Realidad: Novela en cinco Jornadas - 07

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ellos, y para nosotras, las del bello sexo, trabajos, hambres de
amor y el no gozar de nada. Ellos se divierten con cuanta mujer
encuentran, y á nosotras, si un hombre nos mira ó le miramos, ya nos
cae encima la deshonra, y empieza el run run de si lo eres ó no lo
eres... ¿Pues qué quería ese tonto? ¿Que mientras él se daba la gran
vida su hermana se pudriera en casa como una monja? No; la chiquilla,
aunque parece tan para poco, tiene el moño muy tieso, y ha demostrado
que sabe dejar bien puesto nuestro pabellón. ¡Ay, bello sexo! ¡Qué
falta te hacen muchas así, resueltas y con garbo para darle el
quiebro á la tiranía!
CLAUDIA, _entrando_.
Lo que dije: era un _inglés_..., el de las alfombras. Le he dado el
jabón que usamos aquí... ¡Qué _tronitis_ en esta casa! Pues te decía
que si abrí la puerta á ese mocoso ha sido con la mejor intención del
mundo, y si se vieron algunos ratitos fué delante de mí. Otra cosa no
hubiera yo consentido. ¿Qué pudo pasar? Que cuando yo me distraía ó
daba una vuelta á la cocina, se pegaban de besos; pero como yo estaba
con mucho ojo, y... Ya sabes cómo las gasto. Les reprendía, les ponía
cara muy dura, diciéndoles que no me comprometieran, y el chico tan
agradecido... «Doña Claudia--me decía,--cuando nos casemos usted será
nuestra segunda madre.»
BÁRBARA.
¡Pobres criaturas! No les entenderá quien no sepa lo que es un primer
amor. ¿Qué sabe Federico de esto, si él no ha tenido primer amor, y
todos los que gasta son segundos? Yo me acuerdo de cuando me emperré
por Valeriano el cochero, que me dió palabra de casarse conmigo...
¡Qué amarguras y qué dulzuras!... Pero esto no viene al caso.
Cuéntame lo de la fuga. Yo me imagino que se engolosinaron con la
besuquina, y con verse las caras de cerca..., es cosa que marea..., y
que resolvieron morir ó casarse.
CLAUDIA.
Así debió de ser. Los pícaros la tramaron por cartas, pues delante
de mí nunca hablaban más que soserías, como si tuvieran vergüenza
el uno del otro. Pues señor, anteanoche sentí á Clotilde levantada.
Como suele velar para coserse la ropa, no me extrañó. La bribona,
según después comprendí, estaba recogiendo y empaquetando en dos ó
tres líos sus vestidos y la poca ropa blanca que tiene. Por la mañana
temprano, la sentí andando con pisadas de gato por los pasillos, y me
alarmé. Díjele á Pepe que aquellos andares me olían á escapatoria, y
Pepe, que es muy largo, rezongó: «¡Cuando digo yo que...!» Levantéme;
pero por pronto que acudí, ya el pájaro había salido de la jaula.
Echábame yo la enagua; cuando la sentí descorriendo el cerrojo con
mucho cuidado, como lo descorren los rateros. Salí al pasillo..., y
ya iba ella echando chispas por las escaleras abajo. Se llevó la ropa
en tres paquetes grandes.
BÁRBARA.
¿Y cómo sabes que fué en tres?
CLAUDIA.
Porque me lo dijo la portera que vió salir á Santanita, primero con
un paquete, luego con dos, y después con Clotilde: total, cuatro
paquetes... Yo me quedé como puedes suponer. Pero me tranquilicé
pensando: «Lo que había de ser, que sea de una vez.» Sobre la mesa
del comedor dejó la chiquilla una carta para su hermano; pero éste no
se enteró de la fuga hasta la hora de almorzar. ¡Qué mal rato pasé,
hija! Nada, que me eché á llorar, y de la medrana que sentí, se me
fijó un dolor de clavo en la sien, ¡ay!, que no se me ha quitado
todavía. No te quiero decir cómo se puso el hombre al leer la carta.
