Oriente - 04

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obra. Luego Munich, siguiendo los mismos planos, ha elevado el teatro
del Príncipe Regente, dedicándolo á la representación de las obras de
Wágner. Hoy el _Prinz-Regenten-Theater_, de Munich, celebra todos los
años un Festival Wágner que atrae á una muchedumbre cosmopolita, y
triunfa sobre Bayreuth por el esmero con que presenta las obras. Su
maquinaria escenográfica es muy superior á la de los tiempos de Wágner,
que aun funciona en el primitivo teatro.
Gentes de todos los países de Europa y de mucha parte de América, se
encuentran en Munich, con motivo del Festival. Inútil describir lo que
es este teatro con sus novedades y misterios, pues todo el mundo conoce
las innovaciones introducidas por Wágner en la representación de sus
obras. La orquesta es subterránea é invisible, lo que llamaba el maestro
«el abismo místico» de donde surgen las melodías como si viniesen de
otro mundo, sin ver el espectador á los músicos, que sudan y gesticulan,
y al director, que se mueve como un loco. El teatro está completamente á
obscuras. Las puertas de los pasillos se cierran al empezar cada acto,
sin que exista poder terrenal capaz de abrirlas antes de que aquél
termine. La disciplina alemana reglamenta el curso del espectáculo; el
programa marca las horas y minutos que se invertirán, tanto en el
conjunto de la obra como acto por acto. Las trompetas, sustituyendo á
los toques de campana, hacen correr á los espectadores lo mismo que
reclutas que temen faltar á la lista.
Las representaciones del Festival Wágner empiezan á las cuatro de la
tarde y acaban á las nueve y media de la noche. El último entreacto es
de media hora, para que el público pueda cenar en los grandes comedores
del teatro. Una admirable igualdad reina sobre el público. Todos los
asientos son iguales y cuestan lo mismo, veinte marcos (veinticinco
pesetas). El teatro, aparte de los seis palcos del fondo, destinados á
la familia real y á los potentados extranjeros, sólo se compone de
butacas que se alínean en peldaños, subiendo desde la concha circular,
que cubre el foso de la orquesta, hasta lo más alto de la sala. Todos
ven el espectáculo de frente. Las dos paredes laterales son lisas, sin
otros adornos que las portadas de salida y unas hornacinas con vasos
griegos.
¿Á qué hablar de _El anillo del Nibelungo_?... Wotan, Brunilda,
Sigfrido, todos los dioses, los héroes, las beldades desventuradas, los
gigantes espantosos y los nibelungos enanos, que figuran en esta serie
de óperas, con su fantástica Historia Natural de dragones que cantan,
pájaros que aconsejan y serpientes y osos, son personajes conocidos del
público y no ofrecen ya novedad. La _Walkyria_ y el _Sigfrido_ los
cantan en Munich lo mismo que en el Real de Madrid, ó tal vez un poco
peor. Todos los artistas de lengua alemana tienen empeño en cantar en
este Festival, porque _da cartel_. Algunos proceden de Nueva York, y
creo que hasta después de trabajar gratuitamente, dan dinero encima.
Además, en este teatro, donde no se admiten manifestaciones del público,
el artista puede atreverse á todo, sin ese miedo que inspiran los
espectadores exigentes de Italia y España, los cuales llevan á la ópera
algo del espíritu de la gente que asiste á una corrida de toros. Total,
que al lado de buenos artistas, encanecidos en el culto wagneriano,
aparecen otros indignos de cantar en su compañía. Por fortuna, la
orquesta, las maravillas del decorado y la escrupulosidad y atención en
el juego escénico, justifican el largo viaje que ha tenido que realizar
una gran parte de este público, híbrido en su aspecto exterior, y tan
interesante casi como las obras de Wágner.
