Lo prohibido (tomo 2 de 2) - 01

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LO PROHIBIDO


Es propiedad. Queda hecho
el depósito que marca la ley.
Serán furtivos los ejemplares
que no lleven el sello del
autor.


B. PÉREZ GALDÓS
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
LO PROHIBIDO
Tomo segundo.
13.000
[Ilustración]
MADRID
PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
(Sucesores de Hernando)
Arenal, 11
1906


EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO
IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
C. de San Francisco, 4


LO PROHIBIDO


XVI
De cómo al fin nos peleamos de verdad.

I
Una tarde del mes de Mayo fuí á ver á Eloísa con firme propósito
de hablarle enérgicamente. No la encontré. Estaba en no sé
qué iglesia, pues por aquel tiempo se le desarrolló la manía
filantrópico-religioso-teatral, y se consagraba con mucha alma, en
compañía de otras damas, á reunir fondos para las víctimas de la
inundación. Lo mismo manipulaba funciones de ópera y zarzuela que
lucidas festividades católicas, en las cuales las mesas de tapete rojo,
sustentando la bandejona llena de monedas, hacían el principal papel.
También inventaba rifas ó _tómbolas_ que producían mucho dinero. Se
me figuró que había transmigrado á ella el ánima propagandista del
desventurado Carrillo. Casi todos los días había en su casa junta de
señoras para distribuir dinero y disponer nuevos arbitrios con que
aliviar la suerte de las pobres víctimas. Por eso aquel día no la pude
ver: de tarde porque estaba en el petitorio, de noche porque había
junta, y francamente, no tenía yo maldita gana de asistir á un femenino
congreso ni de oir á las oradoras. La junta terminaba á las doce, y de
esta hora en adelante bien podía ver á Eloísa; pero no me gustaba pasar
allí la noche, y me iba con más gusto á la soledad de mi casa.
Al día siguiente creí no encontrarla tampoco; pero sí la encontré.
Hízose la enojada por mis ausencias; púsome cara de mimos, de
resentimiento y celos. ¡Desdichada! ¡Venirme á mí con tales músicas!...
«Tengo que hablarte,» le dije de buenas á primeras, encerrándome con
ella en su gabinete, lleno de preciosidades, que valían una fortuna.
Allí estaba escrito, con caracteres de porcelana y seda, el funesto
caso de la disminución de mi capital.
Comprendió ella que yo estaba serio y que le llevaba aquel día las
firmezas de carácter que rara vez le mostraba. Preparóse al ataque con
sentimientos favorables á mi persona, los cuales, según afirmó, rayaban
en veneración, en idolatría. Cuando me tocó hablar, le presenté la
cuestión descarnada y en seco. La reforma de vida que me prometiera
no se había realizado sino en pequeña parte. Las ventas de cuadros y
objetos de lujo continuaban en proyecto. No se quería convencer de que
el estado de su casa era muy precario, y que no podía vivir en aquel
pie de grandeza y lujo. Entre ella y su marido habían derrochado la
fortuna que les dejó Angelita Caballero. Si no se variaba de sistema
pronto, no quedarían más que los escombros, y el inocente niño,
destinado más adelante á poseer el título de marqués de Cícero, no
tendría que comer. Si ella se obstinaba en hundirse, hundiérase sola y
no tratara de arrastrarme en su catástrofe. Yo, por sus locuras, había
perdido una parte de mi fortuna. No perdería, no, lo que me restaba. No
me cegaba la pasión hasta ese punto.
Sentándose junto á la ventana, díjome con tono displicente:
--Te pones cargante cuando tratas cuestiones de dinero. Haz el favor
de no hacer el inglés conmigo. Me enfadan los ingleses... de cualquier
clase que sean.
