Oriente - 15

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por las maravillas de Constantinopla al llegar de su lejana aldea de
Asia, todo lo cree posible, y escucha sin pestañear las más estupendas
mentiras, limitándose á un mugido de asombro. Sobre su puro cerebro,
surgen como débiles eflorescencias muy contadas ideas. Sólo indiscutible
considera que Mohamed es el Profeta de la verdad, el _Padichá_ el
monarca más poderoso de la tierra, y los turcos los hombres más
valerosos del mundo. Fuera de estas creencias, inconmovibles, lo demás
lo acepta sin discusión, con la indiferencia de un pensamiento que no
quiere darse el trabajo de funcionar.
Un Viernes Santo, cierto soldado turco, falto de distracción, sintióse
atraído por una gran puerta del barrio de Pera. Entraba y salía el
gentío europeo al través de ella, y en el fondo brillaban luces, como
estrellas rojas en un cielo negro. Era un templo católico. El soldado
entró, erguido el fez sobre la frente, llevándose á él una mano con
expresión de respeto y examinando impasible los altares enlutados y el
traje sombrío de los fieles.
Un europeo, de carácter alegre, conocedor del idioma turco, se unió á él
para gozarse en su estupefacción y su ignorancia.
--¿Quién es ese?--preguntó el soldado señalando un cadáver tendido en
rico lecho, cerca del altar mayor.
--Ese es Jesús que ha muerto. ¿Tú conoces á Jesús?... Jesuhá, el amigo
de Mohamed, el hijo de María.
El mocetón, tras larga pausa reflexiva, movió la cabeza.
--¡Ah!... Jesuhá... hijo de Miryam... amigo de Mohamed... Conozco--dijo
al fin, con la concisión del idioma turco.
Se acercó para contemplar de más cerca el sagrado cuerpo, y así
permaneció mucho tiempo en rígida actitud de respeto, como si estuviese
en presencia de su coronel. Sus ojos parecieron conmovidos al fijarse en
las heridas sangrientas.
--¿Lo han matado?--preguntó.
--Sí; lo han matado.
--¿Quiénes?...
--Los judíos.
El buen osmanlí hizo un gesto como si no le sorprendiese la noticia.
¡Los judíos! ¡Las gentes malditas que viven allá en el barrio de Galata!
¿Quiénes otros podían ser?...
--¡Pobre Jesuhá!... ¿Y cómo fué?
El europeo, animado por la grave credulidad del turco, creyó del caso
aumentar aun más su estupefacción.
--Iban juntos de camino, Mohamed y Jesuhá, predicando la gloria de Dios.
Salieron los judíos á su encuentro. Mohamed pudo huir, pero el pobre
Jesuhá, como era más débil, fué asesinado, y ahí le tienes.
Quedó en silencio el soldado.
--¿Y los judíos querían matar á Mohamed?...
El europeo lo afirmó varias veces, gozándose en las exclamaciones de
asombro del crédulo mocetón.
--¡Ah! ¡Mohamed! ¡Querer matarle!
Cansado de contemplar el cadáver de Jesuhá y las gentes que se
arrodillaban para besarle los pies, el soldado salió á la calle.
Los turcos tienen un sentido especial para reconocer al judío, aunque se
vista á la europea. Lo olfatean, lo adivinan al través de toda clase de
disfraces. Á los pocos pasos tropezó con un israelita. Impávido, con su
flema de oriental, levantó el puño, y rodó el judío por el suelo con el
rostro lleno de sangre. Un puñetazo de osmanlí es terrible. «Fuerte
como un turco», dice el proverbio.
Se arremolinó la gente, surgieron en un instante numerosos
correligionarios del caído, pues los israelitas están en todas partes
para ayudarse, y la policía militar se apoderó del agresor, llevándolo
al cuartel entre las vociferaciones y lamentos de la muchedumbre judía.
En el cuarto de banderas, los oficiales se asombraron del suceso. ¡Un
buen soldado, que nunca había dado motivo de queja! «¿Por qué has hecho
eso?»
El mozo, intimidado en presencia de sus superiores, balbuceó como el que
repite una lección:
--Mohamed y Jesuhá iban juntos... Salieron judíos y mataron á Jesuhá...
Mohamed huyó porque es fuerte y tiene buenas piernas. ¡Pero si llegan á
alcanzarlo!...