La uniformidad militar del teatro contrasta con la variedad infinita de
los espectadores. En lugar alguno de Europa puede encontrarse un público
tan heterogéneo. Una amable libertad impera en el vestido. Las damas
alemanas y algunas francesas se presentan en traje de ceremonia; los
oficiales marchan tiesos, en sus apretadas levitas de alto cuello,
arrastrando el sable; los _herr_ germánicos llevan frac y se cubren la
cabeza con fieltros de anchas alas; pero revueltos con estas gentes
elegantes, pasan inglesas y americanas, vistiendo blancos trajecitos de
falda corta; viajeros con su terno gris á grandes cuadros, los gemelos
en bandolera y la gorrilla en la mano; gruesos y rubicundos sacerdotes
católicos, con levita y pechera negras, que, recordando lo que acaban de
oir, mueven los dedos como si estuviesen ya ante los órganos de sus
catedrales; vírgenes de lacias faldas, con el exangüe rostro asomado
entre dos caídos cortinajes de pelo; jóvenes melenudos, que estiran la
afeitada cara sobre las innumerables roscas de una corbata obscura;
muchachas enfurruñadas, que al llegar tarde y encontrar las puertas
cerradas, se tienden en las escalinatas de los pasillos, ansiando oir un
eco del lejano misterio por debajo de los pesados _portiers_, junto á
las piernas de los impasibles acomodadores; mujeres con cierta
originalidad en su traje y sus maneras, que son grandes cantantes en
vacaciones ó famosas concertistas; viejos condecorados, de cabellera
gris y cara arrugada, que inspiran un vago recuerdo de retratos vistos
en ilustraciones extranjeras.
Es un público de sorpresas. Todos presienten en el vecino que pueda ser
_alguien_. La mayoría está formada de artistas, de escritores, de gentes
que gozan celebridad en sus países, pero que pasan inadvertidas en esta
reunión universal, que sólo dura algunos días.
Esta importancia del público que parece presentirse, como si flotase en
el ambiente, obliga á una extremada sencillez á los grandes de la
tierra.
Yo me he codeado, del modo más irreverente, al pasear por las galerías,
con una señora joven, tan elegante como granujienta y fea. Un poco más
allá dos viejas damas, cargadas de brillantes, pusieron al verla una
rodilla en tierra, con esa sumisión germánica, al lado de la cual el
cortesanismo español resulta de costumbres democráticas.
--¡Alteza! ¡Alteza!...
Y le besaron la mano como si llevase en ella el Santísimo Sacramento.
Era una hija ó una nieta (no me enteré bien) del emperador de Austria. Y
de igual categoría que ésta, aunque más simpáticas por su modestia,
encontré en los pasillos á otras altezas, cuyo nombre no necesité
preguntar por serme sus caras bien conocidas.
Cuando termina el espectáculo, la gran mayoría del público sale en
silencio; pero algunos manifiestan su fervor á gritos.
--¡Sublime! ¡Inmenso!
Casi siempre son españoles, italianos ó franceses los que gritan
entusiasmados. Pero sus voces suenan á falso, y parece que gritando
intentan convencerse á sí mismos.
Han oído hablar del Festival Wágner como de algo extraordinariamente
misterioso; han venido atraídos por la curiosidad, creyendo en lo
sobrenatural del espectáculo, y salen de él dudando de la sensatez de su
viaje, sintiendo cierta sospecha de haber sido engañados, diciéndose
que, aparte de la sala á obscuras y de la orquesta subterránea, nada
nuevo han visto.


X
El "Mozarteum"

Al ir de Munich á Viena, la primera población que se encuentra, pasada
la frontera austriaca, es Salzburgo, famosa desde hace siglos como uno
de los lugares más hermosos de la vieja Alemania.
Es una ciudad episcopal que hasta principios del siglo XIX estuvo regida
por un príncipe-arzobispo, y sólo en 1816, después que el Congreso de
Viena, repartiéndose los despojos del vencido Napoleón, rehizo el mapa
de Europa, pasó á incorporarse á Austria. Construída en las dos orillas
del Salzach, que corre entre verdes montañas, la población extiéndese
por ambas laderas, rompiendo los densos bosques y asomando á trechos su
edificación roja y negruzca y sus altas torres sobre el verde follaje.
Una catedral gótica recuerda el gobierno de los príncipes mitrados; un
castillo, el Hoen, domina uno de los panoramas más hermosos del mundo.
