Oriente - 02

Total number of words is 4720
Total number of unique words is 1776
30.5 of words are in the 2000 most common words
45.8 of words are in the 5000 most common words
53.1 of words are in the 8000 most common words
Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
que llegue el instante de regresar al hotel. Su marido está en la sala
de juego, y la buena Rebeca ó Miryam, sumida en su coraza adiposa,
aguarda horas y horas, viendo en sus cortos ensueños, como ángeles de
luz, algunos nuevos billetes y luises de oro que vengan á unirse al
capital que amasan los dos con una avidez de raza.
En todas partes, los usureros, los prestamistas, los adoradores de la
fortuna, son los fieles más fervientes del juego. Parece una
incongruencia, pero cuanto más se ama el dinero, llegando en esta
adoración hasta la manía, más dispuesto se está á arriesgarlo á un azar,
con la locura de la ganancia rápida. En España, los principales
consumidores de billetes de la Lotería Nacional son avaros que apenas
comen. En las timbas y casinos, los _puntos_ más asiduos son
prestamistas y usureros, capaces de cometer una mala acción por una
peseta y que pierden mil sin desesperarse, bajo la ilusión de una
próxima ganancia.
Los artistas, los escritores, hombres poco prácticos, faltos de
habilidad para conservar el dinero, y que parecen despreciarlo por la
prisa que se dan en separarse de él, apenas se sienten tentados por el
juego, y eso que no pretenden pasar por ejemplos de virtud. Son muchas
veces alcohólicos; el eterno femenino complica y desordena los días y
las horas de los más; hasta los hay que en sus pasiones y gustos
desobedecen las órdenes de la Naturaleza... pero jugadores tenaces y
convencidos yo no conozco ninguno.
Todo jugador es un avaro que desea el dinero de los demás y siente la
fiebre de quitárselo sin arrostrar persecuciones de la justicia. En
fuerza de adorar al dinero, el jugador acaba por no saber para lo que
sirve, y sólo lo admira como una divinidad majestuosa de la que no puede
sacarse provecho alguno.
Yo he conocido un viejo famélico y haraposo, que dormía durante la
mañana en los bancos del Retiro y pasaba la tarde y las noches en las
casas de juego. Comía las sobras de los otros jugadores, asistía con
preferencia á los círculos donde le obsequiaban con algún café, como
_punto fuerte_, y cuando perdía, que era las más de las veces,
ocultábase por unos instantes en el lugar más nauseabundo de la casa, y
extraía billetes de Banco de sus zapatos rotos, del sudador del
grasiento sombrero, de las ropas haraposas, esparciendo sobre el tapete
verde una parte de sus pegajosos habitantes.
--El dinero se ha hecho para jugar--decía sentenciosamente--. Y lo que
quede, si queda algo... para comer.


IV
La ciudad del refugio

Bandas de cisnes, unos blancos, otros negros, cortan, con majestuosa
natación, las atropelladas aguas de un río ancho y azul; casas enormes,
de puntiagudos techos, asoman por encima de la arboleda de los muelles;
más allá, las verdes colinas se abren, mostrando por el ancho desgarrón
una superficie glauca y ligeramente ondulada, como un pedazo de mar; más
allá aún, cierra el horizonte una muralla de montañas, esfumadas por la
distancia, y entre dos de sus cumbres se ve algo así como un
amontonamiento de nubes que á ciertas horas, bajo la luz anaranjada del
sol, toma las formas de un bloque inmenso de cristal, con agudas
aristas. El río en que nadan los cisnes es el Ródano, que acaba de
nacer; la ciudad es Ginebra; el pedazo de mar, el azul lago de Leman, y
el cristalino amontonamiento que parece flotar en el espacio, más allá
de las montañas, el famoso Mont-Blanch.
