero
sagaz. (_Con cruel humorismo._) ¡Ah!, usted no contaba con ésta,
¿verdad?; dígalo con franqueza; usted fiaba en la decantada severidad
de mis principios, en esa fama que me han dado algunos tontos, la
cual ha venido á cargarme tanto, pero tanto, que me propongo no
perdonar ocasión de desmentirla.
VIERA, _para sí, confuso y atortolado_.
¿Pero este hombre se está burlando de mí, ó qué es esto? (_Alto._)
Juraría que tu cerebro no está en perfecto estado de equilibrio.
OROZCO, _volviendo á pasear sin agitación, á ratos deteniéndose ante
el otro_.
Con el pensamiento me será muy fácil transportarme al ánimo del
astuto Viera, y reproducir la serie de juicios que han determinado
este acto. Vamos á ver: usted entendió que el amigo Orozco era un
ardiente puritano, capaz de dejarse desollar vivo antes que retener
un maravedí que no le perteneciese, y se dijo: «Este es el hombre
que me conviene á mí. Compro la obligación por una bicoca, y de fijo
no vacilarán en dármela, porque la cuestión es compleja y obscura, y
los ingleses pasan por todo antes que pleitear en España; me presento
con mis papeles en regla; el hombre se asusta; la conciencia se
sobrepone en él al interés; su inflexible noción del derecho hace
mi negocio; cobro á tocateja, y hasta otra.» ¿Es éste, sí ó no, el
verídico proceso de la intención y las ideas de usted?
VIERA, _redoblando su astucia_.
Te veo ciegamente entregado á tu imaginación, querido Tomás, y cuanto
has dicho es una fantasía loca. En mí no hubo ni hay más intento que
el de servirte y ahorrarte penas y dinero.
OROZCO.
Pues ahora resulta que el virtuoso y rígido, el hombre de conciencia
intachable no existe más que en la infundada creencia de los tontos
que han querido suponerle así; resulta que Orozco es como todos los
que le rodean, ni perverso, ni tampoco santo; que desea mantenerse
en el justo medio entre la tontería del bien absoluto y el egoísmo
brutal de otros; que no quiere dejarse explotar, sosteniendo el
derecho estricto y la moral pura en cuestiones de intereses; que
defiende su peculio, hasta donde pueda, con el criterio de la mayoría
de los hombres de negocios; de todo lo cual resulta también que al
trapisonda que me escucha le ha salido el tiro por la culata, y que
por esta vez su maniobra ha sido un verdadero fracaso.
VIERA, _tragando saliva_.
Tú harás lo que gustes, y podrás sostener, en lo referente á pago
de deudas, ese criterio tan distinto de tus ideas de toda la vida,
y que no es, por más que digas, el criterio de la mayoría de los
hombres de negocios. Yo he cumplido contigo. Fracasadas mis gestiones
conciliadoras, te entenderás con Benjamín Proctor, que inmediatamente
entablará la acción contra ti.
OROZCO, _resueltamente_.
Ese señor hará lo que le acomode, y yo también, y si quiere pleitear,
que pleitee, pues el asunto no es claro ni mucho menos.

ESCENA VIII
_Los mismos._ AUGUSTA, _que entreabre cautelosamente la puerta del
foro y permanece indecisa, escuchando, sin atreverse á entrar_.
AUGUSTA, _para sí_.
Mi marido alza la voz. No puedo vencer mi curiosidad. ¿Entraré? No me
atrevo. Parece que el cometa lleva la peor parte, y que no se sale
con la suya. Su cara revela contrariedad, la rabia del reptil que se
siente pisado.
VIERA, _con sofocada ira_.
¡Ay! Mi situación es sumamente penosa, pues si tú no fueras quien
eres, un amigo de toda la vida, casi un hijo para mí, yo te diría lo
que pienso acerca de esa singular manera de entender el derecho y de
apreciar la oportunidad para el pago de deudas sagradas.
OROZCO.
Es lo que me faltaba, que usted me diese lecciones de conducta.