Tuve que salirme y dejarle solo: la cama retemblaba de la fuerza de
los aspavientos que hacía. Y después de despotricarse contra mí, la
emprendió contigo, y á esta quiero á esta no quiero, nos zarandeó
bien. Pues nada, que inmediatamente nos habíamos de plantar en la
calle, porque éramos unas... alcahuetas, _etcétera_...
BÁRBARA, _riendo_.
¡Qué bobo! Sí; cualquier día nos echa á nosotras, debiéndonos, como
nos debe, tres mil y pico de reales.
CLAUDIA.
Y aunque no nos los debiera... ¿Pero tú crees que puede vivir sin
nuestras reverendísimas personas? Le somos tan necesarias como el
aire.
BÁRBARA.
No encontraría otras que le soportaran. Es un niño mimoso, y seríamos
tontas si hiciéramos caso de sus rabietas. Yo, mientras no le pase
esta calentura, me guardaré de ponérmele delante, porque francamente,
si me dice _pitos_, le contesto _flautas_. No tengo la paciencia
que tú para aguantar sus desvergüenzas, y me desboco. Ayer no quise
venir en todo el día, porque temo á mi dignidad, que no se anda en
chiquitas; y hoy me marcharé antes de que su señoría se levante.
CLAUDIA.
Hoy debe de estar más aplacado, porque el señorito Infante pasó ayer
con él toda la tarde y le sermoneó de firme, diciéndole unas verdades
como puños. Yo le escuchaba, poniendo la oreja en el agujero de la
llave, y te aseguro que le leyó bien la cartilla. (_Enumerando por
los dedos._) Que él era el causante de todo por tener á su hermana
abandonada y fuera de su _alimento_...
BÁRBARA.
De su elemento diría.
CLAUDIA.
Eso es, de su elemento... Que la chica no es de palo, y que á alguien
había de querer, porque la edad, el sexo, la ilusión, etcétera...
Pero el otro, más orgulloso que D. Rodrigo en la horca, no se daba
á partido, y dijo que jamás haría á Santanita el honor de mirarle.
¡Anda!
BÁRBARA.
¡Palabrería! Esas bravuras se convierten en humo. Al fin tendrá
que apencar con el hortera y llamarle su hermano; y llegará día,
acuérdate de lo que te digo, en que se vuelvan las tornas, y este
señorito tan orgulloso irá á pedirle á su cuñado un pedazo de pan.
Los muy soberbios acaban siempre á los pies de los humildes.
CLAUDIA, _con incredulidad_.
Me parece á mí que eso no lo veremos. Primero se muere él de hambre
en un rincón que rebajarse. No es como su papá, no...
BÁRBARA.
¿Y cuándo dices que llegó el señor?
CLAUDIA.
Anoche. Parece que el demonio lo hace. Figúrate que oigo llamar á la
puerta; salgo creyendo que era el carbonero, y me encuentro con D.
Joaquín. Pegué un grito como si me viera delante un toro de Miura.
No sé por qué me da miedo ese hombre, que es amable y la trata á
una como á señora... Me acuerdo de lo que padeció por él nuestra
pobrecita ama, y sus zalamerías me ponen carne de gallina.
BÁRBARA.
¡Ay, qué hombre! Créete que no viene á nada bueno. ¿Y qué hablaron
hijo y padre? ¿Cómo le recibió Federo? Cuéntame... Pero me sentaré,
que ahora estamos solas y podemos charlar todo lo que queramos.
Mi Vicente me espera para almorzar; pero déjalo que aguarde, que
bastantes plantones me ha dado él á mí en esta vida.
CLAUDIA.
Pues cuando le vió entrar, quedóse más blanco que el papel. Se
abrazaron. Luego cerró Federo la puerta, y yo más lista que él,
arrimé la oreja y oí... D. Joaquín preguntó por la niña, extrañando
no verla, y el otro, mascando mucha hiel, le contó la ocurrencia.
