Lo prohibido (tomo 1 de 2) - 01

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LO PROHIBIDO


Es propiedad. Queda hecho
el depósito que marca la ley.
Serán furtivos los ejemplares
que no lleven el sello del
autor.


B. PÉREZ GALDÓS
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS
LO PROHIBIDO
Tomo primero.
13.000
[Ilustración]
=MADRID=
PERLADO, PÁEZ Y COMPAÑÍA
(Sucesores de Hernando)
Arenal, 11
1906


EST. TIP. DE LA VIUDA É HIJOS DE TELLO
IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M.
C. de San Francisco, 4.


LO PROHIBIDO


I
Refiero mi aparición en Madrid, y hablo largamente de mi tío Rafael y
de mis primas María Juana, Eloísa y Camila.

I
En Septiembre del 80, pocos meses después del fallecimiento de mi
padre, resolví apartarme de los negocios, cediéndolos á otra casa
extractora de Jerez tan acreditada como la mía; realicé los créditos
que pude, arrendé los predios, traspasé las bodegas y sus existencias,
y me fuí á vivir á Madrid. Mi tío (primo carnal de mi padre), don
Rafael Bueno de Guzmán y Ataide, quiso albergarme en su casa; mas yo
me resistí á ello por no perder mi independencia. Por fin supe hallar
un término de conciliación, combinando mi cómoda libertad con el
hospitalario deseo de mi pariente; y alquilando un cuarto próximo á su
vivienda, me puse en la situación más propia para estar solo cuando
quisiese ó gozar del calor de la familia cuando lo hubiese menester.
Vivía el buen señor, quiero decir, vivíamos en el barrio que se ha
construído donde antes estuvo el Pósito. El cuarto de mi tío era un
principal de diez y ocho mil reales, hermoso y alegre, si bien no muy
holgado para tanta familia. Yo tomé el bajo, poco menos grande que el
principal, pero sobradamente espacioso para mí solo, y lo decoré con
lujo y puse en él todas las comodidades á que estaba acostumbrado. Mi
fortuna, gracias á Dios, me lo permitía con exceso.
Mis primeras impresiones fueron de grata sorpresa en lo referente
al aspecto de Madrid, donde yo no había estado desde los tiempos de
González Brabo. Causábanme asombro la hermosura y amplitud de las
nuevas barriadas, los expeditivos medios de comunicación, la evidente
mejora en el cariz de los edificios, de las calles y aun de las
personas; los bonitísimos jardines plantados en las antes polvorosas
plazuelas, las gallardas construcciones de los ricos, las variadas y
aparatosas tiendas, no inferiores, por lo que desde la calle se ve, á
las de París ó Londres, y, por fin, los muchos y elegantes teatros para
todas las clases, gustos y fortunas. Esto y otras cosas que observé
después en sociedad, hiciéronme comprender los bruscos adelantos que
nuestra capital había realizado desde el 68, adelantos más parecidos á
saltos caprichosos que al andar progresivo y firme de los que saben á
dónde van; mas no eran por eso menos reales. En una palabra, me daba
en la nariz cierto tufillo de cultura europea, de bienestar y aun de
riqueza y trabajo.
Mi tío es un agente de negocios muy conocido en Madrid. En otros
tiempos desempeñó cargos de importancia en la Administración: fué
primero cónsul; después agregado de embajada; más tarde el matrimonio
le obligó á fijarse en la corte; sirvió algún tiempo en Hacienda,
protegido y alentado por Bravo Murillo, y al fin las necesidades de su
familia le estimularon á trocar la mezquina seguridad de un sueldo por
las aventuras y esperanzas del trabajo libre. Tenía moderada ambición,
rectitud, actividad, inteligencia, muchas relaciones; dedicóse á
agenciar asuntos diversos, y al poco tiempo de andar en estos trotes
se felicitaba de ello y de haber dado carpetazo á los expedientes. De
ellos vivía, no obstante, despertando los que dormían en los archivos,
impulsando á los que se estacionaban en las mesas, enderezando como
podía el camino de algunos que iban algo descarriados. Favorecíanle
sus amistades con gente de éste y el otro partido, y la vara alta que
tenía en todas las dependencias del Estado. No había puerta cerrada
para él. Podría creerse que los porteros de los ministerios le debían
el destino, pues le saludaban con cierto afecto filial y le franqueaban
las entradas considerándole como de casa. Oí contar que en ciertas
épocas había ganado mucho dinero poniendo su mano activa en afamados
expedientes de minas y ferrocarriles; pero que en otras su tímida
honradez le había sido desfavorable. Cuando me establecí en Madrid,
su posición debía de ser, por las apariencias, holgada sin sobrantes.
