Oriente - 16

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en su enorme estela, nadan enjambres de peces de oro, al reproducirse
invertidos los palacios iluminados de ambas riberas.
Una noche alquilo un caique de un solo remero para recorrer el Bósforo á
la luz de la luna. Es noche de fiesta extraordinaria dentro del Ramadán:
la llamada «Noche de la Fuerza». Necesito llevar conmigo una
autorización de la policía, pues al ocultarse el sol está prohibido
circular sin permiso de una á otra orilla, y la vigilancia es tan grande
sobre el agua como en tierra.
¡La inolvidable excursión por el mar encajonado y silencioso! Al seguir
el Bósforo contra la corriente, la barca queda envuelta de pronto en un
nimbo de luz, viéndose como una figura de oro viejo el remero casi
desnudo, que jadeante mueve sus brazos junto á la proa. Es el resplandor
de un palacio de la orilla. El agua tiembla luminosa en torno de la
embarcación con ondulaciones doradas, como si transparentase una fiesta
de ondinas en las profundas entrañas del Bósforo. Después la barca
vuelve á sumirse en la sombra; las aguas son negras, casi invisibles,
adivinándose por los violentos vaivenes que imprimen á la ligera
embarcación y por el sordo chirriar de su corriente chocando con la
quilla y los remos. Y así, pasando de la sombra á la luz y del
resplandor á la obscuridad, vamos Bósforo arriba, bogando en lo
desconocido con cierta emoción al pensar en la profundidad de las aguas,
agrandada por el misterio, y en la fragilidad del esquife, balanceados
como una pluma por el sombrío elemento que se abre siempre ante nosotros
en la pavorosa lobreguez. En las lejanas orillas brillan luces, suenan
músicas y se adivina la presencia del gentío, como si las ráfagas
rumorosas de la brisa nos trajesen su respiración. En lo alto brilla la
luna, pálida y anémica al contrastar con las guirnaldas de oro de los
edificios.
De tarde en tarde, entre los palacios del Bósforo con sus estrellas y
sus lunas de colores, se adivina un edificio vagoroso que hunde en el
misterio azul sus tentáculos blancos. Es una mezquita. La discreta luz
de la lámpara del Mirab tiembla como una lágrima amarilla en las opacas
vidrieras, que parecen de un panteón.
La embarcación salta y gime en ciertos parajes, chapoteando su proa en
las aguas invisibles. Son las rudas corrientes del Bósforo que rugen en
los recodos y los estrechos. El remero sigue adelante con la confianza
del que ejerce su oficio. De pronto un ojo deslumbrante surge de la
obscuridad. Un haz de vivos resplandores viene de él, paseándose sobre
las aguas, á las que da una blancura funeraria. Es el reflector
eléctrico de un buque que marcha al Mar Negro. Pasa el monstruo obscuro
á corta distancia, con ojos deslumbrantes en las antenas, y otros ojos
rojizos y más tenues formando doble línea en sus flancos negros, donde
están los camarotes. El agua que desplaza su gigantesco vientre
arremolínase en este callejón marítimo, formando unas cuantas olas,
seguidas, cortas y violentas, que crecen y se prolongan hasta las
orillas, para morir en ruidoso asalto.
El caique, que parece de papel, salta y se acuesta en este remolino
negro, amenazando zozobrar. ¡Ya hay bastante! Ser tragado por el
Bósforo, á la vista de palacios iluminados, oyendo músicas y el ruido de
una muchedumbre que no puede enterarse de lo que ocurre en las aguas
obscuras, á cincuenta metros de distancia, es un final inaceptable.
Todas las semanas se traga víctimas este Bósforo de enorme profundidad y
orillas cortadas como á pico. De día, gentes que caen en los
desembarcaderos, aturdidas por el empuje de las muchedumbres que asaltan
los vaporcillos ó tranvías acuáticos; de noche caiques que zozobran. Y
estos turcos, familiarizados con el brazo de mar, que es la primera de
sus calles, no prestan atención á tales sucesos, y los periódicos apenas
si le dedican dos líneas... ¡Atrás!