¿Crees tú que el padre se remontó, echando los pies por alto? No,
hija; lo tomó con calma, con mucha calma. Yo me hacía cruces oyéndole
decir que si los chicos se quieren, no hay razón ninguna para
oponerse al casorio, y que él es partidario de que no haya clases,
porque eso de las clases es un _maricronismo_.
BÁRBARA.
Ana... cronismo me parece que se dice; pero no estoy segura... Pues
ese hombre será un tarambana; pero lo que es talento, ¡vaya si lo
tiene!
CLAUDIA.
Es que se hace cargo de la razón de las cosas, y no lleva en la
cabeza tanto viento como el hijo. ¡Buena está la familia para
gastar humos! El padre hecho un judío errante por esas tierras;
Federo sin una mota, viéndolas venir y comido de deudas. (_Suena la
campanilla._) ¡Ay!, llaman otra vez. Espérame un momento. (_Sale._)
BÁRBARA, _sola, abanicándose_.
Bien merecido le está á ese botarate lo que le pasa; pero muy bien
requetemerecido. ¡Empeñarse en que ha de haber clases, cuando la
realidad ha dispuesto que no las _haiga_! ¡Cabeza más dura! Y que no
las hay, no las hay, aunque lo pida el _Sursum corda_. Lo que dice
mi Vicente: «Con la libertad todos somos todo, y nadie es nada.» Ese
tonto de Federo bien sé yo lo que pretende: vivir él como un duque
y que Clotilde sea su esclava. Bien sabe él ponerse su frac todas
las noches para ir á comer á las casas grandes... Y la niña hecha
un pingo, sin tratar con personas finas. Eso es, como dijo el otro,
abrir un abismo... Anda, fachendoso, para que vuelvas otra vez á
jugar con abismos. Ó hay igualdad ó no hay igualdad. Santanita vale
tanto como tú ó más que tú, porque sabe la partida doble, y tú no
entiendes más libro que el de las cuarenta hojas.
CLAUDIA, _entrando_.
Otra fiera. Esto no es vivir. Ya no sé qué decirles. Pero al fin,
éste lleva cuerda para veinticuatro horas... Pues, como te decía, el
padre está blando, pero muy blando. Dijo que pensaba ver á Clotilde
mañana mismo (por hoy), y Federo, sacando la voz de los talones,
le contestó: «Véala usted si quiere. Para mí es como si se hubiera
muerto.»
BÁRBARA.
¡Habrá pillo!... ¿Y tú has visto á Clotilde?
CLAUDIA, _en voz muy baja_.
Sí que la he visto. Cállate la boca. Cuidado cómo te das por
entendida. Anoche dí un salto á casa de la viuda de Calvo, donde está
depositada, ¿sabes?, aquella señora tan vieja y tan acartonadita que
parece de caoba. Según dicen es muy sabia, pero muy sabia, y más
antigua que Jerusalén. Vive ahí en la calle de Atocha. Rabiaba yo por
ver á la niña y decirle que ha llegado su papá, que viene tierno y
que le dará el consentimiento. No pude hablar con ella más que dos
palabras, porque la de Calvo estaba presente y me ponía una jeta que
daba escalofríos. Pero, en fin, allá le soplé lo que más importaba.
El papá debe de estar allá. Salió muy temprano..., serían las
ocho..., y dijo que vendría á almorzar. Anoche estuvo Federo hasta
las tantas escribiendo cartas. Cosas de mujeres, y líos mil que trae
siempre entre manos. Hombre de más _enreditis_ no creo que exista, y
lo mismo se aplica á las altas que á las bajas.
BÁRBARA.
¿Qué es eso de altas y bajas? Todas somos iguales. El arrastrar
terciopelos ó ajustarse una mala saya de tartán no significa
diferencia más que en lo de fuera. Como no salgan diferencias en el
honor, créete que en los trapos no la hay... ¿Y dices que escribió
muchas cartitas? ¡Valiente trapacero! ¡A quién engañará ahora!
CLAUDIA.
Vete á saber.
BÁRBARA.
