Lo prohibido (tomo 2 de 2) - 18

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destinada á salvarme del conflicto. Parecíame que los tres, Eloísa,
Botín y yo, éramos igualmente despreciables, odiosos y viles, y que
formábamos una sociedad de envilecimiento comanditario para socorrernos
por turno. Porque yo sabía muy bien cuánto repugnaba á Eloísa el tal
Sánchez Botín y el asco que ante él sentía, y la oí decir más de una
vez: «Si me ponen en la alternativa de querer á todos los soldados de
un regimiento uno tras otro, ó vivir dos horas con ese orangután, opto
por lo primero.» Y para que se vean las raíces que la pasión del lujo
tenía en su alma: puesta en el caso de vender sus últimas adquisiciones
de trapos y arte decorativo, no tuvo valor para ello, y apechugó con el
aborrecible, asqueroso é inmundo estafermo que la perseguía. Creédmelo:
si me hubieran dado una bofetada en la calle, no lo habría sentido como
sentí aquello. No hay ultraje que se compare al de un favor que no se
puede agradecer.
Y Severiano no se mordió la lengua para darme detalles:
--Por debajo de cuerda he sabido que Botín no le dió más que seis mil
duros. Siempre miserable. Está por la carne barata. Este hombre se
me ha parecido siempre á una chinche. Es para cogerle con un papel y
tirarle, dando á otra persona el encargo de matarle. La idea de verle
reventar delante de mí me pone nervioso... Pues sí, seis mil duros nada
más. El resto lo juntó como pudo, con ayuda de su prendera, y llevando
al Monte y á las casas de préstamos algunas cosillas... ¡Cuando me
lo trajo estaba más contenta...! Pero se le conocía en la cara la
repugnancia de la pócima... ¡Pobre mujer! su trabajo le ha costado...
Y no consintió por ningún caso en que le diera recibo, ni quiere
interés. «No es préstamo --me dijo lo menos veinte veces--: es regalo,
es restitución...» Pero me dió á entender que no deseaba se te ocultase
que á ella debías su salvación. Tiene el orgullo de su rasgo.
Nada, nada: yo no podía aceptar aquel injurioso, infame favor. Mi
conciencia se sublevaba; se me venían á la boca expresiones airadas
y terribles. Mi honor, mi honor antiguo, superior á las contingencias
y asechanzas que le tendían mis vicios, quería mandar en jefe en
mis acciones. Antes todos los males que aquel arrimo ó protección
indecorosa de una mujer que pagaba mis deudas con el dinero de sus
queridos. Creo que en aquel trance me expresé sin dificultad; al menos
yo dije á Severiano todo lo que quería decirle.
--Por Dios y por tu vida y por lo que más ames, hazme el favor de
devolver el dinero á esa mujer, y le dices de mi parte... No, no le
digas nada; no hay más que devolvérselo diciéndole que no se necesita.
Búscalo por otra parte: vende ó empeña hoy todos mis muebles. Mira que
esto es una deshonra que no puedo soportar. Prefiero el protesto de las
letras, hacer un arreglo y pagarlas después á plazos ó como se pueda.
Severiano, amigo querido, líbrame de este bochorno: por Dios te lo
pido... Saca ese dinero de mi mesa y echa á correr. Llévaselo. Dios nos
recompensará esta delicadeza... Me considero el primer desgraciado del
mundo y el número uno entre todos los miserables habidos y por haber.
En la cara le conocí que no quería contrariarme. Sus palabras
conciliadoras diéronme esperanzas de que haría lo que le mandaba.
--Bueno, hombre, no te apures. Si lo tomas así... A mí, en tu lugar,
no me daría tan fuerte... Creo muy difícil que hoy se pueda reunir lo
que necesitas. La opinión exagera siempre, y á tí te tiene hoy todo
el mundo por más tronado de lo que estás. Yo pongo mi cabeza en un
tajo á que no hay en Madrid quien te preste dos reales, teniendo ya
hipotecada la casa... En cuanto á tus muebles, ¿qué quieres? ¿que
traiga á los prenderos? Pues vendrán, y verás cómo no te dan arriba
de dos ó tres mil duros... por lo que vale siete ú ocho mil. No hay
solución por ese lado... Pero pues tú lo quieres, devolveré los diez
mil á Eloísa, con tal que te sosiegues, que no te excites... Mira que
te vas á poner peor.