Y como los oficiales rompieran á reir, asombrados de tanta simplicidad,
el soldado añadió con la fe del buen creyente:
--Yo lo sé... Yo lo he visto.


XXXI
Restos de Bizancio

La _At Meidan_, ó «Plaza de los Caballos», es el antiguo Hipódromo de
Bizancio. Antes que el sultán Mahmoud reformase la vida turca á
principios del siglo XIX, aquí venían los _itchoglans_ ó pajes del
Serrallo á ejercitarse en el manejo de la jabalina. Aquí también, en
esta plaza, teatro tantas veces de las revueltas de los jenízaros, acabó
el enérgico sultán con la terrible milicia que después de haber salvado
á Turquía hacía imposible su existencia. Fué en 1826. Mahmoud dió á los
jenízaros un gigantesco banquete en la Plaza de los Caballos, y á los
postres cerráronse todas las bocacalles con regimientos fieles y
numerosas baterías. Los cañones vomitaron metralla sobre la plaza, y en
unos cuantos minutos perecieron aquellos guerreros feroces que habían
hecho temible en Europa el nombre de Turquía.
La plaza es un rectángulo prolongado, que comunica por uno de sus
extremos con otra plaza más pequeña, donde está Santa Sofía.
_At-Meidan_ es el Agora del viejo Stambul. En los cafetuchos y pequeños
puestos de la plaza se reunen á charlar tomando café ó pasando las
cuentas del rosario los turcos más turcos de la ciudad; los
tradicionalistas de grueso turbante y caftán multicolor, los derviches
silenciosos de capa parda y gorro de fieltro, los imanes jóvenes, de
rostro ascético, vestidos de negro, que permanecen con la mirada fija en
el espacio, como si contemplasen la gloria de Alláh.
Todo un lado de la gran plaza lo ocupan un gran cuartel y el palacio de
Justicia, flanqueado de sombrías prisiones. En el lado opuesto está la
mezquita del sultán Ahmed, la más grande de Constantinopla por el
terreno que ocupa, rodeada de muros con rejas que dejan ver los patios y
jardines interiores, y coronada por seis minaretes blancos, altísimos y
sutiles, con remates de oro.
En el centro de la plaza, siguiendo una línea que marca la divisoria de
las antiguas arenas del Hipódromo, mantiénense en pie tres monumentos
interesantes de la antigüedad: el Obelisco de Teodosio, la Columna
Serpentina y la Pirámide Murada.
El Obelisco de Teodosio es padre venerable del de la plaza de la
Concordia de París y de todas las agujas egipcias que adornan jardines
en Inglaterra y los Estados Unidos. Fué el monarca bizantino el primero
á quien se le ocurrió aprovechar para su propia gloria los monumentos
con obscuros jeroglíficos extraídos del misterioso Egipto. Este
Obelisco, enorme aguja de granito rosa, fué traído de Heliópolis y
erigido en el centro del Hipódromo, sobre una base esculpida en honor de
Teodosio. La base aun subsiste con sus altos relieves, que apenas han
sufrido desgaste después de una existencia de diez y seis siglos. Las
lluvias y el aire, más que la irreverencia de los hombres, han roído los
salientes de las figuras, achatando sus rostros. Las escenas de la vida
pública de Bizancio hace mil seiscientos años reviven en este monumento.
En una de sus caras, Teodosio, con su esposa y sus hijos Arcadio y
Honorio, muéstrase rodeado de toda la pompa oriental. Los cortesanos se
prosternan á sus pies, y en el fondo, como espeso bosque, agrúpanse las
lanzas de los pretorianos. En otra cara aparece erguido en el palco
imperial, presidiendo los juegos del Circo. En otra recibe el homenaje
de los enviados extranjeros. Y junto á estas escenas de la vida
bizantina, vense esculpidas las máquinas, las grúas, los primitivos é
ingeniosos artefactos que sirvieron en aquella época para erigir la
pesada mole.
