Lo prohibido (tomo 2 de 2) - 14

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también allí mi zapatero, le dije:
--Te voy á regalar unas botas. Maestro, tómele usted la medida.
Dicho y hecho. Al día siguiente de la marimorena, trájome el maestro,
con el calzado para mí, las botas de Camila, que eran finísimas, de
charol, con caña de cuero amarillo. Ramón las puso casualmente sobre
una mesa frontera á mi cama, y los ojos no se me apartaban de ellas.
¡Oh dulces prendas!... Una falta les encontraba, y era que no teniendo
huellas de uso, carecían de la impresión de la persona. Pero hablaban
bastante aquellos mudos objetos, y me decían mil cositas elocuentes y
cariñosas. Yo no les quitaba los ojos, y de noche, durante aquellos
fatigosos insomnios, ¡qué gusto me daba mirarlas, una junto á otra,
haciendo graciosa pareja, con sus puntas vueltas hacia mí, como si
fueran á dar pasos hacia donde yo estaba! Ramón las cogió una mañana
para ponerlas en otro sitio, y yo salté á decirle con viveza:
--Deja eso ahí...
El inocente me quitaba el único solaz de mi agobiado espíritu. Porque
Ramón no se riera de mí, no le mandé que me las pusiera sobre mis
propias almohadas ó sobre la cama... Seguramente me habría tomado por
loco ó tonto.
Cuando me puse bien, ofrecióse á mi espíritu la injusticia y
brutalidad de mi conducta con mis dos primas mayores el día de la
jarana. Cierto que debí apresurarme á desvanecer el error en que
estaban con respecto á la pobre borriquita, cuya culpa no tenía
realidad más que en la grosera intención de las otras. ¿Y cómo
convencerlas de la inocencia de Camila? ¿Cómo hacerles comprender que
tanto la una como la otra debían besar la tierra que la borriquita
pisaba y confesarse inferiores á ella? Eloísa y María Juana tenían
cierto interés moral en no creerme, porque la idea de que su hermana
les aventajara en conducta debía herirlas muy en lo vivo. «No me
creerán, no me creerán --era el pensamiento que me atormentaba--.
Juzgándola por sí mismas, no se convencerán, porque convenciéndose se
acusan. Acusadoras se disculpan, y desean tener que perdonar para que
se las perdone.»
Pero aun contando con lo infructuoso de mis esfuerzos, algo había
que hacer. Por de pronto, determiné no subir á la casa de Camila. Si
Constantino persistía en que nos pegáramos, por mí no había de quedar.
Ya sabía él dónde yo estaba. Después, hice propósito de ver á Eloísa y
á María Juana. A ésta la tenía yo, si no por autora, por la principal
propagandista de la injuriosa especie, á la cual, por desgracia, daban
apariencias de verdad mi locura, mi intención y mis repetidas visitas
al hogar de los Miquis. Desistí de ver á Eloísa por lo que me contó
Severiano el primer día que salí á la calle. La infeliz cumplía la
sentencia de su triste destino, y últimamente había dado un nuevo paso
en la senda que aquél le trazaba. Lo diré clarito, sin rodeos. Acababa
de enredarse con un aristócrata viudo, el Marqués de Flandes, que
después de residir mucho tiempo en el extranjero, vino á España á que
le pusieran el cachete á su ruina. No durarían mucho estas relaciones,
porque Paco Flandes daba ya poco de sí, metálicamente hablando, y el
mejor día me le ponía la prójima en el arroyo. Entre tanto, la casa
de la calle del Olmo recobraba algo de su esplendor pasado: muebles
parisienses ocupaban los lugares vaciados por el último embargo, y
algunas obras de arte iban entrando con timidez. Entre éstas las había
bonitísimas: un _Carnaval en Roma_, de Enrique Mélida; un hermoso país
de Beruete, y dos terracotas, de los hermanos Vallmitjana. Tras esto
vendrían más cosas, más: así lo decía ella, poniendo carita de tristeza
y dando á entender que los tiempos son malos y que cada vez parece que
hay menos dinero. Como síntoma muy significativo, añadió Severiano que
Sánchez Botín le hacía la rueda con la pegajosa tenacidad que siempre
ponía en todas sus empresas; pero que mi prima declaraba á todo el que
la quisiera oir, que jamás descendería hasta un sér que consideraba muy
por bajo de todos los envilecimientos y de todas las prostituciones
posibles. No hablamos más de esto, y determiné no ir á la calle del
Olmo ni ocuparme para nada de semejante mujer.
