Lo prohibido (tomo 2 de 2) - 10

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consuelo, me estrechó mucho la mano diciéndome:
--Joselito... si por casualidad me salvo, ¿me volverás á querer...?
--¡Sí...! de tí depende que te pongas buena pronto, no sofocándote sin
motivo.
--Agua; me muero de sed.
Se la dió Camila; y cuando nos quedamos de nuevo solos, díjome que se
sentía mejor. Su piel estaba húmeda.
--Ahora te vas á dormir.
--Si soñara que me volvías á querer, creo que despertaría muy mejorada.
Respondíle que podía soñar lo que fuera más de su gusto, y desde aquel
momento empezó á calmarse. Quejóse de vivos dolores en la cara; pero
no debieron de ser muy fuertes, porque á eso de las dos ya dormía, si
bien con inseguro sueño. Salí de la alcoba, rendido de cansancio, y me
encontré á mi tía Pilar, profundamente dormida, y á Camila despierta,
aunque con mucho sueño. Disputamos, como era natural, sobre quién
había de descansar... Que ella, que yo. El reposo de la enferma fué
breve, y pronto la oímos que nos llamaba. Micaela y Camila estuvieron
más de una hora con ella, dándole medicinas, curándola y mudándole
hilas y trapos. Mala noche pasó la infeliz. A la madrugada descabecé
un sueño en el despacho de Carrillo, sobre el sofá de cuero, frío y
desapacible.
Despertóme, ya entrado el día, una voz que al pronto no conocí. Era la
de Constantino, y poco á poco surgió en mitad de mi campo visual la
figura de éste, abrutada, tosca y respirando honradez.
--¿Cómo está Eloísa? --le pregunté con susto, sospechando que me iba á
dar una mala noticia.
--Ahora duerme --replicó de muy mal talante, paseándose en la
habitación con las manos en los bolsillos--. Va mejor.
«¿Pero qué tiene este bruto para estar tan malhumorado?» --me dije para
mi sayo.
Sacóme pronto de dudas, pues era Constantino tan rudo como inocente,
incapaz de guardar secretos.
--¿Has visto á Camila? --me preguntó.
--Anoche, sí.
--¿Sabes que hemos reñido?... Anteanoche... aquí... Una bobería... un
soplo, chismes, calumnia. Le dijeron que me habían visto ir de picos
pardos...
--¿Qué me cuentas?
--Todo es paparrucha --añadió, dando un gran suspiro y alargando más el
hocico--. Camila se la ha tragado, y no la he podido desengañar. No nos
hablamos. Anoche no pude dormir, pensando en ella. Me parecía mi casa
tan vacía, chico... Me figuraba que mi mujer se me había muerto; no,
que se había ido con otro, y...
--Eres un _bebé_... ¡ja, ja, ja!
--Créelo... por poco me echo á llorar...
--¡Ay, Dios mío, qué célebre!... Constantino, eres un niño de teta...
--Y ahora --prosiguió haciéndose el fuerte, mas sin poderlo conseguir--
he venido acá con unas ganitas de verla... ¡Qué afán! Si me figuro que
no he visto en cuatro años su cara. Pues llego; me dicen que está en el
cuarto de Rafaelín durmiendo; voy allá, empujo la puerta, y ella salta
y me la tira á los hocicos, y se cierra por dentro, y me grita: «¡Vete
á los infiernos, perdido, gatera, chulapo!»
--Bien, hombre, bien. Anda, vuelve á picos pardos... Me alegro... --le
dije, sintiéndome inspirado y locuaz--. ¡Ah! perillán. ¿Crees tú que el
matrimonio es cosa de quita y pon? ¡El matrimonio, la cosa más santa,
la institución más respetable, más augusta, más...!
--¡Quítate allá, y no me vengas á mí con retumbancias!
--Estos pilletes se figuran que el tálamo es trampolín... y profanan la
santidad de la familia, y hacen burla de la virtud de una intachable
esposa...