Algunos metros más allá álzase la Pirámide Murada, triste ruina que hace
sonreir cuando se piensa en su pretencioso origen. El emperador
Constantino Porfirogente, al erigirla, la llamó el Coloso, afirmando que
era digno rival del de Rodas; pero hoy del pobre Coloso sólo queda un
obelisco de piedra vulgar, sin adorno alguno. En otros tiempos estaba
revestida, desde la base hasta el vértice, de gruesas láminas de bronce,
que ciertamente le darían un aspecto deslumbrador. Pero llegaron los
guerreros de la cuarta Cruzada, soldados de Dios que hicieron más daño á
Constantinopla que los turcos, y tomando el bronce por oro, despojaron á
la pirámide de su envoltura, dejándola en su desnudez actual.
De los tres monumentos del Hipódromo, el más antiguo é importante es la
llamada Columna Serpentina. Maltratada por los hombres y los siglos;
reducida á una tercera parte de su altura, rota y casi informe como un
andrajo del pasado, da sin embargo la impresión de esos monumentos
venerables en los que se admira más lo que no se ve que lo todavía
visible. El suelo del Hipódromo, con las ruinas de la ciudad, el paso de
los siglos y los temblores de tierra, se ha elevado más de tres metros,
y la columna famosa, lo mismo que los otros monumentos del Hipódromo,
está á cierta profundidad, en el fondo de un hoyo rodeado de barandilla.
Esta columna es el monumento más auténtico é importante que poseemos de
la antigüedad griega. Fué fundida en Atenas para conmemorar la victoria
de Platea sobre los persas, y la colocaron en el templo de Delfos,
frente al gran altar. Representaba tres serpientes de bronce enlazadas
tan estrechamente, que formaban á modo de un solo reptil, con tres
cuerpos y tres cabezas. Los nombres de todas las ciudades griegas que
tomaron parte en los gloriosos combates de Salamina y Platea, figuraban
grabados en ella. Un trípode de oro consagrado á Apolo reposaba sobre
las cabezas de las tres serpientes. Este trípode fué robado por los
focios, pero la columna mantúvose intacta en Delfos hasta los tiempos de
Constantino, en que éste la arrancó de la tierra sagrada de Grecia para
embellecer su nueva ciudad del Bósforo.
Las mutilaciones de la Columna Serpentina datan de muchos siglos. El
fanatismo cristiano de los bizantinos se ensañó en el monumento, viendo
en las tres serpientes una obra del demonio. Varias veces el populacho
la atacó con palos y piedras. En tiempos del emperador Teófilo, el
patriarca de Constantinopla vino cauteloso una noche, y á martillazos
rompió las cabezas de los reptiles. Solamente pudo destruir dos. Siglos
después la superstición musulmana reemplazó al fanatismo cristiano.
Al entrar Mohamed II vencedor en Constantinopla, sobre su caballo
ensangrentado, ebrio de cólera y de matanza, llegó á la plaza del
Hipódromo, deteniéndose ante la triple serpiente, á la que tomó por un
ídolo de los vencidos. ¡Pueblo execrable de infieles, adoradores del
demonio!... Y lanzó su maza de guerra con tal fuerza contra la bestia,
que partió la única cabeza que aun se mantenía intacta. Después de este
acto--según cuenta la tradición turca--, una invasión de serpientes
vivas se esparció por Constantinopla, y el pueblo, poseído de
supersticioso terror, respetó y reparó el monumento. Pero los ladrones
acabaron la obra destructora de la superstición. La columna tentó su
codicia, se dedicaron á robar fragmentos de ella, y fué vendido como
vulgar metal el bronce contemporáneo de Temístocles, que aun conservaba
legibles los nombres de las treinta ciudades griegas que tomaron parte
en la guerra contra los persas, las mismas que menciona Plutarco.
Para encontrar otros vestigios de la dominación bizantina en esta
Constantinopla modificada por los turcos, hay que salir de ella y seguir
el extenso recinto de sus murallas.
Más de ocho kilómetros de longitud tienen las antiguas fortificaciones
de Bizancio. Se sale de Stambul en ferrocarril, y el tren atraviesa
extensas campiñas con pueblos que no son más que barrios apartados de
Constantinopla. Desde la ventanilla del vagón se ven tierras desoladas,
pedazos de desierto, cementerios que se pierden de vista con sus
pequeñas tumbas blancas y apretadas, como un rebaño inmóvil que en vano
busca un hierbajo en la tierra árida. ¡Y todo este suelo muerto, hollado
muy de tarde en tarde por los pies del hombre, fué la antigua
Bizancio!...