No carecía de nada, pero no tenía ahorros, lo que en verdad era poco
lisonjero para un hombre que, después de trabajar tanto, se acercaba
al término de la vida y apenas tenía tiempo ya de ganar el terreno
perdido.
Era entonces un señor menos viejo de lo que parecía, vestido siempre
como los jóvenes elegantes, pulcro y distinguidísimo. Se afeitaba
toda la cara, siendo esto como un alarde de fidelidad á la generación
anterior, de la que procedía. Su finura y jovialidad, sostenidas en el
fiel de balanza, jamás caían del lado de la familiaridad impertinente
ni del de la petulancia. En la conversación estaba su principal mérito
y también su defecto, pues sabiendo lo que valía hablando, dejábase
vencer del prurito de dar pormenores y de diluir fatigosamente sus
relatos. Alguna vez los tomaba tan desde el principio y adornábalos
con tan pueriles minuciosidades, que era preciso suplicarle por Dios
que fuese breve. Cuando refería un incidente de caza (ejercicio por el
cual tenía gran pasión), pasaba tanto tiempo desde el exordio hasta el
momento de salir el tiro, que al oyente se le iba el santo al cielo
distrayéndose del asunto, y en sonando el _pum_, llevábase un mediano
susto. No sé si apuntar como defecto físico su irritación crónica del
aparato lacrimal, que á veces, principalmente en invierno, le ponía los
ojos tan húmedos y encendidos como si estuviera llorando á moco y baba.
No he conocido hombre que tuviera mayor ni más rico surtido de pañuelos
de hilo. Por esto y su costumbre de ostentar á cada instante el blanco
lienzo en la mano derecha ó en ambas manos, un amigo mío, andaluz,
zumbón y buena persona, de quien hablaré después, llamaba á mi tío _la
Verónica_.
Mostrábame afecto sincero, y en los primeros días de mi residencia en
Madrid no se apartaba de mí, para asesorarme en todo lo relativo á mi
instalación y ayudarme en mil cosas. Cuando hablábamos de la familia
y sacaba yo á relucir recuerdos de mi infancia ó anécdotas de mi
padre, entrábale al buen tío como una desazón nerviosa, un entusiasmo
febril por las grandes personalidades que ilustraron el apellido de
Bueno de Guzmán, y sacando el pañuelo me refería historias que no
tenían término. Conceptuábame como el último representante masculino
de una raza fecunda en caracteres, y me acariciaba y mimaba como á un
chiquillo, á pesar de mis treinta y seis años. ¡Pobre tío! En estas
demostraciones afectuosas que aumentaban considerablemente el manantial
de sus ojos, descubría yo una pena secreta y agudísima, espina clavada
en el corazón de aquel excelente hombre. No sé cómo pude hacer este
descubrimiento; pero tenía certidumbre de la disimulada herida cual
si la hubiera visto con mis ojos y tocado con mis dedos. Era un
desconsuelo profundo, abrumador, el sentimiento de no verme casado con
una de sus tres hijas; contrariedad irremediable, porque sus tres hijas
¡ay, dolor! estaban ya casadas.

II
En la primera ocasión que se presentó, mi tío habló de sus tres yernos
con muy poco miramiento. El uno era egoísta, el otro pobre y vanidoso,
el tercero una mala persona. De confidencia en confidencia llegó hasta
las más íntimas y delicadas, acusando á su esposa de precipitación
en el casorio de las hijas. De esto colegí que mi tía Pilar, señora
indolentísima y de cortos alcances, por quedarse libre y descansar del
enfadoso papel de mamá casamentera, había entregado sus niñas al primer
hombre que se presentó, llovido en paseos y teatros. También pudo ser
que ellas se sobrepusieran á la disciplina paterna, apegándose al
primer novio que les deparó la ilusión juvenil.
No habían pasado quince días de mi instalación cuando me puse malo.
