Realidad: Novela en cinco Jornadas - 08

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¿Y cómo es?
OROZCO.
Según me han dicho, atrevidillo, y no peca de corto.
INFANTE.
Simpático; pero muy simpático, y parece despejadísimo. En cuatro
palabras me ha contado su historia. Es huérfano, tiene veintitrés
años, y desde los diez y seis se bandea solo. Es sobrino de un
tal Santana, tendero en la calle de Lope de Vega, y de otro en la
Plaza Mayor, que le llaman Jáuregui, y de otro cuyo nombre y señas
no recuerdo. En fin, que cuenta media docena de tíos, detallistas
de comestibles. Sabe al dedillo la partida doble, y escribe cartas
comerciales en francés; tiene título de perito mercantil, y se ganó
un premio de Economía política.
AUGUSTA, _con animación_.
¡Ángel de Dios!... Señores, es preciso que le protejamos entre todos.
INFANTE.
El tío Santana le ocupaba en llevar la contabilidad y la
correspondencia; y en medio de esta prosaica tarea nacieron los
castos amores con la hermana de Federico. Pero ¡vean ustedes qué
desgracia! Casi en los mismos días en que los tórtolos se lanzaban
de cabeza en lo ideal, el tío Santana, por la paralización de los
negocios y la necesidad de economías, despidió al chico, que á la
sazón vive al amparo de su tío Jáuregui, sin sueldo. ¡Ah!, otro
detalle. Nunca ha servido en el mostrador, que repugna á sus hábitos
y á su educación; pero está decidido á todo, hasta á fregar copas en
una taberna, con tal de ganarse el pan para mantener á la elegida de
su corazón.
AUGUSTA.
Decididamente, le hemos de proteger.
MALIBRÁN.
¿Le encuentra usted chiste á la historia?
AUGUSTA.
La encuentro hasta poética. Por lo que veo, el verdadero amor, el
principio activo que gobierna el mundo, no existe ya más que en la
clase de dependientes de comercio. No podemos abandonar á ese joven.
¿Verdad, Tomás? (_Orozco sonríe sin decir nada._)
INFANTE.
Contóme también cómo nacieron y se formalizaron sus amores. Durante
un mes no hacían más que mirarse, mirarse, hechos un par de bobos.
Por fin, movido de un instinto irresistible, escribía con letras
gordas en un pliego abierto, al modo de cartel, frases de ternura,
y desde su balcón se las mostraba á la niña, que al principio huía
ruborizada, soltaba la risa después, y últimamente ponía una cara muy
triste cuando él no estaba.
AUGUSTA.
¿Y cómo, no estando en el balcón, sabía él que la chiquilla ponía la
cara triste?
INFANTE.
Esa misma pregunta le hice yo, y me contestó, ¡miren si es pillo!,
que entornaba las maderas de modo que pareciese no estar allí, y por
un agujerito observaba en la cara de la niña el efecto de su fingida
ausencia.
VILLALONGA.
¿Sabe ó no sabe el pájaro ese?
AUGUSTA, _con calor_.
Hay que casarles, aunque no sea sino para premiar esa manera
primitiva y pura de hacerse el amor. Eso es de lo que no se ve ya.
INFANTE.
Luego vinieron las cartitas, de que fueron conductores, por dicha de
ambos, las criadas de Federico, hasta que una noche logró Santana
colarse en la casa.
MALIBRÁN, _vivamente_.
Sí, hay que casarles; en eso estamos conformes, Augusta, aunque no
por las razones que usted alega, sino por otras de un orden muy
diferente.
AUGUSTA.
Cállese usted, mal pensado. ¿Qué hay en estos amores que no sea la
misma inocencia? ¡Bah, que entraba de noche en la casa! ¿Y qué?
VILLALONGA.
Nada, nada, que entraba á tomarle las medidas del cuerpo para
encargar el traje de boda.
AUGUSTA, _conteniendo la risa_.
