Lo prohibido (tomo 1 de 2) - 09

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seis millones nominales? ¿Quién es su agente de Bolsa?... Este tonto
(dirigiéndose á mí) no quiere ir á la Bolsa. Quita allá... No tienes
iniciativa, no tienes ambición. Podrías duplicar tu capital en poco
tiempo si fueras otro.
El marqués echábase á reir, y mirándome...
--Aprenda usted, niño --me decía--. Esto se llama navegar en golfos
mayores.
--Marqués --proseguía ella--, me voy á tomar la libertad de hacerme su
socio. ¿Quiere usted que le dé diez mil duritos para que me los ponga
en las contratas de tabacos? ¿Qué rédito me dará?
--¡María Santísima! ¡qué mujer! --exclamaba Fúcar con alarma jocosa--.
Eloísa, me compromete usted...
--O si no, me los pone en un préstamo del Tesoro.
--Si el Tesoro no pide ya prestado, hija mía. Eso cuando tengamos otra
guerra civil.
--Pues en las contratas de tabacos. ¿A ver? ¿qué rédito?
--Creerá usted que las contratas... --gruñía el marqués fluctuando
entre las bromas y las veras.
--No haga usted caso, marqués --indiqué yo--. Estas mujeres ven todo
con la imaginación. Desconocen la Aritmética: lo único que saben de
ella es multiplicar.
--Sí: las contratas dan muchos millones.
--¿Qué le parece á usted? --decíame Fúcar sin poder contener la risa--.
Me va á descubrir. Me saca los colores á la cara. Aprenda usted, niño,
aprenda. ¡Contratas de tabacos!... Corriente: al año le devuelvo á
usted los diez mil duritos duplicados... Pero me ha de prometer usted
que con ese dinero fundará un _Hospital para fumadores desahuciados_.
La risa del prócer llenaba el salón. Aun los que no podían oir lo que
decía celebraban su gracia. Fúcar era allí muy popular; y envanecido de
ello, gustaba de oirse, hablando, y se enojaba cuando le contradecían.
Conmigo tenía deferencias cariñosas. Una noche, apartándome de un
corrillo de los que allí se formaban, me acorraló contra un mueble para
decirme en secreto:
--_Traviatito_, es preciso que se dedique usted á los negocios para
tener contenta á la señora. No se fíe usted del amor puro. La señora
tiene los espíritus muy metalizados. Me ha preguntado lo que es
_comprar á plazo_, en _voluntad_ y en _firme_. He tenido que darle una
lección de cosas de Bolsa, sin olvidar las triquiñuelas del oficio...
Mucho ojo, que la señora piensa demasiado en el dinero. No se envanezca
usted, y créame: aumente su capital, si puede, no sea que alguno le
desbanque. Usted vale mucho; pero no hay que fiarse, pues se dan
casos...
Otro de los asiduos era el general Morla, hombre muy ameno, verdadera
enciclopedia histórico-anecdótica de Madrid desde el año 34 hasta
nuestros días. Tenía la memoria más prodigiosa que cabe en lo humano:
recordaba la primera guerra civil, toda la historia política y
parlamentaria y toda la chismografía del siglo. Había sido ayudante
del general don Luis de Córdova, luego compañero íntimo de Narváez,
y por fin inseparable amigo de don José Salamanca, cuyos arranques
geniales elogiaba á cada instante. Los motivos secretos de los cambios
políticos en el anterior reinado los sabía al dedillo, y las paredes de
Palacio eran para él de una transparencia absoluta. De las infinitas
trapisondas privadas que amenizan la vida de Madrid, ninguna se le
había escapado. No necesitaba esforzarse para satisfacer todas las
dudas, pues el archivo de su memoria, admirablemente catalogado, le
suministraba sin demora el dato, la noticia ó enredo que se le pedía.
Cuando nos contaba algún lío, hacía mención de la calle, el número
de la casa, el piso; nombraba las personas todas de la familia, y si
no le cortaban el hilo, refería los belenes del padre ó la madre en
la generación anterior. Este narrador entretenidísimo era quizás el
maestro más grande del arte de la conversación que he visto en España.
Cuando se muera no quedará nada de él, pues jamás ha escrito cosa
alguna. Le incitamos á escribir sus memorias, que serían el más sabroso
y quizás el más instructivo libro de la época presente; pero él se
excusa de hacerlo con la pereza y con su poca habilidad de escritor.