Mi primera visita fué para los Medinas, á quienes encontré juntos.
Ambos me recibieron con amabilidad, interesándose por mi salud. Nada
de lo que pudiera observar en María Juana me llamaba la atención, por
ser mujer de mucha gramática parda; pero sí me sorprendió la repentina
afabilidad del insigne _ordinario_. Sus prevenciones contra mí se
habían disipado sin duda. ¿Por qué? ¿Qué pararrayos había alejado de mi
pecadora frente la electricidad de su odio? Heme aquí en presencia de
otro enigma que me trajo no pocos quebraderos de cabeza. Dióme aquel
día cigarros de primera, los mejores que tenía; y cuando nos íbamos
juntos á la Bolsa, en su coche, expresóme con sinceras palabras que se
alegraría de que mi liquidación de fin de mes fuese buena.
--Si el alza sigue acentuándose --me dijo--, y yo creo que seguirá,
porque cada día vienen del extranjero más órdenes de compra, creo que
saldremos muy bien usted y yo.
Y variando de tono y asunto:
--Es preciso que usted no se distraiga tanto con las faldas, so pena
de que se le vaya el santo al cielo y no dé pie con bola en los
negocios. Observe usted que todos los que al entrar por las puertas de
la contratación no supieron desprenderse de los líos de mujeres, han
salido con las manos en la cabeza. Hombre enamoriscado, cerebro inútil
para trabajar.
Todo esto me parecía inspirado en la más sana filosofía; no así lo que
me manifestó poco después, y que á la letra copio:
--Ya sé lo de esa pobre Camila. Es usted incorregible, y al fin las
pagará todas juntas. Agradezca usted que hasta ahora no ha dado más
que con bobos; pero algún día, donde menos se piensa salta un hombre,
un marido digno, y entonces podrá usted encontrar la horma de su
zapato... En Camila no extraño nada: es, como su hermana Eloísa, otra
que tal; allí no hay seso... ¡Oh! me cupo en suerte lo único bueno de
la familia, el oro puro; lo demás todo es escoria... Sí, sí; ya sé lo
que usted me va á decir: que es calumnia; sí, estas cosas son siempre
calumnia: por ahí se sale...
--Pues sí que lo es --exclamé, sin poder contener la indignación que me
salió á la cara--. Pues sí que lo es, y extraño mucho que una persona
tan recta como usted se haga eco de ella.
Algo más iba á decir; pero me asaltó la idea de que su error podía ser
la clave de su inopinada benevolencia, y no extremé los esfuerzos para
sacarle de él. De esta manera se enlazan en nuestra conciencia las
intenciones, formándose un tan apretado tejido entre las buenas y las
malas, que no hay después quien las separe.
--Es usted una mala persona --me dijo al fin sonriendo--; pero para que
vea que me tomo interés por usted, voy á darle un consejo: venda lo más
pronto que pueda las Obligaciones de Osuna.
Por la noche fuí á comer á su casa. En María Juana noté un marcado
propósito de no entablar conversación conmigo sino delante de otras
personas; pero en las pocas frases sueltas que cambiábamos, cuando no
se nos interponía el guarda-cantón de carne de _No Cabe Más_, advertí
cierta ternura y como un deseo de explicarse conmigo. Sin duda me había
perdonado mis brutalidades del día famoso.
--Para que comprendas lo irritado que estaba --le dije--, y puedas
explicarte la grosería con que te traté, me bastará declarar que daría
hoy no sé cuántos años de vida por poder probar la inocencia de Camila,
esa inocencia en que nadie cree, y que, sin embargo, es tan cierta,
tan clara como la luz.
La observé muy pensativa al oir esto, y con irónica frase dióme á
entender que esperaba las pruebas.
--¿Pero qué pruebas he de darte más que mi palabra y el juramento que
hago, si es que esto de los juramentos tiene algún valor en tiempos en
que el perjurio es ley? Créelo si quieres, y si no, no lo creas.
No pude decir más, porque _Partiendo del Principio_ se nos vino encima.
Había que ver la cara que me puso la sabia dos días después cuando la
acusé de haber iniciado el descrédito de su hermana.