Y luego, echándolo á broma:
--Déjame en paz, hombre prosáico, prendero. Todo lo que hay aquí te
pertenece. Trae mercachifles, vende, malbarata, realiza, hártate de
dinero. Cogeré á mi hijito por un brazo y me iré á vivir á una casa de
huéspedes...
--Con bromas no resolveremos nada. Si no quieres seguir el plan que te
trace, dilo con nobleza, y yo sabré lo que debo hacer.
--Si lo que debes hacer es no quererme --respondió, sin abandonar las
bromas--, _humilla la cerviz_... Te hablaré con franqueza. Dos cosas me
gustan: tu _individuo_ y mucho _parné_; tu señor _individuo_ y mi casa
tal como la tengo ahora. Si me dan á escoger, no tengo más remedio que
quedarme contigo. Dispón tú.
--Pues dispongo que busquemos en la medianía el arreglo de todas las
cuestiones, la de amor y las de intereses.
Dió un salto hacia donde yo estaba, y cayendo sobre mí con impulso
fogoso, me estrujó la cara con la suya, me hizo mil monerías, y luego,
sujetándome por los hombros, miróme de hito en hito, sus ojos en mis
ojos, increpándome así:
--¿Te casas conmigo, mala persona? ¿De esto no se habla? De esto, que
es el _caballo de batalla_, ¿no se dice nada? Para tí no hay más que
dinero, y el estado, la representación social, no significan nada.
No sé qué medias palabras dije. Como yo no jugaba limpio; como lo que
yo quería era romper con ella, no me esforzaba mucho por traerla á la
razón.
--¡Ah! --exclamó seriamente, leyendo en mí--, tú no me quieres como
antes. Te asusta el casarte conmigo, lo he conocido. El _santo yugo_
te da miedo. No quieres tener por mujer á la que ya faltó á su primer
marido y ha adquirido hábitos de lujo. Dudas de mí, dudas de poderme
sujetar. La fiera está ya muy crecida, y no se presta á que la
enjaulen. Dímelo, dímelo con sinceridad, ó te saco los ojos, pillo.
Su mano derecha estaba delante de mis ojos, amenazándolos como una
garra. La obligué á sentarse á mi lado.
--Yo leo en tí --prosiguió--; me meto en tu interior, y veo lo que en
él pasa. Tú dices: «Esta mujer no puede ser ya la esposa de un hombre
honrado; esta mujer no puede hacerme un hogar, una familia, que es lo
que yo quiero. Esta _tía_... porque así me llamarás, lo sé, caballero;
esta _tía_ no se somete, es demasiado autónoma...» Dime si no es ésta
la pura verdad. Háblame con tanta franqueza como yo te hablo.
La verdad que ella descubría, desbordándose en mí, salió caudalosa á
mis labios. No la pude contener, y le dije:
--Lo que has hablado es el Evangelio, mujer.
--¿Ves, ves cómo acerté?
Daba palmadas como si estuviéramos tratando de un asunto baladí. Yo me
esforzaba en traerla á la seriedad, sin poderlo conseguir. Iba ella
adquiriendo la costumbre de emplear á troche y moche expresiones de
gusto dudoso, empleándolas también groseras cuando hablaba con personas
de toda confianza.
--¿Quieres que nos arreglemos? Pues _escucha_ y _tiembla_. Dame palabra
de casamiento y no seas sinvergüenza... Me parece que ya es hora.
Prométeme que habrá _coyunda_ en cuanto pase el luto, y yo empezaré
mi reforma de vida, me haré cursi de golpe y porrazo. Si ya lo estoy
deseando... Si no quiero otra cosa... Tú editor responsable; yo señora
que ha venido á menos: toma y daca, negocio concluído. ¿Te conviene?
¿Aceptas?
--¿Qué he de aceptar tus disparates? Lo primero es que te pongas en
disposición de ser mi mujer. Tal como eres, no te tomo, no te tomaría
aunque me trajeras un potosí en cada dedo.