Vamos ahora Bósforo abajo, siguiendo el impulso de la corriente. El
remero descansa, dando sólo de vez en cuando alguna paletada para no
abordar á la orilla. Otra vez saltamos de la luz á la sombra y de la
sombra á la luz, pasando ante los palacios de los parientes del sultán,
de los grandes pachás y de los buques de guerra otomanos, con sus
guirnaldas de luces que marcan todos sus contornos, bordas, palos y
chimeneas.
Nos aproximamos al palacio del ministro de Marina. La muchedumbre llena
el muelle. Grupos de mujeres con cerrado manto que van como colegialas
en ruta, haremes enteros, pasean entre el gentío, en esta noche de
libertad y de fiesta. Los vendedores de bebidas gritan pregonando sus
mercancías. La banda de música de un crucero toca bajo las ventanas de
Su Excelencia, y el público parece entusiasmado. No baila como en las
fiestas de Europa, pero su alegría infantil se desborda á impulsos de la
música amada, de la música popular, _La Mascota_, y sobre todo _La Gran
Vía_, de la cual el «coro de los marineritos» es insustituíble para el
populacho de Constantinopla.
Nos alejamos Bósforo abajo. Va amortiguándose el movimiento en las
orillas; las iluminaciones lucen solitarias en los muelles abandonados.
Una hora después desembarco, siguiendo á pie las calles pendientes que
conducen á las alturas de Bechik-Tach, donde están los palacios de los
principales personajes de Turquía.
Soledad completa. Todos los edificios están iluminados, las calles
envueltas en un resplandor rojizo que expulsa la sombra hasta de los
últimos rincones. En ambas aceras se elevan andamios con miles y miles
de linternas, formando dibujos inabarcables de cerca. ¡Luces y luces,
hasta donde alcanza la vista!... Y nadie: ni un hombre, ni un perro. Las
bestias vagabundas, acostumbradas á la lobreguez, han huido de la luz y
de la momentánea limpieza, buscando los callejones y solares donde se
amontona el estiércol.
Los pasos despiertan en las losas una sonoridad fúnebre. Se marcha como
en un ensueño. Pueden surgir facinerosos en esta soledad luminosa, y ser
uno asesinado, sin que de los palacios esplendorosos y mudos salga el
menor auxilio. Parece que los turcos, después de cubrir la ciudad de
luces, la han abandonado para siempre.
Todo buen musulmán se ha encerrado en su casa, aislándose del mundo. Es
la gran noche, la más dulce de las noches. ¡La Noche de la Fuerza!
El sabio Mohamed pensó en todo al legislar para su pueblo. Predicó la
guerra como elemento indispensable para sostener la vida; prohibió
manjares y líquidos incompatibles con la salud en un clima oriental;
elevó la limpieza y el agua á la categoría de dogmas, conociendo el amor
ancestral de la bestia humana á la suciedad y el abandono; y para que
sus pueblos no decreciesen, como les ocurre á ciertas naciones modernas,
decretó en nombre de Alláh la Noche de la Fuerza.
En esta noche, todo musulmán que tiene su compañera no debe dormir, sino
velar mientras le queden alientos. El buen creyente, con el pensamiento
puesto en Alláh y en la reproducción de su raza, debe gustar todos los
frutos que guarda su harem... mientras tenga dientes para ello. La
prescripción religiosa es severa é ineludible. El amor por orden del
Profeta: el supremo escalofrío como grata oración á Dios. Nadie se
escapa á este supremo mandato. El viejo trémulo, exprimido y seco por
largos años de poligamia, debe probar á cumplirlo (con probar nada se
pierde); el adolescente recibe la iniciación del misterio de la vida,
por obra de alguna esclava de la casa, y entusiasmado con la dulce
novedad de la ceremonia repite sus oraciones hasta que cae extenuado; el
hombre en plena virilidad hace un llamamiento á sus fuerzas y ora toda
la noche en diversos altares, con la convicción de que será grato á Dios
si el sol le sorprende ocupado todavía en tales ritos.