--¡Yo! --exclamó, poniéndose pálida--. ¿Me crees capaz...? Si han sido
tus amigos, Severiano y Villalonga, los que primero lo han dicho, y
luego lo ha remachado no sé quién... creo que las de Muñoz y Nones, las
cuñaditas de Augusto Miquis... A mí me lo contó Eloísa... Ella dirá
que se lo dije yo; pero no hagas caso... Te seré franca: yo tenía mis
sospechas, y como siempre Camila me ha parecido muy ligera...
¡Oh! ¡qué argumentos tan sutiles empleé para disipar aquel error! Pero
no pude convencerla por no expresarme con absoluta sinceridad, corazón
en mano. Yo no decía más que la mitad de la verdad, y la mitad de la
verdad suele ser tan falsa como la mentira misma; yo hacía hincapié en
la honradez de mi borriquita, verdad como un templo; pero me guardaba
bien de declarar el dato importante de mi pasión por ella y de la
insistencia con que la perseguía. Arrancada de los autos de la causa
esta hoja que tanta luz arrojaba sobre ella, todo quedaba en gran
confusión.
Era mi prima muy sagaz, y con judicial tino y penetrante mirada me
hizo esta pregunta:
--¿De modo que tú juras que nunca has tenido pretensiones malas con
respecto á Camila?
Contestéle que sí lo juraba, aunque sin afianzar mucho la afirmación.
Mentira tan gorda hizo en la _ordinaria_ un efecto contraproducente, y
tratándome con tanta lástima como desdén, me dijo:
--Mira, niño, si crees que tratas con tontos; si crees que todos son
Constantinos y Carrillos, te llevas chasco. Anda con Dios.
Y otro día que nos vimos, no hay que decir dónde ni cómo, hablamos de
lo mismo, y se repitió la pregunta, y la verdad me escarbaba dentro con
esa horrible náusea de la conciencia, que es tan difícil de contener.
Y se me alumbraron los sesos, y ebrio de sinceridad, ardiendo en
apetitos de ella, me desbordé, y lo canté todo de _pe_ á _pa_... En
mi vida he hecho confesión más completa, leal y meritoria. Todavía
me estoy aplaudiendo las palabras que dije, así como creo ver aún
las diversas caras que me iba poniendo la sabia conforme oía, ahora
patética, ahora contrariada, ya envidiosa, ya palpitante de sobresalto,
angustia ó no sé qué. Y cuando le dije: «sí, esa mujer me tiene loco,
me tiene enfermo, y como no la puedo adorar, estoy adorando sus botas
hace muchos días, como si fueran su retrato,» ví que la sabia luchaba
entre reirse de mí y darme de bofetadas. Se puso muy severa, miróme de
través, y vuelta á hacer preguntas; ¡pero qué preguntas!
--¿Y quieres hacerme creer que habiendo puesto á sus pies tu fortuna,
habiéndole ofrecido hotel, coche, rentas, lujo, te ha resistido?
Díjele que sí, que ésta era la verdad pura, y soltó una carcajada
que me heló la sangre. Todavía estoy oyendo aquel _ja, ja, ja_, que
continuó con ella hasta la habitación inmediata, pues iba ya en
retirada. Volvió para decirme desde la puerta:
--Si has creído que á mí me podías engañar con fábulas como las que se
cuentan á los rorrós para que se duerman, te equivocas... Eres como
los titiriteros que se sacan cintas de la boca ó se tragan una espada.
Engañan á los paletos y á las criadas de servicio; ¡pero á mí...!
Ahora te falta el golpe más bonito. Desesperado, te metes á cartujo
como Rancé y te pones á cavar tu fosa, ó á jesuita para largarte á
las misiones de Oriente. Porque tales pasiones contrariadas suelen
acabar en misas. ¡Ah! ¡qué enfermo estás!... cerebro desquiciado...
¿Quién puede dar crédito á lo que dices? ¿No te acuerdas ya de las
mentiras que me has dicho á mí? ¿Cómo compagino lo que te he oído otras
veces con lo que acabo de oirte? Francamente, no hay palabras con qué
expresarte lo despreciable que eres.
Respondí que, en efecto, no me tenía por modelo de hombres, y me senté,
agobiado de pensamientos sombríos y pesimistas, apoyando en mis manos
la cabeza, que no podía con el peso de ellos. Pasó un rato. Ni ella se
iba, ni decía nada. Tampoco á mí se me ocurría qué decir: tan abrumado
estaba. Habíame metido yo mismo con mis errores en un lío infernal de
contradicciones de conciencia, y por ninguna parte hallaba la salida.