Abalanzóse á mí como una leona humorística. Su rodilla me oprimió la
región del hígado, lastimándome, y sus brazos me acogotaron después de
sacudirme con violencia. Con burlesco furor exclamaba:
--¿Pues no dice este mequetrefe que no me toma? ¿Soy acaso algún
vomitivo? ¿Soy la ipecacuana? ¡Qué has de hacer sino tomarme,
_tomador_!... Y sin regatear, ¿entiendes? Y sin hacer muequecitas.
Aquí donde usted me ve, señor honrado, soy capaz de llegar á donde
usted no llegaría con sus miramientos ridículos de última hora. Soy
capaz de rayar en el heroísmo, de ponerme el hábito del Carmen con su
cordón y todo, de vivir en un sotabanco y de coser para fuera.
Mientras dijo esto y otras cosas, abarcaba yo con mi pensamiento,
á saltos, el largo período de mis relaciones con ella, y notaba la
enorme distancia recorrida desde que la conocí hasta aquel momento.
¡Cuán variada en dos años y medio! ¿Dónde habían ido á parar aquellas
hermosuras morales que ví en ella? O era una hipócrita, ó yo era
un necio, un entusiasta sin juicio, de éstos que no ven más que la
superficie de las cosas. Asimismo pensaba que aquella transformación
de su carácter era obra mía, pues yo fuí el descarrilador de su vida.
Sus tratos irregulares conmigo escuela fueron en que aprendió á hacer
aquellas comedias de liviandad, de enredos, de palabras artificiosas y
de sentimientos alambicados. ¿Por qué la admiré tanto en otro tiempo
y después no? La inconsecuencia no estaba en ella, sino en mí, en
ambos quizás, y si hubiéramos sido personajes de teatro, en vez de ser
personas vivas, se nos habría tachado de falsos sin tener en cuenta la
complejidad de los caracteres humanos. Yo la oía, la miraba, diciendo
para mí: «¿Eres tú la que me pareció un ángel? ¡Qué cosas vemos los
hombres cuando nos atonta y alumbra el amor! ¡Y qué verdad tan grande
dice Fúcar cuando afirma que el mundo es un valle de equivocaciones!»
Viendo que yo callaba, repitió, exagerándolo, lo del hábito del Carmen,
el sotabanco y otras tonterías.
--Como no es eso lo que te pido --observé al fin--; como eso es un
disparate, no hay que pensar en ello. Es un recurso estratégico tuyo.
Te pido lo razonable y te escapas por lo absurdo. Si yo no quiero que
seas cursi, sino que vivas con modestia, como vivo yo.
--¡Ah! --exclamó sosegada--, si no fuera este pícaro luto, pronto se
resolvería la cuestión. La semana que entra nos casábamos, y el mismo
día empezaba la reforma... Pero tú quieres invertir el orden, y yo, te
lo diré clarito, temo que me engañes; temo que después de hacerme pasar
por el sonrojo de una almoneda y de un cambio de posición, me des un
lindo quiebro y me dejes plantada. Porque sí: detrás de ese entrecejo
está escondida una traición, la estoy viendo... ¡Ah! no me la das á
mí... yo veo mucho. Y si sale verdad lo que sospecho, ¿qué me hago yo?
¿Qué es de mí, con cuatro trastos, un pañuelito de batista, y sin otro
porvenir que el de convertirme en patrona de huéspedes?
No pude menos de reirme, y ella, viéndome risueño, se puso á cantar la
tonadilla de la _Mascotte_, con aquello de _yo tus pavos cuidaré_. Pasó
la música, y sin saber cómo, nos hallamos frente á frente hablando con
completa seriedad. Repitió entonces lo de «matrimonio es lo primero,» y
yo dije: «no, lo primero es lo otro.» Puesta su mano amistosamente en
la mía, y mirándome con aquella dulzura que me había esclavizado por
tanto tiempo, hablóme con el tono sincero y un poco doliente que había
sido la música más cara á mi alma.
