Oriente - 13

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Me levanto, despidiéndome del Papa con una solemne inclinación. Su
Santidad está alegre, parece encantado por mis afirmaciones, y me
acompaña hasta la puerta, repitiendo mi nombre con paternal sonrisa.
--¡Blascos! ¡Ah, Blascos! ¡Blascos Ibañides!...
No me entrega su mano á besar como á los otros. Respeta mis escrúpulos
de buen católico español, pero me acompaña, dándome cariñosos golpes en
un hombro con sus manos fuertes, y la más paternal de las sonrisas
contrae las ondas de nieve de su barba.
Cuando llego á la puerta le parece poco esta despedida, y eleva la
diestra con su gran sortija de oro... y me bendice.
Salgo del Patriarcado admirando la espontánea solidaridad de todos los
que viven á la sombra de la cruz. ¡Extraña y poderosa fracmasonería de
los hombres de sotana! Durante siglos y siglos, el Vicario de Dios en
Roma y el Vicario de Dios en Constantinopla se han insultado con baba
rabiosa, llamándose hijos del diablo, asquerosas víboras y demás
insultos inventados por el rencor eclesiástico, maldiciéndose con
acompañamiento de cirios llama abajo y cánticos de muerte. Ahora fingen
no conocerse, ignoran mutuamente su existencia, viven vueltos de
espalda, asumiendo cada uno la verdadera herencia de Cristo, y sin
embargo, por encima de tantos siglos de abominación y de odio, se entera
cada uno de la existencia del otro, y celebra que ésta sea próspera y
fuerte. Lo mismo hacen los comerciantes cuando preguntan con interés por
los negocios de los colegas, y se alegran de que marchen bien, aunque
nada les produzcan, viendo en ellos una prueba de que el mercado no se
debilita, de que sigue la demanda y de que mientras los clientes no se
llamen á engaño habrá ganancia para todos.
* * * * *
Algunos días después, al volver al centro de Europa, el tren que me
conducía chocó con otro de mercancías en las inmediaciones de Budapest.
Cinco muertos y un número enorme de heridos. Yo salí ileso.
Luego en París recibí una carta del amigo que me había presentado al
Patriarca.
Su Santidad, al leer la noticia en los diarios griegos de
Constantinopla, había celebrado mucho la inspiración que tuvo al
bendecirme, y repetía sobre mi cabeza el gesto pontifical,
recomendándome de nuevo en sus oraciones.
Leyendo esto me expliqué mi buena suerte.
En adelante, siempre que vaya á un país donde exista Papa, pienso no
salir de él sin la correspondiente bendición.


XXVIII
Turcas y eunucos

Cuando un occidental relata su viaje á Turquía, la curiosidad, excitada
por todo lo que es extraño y misterioso, le interrumpe siempre con las
mismas preguntas:
--¿Y las turcas? ¿Y la vida del harem?... ¿Y los eunucos?
¡Las turcas!... Se las ve en todas partes; pasean por los cementerios,
frondosos como jardines; entran tapadas á hacer sus compras en las
lujosas tiendas á la europea, van en la buena estación á solazarse en
las Aguas Dulces de Asia, lugar de moda á orillas del Bósforo; salen en
carruaje, ó transitan á pie por el Gran Puente; se visitan unas á otras;
gozan de más libertad que las europeas; salen á la calle tanto como
éstas, y sin embargo, no hay en Constantinopla nada tan misterioso é
inabordable como las mujeres.
Viviendo aquí, se convence el europeo de la frescura con que han mentido
los novelistas y los poetas al describir amores entre turcas y
cristianos. En otros tiempos, tal vez pudo ser esto. Durante el reinado
de Abdul-Aziz, loco generoso, Nerón oriental, que condecoraba á sus
gallos de pelea con las mismas bandas usadas por los generales, y se
divertía arrojando al populacho espuertas de monedas de oro, tal vez
podrían desarrollarse estos amores internacionales. Abdul-Aziz,
apasionado romántico de la emperatriz Eugenia, debió ser tolerante con
las pasiones de sus súbditas.