En efecto: los grandes conversacionistas rara vez aciertan á interesar
cuando escriben.
Eloísa atendía y agasajaba mucho al anciano general, uno de los
primeros favoritos de la casa. El jueves que faltaba era un jueves
soso y desgraciado. A menudo se formaba en torno á él, en la sala de
juego, corrillo de hombres solos, que era un verdadero festín de la más
sabrosa comidilla. Salía uno de allí con la cabeza dulcemente mareada,
como cuando se ha bebido mucho y bueno, y se adquiría de la humanidad
idea semejante á la que tenemos de la salud después de haber hojeado un
Diccionario de Medicina.
La chismografía del general Morla era puramente histórica. Rara vez
despellejaba á las personas que estaban aún en activo. Otro amigo de la
casa, á quien no nombro, tenía la especialidad de cebarse en la carne
viva, prefiriendo la de los allegados y presentes. Severiano Rodríguez
le llamaba el _Saca-mantecas_, porque se sorbía las reputaciones
crudas. Era persona de intachables formas. En la conversación general,
bromeando con Eloísa ó sus amigas, daba mucho juego. Su galantería
exquisita y refinada encantaba á las damas. Había tenido buena figura,
y aún conservaba restos de ella, presumiendo de ojos vivaces, de un
busto airoso y de pie pequeño. Sin duda daba mucha importancia á su
bigote y su mosca, que, con las canas, habían venido á ser de un rubio
ceniciento. Lo que más me cargaba en aquel hombre era que, al entrar
en cualquier local, echaba miradas furtivas á los espejos para verse y
admirarse. Gozaba fama de afortunado en faldas; pero tenía ya un par de
desventajas casi insuperables: su edad que frisaba en la vejez, y su
falta de dinero. Era uno de los hombres más entrampados de la creación,
y vivía perseguido sin tregua por diferentes espectros en forma de
cobradores de tiendas. Oí contar que sólo en el ramo de perfumería
debía sumas fabulosas.
Cuando hacía corrillo, no perdonaba nada. Más de una vez hizo disección
horrorosa de la pobre marquesa de San Salomó, que no distaba veinte
pasos del lugar de la hecatombe. De Eloísa y de mí, ¿qué no diría?
Severiano me contaba horrores, vomitados por el _Saca-mantecas_ á poca
distancia de nosotros. Tales cosas, por la exagerada malicia y la
mentira que entrañaban, no ofendían como cualquier verdad secreteada
con palabras ambiguas. «Que yo estaba ya tronado; que Fúcar era el
que pagaba; que Manolito Peña estaba en camino de ser mi sucesor en
la plaza de amante de corazón...» Tales majaderías sólo merecían
desprecio. Lo más gracioso era que el _Saca-mantecas_ había hecho
el amor á Eloísa; habíala acosado, durante una temporadilla, con
declaraciones ardientes, en las cuales lo rebuscado de las cláusulas
no ocultaba lo repugnante del desvarío senil. Ultimamente, el despecho
le había vuelto un tanto fosco. Se hacía el interesante, presentándose
con cara de hastío. Saludaba ceremoniosamente á Eloísa, al entrar,
dándole la mano con brazo muy corto. Jugaba al juego del desdén el muy
mamarracho. Bien lo conocía ella y bien se reía de él. Cuando Severiano
ó algún otro amigo interrogaban al _Saca-mantecas_ sobre su actitud
displicente, respondía, inflándose mucho:
--Es que yo me he vuelto ya antidinástico.
¡Y para dar lugar á tales anomalías; para vivir constantemente
acechada, escarnecida, solicitada y requerida, se sacrificaba mi prima
á una etiqueta que no vacilo en llamar _cursi_, pues era una mala
imitación de la ceremoniosa, natural y no estudiada etiqueta de las
pocas grandes casas que tenemos! ¡Y se gastaba tontamente su caudal,
aparentando un bienestar que no poseía, ostentando un lujo prestado
y mentiroso! ¡Y todo por tener una corte de aduladores y parásitos!
¡Comedia, ó mejor, aristocrático sainete! Yo lo presenciaba aquellos
días, y aún no me daba cuenta, por la embriaguez que narcotizaba mi
espíritu, de lo absurdo, de lo peligroso, de lo infame que era.