--Chiquillo, si quieres sacar partido de mí, trátame con maña; quiéreme
y dómame. Pero lo que es domarme sin quererme, no lo verás tú. Estoy
muy encariñada ya con mi manera de vivir, muy hecha á ella para que en
un día, en una hora puedas tú volverme del revés, poniéndome delante
un papelito con números. ¡Ah, los números! ¡Maldito sea quien los
inventó!... Qué quieres, soy mujer enviciada ya en el lujo... No pongas
esa cara de juez, después de haber sido mi Mefistófeles. Los placeres
de la sociedad me son tan necesarios como el respirar. Un poco que yo
tengo en mí desde que nací, y otro poco que me han enseñado... los
amigos, tú, tú, tú; no vengas ahora haciéndote el _apóstol_... Sí:
eres como los que todo lo quieren curar con agua... ó con números,
que es lo mismo. Aquí tenemos al señor don Perfiles, que viene á que
yo sea una santa, porque sí, porque él ha caído ahora en la cuenta de
que la santidad es barata... Antes mucho amor, mucha idolatría, abrir
mucho la mano para que yo gastara... Ahora todo lo contrario, y vengan
economías. Ya no soy ángel, ya no se me dan nombres bonitos, ya no se
me adora en un altar, ya no se me dice que por verme contenta se puede
dar todo el dinero del mundo... Ahora se me dice que dos y tres no son
más que cinco, ¡demasiado lo sé! y se me impone el sacrificio de una
pasión sin compensarme con otra. ¿Sabes lo que te digo muy formal? Que
si me quieres, todo se arregla: si te casas conmigo, cedo; pero si no,
no. ¿Me quitas el lujo? Pues dame el nombre.
Después de echarme esta andanada, salió sin aguardar mi contestación,
dejándome solo. Llamada por su doncella, pasó al guardarropa á probarse
un vestido. Entre paréntesis, diré que ví con sorpresa en la persona
de la sirviente la misma Quiquina, la italiana trapisondista á quien
yo había despedido meses antes. ¡Y Eloísa la había admitido otra vez,
contrariándome de un modo tan notorio! Era burlarse de mí, como cuando
compraba perlas con el producto de los zafiros.

II
Y en aquel rato que estuve solo hice mental comparación entre el
proceder de mi prima y el mío. Sí: por muy censurable que yo quisiese
suponer su conducta, aventajaba moralmente á la del narrador de estos
verídicos sucesos. Porque ella, al menos, obraba con lealtad, declaraba
que el sacrificio de su lujo le era penoso; pero que lo haría si yo le
cumplía solemnes promesas. Yo, en cambio, pedía la reforma de vida,
reservándome mi libertad de acción; más claro, yo no la quería ya ó
la quería muy poco, y al decirle «primero la mudanza de vida, después
el casamiento,» procedía con perfidia, porque ni sin economías ni con
ellas pensaba casarme. Esta es la verdad pura: yo reconocí en mí esta
falta de nobleza, pero no la pude remediar; no estaba en mis facultades
ni en mis sentimientos obrar de otra manera. Deseaba el rompimiento á
todo trance, y para que éste apareciese motivado por ella antes que por
mí, gustábame verla en el camino de la obstinación.
Al reaparecer, abrochándose la bata, prosiguió desde la puerta el
sermón interrumpido:
--No soy una fiera. Tú puedes domarme, pero no con el látigo de las
cuentas. Amor á cambio de lujo. Pero si le quitas todo de una vez á
esta infeliz, figúrate qué será de mí... Sigo en mis trece. ¿Me vas á
dar tu _blanca mano_? ¿Te _arrancas_ al fin, te _arrancas_?
--¿Qué estás diciendo ahí, loca? ¡Yo tu marido! --exclamé sin poder
contenerme--. ¡Tu marido después de la confesión que acabas de
hacerme... después que has dicho que cuatro trapos y cuatro cacharros
te apasionan más que yo!