VIERA.
Me vería obligado á dártelas si no cayeras pronto en la cuenta del
daño que te haces á ti mismo. Yo espero que serás razonable, Tomás,
y que no consentirás que yo vaya ahora á Benjamín Proctor y le diga:
«aquel hombre á quien creíamos la conciencia más pura del mundo es
un negociante vulgar, que se aprovecha de las obscuridades de la
ley y se apoya en los embrollos de la curia para no pagar. En él
hay más astucia que virtud, y tiene todas las marrullerías de un
tendero insolvente ó de un zurupeto intrigante.» Y á pesar mío, habré
de ayudar á tu acreedor á apretarte las clavijas, porque no puedo
negarme á poner al servicio de la justicia mi conocimiento de la
curia española y de cómo se llevan aquí los negocios de cierta clase.
OROZCO.
Muy bien. Póngase usted al servicio de Benjamín, y ármeme todas las
trampas curialescas que quiera. Todavía, si se me antoja, seré yo
capaz de cancelar la obligación por una cantidad doble de lo que dió
usted por ella...
VIERA.
¿Ya vienes con miserias? Tomás, me ofendes con proposición tan
humillante. Me equivoqué al suponerte prendas extraordinarias; no
quisiera equivocarme también, teniéndote por generoso y viendo la
mezquindad con que le regateas á este infeliz un pedazo de pan. Nada;
no hay arreglo posible. Pleitearemos; tú lo has querido. Si sobre
quedar por los suelos y echar al arroyo tu fama, tienes que pagar el
total de la obligación, y de añadidura las costas, no me culpes á mí,
que me propuse hacerte un favor y evitar el desdoro de tu nombre.
OROZCO.
Gracias... En pago de esa abnegación, ¿sabe usted á lo que me hallo
dispuesto? Pues muy sencillo. Si usted insiste en aburrirme y en
amenazarme, yo, el hombre comedido, el puritano, la conciencia recta
y pura, no tendré empacho de tomarme la justicia por mi cuenta
(_parándose ante él y accionando sin afectación y con flemática
tranquilidad_) ni de romperle á usted el bautismo, así, muy
sencillamente, á lo santo, sin escándalo y como quien no hace nada.
AUGUSTA, _para sí, con alegría_.
Bien, muy bien.
VIERA, _levantándose, demudado_.
Tomás. No puedo tolerar eso... No lo admito sino como broma..., una
broma de mal género.
AUGUSTA, _que avanza decidida, presentándose_.
Y si hace falta otro guapo, aquí está.
VIERA, _inclinándose con afectada etiqueta_.
Augusta, señora mía... ¡Qué á tiempo llega usted, como enviada por el
cielo, para librarme de esta fiera que tiene usted por esposo!...
AUGUSTA.
Aquí la fiera no es él...
VIERA, _con servilismo, y como queriendo echarlo á broma_.
Hija mía, si hasta se ha permitido amenazarme de palabra y de obra.
¡Qué bromas gasta este modelo de ciudadanos y espejo de marido!
No sabe usted bien cómo se ha puesto. ¡Caramba! Todo por una mala
interpretación de mis rectas intenciones... Por Dios... Sea usted
juez de esta contienda, Augusta, usted que es un ángel.
AUGUSTA.
¿Juez yo? No he pensado entrar nunca en la magistratura.
VIERA.
¡Ay! Horrible tortura es para mí verme mal juzgado por personas á
quienes tanto quiero; por personas que son en mi ánimo lo primero
del mundo, la crema, el cogollito de la humanidad. (_Aturdido y
descompuesto._) Augusta, ¿quiere usted que la entere del asunto
que me trae aquí? Apuesto mi cabeza á que lo ha de juzgar con más
serenidad que su digno esposo, el cual ha sido hoy muy cruel con
el compañero y socio de su padre... ¿Le parece á usted que merezco
yo, el primer amigo de la casa, ser tratado como un...? No, Tomás;
no es propio de ti ensañarte con el débil. Tu misma superioridad te
obligaba á la benevolencia.