Cállese usted también, groserote: no dice más que disparates.
INFANTE.
Y por fin, después de referirme su historia, me suplicó que le
consiguiera un destinito de oficial quinto, para poder casarse.
OROZCO.
¿Y qué hace usted que no lo pide al momento?
AUGUSTA.
Yo que tú, volvía loco á todo el Ministerio hasta obtener la plaza.
INFANTE.
En estas alturas, es más difícil sacar una plaza de oficial quinto
que una Dirección general. Pero algo haré, porque el chico ese me ha
entrado por el ojo derecho. «Pida usted informes á mis tíos acerca
de mi honradez--decía,--y como no se los den buenos, me dejo cortar
la cabeza.» No quiere el destino más que como ayuda en los primeros
tiempos, hasta que pueda tomar rumbos mejores. Y vean ustedes si el
nene es activo y sabe apreciar el valor del tiempo. Por las mañanas
emplea dos horitas en llevar las cuentas de una tienda de huevos de
la Cava de San Miguel. De tarde, la misma faena en un establecimiento
de ropas en liquidación, y por las noches se pasa tres ó cuatro
horas escribiendo al dictado en casa de un notario. Con esto reune el
pobrecillo sus treinta duretes al mes, que le saben á gloria por el
trabajo que le cuesta ganarlos; mas para casarse le hace falta otro
tanto, ó por lo menos la mitad. Ha echado bien la cuenta, y es de los
que no gastan un real sin saber de dónde ha de salir. ¿Qué tal? ¿Es
éste, sí ó no, un hombre predestinado á capitalista?
VILLALONGA, _dando una palmada en la mesa_.
Acuérdense todos los presentes de lo que digo. Si vivimos, á ese
monigote le hemos de ver con más dinero que nosotros.
OROZCO.
Pues tiene, tiene, sí, señor, la fibra económica.
AUGUSTA.
¡Cuando digo que es preciso darle la mano!
INFANTE.
Aunque no quieran ustedes, tendrán que protegerle, porque es de los
que se meten por el ojo de una aguja, y sabiendo que aquí hay buenos
corazones, no tardará en llamar á esta puerta. Por si no cuaja lo de
oficial quinto, quiere entrar de tenedor de libros en una casa de
banca. De ello me habló también, rogándome..., ya ven ustedes como no
pierde ripio..., que intercediera con el Sr. de Orozco para que éste
le recomendara á Trujillo y Ruiz Ochoa, en cuyo escritorio hay, según
parece, una vacante de tenedor.
OROZCO.
Sí que la hay; pero no seré yo quien le recomiende...
AUGUSTA, _con gracejo_.
Tomás de mi vida, no te me hagas el feroz tirano.
OROZCO.
¡Pero hija de mi alma, si ya he recomendado á tres..., á tres!
INFANTE.
Yo, no sólo prometí hablar con interés al amigo Orozco, sino que
invité á Santana á que viniera á verle...
OROZCO.
Ángel de Dios, ¿le parece á usted que no tengo ya bastantes jaquecas?
INFANTE.
Es que yo quiero que conozca usted á este rey de las hormigas.
OROZCO.
¿Para qué, si no puedo hacer nada por él? Dígale usted que no se
moleste.
INFANTE.
Ya será tarde; porque, ó mucho me engaño ó ese es de los que obran
rápidamente y detestan el _mañana_. Hoy le tendrá usted aquí.
OROZCO, _benévolamente_.
Mi casa es un hospicio, y no puedo verme libre de postulantes, que
me marean pidiéndome lo que darles no puedo: éste una credencial,
el otro una fianza, aquél dinero para salir de un apuro, el de más
allá ropas usadas; y no falta quien me pida billetes de teatro, ó una
recomendación para obtener la cruz de Beneficencia. La suerte mía es
que cantando se vienen y cantando se van.
MALIBRÁN.