El actual emperador Abdul-Hamid, austero creyente que se encierra en la
tradición y el aislamiento de raza para defenderse de la codicia
europea, muestra empeño en evitar que la mujer musulmana tenga contacto
alguno con el cristiano, y vela sobre ella con una minuciosidad de
déspota curioso y activo, que lo mismo ansía conocer el pensamiento del
emperador de Alemania que las intrigas del harem del último de sus
pachás.
Las damas turcas marchan encubiertas por las calles de Pera,
contemplando al través del velo á los europeos, que las siguen con ojos
ávidos. Aburridas por la soledad del harem y la indiferencia de un señor
en el cual el exceso de cantidad embota y debilita todo afecto, ¡cuántas
veces su pequeño cerebro de niña, apenas educada, experimenta la
embriaguez del deseo, viendo en este barrio cristiano la gran abundancia
de hombres, venidos solos del otro extremo de Europa, y á los que un
celibato forzoso da audacias y ademanes de lobo carnívoro!...
Viven libres, sin ver al esposo más que de tarde en tarde; pueden entrar
y salir de su casa sin otra vigilancia que la del eunuco, fácil de
sobornar; disponen de su tiempo mejor que una europea, y sin embargo, la
intriga amorosa es dificilísima para ellas, por no decir imposible.
Que levanten un poco el velo sobre su rostro para dejarlo visible al
hombre que pasa, y al momento, un otomano, que parece distraído en medio
de la acera tomando el aire, seguirá sus pasos cautelosamente, para
saber en qué termina la inusitada audacia. Que se permita un gesto, una
mirada significativa ó volver la cabeza, y el polizonte avisará en el
mismo día al marido ó al padre.
La policía y la fuerza tradicional de las costumbres velan sobre la
mujer turca, la rodean á todas horas, dejándola en completa libertad
para todo... para todo, menos para lo que ella desearía.
Una tercera parte del presupuesto del imperio se consume en servicio
policíaco. Un importante personaje de la corte es el jefe de los espías,
y á su vez hay espías de los espías... y así hasta lo infinito. Todas
las clases de Turquía figuran en el inmenso cuerpo de la delación. Los
policías se reclutan lo mismo entre los mozos de cordel de los muelles
que entre los grandes personajes. Algunos cobran un sueldo mucho mayor
que el de un ministro de Europa. Lo que cuesta al sultán este servicio,
representa más que lo invertido por algunos Estados en ejército, marina,
administración y obras públicas. Muchos de los señoritos turcos que
pasean en caique, llenan los cafés y teatros de Pera y son clientes de
los sastres europeos, luciendo empinados bigotes á lo kaiser, bajo el
erguido fez, no tienen otro medio de existencia que lo que cobran por
repetir al ministro de Policía cuanto ven y cuanto oyen.
Además, para las mujeres, todo turco es un agente que vigila por las
buenas costumbres. El europeo no puede mirar mucho tiempo, y con marcada
atención, á las mujeres que pasan. Imposible seguir sus pasos, como
ocurre en las ciudades europeas. Si es en el barrio puramente turco de
Stambul, corre peligro de recibir como aviso una pedrada ó un palo. Si
es en las demarcaciones europeas de Pera y Galata, cualquier respetable
_effendi_ que pasa junto á él le preguntará cortésmente si es forastero,
ya que le ve faltar tan abiertamente á las costumbres del país.
La mujer, sitiada por la vigilancia del policía y el fanatismo nacional
de todo compatriota, obligada á no hablar con otro hombre que el que
tiene en su casa, se venga de este aislamiento con un orgullo rencoroso,
que la hace antipática las más de las veces. En las aceras empuja al
hombre con soberano desprecio para que le ceda el paso. Cuando van en
carruaje se ríen del transeúnte europeo con una insolencia de colegialas
en libertad.
La mujer pobre ó de la clase media sigue fiel al dominó de pesado
damasco y á la cortinilla de gruesa seda que le sirve de antifaz. Así se
la ve pasar, como máscara misteriosa, llevando en una mano la sombrilla
cerrada ó tirando de un turquito cabezudo, y sosteniendo con otra la
crujiente faldamenta, que deja ver las pantorrillas enormes, hinchadas,
elefantíacas, por ir encerrados, dentro de las medias, los extremos de
los calzones interiores.
