Napoleón en Chamartín - 14

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Tengo entendido que el registro que se hace en las puertas es tan
escrupuloso, que hace difícil toda superchería. A unos les hacen
desnudar, no librándose de este vejamen ni aun las pudorosas
doncellas y las que no lo son. Examinan con farolitos las facciones,
confrontándolas con las notas de la carta; hacen vaciar las
faltriqueras, y esta ceremonia se repite en dos o tres puntos, y ante
los ojos de distintos esbirros.
--Un criado de casa --dijo la Condesa-- tiene carta de seguridad. Con
ella y disfrazándose de paleto, ¿no sería fácil burlar la suspicacia de
esa gente?
--Los paletos --dije yo-- son los más perseguidos y a los que primero
detienen, porque se teme que comuniquen a los conspiradores de aquí con
los insurgentes de fuera.
--En este momento --exclamó Amaranta-- me ocurre una idea salvadora.
Diciendo esto llamó a un criado y mandole un recado al Duque de Arión,
que vino sin tardanza alguna, pues residía en la propia casa. El cual
Duque de Arión, a quien llamo así porque se me antoja, callando su
verdadero título, que es de los más conocidos entre los de España, era
un joven de veintidós a veintitrés años, delgado, de regular estatura,
semblante frío y sin expresión, de modales elegantes y comedidos, como
de persona habituada a la alta etiqueta, y sin otra cosa notable
en su persona que la atildada perfección del vestir. Digo mal, pues
también llamaba la atención en él un acento francés tan marcado y un
tan incorrecto uso de nuestro lenguaje, que a veces no era posible
oírle con seriedad. Hijo único de una señora que no nombro, y que fue
mujer muy corrida y muy tomada en lenguas allá por los últimos años del
siglo antecedente, marchó con ella a París a los siete años de edad y
en tiempo del Directorio: allí se educó, permaneciendo tres lustros
fuera de su patria. Era primo, no sé si en segundo o tercer grado, de
los que yo llamo de Leiva; pero la Marquesa, que le había criado, casi
le consideraba como hijo. Ya saben ustedes que este joven, a quien no
faltaba cierta discreción y muy buenas luces, era partidario decidido
de Bonaparte, más que por aficiones políticas, por la amistad que le
unía al mariscal Berthier. Cuando verificó el Emperador su expedición a
España, trájole consigo, dándole no sé qué puesto en la casa imperial.
Desde Somosierra fuele encargada una comisión confidencial cerca de
los vecinos acomodados de Burgos: desempeñola bien, según entendí, y
al venir a Chamartín, después de un día de descanso, pasó a Madrid con
objeto de abrazar a aquellos sus parientes, y con ansia también de
visitar su posesión de Parla, donde había nacido. Llegó Arión por la
noche, y al siguiente día tuve el honor de verle y ocurrieron sucesos
muy notables, a consecuencia de un diálogo que no puedo menos de
copiar, reuniendo los más oscuros recuerdos que almacena en sus antros
sin fin mi memoria.
--Primito --dijo Amaranta--, me vas a hacer un favor.
--¡Oh! Mi querida prima --repuso Arión--, _de tout mon cœur_.
--Préstame, o mejor dicho, dame tu carta de seguridad. No dudo que me
harás este obsequio, ya que has mostrado tantos deseos de obsequiarme.
--¡Oh, _ma belle comtesse_! --dijo el currutaco llevándose la mano al
corazón--. Yo estoy muy obligado a vuestras bondades, y si pudiera
exprimaros lo que siento... Mi deseo fuera que me demandaríais _quelque
chose_ de más difícil, extraordinario y peligroso, para probaros que...
--Gracias por la condescendencia, primo, y excusemos galanterías. Yo
soy una vieja. ¿Se usa en Francia que los petimetres galanteen a las
viejas? Por aquí no ha llegado todavía esa moda; pero me parece que tú
traes los primeros figurines de ella.
--¡Oh, oh!
--¿Y no te enfadarás si tomo tu nombre para una obra de caridad?
Deseo facilitar la evasión de Madrid a un joven desgraciado, a quien
persiguen miserables polizontes por satisfacer una ruin venganza.
--¡Oh, oh, _volontiers_! _Ma belle contesse_ es dueña de hacer lo que
querrá con mi nombre.