Demasiado lo conocí. Sentíme bastante mal aquel día; y después de lo
que hablé atropellada y dificultosamente, la lengua me hacía cosquillas
y se declaraba en huelga completa, negándome hasta los monosílabos.
Pasé una tarde cruel, observando lo que hacía Severiano, deseando
verle abrir el cajón de la mesa y salir con el nefando dinero. Tuve
muchas visitas al anochecer. Todos me encontraron peor, aunque no me lo
decían. En torno mío no había más que caras lúgubres, en que se pintaba
el presagio de mi fin desgraciado.
Y al siguiente día ví á mi amigo sacar manojos de billetes y pasar al
despacho.
--¿Qué has hecho? --le pregunté cuando volvió á mi lado.
--¿Qué había de hacer? Pagar las letras --me respondió
mostrándomelas--. Aquí las tienes, con el _recibí_ de Lafitte... Y
no me preguntes más, ni hagas el puritano. No están los tiempos para
boberías de azul celeste. Hay que tomar las cosas de la vida como
vienen, como resultan del fatalismo social y de nuestros propios actos.
Todo lo demás es música, chico; viento, y echarse á volar por las
regiones etéreas.
Sentí que estos argumentos me anonadaban, y no expresé ninguna
opinión. Yo temblaba al pensar que Eloísa iría á verme como en
solicitud de mis gratitudes; y por lo mismo que lo temía tanto,
ocurrió este desagradable caso. Aquella noche recibí su visita cuando
no había ninguna otra; y aunque mi primera intención fué rechazarla,
mi conciencia, turbada por angustiosas perplejidades, no lo pudo
hacer. Habiendo aceptado el favor, no tenía derecho á arrojar sobre
él la ignominia. Yo lo merecía; me lo había ganado, y si me mostrara
desagradecido, resultaba más desagradecido de lo que realmente era.
Calléme ante la prójima. No hacía más que mirar al suelo, sin duda por
ver dónde estaba mi cara, que debió caérseme de vergüenza. Tuve, pues,
que dejarme estrechar la mano, y estrechar también un poco la suya;
y aunque me vinieron ganas de empujar su frente y su busto lejos de
mí, no pude hacerlo. ¡Ay! me olió á estafermo sucio y perfumado con
ingredientes innobles; olióme á baratería, á barbas mal pintadas, á
dinero amasado con sangre de negros esclavos, á infamia y grosería,
á sordidez y á ojos de carnero agonizante. Pero tal como resultaban,
transfiguradas por mi mente, las caricias de la prójima, tuve que
tragármelas. ¡Qué había de hacer sino beberme aquello y lo demás que
saliese, si era la lógica, y contra la lógica que viene en forma de
hiel dentro del cáliz de nuestras vicisitudes, no se puede nada, ni hay
más solución que cerrar los ojos, abrir bien las tragaderas... cuatro
muecas, y adentro!... Algunos revientan; otros, no.

VI
--A todos nos llega, tarde ó temprano, nuestro sorbo de _jieles_ --me
dijo Severiano, cuando solos hablábamos de esto--. Yo también he tenido
que apechugar... sólo que mi potingue me pareció al principio muy
amargo, y ahora se me vuelve dulce... Pero no te digo más. Esto es una
charada. _La solución en el próximo número._
No le contesté nada, porque aunque empezaba á recobrar la palabra,
no quería hablar ni aun delante de mi amigo de más confianza. Dirélo
claro: mi voz me era odiosa, antipática, y valía la pena de condenarme
á perpetuo mutismo por no oirme yo mismo. La verdad, señores: la voz
que me quedó después de la horrible crisis era inaguantable; una voz
atiplada, chillona y aguda, que me recordaba la de los cantores de
capilla. Cuando me hice cargo de este fenómeno, entróme horror y asco
de mi propia palabra. ¡A qué pruebas me sujetaba Dios! Comprendía el
no vivir más que á medias, el ser un Nabucodonosor, el no tener otras
sensaciones que las de la comida, el no poder andar sin auxilio; pero
hablar de aquella manera... francamente, y con perdón de la Justicia
Divina, me parecía demasiado fuerte. Dicho se está que ni que me
asparan chistaba yo delante de nadie, mucho menos delante de Camila.
