Napoleón en Chamartín - 13

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considerable es perjudicial a la prosperidad del Estado, decretamos lo
siguiente: Art. 1.º El número de los conventos actualmente existentes
en España, se reducirá a una tercera parte. Esta reducción se ejecutará
reuniendo los religiosos de muchos conventos de la misma Orden en una
sola casa. Art. 2.º No se admitirá ningún novicio ni permitirá que
profese ninguno, hasta que el número de religiosos se reduzca a una
tercera parte. Art. 3.º Los regulares que quieran renunciar a la vida
común y vivir como eclesiásticos seculares, quedan en libertad de
salir de sus conventos. Art. 4.º Los que renuncien a la vida común,
gozarán de una pensión que se fijará en razón de su edad, y que no
podrá ser menor de tres mil reales ni mayor de cuatro mil. Art. 5.º Del
fondo de los bienes de los conventos que se supriman, se tomará la suma
necesaria para aumentar la congrua de los curas. Art. 6.º Los bienes de
los conventos suprimidos quedarán incorporados al dominio de España,
y aplicados a la garantía de los vales y otros efectos de la Deuda
pública._
Durante la lectura de este decreto, no se oyó en la celda de Ximénez
otro rumor que el producido por el vuelo de una mosca, que andaba a
vueltas tras los restos del chocolate prioral, como Bonaparte tras
los reinos de España. Después de leído, aún duró una buena pieza el
silencio.


XXIV

--¡Toquen castañuelas, repiquen panderos, machaquen almireces, punteen
vihuelas y aporreen zambombas para celebrar el talento del sabio
legislador, harto de bazofia y comido de piojos, que sacó de su cabeza
ese pomposo y coruscante decreto! --exclamó al fin Luceño dando un
porrazo en el brazo del sillón y levantándose.
--¿Conque a la tercera parte? --dijo Salmón--. ¿De modo que de cada
tres no ha de quedar más que uno?
--Eso es, y los demás a la calle, a pedir limosna, porque una pensión
de tres mil reales para personas que han de vivir decentemente, es
aquello de hártate, comilón, con pasa y media.
--Y afuera novicios.
--¡Y no más profesar!
--Y con los bienes se aumentará la congrua de los curas.
--También eso está bien --dijo el dominico--. Alábelo su merced, Padre
Castillo. ¡Que nos quiten lo nuestro para darlo a los curas! ¿Quiénes
son los curas, ni qué hacen esos zanguangos en bien de la cristiandad?
Ya... como los curas son tan tibios patriotas... ¡Estoy que bufo!
--Lo mejorcito es que los bienes de los conventos suprimidos pasen al
dominio de España.
--¿Qué tiene que ver España, ni San España, ni Marizápalos con esos
bienes?
--¿De modo que nuestras granjas de Leganés, de Valmojado...? --preguntó
Salmón.
--¡Ya se ve! De esto se ríen todos esos infelices Mínimos, Gilitos y
Franciscos que nada tienen. A ellos, ¿qué les importa? Por eso van a
hacerle el _como la porta bu_. Bien, retebién. Y lo mismo hacen los
Afligidos, que son la cáfila de majaderos más desaforados que he visto.
--No murmurar, hermano --indicó Castillo.
--Dios me lo perdone --dijo Luceño--, y no lo digo por nada malo, que
hay Afligidos de todas clases. ¿Pero creen vuestras mercedes que se
llevará a cabo esto de las terceras partes?
--Yo creo que va a ser dificilillo.
--Pues yo temo que lo llevarán adelante --afirmó Luceño--; que esta
mañana me ha dicho en confianza un regidor que va a Chamartín, que ya
tienen hecho su plan, y que dentro de pocos días comenzará el restar y
dividir, para dar principio a la demolición de los conventos.
--¡La demolición!
--Sí; que todas estas casas las destinan a oficinas del Estado, y la
primera que va a caer hecha pedazos es este monasterio de la Merced en
que ahora estamos.
--¡Cómo, la Merced! ¡Se atreverán a ello! --exclamó Ximénez de Azofra,
dándose un golpe en la rodilla--. ¡Cómo! ¿Se atreverán a derribar
esta casa, que lo fue del gran Tirso de Molina? ¿Y la gran devoción
que inspira la Virgen de los Remedios, que está en una de nuestras
capillas? ¿Pues y el sepulcro de los nietos de Hernán Cortés? No, no
puede ser. Derriben en buen hora otras casas de religiosos; pero no
esta por tantos títulos, además de su antigüedad, venerable.