Pero Salzburgo no es famosa por su belleza y su antigüedad. Á pesar de
las glorias históricas de sus arzobispos, de la hermosura de sus
paisajes y de haber habitado en ella el famoso médico Teofrasto
Paracelso, hoy dormitaría olvidada, como muchas poblaciones de la
antigua Alemania, sin que un viajero curioso descendiese en su estación
y sin otra vida que el trompeteo del regimiento acuartelado en el
castillo y el arrastre de sables de los oficiales bajo los tilos del
paseo. Un niño nacido en Salzburgo en 1756 ha bastado para dar una
celebridad universal é imperecedera á la pequeña población alemana.
El príncipe-arzobispo de dicha época, amante de la música, como todos
los señores alemanes, tenía á su servicio un maestro de capilla, pagado
miserablemente y abrumado por un continuo trabajo.
Este pobre músico ocupaba un cuarto piso en una calle estrecha de
Salzburgo; una casa de vecindad, con su escalera en forma de túnel y sus
galerías, dando acceso á innumerables puertas. Un día el necesitado
maestro vió aumentarse sus apuros con el nacimiento de un nuevo hijo. Le
pusieron los nombres de Wolfgan Amadeo y el obscuro apellido de su
padre, llamado Leopoldo Mozart.
Los vecinos del viejo caserón vivían en continuo concierto. Por las
tardes, cuando terminaban sus ocupaciones en la catedral ó en el palacio
del arzobispo, los músicos de la capilla, tan pobres y entusiastas como
el maestro, reuníanse en la casa de éste. No tenían dinero para ir á la
cervecería, y se juntaban trayendo sus instrumentos, para deleitarse
mutuamente con interminables conciertos, en los que ejecutaban las obras
de su gusto, sin tener que seguir los caprichos del señor. Llegaban con
sus raídas casacas negras, de largos faldones, sus pelucas de un blanco
rojizo, las medias con puntos sueltos, los zapatos viejos, y se
agrupaban ávidos en torno del bondadoso Leopoldo, que les aguardaba con
un voluminoso cuaderno en la mano, última novedad musical enviada por el
_kapells-meister_ de algún otro principillo alemán.
Sentábase al piano el maestro, gemían los violines, roncaba el
contrabajo, extendía el violoncello la caricia aterciopelada de su
varonil suspiro, lanzaba la flauta sus trinos de alegría pastoril, y la
vieja casa parecía rejuvenecerse con esta alma melódica que corría por
las arterias de sus escalas y corredores. La mujer del maestro, la
hacendosa y dulce Ana María Pertlin, cosía con los ojos bajos y el oído
atento; la hija mayor, Mariana, de pie junto á su padre, seguía con
admiración el desarrollo de la música; el pequeño Amadeo, á gatas por la
habitación, interrumpía con sus balbuceos el sonido de los instrumentos.
Cuando apenas sabía hablar se quejó amargamente viendo que llegaba un
amigo de sus padres con las manos vacías.
--¡Hoy no traes tu violín de manteca!--exclamó con acento de decepción.
La manteca era para el pequeño salzburgués lo más fino y más dulce del
mundo.
No sabía aún modular palabras con su boca y hacía ya hablar al piano;
los signos del solfeo los aprendió antes que los caracteres del
alfabeto. Mariana dominaba la música lo mismo que él. En Salzburgo,
todos se hacían cruces del niño prodigioso, que á los seis años tocaba
el piano como un concertista. El mismo príncipe-arzobispo se dignó
llamarlo al palacio, admirando la habilidad del hijo de su maestro de
capilla, pero sin ocurrírsele aumentar el sueldo de éste en unas cuantas
_coronas_.