--¿Por qué estás tan callado? --me decía ésta--. Ramón me ha dicho que
ya pronuncias. ¿Qué te pasa, que estás ahí con ese lápiz, pudiendo
expresarte bien?
--No creas á Ramón, borriquita --escribí--. Me he quedado absolutamente
mudo. Mejor: así estoy seguro de no decir ningún disparate.
--De poco te valdrá no decirlos si los piensas --me contestó con
admirable sentido.
¡Y qué observación tan oportuna! Sobre esto de pensar disparates tengo
que relatar una cosa que no quisiera se me quedase en el tintero. Una
mañana que estábamos solos Severiano y yo, le dije, no recuerdo si
por escrito ó con mi famosa vocecilla, que hallándome amenazado de un
segundo ataque, mortal de necesidad, quería hacer mis disposiciones. Lo
que salvara de mi fortuna dejaríalo íntegro á Camila y Constantino. A
mi amigo le pareció muy natural, y entonces dije yo:
--Quizás esta herencia les perjudique en su opinión. ¿De qué manera se
evitaría?
--No me ocurre ninguna.
--¿Te parece que en mi testamento nombre heredero al niño que va á
tener Camila?
--¡Claro, tu nene...!
Lo dijo con tal acento de convicción, que creí que me apuñalaba.
Protesté con gritos roncos y con gestos convulsivos.
--Infame calumniador, si no te retractas, te muerdo. ¿Tú sabes la
atrocidad que has dicho...?
Hablé mucho, gemí é hice garabatos, sin poder convencerle. ¡Desgracia
mayor! Yo me daba á los demonios.
--Tú mismo has confirmado lo que yo sospechaba --aseguró mi amigo
con su calma habitual--. La otra noche, á eso de las doce, dormías,
y en sueños dijiste: ¡_Belisario... hijo mío_! y con una expresión
de cariño, con un tono de padrazo bonachón y meloso... Parecía que
estabas besando al pobre angelito que no ha nacido todavía, ni nacerá
hasta Noviembre, según dijo ayer su mamá.
--¿De veras que pronuncié yo esas palabras? --dije, quedándome como
lelo--. Pero, hombre, ¿no sabes que soy idiota? ¿No sabes que soy una
bestia...? Es triste que mis ladridos se tomen por razones, y mis
absurdos por verdades.
No hablé más, porque el horror de mi voz de tiple me impuso silencio.
Más adelante enjareté á Severiano tantos y tantos argumentos en defensa
de Camila, que al fin me parece quedó convencido.
Pero estuve confuso mucho tiempo, pensando en que si yo no decía
disparates despierto, en sueños no sólo los pensaba, sino que se me
salían por la boca. ¿Me habría oído Camila aquel desatino y otros tal
vez? ¿La frase suya de los _disparates pensados_ provenía de haberme
oído hablar cuando dormía? Esto me puso en gran desasosiego. Yo no
recordaba nada de lo que soñaba. ¡Tremenda cosa tener que acusarme de
actos de que era, en rigor de conciencia, irresponsable! La conciencia
de antaño seguía sin duda funcionando por sí y ante sí, á pesar de no
estar ya vigente. La ley nueva me eximía de responsabilidad; pero aun
así no estaba yo tranquilo. Encargué á Ramón que me despertase si me
sentía hablar de noche, y á Severiano le dije:
--Voy á dormir; coge mi bastón, ponte en guardia, y si me oyes alguna
barbaridad, pega. Es el animal que gruñe.