--Y también está amenazada la Trinidad Calzada --apuntó Luceño-- si no
de que la derriben, al menos de que la vacíen.
--Eso no puede ser --declaró Vargas--, que más glorias encierra mi
casa que todos los demás claustros de Madrid reunidos. Díganlo si no,
el beato Simón de Rojas y el Padre Hortensio de Paravicino, autor del
libro _De locis theologicis_.
--Autor de las _Oraciones evangélicas_, de la _Historia de Felipe III_
y de la _España probada_, querrá decir Vuestra Paternidad --indicó
Castillo con malicia--; que el libro _De locis theologicis_, hasta los
chicos de las calles saben que es de Melchor Cano.
--Tiene razón Castillo: me equivoqué. Pero sea lo que quiera, también
tiene mi convento la honra de haber rescatado, mediante los Padres
Bella y Gil, al inmortal Cervantes, autor del _Quijote_, Sr. Castillo,
pues yo también entiendo algo de autores. En caso de desalojar
conventos para oficinas, ahí está Santo Tomás, donde caben todas.
--¡Cómo es eso! ¡Santo Tomás! ¡Desalojar a Santo Tomás, el más
ilustre de los conventos de Madrid! --exclamó impetuosamente el
dominico--. ¿Y qué sería de este pueblo si le quitaran el espectáculo
de las procesiones que de allí salen con motivo de las funciones del
Santo Oficio? A fe que hartas casas hay en Madrid, si quieren hacer
plazuelas, como dicen, aunque más vale que no se toque a ninguna,
porque _setenta y dos_ conventos para una población de 160.000 almas,
me parece que no es mucho. Las casas de religiosos apenas ocupan un
poco más de la mitad del perímetro de esta gran villa, lo cual no es
nada desmedido, y de todas las casas que se alzan en ella, solo _cuatro
quintas partes_ pertenecen a conventos, memorias pías, capellanías y
otras fundaciones.
--Y dígame, Luceño --preguntó Ximénez--, ¿van dominicos a la reunión
que convoca el Corregidor?
--Creo que no. Según he oído, solo se prestan a ir a Chamartín el
prepósito de San Cayetano, el abad de Montserrat, dos Agonizantes, un
par de Franciscos, un Rector de Niñas de la Paz y un Afligido.
--Pues esos sacarán tajada, no lo duden vuestras mercedes. Sobre
nosotros lloverán los decretos y las terceras partes.
--Mi opinión es --dijo Salmón-- que, pues cuesta bien poco ir de aquí
a Chamartín, nada se pierde con que vayan un par de Padres, y yo me
brindo a ello, que bueno es estar bien con todos, y el orgullo es
pecado, y quien al cielo escupe en la cara le cae.
--No en mis días: de esta casa no irá nadie --aseguró Ximénez de
Azofra--; y en cuanto a este joven, nada podemos hacer. Indigno sería
pedir favores a quien nos trata mal, amenazándonos con terciarnos y
partirnos como si fuéramos aranzadas de tierra. Conque busque usted
quien le proporcione la _carta de seguridad_ para salir de Madrid.
--Dificilillo es --afirmó Luceño--, pues entiendo que se miran mucho
para dar las tales _cartas_, y sin ellas no es posible dar un paso de
puertas afuera.
--Sin embargo --dijo el discreto Castillo--, hay multitud de personas
que por estar en bien con los franceses, pueden socorrer a este joven.
¿No conoce usted ninguna persona de alta posición y de influencia?
--Sí, ya me ocurrió acudir a la señora Condesa --indicó Salmón--, y
confío en que su generosidad sacará a este joven del mal empeño en que
se ve. El señor Marqués se ha afrancesado, y dicen que va a entrar en
la alta servidumbre del Rey José.
--El Sr. D. Felipe bebe los vientos por que cualquier Gobierno se
acuerde de él --dijo Castillo--. Algo debe de haber de cierto en eso,
pues hace tres días, después de haberse presentado a Belliard, fuese al
Pardo, donde se ha instalado con su hija. Ayer creo que debió llegar a
dicho real sitio el Rey José. A pesar del influjo que en la botellesca
Corte tiene el señor Marqués, yo no me fiaría de él para ningún
delicado asunto. De más eficacia me parece en el caso presente el señor
Duque de Arión, pariente de esta familia y que goza de gran poder en el
Cuartel general.