--¿Te quieres callar?...
--No, señor; no me callaré... Tu conciencia no se subleva, no se te
levanta como un fantasma para decirte: «Constantino, ¿qué has hecho de
la paz del hogar?»
--¿Pero todo eso es cháchara ó qué...?
--¡Qué ha de ser broma, hombre, qué ha de ser broma! Ya ves que estoy
indignado.
--Que me caiga muerto aquí mismo, que me mate un rayo --juró con
vehemencia salvaje-- si yo he ido á picos pardos. Que me vuelva buey
ahora mismo si he tocado, desde que me casé, más mujer que la mía.
¡Mírala, por ésta!
--Valiente hipócrita estás tú... ¡Con esa jeta de lealtad y esas
inocencias, me parece...! Y lo que es ahora no la convences. Buena
estará.
--Se me figura que quien le llevó el cuento fué el marqués de Cícero...
¡Ay si le cojo! Le arranco los bigotes, y después se los hago tragar...
¡Decir que yo...! ¡cuando el que venía de picos era él, él... el muy
monigote, pinturero...!

V
Hablando pasamos á la estancia que había sido de Carrillo. Quise
lavarme; pero no encontré agua.
--Yo te la traigo --me dijo Constantino cogiendo el jarro.
A poco volvió, y cuando me llenaba la jofaina, díjome en el tono más
cordial:
--Quítale eso de la cabeza.
--¿Qué le he de quitar de la cabeza? ¿los adornos que le has puesto?
--No, hombre: la idea...
--¿Conque la idea?... Lo intentaremos, lo intentaremos.
Él se reía, y no cesaba de amenazar al marqués de Cícero. Le iba á
freir, á abrirle un tragaluz en la barriga, á untarle de petróleo y
pegarle fuego...
--¡Qué buen ayuda de cámara me he echado! Ya que eres tan amable, ten
la bondad de decir á Micaela que haga café y me lo traiga aquí.
No había pasado un cuarto de hora, cuando sentí abrir la puerta.
Hallábame en elástica, con la toalla sobre los ojos, la cabeza toda
mojada, y no ví quién entró.
--Déjelo usted ahí --dije creyendo que era Micaela; mas no tardé en ver
á Camila poniendo el café sobre la mesa.
--Hola, borriquita --exclamé, dejando salir de mi alma la alegría que
la llenaba--. Dí una cosa: ¿y tu hermana?
--Durmiendo. Me parece que va bien.
--¡Contento está tu marido!... Pero ¿qué prisa tienes? ¿A dónde irás
que más valgas? Oye...
Quise proceder con buena fe, pero no podía; la malignidad salía
culebreando, como centella eléctrica, desde el corazón á la punta de mi
lengua.
--Las mujeres prudentes no ponen esos hociquitos por un desliz del
marido. ¡Pues tendría que ver! No seas inocente, no seas ridícula, no
seas pueril. ¿Tú no has leído aquello de la _Perfecta casada_, que
dice...?
--Yo no he leído nada ni me da la gana de leer papas --exclamó á
gritos, hecha una leona.
--Sosiégate... Lo que yo digo es que eres una tonta si crees que el
marido de hoy puede ser un formalito de éstos de _aquí me ponen, aquí
me quedo_. Sería hasta ridículo, sería...
No me dejó acabar. En un tris estuvo que me tirara á la cabeza la
cafetera. Con sacudida de violenta cólera, se puso á gritar:
--No estás tú mal... sinvergüenza... Déjame en paz.