Pero las grandes damas, las elegantes esposas de los pachás y los turcos
ricos, las moradoras de los haremes lujosos, hace tiempo que, valiéndose
de la moda, han acabado con los trajes tradicionales, que recluían á la
mujer en obscuro incógnito. Bajo el gabán oriental, semejante á una
_salida de teatro_, llevan trajes de París recargados de adornos y en
extremo vistosos. Se cubren el pelo y parte del rostro siguiendo las
exigencias de la costumbre religiosa, pero lo hacen con el _yachmaks_,
velo tenue y transparente como una nubecilla, suspiro de seda casi
impalpable, que sirve para dulcificar su rostro, pintado de rosa y
adornado con lunares artificiales, para dar mayor realce á sus ojos,
agrandados por una aureola negra de _kool_. Ocupando grandes carrozas
con ruedas doradas, y bajo la escolta de eunucos negros, á los que la
perturbación del sexo hace luchar con las señoras en chismes, odios é
histéricas rabietas, van á las tiendas ó visitan á las amigas de otro
harem, situado á tres ó cuatro horas de distancia, al final del Bósforo.
Algunas veces un harem se traslada á la orilla de Asia para ver á las
compañeras de un gran señor amigo del suyo. La visita dura tres ó cuatro
días, y esposas y odaliscas, libres de velos y escrúpulos, en el
misterio de las habitaciones privadas, hacen en común sus comiditas de
muñecas, abundantes en dulce, duermen juntas, tocan y cantan, y sobre
todo, hablan... hablan mucho, con una verbosidad de prisioneras ó de
monjas, repitiendo los chismes del silencioso Stambul, donde las casas
parecen cárceles, con sus puertas siempre cerradas y sus ventanas de
celosía, tras las cuales espía á todas horas la curiosidad maligna, la
sospecha calumniosa, como en una muerta ciudad de provincias.
Estas damas, mujeres opulentas á los diez y seis años, saben pintarse
las mejillas de carmín, los ojos de negro y las uñas de rojo, y en esto
invierten la mayor parte del día. Además, las mejor educadas saben
fabricar agua de rosas, dulces de varias clases y á veces hasta bordan
gruesas flores de oro sobre telas de seda.
Hablar, con una charla interminable de pájaro loco, embriagándose en sus
propias palabras, hablar bien de ellas y mal de sus amigas, es su mayor
placer. Se comprende que el buen turco, temiendo pasar el resto de su
vida frente á frente con una sola de estas hermosas muñecas, vacía de
cráneo y expedita de lengua, multiplique su número para encontrar
alivio. Pero esta variedad, cuando todo el harem ha perdido el encanto
de lo nuevo, sólo sirve para aumentar el tormento.
Los turcos modernos, que han viajado por Europa amoldándose á nuestras
costumbres, sólo tienen una mujer y sonríen cuando les hablan del harem.
Están enterados de lo que es la poligamia y compadecen á los turcos á
estilo antiguo, á los tradicionalistas, que por seguir la costumbre
tienen varias esposas.
Sólo un pachá del viejo régimen poseedor de una paciencia inagotable ó
aficionado á murmuraciones y futilidades como una mujer, puede soportar
durante toda su vida el contacto con el rebaño femenino del harem.
Es un error generalizado en Europa creer que la mujer turca, porque se
compra las más de las veces, es una esclava, un objeto, un ser sin
derechos y sin libertad, fuera de las leyes. La religión del Profeta
nunca habló con desprecio de la mujer, ni vió en ella un ser impuro, un
aborto del demonio, como los Padres de la Iglesia cristiana. El hombre
tiene sin disputa un alma superior, porque es el guerrero y pesan sobre
él los más rudos deberes de la vida, pero la mujer es igual á él en toda
clase de derechos. La ley musulmana sólo es implacable y feroz en caso
de infidelidad conyugal. Conoce la escasa solidez de estos seres
adorables y sin seso, y presiente que si abriese la mano y no se
impusiera por el terror, ningún musulmán podría llevar su turbante sobre
la frente con entera comodidad.