En Ginebra la realidad no responde á las ilusiones y simpatías que trae
el viajero como producto de sus lecturas. ¿Quién no ha amado á la
tranquila ciudad suiza, la _Roma protestante_, que durante dos siglos
fué el refugio de todos los rebeldes de Europa, en guerra con los papas
y los reyes? El respeto á la libertad humana fué y es aún un dogma
religioso del pueblo ginebrino. Teniendo que luchar siglos y siglos
contra los duques de Saboya y contra sus propios arzobispos soberanos
para conseguir la independencia, los ginebrinos, conocedores de lo que
cuesta la libertad, la respetaron siempre en la persona del extranjero.
Aquí se refugiaron los réprobos perseguidos por la Inquisición española
ó por los reyes de Francia; aquí encontraron un asilo, en la República
cristiana, gobernada por el ascético Consistorio, todos los que por
desear una conciencia libre no encontraban en Europa tierra donde
colocar sus pies y una piedra en la que descansar la cabeza; todos menos
nuestro compatriota Miguel Servet, víctima de los rencores de Calvino.
Aquí vinieron los fugitivos de Francia luego de la revocación del edicto
de Nantes, y en los modernos tiempos Ginebra dió asilo á los románticos
defensores de la moribunda Polonia, á los revolucionarios italianos, á
los revolucionarios españoles, á los apóstoles de _La Internacional_ y á
los nihilistas y anarquistas, acosados y arrojados de otras tierras como
perros rabiosos.
Esta ciudad liberal y clemente, que abre sus puertas en el centro de
Europa, como los antiguos templos poseedores del derecho de asilo,
ofrece el más rudo contraste entre sus habitantes y su historia. Parece
que debiera ser una ciudad de pensadores y de artistas, una república de
hombres de estudio, llegados á la suprema tolerancia por la elevación de
su pensamiento, y es una población burguesa, llana y monótona, en la que
no creo exista una mediana imaginación: un Estado de relojeros
pacienzudos y vendedores de peletería, que come bien, fabrica excelentes
cronómetros, despacha tabaco barato y da gracias á Dios, cantando lo más
desafinadamente que puede, al son de un mal órgano, en el interior de
los desnudos templos calvinistas ó en grandes mítines religiosos al aire
libre.
En varios siglos de libertad y horizontes sin límites para el
pensamiento, Ginebra no ha producido un gran artista ni un escritor
célebre. Toda su gloria intelectual se concentra en Rousseau, ginebrino
de ocasión, bohemio inquieto, complicado y enfermizo, que se honró con
el título de ciudadano de Ginebra, siendo lo más contrario del pacífico
y tranquilo burgués de la ciudad del Leman.
Á Ginebra le basta para su esplendor intelectual con la gloria de las
ilustres personalidades que se refugiaron en ella buscando reposo: desde
el batallador español Servet que, huyendo del brasero inquisitorial
encendido en nombre de Cristo, cayó aquí en la hoguera, iluminada en
honor de la Biblia, hasta Voltaire, Rousseau, madame Stael y los
modernos revolucionarios, como Bakounine, Mazzini, etc.
El recuerdo de Rousseau llena la ciudad de Ginebra, y el de Voltaire
sale en los alrededores al encuentro del viajero.
Los cisnes blancos, que mueven su cuello sobre las aguas como serpientes
de marfil, y los cisnes negros de pico de escarlata, se refugian tras
una isleta que marca el límite donde el lago Leman se convierte en el
impetuoso Ródano. Es la isla de Rousseau. Hoy está convertida en pulcro
paseo, con una estatua del pensador, y ocupa el verdadero corazón de la
ciudad. Hace siglo y medio era un apacible retiro, algo agreste, donde
el artista meditaba sentado en la hierba, bajo la sombra de los grandes
álamos, con los ojos fijos en el azul horizonte del lago.
En este paisaje sonriente y dulce, que parece exhalar un intenso amor á
la Naturaleza, inspirando nuevos entusiasmos por la vida, se comprende
la originalidad artística de Rousseau y su poderosa influencia
literaria, que aun dura y durará por los siglos de los siglos. Rousseau
introdujo la Naturaleza en la literatura; fué el padrino que tuvo en sus
brazos al arte moderno en el instante de su nacimiento.