Amigo mío, aunque usted se empeñe en desacreditarse, no lo conseguirá.
AUGUSTA, _á su marido_.
Hijo, en este caso has de desmentir tu fiereza, tu crueldad y tu
tacañería, recibiendo bien al pobre Santana y procurándole el
destino en casa de Trujillo. Lo necesita para casarse. De ti depende
la ventura de esa familia en ciernes. ¡Casarse así, con todas las
ilusiones del amor, y con esas ansias de trabajar, previendo los
hijitos que habrá de mantener! Estos son los seres verdaderamente
providenciales, los que aumentan la raza humana, los que hacen
poderosas y ricas á las naciones. Verán ustedes cómo Clotilde se
carga de familia en pocos años, y cómo ese marido modelo gana para
mantener el pico á toda la prole.
INFANTE.
¡Vaya que tiene un gancho ese joven! Me decía: «Si no consigo
la plaza de tenedor de libros ó la de oficial quinto, me pasaré
las mañanas vendiendo tomates ó pimientos en cualquier plazuela.
Trescientas sesenta y cinco mañanas dan mucho de sí.»
VILLALONGA, _con vehemencia_.
¿Ese..., ese?... Le hemos de ver firmando letras de cambio por miles
de miles.
AUGUSTA, _con entusiasmo_.
Amparémosle entre todos. Juremos ampararle. Es el hombre del
porvenir, y todos los presentes están en el deber de prestar apoyo al
que les da esta lección de arte de la vida.
VILLALONGA.
Acepto la lección, y admiro á ese tipo, por lo mismo que es el
reverso de mi medalla, mi revés moral.
OROZCO.
Ese es de los que no necesitan ayuda de nadie. Su propio instinto y
su acometividad social le abrirán camino.
MALIBRÁN.
Protejámosle, lo que quiere decir que le proteja Orozco en nombre de
todos. Usted le favorece, y él nos lo agradecerá á los demás.
_Sirven el café._
UN CRIADO.
Un joven está ahí, que pregunta por el señor.
TODOS.
Él, él es.
INFANTE.
¿Delgadito, mal color, ojos negros, el pelo al rape, gabán muy viejo?
CRIADO.
El mismo.
OROZCO, _un poco molesto_.
¡Que todos los moscones de Madrid han de caer sobre mí!
AUGUSTA, _al criado_.
Dile que pase al despacho. El señor le recibirá... (_A su marido._)
Ea, fastídiate, corazón de granito.
OROZCO, _fingiendo buen humor_.
Como recibirle, sí... ¡Pobre tonto! No es cosa de ponerle en la
calle. Pero se irá como ha venido. (_Por Infante._) Éste, este
métome-en-todo es quien me ha echado el mochuelo.
INFANTE.
Yo no. Recuerdo muy bien que le dije: «Vaya usted mañana»; pero
ese es de los que no padecen la enfermedad española del _mañana_;
profesa la teoría de que _mañana_ quiere decir _hoy_.
VILLALONGA.
¡Hoy! Dichoso el que sabe agarrarse al hoy antes que pase, porque ese
llegará primero que los demás.
MALIBRÁN.
Y encontrando los mejores sitios desocupados, se apoderará de ellos.
AUGUSTA.
No le dejes ir sin esperanzas. Hazlo por mí, por todos los presentes,
que tomamos al gran Santanita, al futuro millonario, bajo nuestra
alta protección.
OROZCO, _sonriendo_.
Esperanzas, sí; todas las que quiera, pero realidades no podrá sacar
de mí. Me sacudiré la mosca... No sé qué se figuran... Francamente,
es cosa de traer á casa una pareja de Orden Público. Yo aseguro á
ustedes que este impertinente no volverá más por aquí. (_Toma el café
de un sorbo y sale._)

ESCENA V
_Los mismos, menos_ OROZCO.
AUGUSTA.
¿Pero ustedes se han creído que le va á echar á cajas destempladas?