--También me darás uno de tus vestidos, primito, ¿no es verdad? --dijo
Amaranta con encantadora gracia y examinándome rápidamente de pies a
cabeza--; uno de esos magníficos trajes que has traído de París, hechos
conforme a las últimas modas, y que servirán de desconsuelo a todos los
petimetres de por acá.
--¡Oh, oh, yo soy _très_ contento de daros mi _hábito_!
--Pues bien --dijo Amaranta con satisfacción--. Creo que podré salir
adelante con mi invento. Al anochecer escapará este joven de Madrid con
el menor riesgo posible.
Y tomando de mano de Arión la carta de seguridad, me la dio diciéndome:
--Esta tarde, antes de marchar al Pardo con mi tía y mi primo, lo
dejaré arreglado todo. Puede este joven retirarse tranquilo; y si el
discreto Salmón tiene la bondad de pasar por aquí esta tarde, yo le
daré las necesarias instrucciones para que todo marche a pedir de boca.
--Señora --dijo el fraile--, volveré al anochecer o cuando usía quiera;
que tan a pechos he tomado este negocio como el mismo interesado.
--Vuelva su merced antes de las tres, pues hemos de salir para el
Pardo temprano, por sernos preciso visitar de paso en la Moncloa a mi
madrina, que allí reside y está enferma, aunque no de gravedad.
Di yo las gracias a la Condesa por sus muchas bondades; rogome ella que
si salía en bien, como esperaba, se lo comunicase, indicándole el sitio
de mi residencia para enviarme nuevos testimonios de su protección,
y con esto salimos el mercenario y yo muy satisfechos para tomar el
camino del convento.
Más tarde, cuando el fraile regresó de su segundo viaje a la misma
casa, conocí en conjunto el plan maravilloso de Amaranta, que era digno
ciertamente de su habilidoso y enredador talento.
--No he visto más graciosa invención --dijo mi amigo--. Te pones el
vestido que te mandarán, para que puedas pasar por persona principal;
y como tú y el señor Duque tenéis la misma estatura y talle, quedarás
que ni pintado. Con esto y la carta de seguridad que ya tienes, esta
noche no eres Gabriel, ni Pico de la Mirandola, sino el señor Duque de
Arión que sale por la Puerta de Toledo para ir a su posesión de Parla.
Asimismo estará a tu disposición un coche... ¡pero qué coche! La señora
Condesa tiene sospechas de que alguno de su servidumbre está sobornado
por esos indignos corchetes, y teme confiarles el secreto. Para quitar
de en medio esa dificultad, he solicitado de una amiga que le facilite
un _bombé_... ¡Conque en _bombé_ nada menos, chiquillo! Te advierto
que al cochero y lacayo se les dice que eres el propio Arión; y como
no conocen a este, es imposible que te vendan, aunque alguno fuese
bastante malo para hacerlo. Tendrán orden de llevarte a donde tú les
digas; pero se te aconseja que no pases más allá de Navalcarnero si
sales por la Puerta de Segovia, o de Leganés si vas por la de Toledo,
en cuyos puntos no creo que haya peligro. Conque, señor Duque, beso a
usía las manos. Es imposible que sospechen nada al ver tu empaque y
tu carta de seguridad... Ya verás cómo lejos de ponerte reparos esos
gaznápiros, se quitarán los sombreros ante ti, y aun se brindarán a
acompañarte hasta tu palacio de Parla. ¡Que las tenga vuecencia muy
felices!
La idea de Amaranta era de éxito casi seguro, y no tropezando con
Santorcaz, con Román o con otro cualquiera que personalmente me
conociese, era inevitable mi escapatoria, pues mi carta de seguridad
llevaba el nombre de una principalísima persona, reputada por muy
adicta a la causa francesa. Con esta confianza estuve todo el día,
y antes del anochecer llegó un criado con el traje, el cual me caía
que ni pintado. Era elegantísimo, y de mucho lujo por la finura del
paño, el primor de los adornos y lo exquisito de todos sus accesorios;
mas no era traje de corte, sino de diario traer, si bien de esos que
por sí solos hacen resaltar sobre el vulgo a cualquiera que se los
pone, aunque más los lleve colgados que puestos. Consistía en casaca,
chupa y calzón de paño verde muy oscuro, con medias del mismo color;
cuello blanco, de infinidad de randas compuesto, y un rendigot pardo
con vueltas y solapas de pieles. Esta prenda tenía algún uso, mas aún
conservaba muy buen ver.