El tren, después de detenerse en varias estaciones, llega al lugar de
donde arrancan las murallas, á orillas del Mármara, para extenderse
hasta las riberas del Cuerno de Oro, formando una línea de ocho
kilómetros en la parte más ancha de la península triangular.
Al descender del vagón el viajero cae en una soledad de cementerio.
Míseros bancales mal cultivados vegetan á la sombra de las murallas, que
son enormes, rojizas, con profundos socavones, más semejantes á restos
de un cataclismo geológico que á obra de los hombres. Los torreones que
antiguamente la flanqueaban son informes montículos por los que trepan
las plantas parásitas huyendo del matorral que rodea sus bases como una
inundación sombría y pinchosa. Sobre sus plataformas, semejantes á bocas
viejas, en las que sólo queda el diente aislado de algunas almenas,
crecen higueras salvajes, árboles silvestres que tienen siglos, parias
de la vegetación que hunden sus raíces en sillares y argamasa y viven de
chupar el jugo de la piedra; parasoles verdes y frondosos que agitan su
cúpula bajo el viento de la estepa, en esta soledad, libres del hombre.
La llamada Torre de Mármol descuella en la confusión de escombros rojos
y obscura hojarasca, con el brillo de su nítida blancura. Está en la
orilla del mar, ó más bien dicho, en el mismo mar. La emanación
salitrosa del agua azul, el paso de los siglos, las inclemencias del
cielo no han conseguido empañar ni modificar su blancura. La torre
parece sonreir al reflejarse invertida en la glauca entraña del Mármara
que riza sus blancos contornos. Los sillares son de pilastras de remotos
templos, de columnas griegas, de lápidas sagradas. Vista de lejos
parece de una sola pieza. De cerca revela el origen de sus materiales,
en las inscripciones, los capiteles y las estrías arquitectónicas que
aun se marcan en sus diversos sillares. Parece el fantasma gracioso de
Bizancio surgiendo entre la destrucción, obra de siglos, y el
aniquilamiento, obra del invasor. Su cúspide está limpia de melenas
vegetales. Las semillas silvestres no han encontrado jugo vital en el
pulido mármol. Abajo los blancos cimientos se hunden en las aguas
profundas y las algas agarradas al mármol forman una cabellera verde y
ondulante. _¡Chap!... ¡chap!_ susurran las olas del Mármara, con lento
compás, al batir esta torre desde hace más de mil años; y los largos
filamentos verdes se rizan estremecidos á cada vaivén de las aguas, y
arriba responden las cigarras y los abejorros rozando sus chirriantes
élitros en la rumorosa soledad. Y así vivirá aún, siglos y siglos, la
Torre de Mármol, blanca como un panteón, olvidada de los tiempos en que
lucían á sus pies las lanzas de los guerreros bizantinos, entraban en
sus cámaras las damas del Bajo Imperio arrastrando túnicas bordadas, con
escenas bíblicas. Apenas si presume ya este venerable monumento que
existe el hombre. La vida humana sólo va á su encuentro de tarde en
tarde, en forma de algún pelotón de viajeros que la fotografía de lejos.
Ninguna nave atraca junto á sus muros, que aun guardan vestigios de
anillas de bronce. Los barcos modernos son para ella leves manchas de
humo que resbalan por el lomo remoto del mar solitario.
¿Cómo describir la gigantesca y aplastante monotonía de las murallas que
partiendo de aquí van á buscar las aguas azules al otro lado de
Stambul?... Media jornada se invierte en el viaje á lo largo de este
recinto que un día fué la más imponente de las fortificaciones de la
tierra, y hoy, visto de lejos, da la sensación de una barda de corral
arruinada. Se marcha durante horas y horas viendo siempre á la derecha
el murallón rojizo, flanqueado de torres. Á trechos, la obra está entera
y ofrece un aspecto majestuoso: más allá cae en ruinas, y por las
brechas se ven terrenos yermos ó blancos cementerios. Las puertas
antiguas que aun abren paso entre los dos desiertos, á un lado y á otro
de la muralla, parecen gargantas del vacío. La soledad y la muerte por
todas partes. Á la izquierda, la tierra es una inmensa necrópolis. Los
turcos ricos buscan su tumba en la santa colina de Eyoub, en los
cementerios próximos al Bósforo ó en el inmenso de Scutari. Aquí vienen
á pudrirse los pobres, los esclavos, los griegos, los armenios, todos
los que no tienen fortuna ó una familia que vele por ellos.