Porque, lo digo con orgullo, no sé lo que me pasaría en aquellas
misteriosas, obscuras y siempre veladas regiones del sueño; pero
despierto era yo la persona más buena del mundo. Creedlo: tenía todas
las virtudes, toditas; me atrevo á decir que era un santo. Fuera de
aquel cariño paternal que sentía por los Miquis, en mí no había ninguna
pasión. No deseaba el mal de nadie, no se me ocurría seducir á ninguna
casada ni engañar á ningún esposo. Hasta me pasó por las mientes, en
aquellos entusiasmos de mi virtud fiambre, que si recobraba la salud,
debía escribir una obra sobre los inmensos bienes de la templanza,
haciendo ver los perjuicios que para el cuerpo y el alma acarrea la
contravención de esta divina ley, y abominando de los que la tienen
en poco. Y cuando mis tíos Rafael y Serafín iban á verme, departía
con ambos (perdido el miedo á la fealdad de mi órgano vocal) sobre lo
deliciosa que es una vida consagrada exclusivamente al bien, y echaba
mil pestes contra los tontos que no saben meter en un puño las pasiones
humanas. Como saliera de la boca de mis tíos alguna anécdota sobre la
cual pudiera yo hacer pinitos de moral, al punto los hacía, poniendo á
los viciosos y libertinos como ropa de Pascua; subiendo hasta el cuerno
de la luna á los virtuosos, comedidos y morigerados, y descargando al
fin todo el peso de mi indignación sobre los hombres infernales... sí,
infernales (no me cansaría de emplear este duro calificativo), que
llevan la perturbación al hogar ajeno y siembran por el inmenso campo
de la familia humana las perniciosas semillas...
No sigo, porque me remonto demasiado. Mis nobles tíos abundaban en
mis sanas ideas. Ambos estaban tan arrumbados físicamente como yo,
igualándome en planes de virtud y en limpieza de conciencia. Las cosas
que decían en coro conmigo debieran escribirse; pero no las escribo.
Eramos tres sabios, filósofos ó santos que trabajábamos en el _triple
trapecio_ de la moral universal; y si no veía yo en nuestra trinca
famosa á Sócrates, á San Gregorio Nacianceno y á Orígenes departiendo
como buenos amigos, el demonio me lleve.


XXVI
Final.

I
Ya es tiempo. Voy á concluir.
La aplicación de la electricidad, hábilmente hecha por Augusto en los
meses de Junio y Julio, fué de grande eficacia, si no para curarme,
pues esto era imposible, para sostenerme un poco, alargándome la vida
y haciendo más llevaderos los días que me restaban. Porque sobre la
proximidad de mi fin ya no podía tener duda. Lo único que podía esperar
del esmerado tratamiento de mi joven y sabio médico, era tirar tres ó
cuatro meses más, si bien él, llevado de esos impulsos caritativos que
tan bien se hermanan con la ciencia, aseguraba responder de mi curación
completa.
Recobré, pues, la palabra, aunque de la manera imperfecta que he
dicho. Advertí despejo y claridad en las ideas; me volvió la memoria,
quedándome sólo la mortificación de no poder recordar ciertos nombres,
y el lado izquierdo dió algunas señales de vida, cosquilleando primero
y desentumeciéndose después un poco. El movimiento, señal primera de
la vida, me fué concedido, aunque de tan rudimentario modo, que sólo
á gatas hubiera podido andar sin auxilio ajeno. Para andar como los
seres que deben á la facultad de tenerse en dos pies el privilegio de
cobrar el barato en la Creación, necesitaba del apoyo de otro bimano.
Resistíame á salir á la calle, por coquetería y presunción; pero tanto
insistió Augusto en que debía salir, que no tuve más remedio que
exponer mi lastimosa personalidad á las miradas compasivas, indiscretas
ó quizás burlonas de mis semejantes. Lo que esto hería mi amor propio
no es para contado, pues poniéndome en lugar de los transeuntes, me
miraba, me tenía lástima y aun me chanceaba un poco de mi extraña
figura. Si no me vísteis á mí, habréis visto sin duda á otro prójimo
herido del mismo mal, y podréis figuraros cuál era mi facha, encorvado
el cuerpo, la cabeza cayendo de un lado, el mirar estúpido, el rostro
encendido, la boca abierta, las piernas tan torpes, que á pasito corto
necesitaba media hora para andar cien metros. Los paseos, no obstante,
me sentaron tan bien, que á los dos meses de salir á la calle ya era
otro hombre, y me gobernaba solo algunos ratos con ayuda de un fuerte
bastón. El espejo díjome que no tenía ya tan pintada en mi cara la
imbecilidad, y con este remedio de la naturaleza y los esfuerzos que
hice para componer mi fisonomía, creo que no iba del todo mal.