MALIBRÁN.
¡Cómo he de creer yo tal cosa! Felicitemos á nuestro protegido,
porque le está cayendo el maná.
AUGUSTA.
Si Tomás dice que no hace nada por él, no le lleven ustedes la
contraria. Finjan más bien creer que le ha echado por la escalera
abajo. _I promesi sposi_ están de enhorabuena. No les faltará pan
para sus hijitos, y seguramente tendrán uno cada año, porque estos
matrimonios ilusionados, que se afanan por el nido antes de tenerlo,
son horriblemente fecundos.
MALIBRÁN.
Lo que á mí se me ocurre, señora mía, es que con estas filantropías
van ustedes á perder á uno de los amigos más leales y consecuentes.
Federico, cegado por la soberbia, dirá: «El amigo de mis enemigos es
mi enemigo.»
AUGUSTA.
Una cosa es decirlo y otra... ¡Ay!, ante la soberanía de los hechos,
no hay orgullo que no se rinda tarde ó temprano... Esta es mi
opinión. Y por mi parte, he de hacer los imposibles porque Federico
se reconcilie con su hermana. No es mal sermón el que le espera esta
noche, si parece por aquí.
VILLALONGA.
No le reducirá usted con sermones. Está fuera de sí. Anoche creí que
me pegaba porque se me antojó disculpar á Clotilde.
MALIBRÁN.
Corazón fiero, orgullo indomable, ideas anticuadas y consistentes,
de esas que desafían con su firmeza el empuje de la opinión vulgar;
ideas macizas, que serían muy buenas en una época de acción y de
unidad, pero que se vuelven ineficaces y hasta ridículas en una época
de inestabilidad, de polémicas y de dudas.
AUGUSTA.
¡Cuando digo que estamos hoy muy sabios!...
MALIBRÁN.
No lo puedo remediar. Mi pedantería es hija de los desengaños,
que me han obligado á estudiar la vida. Compadézcame usted en vez
de zaherirme por lo que sé. Y sé más (_con fineza de dicción y de
intención_), mucho más de lo que usted cree.
AUGUSTA.
No, si yo no he puesto límites ni fronteras á su sabiduría. Es que,
francamente, me pareció que había examinado usted con buena crítica
las ideas de Federico.
MALIBRÁN.
De quien nada ofensivo dije. Conste. No hay motivo, pues, para que
usted se altere.
AUGUSTA, _ligeramente desconcertada_.
¡Yo!... ¡Alterarme yo!
MALIBRÁN.
Un poquitín, aun antes de que yo completara mi juicio. Me faltaba
añadir que de su mismo orgullo, de su susceptibilidad extrema y de
la pugna entre sus ideas y sus medios sociales, nacen los hábitos de
envilecimiento que á pesar suyo le dominan, y que son su desgracia
irremediable y su problema insoluble.
AUGUSTA, _devorando su ira_.
Todas esas cosas, ¿por qué no se las cuenta usted á él?
INFANTE, _con sequedad_.
Habla usted de hábitos de envilecimiento, y me parece que no se ha
fijado usted en la significación de la palabra. De otro modo, haría
mal en sostenerla. Yo afirmo que Federico es un caballero.
MALIBRÁN, _rectificando_.
No lo he dudado nunca... Esos hábitos, que todo el mundo conoce,
deben de ser calificados quizás de un modo más suave, tratándose de
un amigo. Emplearemos otra palabra.
AUGUSTA.
Mejor sería no haberla pronunciado.
MALIBRÁN.
No fué mi intención ofenderle.
INFANTE, _para sí_.
Decididamente, el italiano éste es de una blandura fenomenal. No
entra, no entra, por más que se le pongan picas hasta el hueso.
AUGUSTA.
Vamos, usted quiso decir que Federico no es caballero.
INFANTE, _para sí_.
¡Qué bien me le capea ésta!... Pero no entra... Cada vez más huído.