«Ya te irás domando,» pensé al quedarme solo, y un instante después
pasé al cuarto de Rafaelín, á quien hallé sentado en el suelo,
entretenido en armar un teatro de cartón. Su media lengua me enteró
otra vez de la mejoría de su mamá, y después preguntóme con palabras
vertidas cautelosamente en mi oído, si yo me iba á quedar allí _pa
siempre_. Respondíle que sí, y jugamos un rato. ¡Pobrecito niño! ¡Qué
interés tan hondo despertaba en mí! Me lo habría llevado á mi casa,
adoptándole por hijo, si su madre lo consintiera. Aquella madrugada,
cuando me dormí en el diván, había visto en sueños á Eloísa muy mal
perjeñada por las calles, con mantón pardo, pañuelo por la cabeza,
las faldas manchadas de fango, llevando de la mano á Rafaelín, el
cual tenía las botas rotas y enseñaba los tiernos dedos de los pies;
el cuello envuelto en bufanda, y el cuerpo en roñoso gabancito. Esta
visión me oprimía el pecho, más por el hijo que por la madre. ¡Ay!
Esta campeaba en la indiferencia de mi alma, como en un desierto árido
y vacío. Pasaba por ella sin dejar rastro ni huella en aquel inmenso
arenal.
Sin hartarme de jugar con el pequeño ni de darle besos, salí de la
casa. Eloísa se había despertado y sentía gran alivio. El médico me
dijo que la resolución era rápida y segura. No quise entrar á verla,
porque la estaban curando, y le dejé un afectuoso recado. En mis
correrías de aquel día por Madrid, experimenté lo que yo llamaba
la _congestión espiritual_ de Camila en mayor grado que nunca. La
llevaba en mi corazón y en mi cartera, y la ví entre los apuntes de mis
operaciones como la mosca que se ha enredado en la tela de araña. La ví
en la ahumada atmósfera de la Bolsa y entre los movibles y bulliciosos
corros. Muy distraído estuve, y conociéndome, no me arriesgué á
operaciones delicadas, porque desconfiaba de la claridad de mi sentido.
Era como algunos borrachos, que, conocedores de su estado, tienen
la sensatez relativa de no celebrar ningún contrato mientras están
peneques.
Torres, Medina, Samaniego y otros me preguntaron por Eloísa, y
á todos contestaba «bien... si no es nada... un simple flemón.»
Manolo Trujillo, á quien acompañé un ratito, hablóme de ella con
amor y entusiasmo. Me complací en destruir su ilusión pintándole lo
desfigurada que estaba. ¡El infeliz exhalaba unos suspiros oyéndome...!
Era yo cruel sin duda; pero me salía esta crueldad muy de dentro, y
sentía un goce extraño y vengativo al decir á los que me hablaban de
ella:
--Es un horror... no hay idea de fealdad semejante.
Volví á la calle del Olmo por la tarde, ¡y qué suerte tuve! El marqués
de Cícero salía cuando yo entraba, Eloísa dormía, y Camila estaba sola.
Se me arreglaron las cosas tan guapamente, que ni de encargo salieran
mejor.
--No se harta de dormir la pobrecita --me dijo Camila sentándose junto
á mí en el salón desierto, y sacando una obrilla de gancho con que se
entretenía.
Ni caída del Cielo. Estábamos solos; nadie nos turbaba. No menté á
Constantino ni hice alusión al disgustillo. Hablé tan sólo de mí,
de aquella pasión loca que me consumía, y que por providencia de
Dios había venido á ser fina, delicada, platónica, lo sublime de la
amistad, si me era permitido decirlo así. ¡Oh! yo no deseaba que ella
faltase á sus deberes; adorábala honrada; quizás infiel no la adoraría
tanto. Me entusiasmaba su virtud, y por nada del mundo destruiría yo
esta celestial corona tan bien puesta en sus nobles sienes... Yo no
pretendía de ella sino un cariño puro, leal, diáfano como el mío,
enteramente limpio de deshonra y malicia. No recuerdo si saqué á
relucir también lo del _armiño_, que es de reglamento; pero de fijo no
se me quedó por decir lo del _altar en mi corazón_ y otras imágenes muy
al caso.