Determiné no salir el verano. El calor no me molestaba mucho; y además,
¿á dónde iba yo con aquella traza y tanto entorpecimiento, y el estorbo
de mi propia invalidez? Antes de marcharse, allá por los comienzos de
Julio, dióme Severiano la solución de su charada. Yo había comprendido
que la tabla de salvación de que me habló era matrimonio con alguna
joven rica; pero no sabía quién era la providencial novia, ni lo
habría adivinado jamás si él no me lo dijese, dejándome estupefacto.
Creo que mis lectores se pasmarán, como yo me pasmé, cuando lean
aquí que la tabla de Severiano era Esperancita, la hija mayor de don
Isidro Barragán. De modo que ingresaba en el seno de la que él llamaba
_familia reventativa_, y tendría por papás á _Partiendo del Principio_
y _No Cabe Más_, personas de quienes se había reído tanto. Ya no me
quedaba nada que ver en el mundo. Había visto la maravilla más grande
en el orden moral, Camila; había visto el portento de las palinodias,
la boda de mi amigo. Ya podía morirme satisfecho. Y este paso revelaba
tanta habilidad como saber mundano. El himeneo con una de las primeras
herederas de Madrid era su salvación. Estaba decidido á ser juicioso y
buen marido y acabado modelo de ciudadanos y padres de familia. Como
me dijera que su novia era una excelente muchacha, cariñosa, sencilla,
modesta, inclinada á las virtudes caseras y á los sentimientos
apacibles, tomé pie de esto para enjaretarle una plática muy linda
sobre las ventajas del vivir ordenado y de la paz doméstica. ¡Qué cosas
tan buenas, tan profundas y cristianas le dije! Si el Espíritu Santo
no hablaba por mi boca torcida, faltaba muy poco para la efectividad
de este fenómeno. Prometió él tener muy en cuenta mis exhortaciones,
añadiendo que ya sentía en su alma toda la verdad de ellas antes
de que yo me metiese á predicador. En cuanto á la desagradable
circunstancia de ingresar en la _familia reventativa_, Severiano
sostenía estóicamente que el sér humano tiene el don de acomodarse á
todo; es animal de costumbre que sabe atemperarse á los más extremados
y contrapuestos climas, á las civilizaciones más refinadas como á las
absolutamente negativas. _Partiendo de este principio_, no le sería
imposible ser yerno de Barragán y de doña Bárbara, pues si al pronto
esta parentela le había de ser menos grata que una camisa de fuerza,
poco á poco se iría _jaciendo_ y concluiría por encontrarse allí como
el pez en el agua. La boda se verificaría en Octubre. También supe
que Victoria, de quien yo no me había dejado vencer, se casaba con un
sobrino de Arnáiz. Me alegré mucho, y les deseé de todo corazón mil
felicidades.
Habiéndome quedado casi solo en Julio y Agosto, sin más compañía que
la de aquellos pedazos de mi corazón, Camila y Constantino, pensé en
continuar mis Memorias, interrumpidas en la parte de mi vida que, á
mi modo de ver, merecía más los honores de la narración. No me era
difícil escribir, pues mi mano derecha conservábase expedita; pero se
cansaba pronto, y los trazos no eran muy correctos. La inteligencia y
la memoria me ayudaban bien; púseme á la obra, y con lentitud proseguí
aquel trabajo. Pronto hube de valerme, para andar más á prisa, de un
amanuense que me depararon Dios y mi tía Pilar, hombre que me venía
como anillo al dedo para el caso. Llamábase José Ido del Sagrario, y
tenía una letra clara, hermosa, si bien un poco floreada y como con
tendencias á criar pelo por los infinitos rasgos que por arriba y
por abajo salían de los renglones. Pero era miel sobre hojuelas aquel
hombre, y con sólo mirarme adivinábame los pensamientos. Tal traza al
fin se daba, que contándole yo un caso en dos docenas de palabras,
lo ponía en escritura con tanta propiedad, exactitud y colorido, que
no lo hiciera mejor yo mismo, narrador y agente al propio tiempo de
los sucesos. Con ayuda de tal hombre, los diferentes lances de mi
ruina y mi enfermedad salieron _como una seda_. Decíame Ido que él
era del oficio; que si yo le dejara meter su cucharada, añadiría á
mi relato algunos perfiles y toques de maestro que él sabía dar muy
bien; pero no se lo permití. Por ningún caso introduciría yo en mis
Memorias invención alguna, ni aun siendo tan llamativa como todas las
que brotaban del fecundísimo cacumen de mi escribiente. Yo ponía mis
cinco sentidos en el manuscrito, temeroso siempre de que él se dejara
arrastrar de su desbocada fantasía, y puedo asegurar que nada hay aquí
que no sea escrupuloso traslado de la verdad. La única reforma que
consentí fué variar los nombres de todas las personas que menciono,
empezando por el mío; variación que realizamos con pena, pues me
gustaría llevar la sinceridad á sus últimos límites.