Antes de él, sólo aparecía el hombre como único protagonista en novelas
y poemas. Rousseau infundió vida á cosas hasta entonces inanimadas, y
gracias á su poder de evocación, los pájaros, las flores, las montañas,
el cielo, entraron como nuevos personajes en el escenario de la
literatura.
Al relatar su infancia introdujo por primera vez como elemento artístico
el revoloteo y el canto de una alondra, y «este canto--como dice
Sainte-Beuve--saludó el nacimiento de la literatura moderna, con sus
descripciones que hacen de la Naturaleza el primer protagonista». Sus
hijos fueron primeramente Chateaubriand, y luego Víctor Hugo con toda la
escuela romántica, que infundió el alma de los hombres á las cosas,
haciendo hablar á las viejas catedrales. Sus nietos son los modernos
naturalistas, y su posteridad acabará cuando perezcan la vida y el arte.
Ginebra y su lago infundieron á Rousseau este amor á la Naturaleza. El
gran artista sentimental soñaba rodeado de obesos comerciantes y
tranquilos relojeros, incapaces de sentir otros anhelos que los de una
buena mesa y una familia sana.
Sus _Confesiones_ hablan con ternura de la paz de Ginebra, de la belleza
del lago, de su tranquilo refugio en Vevey, en la posada de «La Llave».
Su _Nueva Eloísa_ tiene á Clarens por escenario, con la superficie azul
del lago, y enfrente las verdes y sombrías cumbres de los montes
saboyanos.
Cuando los azares de su existencia errante le arrancaron de Ginebra,
otro huésped ilustre, pero más rico y ostentoso, vino á ocupar su sitio.
Era un artista, un bohemio como él, pero en esferas más altas, con un
egoísmo sonriente que le permitió extraer de la vida sus mejores
dulzuras. Rodaba de palacio en palacio, así como el otro iba de hostería
en hostería. Sus acreedores eran reyes y duques; sus amantes, damas de
la corte, mientras las de Rousseau eran infelices criadas ó burguesas. Á
su puerta llegaban con exótica curiosidad lores y boyardos, deseando
conocer al árbitro de los elegantes cinismos y de la gracia francesa.
Era Voltaire.
Su vejez quebrantada buscó refugio en los alrededores de Ginebra,
estableciéndose en la pequeña aldea de Ferney, donde adquirió la
majestad de un patriarca sonriente. El contacto con la Naturaleza hizo
tierno, sentimental y bondadoso al terrible burlón de los salones de
Versalles, é infundió una religiosidad deísta á su escepticismo.
Los últimos años de su vida, en medio del campo, á la vista de las
inmensas montañas, fueron de bondad y filantropía. Educó á los
campesinos, pleiteó y escribió por librarles de las gabelas feudales,
estableció riegos y escuelas y expuso su tranquilidad por defender á los
Dreyfus de su tiempo. Vivía como un príncipe en Ferney. Habitaba un
gracioso palacio en el fondo de un parque, y allí escribía á sus buenos
amigos Federico de Prusia y Catalina de Rusia, ó recibía las visitas de
todos los grandes señores que pasaban por Suiza.
El palacio de Ferney es hoy una de las peregrinaciones obligatorias de
los viajeros que visitan Ginebra. Los salones se conservan como en
tiempos de su ilustre dueño, con muebles de estilo rococo y cuadros que
recuerdan á los soberanos y las beldades que distinguieron con su
amistad al poeta.
En un extremo del parque se eleva una pequeña iglesia de aldea,
construída por el impío autor del _Diccionario filosófico_ en sus
últimos años.
«_Dea erexit Voltaire_», dice una dedicatoria grabada en la fachada.
Esto, que parece una blasfemia, fué una de tantas humoradas del anciano
de Ferney.
--Esta iglesia que he construído--decía Voltaire--es la única de todo el
universo elevada en honor á Dios. Inglaterra tiene iglesias construídas
para San Pablo; Roma, para San Pedro; Francia, para Santa Genoveva;
España, para innumerables vírgenes; pero en todos esos países no hay un
solo templo dedicado á Dios.