--¡Admirable idea! Veremos al señor Duque.
--No ha llegado aún a Madrid; y como no sea exponiéndose a los peligros
de un viaje a Chamartín, este joven no podría verle.
--Lo mejor --añadió Salmón-- es que veamos hoy mismo a la señora
Condesa. ¿Va hoy allá la Paternidad del Sr. Castillo?
--Dentro de un rato, pues la señora Marquesa me ha mandado llamar hoy
con toda premura. Si quiere este joven venir conmigo, le llevaré.
--Oportunísimo --añadió Salmón--. Yo iré también. Pero, hijo, si en la
calle acertamos a pasar por junto a esos cafres...
--Pues bien --dijo Ximénez--: para que vaya más seguro, yo les presto
mi coche, que, con sus dos gallardas mulas, debe de estar ya en la
huerta.
--Muy bien --declaró Salmón batiendo palmas--. Me parece buena idea la
del coche; pero para mayor seguridad, te vestiremos de novicio. Venga
la carroza prioral y a casa de la Condesa.
--Pues entrareme también en ella, y me dejarán de paso en Santo Tomás
--añadió Vargas.
--Pues allá voy también --dijo Luceño--, si me dejan en las Descalzas
Reales.
Y así acabó la conferencia, sin más resultas que las de mi improvisado
disfraz de novicio y mi viaje a casa de la Condesa, donde me pasó
lo que el lector verá a continuación si tiene paciencia para seguir
leyendo.


XXV

La Condesa mostró mucho asombro al verme. Hallábase en la misma
habitación donde algunos días antes me había recibido, y cuando
entramos, apartose del secreter donde escribía, para venir a nuestro
lado. Castillo principió preguntándole por la salud de todos, y luego
en breves palabras le expuso los motivos de mi visita y de mi nuevo
traje. Cumplida esta misión, y añadiendo que necesitaba ver a la
señora Marquesa, pidió a Amaranta venia para pasar adentro, y con esto
nos quedamos Salmón y yo solos con ella.
--Por ahí se murmura que yo soy afrancesada --dijo Amaranta--; pero
no es cierto. Mi tío sí ha abrazado la causa del Rey José con tanto
entusiasmo, que cuando le contradecimos en algún punto relativo a
estas cosas, nos quiere comer a todos. Vive en el Pardo con su hija
desde hace tres días en el mismo Palacio Real, pues el Rey intruso se
ha empeñado en incluirle en su alta servidumbre. Está mi tío loco de
contento, y si viene esta tarde a Madrid, como decía, yo le rogaré que
me proporcione una _carta de seguridad_ para este mancebo.
--Ya estás salvo, Gabriel --exclamó el mercenario--. ¿No te dije que
esta excelsa señora te sacaría de tan mal paso?
--Aún mejor puedo conseguirlo por mi primo el Duque de Arión, el cual,
más que afrancesado, es francés puro, y si viene mañana a Madrid, como
espero, no olvidaré este encargo.
--Vaya, no hay que pensar en que te echen mano --dijo Salmón
levantándose--. Ya estás salvado, chiquillo; prostérnate ante Su
Grandeza y dale un millón de gracias por tantas mercedes. Y ahora,
señora Condesa, si usía me da su licencia, voy a pasar a ver a mi
señora la Marquesa, que el otro día me habló de unos requesones, acerca
de cuyo mérito quería saber mi voto.
Nos quedamos solos Amaranta y yo, lo cual me agradó, pues deseaba
hablar con ella sin testigos.
--Señora --la dije--, ¡cuánto agradezco a vuecencia esta nueva bondad!
Ahora me cumple pedir perdón a usía por no haber salido de Madrid, como
hubiera sido mi deseo.
--Estarías alistado.
--Justamente, y ahora que el desarme me permite salir, una persecución
injusta, cuya razón no puedo explicarme, me detiene en Madrid, oculto
en el convento de la Merced.
En seguida contele el incidente de Santorcaz, añadiendo que el antiguo
desleal mayordomo de la casa andaba a la zaga del flamante jefe de
policía.
--Ya lo sé --me dijo Amaranta--, y he tenido miedo de que algún peligro
amenazara nuestra casa. Por eso me alegro mucho de que Inés esté con
mi tío en el palacio del Pardo, donde no puede ocurrirle nada malo.