Las necesidades de la vida impulsan de pronto á Leopoldo á una
resolución digna de nuestros tiempos. Despiértase en él una avidez de
empresario. Un día, el pequeño Amadeo, ante los ojos llorosos de la
madre, que ve próxima una separación, contémplase en un espejo, ridícula
y graciosamente vestido como un gran señor, con casaca galoneada, blanca
peluca de corte y una espadita al costado. Va á correr el mundo con su
padre y su hermana, dando conciertos, y empieza sus peregrinaciones
penosas de corte en corte, durmiendo en malas posadas ó en palacios de
potentados _dilettanti_; teniendo que tocar unas veces ante reyes, y
otras ante muchedumbres que discuten con Leopoldo el precio de la
entrada. En la corte de Viena, le tratan como un príncipe y juega con
la archiduquesa María Antonieta, futura reina de Francia. En Versalles
le besan y lo adormecen sobre sus grandes faldas las beldades amigas de
Luis XV. En Italia, la muchedumbre fanática de Nápoles, asombrada de su
precocidad, cree que el músico niño ha hecho pacto con el diablo y le
obliga á tocar quitándose una pequeña sortija que lleva, á la que
atribuye la superstición un poder mágico. En Milán compone una ópera á
los nueve años, dirige la orquesta la noche del estreno, y el público le
saca en hombros, gritando: _¡Eviva il maestrino!_
Muere el padre; la hermana, simple compañera de ejecución musical,
vuelve al lado de la madre; Mozart, hecho ya hombre, se ve sumido en la
obscuridad que llega de pronto para los artistas precoces, cuando
pierden el encanto de la infancia. Empieza entonces su vida en Viena de
luchas y miserias. Es un innovador, y la corte prefiere á los músicos
italianos que llenan la capital austriaca. El mismo emperador le
aconseja pedantescamente que imite al primer músico de la época, el hoy
olvidado Sallieri. Para vivir, escribe sus graciosos _minuettos_, por
unos cuantos florines, cada vez que un gran señor da un baile en su
palacio. Los rivales abusan de su carácter bondadoso y dulce, acosándolo
con insultos, dificultando su trabajo con toda clase de intrigas. Entre
la nube de músicos y poetas de todos los países, caída sobre Viena por
la atracción que ejerce una corte aficionada á las artes, encuentra
pocos amigos. Su dulce debilidad sólo halla apoyo y consuelo en el
español Vicente Martín, un músico procedente de Valencia, autor de
óperas olvidadas y que figura en la historia de la música como inventor
del vals. También son sus amigos el italiano Daponte, abate bohemio y
licencioso, que escribe los versos de sus _libretos_ en plena
embriaguez, y un alemán feo, sombrío y malhumorado, incapaz de intrigas
y de numerosos afectos, llamado Luis Beethoven.
Las óperas que escribe gustan á lo más selecto del público, pero no le
dan dinero. Cuando se casa con Constanza Wéber, sus amigos Martín y
Daponte van á visitarle en su pobre casita, al día siguiente de la boda,
y le encuentran bailando con la mujer.
--Hace tanto frío y la leña cuesta tan cara, que nos calentamos
así--dice el maestro sonriendo.
Y continúa el baile, moviendo su cuerpo débil, elegante y gracioso, que
hacía de él uno de los más distinguidos danzarines de la época.
En Praga, con el estreno de _Don Juan_, empieza para él la celebridad.
Tiene dos hijos, su mujer puede reunir algún dinero; los empresarios le
piden nuevas obras; la corte fija su atención en él y le encargan misas
ó contradanzas... y cuando el bienestar entra en la casa, se introduce
igualmente la muerte siguiendo sus pasos.
Un día, un señor vestido de negro y de aspecto siniestro llega á la
vivienda de Mozart, y entregándole como adelanto una bolsa llena de oro,
le encarga que escriba cuanto antes una misa de muertos.
Es el testamentario de un gran señor fallecido en el campo, pero á
Mozart, roído por la tisis y perturbado por las supersticiones que
acompañan á toda enfermedad, le parece que el hombre vestido de negro es
la misma Muerte que viene á anunciarle su próximo fin, y se lanza á
escribir la famosa _Misa de Requiem_ convencido de que se estrenará en
sus propios funerales. ¡Las noches de cruel insomnio, con la certeza de
que toda nota trazada es un segundo menos de vida, de que avanza el
temido final con cada nueva hoja añadida á la partitura, amontonando
sobre el pentagrama lágrimas y melancolías!... Su vida iba
extinguiéndose así como avanzaba su obra. Casi moribundo, quiso oirla, y
con un esfuerzo supremo cogió en sus manos el papel del tenor.
Un discípulo se sentó al piano; otros se encargaron de las diversas
partes de la obra; Mozart, hundido en un sillón, con el papel ante los
ojos, cantaba con una voz trémula y dulce, como el cisne de las leyendas
antes de morir. Al llegar al _Lacrimosa_, su voz se cortó con un gemido.