Y ¡cosa singular! estas tonterías, que ella calificaba siempre con el
injurioso dicterio de _papas_, no la alborotaron aquel día como otras
veces. Oíame callada, los ojos fijos en su obra, haciendo, al meter
y sacar el gancho, las mismas muequecillas que hacía cuando trazaba
números; y de tiempo en tiempo me miraba sin decir más que «papas,
papas.» Parecióme que aquello lo decía maquinalmente, y que en realidad
mis palabras trazaban surco en su alma. ¿Sería ficción de mi anhelo?
Ocurrióme que aquella casa maldita obraba con perversa influencia sobre
el resistente espíritu de la señora de Miquis, introduciendo en él por
diabólico modo un germen de fragilidad. Porque era muy particular que,
oyendo lo que había oído, no me llamase, como de costumbre, tísico,
indecente, simplín. Estaba un tanto descolorida y pensativa, muy
pensativa. Sobre esto no podía tener duda. Oyóse el timbre eléctrico
de la alcoba de Eloísa. La enferma llamaba. Levantóse prontamente
Camila, y cuando iba por la habitación próxima, le oí pronunciar
con claridad su estribillo: «papas, papas.» Un detalle precioso. Al
retirarse, dejó su labor en el sofá en que nos sentábamos; sí: allí,
junto á mi muslo, quedaron el ovillo blanco, el gancho, la roseta á
medio hacer. «Piensa volver, y volverá.»
Pasó mucho tiempo, así como medio siglo, y viendo que no parecía, cogí
la labor y, metiéndomela en el bolsillo, fuí en busca de mi borriquita.
Al salir al pasillo tropecé con una figura majestuosa que en tal
instante empujaba la mampara de la antesala. Era la señora de Medina,
que en el caso aquél de enfermedad grave, olvidaba sus resentimientos
y sabía cumplir los deberes de familia. Creo que se alegró mucho de
verme. Su cara de estatua de la Verdad se encendió un poco.
--Ya sé que está mejor --me dijo--, y completamente fuera de peligro.
No habíamos dado diez pasos hacia el gabinete, cuando me tomó por un
brazo diciéndome:
--Explícame una cosa. ¿Qué obra es esa que pensaba hacer Eloísa; esa
estufa, ese techo de cristales?
Pasamos al segundo salón, y desde una de las ventanas que daban al
patio hícele la descripción del proyecto.
--Pues de fijo habría sido muy bonito... --observó mi prima--. Y lo que
es ahora... da dolor ver lo desmantelado que está todo. Dí otra cosa.
¿Dónde estaban los dos cuadros del viejo y la chula, con reflectores?
--Ahí, á los dos lados de esa puerta.
--Mira, mira: todavía quedan aquí unas cortinas preciosísimas. ¡Oh! qué
ricas son. Toca, toca esta seda, esta pasamanería... Otra cosa. ¿Y en
este hueco, qué hubo?
--Un mueble inglés lleno de preciosidades.
--¿Es ésta la puerta del comedor? --preguntó abriéndola--. ¡Ah! sí,
comedor es. Parece una caverna. ¡Qué soledad! Ni mesa ni sillas.
¿Estaban aquí los tapices?...
--Sí: cogían toda la pared, incluso los huecos. Los de la puerta y
ventanas se corrían como cortinas cuando empezaba la comida, y entonces
no se veía interrupción ninguna. Todo en derredor era tapiz. Efecto
bonitísimo.
--¡Sí que lo sería!... --exclamó _la ordinaria_ permitiendo á su cara
expresar un interés inmenso--. Otra cosa. ¿Y por dónde entraban los
criados á servir?
--Por aquella puerta que ves en el fondo. Pero delante de la puerta
estaba el gran aparador. Los criados aparecían por un lado y otro de
éste. La puerta no se veía.
--¡Ah!... ¡qué soberbio!... Mira, todavía están los mecheros de gas.
¡Qué elegantes!
--En mi tiempo se encendían. Después...
--Ya, ya recuerdo lo que me dijiste. Muchas velitas... Estoy al tanto.
En esto vimos pasar á Micaela.
--Eh, Micaela. Me parece que ha entrado alguien. ¿La señorita tiene
visita?