Inmenso el cementerio, sin tapias que lo limiten ni escaseces de terreno
que obligan á amontonar un cadáver sobre otro, cada muerto goza como
dueño absoluto su pedazo de tierra; cada ficha funeraria marca sólo un
cuerpo, y la necrópolis se extiende hasta perderse de vista,
confundiendo sus mojoncillos de piedra con la línea del horizonte.
Parece que un ejército incalculable, superior á toda imaginación,
millones y millones de muertos, envuelven en apretado bloqueo á la
ciudad antes de asaltar sus muros.
¡Los cementerios turcos!... En el corazón de Constantinopla, en el mismo
barrio europeo de Pera, existen aún, sin que el transeunte se sienta
impresionado al pasar junto á ellos. La muerte no tiene en Turquía el
aspecto horripilante que en los países occidentales. Los que sobreviven
recuerdan al difunto amado á todas horas, le lloran, pero nunca se les
ocurre visitar la tumba que guarda sus despojos y cubrirla de adornos
repugnantes. Este pueblo sabe que el ser perdido no está ya en la
tierra, que su verdadera esencia no es lo que se pudre en el suelo, y
olvida la tumba, no imitando á las gentes cristianas, extraños
espiritualistas, falsos charlatanes de la inmortalidad del alma, que
rinden á la materia en descomposición y al pelado esqueleto un culto
casi igual al que los egipcios tributaban á sus momias.
Este olvido de los cuerpos da á los cementerios turcos el majestuoso
encanto de la verdadera soledad. Los de Constantinopla y Stambul se ven
frecuentados, porque sus arboledas y kioscos los convierten en lugares
de recreo; pero los cementerios de los grandes muros son el verdadero
campo de la muerte, el desierto de la nada. Se caminan leguas sin
encontrar un ser viviente. Hasta los pájaros huyen espantados por la
falta de vegetación: hasta los lagartos emigran de esta tierra seca,
donde apenas crecen hierbas. Sobre el suelo no se ven más que tumbas y
tumbas, todas semejantes, todas pequeñas, con una sobriedad serena y
tranquila que despoja á la muerte de su aparato terrorífico. Son simples
láminas de mármol, anchas y semicirculares por arriba, y estrechas
abajo, clavadas en el suelo: una especie de corazones muy prolongados.
El remate de cada uno de estos mojones indica el sexo y la calidad del
cadáver. Las tumbas de las mujeres tienen esculpido en lo alto un grupo
de flores; las de los sacerdotes un turbante; las de los simples
ciudadanos un fez. Cuando la tumba es reciente, las flores están
pintadas de oro y los gorros de rojo: las inscripciones de plácida
resignación brillan doradas sobre un fondo verde, pero esto dura poco.
Las lluvias y el viento devoran los colores, nadie viene á repararlos, y
todos, pobres y ricos, santos y pecadores, hombres y mujeres, toman la
amarillez uniforme del mármol en el gran abandono de la muerte.
Nadie transita en este bosque bajo, de pétreos matorrales, que se pierde
de vista. De tarde en tarde se columbra, en lo más remoto del horizonte,
el negro hormigueo de un grupo humano. Es un entierro. Bajarán el
cadáver á la fosa, plantarán el mojón fúnebre y volverán las espaldas
para no acordarse más del lugar donde dejaron los restos del muerto
querido, cuya memoria llevan siempre en el pensamiento.
La soledad por todas partes: una soledad absoluta, sin huellas humanas,
sin cantos de pájaros, sin estremecimientos de hierba, sin roce de
insectos; un silencio de esterilidad y de muerte, como no se encuentra
jamás en un paisaje europeo.