La piedad musulmana se exalta y sobrepasa en esta noche, queriendo cada
cual ir lo más lejos posible, para satisfacción de Alláh y orgullo de
las propias fuerzas. Y todos corren y corren por el camino del santo
deber, sin más pausa que la de los relevos, cambiando de montura para
enardecer su energía con el incentivo de la novedad, y llegando en el
sacro deporte á límites donde sólo pueden alcanzar el entusiasmo
religioso y el apasionamiento oriental.
Esta Noche de la Fuerza es la de la «Ceremonia del Pañuelo» en el Yildiz
Kiosk. Es vulgar la creencia de que los sultanes, desde hace muchos
siglos, cada vez que desean hablar aparte con una de sus innumerables
mujeres, la avisan arrojándola un pañuelo. Nada hay de esto. La
ceremonia del pañuelo existe, pero es sólo una vez por año: la Noche de
la Fuerza. Las tradiciones ordenan que en esta noche el Comendador de
los Creyentes, para cumplir el deber religioso como todas sus súbditos
musulmanes, sacrifique una doncella.
En un salón del harem imperial se alínea, bajo la mirada del Gran Eunuco
y sus tropas de negros, un centenar de vírgenes. Unas son esclavas de la
Circasia enviadas como regalo por los gobernadores de los _vilayetos_
asiáticos; otras, hijas de pachás, entusiastas del emperador, que
aprovechan esta ocasión para introducir la influencia de su familia en
los departamentos secretos del Yildiz Kiosk. Todas, esclavas y señoras,
confundidas en la igualdad femenil de las costumbres turcas, que no
reconocen más que dos rangos, la belleza y la fealdad, aguardan trémulas
la presencia del Gran Señor, sabiendo que en breves instantes puede
decidirse su suerte.
Aparece el _Padichá_. Con ojos impasibles examina la fila, el Gran
Eunuco secretea en su oído, y al fin arroja con indiferencia el
pañuelo... ¡Cualquiera! Su tranquilidad es igual á la del católico que
todos los domingos va á misa, sabiendo que es un espectáculo santo, pero
sin emoción alguna. La ha oído tantas veces, que no encuentra en ella el
encanto de la novedad.
¡Pobre Abdul-Hamid! ¡Augusto Comendador de los Creyentes, con sus
sesenta años bien contados!... Me lo imagino en esta noche, á puerta
cerrada con la virgen, hermoso potro, bello y salvaje, con el fuego de
los pocos años y el deseo de agradar, excediéndose en toda clase de
iniciativas. El majestuoso _Padichá_, que tal vez lleva ocupado el
pensamiento por alguna nueva reclamación de los embajadores de las
potencias, tiene que pasar una noche, por deber religioso, junto á esta
primavera ardiente, que vela junto á él, excitada y nerviosa. Sus
preocupaciones de gobernante, sus pensamientos de Felipe II, papelista
enterado minuciosamente de todo lo que ocurre en su vasto imperio, le
preparan mal indudablemente para estas encerronas, ordenadas por el
Profeta. La soberana de una noche sonríe invitadora con sus labios
coloreados de carmín, levanta la mirada de sus ojos agrandados por la
pintura negra, saca incitante las curvas de su cuerpo en celo... pero al
tender sus manos encuentra ¡ay! el ánimo del Gran Señor flácido y
desmayado, como el pañuelo simbólico.
Pensando en estos desastres y tormentos, impuestos por el deber
religioso, que no tiene en cuenta edades ni circunstancias, sigo las
calles iluminadas y silenciosas, acompañado únicamente del eco de mis
pasos. ¡Nadie! ¡Siempre ante mí la soledad, roja y brillante! Pueden
robarme, pueden matarme sin que al sonar mis gritos se abra una ventana
ó una puerta de estos palacios luminosos. Sus habitantes están demasiado
ocupados para fijarse en lo que ocurre en la calle.