Si se acostó tarde, no se levantará en todo el día, y podré estar
aquí. Francamente, temo encararme con él.
CLAUDIA.
Pues mira, hija, me parece que... (_Acércase á la puerta del foro y
aplica el oído._) ¿Sabes que me parece que anda ya por ahí?
BÁRBARA, _levantándose azorada_.
¡Ay, hija, no me lo digas!
CLAUDIA.
Bien puedes echar á correr. Levantado está.

ESCENA II
_Las mismas._ FEDERICO, _que entra por el foro_.
BÁRBARA, _tratando de escapar por la derecha_.
Por aquí me escabullo.
FEDERICO.
¡Eh!... ¿Quién es esa que huye de mí? Bárbara.
CLAUDIA.
Quédate, mujer, que no te comerá.
BÁRBARA, _medrosa y turbada_.
Mi marido me espera.
FEDERICO.
Tu conciencia no te permite ponerte delante de mí.
BÁRBARA.
¿Mi conciencia? Yo no tengo culpa de nada. (_Temblando._) Bastante le
dije á la niña que no hiciera locuras.
FEDERICO.
¡Valiente hipócrita estás tú! Entre las dos me habéis jugado una
partida serrana. Debiera poneros en la calle, después de daros una
mano de azotes.
CLAUDIA.
¡Pues no dice que nosotras...! ¡Josús! ¡No me incomode..., después
que...!
FEDERICO.
Silencio. Ya sé que me aborrecéis. ¡Bien merecido lo tengo por lo
bien que me he portado con vosotras!
BÁRBARA.
¡Aborrecerle! Eso sí que no, aunque usted no nos puede ver.
FEDERICO.
¿Cómo está Vicente?
BÁRBARA.
Mejor; pero no puede seguir en la ambulancia. Es preciso que le
asciendan, llevándole á la central. Usted puede hacerlo.
FEDERICO.
¡Yo!
BÁRBARA.
Sí, usted. Pero no se interesa nada por quien bien le sirve. Que
vivamos ó que nos muramos, lo mismo le da.
FEDERICO, _con desvío_.
¡Así reventarais!... Efectos de contagio. Hablando con ellas, me
siento también grosero.
BÁRBARA, _para sí_.
Está de buenas. Aquí que no peco. (_Alto._) Asciéndame usted á mi
marido.
FEDERICO.
¡Que te le ascienda yo!
BÁRBARA.
Si usted quiere, bien podrá hacerlo; pero lo dicho, no nos hace caso,
y es todo _ingratituz_. Conque me le empuja, ¿sí ó no? Basta con que
le pida una recomendación al Sr. de Orozco, que es tan amigo del
director de Correos.
FEDERICO, _con desabrimiento_.
¿Y qué tengo yo que ver con el Sr. de Orozco?
BÁRBARA.
Toma; que son ustedes uña y carne.
FEDERICO.
Vete al diablo, y déjame en paz. (_A Claudia._) ¿Quién ha venido hoy?
CLAUDIA.
Los del jubileo de todos los días. _Inglesitis._
FEDERICO.
¿Ninguno se ha roto la crisma al subir ó al bajar?
CLAUDIA.
Ninguno. Yo sí que ya no tengo crisma de tanto calcular las
respuestas que debo darles.
FEDERICO.
¿Y papá ha salido?
CLAUDIA.
Sí, señor; pero viene á almorzar.
FEDERICO.
Pues vete á la cocina, que es tarde. Ea, dame acá ese chiquillo.
(_Toma de los brazos de Claudia el niño, y le mima y zarandea._)
Ven acá, Fefé, ángel de Dios. ¡Qué gusto tener un amigo inocente y
puro, que no se permite otra malicia que tirarnos de las barbas! (_El
chiquillo suelta la risa._) Bien, bien, eres feliz conmigo. Esto
consuela.
CLAUDIA, _al chiquillo_.
Sol del mundo, soberano pontífice, regente del reino..., no le beses,
que es muy malo. Pégale, pégale.
FEDERICO, _besando al niño_.