Cuando encajé sobre mi cuerpo aquellas prendas, todos los frailes
vinieron a verme, y a porfía dijeron que nada podía pedirse en el arte
y buen parecer; que el sastre, autor de tales ropas, por fuerza había
adivinado las medidas de mi cuerpo, y que de tan linda manera vestido,
podía echarme a buscar aventuras por las altas casas de Madrid, seguro
de encontrar en alguna quien me mirase con agrado. A estas alabanzas
contestaba yo con risas y bromas; pero la verdad era (y en conciencia
no quiero ocultar esto, aunque me desfavorezca) que yo estaba un
poquito envanecido con mi traje, y todo se me volvía dar vueltas
ante un espejillo, pues también en los conventos los había. El más
satisfecho de todos era Salmón, que no cesaba de hacer reverencias ante
mí, llamándome _señor duque_; y por fin, lleváronme como en jubileo a
la celda del Prior, el cual se rio mucho, alabando con exageración mi
buen empaque.
Vestido ya, vinieron a decir al fraile que un joven le buscaba con
mucho empeño. Salimos los dos, y en el claustro bajo hallamos a Don
Diego, pálido, azorado, inquieto, el cual llegose impaciente al
mercenario, y le habló así:
--Padre, la Zaina se muere y quiere confesarse.
--¡Pobre Zainilla! --exclamó el religioso--. ¿Y qué es ello?
--Un mal que nadie conoce, ni se ha visto otro parecido, pues unos
lo tienen por locura, otros por consunción, estos por reumatismo,
y aquellos por melancolía. Lo cierto es que se muere sin remedio,
y ahora ha dado en llorar después de dos días en que no ha hecho
más que morderse, arrancarse los cabellos, o insultar a todos, a mí
principalmente, llamándome necio y mentecato.
--¡Era usted su cortejo! --dijo con desabrimiento Salmón--. ¡Oh, entre
qué gente anda metido el señor Conde de Rumblar!
--Padre, dejémonos de discusiones, y vaya pronto a confesar a la Zaina,
que se muere, pues ahora a ratos llora mucho y habla con razón diciendo
que quiere confesar sus pecados a Dios para irse al cielo, y a ratos le
entra un delirio en que dice mil disparates, y manda a todos que laven
las piedras del arroyo que están manchadas de sangre, y luego pregunta
que cuándo acaba de pasar la estera, que ya lleva tantos años y tantos
siglos de estar pasando por delante de sus ojos; en fin, mil desatinos
que no son para contados.
--Pues voy allá al momento; pero antes pediré licencia al Prior, por
ser ya de noche.
--Gabriel --me dijo Rumblar cuando nos quedamos solos en el claustro--,
¿qué traje es ese? ¿Te has vuelto caballero?
--Amigo D. Diego --le contesté--, de menos nos hizo Dios.
--¿Y qué es de ti? No se te ve por ninguna parte. ¿Qué traes a vueltas
con estos frailuchos?
--Más respeto, Sr. D. Diego, para esta buena gente --le dije--,
siquiera porque estamos en su casa.
--No les puedo ver. Santorcaz, que todo lo sabe, me ha contado mil
cuentos indecentísimos que prueban lo mala que es esta canalla. Es
preciso acabar con ellos. De veras te digo que desde que veo un fraile
me horripilo. Especialmente a este Salmón, a quien llamo el Padre
Tragaldabas, no le puedo ver ni en estampa. Verdad es que él tampoco me
adora, y seguramente es quien, intrigando en casa de la Marquesa, ha
hecho fracasar mi proyectado casamiento.
--¿Ya no se casa el señor Conde? Eso no le será penoso, porque me
parece haber oído decir a usted que no amaba mucho a la novia.
--Verdad es que la tal Inés no me hace mucha gracia; pero yo estoy
decidido a que sea mi esposa, porque así conviene a mis intereses.
¿Sabes? Santorcaz me ha dicho que todo hombre debe mirar por sus
intereses, porque sin esto no se puede tener representación alguna en
el mundo. Además, él, que todo lo sabe y es más listo que el demonio,
me asegura que yo tengo talento, disposición, y estoy llamado a muy
grandes cosas, por lo cual me dice: «D. Diego, a usted le es necesaria
una buena posición, que le permita desplegar sus dotes.»
--¿Pero usted no tiene por sí una desahogada posición?