En el salón principal del palacio, sobre una enorme chimenea, se ve un
pequeño mausoleo que guardó el corazón del poeta poco después de su
muerte.
«Su corazón está aquí, pero su espíritu está en todas partes», dice una
inscripción.
Esto es verdad, pero no por completo. El espíritu que está en todas
partes no es el de Voltaire, sino el de su siglo. Voltaire fué como esas
estrellas solitarias que anuncian con su fría luz un amanecer ardoroso.
Sus burlas destructoras no bastaban para preparar una revolución. El
plebeyo y dolorido Rousseau, si resucitase, encontraría su espíritu
difundido en la sociedad moderna, mucho más que el aristocrático
patriarca de Ferney.


V
El lago azul

Desciende el viento de las montañas sobre la inmensa copa del lago. Las
aguas, de un azul celeste, se obscurecen al rizarse, con una opacidad
semejante á la del mar, y blancos vellones ruedan sobre las ondas, como
rebaños dispersos por el pánico trotando hacia las lejanas riberas. Las
barcas destacan su doble vela latina sobre las colinas verdes, moteadas
de rojo por las techumbres de los _chalets_ y coronadas por la diadema
negra de los bosques. Los grandes vapores de pasajeros ensucian por un
instante el puro azul del cielo con su penacho de humo. La soberbia
cadena del Jura alza en la orilla francesa sus colosales moles, y en la
ribera de enfrente, las montañas suizas alinean sus declives cubiertos
de viñedos, de bosquecillos y de casitas que parecen extraídas de una
caja de juguetes, lo mismo que las vacas que pastan en sus prados y los
aldeanos vestidos como los coros de una ópera cómica. En el último
término de la azul extensión, las montañas se aproximan, las riberas se
estrechan hasta desaparecer, las cumbres descienden casi verticalmente
sobre las aguas, entenebreciéndolas con su densa sombra, y todo adquiere
un carácter áspero y bravío.
Es el Leman, el lago azul, el más famoso de los pequeños mares
interiores de Europa, el amado de los poetas é idealizado mil veces por
el pincel de los artistas. En sus riberas puso Rousseau las aventuras
sentimentales de sus mejores novelas: aquí imaginó madama Stael las
desventuras amorosas de su «Corina», que fué una _superhembra_ de su
época; por estas aguas vagó la barca de lord Byron, y en nuestros
tiempos han visto pasar sus orillas las merovingias melenas y la fina
sonrisa de Alfonso Daudet, preocupado en el arreglo de las aventuras
alpinas de su Tartarín, ó han presenciado la lenta agonía de un anciano
de áspera barba, robusto y rudo, que llevaba en su entrecejo la
desesperada obstinación de todo un pueblo moribundo, y se llamaba Pablo
Krüger.
Las aguas azules, rizadas y espumeantes, parecen las de una inmensa
bahía. La imaginación, olvidando las alturas del macizo país suizo,
forja, al través de las montañas, invisibles y lejanos estrechos que
ponen al Leman en comunicación con el Mediterráneo, del cual tiene el
color de las aguas. Pequeños puertos frente á cada población del lago
revelan en sus escolleras de peñascos la irritación de que es
susceptible este poético lago cuando llega el invierno y las ráfagas
que descienden de los montes mueven en espumoso revoltijo este mar
encajonado, batiendo las riberas con el martilleo de su ola corta é
incesante. En estos puertos, el cisne majestuoso que parece haber
presenciado las más remotas leyendas, y la barca de dobles velas igual á
la de los tiempos de la independencia helvética, se rozan y mezclan con
el yate de vapor de los millonarios y las canoas automóviles que
revuelven las aguas con un hervor de tempestad.
La orilla francesa y la suiza, Thonon y Evian á un lado, y enfrente
Lausana, Vevey y Montreux, son iguales en su aspecto exterior: risueños
bosques, hoteles enormes como ciudades, todas las alturas coronadas por
palacios destinados al hospedaje y orquestas malas á las puertas de los
cafés, bajo las arboledas de los muelles y sobre las cubiertas de los
buques.
Las diferencias entre ambos países, con ser de poca monta, resultan de
gran interés.