--¡No, no puedo más!
Y echó la cabeza sobre el respaldo, para no levantarla nunca, entre las
lágrimas de amigos y discípulos, y los alaridos de Constanza, que, al
fin, podía dar expansión á su dolor.
Al día siguiente fué el entierro, día tempestuoso y gris que arrojaba
sobre Viena un verdadero diluvio.
Gran concurrencia en la casa mortuoria: todos los músicos de Viena,
algunos grandes señores de la corte y delegaciones de la Masonería,
agradecida á Mozart por su _Cantata de los fracmasones_, que aun se toca
en muchas logias.
El fúnebre cortejo emprendió la marcha bajo la lluvia torrencial. El
agua saltaba furiosa sobre los rojos paraguas de ballena; los zapatos de
hebillas y las negras medias de los acompañantes hundíanse en los
arroyos fangosos. Hay que conocer Viena, enorme ciudad, para darse
cuenta de lo penoso de una marcha hasta el cementerio, por calles
interminables. En una esquina se quedaba un grupo del cortejo,
diciéndose que ya había acompañado bastante al difunto camarada en un
día como aquel; más allá desertaban otros; las carrozas de los señores
habían desaparecido; los más valientes y más fieles llegaron hasta las
afueras. Total, que al anochecer, con los caballos chorreando y á un
paso vacilante, en la penumbra del crepúsculo, llegó al cementerio un
coche fúnebre... sin que lo siguiese nadie.
Algunas semanas después, cuando la viuda quiso saber dónde estaba el
cuerpo de Mozart, nadie supo contestarle. Ninguno del cortejo había
presenciado el entierro. Los sepultureros no supieron explicarse, ni
pudieron nunca ponerse de acuerdo. ¡Se entierra tanta gente durante un
solo día en una ciudad enorme!... La Nada tragó para siempre el cuerpo
del maestro, y la Duda le sirvió de lápida mortuoria. Se sabe de cierto
que sus restos están en el cementerio viejo de Viena, y esto es todo.
La ciudad de Salzburgo ha convertido en museo la vieja casa del maestro
de capilla Leopoldo Mozart, donde nació el prodigioso compositor. El
_Mozarteum_ contiene en sus pobres habitaciones, de techo bajo y
pavimento de vieja madera, todos los recuerdos de la vida del maestro:
instrumentos, retratos, vestidos y hasta cartas. En una vitrina figura
un cráneo... ¡El cráneo de Mozart! El catálogo no lo asegura, pero el
conserje lo afirma bajo su palabra, y los más de los visitantes admiran
la cúpula ósea bajo la cual nacieron tantas bellas melodías.
Si el alma es inmortal y se entera de lo que ocurre en este mundo, tal
vez á estas horas algún antiguo mozo de cordel de Viena estará riendo en
el Paraíso, al ver que atribuyen á su pobre calavera la paternidad del
_Don Juan_.


XI
Viena la elegante

Desde Munich á Viena los hombres del pueblo, y aun muchos burgueses,
bien sean bávaros ó austriacos, muestran todos tres aficiones comunes:
aman el canto, se agujerean las orejas para llevar pequeñas monedas á
guisa de pendientes, y no pueden usar un sombrero sin adornarlo con una
pluma ó un grupo de flores silvestres.
Los pequeños chambergos de felpa verde ó acaramelada, con el ala caída
sobre el bigotudo rostro, están siempre rematados por enhiestas plumas
de gallo, que se cimbrean junto al cogote. El pueblo de la Baja Alemania
siente una gran simpatía por el Tirol y sus pintorescos montañeses,
únicos que en días de desgracia para la patria supieron resistir á la
invasión napoleónica, imitando á los guerrilleros españoles.
La _tirolesa_, canción robada al gorjeo de los pájaros, hace oir sus
trinos desde Munich á Viena, en caminos y ferias, teatros y montañas.
En el _Theresien-Wiese_, de Munich, extensa explanada frente á la
estatua de Bavaria, se verifica á fines de verano la feria anual de los
tiroleses, y de la mañana á la noche trina el ruiseñor, canta el mirlo y
gorjea la alondra, no con notas vagas, sino intercalando en sus escalas
versos que hablan de amores y luchas en las montañas verdes, coronadas
de nieve.