--Bicoca: el patrimonio de Rumblar es de esos que hacen en las ciudades
chicas un mediano papel; pero aquí apenas puedo presentarme en quinta
fila. Nuestra casa ha vivido desde hace tiempo con la esperanza de que
se le incorpore ese mayorazgo de Leiva, que es uno de los primeros de
España. Si cuando apareció Inés, como legítima heredera, mi señora
mamá se disgustó mucho, luego que se concertó el casarnos para evitar
pleitos y cuestiones, quedose muy satisfecha. Conque figúrate cuál
será su rabia y la mía, ahora que las señoras Marquesa y Condesa me
han dicho terminantemente que no hay nada de lo convenido. Mi madre,
a quien lo escribí, me contesta furiosa, llamándome tonto y necio
y estúpido, y amenazándome con venir a darme mil palmetazos si no
llevo adelante el negocio de la boda, como puede hacerlo un caballero
resuelto y de pesquis. A mí, francamente, no se me ocurre nada; pero
para dicha mía tengo ahí a ese bendito Santorcaz, que me aconseja como
un padre de la Iglesia, y últimamente ha discurrido el más ingenioso
arbitrio para que las de Leiva no se burlen de mí.
--Yo creo que al señor Conde no le será difícil llegar al casamiento,
y con el casamiento a la posesión del mayorazgo, con tal que esa joven
esté dispuesta a darle su mano.
--Eso no, porque no estoy loco por ella, que digamos, y de buena gana
renunciaría a todo, si exclusivamente de mí dependiera. Has de saber,
compañero, que yo, más que todos los mayorazgos del mundo, apetezco una
libertad sin límites para hacer lo que me dé la gana: ir a las logias,
dar gritos en las calles cuando hay alborotos, cortejar a las mozas del
Avapiés, echar un par de pesetas a un caballo de oros, y divertirme
en paz y en gracia de Dios; pero Santorcaz, que es mi mejor amigo y
mi mentor, como él dice, me tiene sujeto, y me hinca las espuelas en
esto del mayorazgo, afeándome mi descuido en cuestión tan importante.
Como además le debo cantidades enormes, que no sé de qué modo pagarle,
aquí tienes el siempre y cuando de esta mi resolución mayorazguil.
Te advierto que lo que me deslumbra y me vuelve lelo es la esperanza
de poseer una renta de esas que le permiten a uno gastar y gastar, y
gastar todo lo que se le antoja. ¿Hay mayor gusto, muchacho, que ir
un día por casa de todos los amigos y convidarles a una merienda en
el Canal, poniendo comida para más de cuatrocientas bocas, con tanta
abundancia como en aquellas célebres bodas de Camacho? ¿Hay mayor goce
que tomar del brazo a la Pelumbres, que es, después de la Zaina, la
primer moza de Madrid, y salir de bureo tapaditos, y acompañarla luego
a su casa? ¿Hay mayor gusto que visitar los interiores del teatro del
Príncipe o de los Caños, y saber que no habrá entre aquellos lienzos
pintados actriz española, cantarina italiana ni bailarina francesa que
no se le rinda a uno de toda voluntad? ¿Hay mayor satisfacción que dar
una corrida de toros, permitiendo la entrada gratis a todo el pueblo,
pagando con doble sueldo a los lidiadores y lidiando uno mismo con un
traje fino bordado de plata y oro? Pues esto y aún más espero tener, si
sale bien lo que hemos tramado.
Quedeme absorto y mudo, meditando en la inconmensurable degradación
a que en pocos meses había caído aquel joven tan estrecha y
meticulosamente educado, bajo la inspección de su rigurosa madre;
instruido tan solo en cosas aparentemente buenas, en el temor
excesivo a los superiores, en el desprecio de las novedades, en el
aborrecimiento de las cosas mundanas, en el respeto a la tradición,
en el encogimiento del espíritu; educado para ser gran señor y
representante de todas las virtudes patriarcales. Ved a dónde había ido
a parar su imaginación, atada durante la infancia con cien cadenas;
ved por qué derrumbaderos tenebrosos se despeñaba salvajemente su
voluntad, criada en el respeto; ved qué clase de pájaro atrevido salía
de aquel huevo, empollado al calor de las mezquinas ideas del siglo
pasado. Verdad es que cuando aquella inocente gallina sacó al mundo
su echadura, se encontró que de los rotos cascarones salían, en vez
de pollos, otras mil alimañas desconocidas, y la infeliz cacareó con
angustia, sin saber quién las había engendrado.