--Sí, señor. Ahí está la hermana del señor marqués de Cícero, y ese
caballero ciego...
--¡Ah! el pobre Trujillo.
--Pues yo no paso hasta que no se vayan --indicó María Juana,
haciéndome señas de que la siguiera--. Dime otra cosa. El salón de
baile, ¿no se abría sino muy de tarde en tarde...?
--Cierto. Casi siempre le ví cerrado. No se había concluído de decorar.
Eloísa pensaba inaugurarlo con un gran baile.
--Vamos por aquella puerta... Ve tú delante para que me guíes. Quiero
que me saques de otra duda.
A todas sus preguntas contestaba yo lo primero que me ocurría. Mostraba
la sapientísima señora curiosidad viva y anhelo de conocer las
costumbres de aquella casa en sus días de auge. A veces disimulaba este
interés diciendo con solapado menosprecio:
--¡Cuánta tontería! Luego nos pasmamos de las catástrofes. Razón tiene
Medina en decir que todas estas etiquetas son invenciones del Diablo.
Entramos y salimos, pasando de pieza en pieza. Yo estaba un tanto
mareado, y con ganas de sentarme.
--Es un laberinto este caserón --dijo mi prima--. Jamás lo he podido
entender. ¿A dónde salimos ahora? ¿Qué puerta es ésta?
--Por aquí se pasa al guardarropa de Eloísa.
Cuando yo decía esto, oímos la voz de Camila. Empujé la puerta y
entramos.
--Esta pieza la conozco --manifestó la de Medina, entrando con aire
regio y calándose los lentes para arrojar una mirada en redondo á la
estantería de roble--. ¿Verdad que es bonita? ¿Cuánto le costaría á
Eloísa esta tanda de roperos?
--Vete á saber... Más costaría lo que está dentro --respondí sin
hacerme cargo ya de nada más que de Camila, á quien vimos... Pero esto
merece párrafo aparte.

VI
Estaba mi indómita borriquita sentada en una silla, con un pie
descalzado, probándose botas y zapatos de Eloísa, que Micaela iba
sacando de uno de los armarios.
--Mirad, mirad --gritaba Camila, riendo y muy excitada--. Hay aquí
quince pares de botinas nuevecitas. Si parece que no se las ha puesto
más que una vez...
--¡Dios mío! --exclamó la hermana mayor dando á su voz los acentos más
enfáticos de la justicia--. ¡Tal gastar de mujer! Es verdad: si está
todo nuevo...
--Mira qué par --decía la otra--. ¿Y éstas bronceadas? ¿Ves qué
pespuntes? Lo menos valen ocho duros. La suerte de ella es que yo tengo
el pie un poquito más grande que el suyo; que si no, aquí me surtía
para tres años. Estas me vienen que ni pintadas, y las hago noche. ¿No
te parece, José María, que debo llevármelas?
--Sí, hija: apanda todo lo que puedas. Bien ganado te lo tienes con
velar aquí noche y día.
Y seguía probándose botas...
--¡Ay! ésta cómo aprieta; pero se irá ensanchando... Nada, para mí. Lo
que siento es que no haya calzado de hombre, para abastecer también á
mi marido... Veamos esta otra. Mira, ¡qué bien! Ni encargadas, chico.
Nos fijamos entonces en el maniquí, que estaba en un ángulo, arrumbado,
tieso, desnudo, con una pata rota, y la estúpida mirada perdida en el
vacío de la habitación, como asombrándose de que se le tuviera en menos
que una persona.
--Mira, aquí probaba Eloísa sus vestidos --observó María Juana,
echándole los lentes y elevándolo á la dignidad que él deseaba tener.
--Te voy á enseñar una cosa que te va á dejar lela --dijo Camila
viniendo hacia nosotros con un poco de cojera, pues traía un zapato
suyo en un pie y una bota de Eloísa de tacón alto en el otro.
De uno de los armarios sacó un vestido.