Este vacío fúnebre hace que la visita á las grandes murallas sea la
única excursión de Constantinopla en la que se recomienda al viajero la
necesidad de llevar armas. Cuando se tropieza con seres vivientes, el
encuentro es más inquietante que la soledad. En un torreón acampan
familias de zíngaros, de aspecto salvaje: diez ó doce torres más allá,
unos cíclopes han instalado su fragua bajo un trozo de cúpula bizantina,
pero sus ojos inquietantes de bandido revelan que viven de algo más que
de batir el hierro. En las ruinas de los que fueron palacios de
Paleólogos y Comennos, pululan los más inquietantes ejemplares de la
mendicidad oriental; gentes roídas por la miseria y desfiguradas por las
más atroces enfermedades; leprosos con media cara devorada por la
putrefacción; ciegos que muestran sus órbitas sin globos, rojizas,
piltrafosas, rodeadas de zumbantes moscardones; mujeres esqueléticas,
comidas de piojos, que enseñan entre los harapos el flácido pellejo de
sus pechos.
De hora en hora se ve en las murallas el túnel de una gran puerta. En
otros siglos fueron espléndidos arcos de triunfo. Uno de ellos se llamó
la _Puerta Dorada_. Aun quedan en el muro vestigios de águilas
imperiales. Hoy nadie entra ni sale por ellas, y su profundo arco,
ennegrecido por las hogueras, sirve de refugio á los vagabundos de las
más extrañas nacionalidades.
Tristes restos que nada guardan de su pasado, son también las famosas
_Siete Torres_, el _Heptapyrgión_ de los emperadores griegos. Cuando
llegaron los turcos era ya una ruina, y Mohamed el Conquistador lo
reedificó, haciendo de él algo semejante á lo que fué la Bastilla para
los reyes de Francia. Este castillo, en cuyos restos acampan hoy, como
fieras ahuyentadas del trato humano, los mendigos y los vagabundos, era
una de las fortalezas más famosas de Europa. Aquí encerraban los
sultanes á los embajadores de Europa cuando entraban en guerra con sus
naciones. Aquí permanecieron años y años los enviados de Venecia y
Génova. Los jenízaros, omnipotentes pretorianos de la vieja Turquía,
encerraban aquí á los sultanes destronados, ó los degollaban en el gran
patio. Siete sultanes murieron en las _Siete Torres_, y es incontable el
número de grandes visires y pachás cuyas cabezas se pudrieron
enganchadas á las escarpias de las almenas. En uno de los patios del
antiguo castillo, que es hoy una extensión de malezas limitada por
ruinas, está el llamado _Pozo de la sangre_, donde se sumían los
cuerpos de los decapitados. Otro patio se titulaba la _Plaza de las
cabezas_, y los cráneos iban apilándose en él, después de las
ejecuciones, hasta que el lúgubre montón llegaba á la altura de las
almenas.
Nos alejamos de las _Siete Torres_ siguiendo el monótono camino, á lo
largo de las murallas, siempre entre ruinas y cementerios. Llevamos
muchas horas de marcha. El recinto fortificado se extiende como una
cinta roja sin fin, subiendo y bajando con las ondulaciones del terreno.
Una puerta abandonada recuerda la muerte de Constantino Dragecés, el
último emperador de Bizancio, valeroso é infortunado combatiente, que
cayó de los muros y siguió luchando con su hacha de armas hasta
desaparecer bajo un montón de cadáveres. Otro lugar evoca la muerte de
Eyoub, el santo portaestandarte del Profeta, el compañero de Mohamed el
Conquistador, que pereció en el sitio de la ciudad y dió su nombre al
barrio del Cuerno de Oro.
Vamos aproximándonos al término de nuestro viaje. Aparecen en la
desolada extensión grupos de habitaciones humanas, y entramos á
descansar en el pequeño monasterio de Balouki. En sus criptas surge la
fuente milagrosa de Zootocos, cuyas aguas obran prodigios, según los
griegos. Es una cisterna, bajo cúpula sombría, en cuyo líquido nadan
muchos peces rojos.
El monje griego que nos la enseña, relata la historia de la prodigiosa
fuente; el famoso «milagro de los peces».
En el mismo instante que los turcos entraban por asalto en
Constantinopla, un monje de este convento estaba friendo unos pescados.
Otro monje, consternado por el suceso, se presentó en la puerta dándole
la terrible noticia.
--¡Bah!--repuso el primero no admitiendo que Bizancio pudiera ser
tomada--. Creeré en eso cuando vea á mis pescados saltar de la sartén.
Y los pescados saltaron, medio rojos y medio negros, pues sólo estaban
fritos por un lado, y fueron á refugiarse en el agua de la cisterna,
donde nadan aún.
