Lo prohibido (tomo 2 de 2) - 16

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grandes consuelos donde menos se espera. Yo no soy pesimista; creo en
las reparaciones providenciales, y al dolor lo tengo por una sombra.
¿Existiría si no existiera luz?
Tanta sabiduría me habría quizás entusiasmado en otra ocasión. En
aquélla, tristísima, sonaba en mis oídos como el ruido de una lluvia
importuna, de esas lluvias que se inician cuando vamos muy bien
vestidos por la calle, y además hacen la gracia de cogernos sin
paraguas.

VI
Todo lo que hablamos aquel día Medina, Llorente y yo, subsiste en
mis recuerdos de un modo caótico. Imposible determinarlo ahora. Sólo
puedo sacar de aquella nebulosa jirones sueltos, palabras é ideas
desgarradas, con las cuales me sería difícil componer un inteligible
discurso... Samaniego, la fianza de Samaniego... ¿En dónde estaba
Samaniego?... ¿Huído también?... Acción judicial... unas operaciones
publicadas, y otras no... la casa de la Ronda... Si Torres se
presentaba, esperanzas de arreglo, aunque todos renunciáramos á la
mitad de nuestro crédito; si no... ¡Ah! Gonzalete no podía acabar en
bien... Y vuelta á la casa de la Ronda, á la fianza de Samaniego... á
la honradez de Samaniego que se tenía por indudable.
Lo que sí recuerdo bien es que, como yo dijera que al día siguiente
vendería mis obligaciones de Osuna, ambos me miraron, quedándose
pasmados y con la boca abierta.
--¿Pero no vendió usted sus Osunas? --gritó Medina persignándose--.
Hijo mío, ahora sí que ha hecho usted un pan como unas hostias.
Volví á sentir el frío aquél por el espinazo.
--Pero usted está ido, amigo mío --observó Llorente--; permítame que se
lo diga.
--Esta es la más negra --murmuró Medina, rascándose la oreja--. ¿Pero
no le dije á usted?...
--Perdone usted: á mí nadie me ha dicho nada.
--Perdone usted...
--Hombre, que no.
--¡Dale! Se lo dije á usted el mes pasado, yendo juntos á Bolsa en
mi coche. Se lo volví á decir el jueves por la noche, cuando me le
encontré en la calle del Arenal en compañía de mi suegro y su hermano
Serafín. Le llamé á usted aparte y le dije: «Venda sin perder un
momento las Osunas... corren malos vientos.»
En efecto: vino á mi memoria el hecho que Medina afirmaba. Me lo había
dicho, sí; pero yo, completamente ido, según ellos, y con el cerebro
como una jaula, de la cual se me escapaban las ideas en figura de
mosquitos, no había vuelto á pensar en semejante cosa.
--¿Pero qué hay con las Osunas?... --pregunté ansioso.
--Ahí es nada: un bajón horrible.
--Ayer las ofrecían á 55, y nadie las quería.
--Mañana las darán á 30, y será lo mismo.
--¿Pero qué hay?
--Un lío de mil demonios. Que ha desaparecido de la noche á la mañana
la garantía territorial. ¡Ay, Jesús, qué hombre éste! Hace días se
empezó á susurrar; pero hoy lo sabe todo el mundo. ¿No ha ido usted
esta semana al escritorio de Trujillo?
--No.
--¿Ni al Bolsín?
--Tampoco.
--¿Ni al Círculo de la Unión Mercantil?
--Tampoco.
--Pues entonces, ¿á dónde ha ido usted, hombre de Dios, y qué ha sido
de su vida?