El palo del sereno chocando contra las baldosas no altera esta noche el
silencio profundo del barrio señorial. También para él, musulmán
fervoroso, es esta noche la de la Fuerza. Los ladrones, los vagabundos
deben igualmente estar dedicados á la santa ceremonia. Allá lejos, en la
depresión del terreno por donde corren las aguas del Cuerno de Oro, el
cielo tiene resplandores de incendio y se eleva un zumbido de colmena
gigantesca. El populacho sigue divirtiéndose en Stambul y Galata.
Voy hacia allá, por las calles abandonadas, muertas y luminosas, como si
marchase por una ciudad fantástica, mirando con despecho las puertas
cerradas, pensando con cierta amargura en la fría cama del hotel que me
espera, lamentando mi condición de mísero _giaour_, de despreciable
cristiano, que me hace vagar triste é inútil en esta noche de la
abundancia hasta el desfallecimiento: la santa Noche de la Fuerza.


XXXIII
La entrada en Europa

¡Adiós, Constantinopla!
En plena noche atravieso por última vez el Gran Puente, sintiendo como
caricias amistosas de despedida los estremecimientos y saltos que
imprimen al carruaje los tablones de la plataforma. El Cuerno de Oro es
una zanja profunda y brumosa, en la que brillan los ojos inflamados de
las embarcaciones. Enfrente, el venerable Stambul recorta su silueta
negra de cúpulas y minaretes, sobre un cielo esfumado, en el que brilla
pálida la luna menguante. Las luces del Ramadán parecen flotar en el
espacio como constelaciones perdidas.
¡Adiós!
Hace más de un mes que vivo en estos lugares á los que nada me une, ni
el nacimiento, ni la raza, ni la historia, y sin embargo, la partida es
melancólica y penosa.
Cuando se viaja se abandonan las ciudades, por gratas que sean, con un
sentimiento de alegría. Es la curiosidad que se despierta de nuevo, el
instinto ancestral de cambio y movimiento, que llevamos en nosotros como
herencia de nuestros remotísimos abuelos, nómadas incansables del mundo
prehistórico. ¿Qué habrá más allá? ¿Qué nos espera en la próxima
etapa?...
Pero al partir de Constantinopla, este sentimiento alegre y curioso se
amortigua y desvanece. Por interesante que sea lo futuro, no llegará á
serlo tanto como el presente. La Europa occidental, con sus ciudades
cómodas y uniformes, seguramente que no puede borrar el recuerdo de esta
aglomeración de razas, lenguas, colores, libertades inauditas y
despotismos irresistibles, que ofrece la metrópoli del Bósforo.
¡Adiós!... Y á la melancólica despedida se une la incertidumbre del
porvenir, la sospecha de que no volveré á contemplar estos lugares
amados, de que las circunstancias de mi vida harán que ésta se extinga
antes de poder cumplir mi deseo.
Al recuerdo de Constantinopla va unido el del mar de Mármara con sus
aguas tranquilas y verdes, por cuyas transparentes entrañas pasan
flotando las medusas como un desfile de paraguas de nácar. Recuerdo
también las poblaciones del Asia Menor, que acabo de visitar, Mudania y
Brussa, ciudades puramente turcas, donde vive el musulmán sin nada de
europeo que desfigure y envilezca su existencia. Algún día hablaré de
Brussa, la de la Mezquita Verde, edificada por alarifes de la Andalucía
musulmana: Brussa, la de las sedas brillantes como oro, la Granada
turca, dormitando al pie del Olimpo de Bitinia, frente á una vega
situada á muchos centenares de metros sobre el nivel del mar y
eternamente frondosa, lo que hace que los otomanos la llamen con orgullo
_Brussa la Verde_. Y también hablaré, en una novela, del barrio de
Galata en Constantinopla, «el barrio de los españoles», como lo titula
la topografía popular, donde veintiocho mil judíos que se apellidan
Salcedo, Cobo, Hernández, Camondo, etc., emplean en el seno de la
familia un castellano arcaico que es la lengua sagrada, el medio de
comunicación para librarse de la vigilancia de los enemigos.