He dado á conocer algunas de las principales figuras de aquellos
dichosos jueves. Aún faltan bastantes. Entre éstas no merece
preterición una que, como sombra errante, iba de aquí para allí,
atendiendo á todos, diciendo á cada cual una palabra agradable,
jovial con éste, con aquél grave, tocando las distintas cuerdas de
la conversación según el diferente ritmo de cada uno. Era un hombre
enfermo, consumido, lastimoso; era Carrillo, el dueño de la casa,
tan atento á sus deberes y tan esclavo de las reglas de la etiqueta,
que se le veía luchando angustiado con su debilidad para estar en
todo y cumplir correctamente hasta la hora del desfile. Y tan rápida
era su decadencia, que cada jueves parecía estar peor que el jueves
precedente. Daba lástima verle. Un sudor se le iba y otro se le venía.
Sin voz ni aun fuerzas para tenerse de pie, quería obsequiar á Fúcar
con un dicho de negocios, á otro con una frase política, á éste con
una indicación literaria, á aquél con un tema de _sport_. Sus propias
aficiones no se le quedaban en el tintero, y le veíamos sacar del
pecho con fatiga jirones de aliento para explicar los triunfos de la
_Sociedad de niños_.
Cuando ya era tarde y se le veía ¡pobrecito! haciendo los imposibles
por sostenerse en su terreno, Eloísa se iba hacia él, cariñosa, y le
hacía mimos de mamá, incitándole al descanso.
--Retírate, Pepe, no te fatigues. Estás haciéndote el valiente, y no
puedes, hijo mío, no puedes. El calor te hace daño, la conversación te
marea. Te conozco que tienes dolor de cabeza y que lo disimulas. ¿Por
qué eres así? A mí no me engañas: tú padeces y callas. Retírate. José
María y yo iremos después á hacerte compañía si estás desvelado.
Pepe no obedecía. Aun se enojaba un poco, no queriendo que su mujer ni
nadie dudasen de las fuerzas que no tenía. Era como los ciegos que se
empeñan en ver y se amoscan cuando alguien sospecha que ven poco. Era
como los sordos que no confiesan nunca que oyen mal y equivocan todas
las palabras. Contra las advertencias de Eloísa, quería estar en su
puesto hasta el fin, ser obsequioso con todos, y oponerse enérgicamente
á que alguno se aburriera. Siempre estaba dispuesto á hacer la partida
de _whist_ ó tresillo, ó bien á aguantar el chorretazo de ciencias
sociales con que se desahogaba un sabio impertinente de quien todo el
mundo huía como de la peste.
Una noche Fúcar me tocó en ambos brazos, y acorralándome, como de
costumbre, contra la pared, me dijo:
--Hola, _Traviatito_: escúcheme usted un momento. ¿Sabe usted que el
pobre Pepe está muy malo? Ese hombre no llega al verano... Pero voy á
otra cosa. Temo mucho que el _crac_ de esta casa venga más pronto de
lo que creíamos... Lo he sabido hoy por una casualidad. Han tomado
dinero, no sé bien la cifra, hipotecando la _Encomienda_, esa hermosa
finca del Barco de Avila. No podía ser de otra manera. Esta gente no ha
podido apartarse de la corriente general, y gasta el doble ó el triple
de lo que tiene. Es el eterno _quiero y no puedo_, el lema de Madrid,
que no sé cómo no lo graban en el escudo, para explicar la postura del
oso, sí, del pobre oso que _quiere_ comerse los madroños, y por más que
se estira, no _puede_, ¿qué ha de poder?... Porque verá usted. Estas
_juergas_ de los jueves cuestan mucho dinero. Ojo al oso, niño, que, al
paso que vamos, la _débâcle_ no tardará.
Sentí escalofríos al oir esto. Yo lo sospechaba, mejor dicho, lo sabía;
pero en el atontamiento estúpido en que me tenían el amor y la vanidad,
no paraba mientes en ello. La idea de que Eloísa hablase más ó menos
afablemente con el general Chapa (otro tipo de quien hablaré pronto),
absorbía por entero mi atención. Mucho extrañaba que la pícara no me
hubiese dicho nada del préstamo con hipoteca de la _Encomienda_. Era
preciso hablar de esto... Pero sigamos con los jueves.