--Déjame concluir... Eres un egoísta.
--Egoísta tú.
--¿Sabes lo que pienso? --dijo poniéndose grave, pues colérica no se
ponía nunca--. ¿Sabes lo que me ocurre? Pues como no me quieres ya...
¡Ah! no me engañas, no. Bien lo conozco. No quisiera más sino saber
quién es el _pendoncito_ que me ha robado el corazón que era todo
mío... Pero yo lo averiguaré... Estate sin cuidado... Déjame seguir.
Como no me quieres, todo tu afán por mis economías no tendrá quizás más
objeto que salvar el anticipo que hiciste á la administración de mi
casa, cuando perdimos al pobre Carrillo, que era un ángel, sí, señor,
un ángel, un santo... para que lo sepas... Déjame seguir: con la venta
salvarás tu dinero; mi señor inglés se frotará las manos de gusto, y
después yo... no te sulfures... yo me quedaré pobre, y me abandonarás.
Podrá esto no ser la verdad; ¡pero qué verosímil es!
--Nunca hubiera creído en tí pensamientos tan viles --le dije.
Y la glacial mirada que advertí en ella irritóme de tal modo, que
estallé en frases de ira.
--Tú no eres ya la misma. Has variado mucho. ¿Es esto culpa mía?
Quizás. Tienes ideas groseras y un positivismo brutal... ¡Valiente
papel haría yo si me casara contigo! No, no seré yo esa víctima
infeliz. Con los resabios que has adquirido, ¿qué confianza puedes
inspirar? Porque si no me parece bien vender el honor de un marido por
el amor de otro hombre, ¡cuánto peor es venderlo por un aderezo de
brillantes!... Y á eso vas tú, no me lo niegues; á eso vas sin que tú
misma te des cuenta de ello. Ahí has de parar. Reconozco que tengo una
parte de culpa, pues te he enseñado á arrastrar tu fidelidad conyugal
por los mostradores de las tiendas de lujo... Y para que veas que haces
mal en juzgarme á mí por tí; para que veas que aunque hago números no
estoy tan metalizado como tú, que no sabes hacerlos, te diré que puedes
quedarte con lo que anticipé á la administración de tu casa para que
los usureros no profanaran el duelo del pobre Pepe, aquel ángel, aquel
santo á quien no quiero parecerme, ¿sabes? á quien no quiero parecerme.
Te regalo esos cuartos para que los gastes con tus nuevos amigos. Me
felicito de esta nueva pérdida, que me libra de tí para siempre; lo
dicho, para siempre (_cogiendo mi sombrero_). En la vida más vuelvo á
poner los pies en esta casa. Quédate con Dios.
Me levanté para salir. Contra lo que esperaba, Eloísa permaneció
muda y fría. O creyó que mi determinación era fingimiento y táctica
para volver luego más amante, ó había perdido la ilusión de mí como
yo la había perdido de ella. Salí al gabinete próximo, y mis pasos
hacia la antesala fueron detenidos por una vocecita que siempre me
llegaba al alma. Era la de Rafael, que, montado en un caballo de
palo, lo espoleaba con un furor inocente. No me era posible salir
sin darle cuatro besos. ¡Pobrecito niño! De buena gana me le habría
llevado conmigo... Fuí á donde sonaba la voz, y... ¡otra interesante
sorpresa!... Camila, con la mantilla puesta, como acababa de llegar de
la calle, tiraba del caballo, que se movía al fin con rechinar áspero
de sus mohosas ruedas. En el mismo instante entró Eloísa, que dijo á su
hermana:
--Quédate á almorzar.
Y á mí también me dijo con acento firme:
--José María, quédate. Espero al _Saca-mantecas_ y nos reiremos mucho.
La idea de estar cerca de Camila me hizo dudar. Por un instante mi
debilidad andaluza estuvo á punto de dar al traste con mi entereza
inglesa; pero venció ésta y rehusé.