OROZCO.
Evitemos discusiones. (_Con desagrado._) Todo lo que cabe decir
sobre esto, dicho está ya por una parte y otra. Se me ha hecho una
proposición, y yo no he querido admitirla.
VIERA, _humillándose_.
Augusta, intervenga usted con su buen juicio, con su templanza, con
su apacible y dulce trato, más propio de ángeles que de mujeres. Si
en ninguno de los dos encuentro la consideración que creo merecer,
si ambos me rechazan con la misma dureza, sólo me resta decirles que
aunque los dos se empeñen en ello, no conseguirán tener en mí un
enemigo. Amigo soy y amigo seré siempre, y pruebas he de darles de
mi cariño, superior á todas las injusticias y desdenes. Yo tendré
mis defectos; no quiero hacer mi apología; pero nadie conoció en mí
la ingratitud. Yo no puedo olvidar que debo mil atenciones á esta
pareja feliz; no puedo olvidar tampoco que mi hijo, que mi querido
hijo, es mirado en esta casa como un miembro de la familia...
AUGUSTA, _para sí y con sobresalto_.
¿Adonde irá á parar este tunante?
VIERA.
Los favores que el hijo merece desagravian al padre..., y me consuelo
del mal trato viendo que en él se deposita la confianza que á mí se
me niega.
AUGUSTA.
No habiendo semejanza en la conducta, no puede haberla en... lo demás.
OROZCO.
Tiene razón.
VIERA.
Augusta siempre la tiene. Es la pura discreción, y yo acepto los
juicios que se digne formar de mí. Tomás, no debe ser implacable
con los débiles el hombre que ha recibido de la Providencia tantos
beneficios. Yo quisiera saber si hay algún bien de los concedidos
á la humanidad que tú no disfrutes. Y el mayor de todos, el que
remata y compendia todas tus felicidades es esta perla, este galardón
del cielo, esta mujer incomparable que más parece sobrenatural que
humana.
AUGUSTA.
Basta de flores... No me gustan fuera de tiempo.
VIERA.
Lo supongo. Si no fuera usted modesta, no sería lo que es. (_Con
refinada habilidad._) Tomás, la presencia de este ángel suaviza las
asperezas entre tú y yo. No me lo niegues. Te has humanizado desde
que ella entró.
OROZCO.
¡Válganos Dios! Si no es eso... Mi mujer, siempre que usted me hace
alguna visita, teme que yo le reciba con demasiada benevolencia.
VIERA.
¿Es cierto eso, Augusta?
AUGUSTA.
Ciertísimo.
VIERA.
No me doy por vencido. ¡De este modo, ingrata, paga usted los elogios
que le hice y los piropos que le eché!... ¡Ay, qué mala se va usted
volviendo! Tomás, Tomás, ten cuidado con ella.
AUGUSTA, _para sí_.
No puedo resistir el cinismo de este hombre.
VIERA.
Paciencia. He caído en esta casa con mala suerte. Recibís como á
enemigo al que viene con bandera de paz... (_Para sí._) Si no recojo
velas estoy perdido. (_Alto._) Tomás, ¿quieres que aplacemos para
otro día la cuestión que ha dado motivo á estas diferencias, y no
pensemos más que en renovar nuestra antigua amistad, en gozar de ella
como de un bien inapreciable? Yo tengo debilidad por ti, Tomás; yo te
quiero como á mi hijo...
OROZCO.
La comparación no resulta, porque es dudoso que usted quiera bien á
sus hijos.
VIERA, _aparte_.
Este cuáquero maldito me tapa todas las brechas... (_Alto._) ¡Si me
niegas hasta los sentimientos primordiales del hombre, entonces...!
(_Con fingida pena._) Amigo mío, quizás sin mala intención me estás
agraviando, sí, con verdadera saña. Tú no sabes lo que es amor de
hijos, porque no los tienes. En tu hogar falta la alegría, que es
fuente de la piedad y de la indulgencia. Augusta, ¿por qué no ha dado
usted familia menuda á este hombre? Amiga mía, yo quería encontrar á
usted un defecto, y al fin he dado con él. Si en este hogar hubiera
hijos, el pobre amigo menesteroso no sería recibido tan mal.