--Pero si ella no le quiere a usted tampoco --dije a D. Diego--, lo que
proyecta no será tan fácil.
--Eso me parecía a mí; pero Santorcaz, que sabe más que siete, me ha
llenado la cabeza de catálogos, principiando por decirme que yo era un
papanatas, y burlándose de mí con tanta zunga, que al fin me enfadé y
dije: «Pues yo seré más osado que Judas, y me atreveré a cuanto hay que
atreverse; pues ni las de Leiva, ni usted, ni nadie, se reirán de mí.»
--¿Y qué hace ahora el Sr. de Santorcaz?
--Le han hecho los franceses jefe de la policía menuda, cargo que
desempeña a las mil maravillas. A todos los desafectos al nuevo
Gobierno me les echa mano lindamente. Verdad es que por ahí le critican
mucho, llamándole traidor; pero él se ríe de todo, y dice que no hay
mejor rey que José, y que los españoles son unos animales. Esto al
principio me enfadaba mucho; pero ya me he acostumbrado a oírselo
decir, y yo mismo, que era antes más español que Fernando VII, ya no
doy dos higos por España, y al son que me tocan bailo... Pero verás lo
que tenemos proyectado. Para probarle a él y a todos sus amigos que no
merezco esas burlas, he decidido que si Inés no se quiere casar conmigo
voluntariamente, se casará por fuerza.
--Eso me parece difícil.
--Así lo parece, pero no lo es. Tú no tienes grandes ideas ni un
corazón osado, como yo lo voy a tener ahora; de modo que no podrás
comprender esto. Figúrate que consigo engañar a la muchacha y sacarla
a hurtadillas de su casa, sin que lo adviertan tías ni primas, y
llevármela bonitamente a donde me diese la gana por unos días...
--Pero eso no podrá ser, porque esa honesta joven no saldrá con usted
de su casa, y mucho menos si, como dice, no le quiere ni pizca.
--Tú eres sandio, por lo que veo --me contestó con petulancia
truhanesca--. Eso mismo me parecía a mí; pero Santorcaz y sus amigos me
llamaron el Papamoscas de Burgos. Te advierto que es preciso tener el
corazón echado para adelante, como dicen ellos, y atreverse a todo. Que
Inés salga conmigo... llévela yo a una casa que tenemos preparada al
efecto, y después su misma familia nos echará la bendición. El siglo lo
tiene dispuesto así.
Tuve que hacer un esfuerzo para refrenar la indignación que tanta
bajeza me producía.
--Poco me importa --añadió-- que Inés no me ame en este momento. Yo
estoy seguro de que se volverá loca por mí en cuanto nos tratemos con
cierta intimidad. Todos dicen que tengo yo cierto atractivo... así...
pues... un gancho para pescar muchachas... Solo espero a que se le pase
la tristeza... No sé si te he contado que allá en los tiempos en que mi
novia andaba abandonada por el mundo, tuvo por novio a un perdido, un
raterillo, un granuja... ¡Qué cosas se ven en el mundo! Lo más raro de
todo es que le ha guardado a su galán zarrapastroso una fidelidad de
novela sentimental, que causa vergüenza a todos los de la casa. ¡Como
que han tenido que hacerla creer que ese joven ha muerto, para que no
deshonrara a la familia pensando en él!
--Pero nada de eso hace al caso, y cada vez veo más difícil que usted
pueda sacar de su casa a tan honrada joven.
--Animal, claro es que no saldrá, si le digo a dónde la llevo; pero
como no lo he de decir, sino que tenemos preparado un cierto artificio.
--¿Cuál?
--Ya he sobornado a Serafina, su doncella, a quien he tenido que dar
una buena suma, y es seguro que mañana muy temprano saldrán las dos
a dar un paseo por los jardines de Palacio, encontrándose en cierto
sitio solitario, donde es lo más fácil del mundo poner en ejecución mi
pensamiento. Santorcaz asegura que esto saldrá muy bien, y él es quien
lo dispone todo, quien prepara los coches, quien ha buscado la casa,
quien ha dado el dinero para sobornar a la sirvienta. ¡Si vieras qué
interés tan grande se toma!
--Lo creo.
--Mañana temprano queda todo hecho. A esa hora la Marquesa está
entregada a sus devociones, la Condesa no se habrá levantado aún, y el
Marqués estará en el primer sueño.