Desde niño padecía yo ciertos achaquillos de hipocondría, desórdenes
nerviosos, que con los años habían perdido algo de su intensidad.
Consistían en la ausencia completa del apetito y del sueño, en una
perturbación inexplicable que más parecía moral que física, y cuyo
principal síntoma era el terror angustioso, como cuando nos hallamos en
presencia de inevitable y cercano peligro. Con intervalos de descanso
melancólico, mi espíritu experimentaba aquel acceso de miedo inmenso
que la razón no podía atenuar, ni la realidad visible combatir; miedo
semejante al que sentiría el que, cayéndose sobre la vía férrea y no
pudiendo levantarse, viera que el pesado tren se acercaba, le iba á
pasar por encima... Cuando me ponía así, la vista de personas extrañas
me excitaba más. Dábanme ganas de pegar á alguien ó de injuriar por lo
menos á los que me visitaban, y padecía mucho conteniéndome. Por esta
razón no quería recibir á nadie, y mi criado, que ya conoce bien este
flaco mío y otros, no dejaba que llegase á mi presencia ni una mosca.
Difícil era en Madrid extremar la consigna. Ni valían estos rigores con
mi tío, el cual, atropellando la guardia, se colaba de rondón en mi
gabinete. Y era que creía de buena fe llevarme en sus largos discursos
la mejor medicina de mi mal; jactábase de conocerlo á fondo, y en vez
de hablarme de cosas que engañosamente llevaran mi espíritu á esfera
distinta de mi padecer, estimaba más eficaz encararlo con éste, hacerle
meter la cabeza en él valientemente, como se corrige á los caballos
espantadizos, acercándoles á los mismos objetos de que huyen. Díjome
primero en su festivo exordio, que aquello era el mal del siglo, el
cual, forzando la actividad cerebral, creaba una diátesis neuropática
constitutiva en toda la humanidad. Esto se lo había dicho Augusto
Miquis la noche antes. Por eso lo sabía y lo repetía como papagayo, sin
entender una jota de medicina. En lo que principalmente hacía hincapié
mi tío Rafael, era en dar á mi dolencia la importancia histórica de un
mal de familia, que se perpetuaba y transmitía en ella como en otras el
herpetismo ó la tisis hereditaria.
--Todos padecemos en mayor ó menor grado --me dijo amplificando mucho
la relación que voy á extractar--, los efectos de una imperfeccioncilla
nerviosa, cuyo origen se pierde en la crónica obscura de los primeros
Buenos de Guzmán de que tengo noticia. En nuestra familia ha habido
individuos dotados de cualidades eminentes, hombres de gran talento
y virtudes; pero todos han tenido una flaqueza: llámala, si quieres,
chifladura; bien pasión invencible que les ha descarrilado la vida,
bien manía más ó menos rara que no afectaba á la conducta. A unos les
ha tocado el daño en el cerebro, á otros en el corazón. En algunos se
ha visto que tenían una organización admirable, pero que les faltaba,
como se suele decir, la catalina. Por esto, abundando tanto en nuestra
familia las altas prendas de entendimiento y de carácter, ha habido en
ella tantos hombres desgraciados. No han faltado en la raza tragedias
lastimosas, ni enfermedades crónicas graves, ni los manicomios han
carecido en sus listas del apellido que llevamos. En cuanto á las
mujeres, las ha habido ilustrísimas por la virtud, algunas heróicas;
pero también las hemos tenido de temperamentos tan exaltados, que más
vale no hablar de ellas.
Parecíame algo fantástico lo que me contaba aquel hablador sempiterno,
que, por lucir el ingenio, era capaz de alimentar su facundia con
materiales de invención.
--Usted hubiera sido un gran novelador --le dije; y él, acercándose más
á mí, prosiguió de este modo:
--Recorre la historia de la familia en los individuos más cercanos,
y verás cómo hay en ella una singularidad constitutiva que viene
reproduciéndose de generación en generación, debilitándose al fin, pero
sin extinguirse nunca. ¡Ah! nosotros los Buenos de Guzmán somos muy
_célebres_. Si contara lo que sé de todos, no acabaría en tres meses.
Sólo diré que mi abuelo, bisabuelo tuyo, era un hombre que á lo mejor
se envolvía en una sábana y andaba de noche por las calles de Ronda
haciendo de fantasma para asustar al pueblo.