El primer día sentía yo gran zozobra; pero nosotros tenemos antiguas
amistades y relaciones con las primeras personas del partido francés, y
ya estoy tranquila. Nada temo de esos miserables.
--Me falta --dije yo--, dar las gracias a vuecencia por los otros
favores de que me dio cuenta el licenciado Lobo. No los necesitaba para
llevar adelante mi resolución, y sin destino en el Perú, sin ejecutoria
de nobleza y sin promesas de dinero, sabré hacer de modo que usía no
tenga queja alguna de mí.
--No --me dijo sonriendo--: el destino que solicité de la Junta, espero
que ahora me lo conceda también el Gobierno francés, y de todas estas
diligencias está encargado Lobo, a quien he dado cartas para Cabarrús
y para Urquijo. Irás al Perú, tendrás tu ejecutoria de nobleza, y con
esto y con la ayuda de Dios podrás llegar a ser un hombre de provecho.
La conciencia me impulsa a hacer esto en pro de una persona desvalida
que tiene derecho a mi consideración. En cambio, no olvidaré que has
formulado una promesa, y cuanto hago por ti no es más que la recompensa
anticipada que ganas cumpliendo lo pactado.
--Señora Condesa, yo cumpliré religiosamente lo prometido --le contesté
con resolución--, y no puedo admitir la recompensa. Mi dignidad no me
lo permite.
--¿Pues acaso tú tienes dignidad? --me dijo riendo--. Pero no, no debo
reírme. ¿Por qué no habías de tenerla como otro cualquiera? La verdad
es que los que estamos en cierta posición no vemos más que a nosotros
mismos. En cuanto a la determinación de no aceptar nada, yo arreglaré
las cosas de modo que aceptes.
Así hablábamos cuando regresó Salmón a nuestro lado, y al punto cortó
el hilo de nuestro coloquio, diciendo:
--Gran satisfacción, señora mía, me ha causado la noticia que en
este momento acabo de oír de los autorizados labios de mi señora la
Marquesa. La paz sea en esta casa, señora, y pues todo parece en camino
de arreglo, bendigamos la mano de Dios.
--¿Habla Su Paternidad del asunto de mi prima? --dijo Amaranta--. Sí,
ya creo que la tenemos en vías de curación.
--Veo que el ingeniosísimo recurso ideado por el gran entendimiento de
vuestra merced, ha surtido su efecto. ¿Y cómo recibió la noticia? ¿Se
turbó, derramó muchas lágrimas...? Porque en realidad, señora, decirle
de buenas a primeras que el joven ese...
Y Salmón se detuvo como hombre prudente, temiendo hablar de negocio tan
delicado delante de un extraño.
--Puede Vuestra Paternidad hablar sin reticencias --dijo Amaranta con
un tonillo que me pareció algo intencionado--, porque no estando en
antecedentes la única persona que nos oye, poco importa...
--Pues preguntaba, señora, si cuando se le dijo y se le probó la muerte
de ese joven, no mostró su pena de un modo ruidoso, con desmayos,
gritos, lloros y demás desahogos propios de la debilidad femenina.
--Nada de eso, Padre --repuso Amaranta con muestras de satisfacción--.
Al principio no lo quería creer; luego, cuando se le probó de un modo
irrecusable, con los papelotes que trajo el licenciado Lobo, pareció
dudarlo, y, por último, cuando yo se lo dije, aparentando sentirlo y
doliéndome mucho de la muerte de ese infeliz, empezó a creerlo. Lo que
más la ha convencido, fue el artificio verdaderamente teatral que puse
en práctica para hacérselo creer. Estaban todos hablándole de este
asunto, cuando entré de improviso, fingiendo mucho enojo porque sin
preparación alguna le daban tan tristes noticias; arranqué de las manos
de Lobo aquellos papeluchos, que fingían ser partidas de defunción,
copias del libro del hospital o no sé qué, y los hice pedazos delante
de ella. Al mismo tiempo empecé a disponer que se dieran cordiales
y otros remedios del caso, asegurando que tenía ella mucha razón en
sentir la muerte de aquel con quien tuvo tan honesta amistad. Esto
hizo efecto, y después, cuando encerradas las dos en mi alcoba la
dije: «Sosiégate: todavía puede ser que se salve. Yo te prometo que si
vive, le verás, y quién sabe, primita mía... Puede ser, puede ser...»