Camila se fué cantando. Iba á quitarse la mantilla y á dar un recado á
Micaela. Nos quedamos solos Eloísa y yo con el pequeño, á quien besé
con ardor.
--¡Pobre niño! --dije mientras él, apeándose, subía la silla que se
había corrido á la barriga del caballo--. Aunque no nos hemos de ver
más, me comprometo, con juramento que hago sobre la cabeza de este
clavileño, á hacerme cargo de su educación y á costearle una carrera
cuando su desdichada mamá esté en la miseria.
Eloísa volvió á otro lado la cara y no dijo nada. Con inquieta
presteza, se puso Rafael á horcajadas. Yo le volví á besar... Entonces
su madre, ella misma, sí, ¡cuán presente tengo esto! llegóse á él, y
poniéndose de rodillas y rodeándole la cintura con su brazo, le dijo:
--Vamos á ver, Rafael, estate quieto un momento y contéstanos á lo que
te vamos á preguntar. José María y yo nos vamos ahora de Madrid, nos
vamos... él por un lado y yo por otro. (El chico miraba á su madre con
profunda atención, y después me miraba á mí.) Tú no puedes ir á un
tiempo con él y conmigo, porque no te vamos á partir por la mitad. ¿Qué
te parece á tí? ¿Debemos partirte con un cuchillo? Claro que no. Has de
ir enterito con uno de los dos... Vamos á ver, decide tú con quién vas
á ir: ¿con José María ó conmigo?
Sin vacilar un instante, el niño me echó los brazos al cuello,
hociqueándome primero y recostando después su cabeza en mi hombro como
en una almohada. Cuando quise mirar á Eloísa, ya no estaba allí. Huyó
la pícara. Oí el roce de su bata de seda, y nada más... Dejando al
pequeñuelo en poder de Camila, que había vuelto á entrar, salí á la
calle con vivísima opresión en el pecho.


XVII
Sigo narrando cosas que vienen muy á cuento en esta verdadera historia.

I
Parecerá quizás muy extraño que en una ocasión como aquélla mi primer
pensamiento, al verme en la calle, fuera esperar á Camila para hacerme
el encontradizo con ella é invitarla á dar un paseíto. La ingenuidad
guía mi pluma y nada he de decir contrario á ella, aunque me favorezca
poco. Mientras entretenía el tiempo en la calle, alargándome hasta la
Plazuela de Antón Martín, ó dando la vuelta á la primera manzana de la
calle de la Magdalena, reflexioné sobre lo que acababa de pasarme. La
verdad, yo no podía estar orgulloso de mi conducta, pues si bien el
rompimiento y el acto aquél de perdonar el dinero me honraban á primera
vista (aun quitando de ellos lo que tenían de teatral), en rigor yo era
tan vituperable como Eloísa. Así lo reconocí, aunque sin propósito de
enmienda. Mi razón echaba luz, eso sí, sobre los errores de mi vida;
mas no daba fuerza á mi voluntad para ponerles remedio. «Está muy bueno
--me decía yo-- que le exija virtudes que estoy muy lejos de tener...
Pero los hombres somos así: creemos que todo nos lo merecemos, y que
las mujeres han de ser heroínas para nosotros, mientras nosotros
hacemos siempre lo que nos da la gana. Aquí lo natural y lógico sería
que yo siguiera queriéndola como la quise, y que combinando hábilmente
la disciplina del amor con la de la autoridad, la apartara poquito á
poco de su camino para llevarla al mío. Esto es lo humanitario, lo
digno, lo decente. Además, creo que no sería muy difícil. Pero no,
yo me planto y digo: has de cambiar de vida de la noche á la mañana,
porque yo lo mando, porque así debe ser, porque no quiero gastar
dinero; y yo en tanto, hija mía, si te he visto no me acuerdo, y aunque
sigo haciendo contigo la comedia de la consecuencia, en el fondo de mi
alma te desprecio.»