En la orilla francesa se ven mujeres hermosas y elegantes, rodeadas de
hombres que las siguen y las envuelven en las más respetuosas
atenciones, como sagradas vestales. Son _cocottes_ que poseen el chic,
ese espíritu indefinible y misterioso que nadie sabe en qué consiste,
santo _tabou_ que hace caer de rodillas á los salvajes de la imbecilidad
elegante.
En la orilla suiza se ven mujeres solas, de ademanes sueltos y aire
decidido, que van de un lado á otro con la más tranquila audacia. Son
señoras decentes, que pueden moverse con entera libertad, sin miedo á
verse confundidas con una clase que no existe, ó caso de existir,
excepcionalmente, se ve repelida por la hostilidad del ambiente
protestante.
Á un lado del lago campea el anuncio francés, gracioso y ligero; damas
escotadas, con grandes sombreros y las piernas al aire, que pregonan las
excelencias de un chocolate ó unos baños. En la ribera suiza, el cartel
de macizos colores representa siempre una niña ordeñando una vaca, una
osa dando el biberón á un osezno, ó un _chalet_ á cuya puerta bebe
glotonamente la tranquila familia el licor de sus rebaños. La leche y el
oso (animal amado de los suizos y símbolo de su país) son los dos
principales elementos artísticos de este pueblo, que es siempre pesado y
sólido cuando se propone _hacer_ imaginación.
El lago Leman tiene en un extremo más cerrado y abrupto una joya
histórica, un lugar de peregrinación, al que acuden todos los
extranjeros.
El castillo de Chillón vale tanto para los suizos como el recuerdo de
Guillermo Tell. Hasta tiene sobre éste la ventaja de que, siendo muchos
los que dudan de la existencia del héroe suizo, nadie puede dudar de la
del castillo, pues ahí está, cuidadosamente conservado y restaurado,
hundiendo sus cimientos en las aguas profundísimas del Leman y
destacando sobre el verde de las montañas las caperuzas rojas de sus
torres.
Cada país ama lo que no tiene y se lo apropia inventándolo. El plácido
montañés suizo, que vive en plena libertad, en el tranquilo equilibrio
de una buena digestión, sin conocer brujas ni temer ánimas en pena, en
medio de un paisaje sonriente y gracioso, necesita salpimentar su
existencia con algo terrorífico y espeluznante.
Así como España se esfuerza en demostrar que la Inquisición y las
expulsiones de judíos y moriscos no fueron tan terribles como se ha
dicho, y Francia arregla á su modo lo de San Bartolomé y las Dragonadas,
y todos los países se sacuden como pueden las ferocidades del pasado, el
buen suizo amontona horrores sobre horrores en el castillo de Chillón,
especie de Bastilla helvética, con vistas al lago y las montañas, lo
mismo que cualquier hotel de los alrededores, en los que se paga con
generosidad principesca el honor de vivir alojado. La prisión de
Bonivard, un patriota ginebrino, mártir igual ó inferior á los miles de
miles de mártires que suman todas las patrias de este planeta, ha
servido de punto de partida á los suizos para cargar al pobre y
sonriente Chillón con toda clase de crímenes.
Entráis en el castillo, confundidos en un rebaño de viajeros ingleses, y
la guardiana, una suiza peliblanca, seca y de ojos claros, que da
vueltas á una enorme llave introducida en uno de sus índices, os señala
un hecho espeluznante á cada paso, con una voz monjil, como si estuviera
cantando el domingo en la capilla de lo que llaman «religión nacional».
Ve una viga y os dice al momento: «De aquí colgaban los duques de Saboya
á sus enemigos.» Ante un montón de piedras: «Aquí dormían los condenados
á muerte su último sueño.» En un cuartucho, sin otros muebles que unos
cofres viejos: «Esta era la cámara de tormento donde despedazaban á los
hombres.» Frente á una poterna que se abre sobre el lago: «Por aquí
arrojaban los cadáveres de los condenados. Cien metros de fondo, señores
míos.» En la cocina del castillo, su indignación patriótica, no sabiendo
qué inventar, señala la chimenea, afirmando que en ella se asaban bueyes
enteros, para que el buen auditorio se diga escandalizado: «¡Pero qué
tíos tan brutos eran los duques de Saboya!...»