--Mira esta falda con delantera de encajes...
--Y es todo del más rico Valenciennes. ¿Pero esto se lo llegó á poner
alguna vez?
--Creo que no --indiqué--: lo reservaba para el gran baile.
--Ahí tienes... Yo me llevaría esta falda á casa para hacer una
parecida con encajes de imitación; pero bueno se pondría Medina.
--Obsérvala: fíjate mucho y podrás imitarla.
--¿Y este traje negro? --prosiguió Camila sacándolo--. Mira el sello de
Worth... Es uno de los dos que recibió hace poco. Pues espérate, que te
voy á enseñar más. A mí no me tientan estas cosas; pero me gusta verlas
y apandarlas si puedo.
Y siguió mostrando prendas ricas, hermosas, elegantes.
--¡Pero esa loca vivía como una princesa! --exclamaba María Juana,
confundiendo en un solo acento, por modo extraño, el desprecio y la
admiración--. Claro... pronto tenía que venir el batacazo.
--Hay aquí un sombrero --dijo Camila sacándolo, poniéndoselo y
mirándose en el gran espejo de pivotes-- que me está haciendo tilín.
¿Veis qué bien me está? José María, ¿qué tal?
Con los ojos le decía yo que estaba monísima.
--¿No es verdad que está diciendo: _cógeme_?
--Sí, hija: aprovéchate. Ella no lo usará más probablemente --le dijo
su hermana--. ¡Qué ridículo afán de renovar las modas cada día!
--Para mí, para mí el sombrerito --repitió mi adorada, quitándoselo y
acariciándolo--. Y hay aquí unos retazos con los cuales voy á sacar
siete corbatas para Constantino. A tí te haré una también. Pero ¡quiá!
no... No me volverá á pasar lo de las camisas.
Mi prima mayor no se hartaba de admirar trapos. De su boca salían
alternativamente expresiones que no concordaban bien unas con otras.
--¡Qué mujer más loca! ¡qué sibaritismo estúpido!... ¡Pero qué cosa más
elegante, qué _chic_! Da gozo ver esto...
--Micaela --dijo Camila apartando su botín--, haz el favor de ver si se
han ido ya esos moscones.
Los moscones no se habían ido; pero la hermana de Cícero se estaba
despidiendo ya. María Juana y yo pasamos al gabinete y nos sentamos
juntitos en un diván. Ella estaba pensativa; yo también, atendiendo con
disimulo á los movimientos de Camila, que entraba y salía á ratos.
--¡Qué enseñanzas tan grandes encierra este palacio! --me dijo la
señora de Medina poniéndose la careta filosófica que había adoptado
casi como una prenda de vestir, y que verdaderamente no le sentaba
mal--. Esto enseña más que libros, más que sermones, más que nada.
Mírate, mirémonos todos en este espejo... ¿Pero á dónde va á parar esta
mujer, gastando siempre lo que no tiene, y dándose vida de princesa?...
¡Ah! lo que yo dije. Carrillo era un pobre simplín, y en tales manos
mi hermana tenía que perderse. Si hubiera caído Eloísa en poder de un
hombre como Medina, que es la prudencia, la rectitud andando...
Dando cabezadas enérgicas me mostraba yo conforme con estas sabidurías.
--¿No te da gozo de verte libre de la esclavitud de estas paredes?
Escapaste de milagro, porque tuviste un buen pensamiento, una
inspiración. Dí que no crees en el Angel de la guarda. Y ahora parece
como que tienes la nostalgia de esta perdición; parece como que no
quieres afianzar tu victoria ni ponerte á seguro de otra caída. Si te
descuidas, ya estás otra vez por los suelos. Porque tú eres muy débil;
tú no sabes vencerte; tú no eres como yo, que me domino, soy dueña de
cuanto hay en mí y no hago nunca más que lo que me dice la razón.
La miré mucho y sonriendo, único modo de expresarle la admiración que
aquella excelsa virtud me producía.