»Tu abuelo, hermano de mi padre, se hizo construir un panteón magnífico
para él solo, quiero decir, que ninguna otra persona de la familia se
había de enterrar en él. Pero en el testamento dispuso que le fueran
poniendo al lado los cuerpos de todos los niños pobres que se murieran
en Ronda. Y así se hizo. En treinta años fueron sepultados allí más
de doscientos cadáveres de ángeles. El tal tenía pasión por los niños
ajenos. Acusábasele de haber aumentado considerablemente la raza
humana, pues fué el primer galanteador de su tiempo.
»Tu tío Paco, hermano también de mi padre, no tuvo otra manía que criar
gallinas y encuadernar. Coleccionaba papeletas de entierro y hacía
libros con ellas.
»Tu papaíto, hijo de el del panteón, merece capítulo aparte. Fué el
hombre más guapo de Andalucía. A él has salido tú, y llevas su retrato
en la cara. Fué también el primer enamorado de su tiempo, y jamás
puso defecto á ninguna mujer, porque le gustaban todas, y en todas
encontraba algún _incitativo melindre_, que dijo el otro. Cuando se
casó con la inglesa, tu madre, creímos que se corregiría; pero ¡quiá!
tu mamá pasó muchas amarguras. Demasiado lo sabes.
»Vamos ahora á mi rama. Mi padre se sabía el _Quijote_ de memoria, y
hacía con aquel texto incomparable las citas más oportunas. No había
refrán de Sancho ni sentencia de su ilustre amo que él no sacase á
relucir oportuna y gallardamente, poniéndolos en la conversación, como
ponen los pintores un toque de luz en sus cuadros. Cito esto porque
también corrobora lo que voy contando. Hacía excelentes cometas y
compuso una obra sobre los alfajores de la tierra.
»De mis hermanos algo sabes tú; pero algo puedo añadir á tus noticias.
Javier fué la esperanza de mi padre. Era precocísimo; tuvo, como tú,
esas melancolías, ese temor de que se le caía encima un monte. De
pronto le entró la manía mística, dando en la flor de tener éxtasis y
visiones. Mi padre, que quería fuese marino, se disgustó. No había más
remedio que meterle en la Iglesia. Estudió en el Seminario de Baeza
cuatro años, hasta que... Ya sabes que se fugó del Seminario y se casó
con una aldeana. Fué dichoso, tuvo después mucha salud y no padecía
más que unos fuertes ataques de dentera que le hacían sufrir mucho. Su
mujer paría siempre gemelos.
»Mi hermano Enrique tenía un carácter grave, prodigiosa habilidad
mecánica, delicadezas de mujer y un horror invencible á las aceitunas.
Sólo de verlas se ponía malo. Hizo de corcho el famoso Tajo y el
puente de Ronda. Mi padre quería que fuese á estudiar á Sevilla; pero
repugnábanle los libros. Enamoróse perdidamente de una joven de buena
familia. Eran novios y no había inconveniente en que se casaran. Pero
de la noche á la mañana, Enrique empezó á caer en melancolías. Le
acometió la idea de que no podía casarse, por carecer de facultades
varoniles. ¡Pobre Enrique! Acabó en el manicomio de Sevilla á fines del
54.
»Mi hermana Rosario no dió más señales de la infección hereditaria que
el tener toda su vida violentísimo odio á los perros. No los podía ver,
y lo mismo era oir un ladrido que ponerse á temblar. Casó con Delgado,
y en su hijo Jesús aparece pujante el mal. Tú no le has visto. Es un
sér inocentísimo, que se pasa la vida escribiéndose cartas á sí mismo.