ella se afligió mucho, y yo añadí: «Es preciso tener resignación; es
preciso aprender a padecer. Yo no quiero contrariar ya una inclinación
tan decidida, porque antes que todo es tu felicidad. Desgraciadamente,
Dios quiere resolver la cuestión de otro modo y llamar a ese joven a su
seno. Esta mañana he estado en el hospital, le he visto, y la verdad...
había pocas o ningunas esperanzas.» Y con esto aumentaba su tristeza,
pero sin llantos ni exclamaciones. Luego yo también me puse a llorar,
y la abracé y la di mil besos, diciéndole: «Ya ves cómo no está en mi
mano hacerte feliz. Te aseguro que por mi parte no repararía en nada
para conseguirlo; pero Dios lo ha dispuesto de otro modo. Procura
calmarte y ten resignación.» Cuando esto le dije, la dejé convencida.
¡Ay! Después su aspecto era el de la resignación. Hablaba poco y
parecía meditar. Se ha desmejorado mucho en pocos días; pero esto se
le pasará indudablemente. Ahora ha ido al Pardo, pues la variación de
localidad es muy buen remedio para estas enfermedades del espíritu. Su
manía caprichosa y ciega nos ha disgustado mucho; pero me parece que
dentro de algún tiempo estará todo concluido.
--¡Oh! ¡Qué felicidad! --exclamó Salmón--. Hay un gran médico del
dolor, que se llama el doctor Tiempo. Perdida con la idea de la muerte
la esperanza, ese señor médico hace maravillas en un par de semanas.
Yo oía este diálogo, y admiraba la extremada habilidad artística de
aquella encantadora cortesana, tan maestra en engaños y ficciones.
--Ha hecho muy bien usía --continuó Salmón--, en poner en juego esos
ingeniosos ardides que prueban su grandísimo talento. Era una cosa que
daba vergüenza ver a mi niña enamoriscada de un haraposo de las calles,
que sin duda es de lo más arrastrado y despreciable que han echado
madres al mundo.
--¡Oh! No --dijo Amaranta con cierto énfasis jovial--. Nosotros nos
esforzábamos en pintárselo así; pero no tiene nada de despreciable.
Yo tengo noticias ciertas de sus antecedentes y conducta. Además de
que ha demostrado en varias ocasiones una nobleza de sentimientos
que no puede caber sino en personas bien nacidas, su posición es más
que regular. Cierto es que por desgracias de familia, tan comunes en
estos tiempos, viose reducido a la indigencia; pero está probado que
procede de una nobilísima familia de los mejores solares de Andalucía,
como lo acredita la ejecutoria que posee; y además, figúrese Su
Paternidad si tendrá méritos personales, cuando la Junta central le
dio espontáneamente un gran destino en el Perú, cuyo destino parece le
confirmará ahora el Gobierno francés.
Tuve que hacer un esfuerzo para contener la risa que asomaba a mis
labios.
--Pues eso sí que no lo sabía yo. De modo que la discreta ninfa no
había puesto sus ojos en ningún piruétano. De todos modos, bueno es
que se haya quitado de en medio por una engañosa ficción la importuna
memoria del empleado del Perú. Por supuesto, señora, no hay que pensar
en D. Diego.
--¡Oh! No... estamos decididas. D. Diego no será de modo alguno su
esposo, aunque renunciemos a la buena amistad de la de Rumblar. Al fin
he convencido a mi tía, y pronto impediremos a ese joven que entre en
esta casa. Aún viene aquí; pero tanto nos disgusta su presencia, que de
un día a otro le vedaremos la entrada.
--Y ese pariente de vueseñorías --dijo el mercenario--, ese Duque
de Arión, a quien se tiene por un joven instruidísimo, ¿no estará
destinado a ser esposo de la joya de esta casa? Perdone usía mi
curiosidad.
--No lo sé --respondió Amaranta--. No hay nada proyectado. Mi primo ha
vivido catorce años en París: apenas nos conoce.
Así continuó la conversación por un buen espacio de tiempo, cuando
sentimos ruido de voces, y vimos que con gran estrépito y baraúnda
entraba el diplomático, en traje de camino, y tan alegre, tan festivo,
tan charlatán, que al punto le tuvimos por poseedor de los más altos
secretos de Estado.