En los antiguos haremes de Turquía figuraban sobre la puerta dos versos,
que poco más ó menos dicen así:
Nada iguala
la astucia de la dama.
El encierro (que no es tal encierro, pues la turca sale á todas horas, y
ellas y los eunucos se entienden con la fraternal solidaridad del
interés común) y la prohibición de hablar con los hombres, son las dos
únicas tiranías que pesan sobre las mujeres de alta clase. Pero junto á
esto, ¡qué insoportables derechos, exagerados por la susceptibilidad
femenil, gravitan sobre el infeliz otomano, que entusiasta de las
glorias de la vieja Turquía, se empeña en mantener un harem, como alarde
de patriotismo!...
Si hace un regalo á una de sus esposas, por costoso que éste sea, las
otras tienen derecho á otro igual, y pueden llevarlo á los tribunales
para exigírselo. Si una riñe con sus compañeras y declara que le es
imposible seguir viviendo en el harem, la ley turca obliga al marido á
que le construya una casa aparte; igual, absolutamente igual, hasta que
satisfaga los gustos de la esposa. Y se han visto pleitos que han durado
años y años, sin darse nunca por contenta la reclamante al visitar la
nueva vivienda, exigiendo unas veces que tuviese igual número de
ventanas que la antigua, pretextando otras que las lámparas eran menores
en número, que los muebles no estaban tapizados con la misma seda, que
las alfombras no eran antiguas, y así hasta lo infinito de una histeria
caprichosa, agravada por la rivalidad femenina.
Y á más de esto, el amontonamiento de hijos que se forma en pocos años
en un harem rico, donde las esposas y odaliscas son un par de docenas y
el Señor, poderoso personaje falto de ocupaciones, se queda en casa los
fríos días de invierno, y únicamente sale los viernes para ver al sultán
en el Sélamlik.
Yo he conocido á un viejo pachá, entusiasta de las tradiciones, que
tiene trescientos cuarenta y dos hijos. Es un hombre virtuoso, dado á
los estudios teológicos, poco amigo de pecados carnales, y que desprecia
á los europeos, como seres inferiores que á todas horas tienen el
pensamiento puesto en la mujer. Á pesar de la extensa prole, yo no creo
en su concupiscencia. En la vida del harem no hay golpe perdido, y
aunque los olvidos de la virtud sean poco frecuentes, todos tienen
consecuencias por la variedad y el número de la colaboración, llegando
el respetable padre á no conocer á sus hijos ni saber sus nombres, á
pesar de que viven bajo el mismo techo.
La poligamia es un lujo de personajes, y pocas fortunas la soportan.
Los hijos son más costosos aún que las mujeres, pues hay que darles
colocación. Cada sultán se basta él solo para fabricar la mayor parte de
los gobernadores, generales y altos funcionarios de su imperio, y las
demás plazas las proveen, con su fuerza reproductora, los personajes que
viven junto á él.
El harem imperial y el de los grandes pachás son incubadoras de altos
empleados que no dejan lugares libres á los turcos de más bajo origen.
Por algo se transmite el imperio de Turquía de hermano á hermano y no de
padre á hijo, como en las monarquías europeas. Si la sucesión imperial
fuese por este último sistema, Turquía viviría en eterna guerra civil,
siendo centenares los pretendientes al trono que se combatirían, con una
saña de hermanos, cada uno de distinta madre.
Los turcos modernos y jóvenes ríen y ríen del viejo harem. ¡La
poligamia! ¡Tonta inutilidad del pasado!... Ellos viven con sólo una
turca, ó con ninguna, admirando los grandes adelantos de la civilización
europea, la más perfecta de todas para la satisfacción de las
necesidades humanas, y cuando sienten el deseo de la variedad, pasan los
puentes y suben á Pera, y allí encuentran en las calles un harem suelto
y por horas, de rumanas, italianas, austriacas y judías.
* * * * *
La afición de ciertos personajes á los progresos modernos, ha creado una
clase de turcas más infelices y dignas de compasión que la antigua dama
otomana, devota y contenta de su vida, satisfecha de sus visitas y sus
lujosos trajes, sin otro ideal que una joya nueva ó una banda con placa
de brillantes, regalo del sultán, sin otros horizontes que las montañas
de la ribera asiática, ni otros deberes que incubar nuevos turcos.