Dióme vergüenza de contestar la verdad, que era ésta: «He estado en la
Casa de Fieras del Retiro, en el relevo de la guardia de Palacio, y
por las calles viendo subir sillares á las casas en construcción.» El
maldito amor habíame trastornado el seso, sembrando en mi cerebro un
berenjenal. Las berzas del idiotismo, no las flores de la exaltación
poética, eran lo que en mi caletre nacía. Cuando me retiré de allí,
deseando la soledad para entregarme á la meditación de mi desgracia,
para chocar alguna idea con otra y sacar un poco de luz, María Juana
salió á despedirme, y me secreteó esto, cariñosamente consternada:
--Pero tú estás sorbido... ¿no te acuerdas? El viernes, cuando nos
vimos, ¿sabes?... te dije que vendieras las Osunas si las tenías...
Yo había oído ciertas conversaciones. ¿Es posible que no te hicieras
cargo? ¿Qué grillera tienes dentro de esa cabeza?
--No sé... déjame... creo que estoy loco.
--¿Pero no lo recuerdas?
--Sí: me acuerdo y no me acuerdo... No sé... déjame... ¡Lo que á mí me
sucede!...
Salí de aquella casa como alma que lleva el diablo, y me metí en la
mía, zambulléndome de golpe en mi soledad, lago turbio de tristeza,
miedo y desesperación. Tiempo hacía que yo apenas dormía; pero aquella
noche, cosa en verdad muy extraña, apenas me arrojé sobre mi cama,
vestido, quedéme dormido como un borracho. Ello debió durar una hora
nada más; fué sueño estúpido, sedación repentina y enérgica de los
encabritados nervios. Luego desperté como quien no había de volver á
dormir en toda su vida. ¡Despierto para siempre! Tal fué la sensación
de mi cerebro y mis párpados. Y era temprano: las diez apenas. Oí el
piano de Camila que sin duda tenía tertulia de parientes. ¡Oh, qué
atroz envidia me inspiró aquella casa!... ¡Cuánto habría dado por
poder subir, penetrar y decirles: «Aquí vengo á que me queráis, á
que seamos buenos amigos! Estoy arruinado, solo, triste, y necesito
calor de amistad. No os haré daño alguno, no turbaré vuestra paz; seré
juicioso, con tal que me dejéis sentarme en una silla á vuestro lado
y miraros...» Porque me pasaba una cosa muy extraña. Desde que me
entraron las chocheces, les quería á los dos: á Camila como siempre,
con exaltado amor; á Constantino con no sé qué singular cariño entre
amistoso y fraternal. Los dos me interesaban... Deseaba con toda mi
alma hacer las paces con ellos, y arrimarme al fuego de su sencillo
hogar, lo más digno de admiración que hasta entonces había visto yo en
el mundo.
Lo mismo fué cesar el piano que ponerme yo á hacer la liquidación de
mi fortuna, paseo arriba, paseo abajo. Al separarme de Eloísa, mis
nueve millones de reales habían quedado reducidos á menos de siete. Las
ganancias de Enero y Febrero me habían redondeado los siete y un poco
más. Pero luego la quiebra de Nefas me dejaba en los seis y medio. Por
fin, la catástrofe de fin de Junio hacíame perder, por la mala fe de
un truhán, cuatro millones de ganancia; y como yo tenía que dar, por
mis diferencias, ciento cuarenta mil duros, si Torres no me pagaba,
esta suma era mi pérdida efectiva. Porque yo no había de tomar las de
Villadiego, como el otro, dejando á mis acreedores con un palmo de
narices. La depreciación de las Osunas, que tomé al tipo de 97,50,
y habían descendido de golpe á 38, acababa de anonadarme. Mi activo
quedaría pronto reducido exclusivamente á la casa, los créditos de
Jerez y lo que había colocado tres meses antes en la hipoteca de mi
amigo para cancelar sus ruinosos empréstitos.
Por la mañana, después de pasarme toda la noche sin pegar los ojos,
mandé un recado á Severiano para que fuese á verme. No tardó en acudir
á mi cita. Yo tenía un humor endemoniado, y le recibí con aspereza.