--¡Ah, Espania! ¡La bella Sión de Occidente! Los míos, los viexos,
baxaron de allá.
Los cuentos que entretienen á la familia en las noches de sábado,
leyendas de enormes tesoros enterrados, tienen siempre por escenario la
lejana España, país fantástico del que hablan los patriarcas á los niños
con grave misterio, como hablamos nosotros de Bagdad, la de _Las mil y
una noches_. Y en las fiestas israelitas, las viejas descuelgan los
panderos y entonan con sus bocas desdentadas villancicos del siglo XV,
aprendidos por sus abuelas en Toledo, que fué como el París del mundo
judío.
Abandono Constantinopla después de pasar por las innumerables
ceremonias del pasaporte, que son aquí tan precisas para salir del país
como para entrar. Rueda el tren durante la noche por las desoladas
llanuras de la Tracia. Al amanecer estamos en Rumelia y después en
Bulgaria. Se acabaron los gorros rojos. Los soldados que ocupan los
andenes de las estaciones ó acampan en tiendas grises al pie de alguna
loma, van vestidos á la rusa. Los campesinos, con una tiara negra de
piel de oveja y rudas abarcas, marchan por los caminos amarillentos,
ante los tardos bueyes que arrastran unas carretas chirriantes de ruedas
macizas. Al cerrar la noche atravesamos Servia, y al lucir de nuevo el
sol estamos en tierra húngara.
Nos aproximamos á Budapest, á las verdaderas puertas de la Europa
europea.
Es la hora del almuerzo. En el vagón restaurant, que va á la cola del
tren, nos juntamos los viajeros del exprés de Constantinopla, gentes de
diversas nacionalidades. Ocupo una mesa con dos viajeros desconocidos y
una señora rubia y elegante, sentada frente á mí. Silencio absoluto ó
lacónicos ofrecimientos de platos, con esa reserva cortés y fría de los
que van por el mundo y no saben quién pueda ser su compañero de mesa. El
almuerzo toca á su fin. Tomamos el café. Por el cristal de la ventanilla
veo pasar barriadas de casas blancas con grandes anuncios. Se adivina la
proximidad de una enorme población. Debemos estar en las afueras de
Budapest. Veo un cartel de teatro, impreso en magyar, del cual sólo es
inteligible para mí el título de la obra, _Carmen_.
De pronto un choque, un tropezón gigantesco contra un obstáculo. Luego,
la milésima de un segundo, que nos parece un siglo, y durante este
espacio nos contemplamos todos con los ojos desmesuradamente abiertos, y
en ellos una expresión loca de espanto. Á continuación el rudo
movimiento de retroceso que lo desordena todo, que lo rompe todo, que
nos hace saltar y rodar en medio de una lluvia y un estrépito mortales.
Es mediodía; luce el sol; el cielo es azul, sin una nube, y sin embargo,
nos sentimos ciegos, como si hubiésemos caído en plena noche.
La mesa en que estamos rompe con la violencia del retroceso los goznes
de bronce que la unen á la pared del vagón. Rueda sobre mí con sus
platos, tazas y cafeteras y me arroja al suelo. Siento sobre el pecho su
doloroso filo, á más del peso de la señora de enfrente y otros cuerpos
que se agitan con el pasmo del terror.
Pasan unos instantes brevísimos, pero la imaginación los llena
vertiginosamente, poblándolos de miedos y esperanzas como si fuesen
años. ¿Estaré herido? ¿Qué se habrá roto en mi organismo? ¿Iré á morir
pasado el primer aturdimiento? ¿Qué encontraré en mí cuando llegue á
incorporarme?...