Los grandes pachás que envían sus hijos á correr Europa, han traído
institutrices ingleses y francesas para sus hijas. Muchas de las tapadas
que pasan en carruaje, delatando bajo sus orientales velos la frescura
esbelta de los pocos años, la delgadez de una mujer en formación,
desprecian las confituras, odian como perfume vulgar el aceite de rosas
y consideran el bordado como obra de esclavas, sonriendo ante las obras
de juventud que les enseñan con orgullo sus obesas madres. Tienen en una
pieza del harem donde nacieron un piano de cola, en el que tocan los
valses melancólicos de Chopín ó el último _couplet_ de moda en París, y
cerca del sonoro Erard una biblioteca llena de novelas inglesas y
francesas. Algunas hasta han roto con la preocupación religiosa de la
raza, que prohibe la reproducción de las formas vivas, y pintan
acuarelas con palomos, flores ó barquitos.
Conozco á una francesa vieja, que vive hace muchos años en
Constantinopla de dar lecciones de su idioma y entra diariamente en
ricos haremes. ¡Las confidencias de estas pobres jóvenes, que han de
vivir como las mujeres del tiempo de Mohamed II, y por la imprudencia de
sus padres llevan bajo las vestiduras orientales la misma alma que una
muchacha de París ó Londres!...
--Sabemos francés, sabemos inglés--dicen á la vieja confidente--.
Tocamos el piano, cantamos, pintamos. ¿Para qué todo esto?... La mujer
aprende para lucir sus conocimientos, para hacer vida de sociedad...
para hablar con los hombres.
Y la pobre turca de moderno estilo sólo podrá hablar con uno, el que les
designe su padre como esposo. Un día la adornarán de piedras preciosas y
se casará con un joven turco, al que sólo habrá visto de lejos, al
través de una celosía, y con el que cruzará la palabra por vez primera
en el momento de ser su esposa. La llevarán á una casa nueva, en la que
vivirá como única señora si su marido no ama las costumbres antiguas, ó
en la que se confundirá con otras, iguales á ella en derechos, distintas
á ella en alma, como si fuesen de otro planeta. Su madre se extrañará de
sus lágrimas y melancolías. Así vivió ella, así vivieron sus abuelas y
todas las honradas damas temerosas de Dios. Pero la madre era feliz,
abroquelada en su santa ignorancia: no la habían hecho morder el fruto
embriagador de la cultura occidental... Y la infeliz reclusa de las
tradiciones de su pueblo, asustada ante el porvenir, y mientras llega
el momento del matrimonio, se consuela con la lectura, y devora las
novelas francesas que llenan los escaparates de las librerías de la gran
calle de Pera.
Sus autores favoritos son los mismos de las damas europeas; novelistas
elegantes y discretos que creen en Dios y sólo describen personajes con
buenas rentas, faltos de ocupación y dedicados al amor. La pobre turca
admira á la duquesa rubia y _espiritual_, que en cada capítulo luce un
traje nuevo de Paquin ó de Doucet; se crispa con los dulces diálogos
entre ella y el conde ó el artista de moda; se conmueve ante las «crisis
de alma» que obligan á la noble señora á cambiar de amante todos los
años; la sigue palpitante de emoción cuando á la caída de la tarde va
cautelosa al estudio ó á la _garçonniére_ de su nuevo ídolo, cubierta
con espeso velo (lo que llaman los grandes modistos _velo de
adulterio_); desfallece con la descripción de los sabios besos, en el
saloncito caldeado discretamente por la chimenea, sobre cuyo mármol hay
rosas, muchas rosas, como es de ritual en toda cita novelesca de
personas que se respetan... y la pobre turquita acaba por abandonar el
libro sobre sus rodillas, y queda con sus ojos de gacela pensativos y
lacrimosos.