Me quiere más que á ti. Lo que él dice ahora con esos gruñiditos es
que desea estar solo conmigo, y que os larguéis pronto.
CLAUDIA.
Gloria patri, ¿verdad que no?
BÁRBARA, _para sí_.
Acariciando al niño, nos engatusa este perro y hace de nosotras lo
que quiere.
CLAUDIA, _para sí_.
Es un buenazo. ¡Lástima que no tenga dinero! Es lo único que le falta.
FEDERICO.
¿Qué rezongáis ahí? A la cocina, tarascas, y dejarme en paz con mi
amigo Fefé.
BÁRBARA, _para sí_.
Ahí te quedas. No hay quien le sufra. Y sin embargo, ni él puede
vivir sin nuestros mordiscos, ni nosotras sin sus rasguños. (_Vanse
las dos._)

ESCENA III
FEDERICO, _con el chiquillo en brazos_; _después_ JOAQUÍN VIERA.
FEDERICO.
¡Qué noche he pasado! Esta vileza de mi hermanita ha concluído de
anonadarme. (_Se pasea.) _¿Tendrá razón Infante sosteniendo que toda
la culpa es mía? Pues aunque cien veces lo sea, no transijo con ese
cursi maldito. ¿No es verdad, Fefé, que debo mantenerme inflexible?
Tú estás en lo cierto. Yo soy como soy, y no puedo ser de otra
manera... (_Confuso._) Y en verdad que no puedo entender por qué
causa me es insoportable este vilipendio, mientras que acepto otros
y los llevo conmigo, acostumbrándome á su peso como al peso de la
ropa que me cubre. Lo que llamamos dignidad, ¿será función social
antes que sentimiento humano? ¿Será ley de ella escandalizarnos de
la ignominia que se hace pública y apechugar con la que permanece
secreta?...
VIERA, _entrando por la izquierda_.
Bien por los hombres madrugadores. ¡Levantado á las doce del día! Yo
pensé que almorzaría solo, y almorzaremos juntos. _All right_. (_Se
sienta en un sofá._) ¡Pero, chico, qué cambiado está nuestro viejo
Madrid! Hasta pisos de madera me le han puesto. El lugareño con
botas de charol. He salido á dar una vuelta, y el plum-plum de las
caballerías sobre el entarugado, el sordo ruido de los coches y el
olor de la creosota me daban la impresión de Londres ó París.
FEDERICO.
Sí; ha cambiado algo por fuera en los últimos tiempos. Pero por
dentro está como tú lo dejaste.
VIERA.
Siempre es el perdido de buena sombra y de muchas trazas, que
se contenta con las apariencias del vivir, viviendo en realidad
muy mal... ¿Sabes lo que pareces tú ahora? Un San Cristóbal, de
esos que hay en las catedrales. Y el nene es precioso. ¿A quién
sale, siendo su padre más feo que su madre, que es cuanto hay que
decir?... No (_observando al chiquillo_), no puede ser obra de
Pepe. (_Alzando la voz, mira hacia la puerta de la derecha._) ¡Ah,
Claudia, Claudia, veo que siguen los descuidos!... (_A Federico, que
se pasea meditabundo._) Dame pronto de almorzar, que tengo muchísimo
que hacer. Y te advierto que mi primera diligencia es ir á ver á
Clotilde. No, no te enfurruñes. No puedo seguirte por el camino de la
intolerancia caballeresca. Cada uno obra según su carácter y el medio
en que respira. ¡Vivimos en atmósfera tan distinta! Yo en un país
democrático y rico, donde los apellidos y las posiciones aparentes
no suponen nada; tú en un país sin dinero, donde la exterioridad
lo suple todo, y donde las posiciones oficiales hacen las veces de
riqueza. Nunca aspiré á que mi hija se casara con un noble, con un
millonario. Modestísimo en mis pretensiones, y conociendo el país,
me ilusionaba con verla esposa de un capitancito de Artillería ó
Ingenieros, ó con un abogadillo de chispa, que andando el tiempo se
hiciera diputado, y quizás ministro. A ti, que hacías veces de padre,
te correspondía el arreglarlo de este modo. ¿Pero qué pasó? Que
dejaste á la niña entregada á sí misma, y la pobre tuvo que elegir
entre lo que veía. Si en vez del capitancito de Artillería nos ha
resultado un chico de mostrador..., es sensible; pero ya no tiene
remedio. Claro que no me gusta; pero yo no forcejeo con la realidad.