Mas era él de tan buena pasta, que me soportó con paciencia. Pintéle
mi situación, de la cual él alguna noticia tenía ya, y concluí
conminándole de este modo:
--Vas á reunir todo el dinero que puedas y á traérmelo. No te pido
imposibles; no te pido que me devuelvas en tres días los ochenta mil
duros que te presté sobre las _Mezquitillas_. Pero búscame y facilítame
lo que puedas en esta semana. Echando mano de cuanto tengo disponible,
no me basta para saldar mi liquidación. He de pagar además dos letras
de Tomás de la Calzada, que acepté el viernes, y que me vencen á los
quince días. Es el dinero de las Pastoras... ¿Con que has oído? ¿Cuánto
me puedes dar?
--Nada --replicó con lacónica serenidad, sin inmutarse.
--¡Y lo dices con esa calma! Severiano, tú tomas esto como cosa de
juego. ¿No me ves con el agua al cuello?
--A mí me llega á la coronilla --díjome con la misma pachorra,
señalando lo más alto de su cabeza.
--¿No tienes quien te preste?
--¡Yo! --exclamó con el acento que se da á lo inverosímil--. ¡Yo quien
me preste!...
--Pues nada, como quiera que sea, tienes que buscarme dinero. Empeña la
camisa.
--La tengo empeñada --replicóme con cierto estoicismo de buena sombra.
--Vamos, no bromees... mira que... Vende tus caballos.
--Los he vendido... Hace tres días que estoy saliendo en los de
Villamejor.
--Pues vende las _Mezquitillas_... Véndelas. Yo necesito mi dinero.
--Estás turulato. Tratamos por cinco años.
--Es verdad; pero tú, viéndome como me ves, debes sacarme de este
atolladero, poniendo en venta la finca. Villamejor te la compra.
--Pero no me da sino cuatro millones de reales, y vale siete... No
pienses por ahora en eso.
--Pues tú verás lo que tienes que hacer --chillé exaltándome--. Es
forzoso que vengas en mi auxilio. ¿No tienes siquiera medio de reunir
doce, quince, diez y ocho mil duros?
Echóse á reir. Yo estaba volado, con ganas de darle de bofetones y
echarle á puntapiés.
--Pero ven acá, perdido, ladrón --le dije cogiéndole por las solapas--.
¿Qué has hecho de tu patrimonio?... ¿En qué gastas tú el dinero? ¿Es
que lo tiras á puñados á la calle, ó qué haces?
Enardecíame la sangre su estoicismo, que no era estudiado, sino muy
natural; aquella calma filosófica y sonriente con que oía hablar de
mi ruina y de la suya. Le ví sentarse, cruzar una pierna sobre otra,
encender un cigarro. Y entonces se explayó y me hizo la pintura de
su catástrofe y de las causas de ella, concretando y detallando los
hechos con un análisis sereno y flemático que me dejó pasmado. Y la
causa madre no necesitaba él declararla para que yo la supiese. Era la
_señora_, aquel voraz apetito que estaba dispuesto á tragarse todas
las fortunas que se le pusieran delante y á digerirlas, quedándose
dispuesto para una nueva merienda. ¡Ay, qué _señora_ aquélla! Su
colección de piedras preciosas era hermosísima. Los brillantes
sirviéronle de aperitivo para comerle á Severiano seis casas de Sevilla
y Jerez, y su participación en la mina _Excelsa_ de Linares. Para que
se vea el extremo de ignominia á que hubo de llegar mi amigo con su
ceguera estúpida, su vanidad y su lascivia, diré que no sólo sostenía
la casa aquélla en su organización pública y regular, sino que tenía
que atender á los despilfarros del marido. Cuando éste necesitaba
dinero, poníase tan pesado que su mujer se veía en el caso de pedir
billetes á Severiano y dárselos al otro para que fuera á gastárselos
con mozas del partido en el _Cielo de Andalucía_.
--¿Pero es posible --le dije clamando como si tuviera en mí la
autoridad de la religión y la justicia--, que hayas sido tan
imbécil...? ¿Qué hay dentro de esa cabeza, sesos ó serrín?