AUGUSTA.
Si doy ó no doy hijos á mi marido, eso no es cuenta de usted.
VIERA.
¡Quién sabe si se los dará todavía! Yo espero que sí. Hago votos
porque así sea.
AUGUSTA, _para sí_.
Su sarcasmo me envenena la sangre. (_Alto._) Me parece que esta
conversación es bastante impertinente.
VIERA, _para sí, con rabia_.
¡Grandísima tal, hállome atado de pies y manos ante ti, por
desconocer los enredos que de fijo tienes!
OROZCO.
Demos por terminado este asunto, y que esta conferencia sea la
primera y la última. Yo escribiré á usted, y le haré una proposición.
Si la acepta, bien, y si no, tiene el camino libre para proceder como
quiera.
VIERA.
_All right..._ He tenido la desgracia de encontrar aquí los corazones
abroquelados contra mi cariño. El uno con su desconfianza y la
otra con su huraña virtud, no han sabido comprender el celo y la
abnegación con que les sirvo. (_Afectando dignidad._) Está bien;
por eso no dejaré yo de ser quien soy. Mi conducta no variará. Soy
incapaz de venganza, y aunque sintiera estímulos de maldad, no los
dirigiría nunca contra personas para mí tan caras, contra personas
que considero buenas, deplorando su obcecación. Tomás, no te
molestará más este amigo, á quien no quieres comprender. Aguardo
en mi casa, hasta mañana, la proposición que te dignes hacerme.
Quédate con Dios... (_Da la mano á Orozco. Éste se la estrecha con
frialdad._) ¡Qué triste me voy... y qué daño me has hecho! (_Con
emoción muy bien fingida._) Dios te lo perdone. Y usted, Augusta,
sea feliz, ignore siempre cuánto me duelen sus palabras incisivas y
desdeñosas, y siga siendo compañera de este buen hombre, siga siendo
ornamento de la sociedad y orgullo de su familia y de sus amigos.
Dios quiera que pueda apreciar algún día que este infeliz no merece
ser recibido tan mal. Adiós. (_Retírase afectando profunda aflicción.
Para sí, en la puerta._) ¡Negocio destripado!... ¡Maldita sea mi
suerte, y mala peste os devore, cuáquero indecente y virtud relamida!
Si buen punto es él, buena punta es ella... Volveré. (_Sale._)

ESCENA IX
AUGUSTA, OROZCO.
OROZCO.
¿Has visto qué farsante, qué monstruo de astucia?
AUGUSTA, _recostándose en un sillón_.
Deja, deja que me reponga del terror que me causa. No lo puedo
remediar.
OROZCO.
¿Terror, por qué? A mí me causa risa. Es un histrión perfecto; pero
yo le calo la intención; la máscara que usa se transparenta á mis
ojos, y veo la cara del truhán verdadero bajo las muecas del falso
amigo.
AUGUSTA.
¡Qué hombre! Cuéntame. ¿Qué te proponía? Yo rabiaba de curiosidad, y
abrí un poco la puerta. Pero no pude enterarme bien... Creí entender
algo de una obligación olvidada.
OROZCO.
De las que llamamos _Proctor y Barry_.
AUGUSTA.
¿Pero es legítima? Porque ese pillo sería capaz de falsificar la
escritura como falsifica los sentimientos.
OROZCO, _pensativo_.
Es legítima. No creas que me pesa su descubrimiento. Puesto que la
obligación existía, vale más que se presente de una vez. Tengo la
seguridad de que no hay ninguna otra. Respecto á si ha prescrito ó
no, puede haber dudas, y de fijo un abogado travieso, con el sin fin
de leyes y disposiciones que rigen sobre la materia, encontraría
fundamentos legales en que apoyar la no cancelación.
AUGUSTA.