--Sr. D. Diego --dije disimulando la ira cuanto me fue posible--,
¿y usted no ve en eso una serie de repugnantes bajezas, infamias
y desvergüenzas, indignas, no digo de un caballero, sino del más
desarrapado chalán? El que es capaz de hacer esto, está destinado a
acabar sus días en un presidio.
--Te hablaré francamente. Cuando Santorcaz y sus amigos me manifestaron
su plan, sentí aquí dentro cierta repugnancia y no la ocultaré. Pero
se rieron mucho de mí, y allí fue el llamarme zanguango, corazón de
mirlo, hombre de alfeñique y otras injurias que me indignaron mucho. Al
mismo tiempo, por otro lado Santorcaz me apremia para que le pague las
grandes sumas que le debo, y que ya exceden a cinco años de renta de mi
patrimonio. Además de esto, mi madre me manda de Bailén unas cartitas
en que me pone como chupa de dómine. Dice que si no llevo adelante por
cualquier medio este casamiento, soy un necio y un badulaque, y que
pierdo y arruino a mi familia con mi dejadez y pazguatería. Hasta Don
Paco me escribe diciéndome que seré para siempre indigno del _altísono_
nombre de Rumblar, si no pesco ese mayorazgo, y ahí tienes... No hay
más remedio que hacerlo. Fuera, pues, escrúpulos de monja, y adelante.
Ahora voy a probar que soy un hombre hasta allí, capaz de todo y
dispuesto a las más atrevidas cosas. ¿Qué te parece? ¿No apruebas mi
conducta? ¿No te entusiasmas oyéndome?
--¿De modo que mañana temprano? --pregunté con más interés que D. Diego
en aquel asunto.
--Al rayar el día. No sé si te he dicho que ella madruga mucho.
Santorcaz dice que cuanto más pronto, mejor. Ninguno de la familia se
enterará del caso, hasta que estemos en Madrid. Ya he escrito una carta
a la Marquesa, fingiéndome muy enamorado y diciéndole que la fuerza
irresistible de mi pasión me impele a obrar así, y otras muchas cosas
muy bien puestas; como que la ha escrito Santorcaz... Pero, chico,
es tarde y me retiro: quiero ver en qué para esta pobre Zaina, y si
se muere o no se muere. La verdad es que me quería bastante, y sabe
Dios si habré influido en su enfermedad... Como ahora me tiene loco la
hermana de la Pepa Ramos... ¿La conoces tú? ¡Qué guapa y qué mona es!
Adiós, me voy allá. ¿Quieres venir? ¿Qué haces aquí con esos frailucos?
Pero dime, ¿has heredado por ventura? No te conozco. Mira que los
frailes son muy intrigantes... adiós, adiós, que aún tengo algo que
arreglar para mi viaje al Pardo a la madrugada.
Y diciendo esto, se marchó, dejándome solo en el claustro. En este me
paseaba yo, presa de la más grande agitación, cuando me avisaron la
llegada del coche enviado por Amaranta para mi fuga. Al instante corrí
a la calle, y entrando en él, pregunté al lacayo:
--La señora Condesa, ¿dónde está?
--Esta tarde ha marchado al Pardo --me contestó respetuosamente,
sombrero en mano--. ¿A dónde quiere usía que le llevemos?
--Al Pardo --contesté con resolución.
--Dijo la señora Condesa que saldríamos por la Puerta de Toledo, camino
de Illescas. ¿Es que quiere usía dar un rodeo?
--¡Al Pardo, majadero, al Pardo derecho y sin rodeos! --exclamé con
furia--. ¿No he dicho que al Pardo? A toda prisa.
Las mulas partieron a escape, llevándome camino del Real Sitio.


XXVII

Fue detenido el coche en la Puerta de San Vicente, abrieron la
portezuela, presenté mi carta de seguridad, y después de abrumarme
con cumplidos y cortesías, me dejaron pasar. Sufrí nueva detención
hacia San Antonio, y una tercera en la Puerta de Hierro. Tantas
molestias me hicieron ver que era arriesgadísimo salir disfrazado,
y enteramente imposible sin el documento prescrito. Pero yo pasé el
camino felizmente, y ninguno de los que echaron su mirada importuna
dentro de mi coche, sospechó el papel que un servidor de ustedes estaba
representando.