--No es para que te pasmes... Vosotros los hombres sois más débiles que
nosotras. Os llamáis sexo fuerte, y sois todos de alfeñique. ¡Nosotras
sí que somos fuertes! Ese maldito poeta inglés, ese _Shakespeare_, era
de mi misma opinión. Lee el _Macbeth_... aunque supongo que lo habrás
leído. Fíjate en aquel personaje, _hecho de la miel del cariño humano_;
en aquel pobre hombre capaz de hacer el bien, y que hace el mal cuando
la grandísima bribona de su mujer se lo manda; fíjate en ella, en Lady
Macbeth, que es el nervio y el impulso de la acción toda en aquel drama
de los dramas. En fin, que nosotras somos el sexo fuerte, y sabemos ser
heroínas antes que ustedes intenten ser héroes. De todo esto deduzco
que vosotros escribís y representáis la historia; pero nosotras la
hacemos.
Aunque no podía ver bien claro á qué cuento venía todo aquello, expresé
mi admiración otra vez con nuevos y más recargados aspavientos,
ponderando el sentido crítico y lo escogido de las lecturas de mi prima.
--Eres una mujer excepcional --le dije, haciendo como que me
entusiasmaba--; una mujer de cuya posesión...
Yo no sabía cómo acabar la frase. Busqué la sintaxis más sencilla
para decirle: «No conozco ningún hombre digno de que tú le quieras de
verdad. El que mereciera tal honra, debería ser la envidia de nuestro
sexo, que tú con razón quieres se llame sexo débil.»
--No seas tonto, no veas en mí nada superior --replicó aventándose con
modestia, de esa que se tiene á mano como un abanico para darse aire--.
Como yo hay muchas. Sólo que no se nos encuentra así... á la vuelta de
una esquina. Hay que buscarnos. Y el que...
No oí el resto de la frase, que sin duda era cosa buena, porque me
distraje viendo á Camila que pasó por la habitación como buscando
algo, y miraba debajo de los muebles. Cuando volví en mí, no alcancé
sino estos ecos:
--Yo soy mi rey absoluto, y no hago nunca sino lo que yo misma me
mando... Ya lo sabes: no creas que tratas con esas que andan por ahí...
Algo va de Pedro á Pedro. Vete sosegando y acostumbrándote á la idea
de que no todo el campo es orégano. Cuando te domines, experimentarás
la satisfacción purísima de ser dueño de las propias pasiones y mandar
en ellas, como ese domador que entra en la jaula de los leones y les
sacude...
--Sí; pero se dan casos de que á lo mejor un leoncito saca las uñas y...
--No: no hay uñas que valgan, y, sobre todo, en este caso mío no
hay peligro... te juro que no hay peligro --declaró, tomando con
más presunción la actitud de heroína...--. No pienses más en esas
locurillas que me has dicho la otra noche... Aprende de mí á quitar
de la cabeza esos celajes de tormenta. ¡Y si vieras qué tranquilidad
después de haberse limpiado bien! Cuesta un pequeño esfuerzo; pero
se consigue, créelo, se consigue. Oye mi plan curativo: redúcese á
una cosa muy sencilla; es una toma fácil, dulce, agradable, casi un
refresco...
--Ya...
--Nada, que te tomas á Victoria. Cierra los ojos, hombre, y adentro.
Ese matrimonio es mi orgullo; es la más santa de mis obras de caridad.
Anoche hablé de ello con Medina, y créelo, se entusiasmó. Parecióme que
se disipaba la ojeriza que te tiene.
--Yo no me caso --manifesté con énfasis.
--Lo veremos, lo veremos --respondió acalorándose--. Cuando á mí se me
pone una cosa en la cabeza... Si te obstinas, perdemos las amistades.
Mira, mira: desde ahora te digo que no vuelvas á entrar en mi casa, que
no me dirijas la palabra, que no me mires á la cara. Ya no existo para
tí.
--Por Dios, María, esa pena es demasiado cruel.