¿Qué? ¿Hemos de abandonar á la pobre niña? ¿Estamos en el caso de
hilar muy fino, muy fino? ¿Quién sabe si el joven ese saldrá listo y
trabajador, y poseerá el arte de estos tiempos, que consiste en traer
legalmente á las arcas propias el dinero que anda por las ajenas?
¡Quién sabe si Clotilde habrá labrado, sin saberlo, su porvenir, y el
tuyo y el mío, y estará en estos instantes preparándonos una vejez
decorosa y tranquila! Ea, no seamos intransigentes ni pesimistas.
Aceptemos la realidad, y dentro de ella, saquemos el mejor partido
posible de los hechos que no dependen de nuestra iniciativa.
FEDERICO.
No me decido á conceder que tengas razón, ni afirmaré que no
la tienes. Sea lo que quiera, yo no transijo. Es cuestión de
temperamento. Ciertas ideas me dominan á mí, antes que yo pueda ni
aun siquiera formar el propósito de dominarlas.
VIERA.
Ya hablaremos de eso más despacio.
FEDERICO, _para sí_.
Ha perdido toda idea del decoro de su nombre. (_Se sienta, y pone al
niño sobre sus rodillas._)
_Entra Bárbara y da una carta á Viera._
VIERA, _examinando el sobre_.
Es de Tomás. Conozco su letra jesuítica. (_La abre._) Me cita para
las tres. Eso sí: no es de los que huyen el bulto.
FEDERICO, _malhumorado_.
Bárbara, llévate este chiquillo, que molesta.
BÁRBARA, _aparte_.
Tan pronto se entusiasma con las criaturas como se cansa de ellas.
¡Ay!, de todo se cansa. (_Tratando de coger al chiquillo, que grita,
patalea y se resiste á pasar á sus manos._)
FEDERICO.
Fefé, no seas malo. Vete con tía Bárbara.
VIERA.
Prefiere estar con nosotros. El angelito gusta de la sociedad. Ea,
dámele acá. (_Le toma en brazos._) Conmigo. ¡Qué bien! Mira qué
contento. Tú eres de casta de señores. Bárbara, puedes marcharte y
que nos den pronto de almorzar. Dispongo de poco tiempo, y hay mucho
que hacer esta tarde. (_Sale Bárbara._)
FEDERICO.
¿Qué ocupaciones son esas, dí? Por Dios, yo te suplicaría..., yo te
agradecería mucho que dejases en paz á Orozco. Es un hombre excelente.
VIERA, _zarandeando al niño y haciéndole cabalgar sobre sus rodillas_.
No niego su excelencia; pero que me la pruebe pagando lo que debe...
Anda, caballo...; agárrate, valiente.
FEDERICO.
¿Pero qué crédito es ese? Sin ofenderte, yo dudo mucho que sea un
crédito real y efectivo.
VIERA, _con socarronería_.
Buena idea tienes de mí. Aquí no entendéis de negocios, y rendís
homenajes demasiado serviles á la delicadeza, madre del no comer y
amparadora de la insolvencia. Los negocios son negocios, y se tratan
con la crudeza que enseñan los números, lo cual nada quita á las
efusiones de la amistad.
FEDERICO, _inquieto_.
Cuéntame, ¿qué diantre de negocio es ese?
VIERA.
Una deuda.
FEDERICO.
Orozco no tiene deudas. Como no hayas descubierto alguna póliza
olvidada y prescrita de la _Humanitaria_...
VIERA.