Iba yo en un estado de agitación indefinible, y la marcha de las mulas
me parecía tan desproporcionada a mi febril impaciencia, que sentía
impulsos de bajar y correr a pie, creyendo de este modo llegar más
pronto. Arrastrado por una ciega e invencible determinación, yo la
había formulado en estos términos sencillísimos: «Llegaré, haré por
ver a la Condesa, informarela de la alevosa intención de D. Diego, y
partiré después. No es preciso nada más.» Yo no pensaba en dificultades
de ninguna clase, y las contrariedades subalternas eran despreciadas
entonces por mi impetuosa voluntad. Tampoco atendía en manera alguna
a mi proyectada fuga, ni me cuidaba de si iba vestido de esta o de la
otra manera. Caer en poder de la policía, una vez llevado a efecto mi
pensamiento, me importaba poco.
Por fin, en poco más de una hora llegamos a la plaza de Palacio, donde
vi una gran escolta de caballería y muchos coches. El cochero del
mío azotó las mulas y las hizo penetrar por la ancha puerta hasta el
vestíbulo de donde arranca la gran escalera. Todo lo vi iluminado, todo
lleno de guardias españolas y francesas. Una música militar tocaba el
himno imperial en la galería que domina la escalera. Napoleón, que
había ido a comer con su hermano, estaba allí todavía.
Figuraos que uno se muere y despierta en otro planeta, en otro mundo,
encontrándose con forma distinta, en atmósfera diversa, en un medio
diferente, donde crecen Fauna y Flora que no se parecen a la Flora y
Fauna del mundo donde nació. Esta fue mi impresión: yo estaba aturdido
y atontado. No obstante, saliendo precipitadamente del coche, pregunté
al primer criado que se me apareció por los aposentos del señor Marqués
de X. En el mismo instante el lacayo me decía:
--Venga vuecencia por aquí, que es en este piso bajo a la izquierda.
Dos o tres, no sé cuántos, se apresuraron a franquearme la entrada, y
mi lacayo, entrando delante de mí, dijo a los criados que salían a su
encuentro:
--Ya está aquí el señor Duque; avisad que ha llegado el señor Duque de
Arión.
Yo no sé por dónde me llevaron; yo no sé por dónde entré; yo no sé
en qué sitio me encontraba: yo solo sé que me vi en un recinto muy
alumbrado y caliente, y que el diplomático, estrechándome en sus
brazos, exclamaba:
--¡Picarón, gracias a Dios que te vemos!... Pero ¿por qué has venido
tan tarde? Ya se ha acabado la comida... ¡Ah, picarón, qué alto estás!
Yo balbucí algunas excusas; pero comprendiendo al punto que era preciso
disipar aquel engaño, dije:
--¿No está la señora Condesa?
--No ha venido. Estoy solo con mi hija. Pero, chico, no tienes acento
francés, y me dijeron que hablabas como un amolador. Ven, ven: al
instante te voy a presentar al Rey José, que tanto desea verte. Ahí
está el Emperador. ¡Albricias!... Ha convenido en que su hermano
vuelva a ser Rey de España, y ya están zanjadas todas las diferencias.
Conque ven... ven... Pero, primo, ¿cómo es eso? --añadió examinando
mi traje--. ¿Cómo no has venido de etiqueta? Pues oiga... también te
has venido sin relojes... Pues ¿y tus cruces, y tu Legión de Honor, tu
Cristo de Portugal, y tu Carlos III, y tu San Mauricio y San Lázaro, y
tu Águila Negra?
--Déjese usted de bromas --repliqué sin poder disimular mi
impaciencia--. Ahora vengo para un asunto urgente y del cual depende...
--¿La suerte de Europa? --dijo interrumpiéndome--. Corro, corro al
instante a ponerlo en conocimiento de Urquijo. ¿Vienes del Cuartel
general? ¿Ha llegado allí algún correo de Francia con noticias del
Austria?
--No, no es eso --repuse sin atreverme a disipar el engaño--. ¿Pero
dice usted que no está aquí mi señora la Condesa?
--¿Tu prima? Esta tarde la esperábamos; pero debía pasar por la
Moncloa, por ver a su madrina, y como esta se halla _in articulo
mortis_, presumo que Amaranta y mi hermana habrán determinado quedarse
allí toda la noche. ¿Vienes tú de Madrid, o directamente de Chamartín?
--Siento mucho --manifesté con la mayor zozobra-- que no esté aquí la
señora Condesa.
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