»De mis hermanos sólo quedamos Serafín y yo. Serafín fué siempre el
más robusto de todos. Era un mocetón, la gala de Ronda y el primer
alborotador de sus calles de noche y de día. Por su vigorosa salud y
su constante buen humor, parecía tener completos los tornillos de la
cabeza. Pusiéronle á estudiar marina en San Fernando, y se distinguió
por su aplicación y laboriosidad. Salió á oficial el 43, y su carrera
ha sido muy brillante. Estuvo en Abtao, en el desembarco de Africa,
en el Pacífico. Hoy es brigadier retirado y vive en Madrid, donde no
hace más que pasearse. Tú le conoces. ¿Pero á que no sabes todavía
en qué consiste y de qué manera tan extraña se ha manifestado en
él, al cabo de la vejez, esa maldita quisicosa que no ha perdonado
á ningún Bueno de Guzmán? Te lo diré en confianza. Cuando le trates
más, verás en Serafín el hombre más completo que puedes figurarte, el
tipo del caballero atento, discreto y cumplido, el veterano valiente
y pundonoroso, y seguirás teniéndolo en el más elevado concepto hasta
que descubras su flaco, el cual es de tal naturaleza, que casi me da
vergüenza hablar de él. Pues Serafín ha adquirido la maña... no me
atrevo á llamarla de otro modo... de coger con disimulo tal ó cual
objeto que ve en las casas que visita, metérselo en el bolsillo... ¡y
llevárselo! No sabes los disgustos que hemos tenido... Nada: no te lo
explicas, ni yo tampoco, ni él mismo sabe dar cuenta de cómo lo hace
y por qué lo hace. Es un misterio de la Naturaleza, una aberración
cerebral... Veo que te pasmas... Pues, nada: entra mi hombre en una
librería, acecha el momento en que los dependientes están distraídos,
agarra un libro, se lo guarda en el bolsillo del _carrik_, y abur. En
varias casas ha cogido chucherías de esas que ahora se estila poner
sobre los muebles, y hasta perillas de picaportes, aldabas de puertas,
tapones de botellas... Me ha confesado que siente un placer inmenso en
esto; que no sabe por qué lo hace; que es cosa de las manos... qué sé
yo... mil desatinos que no entiendo.
Bien podría ser la relación de mi tío, como he dicho antes, puramente
fantástica, una de esas improvisaciones que acreditan el numen de los
grandes habladores; pero fuese verdad ó mentira, á mí me entretenía y
agradaba en extremo. Pendiente de sus palabras, sentía yo que éstas
se acabasen y con ellas la historia, cuyos pormenores referentes á
dolencias ajenas eran eficaz bálsamo de la mía. Parecíame que faltaba
aún lo más interesante, esto es, saber en qué grado estaban mi propio
tío y su descendencia tocados del mal de familia, ó si por ventura
se habían librado ya de tan pertinaz enemigo. Echóse á reir llorando
cuando le manifesté esta curiosidad, y prosiguió de este modo:

III
--Me parece, querido, que yo soy, entre todos los Buenos de Guzmán,
el que menor lote ha sacado de esa condenada maleza. La actividad de
mi vida, el afán diario de los negocios, la aplicación constante del
espíritu á cosas reales, me han preservado de graves desórdenes. Sin
embargo, sin embargo, no ha sido todo rosas. En ciertas ocasiones
críticas, á raíz de un trabajo excesivo ó de un disgusto, he sentido...
así como si me suspendieran en el aire. No lo entenderás, ni lo
entiende nadie más que yo. Voy por la calle, y se me figura que no veo
el suelo por donde ando: pongo los pies en el vacío... Al mismo tiempo
experimento la ansiedad del que busca una base sin encontrarla... Pero
ando, ando, y aunque creo á cada instante que me voy á caer, ello es
que no me caigo. La _suspensión_, como yo llamo á esto, me dura tres ó
cuatro días, durante los cuales no como ni duermo; luego pasa, y como
si tal cosa.
»En mis hijos he observado fenómenos diferentes. Raimundo tiene
indudablemente un gran desequilibrio en su organismo. No puedo menos de
relacionar su carácter con el de otros Buenos de Guzmán, que habiendo
tenido, como él, imaginación vivísima, gran aptitud teórica para
todas las ramas del saber humano, no han servido para maldita cosa ni
supieron hacer nada de provecho. Así es mi hijo Raimundo: un pasmoso
talento improductivo, un árbol hermosísimo, cuya pingüe cosecha de
flores se pudre antes de ser fruto. De niño era el prodigio de la casa.
Híceme la ilusión de tener un hijo que llegaría á los puestos más altos
de la Nación. Pero creció, y me encontré con un soñador, con un enfermo
de hidropesía imaginativa. No le falta un tornillo: yo creo que le
sobra. En aquella cabeza hay algo de más. Tres ó cuatro cerebros dentro
de un cráneo no pueden funcionar sin estorbarse y producir un zipizape
de todos los demonios.