Y mientras se suceden las horripilantes explicaciones, en los llamados
subterráneos, que tienen grandes ventanas por las que penetra á raudales
la luz, ó en las altas cámaras, con miradores por los que se ve el
mágico espectáculo del lago, el castillo sonríe, hundidos sus pies en el
azul y su cabeza rodeada de un nimbo. Y la hiedra que escala los góticos
ventanales, moviéndose al soplo de la brisa, como con un ademán
negativo, las ondas que susurran al morir dulcemente contra los fuertes
bastiones, el sol que colora con un tono naranja las vetustas piedras,
dándolas palpitaciones de vida, todo parece decir á gritos: «No la
creáis; ¡mentira! ¡todo es mentira! Su oficio es dar una sensación
emocionante á los viajeros, para que á la salida le suelten medio
franco.»
Lord Byron fué quien inmortalizó este castillo con sus versos «El
prisionero de Chillón». El pobre Bonivard le debe la inmortalidad.
Pero ¡ay! el ridículo mata las mayores sublimidades, y después que el
poeta inglés grabó su nombre en una columna del _subterráneo_ de
Chillón, otro artista ha pasado por él, «mezcla de bayadera y de
pilluelo parisién», como dijo Zola, y poseedor de esa gracia grotesca
que los hijos del Mediodía franceses comunican á cuanto tocan.
Desde que á Alfonso Daudet se le ocurrió encerrar al desventurado y
heroico Tartarín en el castillo de Chillón, se acabó su romántico
encantamiento. ¡Adiós, pobre Bonivard! Es inútil que la guardiana
salmodie con su voz de beata calvinista:
--En esta columna estuvo atado seis años Bonivard, héroe de la libertad
de Ginebra.
Por encima del organismo escuálido y haraposo, y de la cabeza de Cristo
del patriota cantado por Byron, aparece el cuerpo rechoncho y la fiera
cabezota morena y barbuda del intrépido hijo de Tarascón, nieto
ilegítimo de Don Quijote é incansable cazador de leones... y de gorras.


VI
Los osos de Berna

Cuando llegan los extranjeros á la capital de la Confederación
Helvética, su primer deseo es siempre el mismo.
--Lléveme usted á ver los osos--dicen al cochero ó al guía del hotel.
Y al extremo de un puente, en el fondo de un foso circular, semejante á
una pequeña plaza de toros cuidadosamente enlosada, encuentran á los
hijos favoritos de Berna, á los famosos osos, que figuran en el escudo
nacional, sirven de adorno á los monumentos y se exhiben como motivo
decorativo en las fachadas y salones de los edificios públicos.
Numeroso gentío ocupa siempre la balaustrada del gran redondel, hablando
de lejos á los pesados animales, excitándolos con gritos cariñosos,
enviándoles una nube de mendrugos y frescas zanahorias. En torno del
foso hay una pequeña feria, con puestos en los que se venden vituallas
para la bestia amada y tarjetas con los retratos de estos personajes
populares. De vez en cuando uno de ellos se encarama por las ramas
transversales de un viejo tronco plantado en el centro del redondel, y
el gentío se entusiasma ante la gracia y la agilidad del pesado animal.
Los osos de Berna son ricos. Han heredado un sinnúmero de veces, pues
ciertas solteronas patrióticas les legan al morir una parte de su
fortuna. Viven en opulenta abundancia, soberbiamente alimentados, como
el pueblo suizo, del cual son á modo de un símbolo; y como si no les
bastase la manutención que les da el municipio bernés, administrador de
sus bienes, la admiración popular los acosa y abruma bajo un espeso
aguacero de regalos.
Ahora son seis nada más. Sentados sobre las patas traseras, ventrudos,
enormes, con lanas cuidadosamente lavadas, miran á lo alto, contestando
con sonrientes colmillos al griterío de la fila circular de admiradores.