Esa es, indudablemente, la vida de las europeas: no puede ser otra, pues
todos los libros dicen lo mismo. Ella sabe inglés y francés; ella toca
en el piano cosas sentimentales; ella hablaría tan bien como la duquesa
y la sentaría igual ó tal vez mejor el misterioso velo de la caída de la
tarde. ¡Y tiene que acabar su vida en un harem, murmurando con las
esclavas zafias y el eunuco negro, de risa infantil! ¡Y todos sus viajes
serán al Bósforo asiático, ó cuando más á Brussa, en el mar de Mármara!
¡Y el conde de sus ensueños, el artista de complicadas pasiones, será un
señor con el fez eternamente calado, que vivirá en una mitad de la misma
casa ocupada por ella, que entrará y saldrá por distinta puerta, que
tendrá diferente servidumbre, como si fuese un huésped, y sólo una ó dos
veces por semana vendrá á tomar con ella varias tazas minúsculas de
café, y fumará cigarrillo tras cigarrillo, pensando en el último gesto
del Gran Señor y en las intrigas del Yildiz Kiosk!...
La virgen musulmana siente que un impulso de rebeldía rompe la costra de
su mansedumbre oriental, y tiende sus brazos con un crispamiento de
inmensa angustia, como si llamase en su auxilio el misterioso poder que
convierte en paraíso la tierra maldita del Profeta, donde viven los
_giaoures_.
--¡Oh Europa!... ¡París! ¡París!
Algunas, más audaces ó afortunadas, llegan á consumar la rebeldía. Las
hay que han conseguido librarse por procedimientos novelescos de esta
tierra, donde para entrar y salir se necesita pasaporte. Viven en el
Paraíso soñado, en París, y repiten á la inversa la afición poligámica
de sus ascendientes. En Constantinopla nadie quiere hablar de esto, como
no sea para negarlo. El Gran Señor sufre enormes disgustos con estas
fugas.
Hace poco tiempo, en un mitin feminista de Suiza, al que asistieron
mujeres de todas las naciones, subió á la tribuna una joven de ojos
orientales, que hablaba con facilidad varios idiomas, y se expresó con
reconcentrado odio contra la tiranía masculina.
Era una parienta del sultán fugada del harem imperial.
* * * * *
En Turquía todavía existe la venta de esclavas.
Yo quise cándidamente ver un mercado. No existe mercado. Desde que
Inglaterra y otras potencias intervinieron en la vida interna de
Turquía, se acabó la trata de esclavas. Los antiguos caravanserrallos,
enormes posadas de vastos claustros donde hace cincuenta años se
exhibían libres de velos los lotes de carne juvenil llegados de la
Circasia, sólo están ocupados hoy por mercaderes de Trebisonda y Bagdad,
que fuman su _narghilé_ exhibiendo pacientemente los rollos de tapices y
los cofrecitos repletos de piedras preciosas.
Las esclavas se guardan y se venden en las casas de los particulares.
Todo turco á la antigua tiene una irresistible tendencia á la mercadería
de carne femenil. Es una afición atávica heredada de sus ascendientes,
invasores de reinos y bandidos del mar. Cuando un personaje de Stambul
tiene un crédito por cobrar en las provincias de Asia, las más de las
veces le paga éste con una pareja de niñas flacas, mal comidas, pero de
espléndidos ojos, que á su vez ha adquirido de los padres, míseros
montañeses de la Georgia.
Las pequeñas sirven de criadas de lujo en la casa de Stambul, hasta que
la pubertad empieza á hinchar sus formas y el señor propone la mercancía
á sus conocidos, verificándose la venta amigablemente, sin intervención
alguna de los representantes de la ley.
Cuando se visita la morada de un turco á la antigua, salen á vuestro
paso, en el departamento de los hombres, pequeñas niñas sin velo, con
anchos calzones y la trenza colgando sobre la espalda, que os toman el
sombrero y el bastón, dándoos la bienvenida como si fuesen hijas del
dueño. Son las esclavas que esperan su hora para ser vendidas ó que
acaban por pasar al harem del señor convertidas en esposas.
Las agentes de carne conocen las casas donde existen géneros, y todos
los días hacen sus negocios. No sólo venden para los ciudadanos ricos de
Constantinopla y de todos los _vilayetos_ de Turquía, sino que mantienen
negocios continuos con clientes de Egipto, Túnez y Marruecos. La
circasiana y la georgiana siguen siendo, como en otros tiempos, el
adorno elegante de todo harem respetable, y el género, impulsado por una
continua demanda, parece multiplicarse con arreglo á las exigencias.