--¡Y tú me predicas... tú!... --objetó echándose á reir.
--Hombre --repliqué algo desconcertado--, yo he hecho tonterías... pero
no tantas...
--Has hecho más, más; y lo verás prácticamente, porque yo me he salvado
y tú no.
--¿Qué quieres decir?
--Que yo, al verme en medio de la mar salada, ahogándome, he tropezado
con una tabla y me he agarrado á ella, mientras que tú...
No comprendí al pronto qué tabla podía ser aquélla.
--No tengas cuidado ninguno por la hipoteca de las _Mezquitillas_.
Dentro de unos meses te daré tu dinero, duro sobre duro...
--¡Ah, pillo!... te casas con alguna rica.
Echóse á reir y me dijo:
--Es un secreto. No me hagas preguntas.
--Y la otra, ¿lleva con paciencia tu esquinazo?
--¿Y qué remedio tiene?... --me dijo alzando los hombros y riéndose
tanto, tanto, que yo también me reí un poco.
--La verdad es --observé con sinceridad que me salía de lo mejor del
alma--, la verdad es que somos unos grandes majaderos.
--Lo somos tanto --afirmó él entusiasmándose-- que nos debían vestir
con roponcito y chichonera, ponernos en la mano un sonajero y echarnos
á paseo llevados de la mano por una niñera... Es lo que nos cuadra. Los
bebés tienen más sentido que nosotros. Pero ¡ay! yo aprendí ya; tú eres
el que no quiere abrir los ojos.

VII
Demasiado abiertos los tenía á la realidad espantable de mi ruina, para
ver otra cosa que ésta no fuese. Reiteré la urgencia de que me buscase
dinero, y él insistió en la imposibilidad de hacerlo, dándome algunos
detalles que me lo probaron bien. La complicación de sus trampas y la
menudencia de algunas de ellas era tal, que sólo el _Saca-mantecas_
podía ponérsele en parangón por aquel importante concepto.
--Con decirte --me susurró al oído con cierta vergüenza-- que estoy
dando sablazos de diez duros, y que anoche me salvó de un conflicto...
cáete de espaldas... te lo digo para que te partas de risa... ¿Quién
creerás? Tu primo Raimundo.
No me partí de risa: lo que hice fué ver con colores más negros mi
situación.
--Bien puedes ir ahora mismo á ver á Villalonga y decirle que si no
me paga esta semana los ocho mil duros que me debe, le llevo á los
tribunales.
--Pues ya puedes irle llevando, porque no tiene una mota.
--Que la busque...
--Ese es otro que tal... También la _señora_...
--Más bien _las_... Ese las tiene por gruesas...
Y corrió en busca de Villalonga, el cual vino á ofrecérseme para
todo aquello que no fuese dar dinero. En cuanto á buscarlo por
cuenta mía, ya era otra cosa. Los tres se pusieron á mis órdenes,
incapaces de servirme de otro modo por la gran crujía que estaban
pasando. «¡A pagar!» fué mi idea fija en aquel día y los siguientes.
Todos los valores que yo tenía no me bastaron, y hube de negociar
unas letras á cargo de mis acreedores de Jerez. Además de lo que
tenía comprometido en la quiebra de Nefas, mis arrendatarios y los
compradores de mis existencias me debían aún más de treinta mil duros.
Por fin pagué, y quedéme tan ancho, la conciencia en paz, el ánimo
herido de profunda aflicción. Tras ella vino un fenómeno singular,
odio cordial á todos mis amigos, conocidos y parientes. Entróme como
un furor antihumanitario, ganas de reñir con cuantas personas me
habían rodeado en aquellos turbulentos años de Madrid. Sólo dos seres
se exceptuaban de esta horrible, encarnizada animadversión. Pero los
demás, ¡María Santísima! ¡qué aborrecimiento y ojeriza me inspiraban!