III
Al siguiente nos sorprendió Eloísa con otra novedad (pues cada uno de
estos interesantes días traía su sorpresa): un proyecto hermoso, una
colosal reforma que iba á emprender en su palacio para ensancharlo y
mejorarlo. Por los planos que enseñaba á todos los amigos, se veía
que la obra era tan sencilla como grandiosa. Vais á verla. Consistía
en poner al patio una cubierta de cristales, haciendo de él un salón
espléndido, algo como la famosa estufa de Fernán-Núñez. La imitación
de las grandes casas y el afán de rivalizar con ellas, era la demencia
de mi prima... Sigamos con la reforma. Cubierto de cristales el patio,
lo llenaría de plantas soberbias, latanias, rododendros, azaleas,
araucarias, helechos arborescentes; cubriría las paredes con tapices, y
para remate y coronamiento de tan bella obra, había discurrido llamar
en su auxilio á uno de nuestros artistas más ingeniosos y originales.
Sí: Arturo Mélida le pintaría la escocia, una escocia monumental,
una obra no vista, lo más elegante, lo más inspirado que se podría
imaginar. Eloísa daba cuenta de ella como si la estuviera viendo. El
día anterior había convidado á comer al célebre arquitecto, pintor,
escultor y dibujante, el cual le había explicado su idea. Sería una
procesión de figuras helénicas representando todos los ideales del
mundo antiguo y los prodigios del moderno: la Filosofía peripatética
y el Teléfono de Edison, las Matemáticas de Euclides y la Educación
física de Spencer, el Osiris egipcio y la Vacuna de Jenner, la
Geografía de Herodoto y el Cosmos de Humboldt, el barco de Jasón y el
acorazado de Zamuda, los Vedas y el Darwinismo, Euterpe y Wagner...
Eloísa daba cuenta de la obra, cual si la estuviese viendo, aunque
equivocaba las citas, por no ser muy fuerte su erudición. Se me figuró
que echaba chispas como un cuerpo electrizado. Le tomé el pulso, y...
pueden creerme, tenía calentura. La pluma misteriosa se le atravesaba
en la garganta, haciéndole tragar mucha saliva. En toda la noche no
habló de otra cosa. Hubiera deseado hacer la reforma en un día, y que
el gran artista se la pintara en unas cuantas horas por arte mágico.
--Será una maravilla --dijo Manolito Peña--. Veremos aquí las _Mil y
pico de noches_.
Este Manolito Peña era de los constantes. Al principio llevaba á su
mujer; pero después iba solo. Bien sabéis que es muy listo, charlatán,
y que con su palabra fácil se ha hecho un puesto en la política, porque
sabe hablar de todo, y saca unas figurillas y unas monadas retóricas,
que entusiasman á las señoras de la tribuna de _idem_. Él y Gustavo
Tellería eran los dos oradores de la reunión, los que hablaban más
alto, cediéndose el turno de los párrafos estrepitosos y afectados.
Gustavo, militante en el partido católico, no estaba tan adelantado
en su carrera política como Peña; pero, al fin, harto de desgañitarse
platónicamente, empezaba á mirar la consecuencia como una virtud que
no da de comer. Ya con un pie metido en el partido conservador, estaba
resuelto á meter los dos cuando Cánovas volviese al poder. Había
reñido con la marquesa de San Salomó, cada vez más intransigente y más
encastillada en la integridad de su ideal católico-monárquico; pero se
trataban como amigos. Manuel Peña tenía ideas políticas más radicales
que las que profesara en su propio partido, y no las ocultaba en su
conversación. Esto no impedía que la de San Salomó tuviera con él
preferencias que hacían poner el paño en el púlpito al _Saca-mantecas_.
El general Chapa era muy joven. ¡Dos entorchados antes de los cuarenta
años! Para desvanecer la confusión que esto pudiera ocasionar, me
apresuro á decir que era general en el campo y corte de don Carlos;
entre los españoles, caballero particular, capitán de ejército en
1870, prófugo después, y afortunadísimo en la guerra civil. Gozaba
fama de muy valiente y arrojado. Era simpático, bella persona, guapo,
caballeresco, alegre, instruído, de mucho mundo, mucha labia y de muy
buena sombra en amores. Hablaba pestes de los curas, y sostenía que por
culpa de ellos no había triunfado la causa. Sus proezas militares no
eran tan famosas como las mujeriles. Se le señaló durante algún tiempo
como amante de la duquesa de Gravelinas; pero él, procediendo con
delicadeza, nos lo negaba hasta á los más íntimos. De otras conquistas
no hacía misterio. Yo le quería mucho; solíamos pasear, ir al teatro
y almorzar juntos. Por unos días me molestaron ciertas aproximaciones
que noté: tuve celos; él los desvaneció con lealtad; nos explicamos, é
hicimos el trato de respetarnos mutuamente nuestros dominios, pues á su
vez él tenía de mí la infundada queja de que yo obsequiaba demasiado á
la marquesita de Casa-Bojío.