Ningún miedo acerca del porvenir, ningún terror futuro se transparenta
en la límpida mirada de estas hermosas bestiezuelas, delgados capullos
que esperan para esparcirse la tibia y cerrada atmósfera del harem. Son
esclavas porque han costado dinero á los dueños, pero su suerte es igual
á la de todas las mujeres turcas que nacieron libres. Siempre las compra
algún otomano viejo, para unirlas al batallón de sus antiguas esposas ó
para darlas á un hijo tan joven como ellas. Por poca influencia que
ejerzan sobre el dueño, éste las convierte en mujeres legítimas, deseoso
de establecer cierta igualdad entre sus hembras, medio seguro para
conseguir en la casa una paz relativa. Muchas sultanas comenzaron siendo
esclavas.
Los precios de estos animalillos de lujo, que viven alegres con una
inconsciencia infantil hasta los días de la vejez fumando rubios
cigarrillos en un diván, tragando confituras y haciendo danzar las
babuchas amarillas sobre los pulgares de sus pies sonrosados, varían
según los méritos del género.
Una muchacha defectuosa y de miembros secos puede adquirirse por
quinientas pesetas. Las de buena dentadura, largo pelo, ojos grandes, y
que prometen ensancharse de formas, hasta llegar á una gordura blanca,
firme y sedosa, valen dos mil ó dos mil quinientas.
Un caballo turco, de escasa alzada, largas crines, cabezón y con
inquietos remos, cuesta mucho más.
* * * * *
Los eunucos son más caros.
En realidad no sirven para nada. Son seres de lujo, signos de poder y de
riqueza para el amo. Equivalen á los lacayos que se exhiben majestuosos
en los pescantes de los coches de Europa. Estorban al cochero las más de
las veces, se pasean sin que los dueños necesiten casi nunca de sus
servicios, molestan con su presencia estirada y solemne, pero ninguna
persona rica puede pasarse sin ellos.
En otros tiempos, el turco celoso confiaba en la vigilancia de su
eunuco, feroz guardador de las mujeres. Hoy es escéptico, sabe que estos
hombres-hembras, por un irresistible impulso de su naturaleza neutra,
aunque riñan con la mujer por celos femeniles acaban entendiéndose con
ella y prestándose á toda clase de tercerías. Sin embargo, el eunuco
negro sigue en favor, como una manifestación de poder y de riqueza. Es
algo así como el blasón de armas de la casa, y los señores rivalizan en
tenerlos agasajados y bien vestidos. Un harem no puede salir á la calle
si no marcha escoltado por un par de eunucos de señorial aspecto.
Cuando las mujeres van en carroza, los negros trotan junto á las
portezuelas, jinetes en los mejores caballos del amo. Si de noche sale
el rebaño femenil á hacer visita á otro harem, ellos marchan á la
cabeza, por las solitarias calles de Stambul, garrote en mano y con
grandes farolones que trazan en el camino una danza de pálidos
resplandores y gesticulantes sombras.
El eunuco es el administrador que corre con los gastos de la casa; el
intermediario obligado entre las esposas y el marido. El da el dinero
para las compras, regatea con las mujeres, se muestra quisquilloso,
avaro y gruñón, como no lo es nunca el turco. El esclavo chilla á las
señoras, las empuja, es un gallo sin cresta que picotea continuamente á
las habitantes del gallinero, y éstas, que temen sus delaciones y su
malhumor, lo acarician como un niño grande, y acaban por reirse de él.
Sólo el sultán y los grandes personajes de la corte tienen un numeroso
cortejo de eunucos. Los turcos de cierta posición se contentan con dos ó
con uno solo.
Un eunuco cuesta casi una fortuna, pues escasean mucho.
Antes se fabricaban con mayor facilidad, y la abundancia rebajaba los
precios.
En esta monstruosa deformación del hombre, ha habido sus modas. El arte
de formar el eunuco ha progresado, pero extremando su crueldad. El
refinamiento del turco en sus sospechas y sus celos, ha sido fatal para
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