¡Y aquella tunanta de Camila no parecía!... Ya me sabía de memoria
todos los escaparates de la zona por donde andaba; ya había visto cien
veces las abigarradas muestras del molino de chocolate, los pañuelos
y piezas de tela de la tienda de ropas, los carteles de Variedades,
los puestos de verdura y pescado de la calle de Santa Isabel. Oí en
el reloj de San Juan de Dios las doce, las doce y media, la una... Yo
no había almorzado y empezaba á tener apetito. No podía entretener el
tedio de aquel plantón sino echando sondas á mi espíritu. ¡Ay, qué
cosas hallé en tales profundidades! Navegando por entre el gentío de la
calle, hallábame tan solo como en alta mar, y oía el murmullo sordo que
me agitaba como el inextinguible mugido del viento y las olas. Siento
desengañar á los que quisieran ver en mí algo que me diferencie de la
multitud. Aunque me duela el confesarlo, no soy más que uno de tantos,
un cualquiera. Quizás los que no conocen bien el proceso individual de
las acciones humanas, y lo juzgan por lo que han leído en la historia
ó en las novelas de antiguo cuño, crean que yo soy lo que en lenguaje
retórico se llama un _héroe_, y que en calidad de tal estoy llamado á
hacer cosas inauditas y á tomar grandes resoluciones. ¡Como si el tomar
resoluciones fuera lo mismo que tomar pastillas para la tos! No: yo
no soy _héroe_; yo, producto de mi edad y de mi raza, y hallándome en
fatal armonía con el medio en que vivo, tengo en mí los componentes que
corresponden al origen y al espacio. En mí se hallarán los caracteres
de la familia á que pertenezco y el aire que respiro. De mi madre saqué
un cierto espíritu de rectitud, ideas de orden; de mi padre fragilidad,
propensión á lo que mi tío Serafín llama _entusiasmos faldamentarios_.
Lo demás me lo hicieron, primero mi residencia en Inglaterra, luego mi
largo aprendizaje comercial, y por fin mi navegación por este mar de
Madrid, aguas turbias y traicioneras que á ningunas otras se parecen.
Carezco de base religiosa en mis sentimientos; filosofía, Dios la dé;
por donde saco en consecuencia que mi sér moral se funda más en la
arena de las circunstancias que en la roca de un sentir puro, superior
y anterior á toda contingencia. No domino yo las situaciones en que me
ponen los sucesos y mi debilidad, no. Ellas me dominan á mí. Por esto,
tal vez, muchos que buscan lo extraordinario y dramático no hallan
_interesantes_ estas memorias mías. ¡Pero cómo ha de ser! La antigua
literatura novelesca, y sobre todo la literatura dramática, han dado
vida á un tipo especial de hombres y mujeres, los llamados _héroes_
y las llamadas _heroínas_, que justifican su gallarda existencia
realizando actos morales de grandísimo poder y eficacia, inspirados en
una lógica de encargo: la lógica del mecanismo teatral en la Comedia,
la lógica del mecanismo narrativo en la Novela. Nada de esto reza
conmigo. Yo no soy personaje _esencialmente activo_, como, al decir
de los retóricos, han de ser todos los que se encarnan en las figuras
del arte; yo soy pasivo: las olas de la vida no se estrellan en mí,
sacudiéndome sin arrancarme de mi base; yo no soy peña: yo floto, soy
madera de naufragio que sobrenada en el mar de los acontecimientos. Las
pasiones pueden más que yo. ¡Dios sabe que bien quisiera yo poder más
que ellas y meterlas en un puño!

II
¿Pero qué veo?... Ella al fin. Hacia mí la ví venir, alzando un poco su
falda para apartarla de la suciedad de la calle de Santa Isabel.