Ahítos hasta la inmóvil pesadez, cogen al vuelo la zanahoria ó el pan
untado con miel, que les viene directamente á la boca; pero si el
donativo resbala ante sus colmillos y cae á sus pies, no hacen el menor
esfuerzo por recogerlo. Nuevos regalos llueven en torno de ellos, y
dejan lo que cae para sus compañeros de foso, para los parásitos que les
acompañan en su agradable cautiverio, centenares y tal vez miles de
pájaros del inmediato parque, que saltan sobre las losas buscando
migajas en los intersticios, ó picotean en el vientre y las patas de los
enormes camaradas, animando su lanudo volumen con inquietos aleteos.
Cada pueblo, en los albores de su vida, cuando aun balbucea el infantil
lenguaje de la tradición, simboliza su carácter y su existencia en un
animal. La Roma antigua, ávida y feroz, escogió á la loba; Francia tiene
al gallo fanfarrón, arrogante y belicoso; los Estados del Norte ostentan
águilas de pico rapaz y estómago insaciable; España es el león solemne
hasta en su decadencia, cuando los piojos invaden sus flácidas melenas y
la consunción de la vejez amenaza romper el pellejo con las aristas del
esqueleto; Suiza es el oso.
El fundador de Berna, que según la tradición se dejó guiar por uno de
estos animales, escogió, tal vez sin saberlo, la más exacta
representación del carácter de sus conciudadanos.
Es inútil repetir una vez más las glorias pacíficas de la República
Helvética. Todo el mundo las conoce. En cada ciudad, y hasta en la más
pequeña aldea, los dos mejores edificios son siempre la escuela y la
casa de correos. La gente come bien y tiene un aspecto saludable; sólo
se ven soldados en tiempo de grandes maniobras, cuando el gobierno
federal convoca á las reservas; en campos y caminos apenas se encuentran
gendarmes; la policía es escasa en las calles; la suprema graduación en
el ejército es la de coronel, y el que más sabe entre todos ellos toma
el mando supremo; la gran mayoría de los suizos no conoce el nombre del
presidente de la República, que sólo ejerce el cargo un año, y este
presidente, que cobra poco más que uno de nuestros subsecretarios, sale
en las mañanas de verano del magnífico palacio del Gobierno en Berna y
va á tomar un vaso de cerveza en el café Federal, alegre tabernilla que
está enfrente. En los _cabarets_ berneses se sienta uno al lado de un
señor vestido descuidadamente, con sombrero de paja viejo, el chaleco
abierto, la panza en libertad, mientras lee un periódico de apretados
caracteres alemanes, y resulta luego que es un ministro federal ó un
presidente de cantón venido á Berna para hablar mano á mano con los
gobernantes centrales. Cada uno hace lo que quiere y vive como quiere,
con la tranquilidad de que le avisarán apenas estorbe ó perjudique á los
otros, y de que su carácter pacífico, simple y disciplinado, le
aconsejará obedecer, sin el más leve intento de protesta.
¡Un país dichoso la Confederación Helvética! ¡La mejor de las
repúblicas!... Realmente, la nacionalidad más apetecible del mundo es
ser ciudadano de Suiza... pero habiendo nacido suizo.
Yo creo firmemente que esta paz del país helvético, esta tranquilidad,
este orden, es una condición de raza. Así como en la vida individual los
seres más felices y satisfechos son los que piensan menos y sólo se
inquietan de lo que toca directa é inmediatamente á sus apetitos y
necesidades, en la vida de los pueblos los que alcanzan existencia más
tranquila y ordenada son los que carecen de imaginación.
El suizo sólo contempla lo presente. Su pensamiento, tardo, pesado y un
tanto espeso, pero de paso seguro (las mismas condiciones del animal
favorito), no va más allá de lo que le rodea. La vida pública se
concentra para él en el municipio, ó cuando más en el cantón. Ni
siquiera llega á preocuparse de lo que ocurre en Berna. Encuentra
aceptable lo que le rodea, y esto basta para que no sienta deseos de
novedad.