MALIBRÁN.
Perdone usted, amiga mía. Jamás califico yo acerbamente á una persona
con quien me une amistad. (_Para sí._) ¿Quieres una estocada? Pues
allá va. (_Alto._) Lo que yo quise decir es que caballerosidad y
necesidad rara vez se llevan bien. ¡Ay de aquél en quien estos dos
estímulos se reúnen! En público son muy difíciles de conciliar,
y sólo en la esfera privada pueden algunos armonizarlos. En el
misterio, en los escondites que labran el miedo y la prudencia, se
hacen cosas que, á la clara luz del día, son condenadas con cierto
énfasis. Hay dos esferas ó mundos en la sociedad: el visible y el
invisible, y rara es la persona que no desempeña un papel distinto en
cada uno de ellos. Todos tenemos nuestros dos mundos, todos labramos
nuestra esfera oculta, donde desmentimos el carácter y las virtudes
que nos informan en la vida oficial y descubierta.
AUGUSTA, _vivamente_.
Perdone usted, Malibrán; todos no: la tendrá usted; pero eso de todos
es un poco fuerte. (_Para sí, con ira disimulada._) ¿No habría quien
le parara los pies á este majadero?...
MALIBRÁN, _para sí_.
Vuelve por otra. (_Se levanta._)
AUGUSTA.
Pero qué, ¿nos deja usted ya?
MALIBRÁN.
Ya debiera estar en el Ministerio.
AUGUSTA.
No me acordaba... (_Irónicamente._) Es tan grata su compañía, y nos
adormece de tal modo el encanto de su conversación, que olvidamos lo
necesaria que es su presencia en el Ministerio para que marchen bien
los asuntos exteriores.
MALIBRÁN, _para sí_.
Búrlate todo lo que quieras. Ya me la pagarás.
AUGUSTA, _estrechándole la mano_.
Váyase usted prontito. No le retengo, no quiero tener la
responsabilidad de una catástrofe europea.
MALIBRÁN.
Tema usted las domésticas, no las internacionales. Y cuando se
dispare el primer cañonazo, avise usted á los buenos amigos. ¿Llamar,
eh?
VILLALONGA.
Dos toques y repique. (_Dándole la mano._) Adiós, diplomático.
Memorias al marqués de Salisbury.
MALIBRÁN.
De tu parte. Adiós, Infante. (_Vase._)

ESCENA VI
_Los mismos._ OROZCO.
OROZCO, _entrando, con semblante risueño_.
Vamos, le despaché... Se va el pobrecillo muy descorazonado. Pero yo
¿qué le he de hacer? Pues sólo faltaba que...
AUGUSTA, _con gracejo_.
Eso es: fuertecillo. ¡Qué genio vas echando, hijo de mi alma!
OROZCO.
Lo siento; pero no he podido darle ni esperanzas siquiera.
AUGUSTA.
Sí, te lo conozco en la cara.
VILLALONGA.
Su cara revela satisfacción.
INFANTE.
La satisfacción de las malas acciones.
OROZCO.
Ni buenas ni malas.
AUGUSTA, _en voz baja á Infante_.
¿Pero tú le crees?
INFANTE.
¿Qué le hemos de creer? Para mí, Santanita se ha puesto las botas.
VILLALONGA.
Permítame usted, amigo Orozco, que no dé crédito á su modestia. Lo
mismo nos dijo usted el otro día, cuando vino á importunarle aquel
vejete arruinado de la Plaza Mayor, y después supimos que á la
calladita le puso usted una tienda nueva, un comercio de gorras.
OROZCO, _excitado_.
¿Quién ha dicho eso? ¡Es calumnia!
VILLALONGA.
¡Calumnia!
OROZCO, _dominándose y riendo_.
El que tal diga falta á la verdad. ¿Conque de gorras, eh? Tiene
gracia.
AUGUSTA _hace señas á Villalonga para que se calle_.