--¡Camililla!... ¿tú por aquí? ¡Qué sorpresa!...
--¿Y tú, á dónde vas? ¿Vuelves á casa de Eloísa?
--No: iba á... ¡Pero qué encuentro tan feliz!
De fijo, los que quieren que yo sea _héroe_ se asombrarán de que
viviendo en la misma casa de Camila y pudiendo hablar con ella cuando
me diese la gana, espiara sus pasos en la calle. Pero de estas rarezas
é inconsecuencias están llenos el mundo y el alma humana. Tenía sed de
lo imprevisto, y me lo procuraba como podía, es decir, _previéndolo_.
Era, pues, un imprevisto artificial, ya que no podía ser del
genuino, de aquél que tiene á la Providencia por _propio cosechero._
Porque aquella condenada pasión nueva nacía en mí con rebullicios
estudiantiles, haciéndome cosquilleos románticos. La vanidad no tenía
tanta parte en ella como en la que me inspiró Eloísa. Ya me estaba
yo recreando con la idea de que mi triunfo, si al fin lo lograba,
permaneciese en dulce secreto, y que sólo ella y yo lo paladeáramos,
pues si en otra ocasión el escándalo me había sido grato, en ésta el
misterio era mi ilusión. Púseme en aquellos días un tanto novelesco y
un si es no es tonto, y mi fantasía no se ocupaba más que en imaginar
bonitos encuentros con la mujer de Miquis, peligros vencidos, líos
desenredados, tapujos, sorpresas, escenas teatrales en que el goce
se sazonara con la salsa de lo furtivo y con esa pimienta dramática
que rara vez aparece fuera de los bastidores de lienzo pintado. En
fin, válgame la franqueza, yo estaba hecho un cadete, un seminarista,
á quien acaban de quitar la sotana para lanzarle al mundo. Pensaba
cosas que luego he reconocido eran puras boberías. ¿Qué más que seguir
los pasos de Camila en la calle, ver que entraba en alguna tienda,
entrar yo también, fingir sorpresa por verla allí, hacer el papel de
que iba á comprar cualquier cosa, comprarla efectivamente, y después
pagarle á ella su gasto? Y cuando creía encontrarla en un sitio y me
llevaba chasco, ¡María Santísima, la que se me armaba entre pecho
y espalda! ¡Cuántas veces, á prima noche, le tomé las medidas á la
calle del Caballero de Gracia, desde la del Clavel á la Red de San
Luis, esperando á que Camila saliera de casa de su cuñado Augusto,
que vivía en el 13! Y la muy bribona no parecía. Sin duda yo me había
equivocado creyendo que estaba allí. Observaba con disimulado afán la
multitud, sorprendiéndome de que ninguna de aquellas caras fuera la
que yo deseaba ver. El no interrumpido curso de semblantes, á trechos
iluminados por el gas de las tiendas, á trechos embozados en tinieblas,
me mareaba; y yo, impávido, mira que te mira.
De repente me salta el corazón. Veo á lo lejos una esbelta figura entre
los bultos que vienen hacia mí. Un coche me la oculta; yo... ¡zas! á
la otra acera... Acércome pensando en que es conveniente disimular
la expresión ansiosa y fingir que voy tranquilamente por la calle...
¡Cristo de la Sangre! no es ella. Es una tarasca, que al pasar me
mira, como si conociera el gran chasco que me ha dado. Entre tanto, me
aprendo de memoria los escaparates de Bach y de Matute, y puedo dar
cuenta de todo lo que hay en la pastelería, de todos los abanicos de
Sierra y de todas las drogas, ortopedias y específicos de la botica de
la esquina.
Fatigado de aquel ridículo trabajo, hago por fin propósito de
retirarme. Aquello verdaderamente es impropio de un hombre como yo.
Pero cuando me retiro, ocúrreme una idea desconsoladora. «¿Y si
precisamente en aquel momento de mi retirada sale ella de la casa de
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