Mis pasiones verdaderas, las mentiras con que cohonestaba las falsas,
habíanme formado una espesa red de la cual no podía salir. Era, como
ella dijo, despreciable y monstruoso.
Pasó no sé cuánto tiempo, hasta que sentí en mi frente humillada dos
dedos de María Juana. Empujando hacia arriba me levantó la cabeza, y yo
no hacía nada por impedirlo, porque la tenía como muerta para todo lo
que no fuera pensar. Cuando mis ojos estuvieron frente á los suyos, la
sabia, con menos aplomo que de costumbre y un tanto balbuciente (nunca
la había yo visto así), me dirigió estas palabras en las cuales advertí
más ternura que rigor:
--Eres un pobrecito inválido del alma, y da pena abandonarte. Lo
merecías por falso, por depravado, por tu desprecio de toda ley de Dios
y de los hombres... Pero no se te abandonará. Si tu maldad es infinita,
infinita es también la misericordia humana; quiero decir, que alguien
que se ha propuesto salvarte lo ha de conseguir, aunque te pese á tí
mismo.
Estas pedanterías me hicieron mejor efecto que otras veces, y oyéndolas
como expresiones de afectuoso consuelo, las agradecí mucho. Así se lo
manifesté. Mi prima tenía los labios secos, la vista un poco adormecida.
--No llevarás tu maldad --prosiguió, pasándome la mano por la cabeza--
hasta el extremo de ahuyentar el ángel bueno que te persigue para
salvarte... Comprenderás que te conviene entregarte á él en cuerpo
y alma, someterte á su voluntad y á sus consejos, que serán, te lo
aseguro, consejos de prudencia. Confíale todo lo que sientas y pienses,
pues sólo así puede tu ángel bueno responder de tu salvación.
Todo aquello de las salvaciones, que María Juana traía siempre á
cuento, se me figuraba á mí cosa de comedia ó novela, mejor aún de
ópera, pues todos los libretos están fundados en el _quid_ de salvar el
tenor á la tiple ó viceversa, y hay mucho de _salvarmi non potrai_... ó
_corro á salvarti_. Pero en aquel caso no ví ni sombra de ridiculez en
las salvaciones de mi prima, sino, por el contrario, un cierto espíritu
de fraternidad, de cariño y hasta de unción religiosa.
La despedí muy cordial y agradecido; y ella, al partir, quejábase de
amagos de aquella maldita neurosis que consistía en suponerse con un
pedazo de paño entre los dientes... ¡Y un fatal instinto la obligaba á
masticarlo! ¡Pobrecita!

II
Y aún ocurrió algo más que merece contarse. Otro día, en mi casa,
observé en María Juana una jovialidad que no se armonizaba con aquel
tupé suyo ni con la postura académica y teológica que había adoptado
como se adopta un color ó un perfume. Noté en ella flexibilidad de
espíritu, cierto prurito de hacer extravagancias. Dime á pensar en
este fenómeno, y me ocurrió que la vida es un constante trabajo de
asimilación en todos los órdenes; que en el moral vivimos, porque
nos apropiamos constantemente ideas, sentimientos, modos de ser que
se producen á nuestro lado, y que al paso que de las disgregaciones
nuestras se nutren otros, nosotros nos nutrimos de los infinitos
productos del vivir ajeno. La facultad de asimilación varía según la
edad y las circunstancias: en las épocas críticas y en las crisis de
pasiones adquiere gran desarrollo. Raimundo hablaba también de esto, y
lo expresaba de una manera gráfica diciendo:
--El alma es porosa, y lo que llamamos entusiasmo no es más que la
absorción de las ideas que nadan en la atmósfera.
Pues bien: á mí se me figuraba ver á María Juana en una crisis de ánimo
y propendiendo á asimilarse, en la medida de lo posible, las formas
del carácter singularísimo de su hermana Camila. ¿En qué me fundaba
yo para suponer esto? En que la ví como buscando ocasiones de hacer
alguna travesura, y queriendo ser jovial con inocencia y maliciosa
con aturdimiento. Pero era forzoso confesar que los resultados no
correspondían al esfuerzo de la tentativa, y que el plagio no alcanzaba
ni con mucho las alturas del insigne original. Sin embargo, vais á ver
un hecho y á juzgarlo por vosotros mismos.