Eres más inocente que este niño que galopa en mis rodillas, y se
cree que monta á caballo. ¿Me juzgas tú á mí capaz de presentarme á
Orozco sin refuerzo de documentos legales? ¿Por quién me tomas?
FEDERICO, _con embarazo_.
Es que... me causa pena recordarlo; pero debo decirte que en otras
ocasiones, Tomás te ha dado dinero por conmiseración y por evitarse
disgustos. Los hombres de orden temen á los pleiteantes enredosos
y sin ningún derecho más que á los que de buena fe reclaman su
propiedad.
VIERA, _enérgicamente_.
En primer lugar, nadie da dinero por conmiseración, ni aun en este
país tan estúpidamente platónico. En segundo lugar, yo vengo aquí
á sostener un derecho claro y terminante, no á poner una trampa de
derechos ilusorios para que caigan en ella los incautos. Y te diré de
paso que tienes de Orozco una idea equivocada. ¿Crees tú que en él no
hay más que bondad y mansedumbre, y que lleva su abnegación hasta el
extremo de dejarse explotar? ¡Qué tonto eres! Bajo aquella dulzura de
carácter, se esconden todas las marrullerías de un ingenio vividor.
Posee el arte de hacerse pasar por generoso, cuando se ve en el caso
de transigir con el derecho ajeno.
FEDERICO.
Me parece que le conoces más por referencias del vulgo que por propia
observación. Tomás no es así.
VIERA.
Le he conocido niño, le vi crecer y hacerse hombre. Su padre y yo
éramos como hermanos. ¡Ah!, Pepe Orozco, grande hombre para los
negocios, sin entrañas, duro y económico en su vida interior hasta la
sordidez, también algo zorro y de doble fondo como su hijo. Créeme á
mí, que he visto mucho mundo, y he asistido al paso de una generación
á otra...; gran enseñanza. Tomás se ha encontrado la fortuna hecha,
y le ha sido fácil sentar plaza de virtuoso, de varón justo y
magnánimo. (_Con sarcasmo._) El otro trabajó como un negro, sacrificó
á las ganancias su reputación, para que ahora éste se haga pasar por
santo. Los padres se condenan para que los hijos puedan labrarse un
huequecito en el cielo. La suerte que no hay cielo ni infierno, pues
si existieran esos... locales, sólo servirían para hacer eterna la
injusticia.
FEDERICO, _tristemente_.
Estás desvariando, y no te puedo seguir.
VIERA.
Te has pasado al enemigo. Mírame cara á cara. (_Observándole con
suspicacia._) Noto en ti no sé qué... Me sorprende mucho ese interés
por una persona con quien no tienes más que relaciones superficiales,
de esas que se establecen entre un estómago agradecido y el anfitrión
que convida martes y jueves.
FEDERICO.
Le debo mil atenciones. Bien sabes que somos amigos de la infancia.
VIERA.
¿Te ha señalado dietas por hacerle la rueda á su mujer? ¿Cobras á
tanto la frase, á tanto la anécdota y el chascarrillo?
FEDERICO, _conteniendo su ira_.
No me hables de ese modo... No puedo tolerarlo.
VIERA, _riendo_.
¡Cándido! Déjame á mí, déjame, que si le saco á tu anfitrión este
platito de lentejas realizaré un acto de justicia, por dos razones:
primera, porque es de ley que me dé lo que reclamo; segunda, porque
sus bienes fueron mal adquiridos, y deben volver á la masa, al
despojado imponente á quien representamos en este instante nosotros,
los desfavorecidos de la fortuna.
FEDERICO.
Me hacen padecer horriblemente tus sofisterías. Haz lo que quieras,
y no me comuniques ni tus planes ni el resultado que obtengas. Nada
pretendo saber. Tratándose de esto, no quiero que haya entre nosotros
ni la confianza natural entre hijo y padre.
VIERA.
Gracias. Tu tontería me anonada, porque yo pensaba pagarte tus deudas
si salía bien de este negocio...; quiero decir, siempre que tus
deudas se limitaran á una cifra razonable.
FEDERICO.