¡Eh!, chitón, indiscreto.
INFANTE.
Son voces que hace correr la maledicencia.
AUGUSTA.
No se hable más de eso. En resumidas cuentas, puesto que tú no
quieres proteger al rey de las hormigas, le echaremos nosotros un
cable.
OROZCO.
¡Bueno estoy yo para protecciones! ¿Quién me defenderá á mí de la
fiera que me amenaza hoy, y que no tardará en presentarse?
INFANTE.
Ya sé quién es. Joaquín Viera, el papá de Federico, que llegó anoche.
VILLALONGA.
¡Demonio! Cuidado con ese, que es el primer sable de América... y de
Europa.
INFANTE.
¿Quiere usted que le recibamos Villalonga y yo y le paremos la
estocada?
AUGUSTA, _con viveza_.
Eso sería lo mejor. Sí, sí, Tomás, que le reciban éstos y le pongan
las peras á cuarto.
OROZCO.
No puede ser. A ese maestro de maestros no le sabe parar nadie más
que yo. Dejádmele á mí.
AUGUSTA.
Hijo de mi vida, tiemblo por ti; temo á tu bondad, á tu miedo al
escándalo.
OROZCO.
¡Quiá! Que escandalice todo lo que quiera. No sé qué lío se traerá.
Ya lo veremos.
AUGUSTA.
Estoy en ascuas. No tendré tranquilidad hasta que no le vea salir de
casa. ¿A qué hora viene?
OROZCO.
A las tres. (_Hablan aparte Orozco y Villalonga._)
AUGUSTA.
Faltan diez minutos. Siento escalofríos.
INFANTE.
¿Te pones mala?
AUGUSTA.
Creo que sí, y si la visita se prolonga, quizás... Me bullen en la
cabeza presentimientos de no sé qué desdicha.
INFANTE.
Si no sales á paseo, te acompañaré en casa.
AUGUSTA.
No, no salgo. Pero no me acompañes; te aburrirías. Tengo muy mal
humor esta tarde.
INFANTE.
Yo lo tengo pésimo. Si dos negaciones afirman, de dos displicencias
puede salir un rato de agradable entretenimiento.
AUGUSTA.
No; de dos displicencias que se funden, sale de seguro la hora negra,
la hora de la contradicción y del tirarse los trastos á la cabeza.
Hoy es un día en que me peleo yo con el lucero del alba, á poco que
me exciten. Querido Manolo, si aprecias mi amistad, echa á correr y
no aportes por acá hasta la noche.
INFANTE.
Se me figura que Malibrán te ha puesto de mal humor.
AUGUSTA, _fingiendo tranquilidad_.
A mí, no. Estoy acostumbrada á sus tonterías, y le oigo como si
leyera los chascarrillos de la sección amena de un periódico.
INFANTE.
Mucho cuidado con él.
AUGUSTA.
Ya lo tengo... ¡Ah!, vaya si lo tengo. Conque, Infantito de mi vida,
¿me quieres hacer un favor? Te lo agradeceré mucho.
INFANTE.
Pide por esa boca.
AUGUSTA, _con zalamería_.
Que te marches, y perdona la grosería. Quiero estar sola con mi
marido.
INFANTE.
El egoísmo matrimonial es tal vez el más respetable. Me sacrifico,
hija, me sacrifico á tu deseo, y te ofrezco mi ausencia como el más
fino de los homenajes. (_Le estrecha la mano._)
AUGUSTA.
Oye, Infantito mío: para que tu fineza sea colmada y yo tenga algo
que añadir á la gratitud que te debo, llévate á Villalonga.
INFANTE.
Si no quiere irse _por su pie_, me le llevaré á cuestas.
AUGUSTA.
Gracias. Vales un imperio.
INFANTE, _á Villalonga_.
Eso es, entreténgase usted charlando, y la comisión de reforma del
catastro sin poderse reunir por falta de vocales.
VILLALONGA.