Habíamos charlado de varias cosas. Entre otras, me dijo:
--La gente de arriba está más calmada. Pero aunque el pobre chico
parece no dudar de su mujer, tiene la centella en el cuerpo, y se ha
vuelto suspicaz, escamón. En una palabra, hijo, que han perdido la
inocencia, la confianza absoluta el uno en el otro, y se observan, se
discuten y se temen.
Tuve que salir á la sala á recibir á Samaniego, con quien hablé como
un cuarto de hora. Cuando volví á mi gabinete, poniéndome á firmar
varias cartas-compromisos, sentí á María Juana trasteando en mi alcoba,
haciendo algo que no pude comprender de pronto. Ello debía de ser
alguna humorada, porque la sentí reir. Atento á mis asuntos, no hice
caso. De pronto la ví salir, y se despidió de mí conteniendo la risa
que jugaba en sus labios. ¿Qué había hecho? También me sonreí y nos
dijimos adiós.
¿Qué creéis que hizo? En cuanto fuí á mi alcoba me enteré de la
travesura. ¡Se había puesto las botas de Camila, mis dulces prendas, y
había dejado las suyas en el mismo sitio que ocupaban aquéllas y del
propio modo que estaban colocadas! Confieso que me reí, pues el golpe
tenía gracia.
Desde el día de la trapisonda no había yo vuelto á ver á Camila ni
á su marido. Pero supe por casualidad que pensaban mudarse de casa.
Acostumbraba yo, al salir de la mía á pie, pararme ante la obra de la
finca de Torres en la Ronda de Recoletos, porque allí solía estar mi
amigo vigilando los trabajos. Unas veces me le veía en la puerta; otras
me saludaba desde un balcón. Ya el edificio, casi concluído, estaba en
poder de estuquistas y papelistas. Un día me invitó á subir; enseñóme
su principal, que era magnífico, y me dijo que lo pensaba decorar
regiamente. Nunca ví á Torres tan entusiasmado, tan fatuo, ni con tan
retumbantes proyectos de grandeza, lujo y representación. Su casa iba á
ser la primera de Madrid: las cocheras eran cosa no vista; en muebles y
alfombras no gastaría menos de veinte mil duros; pondría espejos en las
mesetas de su escalera particular; grifos de agua en todas las alcobas;
gas, por entendido, en todos los pasillos; el comedor se abría á una
soberbia estufa, sostenida sobre pilares de hierro en el patio grande;
la cocina era lo mismo que la del palacio de Portugalete; le mandarían
de París unos tapices, que ni los de Palacio: en fin, que aquello era
casa; lo demás... basura.
Hablamos también de inquilinos, y entonces fué cuando me dijo que los
Miquis le habían pedido uno de los terceros.
--Se conoce que no quieren más cuentas con usted. ¿Y qué tal? ¿Estos
pájaros pagan? Porque si no, les diré con buen modo que aniden en otra
parte.
En un rapto de generosidad impremeditada, le contesté:
--Sí pagan; y si no pagan, aquí estoy yo para responder por ellos.
--Es verdad, hombre; no me acordaba de que es usted el caballo
blanco... Pero se me ocurre otra cosa. ¿El señor de Miquis, con su
armadura de cabeza, no me destrozará el techo de la casa?
Y rompió en una risa estúpida.
--No sea usted grosero --le dije sin disimular la cólera, y decidido á
pegarle.
Recogió velas al momento, diciendo:
--No se enfade usted, amigo: es una broma; cosas que dice la gente... y
que podrán no ser verdad; pero yo tengo una mala maña, y es que siempre
las creo.
--Pues cree usted mil desatinos.
--Nada, si usted lo toma á mal, me desdigo.
No hablamos más del asunto. Desde aquel día se apoderó de mí la idea de
romper el silencio con mis interesantes vecinos y dirigirme á ellos
con ánimo grande y decirles: «Vengo, queridos amigos de mi alma, á
pediros perdón del daño que os he hecho.» No pude resistir mucho
este deseo, y anunciéles mi visita; pero siempre me traía Ramón la
mala noticia de que los señores no estaban. Comprendí que no querían
recibirme, y, por fin, subí resuelto á todo: á entrar atropelladamente
ó á que me despidiesen.