Bien quisiera yo que estas Memorias ofreciesen pasto de curiosidad
é interés á las personas que buscan en la lectura entretenimiento y
emociones fuertes. Pero no he querido contravenir la ley que desde el
principio me impuse, y fué contar llanamente mis prosáicas aventuras en
Madrid desde el otoño del 80 al verano del 84, sucesos que en nada se
diferencian de los que llenan y constituyen la vida de otros hombres,
y no aspirar á producir más efectos que los que la emisión fácil y
sincera de la verdad produce, sin propósito de mover el ánimo del
lector con rebuscados espantos, sorpresas y burladeros de pensamientos
y de frase, haciendo que las cosas parezcan de un modo y luego resulten
de otro. Y no me habría sido difícil, sobre todo contando con la
experta mano de mi inteligente pendolista, alterar la verdad dentro de
lo verosímil en beneficio del interés. Porque ¿qué cosa más hacedera
que suponer á Camila vencida de mis gracias personales, ó figurarla
al menos vacilante, fluctuando entre el deber y la pasión, jugando al
_hoy te quiero, mañana no_? ¿Pues qué diré de un buen golpe de escenas
en que mi borriquita se me entregara, y en el momento de la entrega se
me muriera en los brazos, sin saber por qué ni por qué no, quedando
así burlados mis apetitos... ó bien que Cacaseno y yo nos diéramos una
buena comida de sablazos ó espadazos en el llamado _campo del honor_
y que yo le matase á él, enredándome después con su viuda, de lo que
resultaría pronto el hastío de ambos y una buena ración de dramáticos
remordimientos? En tal caso haríamos la moral de la fábula tirándonos
los platos á la cabeza; y luego vendría Eloísa, que de la noche á la
mañana se había vuelto virtuosa y estaba en camino de hacerse Magdalena
de pechos al aire y melenas largas, y nos echaba un sermón diciéndonos
que allí teníamos las resultas de nuestro crimen, que nos miráramos en
su espejo y pensáramos en arrepentirnos é irnos á un yermo á darnos de
zurriagazos, como pensaba hacer ella si el Señor le daba vida... Bien
quisiera, repito, que en este campo de la fresca verdad nacieran todas
estas hierbas, que son el forraje de que se apacientan los necios; pero
no puede ser, y lo escrito, escrito está.

II
Con la inmensa dote que le llevó Esperancita, desempeñó Severiano su
propiedad inmueble, y me entregó religiosamente los ochenta mil duros
que le presté en Mayo con hipoteca de las _Mezquitillas_. De los Hijos
de Nefas y de los Hermanos Roldán logré, en virtud de un arreglo, la
mitad del valor de mis créditos, con lo cual pagué á Medina, á Eloísa,
á María Juana y otros picos. En el reparto de los despojos de Torres,
Medina no salió mal, y mi excelsa prima vió entrar por la puerta de su
casa el famoso espejo biselado. ¡En él se miraría!... A mí tocáronme
sólo unos diez y siete mil duros. Reuní, amasé y consolidé estos
míseros restos de mi fortuna, y con ellos y la casa quedóme un capital
limpio y sano de tres millones de reales, de los cuales, por testamento
que otorgué en Madrid en Septiembre de 1884 ante el notario don
Francisco Muñoz y Nones, serían únicos herederos Camila y Constantino.
Nombré albaceas á Severiano, á Trujillo, á Arnáiz y al general Morla,
y me quedé tranquilo, diciendo: «Gracias á Dios que he hecho una cosa
buena en mi vida.»