Tiene usted razón. Vamos allá. (_A Augusta._) Patrona, ¿será usted
tan buena que me deje marchar?
AUGUSTA.
No debiera hacerlo. Por mi gusto le pondría á usted habitación en
esta casa, y no le permitiría salir sino para dar un corto paseíto
higiénico... Pero como se trata del catastro, que es una cosa muy
buena, no quiero que me llamen rémora; no debo ser obstáculo á los
progresos de la administración, y le doy á usted permiso para que se
largue con viento fresco, cuanto más pronto mejor. (_Villalonga é
Infante se despiden de Augusta. Un criado entra y habla en voz baja
con Orozco._)
AUGUSTA.
Ya está ahí. Tenemos el cometa en casa. Tomás, por Dios, mucho pulso.
Contente. Pon frenos y más frenos á tu bondad. Trátale como merece.
(_Para sí._) ¡Dios mío, qué intranquila estoy, y qué extraños, qué
indefinibles temores me acechan en las revueltas de mi conciencia!

ESCENA VII
Despacho en casa de Orozco.
OROZCO, JOAQUÍN VIERA.
VIERA, _abrazándole con efusión_.
¡Tomás de mi alma!...
OROZCO.
Joaquín.
VIERA.
¿De salud, bien? ¿Y tu mujer? ¡Siempre tan guapa, tan buena!...
Lástima que no tengáis hijos. La felicidad parece que no es completa
en el matrimonio, cuando no hay familia menuda que lo alegre, lo
adorne y lo santifique. Pero aún puede ser que... Sois muy jóvenes...
¡Qué placer me causa verte! Te conocí niño, después mozo, hombre
por fin; y las afecciones primeras se renuevan en el alma cuando
envejecemos. Tu padre y yo, más que amigos, fuimos hermanos, y á
ti te he mirado siempre como hijo. Abrázame otra vez. Sé que no me
tienes gran afecto; mas no por eso te retiro el mío, y me sirve de
consuelo el corresponder á tu tibieza con el ardor de mi cariño. Yo
soy así.
OROZCO.
Gracias. ¿Y qué es de la vida de usted?...
VIERA.
Hijo mío, mi vida es la continua privación de los bienes que apetece
mi alma. Nada más conforme á mi carácter que la estabilidad. Pues
heme aquí privado de los goces del hogar, errante por naciones
extranjeras, sin oir la voz de un ser amado, sin ver el rostro de
una persona de mi sangre y de mi raza. ¡Qué sino el mío, Tomás!
Tres grandes atractivos tiene la existencia para un hombre de mi
temple y mis inclinaciones: la familia en primer término; después la
tierra, ó sea la propiedad; después los libros, ó sea el estudio y
la contemplación de la Naturaleza. (_Con ternura y acento firme._)
Mi ideal de vida sería éste: mis hijos conmigo; debajo de mis pies,
un triste pedazo de suelo que cultivar, sin ambición, ni envidioso
ni envidiado; y como solaz, media docena de libros buenos. Créelo,
éstos son los únicos bienes apetecibles y además las únicas amistades
fecundas y verdaderas: la familia, manantial de goces infinitos; la
tierra, que te devuelve generosa los cuidados que pones en ella, y el
libro sano y ameno, que te deleita, te calma y te instruye. Pues nada
de esto me concede Dios á mí. Sin duda me priva de lo que más amo,
para concedérmelo en otro mundo mejor.
OROZCO.
Si los hechos correspondieran á las intenciones ó á las palabras, no
dudo que tendría usted todo eso que desea.
VIERA.
¡Los hechos, los hechos! ¿Sabes tú lo que has dicho? ¡Los hechos!