Una criada desconocida salió á abrirme: no quería dejarme pasar; pero
ví á Constantino en la puerta de la sala ó comedor, y me colé diciendo:
--No sé á qué vienen estas comedias conmigo... Constantino, vengo á lo
que quieras: á ser tu amigo ó á rompernos la crisma, como gustes. Pero
no puedo vivir sin vosotros.
Él, desconcertado, no sabía cómo recibirme. No había dado yo cuatro
pasos dentro del comedor, cuando ví aparecer á Camila por la puerta del
gabinete, diciendo:
--¡Ah! ¿está aquí el tísico?... Maldita la falta que hacía...
--Vengo á pediros excusas... --les dije, turbado como no lo estuve
en mi vida--. Y otra cosa. Me han dicho que pensáis mudaros. No lo
consiento... ea, que no lo consiento. Desde este mes tenéis la casa de
balde.
Camila estaba seria; mirábame con ojos de enfado. Por fin se dejó decir
con ironía:
--Sí, porque nos hace falta tu casa... Este tipo también nos quiere
hacer gorrones. Constantino, dile lo que te dije... No: pegar, no. ¡A
dónde iría á parar el tísico si tú me le echaras la zarpa!...
--Este señor y yo --repliqué sentándome y buscando el sendero de las
bromas para salir de aquella situación-- tenemos concertado un lance.
Déjanos á nosotros, que nos entenderemos.
--¡Un lance!... Eso querrías tú para darte más lustre. Mi marido no se
bate con momias, ¿verdad, hijo? Quería darte una soba en público...
Decía que de este modo... ya entiendes; pero yo se lo he quitado de la
cabeza.
--¿Es verdad esto, Constantino?
--Es verdad --replicó él con su sincera honradez.
La firmeza con que lo decía era un insulto; pero yo tenía que
tragármelo, porque mi situación era muy delicada. Salir con
susceptibilidades cuando iba á solicitar perdón y amistad, no podía
ser. Quise que las inspiraciones de mi corazón me guiaran para salir de
aquel atolladero, y mirándoles á entrambos, el alma en mis ojos, les
dije:
--Queridos amigos, no he venido á reñir, sino á hacer paces con
vosotros. Si para esto es preciso que me humille, me humillaré.
--No queremos amistades --aseguró Miquis con brutal energía.
--¿Pues qué queréis?
--Que nos deje usted en paz y se plante de la puerta afuera.
Lo dijo con insolencia, y me puse en guardia. Pero la justicia de su
ira se me representaba con tanta claridad, que me entró no sé qué
cobardía...
--Eso, eso --clamó mi prima con fiereza--. Que se plante de la puerta
afuera.
--¿Pero sin oirme me condenáis?... ¿Tú también, Camila?
--Yo la primera.
--Usted no puede ser nunca mi amigo --declaró el manchego, como se dice
una frase aprendida--, ni aunque se me ponga de rodillas delante y me
pida perdón...
Al decirlo miraba á su mujer como para recibir de ella la aprobación de
la frase. Ella se la había enseñado.
--¡Qué atrocidades dices! --exclamé con afán.
--Ni aunque me pidiese usted perdón de rodillas.
--¿Y si lo hiciera...?
--Creería que me engañaba usted otra vez, como cuando se fingía mi
amigo para poner varas á mi mujer.
--Bien, bien --gritó Camila, dando palmadas.
Aquello de las varas era improvisado, y por eso tenía ante el criterio
de la esposa maestra un mérito mayor.
--¿De modo que no os dais á partido?
--Ni mi mujer ni yo queremos ninguna clase de relaciones con usted. Me
parece que hablo castellano.
--¡Y tan castellano!
--Nada, hombre, que te quites de en medio --decía la ingrata,
señalándome la puerta--. Que aquí estás de más.
Cuando la ví que me arrojaba de aquella manera, mi dolor fué horrible,
porque, creédmelo, nunca la quise más, nunca la ví tan hermosa y
adorable como en aquel lance, defendiendo de mí su hogar y su paz.