Aún me bullían en la conciencia los escrúpulos de herir la delicadeza
de mis queridos amigos transmitiéndoles mis bienes. Consulté el caso
con la propia Camila, quien, con noble sinceridad, me dijo:
--No hables de morirte; yo no quiero que te mueras. Pero si te
empeñas en ello y me nombras tu heredera, no haremos la gazmoñería
de rechazarlo por una papa ó calumnia de más ó de menos. Nuestra
conciencia está en paz. ¿Qué nos importa lo demás? Si algún estúpido
sin vergüenza cree que me dejas tu fortuna por haber sido tu querida,
Dios, tú y yo sabemos que me la dejas por haberme portado bien.
Me entusiasmó. Le cogí la cara por la barba y le dí un beso, el primero
que le había dado en mi vida, tan casto y puro que no lo sería más si
hubiera sido ella mi nieta, es decir, dos veces hija. Y lo parecía.
Yo estaba viejo, caduco, sin vislumbres de nada varonil en mí; no
tenía en mi sér sino la discreción, la gravedad senil, y un desmedido
apetito de aplaudir sin tasa los actos de virtud. En esto iba cada día
más lejos, y á todo el que me parecía honrado y prudente en cualquier
respecto, le manifestaba mi admiración, le aplaudía y le alentaba con
aires patriarcales á seguir por aquel saludable camino, único que á la
Bienaventuranza eterna conduce.
Cuando Camila y yo hablamos lo que expresado queda, estaba ya ella en
meses mayores. Pero conservaba su agilidad, y atendía á mis cosas con
tanta solicitud como siempre. Había yo puesto en sus manos todos mis
asuntos domésticos; era mi administradora, mi ama de gobierno y mi
hermana de la Caridad. A principios de Noviembre la eché muy de menos;
pero tuve que resignarme por ley de la Naturaleza á la soledad en que
me tuvo durante quince días. El 6 de Noviembre muy de mañana me dijo
Ramón que la señorita estaba de parto. ¡Qué afán el mío y qué mal rato
pasé, temiendo que no estuviese tan expeditiva como su complexión firme
daba derecho á esperar! Pero fué obra de poco tiempo, y aquella sin par
hembra, destinada á ennoblecer el linaje humano y á fundar una dinastía
de gloriosos borriquitos, se portó como quien era. El mismo Constantino
bajó desalado á darme la noticia.
--¿Conque ya tenemos á Belisario? --le dije, abrazándole, sin esperar á
que contara el caso.
--Sí; pero no sabes lo mejor...
--¿Qué?
--Que cuando la comadre recogió á Belisario, creyendo el lance
concluído, oímos á Camila gritar: «queda otro.»
--¿Otro?
--Sí; y salió César más pronto que la vista, y tan listillo y con tan
mal genio como su hermano.
--¡Dos! Pues, hijo, si seguís así, vais á llegar á la Z...

III
Sintiéndome cada día más caduco, y temeroso del segundo ataque,
cuidéme de revisar mis Memorias y de ver si Ido del Sagrario me había
deslizado en ellas alguna tontería. Mas nada sorprendí en aquellos
bien rasgueados renglones que fuera disconforme á mi pensamiento y á
la exactitud de los casos referidos. De acuerdo con Ido, remití el
manuscrito, puesto ya en limpio y con los nombres bien disimulados,
á un amigo suyo y mío que se ocupa de estas cosas, y aun vive de
ellas, para que lo viese y examinara, disponiendo su publicación si
conceptuaba digno del público mi mamotreto... Hoy ha venido el tal á
verme; hablamos; le invito á escribir la historia de _la Prójima_, de
la cual yo no he hecho más que el prólogo, á lo que me contesta que
aunque ya no le hace caso Pepito Trastamara, ni tiene esperanzas de ser
Duquesa, bien vale la pena de intentar lo que yo le propongo. De otras
muchas cosas hablamos, extendiéndome mucho en todo lo concerniente á la
forma y manera de imprimir estas obscuras páginas. La primera condición
que pongo es que no serán publicadas mientras yo viva. Después de mi
muerte, puede darse mi amigo toda la prisa que quiera para sacarlas en
letras de molde, y así la publicación del libro será la fúnebre esquela
que vaya diciendo por el mundo á cuantos quieran saberlo que ya el
infelicísimo autor de estas confesiones habrá dejado de padecer.

FIN DE LA NOVELA

Madrid, Noviembre de 1884-Marzo de 1885.
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