--Sobrina --gritó al entrar--, aquí me tienes. Pero soy el juego de la
correhuela: cátate dentro y cátate fuera. Ahora mismo tengo que salir;
pero si no miente mi lista, son ciento dos las personas que he de ver
de aquí a las cuatro de la tarde. ¡Si me vuelvo loco! ¡Si no es mi
cabeza para tantos negocios! Que vaya el señor Marqués a explorar el
ánimo del Duque de Alba, para ver si cede o no cede; que forme el señor
Marqués una lista de las personas de la grandeza que están dispuestas a
acatar a José; que vea el señor Marqués al Corregidor de Madrid; que se
dé una vuelta por los Cinco Gremios a ver si anticipan o no anticipan
fondos; que vaya, que venga, que corra, que escriba, que aconseje, que
consulte, que tantee... ¡Jesús, María, José! Esto no es vivir. Yo no
quería meterme en tales faenas. Pero me han obligado, me han cogido,
me han puesto el cordel al cuello. Cuando el Rey José dice que no
puede hacer nada sin mí; cuando me presenta a su hermano, elogiándome
con frases que no repito por no parecer jactancioso, no es posible
evadirse... ¡Oh! ¡Qué belén, qué ir y venir! Nada se ha de hacer sin
que yo diga _hágase_. Y usted, Sr. Salmón, ¿qué dice de estas cosas?
--¿Qué he de decir, sino que Dios le conserve a usía mil años al lado
de ese Rey, para ver si evita lo de las terceras partes con que nos han
amenazado?
--Todo se arreglará, hombre, todo se arreglará. A pesar del decreto
de proscripción, hemos salvado la vida a Infantado, Alba, Santa Cruz
del Viso, Medinaceli, Híjar, Fernán-Núñez, Altamira, Castel-Franco,
Cevallos, y al Obispo de Santander, sentenciados a muerte por el
decreto dado en Burgos el 12 de noviembre. Se les envía a Francia
simplemente. Otras muchas cosas ha dispuesto el Emperador, modificando
sus primitivas determinaciones; pero no las puedo decir, no; no te diré
una palabra, sobrina, de estos delicados negocios: ya te veo sonreír...
Ya te veo a punto de emplear las armas de tu seducción para poner sitio
a la fortaleza de mi secreto; pero no te diré nada, no, ni una sílaba;
ni tampoco a usted, Salmón, que me mira con esos ojazos, que revelan
toda la concupiscencia de la curiosidad.
--No quiero saber nada de eso --dijo Amaranta--. ¿Y mi primita?
--Contentísima.
--¿Cómo contentísima?
--No, no; quiero decir, tristísima. En dos días creo que no habrá
dicho seis palabras. Se ocupa en sus labores con una asiduidad que me
asombra, y no hay quien la haga presentarse en el gran salón de Palacio.
--Ha hecho usted muy mal en dejarla sola --dijo la Condesa con cierto
enfado.
--¿Y qué le ha de pasar? ¿No quedan allí los criados? ¿No está con tu
doncella y con Serafina, que ni un instante se separa de su lado?
--Pero ya le dije a usted que Inés no debe quedarse sola con doncellas
y criadas en ninguna parte --añadió Amaranta notoriamente contrariada.
--¿Estamos viviendo en despoblado? --dijo el Marqués riendo--. En el
Pardo, en el mismo Palacio del Pardo, donde vive un Rey con numerosa
servidumbre y guardia, ¿no puede quedarse sola mi hija por cuatro o
cinco horas? ¡Si vieras qué habitación tan magnífica me han destinado
en el piso bajo! Dan sus balcones al jardín del Mediodía, y se goza
allí de una deliciosa vista. Ayer y hoy por la mañana, Inés salió a
dar un paseo por el jardín. ¡Buen rato pasó la pobrecita!... ¿Pero
cuándo vienes al Pardo? Por Dios y María Santísima, que sea pronto.
Allí se pasan las noches deliciosamente, y no puedes figurarte cuán
amable, cuán discreto, cuán bondadoso es el Rey José. ¡Cuánto nos
reímos anoche! Él me preguntó: «¿Por qué dicen los españoles que soy
borracho, cuando no bebo más que agua?» Yo me quedé un tanto cortado;
pero disculpé a mis compatriotas como pude.
--Mañana --dijo Amaranta-- nos iremos mi tía y yo, pues ya, a fuerza
de sermones, voy logrando vencer su repugnancia a los franceses. Y
ahora que me acuerdo, tío, tiene usted que procurarme una _carta de
seguridad_ para que pueda escaparse de Madrid una persona injustamente
perseguida.