Sentí mi boca más amarga que la hiel. Una de dos: ó fajarme allí
mismo con el bruto, que de seguro, en tal caso, me aniquilaría de
un zarpazo, ú obedecer á aquel látigo de la honradez susceptible y
marcharme huído, avergonzado, en la situación más triste, ridícula
y poco airosa del mundo. Pero bien ganado me lo tenía. Decir cómo
bajé las escaleras, me sería imposible. Al promedio de ellas me sentí
acometido de uno de esos impulsos de maldad de que no se libran, en
momentos críticos, ni las naturalezas más delicadas y bondadosas;
vínome á la boca no sé qué espuma de sangre; me sentí ruin, villano y
con ganas de hacer todo el daño posible. Mi amor propio, ultrajado y
escupido, sugeríame venganzas soeces, de esas que se consuman á las
puertas de las tabernas y de los garitos; y en aquel rato de frenesí,
me puse al nivel de los cobardes ó de las procaces mujeres de las
plazuelas. Como el calamar á quien sacan del agua escupe su tinta
negra, así yo, encarándome hacia arriba, solté el chorretazo de mi
rabia estúpida en estas palabras, que no sé si fueron dichas á media
voz ó sólo pensadas: «¡Si estáis deshonrados...! ¡Si aunque queráis, no
podéis quitaros de encima la piedra que os ha caído, pobres idiotas...!»

III
Felizmente, de estas abominaciones, producto momentáneo de estados
instintivos en que casi se pierde la responsabilidad, arrepentíame
yo pronto, conociendo y condenando mi propia infamia. Desde aquel
día mi desatino tomó ya proporciones aterradoras. Todas las locuras
que yo había hecho antes y que puntualmente quedan referidas, eran
razonables en comparación de las que hice después. ¡Qué días aquéllos
en que Raimundo se me representaba como un modelo de cordura, asiento
y respetabilidad! Se me iba la cabeza; se me desvanecía la memoria;
olvidábame hasta de las cosas más importantes, y de nombres y cifras
que me interesaban grandemente. Unas veces no podía apartar del
pensamiento la idea de mi próxima muerte, y la deseaba; otras entrábame
un flujo tal de proyectos, que me volvía tarumba, dándoles vueltas
de noche en mi cerebro, mientras mi cuerpo las daba en la cama, sin
poder gustar ni un sorbo de sueño. Entre estos proyectos los había
financieros y amorosos, todos girando sobre el eje de mi desesperada
pasión por Camila. Completamente ebrio, me decía: «La época de las
barbaridades ha llegado. La sorprendo, la robo, la amarro, la meto en
un coche y me voy á América... Enveneno á Constantino, ó le asesino por
la espalda, ó le emparedo...» Estos disparates eran los puntos rojizos
que estrellaban la negra bóveda de mis insomnios. Por las mañanas, el
más insignificante suceso me producía fuertes emociones, ora dulces,
ora amargas. Ver subir á la criada de los Miquis con la cesta de la
compra bien repleta, me hacía cosquillas en el espíritu. Oir desde mi
casa el piano del tercero, me ponía en estado de echarme á llorar. Por
las noches, cuando entraba en casa, observaba si había luz en la de
ellos. Si salían, me clavaba en mi balcón hasta que les veía perderse
en las sombras de la calle ó meterse en el Rippert.
Aunque no les visitaba, ni podía intentarlo después que tan
ignominiosamente me echaron de su casa, á mí llegaban noticias suyas
por diferentes conductos. El mismo Augusto Miquis, á quien llamé para
consultarle como médico, me solía decir cosas que me interesaban
profundamente. Ambos consortes estaban furiosos contra mí. Para
Constantino era yo un traidor infame, ladrón de ganzúa, no de puñal,
que es más noble. Tras horrorosas dudas, el pobrecillo había recobrado
la fe ciega en su mujer; pero la acusaba de haber hecho misterio de mis
solapados ataques. Camila había callado por prudencia. Conociendo el
genio pronto, la brutalidad pueril y las exaltaciones justicieras de su
marido, temía el escándalo y los disgustos consiguientes.
--Constantino es un inocentón macizo --me dijo Miquis--; no tiene idea
del mal; hay que metérselo por los ojos para que lo vea. De niño era
ridículo por sus ingenuidades; adolescente, no servía para nada. A
golpes se consiguió de él que siguiese una carrera. Se casó cuando su
propia candidez le encenagaba en los vicios de la tontería, esos vicios
que no dañan el alma y son como la suciedad, que con el agua se limpia.
Camila le ha lavado, y hoy es todo oro de ley, mal labrado, pero
fino. En su trato hay que evitar los encontronazos, porque tiene unos
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