Sólo la idea de que Eloísa ó María Juana irían á visitarme, infundíame
el deseo instintivo de coger un palo y esperarlas detrás de la puerta
para descargárselo encima cuando entraran. A mi tío me le encontré
en la Puerta del Sol, y echóme el brazo por el hombro. Me desasí con
grosería, y eché á correr diciendo:
--Viejo loco, vete al Limbo y déjame en paz.
Raimundo se me presentó en casa el miércoles por la mañana, y yo mismo
le puse en la calle, gritando:
--Perdido, lárgate de aquí y no vuelvas más. No quiero verte, ni á tí
ni á ninguno de tu pícara casta.
A Ramón encargué que si iba la señorita María Juana ó el señor de
Medina, les dijera que yo no estaba en casa, ni en Madrid, ni en el
mundo... ¡Y los que yo quería ver no llamaban á mi puerta ni hacían
caso de mí! ¿Por ventura ignoraban mi desdicha? El jueves, al salir
del Banco, ví á Constantino que salía con un amigo del café de Santo
Tomás. Miróme y le miré. Yo no llevaba el revólver: si en aquel momento
se llega á mí y me acomete, me dejo pegar. Yo no tenía fuerzas ni para
darle un pellizco que le pudiera doler. Pero su mirada no parecía muy
hostil. Miréle con sincera amistad, y con voces de mi alma le dije:
--Ven acá, fiera, y estréchame la mano; ven y llévame á tu cueva,
donde viven los únicos seres que respeto y admiro. Quiero arrodillarme
delante de tu mujer y decirle que la adoro como se adora á los seres
divinos, aunque se lo tenga que decir con permiso tuyo y para tu
conocimiento y satisfacción...
Pero el bruto no vino hacia mí. De buena gana habría yo ido hacia
él. Cuando quise hacerlo, ya le había perdido de vista. Viéndome tan
solo, tan aburrido, atormentado por la necesidad de encontrar calor de
vida espiritual en algún sitio, me dije aquella tarde: «Suceda lo que
quiera, yo subo. Si me reciben, porque me reciben; si me tiran por las
escaleras abajo, porque me tiran. No puedo vivir así, con este negro
vacío en mi alma y este afán de que alguien me quiera.»
Los dos, he de repetirlo, mujer y marido, me interesaban sin saber por
qué, y yo anhelaba ser amigo de entrambos, pero amigo leal... ¡Oh! no
me creerían cuando esto les dijese. Y si se lo decía mucho y con esa
ingenuidad elocuente que sale del corazón, ¿por qué no me habían de
creer? Lo intentaría al menos.
Subí por la tarde. El corazón me palpitaba con tanta fuerza, que no
tuve aliento ni para preguntar á la criada que me abrió si estaban sus
amos. La criada no me entendía; repetí mi frase. Constantino salió al
pasillo, y oí su voz enérgica que dijo:
--Cierre usted la puerta.
La puerta vino sobre mí con estrépito. ¡Ay, cómo me quedé! ¿Qué haría?
¿Volver á llamar, ó retirarme? Esto era lo mejor. Dí media vuelta;
pero en aquel instante sentí en mi alma sacudida violenta y me entró
un frenesí de no sé qué pasión, rabia, amor, envidia ó simplemente
brutal apetito de destrucción. Nunca me había yo visto en semejante
estado. Diéronme ganas de derribar la puerta á puñetazos y de pedir
hospitalidad como la piden los bandidos, á tiros y puñaladas. La
ferocidad que en mí se despertó fué soplo tempestuoso que barrió de mi
cerebro toda idea razonable. Me convertí en un insensato; apliqué los
labios á la rejilla y me puse á dar voces:
--Idiotas, ¿por qué me cerráis la puerta? Si vengo á pediros que me
queráis, que me dejéis ser vuestro amigo. ¿Os he hecho algún daño?
¡Mentira... farsantes... embusteros! Echáis facha con la virtud y
sois... cualquier cosa.