Eres feliz; heredaste una gran fortuna; te viste encarrilado desde
la niñez en la vida regular, y andas aún con la velocidad que te
imprimieron. Todo lo encuentras llano, fácil... Los hechos son para
ti una serie de movimientos maquinales, instintivos. Para los que
se impulsan á sí propios, los hechos son el movimiento externo, los
encontronazos, las sinuosidades del camino, pues de los obstáculos
mismos hay que valerse para dar un paso. Mis hechos, Tomás querido,
no son míos, y es injusticia juzgar estas cosas aisladamente.
Aprécialas en conjunto, abarca de una mirada el mecanismo social,
y fíjate en la posición que tenemos en él los desheredados de la
fortuna. Es preciso que todos vivamos, Tomás; no se ha hecho el mundo
sólo para que lo disfruten los capitalistas. Has visto en mí acciones
que te desagradan. ¿Pero tú, talento superior, alma elevada, aplicas
á todos los casos la moral cominera y menuda? No, hijo mío; á ti te
corresponde medir con la gran regla. Lo harías sin trabajo, si te
hubieras formado en la adversidad; pero tu talento debe suplir la
experiencia, que te falta. No me juzgues, por Dios, con el criterio
del vulgo necio. Tú no eres vulgo, Tomás, ni lo serás nunca, aunque
vivas en la atmósfera creada por él.
OROZCO, _con benevolencia_.
¡Lástima que ese gran ingenio no se emplee mejor! Suele ofrecernos la
humanidad este contraste, y es que la gente ordenada se cae de sosa,
y los traviesos y desarreglados tienen toda la sal de Dios. Sin
duda la vida aventurera, de arbitrios sutiles y de combinaciones muy
calculadas, fomenta en los hombres el donaire. No sé si Dios tendrá
dispuesto que la bohemia y los caracteres picarescos desaparezcan al
fin con la aplicación completa de la disciplina moral. Si así fuera,
¡qué lástima!, porque lo picaresco parece un elemento indispensable
en el organismo humano.
VIERA.
Sí, sí; es preciso que haya de todo, querido, y cree que el mundo no
ha de variar gran cosa en sus aspectos generales, por mucho que lo
pulimente el saber de los hombres, y eso que los periódicos llaman
conquistas de la civilización. La diversidad de medios de vivir ha
de corresponder siempre á la variedad y muchedumbre de caracteres y
de móviles. (_Con agudeza._) Si la moral de los catecismos llegara á
imperar en absoluto, y se acabaran la bohemia y la raza picaresca,
como tú has dicho, el mundo sería insoportable de insulsez. En
tal caso, la humanidad, harta de sí misma, se suicidaría, no por
individuos, sino por naciones; emplearíanse cantidades enormes de
dinamita para volar continentes enteros; nos aborreceríamos por
pueblos y por castas; nos cargaríamos tanto, que nuestras guerras
serían mil veces más feroces que las de los tiempos primitivos.
OROZCO, _riendo_.
Original, graciosísimo. Pero no perdamos tiempo, Joaquín, y sepamos
el objeto de su visita y de su viaje que, según parece, son uno mismo.
VIERA, _con emoción_, _estrechándole las manos_.
Mucho me duele que todas mis aproximaciones á ti tengan siempre un
objeto... poco grato, al menos en apariencia. No puedes figurarte la
pena que esto me causa.
OROZCO, _con serenidad_.
No se apure usted, y vea cuán tranquilo estoy. Si he de ser franco,
sus arranques de sensibilidad no me conmueven. Los miro como un medio
de insinuación, lo mismo que sus alardes de ingenio.
VIERA, _bajando los ojos_.
¡Oh!, no; te lo juro. Cree que siento en este instante una pena...
OROZCO.
¿Por qué?
VIERA.
Por lo desagradable del asunto que aquí me trae... Pero no creas;
también yo, con auxilio de mi razón, sé rehacerme y quitar á la
pena todo fundamento lógico, poniendo el acto este en su verdadero
terreno. Vamos á ver: si yo te asegurase que el asunto que aquí me
trae me parece, cuando pienso mucho en él, que envuelve un vivo
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