--Yo soy así... Nada, nada: se queman las naves, y adelante. Bien para
tí, bien para mí. Y se acabaron los peligros y las luchas; se acabó esa
tentación tonta, que me ha obligado á reconcentrar todas las fuerzas de
mi espíritu, padeciendo mucho, créelo, padeciendo mucho... ¿Piensas que
todo sale á la cara? ¿piensas que no hay procesiones por dentro, cuando
más vivo se repica?
--Pues si tú eres fuerte --le dije con fingido arrebato--, yo soy
débil; yo no sé ni quiero vencerme. Mientras más te empeñas tú en
ser heroína, más vulgar soy yo; y es que luchando vales más, y á los
encantos que tienes, añades el de la grandeza. Piensa lo que quieras;
pero yo no cedo, yo no hago pinitos en la cuerda de la virtud, porque
no sé hacerlos: se me va la cabeza, caigo y me estrello. Mejor, me
gusta estrellarme. Despréciame si esto te parece una indignidad; pero
no me digas que te imite, María: yo no soy de esa madera de santidad.
Déjame que te admire, que te idolatre á mi manera, sin aspirar á cosa
tan grande...
No sé cuántas tonterías dije, invenciones del momento, palabras
confitadas y artificiosas, semejantes á esos castillos de caramelo y
guirlache que se regalan el día del santo. Ella afectaba oirlas con
pavor; pero en realidad le sabían á cosa dulce y regalada. No sé qué me
habría contestado con sus filosofías y sutilezas. Quedéme sin saberlo,
porque entró Camila de improviso y nos cortó el coloquio diciéndonos:
--¿Han visto ustedes por alguna parte mi obra? No sé dónde la he dejado.
--Si la tengo en el bolsillo --grité yo, sacándola, y tirándole el
ovillo y lo demás.
¡Necio! ¡Yo que pensé que la había dejado con intención junto á mí para
volver á sentárseme al lado!
Como Camila estaba delante, María Juana no sacó más sabidurías, ni yo
tenía ganas de que las sacara. Habiéndonos quedado solos otro ratito,
díjome sin venir á cuento:
--No sabes lo bueno que es Medina. No tienes idea de sus virtudes,
tanto más meritorias cuanto más circunspectas. Compárale con tanto
perdido como hay por ahí, alguno de los cuales conoces tú muy bien...
¿Quieres saber un rasgo suyo? Pues oye. No viene acá porque dice que
le apesta esta casa. Es su manía: la llama la _antesala del infierno_.
Aquí está, según él, _toda la podredumbre de extranjis_... Pero siente
lástima de Eloísa al considerarla enferma, arruinada, sin un cuarto.
«Ahora --dice-- los amigos huirán de ella como del cólera... Debemos
socorrerla, sin que ella misma sepa que la socorremos; pues si no es
así, ¿qué mérito hay?»
Sacó entonces la sabia una carterita de piel de Rusia sujeta con
elástico, y abriéndola me mostró un manojillo de billetes de Banco, y
me dijo:
--Mira, hoy me ha dado esto Medina para las atenciones de Eloísa... Son
cuatro mil reales en billetes pequeños... Me ha encargado mucho no le
diga quién se los da, sino que se los ponga en la gaveta donde tiene
el dinero... Mi marido es así: le gusta hacer el bien en silencio, sin
estrépito; no como otros que se dan bombo cuando le tiran algún perro
chico á un pobre...
--El rasgo me ha gustado --afirmé con sinceridad--; pero hay una
cosa... y es que mientras yo esté aquí, Eloísa no carecerá de nada. Es
en mí un deber, y lo cumpliré.
Estábamos de rasgos, y yo no podía menos de sacar el mío. No me había
acordado hasta entonces de socorrer á Eloísa; pero puesto que otro me
echaba el pie adelante, yo me encalabrinaba un poco, queriendo ser el
primero. Disputamos un rato, cada cual con nuestro tema.
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