Y la puerta no se abría. Creí sentir cuchicheos tras la rejilla. Mi
demencia, lejos de aplacarse con aquella pausa, creció tomando otro
giro. De la locura pasé á la tontería y á un enternecimiento estúpido.
Ciego volví á agarrarme al llamador y debí morder la rejilla de cobre,
porque me quedó después fuerte sensación de dolor en los dientes.
--Camila --grité--, ábreme. Si no pretendo que seas mi querida...
Déjame entrar, y tu marido y yo te adoraremos de rodillas... te
pondremos en un carro, y uncidos los dos tiraremos de tí... ¡burro él,
burro yo! Queredme ó me mato; queredme los dos...
Y nada, no abrían ni contestaban. Dí otra vez la media vuelta, notando
en mí amagos de serenidad. Ví un poco la tontería que estaba haciendo.
Noté en mi cara humedad tibia, y llevándome á ella la mano, me la mojé.
La humedad, brotando de mis ojos, bajaba hasta mis labios, donde la
pude gustar. Era salada. El corazón se me quería partir al mismo tiempo
que empecé á sentir vergüenza de lo que estaba haciendo... ¡Oh, Dios
mío! Creí escuchar carcajadas de Camila tras de la puerta, y también
las risas del bruto...
Comencé á bajar; pero cuando iba por la segunda curva de la escalera,
creí que ésta se enroscaba en torno mío; eché las manos adelante; el
barandal se me fué de las manos, el escalón de los pies, y ¡brum!... me
desplomé. Lo último que sentí fué el estremecimiento de toda la espiral
de la escalera bajo mi peso... Perdí toda noción de vida.


XXV
Nabucodonosor.

I
Y no podía ser de otra manera. Mi estado fisiológico era tal, que yo
tenía que dar un estallido. Y lo dí al fin, y bueno. Después supe que
estuve sin conocimiento desde las seis de la tarde del miércoles hasta
el jueves á las diez de la mañana; que Ramón y el portero sintieron
el golpe de mi caída y subieron alarmados; que al mismo tiempo salió
á la escalera la señorita Camila; que al instante bajó Constantino en
cuatro trancazos y me cogió, y cargándome como si yo fuera un talego,
me llevó á mi casa; que me tendieron en mi cama creyendo que ya estaba
muerto; que Ramón y la señorita Camila empezaron á darme friegas,
mientras Constantino corría en busca de su hermano Augusto; que toda
la noche se pasó en gran ansiedad, pues el médico ponía muy mala
cara... Por fin, recobré la conciencia de mi sér, aunque al punto de
recobrada eché de ver que mi resurrección no era completa. Algo se me
quedaba por allá, en aquella lóbrega cisterna, simulacro de los abismos
de la muerte, en que tantas horas estuve, revolcándome en tenebroso
espasmo, del cual apenas quedaban vagas sensaciones musculares cuando
desperté. Lo primero que hice fué moverme, quiero decir, intentarlo.
De este reconocimiento resultó un fenómeno que al pronto no me hizo
impresión; pero que poco después ocasionóme sorpresa, estupor, espanto.
Yo no podía mover las extremidades izquierdas. Todo aquel lado ¡ay,
Dios! estaba como muerto. Ramón debió leer en mi rostro la congoja
de los esfuerzos que hacía, y quiso ayudarme. Ordenéle por señas que
me dejara. Quería seguir en reposo para pensar en aquel fenómeno
tristísimo. A mi mente vino una idea, con ella una palabra. Sí, me lo
dije en griego para mayor claridad: «Tengo una hemiplejia.» La idea
de la justicia, que rara vez deja de abrirse paso en nuestras crisis
para alumbrarnos la conciencia, apareció muy luego: «Bien ganada me la
tengo.»