Si de la noche á la mañana los suizos se convirtiesen en franceses, una
parte de la población fijaría su entusiasmo en el coronel Tal ó Cual,
viendo en su rostro los rasgos de un Bonaparte; se enardecería con el
redoble de los tambores, creyendo que el ejército helvético estaba
llamado á grandes glorias, y en odio á la variedad y el fraccionamiento,
borraría cantones, unificando la nación como bajo un rasero, y
convirtiendo á Berna en un París, depositario de toda la vida suiza.
Que los suizos se convirtiesen en españoles, y antes de un mes los
católicos de Friburgo, cantón que tiene más conventos y más frailes de
todos colores que cualquiera ciudad nuestra, declararían deshonroso para
su cuerpo y peligroso para su alma el hacer vida común con los cantones
que son protestantes, y las plácidas montañas verdes se llenarían de
partidas capitaneadas por curas, y la causa del Dios verdadero
intentaría convencer á tiros á los herejes para que no persistiesen en
el error.
Que fuesen italianos todos los habitantes de la libre Helvecia, y sin
You have read 1 text from Spanish literature.
Next - Oriente - 03
  • Parts
  • Oriente - 01
    Total number of words is 4617
    Total number of unique words is 1815
    27.7 of words are in the 2000 most common words
    41.9 of words are in the 5000 most common words
    49.3 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 02
    Total number of words is 4720
    Total number of unique words is 1776
    30.5 of words are in the 2000 most common words
    45.8 of words are in the 5000 most common words
    53.1 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 03
    Total number of words is 4632
    Total number of unique words is 1831
    30.1 of words are in the 2000 most common words
    44.9 of words are in the 5000 most common words
    52.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 04
    Total number of words is 4674
    Total number of unique words is 1807
    31.5 of words are in the 2000 most common words
    46.7 of words are in the 5000 most common words
    55.0 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 05
    Total number of words is 4643
    Total number of unique words is 1796
    28.9 of words are in the 2000 most common words
    44.0 of words are in the 5000 most common words
    54.1 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 06
    Total number of words is 4714
    Total number of unique words is 1769
    32.4 of words are in the 2000 most common words
    48.4 of words are in the 5000 most common words
    56.1 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 07
    Total number of words is 4715
    Total number of unique words is 1760
    30.5 of words are in the 2000 most common words
    45.8 of words are in the 5000 most common words
    54.2 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 08
    Total number of words is 4670
    Total number of unique words is 1661
    34.1 of words are in the 2000 most common words
    48.7 of words are in the 5000 most common words
    57.2 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 09
    Total number of words is 4688
    Total number of unique words is 1679
    31.3 of words are in the 2000 most common words
    46.4 of words are in the 5000 most common words
    55.9 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 10
    Total number of words is 4679
    Total number of unique words is 1681
    29.2 of words are in the 2000 most common words
    43.4 of words are in the 5000 most common words
    52.8 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 11
    Total number of words is 4685
    Total number of unique words is 1746
    30.0 of words are in the 2000 most common words
    45.8 of words are in the 5000 most common words
    54.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 12
    Total number of words is 4682
    Total number of unique words is 1721
    32.2 of words are in the 2000 most common words
    46.9 of words are in the 5000 most common words
    54.9 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 13
    Total number of words is 4752
    Total number of unique words is 1678
    33.0 of words are in the 2000 most common words
    47.5 of words are in the 5000 most common words
    55.1 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 14
    Total number of words is 4686
    Total number of unique words is 1715
    31.6 of words are in the 2000 most common words
    45.6 of words are in the 5000 most common words
    53.2 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 15
    Total number of words is 4652
    Total number of unique words is 1745
    30.1 of words are in the 2000 most common words
    43.3 of words are in the 5000 most common words
    51.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.
  • Oriente - 16
    Total number of words is 4354
    Total number of unique words is 1667
    31.1 of words are in the 2000 most common words
    45.7 of words are in the 5000 most common words
    53.7 of words are in the 8000 most common words
    Each bar represents the percentage of words per 1000 most common words.