El gracioso de la reunión era mi primo Raimundo, que no faltaba ningún
jueves. Su hermana subvencionaba su puntualidad, atendiendo á veces á
sus gastos menudos. No todas las noches estaba de humor para divertir
á la gente; y cuando la aprensión del reblandecimiento dominaba en su
espíritu, no había medio de sacarle una palabra. Mas, por lo general,
la vanidad y el gusto de verse aplaudido podían en él más que todo.
Sus teorías ingeniosas amenizaban las comidas; la atención sonriente
de su escogido público le inspiraba, y aguzaba el ingenio para que las
paradojas salieran cada vez más sutiles y enrevesadas. En medio de
aquel fárrago de ideas sacadas de quicio, brillaba comunmente un rayo
de perspicacia que, penetrando en lo más obscuro del cuerpo social,
lo esclarecía con luz muy parecida á la de la verdad. Su inteligencia
despedía una claridad fosforescente, que fantaseaba las cosas, sí; pero
con ella se veía siempre algo, á veces mucho.
Dábale por las vindicaciones. Gustaba de ir contra la corriente
general, defendiendo lo que todo el mundo atacaba, redimiendo el
sentido común de la cautividad filosófica y retórica. Hacía el
panegírico de Nerón, de los Borgias y de Mesalina; levantaba á Felipe
II y á Enrique VIII de Inglaterra; sostenía que don Opas fué una
buena persona, y hasta para Caín tenía una frase de indulgencia. Una
noche hizo la defensa de lo más calumniado, de lo más escarnecido y
vilipendiado en los siglos que llevamos de civilización: el dinero.
¡María Santísima, las pestes que se habían dicho del dinero desde
los principios, desde el balbucir de la literatura y de la historia!
Sólo con lo que los poetas han escrito en escarnio del más precioso
de los metales, habría para llenar una biblioteca. Es que los poetas
tenían al dinero una ojeriza especial de raza. ¡Ah! sí: al contrario
de ciertos perros, que enseñan los dientes al mendigo harapiento, los
poetas ladran siempre á los ricos. ¡Llamar vil al oro!... El orador
pasó revista á las comedias en que se pone de vuelta y media á los que
tienen cuartos, ensalzando á los pobres.
--Porque, fijarse bien --decía--: en la conciencia general se asocian
las ideas de pobreza y honradez. Vamos á ver: si yo hiciera una comedia
en que probara, y lo probaría, que los que tienen dinero, sea por
herencia, sea por ganancia, están en situación de ser más honrados que
el pobre, me la patearían, ¿no es cierto? ¡Buena pita me esperaba! Por
eso no la quiero escribir...
Después ponía la cuestión en un terreno en que la manejaba á su antojo
con la destreza de un jugador malabar. Atención: la causa de nuestro
decaimiento nacional era el falso idealismo y el desprecio de las
cosas terrenas. El misticismo nos mató en la fuente de la vida, que
es el estómago. Desde que el comer se consideró función despreciable,
la mala alimentación trajo la degeneración de la raza. El estómago
es la base de la pirámide en cuya cúspide está el pensamiento. Sobre
base liviana no puede elevarse un edificio sólido. Desde el siglo XIII
viene haciéndose entre nosotros una propaganda cargantísima contra el
comer. La caballería andante primero y el misticismo después han sido
la religión del ayuno, el desprecio de los intereses materiales. Ya
tenéis aquí un principio de muerte; ya tenéis atrofiado uno de los
principales nervios del poder de una nación: la propiedad. No dicen
_la propiedad es un robo_, como los socialistas modernos; pero les
falta poco para decir que es pecado. La caballería funda la gloria en
no tener camisa, y el misticismo dice al hombre: «La mayor riqueza es
ser pobre... Desnúdate y yo te vestiré de luz.» En fin, estupideces, y
por añadidura, guerra sin cuartel al agua. Lo que entonces se llamaba
el _Demonio_, es lo que nosotros llamamos _jabón_. Todos los desprecios
acumulados sobre la propiedad, sobre el buen comer y la cómoda
satisfacción de las necesidades de la vida, vienen á reunirse sobre
la infeliz moneda, á quien se mira como el origen de todos los males.