Mi pena fué horrible. Tremendo rato aquél, en que la conciencia
física me acusó con pavorosa austeridad, en que me rebelé contra la
sentencia fisiológica y contra Dios que la daba ó la consentía, ¡no
sé!... Sin derramar una lágrima, lloré una vida entera y deseé con
toda mi alma acabar de morirme... Aún me faltaba la más negra. Quise
hablar á Ramón, y la lengua no me obedecía. Las palabras se me quedaban
pegadas al paladar como pedazos de hostia. Mis esfuerzos agravaban el
entorpecimiento de aquella preciosa facultad, gastada, perdida tal
vez para siempre. Intenté decir una expresión clara, y no dije sino
¡_mah, mah, mah_! Causóme tal horror mi propio lenguaje, que resolví
enmudecer. Me daba vergüenza de hablar de aquella manera. ¡Ser la
mitad de lo que fuimos, sentir uno que su derecha viva tiene que
echarse á cuestas á la izquierda cadáver, y por añadidura pensar como
un hombre y expresarse como los animales, es cosa bien triste...!
Augusto quería disimular la pesadumbre que mi estado le causaba; mas
cuando oyó mi espeluznante _mah, mah, mah_, no le fué posible fingir
tranquilidad. Híceme juramento de callar para siempre y no ofrecer á
la estupefacción de oyente alguno aquel rebuzno mío, aquel bramido de
Nabucodonosor condenado á arrastrarse por el suelo y á comer hierba...
Todo aquel día lo pasé en una especie de estupor letárgico, que á veces
tocaba en el sueño, sintiendo en mí algún alivio. Lo primero que me
atormentó por la noche fué el sentirme horriblemente desmemoriado.
Yo no me acordaba de todo, sino de algunas cosas, y de otras apenas
tenía vagas nociones. Pero el prurito de recordar aquella infructuosa
erección de la memoria, queriendo ser y no pudiendo; aquella dolorosa
presciencia de nombres y sucesos, sin lograr determinarlos, me
martirizaba lo que no es decible. Recordaba el caso de mi ruina, de la
fuga de mi acreedor... pero no podía atrapar el nombre de Torres...
Y veía ante mí algo como el esqueleto del nombre; pero le faltaba la
carne, las letras. Toda la noche estuve buscándolas y no las encontré
hasta por la mañana.
Pero el ejemplo más triste de esta pérdida de la facultad fué no saber
quiénes eran aquellas tres mujeres á quienes ví la segunda noche, en
fila delante de mí. Ofreciéronse á mi atención al despertar de uno de
aquellos letargos, y me dije: «Yo conozco estas caras; las he visto
en alguna parte...» Estaban las tres apoyadas en el tablero inferior
de mi cama, grande como de matrimonio. Veíalas yo de medio cuerpo
arriba, los brazos sobre el tablero, en actitud de estar asomadas á
un balcón... La que estaba en medio tenía cristales en sus ojos, que
brillaban en la penumbra de mi estancia con efecto semejante al que
hacen en la obscuridad los ojos de los gatos. A su derecha estaba otra
que me miraba también. Me pareció que á ratos se llevaba una mano á
los ojos, y que en la mano tenía un pañuelo. ¿Por qué lloraría aquella
buena señora?... Y era guapa. La de la izquierda me miraba con fijeza
observadora y más bien curiosa que enternecida. Era morena, de muy
acentuada delantera, esbeltísima... Nada, que aquellas tres caras y
aquellos tres bustos no me eran desconocidos; pero mi cerebro ardía en
un trabajo furioso de indagación, sin poder sacar en claro quiénes eran
ni cómo se llamaban.
Por fin el corazón me alumbró, el corazón, que se puso á hacer
cabriolas y me dijo: «Aquélla que está á tu derecha y á la izquierda
de la de los lentes, es tu borriquita.» Fuí juntando ideas, casándolas
y amarrándolas bien para que no se me escaparan... Camila, la sin
par Camila, fué la primera que venció la anarquía de mi pensamiento
y mi memoria... después Eloísa, la que lloraba; por fin María Juana,
la sabia. Cuando las atrapé, diéronme ganas de decir algo. Pero tuve
espanto y vergüenza de que mis tres primas me oyeran. No, antes
reventar que darles muestra tan desapacible del lenguaje prehistórico.