Me levanto. Un pie se me hunde en una cosa blanda y elástica, envuelta
en paño azul con botones de oro. Es el vientre del camarero que nos
servía momentos antes. Está de espaldas, con los brazos en cruz, los
ojos agrandados por el espanto, y no se mueve del suelo á pesar de mi
pisotón.
Frente á mí se incorpora la señora, que parece haber envejecido en unos
instantes; pálida, con amarillez de cirio; los rubios cabellos en
desorden, el sombrero aplastado, las facciones afiladas y trémulas por
la emoción.
--No somos más que una porquería--dice en francés.
Tal vez fué la influencia del momento, pero juro que jamás he oído una
frase tan _profunda_ y tan justa.
Al mirar en torno no conozco el comedor. Todo roto, todo demolido, como
si un proyectil de cañón hubiese pasado por él. Cuerpos en el suelo,
mesas caídas, manteles rasgados, líquidos que chorrean, no sabiéndose
ciertamente lo que es café, lo que es licor y lo que es sangre; platos
hechos trizas y todos los cristales del vagón, los gruesos cristales,
partidos en láminas agudas, esparcidos como transparentes hojas de
espada.
Instintivamente arranco de la espalda de la señora una especie de puñal
de vidrio clavado en su corsé. Es un fragmento de la luna que estaba
detrás de ella. Un poco más arriba, y queda degollada en el sitio.
Sin saber cómo, me veo pisando tierra, corriendo á lo largo de la vía,
junto á un talud altísimo. Otros viajeros corren también, tropezando en
los guijarros. Un hervor gigantesco llena el espacio de humo, viéndose
entre sus vedijas el caserío blanco de Pest en una montaña. El vapor se
escapa con un chirrido de sartén enorme. Llegamos á la cabeza del tren,
que parece haberse desdoblado, y vemos dos locomotoras caídas y
mugiendo, como dos toros que acaban de embestirse, desplomándose
moribundos. A un lado nuestro tren; al otro lado un largo rosario de
vagones de mercancías. El encuentro ha sido en lo más hondo de un
desmonte, bajo un puente de madera que desaparece entre la humareda de
las dos máquinas heridas de muerte. Unas vagonetas cargadas de
materiales de construcción se han roto, esparciendo á ambos lados de la
vía, entre las ruedas sueltas y retorcidas, una cascada de yeso y de
ladrillos.
Los dos primeros vagones de nuestro tren ya no existen. Son á modo de
acordeones cerrados por el choque, con pliegues trágicos que dan un
escalofrío de terror. Como ocurre casi siempre... de tercera clase. El
furgón de los equipajes es un amasijo de maderos y hierros, que á cada
estremecimiento del tren moribundo vomita maletas y cofres. Hombres
sangrientos que aun no se han dado cuenta de sus heridas, corren
excitados por la emoción y gritan en magyar, en alemán, en servio, en
turco. Los empleados se mueven, queriendo servir de algo, pero sin saber
ciertamente por dónde empezar. Siguiendo el impulso de los demás,
intento subir á los vagones demolidos. Al poner el pie en la rota
plataforma chapoteo en algo negro, que es líquido y sólido á un tiempo.
Una mosca revolotea ansiosa sobre este banquete de sangre y piltrafas,
anunciando la llegada de sus compañeras. ¿Para qué añadir el horror á la
emoción sufrida?...
Recojo mis dos maletas y subo el talud, para salir cuanto antes de esta
zanja maldita. Al verme arriba me asombro de la fuerza nerviosa que da
la emoción, de la ligereza con que he subido cargado por la ruda
pendiente.
Me siento al borde del declive sobre mi equipaje y quedo en una
insensibilidad estúpida, aturdido, sin saber qué hacer, contemplando los
restos de la catástrofe, viendo cómo el humo rojizo de las locomotoras
empieza á incendiar el puente de madera.
Por todos los caminos de la campiña llegan corriendo grupos de húngaros
melenudos. De las casas inmediatas salen mujeres. Abajo aumenta el
número de los que se agitan junto á los dos trenes y penetran en los
vagones demolidos.