»Paso á mis tres hijas. En ellas observo el maleficio de familia
tan gastado ya, que es como un agente químico, cuyas propiedades se
extinguen y acaban con el mucho uso. Y eso que son mujeres, y en
opinión mía (que será un disparate fisiológico, pero es una opinión)
las mujeres tienen más nervio que los hombres. Ninguna de las tres
ha presentado hasta ahora desconciertos nerviosos que me pongan en
cuidado, á excepción de aquéllos que vienen á ser como de rúbrica en
el bello sexo y sin los cuales hasta parece que perdería parte de sus
encantos. María Juana, mi primogénita, es una mujer como hay pocas.
¡Qué buen juicio, qué seriedad de carácter, qué vigor de creencias
y opiniones! Te digo que me tiene orgulloso. De cuando en cuando le
entran misantropías, cefalalgias, y sufre la inexplicable molestia de
cerrar fuertemente la boca por un movimiento instintivo que no puede
vencer. Ha tratado de dar explicaciones de lo que siente; pero lo único
que le he podido entender es que se figura tener un pedazo de paño
entre los dientes, y que se ve obligada, por una fuerza superior á su
voluntad, á masticarlo y triturarlo hasta deshacer el tejido y tragarse
la lana. Fíjate bien, y verás que es un suplicio horrible. Desde que se
casó, estos ataques son poco frecuentes.
»La complexión de Eloísa es menos vigorosa que la de su hermana mayor.
Guapa como pocas, cariñosísima, dulce, sensible hasta no más, por la
menor cosa se altera. Se apasiona pronto y con vehemencia, y en sus
afectos no hay nunca tibieza. Era de niña tan accesible al entusiasmo,
que no la llevábamos nunca al teatro, porque siempre la traíamos á casa
con fiebre. Gustaba de coleccionar cachivaches, y cuando un objeto
cualquiera caía en sus manos, lo guardaba bajo siete llaves. Reunía
trapos de colores, estampitas, juguetes. Cuando ambicionaba poseer
alguna chuchería y no se la dábamos, por la noche le entraba delirio.
Sufría la privación en silencio; pero el anhelo de su pobre almita se
pintaba en sus lánguidos ojos. De mujer nos ha sorprendido con una
simpleza que á veces me parece ridícula, á veces digna de la más viva
compasión. Tiene horror á las plumas, no á las de escribir, sino á las
de las aves, y, por tanto, horror á todo lo volátil. Pregúntale sobre
esto, y te dirá que la acompaña casi constantemente, pero unos días
más que otros, la penosa sensación de tener una pluma atravesada en la
garganta sin poder tragarla ni expulsarla. Es terrible, ¿verdad? Se
pone nerviosísima á la vista de un canario. En la mesa no hay quien
la haga comer un ave, por bien asada que esté. Hasta las plumas con
que se adornan los sombreros le hacen mal efecto, y como pueda las
destierra de su cabeza... A veces nos reímos de ella por esto, á veces
la compadecemos. Es un ángel de bondad, y su marido (á tí te lo digo en
confianza) no merece tal joya.
»Por último, mi hija Camila, la menor de las tres, es la menos
favorecida en dotes morales. No es esto decir que sea mala. ¡Oh! no, no
la juzgues por la apariencia. Como era la más pequeña, la hemos mimado
más de la cuenta y nos ha salido mal educada. Parece una loca, parece
más bien casquivana y superficial; pero yo sé que hay en ella un gran
fondo de rectitud. No puedes figurarte la pena que siento cuando oigo
decir que Camila acabará en un manicomio. ¡Qué injusticia! Los que tal
dicen no la conocen como la conozco yo. Esas prontitudes suyas, esas
extravagancias, esas sinceridades tan chocantes y á veces de tan mal
gusto, no son más que chiquilladas que se le irán curando con la edad.
Tres meses há que se nos casó. Creo que este matrimonio ha sido algo
prematuro; pero se puso la niña en tales términos, que una mañana me
espeluznó Pilar contándome que la había sorprendido preparando una toma
de fósforos disueltos en agua... Ya sentará la cabeza. Si es forzoso
que también descubra y señale en Camila una puntada de neurosis, no
encuentro otra más merecedora de tal nombre que querer á ese bruto...