Los que durante una vida de trabajo se han hecho ricos, concluyen por
arrepentirse, y dedican su dinero á fundaciones pías. El orgullo está
en vivir á la cuarta pregunta, y en pedir limosna. Jamás se ofrecen
como ejemplo ni el ingenio ni el trabajo, sino la miseria, el desaseo y
la sarna. No hay un santo en los altares que no haya ido allí por haber
cambiado el oro por las chinches.
--Por Dios, Raimundo, ¡qué figuras tan naturalistas!
(Risas, escándalo, movimiento de asco en el selecto auditorio.)
--Sí, es la verdad. No hallo otra manera de decirlo. Durante siglos,
los sobresalientes de una raza noble han estado educándola en la
suciedad, en la pobreza, en el ayuno. Y claro, ¿cómo ha de haber
agricultura, cómo ha de haber industria en un país así? En una palabra,
comparemos la raza que ha tenido por maestros á Dominguito de Guzmán y
á Teresita de Avila, con la que ha seguido á los dos Bacones, Rogerio
y el Verulamo... Sí, señoras, los dos Bacones... ¿Ustedes no saben
quiénes son estos caballeros? Lo explicaré otra noche. En cambio,
conocen la vida de San Pedro Regalado y de otros tales que están en el
Cielo por predicar que no debíamos comer más que tronchos de berza y
algún pedazo de suela mojada en vinagre. Así estamos; así hemos venido
á ser una raza de médula blanda, sin iniciativa, sin originalidad, sin
energía moral, ni intelectual, ni física; una raza ingobernable...
Claro, con la tan ponderada sobriedad hemos llegado á no poder tenernos
de pie. Nuestro imperio era grande: lo hemos ido perdiendo, y nosotros
tan frescos. Despreciando el dinero, llamándolo vil, tomando el pelo
á los ricos y arrojando sobre ellos tantas ignominias en verso y
prosa, hemos dejado perder nuestras colonias. Viviendo en un mundo de
fantasmas, perversa hechura de la caballería y la falsa santidad, hemos
visto la extinción de nuestra industria. Por fin, al despertar en pleno
siglo XIX, después de haber dormido la mona mística, nos encontramos
con que los demás se nos han puesto por delante. Ellos viven bien,
nosotros mal. Viendo lo que ellos son, hemos caído en la cuenta de que
el dinero es bueno, de que la propiedad es buena, de que el lavarse no
es malo, de que el comer es excelente, y de que las materialidades de
la vida son excelentísimas. Queremos seguir tras ellos, queremos comer
también; pero ¡quiá!... ¡si no tenemos dientes, si hemos perdido la
fuerza digestiva!... Cinco siglos de sobriedad han despoblado nuestras
encías y atrofiado nuestro estómago. Tanto empeño tenemos en mascar y
digerir como los demás, que al fin y al cabo... como esto no exige
largo aprendizaje, logramos vencer las dificultades. Nos nace la
dentadura, se nos arregla el estómago; pero resulta que no tenemos qué
llevar á la boca, porque no trabajamos. Este hábito es algo más difícil
de adquirir. Tanto nos dijeron «no te cuides de las cosas terrenas»,
que llegamos á creerlo, y la ociosidad dió á nuestras manos una
torpeza que ya no podemos vencer. Claro, sin el estímulo del oro, ¿qué
aliciente tiene el trabajo? Echen maldiciones al dinero, santifiquen la
mendicidad y verán lo que sale. Una raza mal alimentada, no me canso de
repetirlo, mal alimentada, que sólo digiere vegetales... y ahora voy á
probar que la causa de todos nuestros males está en el cocido...
Nuevo movimiento de horror festivo en el auditorio.
--Pero, Raimundo, ¡qué cosas saca usted!
--¡Naturalismo!
--Sí: se ha hecho tan naturalista, que á veces hay que coger con
tenazas lo que dice.