Eloísa fué la primera que se llegó á mí, rompiendo la lúgubre fila en
que las tres estaban cual aves posadas en una rama.
Llegóse á mí para mirarme de cerca. Ví sus ojos llenos de lágrimas.
Alguna creo que me cayó encima. Preguntóme que cómo estaba, y yo no
dije nada. Noté al mismo tiempo que la sabia, sin moverse del centro
del tablero, llevóse el dedo índice á sus labios y estuvo así un buen
rato, parecida á una estampa de la discreción. Quería imponer silencio
á las otras dos, pues también Camila se llegó á mí por el otro lado
y me miró de cerca... ¡Qué ganas sentí de pegarle un beso, expresión
casta y juiciosa del júbilo que me causaba el haber recobrado la
conciencia del amor que le tenía! Preguntóme también que cómo estaba,
y yo... mutis. «No oirás este _mu_ del buey herido, prenda de mi
corazón,» pensé, y pensándolo les hice señas de que se estuvieran allí,
porque sentía cierto consuelo en contemplarlas. Eran mi historia, mi
vida, yo mismo puesto en figuras, como un libro ilustrado.

II
Otra noche, Camila junto á la mesa donde habían estado sus botas (no
sé si os acordaréis de esto), y á su lado Constantino. Ella cosía, y
él leía un periódico. Cuando me sintieron mover, ambos me miraron.
Camila vino hacia mí, dejando la costura, y me dijo: «¿Qué tal?»
En mi sensibilidad fuertemente perturbada hizo aquel _qué tal_ el
efecto de un intenso olor de sales súbitamente aplicado á mi nariz. A
punto estuve de hablar... ¡Desdichado de mí si lo hubiera hecho! El
silencio había venido á ser en mí como una coquetería. Tuve serenidad
bastante para dominarme, y sacando una mano, le tomé la suya y la llevé
pausadamente á mis labios. Cuando le daba aquel respetuoso beso que
fué como el homenaje que á los reyes haría el monárquico más sincero
y leal, ví allí enfrente una mirada de Constantino, abrillantada por
la próxima luz. No debía de ser mirada de celos; y si lo fué, ¿qué
culpa tenía yo en aquel momento? La absoluta muerte de las facultades
más características del hombre, me garantizaba una virtud perfecta.
Yo podía ya ser hasta santo á poco que lo intentara. La borriquita,
entendiendo mi homenaje, no retiró su mano. Pensé que debía de ser muy
grande mi mal, cuando aquellos dos enemigos míos me perdonaban y aun
venían á asistirme. «Sólo se perdona de este modo á los moribundos ó á
los locos,» pensé.
Y á la mañana siguiente llegaron María y su marido, ambos obsequiándome
al entrar con sendos suspiros. Medina no pudo contener los pruritos
dogmáticos que se le vinieron de la mente á los labios, y dándome un
apretón de manos, me dijo: «Eso no es nada. Se restablecerá usted
pronto; pero sírvale de lección este arrechucho.» Y bajando la voz,
inclinado ante mí, añadió lo siguiente: «Mi mujer tiene razón. Eso es
el resultado de dejarse dominar por las pasiones y apetitos, en vez
de vencerlos, como hace toda persona que merece el nombre de varón.
Conque cuidado, y no echar la enseñanza en saco roto.» Mientras tal
oía yo, ví á María Juana poniendo orden en varias cosillas que sobre
la mesa estaban... Retiró á su esposo de mi lado, como reprendiéndole
tácitamente por sus inoportunas observaciones, y se fueron. Por la
tarde vino ella sola; se sentó frente á mí al costado de la cama, y me
estuvo mirando como una hora seguida. Yo también la miraba. «¿Por qué
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