Cuídate de las tuyas. (_Para sí._) Dios mío, ¡qué hombre! No hace
ni dice cosa alguna que no sea para humillarme y herirme en lo más
delicado. ¡Es fuerte cosa que no podamos aborrecer á un padre sin
atropellar las leyes de la Naturaleza!
VIERA.
No te pareces á mí más que en la figura. Eres un sonámbulo, un
cata-humos, y te pasas la vida mirando á las estrellas, viendo la
fortuna pasar, rozándote las puntas de los dedos, sin que se te
ocurra oprimir la mano y atraparla. Podrías sacar partido inmenso de
tus relaciones, de tu buen parecer, de tu arte social, que no debe
servirnos sólo para divertir á los ricos, como los bufones antiguos
divertían á los reyes, sino para compartir con ellos el imperio del
mundo. La opulencia está en el deber de compartirse con el ingenio,
y cuando no lo hace de grado, hay que llamarse á la parte, como el
galleguito del cuento, diciéndole: «¿cuánto voy ganando?»
FEDERICO, _para sí_.
No le contesto, porque perderé la serenidad.
CLAUDIA, _entrando_.
Señores..., _almuercitis_. (_Cogiendo al chico de los brazos de
Joaquín._) Ven con tu madre, rey de los cielos y la tierra, ángel de
amor, hijo pródigo, patriarca de las Indias.
VIERA.
Lo que es éste no pasa, Claudia. Es muy bonito para ser de tu marido.
CLAUDIA, _soltando la risa_.
¡Qué cosas tiene el señor! Por estas cruces le juro que es de Pepe.
VIERA.
Vamos, que estás tú buena pieza... A la mesa. Tengo sobre mi cuerpo
toda el hambre española. (_Vase._)
FEDERICO, _abrumado_.
¡Que este hombre sea mi padre! ¡Ay!, me dió su rostro, me puso el
sello de su casta para que ni un momento pueda dejar de avergonzarme
de ser su hijo.

ESCENA IV
Comedor en casa de Orozco.
AUGUSTA, OROZCO, INFANTE, MALIBRÁN _y_ VILLALONGA, _sentados á la
mesa, almorzando_.
OROZCO.
¿Pues qué quería ese terco de Federico? ¿Que viviendo Clotilde como
vivía, fuese á pedir su mano un Hohenzollern ó un Habsburgo? Anoche
le vi tan excitado, que no quise contradecirle por no aumentar su
pena. Tuve con él la consideración de apoyar débilmente sus quejas;
pero ahora que no está presente, declaro que no tiene razón.
AUGUSTA.
Creo lo mismo. Mil veces le hablé de su hermana augurándole lo que ha
pasado. Mal que nos pese, somos arrollados por... la ola democrática.
¿Qué tal la figura? Lo que hay es que nos gusta más verla reventar en
la cabeza del vecino que en la propia.
MALIBRÁN.
Como figura del género balneario, no está mal. Eso lo aprendió usted
este verano en Arcachón... Pues volviendo á Federico, opino que es
un desequilibrado de marca mayor, aristócrata por las ideas y los
gustos, sin los medios materiales de que toda idea necesita disponer
para manifestarse dignamente. Absolutista por temperamento, reniega
de verse gobernado por el parecer de la multitud, y su orgullo
tropieza á cada instante con las garrulerías de la igualdad. Es una
contradicción viva, una antítesis...
AUGUSTA, _interrumpiéndole y burlándose_.
¡Jesús de mi vida, qué sabios venimos hoy!
MALIBRÁN.
Quiero decir que por efecto de esa radical contradicción entre la
época y el hombre, todos los actos de éste resultarán incongruentes,
no dará un paso que no sea un tropezón, y será al fin envuelto por la
ola de que antes nos hablaba usted, ya que no se decide á sortearla,
como hacemos los demás.
INFANTE.
Pues yo, sin meterme en filosofías, voy á dar noticias concretas.
Esta mañana se presentó en mi casa el trovador de Clotilde.
AUGUSTA, _con viveza_.
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