--¡Oh, no, de ningún modo! --dijo el diplomático--. Yo no oculto
insurgentes, ni favorezco de modo alguno la insurrección. ¿Cartitas de
seguridad? Nada, nada, sobrina, no ampares pícaros, ni protejas a los
que se obstinan en aumentar los males de la patria. Sométanse todos a
ese bendito Soberano que no bebe más que agua, y entonces se acabarán
las precauciones. Es preciso sofocar la insurrección que hierve en los
alrededores de Madrid, y hacen muy bien en no dejar salir ni una mosca.
--Bueno --dijo Amaranta--. Mañana ha de llegar mi primo el Duque de
Arión, y él me dará cuantas cartas de seguridad se me antoje pedirle.
--¡Que viene mañana! --dijo el Marqués--. Yo le esperaba esta noche. Me
han dicho que ya cumplió la misión que le dio el Emperador en Burgos y
ha regresado al Cuartel general. Entrará también en la servidumbre del
Rey José. Si llega mañana, inmediatamente os marcharéis todos juntos
al Pardo. ¡Cuánto deseo verle! Era tamañito así cuando su madre se
fue a vivir a París hace catorce años. Otro más travieso no vi nunca.
Yo, jugando a todas horas con él, le inculcaba los rudimentos de la
historia patria. ¿Me deparará Dios un excelente yerno?
--Veremos --repuso Amaranta--. No puedo dar mi opinión mientras no le
trate. El Duque de Arión se ha educado en París.
--Educación a la francesa --dijo Salmón--. _Vade retro._ ¿Apostamos a
que viene mi señor Duque hecho un filosofillo de tomo y lomo?
--¡Oh, no! --exclamó el diplomático--. Desde que supe que se había
afiliado al bando napoleónico, le tuve por muy discreto. Su entrada
en España con el Emperador, las difíciles comisiones que este le ha
dado para entrar en tratos con las ciudades rebeldes, prueban... ¿pero
qué veo?... Las dos, y yo aquí de conversación olvidando las mil
comisiones... Adiós, sobrina; adiós, Padre Salmón y la compañía. Yo me
vuelvo loco con tanto ir y venir... Es terrible que esos señores no
puedan hacer nada sin uno... Adiós, adiós.
Y sin cesar de hablar, salió de la habitación y de la casa
apresuradamente.


XXVI

Referidos estos curiosos diálogos, me cumple ahora contar de qué medio
se valió la Condesa para facilitarme la deseada fuga. Mandome, pues,
que volviera al día siguiente, prometiéndome tener todo concertado
y en regla, de modo que pudiese sin pérdida de tiempo emprender la
marcha, desafiando la vigilancia ejercida en las matritenses puertas.
Hicimos Salmón y yo lo que se nos mandaba, y al otro día, cuando nos
disponíamos a volver de nuevo a casa de Amaranta, llamonos el Padre
Prior, y nos dijo:
--Este joven no puede estar aquí ni un día más, y esta noche misma, si
no encuentra medio de escaparse, es fuerza que busque un asilo más
seguro.
--¿Más seguro que la Merced?
--Sí --añadió Ximénez de Azofra--. Han venido a avisarme que se
sospecha de los conventos, que se nos acusa de ocultar a los
conspiradores y a los espías de los insurgentes, y parece que mañana
mismo registrarán todas estas casas, principiando por la Merced.
--Por fortuna la señora Condesa te amparará hoy mismo --dijo Salmón--.
Vamos allá sin perder un instante.
Vestido de novicio y en coche, como el día anterior, fuimos a casa de
Amaranta, y desde que nos vio entrar, díjome con semblante alegre:
--Mi primo el Duque de Arión ha llegado anoche, y me ha prometido
conseguir la carta de seguridad antes de tres días.
--Es que yo quisiera partir esta misma noche, señora Condesa --dije.
--¿Esta misma noche?
--Tememos que esos hotentotes registren mañana nuestra casa --añadió el
Padre Salmón.
--Pues es preciso hacer un esfuerzo y salir de este mal paso --indicó
Amaranta--. La principal contrariedad consiste en que no puede uno
fiarse de nadie. Me han asegurado que la policía francesa ha extendido
sus ramificaciones a muchas casas principales, y que sobornando lacayos
y pajes tiene bajo su vigilancia a las familias que juzga desafectas.
No quisiera poner en el secreto a ningún criado, y... ¡Ah! ¿No podría
salir con ese mismo traje de novicio?
--Mal vestido es, señora, para estas circunstancias --dijo Salmón--.
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