Yo temí que tu bondad te llevara á transigir; recelé que tus
escrúpulos de conciencia pudieran más que el sentido práctico de la
justicia. Pero he visto con gusto que por esta vez has puesto á un
lado tus filosofías, y que te resistes á pagar una deuda prescrita.
OROZCO, _después de una pausa_.
Hija mía, estás en un error. No has penetrado mi pensamiento.
AUGUSTA, _alarmada_.
Pues ¿entonces...?
OROZCO.
Aunque, contando con el dédalo de nuestras leyes, pudiera sostenerse
la prescripción, yo no la admito, no puedo admitirla, y el crédito
ese, como deuda sagrada, debe pagarse.
AUGUSTA, _cruzando las manos_.
¡Dios mío, ten piedad de mi pobre marido que ha perdido la razón!
OROZCO.
No digas disparates, ni juzgues tan de ligero lo que no has
comprendido bien todavía. Voy á explicarte mi pensamiento, y el plan
que he concebido...
AUGUSTA, _inquietísima_.
Tomás de mi alma, ¿serás capaz de dejarte coger en las malvadas redes
de ese miserable? ¿Serás capaz de dejarte conmover por su refinada
astucia y por su adulación infame?
OROZCO.
No te acalores antes de enterarte bien...
AUGUSTA.
Es que te veo al borde del abismo de tu bondad, de esa bondad que es
una desdicha, créelo, un pecado, una sugestión satánica...
OROZCO.
Ten calma, mujer.
AUGUSTA, _levantándose_.
No puedo tenerla. Tu filantropía ha venido á ser una verdadera
demencia. ¡Tomás, Tomás!
OROZCO.
Si no te callas y me oyes, no nos entenderemos.
AUGUSTA, _disparada_.
Imposible que nos entendamos, si no te curas de esa manía de la
bondad y de la indulgencia... Consulta el caso con papá, con Manolo
Infante, con todos nuestros amigos, y verás como todos me dan la
razón; verás como te aconsejan no reconocer la validez de ese
papelote que te ha presentado el monstruo. Esas deudas fiambres,
obscuras y antediluvianas no se reconocen nunca, Tomás. Sólo los
inocentes, los dejados de la mano de Dios, incurren en la tontería de
hacer de ellas un caso de conciencia. (_Con sarcástico acento._) En
una palabra, que quieren darte un timo, y tú, como esos que creen en
la paparrucha del dinero enterrado, aceptas el negocio.
OROZCO.
Estás graciosa, vida mía, y te oigo con muchísimo placer. Pero todo
te lo dices tú, y así no hay discusión posible.
AUGUSTA.
Pues habla..., explícate.
OROZCO.
Ante todo, no apoyes tu idea con el argumento de que debo hacer tal
cosa porque la hacen los demás. Hija de mi alma, sería insoportable
este plantón de la vida terrestre, si no se permitiera uno, de vez en
cuando, la humorada de hacer algo diferente de las acciones comunes y
vulgares. El papel de comparsa no me ha gustado nunca. Tampoco debes
ponerme delante de los ojos, como un emblema de sabiduría, la opinión
de tu padre, de Manolo Infante y de otros amigos. Sin ser vanidoso,
me precio de entender estas cosas mejor que ellos.
AUGUSTA.
Pues si esas opiniones no valen, valga la mía, y la mía es que no
pagues á ese pillo.
OROZCO, _sereno y sonriente_.
Pero si yo no te he dicho que pagaré á ese pillo, ni á ningún pillo.
AUGUSTA.
Has dicho que la deuda es sagrada...
OROZCO.
Y lo repito. Y añado que esa obligación pendiente pesa sobre mi
conciencia, y que no estaré tranquilo hasta que de ella no me
descargue.
AUGUSTA.
¡La conciencia! Grandes y bellas cosas ha hecho la humanidad en su
nombre; pero también, también hay que poner tonterías muy gordas en
el haber de los espíritus menguados, de esos que adoran la letra
de la ley... Explícate. ¿Quieres decir que alivias tu conciencia
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