Una catástrofe estúpida. En la estación de Budapest han dejado salir un
tren de mercancías á la hora en que diariamente llega el tren de
Constantinopla. Esto pasa en la Europa central, la de los grandes
ferrocarriles organizados militarmente, y nadie parece indignado... ¡Y
después hablamos de las «cosas de España»!...
Veo de pronto sombras que se interponen ocultándome la luz del sol. Son
mujeres húngaras, con sus chiquillos: buenas mozas, gordas, morenotas y
ventrudas, que visten batas de percal y llevan el pañuelo de seda
formando visera sobre los ojos, lo mismo que las chulas de Madrid.
Sienten la curiosidad de los grandes sucesos, la necesidad de rozarse
con alguien que ha visto el peligro de cerca, y me hablan en su idioma
ininteligible, mirándome con simpática compasión. Adivino que me
preguntan si estoy asustado; se asombran al verme entero, sin un
rasguño, sin una gota de sangre. Una joven se empeña en hacerme beber un
vaso de agua. Una vieja, arrugada y negra como una gitana, me pasa las
manos por el rostro con sonrisa de bruja bondadosa.
El puente es una gran llama que esparce intenso hedor de madera vieja.
La muchedumbre se agita con vaivenes de audacia y de miedo. Estupendas
noticias la conmueven, haciéndola huir talud arriba en espantoso
desorden. ¡Que las locomotoras van á estallar!... ¡Que el tren contiene
dinamita!... Se esparcen con pánico de rebaño, pero transcurridos
algunos minutos, la curiosidad tira de ellos otra vez, y descienden la
cuesta para mezclarse con los empleados y trabajadores, dificultando las
operaciones de salvamento.
Ha transcurrido cerca de una hora. Por un camino se ve avanzar al galope
un escuadrón de caballería. Por otros se presentan compañías de
infantería y escuadras de polizontes. Llegan carruajes cerrados, con el
escudo de la Cruz Roja. Empiezan á descender camillas por la cuesta del
desmonte.
De los fúnebres acordeones de abajo salen grupos de hombres arrastrando
bultos inánimes. Uno... dos... tres... cuatro... cinco. ¡Cuándo acabará
esa extracción horripilante! Junto á mí pasan hombres y mujeres
sostenidos en brazos y con la cabeza entrapajada. Unos la dejan pender
sobre los hombros vecinos con mortal desmayo; otros gimen con palabras
extrañas que no puedo entender.
La caballería da una carga á la muchedumbre curiosa, para limpiar los
alrededores. Los infantes austríacos entran á la bayoneta, con furiosos
gritos de los oficiales y victorioso tremolar de sables.
Las mujeres se apelotonan en torno mío, como si mi calidad de víctima
las sirviese de amparo para permanecer en su sitio... ¿Por qué sigo
aquí? ¿De qué sirve mi presencia?
Me restriego el pecho, contusionado por el choque de la mesa y el peso
de mis vecinos. El costillaje me duele cada vez más, al desvanecerse el
primer aturdimiento de la emoción. Escupo sin cesar, pensando medroso en
el color púrpura... No; no hay nada roto.
Empleando el idioma universal de la mirada y la seña, coloco una de las
maletas en la cabeza de un muchacho, me defiendo galantemente de las
mujeres que quieren encargarse de la otra, y escoltado por estas amigas,
que hablan y hablan sin descorazonarse ante mi silencio, emprendo la
marcha, al través de campos recién labrados y movedizos, hacia un camino
por el que veo pasar un tranvía eléctrico.
¿Para qué permanecer aquí, donde á nadie conozco y nadie me entiende?
Voy á Budapest á tomar otra vez el tren, que me inspira un pánico
invencible.
Y así entro en la verdadera Europa, á pie, al través de los campos,
llevando mi hato al hombro, lo mismo que un invasor oriental de hace
siglos, atraído por los esplendores de Occidente.
FIN
Agosto-Noviembre 1907.
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