Y otra noche, el infatigable divagador tomaba otro tema y lo esclarecía
con aquella lumbre de su cerebro tan parecida á una llama de alcohol,
vagorosa, azulada, juguetona, y concluía porque se levantara contra él
protesta unánime de risas y escándalo. «¡Naturalismo! Por Dios, ¡qué
naturalista, qué pornográfico se ha vuelto!» Estos socorridos anatemas
sirven para todo.

IV
Mi tío Rafael iba todos los jueves; pero no estaba á sus anchas, porque
haciendo gala de conversacionista, la competencia del general Morla,
que hablaba más que él y era oído con más atención, le abrumaba.
Cuando aquellas dos aptitudes se ponían frente á frente, era gracioso
ver cómo se disputaban la palabra, cómo discretamente corregía el uno
las narraciones del otro. Cada cual se jactaba de saber más que su
contrario y de poder añadir un detalle estupendo á su relación. Mi tío
Serafín fué, al principio, algunas veces. A menudo se le encontraba
dormido en el gabinete de Eloísa. Se aburría, y no teniendo allí
el amparo de su _carrik_, no podía hacer de las suyas. Como había
adquirido el hábito de levantarse temprano para ir al relevo de la
guardia, el buen señor no podía prolongar sus veladas. Retirábase
casi siempre á cosa de las once, á su casa de la calle de Capellanes,
vivienda misteriosa y desconocida donde jamás había entrado ninguno de
la familia, porque él no recibía á nadie ni se dejaba sorprender en su
intimidad doméstica.
Puntual en las comidas era don Alejandro Sánchez Botín, persona
antipática, entrometida y de una vanidad pedantesca. Decíase de él que
no iba allí más que á comer, y que tenía distribuídos los días de la
semana entre siete casas acreditadas por la habilidad de sus cocineros.
De este gastrónomo se contaban mil historias ridículas. Llevaba en
los faldones del frac bolsillos de hule para almacenar allí dulces,
jamón, fiambre y otras golosinas. Decían que jamás almorzaba; que al
levantarse se tomaba un gran tazón de agua de malvas, preparándose
así para el gran hartazgo de la noche. A nadie he visto comer con más
estudio, ni poner en la comida una atención más respetuosa. Para él, la
mesa era verdadera _Misa_, el holocausto del estómago. Llegaba en esto
hasta la mayor grosería, y cuando no ponían _menú_ escrito, preguntaba
á los criados qué había con objeto de reservarse para lo más de su
gusto. Muchas veces que le tuve á mi lado, me anticipé á su curiosidad,
diciéndole con afectada importancia:
--Hoy estamos de enhorabuena. Tenemos el famoso _poulard à la Régence_
y las _bouchées à la Montglass_.
Era un vicioso, al decir de la gente; mujeriego de la peor especie,
de un paladar sensorio tan estragado como lleno de caprichos. Vivía
separado de su mujer y tenía muchos cuartos. Tres veces había
desempeñado en Cuba pingües destinos, y cada vez que volvía con media
isla entre las uñas, repetía la sagrada fórmula: «España derramará
hasta la última gota de su sangre en defensa, _etcétera_...»
Me repugnaba aquel hombre, y más aún desde que Eloísa me dijo que le
hacía el amor con hipócrita misterio y groseras ofertas de dádivas.
Por no escandalizar no le puse en la calle cuando tal supe. No se me
ocultaba el desprecio y el asco que mi prima sentía hacia un sujeto
tan abominable por todos conceptos, y que se hacía además ridículo
con sus pretensiones de guapeza. Era un viejo verde, que después de
comer aparecía abotagado, pletórico; y sus ojos vidriosos, grandes,
muy parecidos á los de los besugos, y tan miopes que los corregía
con cristales de número muy alto, decían que allí no había más
que apetitos, usurpando el lugar del alma. Lo mismo Eloísa que yo
resolvimos echarle, eliminándole con maña de las reuniones; pero él no
entendía de indirectas, y se pegaba á la casa como una ostra.
Mi tía Pilar no iba nunca los jueves por la noche á casa de su hija. Su
indolencia crecía diariamente con su torpeza muscular; aborrecía las
ceremonias, y no se encontraba bien sino en su casa, después de haberse
zarandeado dos ó tres horas en coche. En su comedor pasaba las veladas,
dormitando, cuando no iban á hacerle compañía las amigas vecinas: bien
la de Torres, que vivía en el tercero; bien la de Bringas, que habitaba
en la inmediata calle de Olózaga.
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