La música es una necesidad para los pueblos de la Baja Alemania. Cuando
se les ve de cerca se comprende que las estatuas de grandes
compositores, compatriotas suyos, llenen calles y plazas. No hay café
que no tenga orquesta, ni restaurant al aire libre sin banda militar. En
Munich, el público de las cervecerías canta á coro, acompañado por los
violines y chocando los bocks como los bebedores de Goethe en el
_Fausto_. En Viena, la patria de Strauss y de Suppé, el vals lánguido y
elegante ó la marcial retreta suenan en todos los establecimientos
públicos.
El catolicismo austriaco es el más armonioso de la cristiandad papal.
Una simple misa rezada en la catedral de San Esteban, ó en cualquier
otro templo de Viena, es en los domingos un verdadero concierto. Suena
el órgano un ligero preludio, como para dar el tono; los fieles,
hombres, mujeres y niños, tiran del librito que les sirve de guía para
recordar los versos de los himnos, y la misa se desarrolla en medio de
un coro de centenares y aun de miles de voces, sin que ni una sola
desentone, siguiendo todas instintivamente el ritmo, sin necesidad de
dirección, con un ajuste maravilloso. Las voces graves acompañan con
artísticas disonancias el canto femenino ó infantil, y este coro, de
música difícil, suena durante una hora como el del mejor teatro de
ópera.
En Viena, la música es algo nacional, que constituye el orgullo del
pueblo. Las bandas de los regimientos austriacos son verdaderas
orquestas. Cuando Austria dominaba la Alta Italia, los patriotas
venecianos y milaneses ocultábanse en sus casas para no ver á los
abominables invasores; pero así que sus bandas sonaban en las calles,
abrían instintivamente las ventanas, confesándose que los malditos
_tedescos_ manejaban como ángeles sus instrumentos.
Viena ha visto ella sola nacer más obras musicales de fama universal que
todo el resto del mundo. En modestas callejuelas vecinas al Palacio
Imperial y al teatro de la Ópera, vivieron Mozart, que escribía
_minuettos_ originales para cada baile que se celebraba en Viena, y
Beethoven, que componía una cantata por cada victoria de los ejércitos
aliados, ó producía todas las semanas algo nuevo para los conciertos y
fiestas de los grandes plenipotenciarios, arregladores de Europa, en el
famoso Congreso de 1815.
Viniendo de Alemania, se presenta Viena como una ciudad encantadora,
resumen de toda clase de bellezas y elegancias. Las tiendas de modas
del imperio germánico, en su deseo de aislar á Francia creándola el
vacío, pretenden ignorar que existe un París, al que las mujeres de todo
el mundo piden el último tipo de elegancia. _Modelo de Viena_, dicen en
los escaparates alemanes las etiquetas de los sombreros y vestidos.
Si fuera posible colocar juntos á París y Viena, para abarcarlos en una
sola ojeada, es seguro que la capital austriaca saldría vencida de la
comparación. Pero Viena está muy lejos, y para llegar á ella hay que
atravesar las ciudades alemanas, con sus mujeres vestidas como
institutrices pobres, de malfachada gordura, y que para colmo de
desdicha, por un patriótico orgullo de su exuberante maternidad,
raramente usan corsé.
Por eso la elegancia de Viena causa mayor impresión, desde el primer
momento, que la que se siente en París cuando se llega á éste procedente
de España ó de Italia.
Hay que confesar también que las vienesas son físicamente superiores á
las parisienses, y su fama universal de belleza no es usurpada. La
española hermosa es muy superior á la vienesa; pero en las calles de
Viena se encuentra mayor número de mujeres guapas que en las calles de
Madrid. Las nuestras las vencen por la calidad, pero ellas son
superiores por la variedad y el número.
Austria es la verdadera frontera de la Europa central... y _europea_.
Más allá, hacia el Oriente, están acampados pueblos que, aunque de
aspecto semejante al nuestro, son de origen asiático y han sido
depositados en el lugar que ocupan por el oleaje de las invasiones. Por
dos veces llegó la avalancha turca hasta el pie de los muros de Viena.