El barbudo monje de ahora nos cuenta esta leyenda, simple hasta la
estupidez, con grandes aspavientos dramáticos para demostrar su fe: pero
indudablemente cree en ella lo mismo que nosotros.
Después, siguiendo la costumbre, nos hisopea con el agua prodigiosa, á
guisa de bendición, y... tiende la mano.
He aquí el verdadero milagro de los peces. Este sí que es indiscutible.
Convertir en monedas las gotas de agua de la santa cisterna.


XXXII
La Noche de la Fuerza

Va á comenzar el Ramadán, el mes sagrado de los musulmanes, la extraña
Cuaresma que es, mientras luce el sol, ayuno y angustias, y así que
cierra la noche, una orgía sin término.
Constantinopla brilla en la sombra, coronada de luces. La piedad
musulmana cubre con guirnaldas de fuego los balconcillos de los
minaretes y los arcos de las mezquitas, al mismo tiempo que la fidelidad
al _Padichá_ y á las tradiciones ilumina los palacios, los puentes,
todos los edificios oficiales y las viviendas de los personajes.
En tiempos normales, Constantinopla es una ciudad discreta y recatada
que se entrega al descanso apenas se oculta el sol. El turco se acuesta
pronto para levantarse antes del alba, y fuera de los barrios europeos,
donde teatros y cafés prolongan la vida hasta pasada media noche, la
gran metrópoli tiene sus calles obscuras, sin otra luz que el pálido
resplandor de las lámparas transparentando por los ventanales de
mezquitas y kioscos funerarios, ni otros transeuntes que los perros
vagabundos y el sereno que marca las horas con fuertes garrotazos en el
suelo.
Al llegar el Ramadán, Pera y Galata continúan su vida nocturna de
siempre, pero el viejo Stambul, Scutari y todos los distritos turcos,
sobrepujan durante la noche en luz y movimiento á los barrios europeos.
Apenas suena el cañonazo de la puesta del sol, el musulmán, que ha
pasado el día sin comer, sin fumar y hasta privado del agua, se abalanza
como bestia famélica á los bodegones y cafés, asaltándolos. Es la orgía
de toda una ciudad. No comen, tragan: no beben, sino cuelan; y este
devorar feroz, va acompañado de risas, aullidos, danzas y peleas. El
turco no prueba el vino, pero la comida parece embriagarle, y ciertos
líquidos fermentados acaban por dar á su borrachera una alegría bestial
y peligrosa.
Mientras abajo, en las tortuosas calles donde brillan como bocas de
infierno las puertas de bodegones y cafés, aulla el populacho turco,
arriba lucen las coronas de fuego de las mezquitas, y la luna, símbolo
del pueblo musulmán, rueda por el cielo de suave azul, presenciando con
cara bonachona la ruidosa orgía de sus amigos.
¡Las iluminaciones de Constantinopla!... Esta ciudad europea, que aun
vive privada de la electricidad, por orden del emperador, y no conoce
otro gas que el de los macilentos faroles de las calles, muestra un
gran talento artístico, una rara habilidad, al iluminar sus fiestas. El
farolillo de aceite ó la linterna con bujía, le bastan para realizar las
más asombrosas combinaciones de su imaginación oriental. El día que el
foco incandescente y los rosarios interminables de bombillas eléctricas
aparezcan en Constantinopla, ésta habrá perdido una de sus mayores
originalidades; el encanto de sus fantásticas iluminaciones. No tienen
el estallido deslumbrante y brutal de las luces modernas; son reflejos
dulces, velados, discretos; una iluminación de ensueño, un esplendor
vagoroso y poético, semejante al de las fiestas de _Las mil y una
noches_.
Vistas de cerca, las iluminaciones en palacios y templos son miles y
miles de vulgares linternas colgadas en clavos, en andamios de madera.
Contempladas de lejos, se convierten en maravillosas luces de color de
oro, que forman las más extraordinarias visiones: flores fantásticas,
lunas, estrellas, soles, arcadas aéreas, un mundo de encantamiento, que
parece flotar impalpable, ligero y sin realidad, en la negrura del
ensueño, para disolverse apenas despertemos.
La luna rompe sus reflejos en las inquietas aguas del Bósforo, trazando
un extenso triángulo de luz, y junto á los peces de plata que rebullen
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