Al llegar aquí, la facundia de aquel gran hablador, engolosinada por la
sangre de uno de sus yernos, á quien acababa de morder, la emprendió
con los tres á un tiempo, dejándoles al fin bastante magullados. Hizo
luego de mí, sin venir á cuento, elogios que me avergonzaron. Yo era,
según él, un hombre como se ven pocos en el mundo, por las dotes
físicas y por las morales. De todo este panegírico saqué otra vez en
limpio, leyendo en la intención y en el desconsuelo de mi tío, que éste
habría deseado que sus tres hijas fuesen una sola, y que esta hija
única suya hubiera sido mi mujer.
Fenómeno singular, que recomiendo á los médicos para que se acuerden
de él cuando les caiga un caso de neurosis: lo mismo fué acabar mi tío
aquel prolijo cuento, historia ó pliego de aleluyas de la calamidad
que te aflige, ¡oh perínclita raza de los Buenos de Guzmán! me sentí
aliviadísimo de la parte que me correspondía por fuero de familia, y
este alivio fué creciendo en términos que un rato después me encontraba
completamente bien. El ataque había pasado como nube arrastrada por el
viento.

IV
Ratos muy buenos pasaba yo en casa de mi tío, donde nunca faltaba
animación. Eloísa vivía con sus padres; Camila en un tercero de la
misma casa, pero todo el santo día lo pasaba en el principal; María
Juana, que habitaba en el barrio de Salamanca, hacía largas visitas
á la casa de Recoletos. Viéndolas allí á todas horas alrededor de su
madre, charla que charla, unas veces riendo, otras disputando sobre
cualquier tema de actualidad, se habría podido creer que eran solteras,
si la presencia de los respectivos consortes no lo desmintiese.
Pocas mujeres he visto más arrogantes que María Juana. Era una belleza
estatuaria, diosa falsificada, clasicismo vestido, si los mármoles
admitieran el corsé de ballenas y las telas modernas. Desde que la
conocí, inspiróme más admiración que estima, pues algo va de escultura
á persona. Su airecillo presuntuoso no fué nunca de mi agrado.
Por aquellos días no había empezado á engordar todavía, y así su
engreimiento no tenía la encarnación monumental que ha tomado después.
Su marido me fué más simpático. Parecióme un hombre de gran rectitud,
veraz, sencillo, con cierta tosquedad no bien tapada por el barniz
que le daba su riqueza; callado, prudente, modesto en todo, y muy
principalmente en la estatura, pues era uno de los hombres más pequeños
que yo había visto. Cuando paseaba con su mujer, por cada dos pasos que
ella daba, él tenía que dar tres. Después supe que no era ambicioso;
que no aspiraba á ser padre de la patria, ni á fatigar á los órganos
de la publicidad con la repetición de su nombre; lo que me sorprendió,
pues es de hombres chicos el apetecer cosas altas. Gustaba de la vida
obscura, arreglada y cómoda, y sus ideas, poco brillantes, giraban
dentro del círculo estrecho del ya anticuado criterio progresista; pero
siendo el tal una de las personas que con más sinceridad deploraban
los males del país, no tenía la petulancia de creerse llamado, como
otros campeones del vulgo, á remediarlos por sí mismo. Contáronme que
su origen era humilde. Su padre, que había hecho mucho dinero con los
transportes en la primera guerra civil, usaba siempre en Madrid el
pintoresco traje de Astorga.
Muerto su padre, Cristóbal Medina heredó con sus dos hermanos una
pingüe fortuna. Casó con mi prima dos años antes de mi venida á Madrid,
y hasta entonces no habían tenido sucesión, ni después la han tenido
tampoco. Viviendo en plácida armonía, en su casa todo era orden y
método. Gastaban mucho menos de lo que tenían, y no se señalaban por su
generosidad. Así llegó la malicia á tacharles de sordidez y del prurito
de alambicar, apurar y retorcer demasiadamente los números. No sé si
era ésta ú otra la causa de que tuvieran algunos enemigos, gente quizás
desgobernada y maldiciente que persigue con sátiras de mal gusto á los
que no tiran el dinero por la ventana. Una señora muy conocida que fué
compañera de colegio de mi prima y después, por ciertas cuestiones, ha
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