Los doscientos y pico de pueblos que constituyen hoy el imperio
austriaco, con su carnavalesca variedad de colores, lenguas, trajes y
costumbres, unos rubios, como los germanos más septentrionales, otros
obscuros ó amarillentos, cual las tribus del interior de Asia, han
producido con sus cruzamientos extraños tipos de belleza. En esta tierra
ha ocurrido el último choque de Oriente y Occidente. Hasta aquí llegó el
supremo empujón del Asia invasora, y como núcleo de un pueblo perdido en
las remotas lobregueces de la historia, viven en Austria los _tzíganos_
ó bohemios, de los que son ramas sueltas los gitanos y _romanicheles_
que vagan por Europa.
Conjunto de mil caracteres extraños á su raza, es la mujer vienesa. Su
color resulta incierto. Puede ser morena y de ojos de brasa como una
gitana, ó rubia y de mirada azul como si hubiese nacido en Berlín. Es
devota como una española, y al mismo tiempo alegre como una italiana, y
elegantemente desenvuelta cual la parisién. La blanca piel de las razas
del Norte no tiene en ella la fría pasividad germánica, pues parece
caldeada por la voluptuosa sangre de la odalisca.
El amor no la enloquece, á juzgar por los conflictos de su vida, que se
reflejan en el teatro y la novela.
El lujo, el deseo de parecer aun más hermosa la dominan tan
imperiosamente, que en su alma no queda espacio para otras pasiones.
En Viena todos visten bien, hombres y mujeres. En ninguna capital de
Europa se ve á la gente mejor presentada. Los hombres parecen recién
salidos de la tienda del sastre. Las mujeres elegantes son incontables.
Todas, aun las más modestas, si son hermosas, parecen escapadas de las
láminas de un periódico de modas.
Algunas son ricas; una gran parte sólo gozan de cierto bienestar; la
inmensa mayoría son pobres, como en los demás países. ¡Y sin embargo,
Viena, por lo mismo que es una ciudad elegante, resulta muy cara y exige
grandes gastos para el sostenimiento de lo superfluo!...
La emperatriz Elisabeth, asesinada en Ginebra, odiaba á Viena, donde
había pasado la mayor parte de su vida. Para no verla, iba errante por
Europa, viviendo tan pronto en las islas griegas como en las montañas
suizas, hasta que la hirió el puñal anarquista en las riberas del Leman.
--Viena...--decía con indignación--. ¡La ciudad bella y engañosa! ¡El
lugar más corrompido de la tierra!...
Hoy la soberana de las tristezas errantes, la infatigable lectora de
Heine, poeta de las inmensas amarguras, se pudre en el panteón
imperial, con todas sus decepciones y protestas.
En calles y jardines siguen sonando las valses; las enaguas revolotean
en las aceras con rítmica marcha que deja tras los graciosos pies una
estela de perfumes; los lujosos carruajes, tirados por caballos
húngaros, corren por las avenidas del Prater; á la entrada del célebre
paseo, en el _Wurst el Prater_ ó «Prater del Polichinela», el buen
pueblo, satisfecho de su emperador, baila y se emborracha con cerveza,
esperando la noche para fabricarle nuevos súbditos al soberano, y por
encima de los tejados de Viena suenan á todas horas las campanas de cien
iglesias y conventos, lo mismo que en una ciudad española.


XII
El subterráneo de los emperadores

El fraile capuchino, un arrogante mocetón de barba rubia, agita sus
brazos blancos y fuertes fuera de las mangas del hábito, al mismo tiempo
que me habla en alemán. La expresión negativa de su voz me hace
comprenderle. Es domingo, y hasta el día siguiente no se abre el Panteón
Imperial. Estoy en la sacristía del _Capuzinekirche_, templo en cuya
cripta reposan los cadáveres de los emperadores de Austria.
--El caso es que mañana no podré volver--digo yo por contestar algo al
fraile.
--¿Es usted francés?--balbucea él en dicho idioma, al mismo tiempo que
sonríe, mirando á una de mis solapas, en la que llevo la roseta de la
Legión de Honor, como si tuviese cierta satisfacción en molestarme.
--No señor; soy español.
Su rostro parece iluminarse. El azul de sus ojos toma una ternura
acariciadora.
--¡Ah, español!...
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