Lo prohibido (novela completa) - 28

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--Señor, que se ha armado arriba una gresca de doscientos mil diablos.
--¿Qué dices?
--Lo que oye. La señorita Camila y la señorita Eloísa están hablando
como rabaneras, y el señorito Constantino también hipa por su lado. No
he podido traer el cuadro. Les hablaba y no me respondían, sino dale
que te dale á las lenguas los tres á un tiempo... Desde la ventana del
patio se oye. La vecindad está escandalizada.
Fuí y oí. La voz de Camila descollaba; mas no entendí si era llanto ó
gritos de furor lo que hasta mí llegaba. «Me parece que se ha armado
una buena, pero buena.» Y volví á mi gabinete, donde intenté desgastar
mi inquietud nerviosa paseándome. Esperaba y temía que alguna racha de
aquel temporal del tercer piso bajara hasta mí. ¿Qué hacer? ¿Evitarla
echándome á la calle y no pareciendo hasta la noche? No: mejor era
esperar á pie firme la nube. Quizás mi presencia sería pararrayos que
evitase una catástrofe... ¿Subiría? No, subir no, porque pudiera mi
intervención ser perjudicial á la inocente Camila. Conveníame adoptar
también una actitud de inocencia é ignorancia del asunto.
La racha que juzgué inevitable no tardó en venir. Fuerte campanillazo
anuncióme la cólera de Eloísa, que entró en mi casa y en mi gabinete en
un estado de agitación que me puso medroso. Dejóse caer en un sillón,
como quien se desmaya, y era que le faltaba el aliento, á causa de la
ira y de la prisa con que había bajado.
Yo ni la miré siquiera. Oía su respiración como el mugido de un fuelle.
Esperé á que resollara por la herida y á que su resuello se condensara
en palabras. Podéis creérmelo: los pelos se me ponían de punta. Viendo
que á ella todo se le volvía respirar fuerte y oprimirse el pecho con
las manos, me planté delante y le dije:
--Vamos á ver, ¿qué es esto, qué ha pasado allá arriba?...
--Déjame, déjame... que tome aliento. Me estoy ahogando... he hablado
mucho, he gritado... he sido una leona... ¡pero buena la he puesto á
esa hipócrita, á esa!... me he irritado tanto, que la lengua se me
fué... Si me oyes, te espantas... Luego esa hipócrita se desvergonzó...
es una verdulera, yo otra... dos verduleras... Y el bruto allí,
queriendo poner paz... ese ciervo estúpido... Estoy volada... deja que
me serene... dame aire, aunque sea con... un periódico.
--No entiendo una palabra de lo que estás hablando --le dije
abanicándola con el papel--. ¿En qué ha podido ofenderte la pobre
Camila, que es un ángel?
Nunca dijera esto. Por la primera vez de mi vida ví á Eloísa en un
arrebato de furor. Allí sí que se llevó la trampa á la señora española,
y lo que en finura, discreción y modales le había concedido Naturaleza.
No quedó más que la prójima bien vestida. Puesta en pie, manoteando
como si me quisiera sacar los ojos con sus dedos, el volcán de su alma
reventó así:
--¡Hipócrita tú también!... Que te enredaras con otra... pase; ¡pero
con mi hermana, con la hermana que más quiero...! Y ella es peor que
tú, mil veces peor, porque se hace la tonta, la virtuosita. ¡Uf! qué
serpentón debajo de aquella capita de tontunas. No hay santurronería
más infame que la de éstas que se hacen las graciosas, las aturdidas...
Y tú, grandísimo apunte, no dirás ahora que has tenido buen gusto...
Vas bajando, bajando; concluirás por las fregonas... ¡Ah! ¡qué cosas
le dije... cómo la puse! Confieso que se me escapó la lengua; pero el
furor me cegaba, por ser mi hermana... y á otra se lo paso, aunque
me duela; pero á mi hermana no, á mi hermana no, porque me duele
horriblemente... No te disculpes, no niegues... Si te conozco... ¡Ah!
Camila te conviene porque es barata... Y como nos hace el papel de la
niña honradita, y á todos engaña con la comedia de estar enamorada de
su pollino... como si esto fuera posible... Dios mío, ¡qué criaturas
tan farsantes has echado al mundo!... ¡Que me haya jugado esta trastada
mi hermana, la hermana que más quiero, la que tengo metida en mi
corazón!... ¡Y que me haya puesto en el caso de decirle las perrerías,
las atrocidades que le he dicho!... ¡Oh! ¡Dios mío, qué desgraciada
soy!...
Rompió á llorar afligida, con estrépito, cual si su indignación se
resolviera bruscamente en arrepentimiento por las ignominias injustas
que había dicho á su hermana. Viéndola yo en aquel camino, creí posible
una solución pacífica, y en tono de prudencia le dije:
--Veo que al fin conoces que has dado una campanada. La cólera te cegó.
Lo mejor es que subamos los dos, y pidas perdón á tu hermana por el
escándalo que le has dado, haciéndote eco de una calumnia vil; porque
sí, hija, sí, por el Dios que está en el Cielo te juro que Camila es
tan querida mía como del Papa.
Esto la irritó de nuevo, destruyendo aquellos sentimientos de piedad
que empezaban á obrar en ella como un bálsamo reparador, y echando
lumbre por los inundados ojos y crispando los dedos, encaróse conmigo y
me echó esta rociada:
--No sé cómo tienes alma para decirme lo que me has dicho, y cómo me
mientes á mí, que he tenido siempre la debilidad de creerte. Hace
tiempo que te estoy observando y que vengo diciendo: «ese se ha
encaprichado por Camila.» Pero después la exploraba á ella, y nada
podía descubrir... ¡Claro, hace tan bien sus comedias!... Mas ya no
me engañáis los dos. Sois buen par de zorros... Pero, créelo, me he
vengado bien. ¡Las cosas que le he dicho!... ¿Pues y á él? Le he
calentado las orejas á ese venado, y le he puesto ante el espejo para
que vea aquella cornamenta que llega al techo...
Me pasó una nube por los ojos. Llamé todas las fuerzas de mi prudencia,
porque de seguro iba á hacer un disparate. Y ella continuaba procaz, de
esta manera:
--Y el muy animal, con todo su ramaje en la cabeza, negaba y te
defendía, diciendo que eres ¡su amigo!... Este es un colmo, chico; el
colmo... de la amistad, de la...
Cortó la frase, quedándose como perpleja, los ojos fijos con pensadora
atención en el busto de Shakespeare que estaba sobre mi chimenea. Era
el bronce que había pertenecido á Carrillo, y sin duda la vista de
aquel objeto llevó su mente, por la filiación de las ideas, á cosas y
sucesos de otros días. A mí me pasó lo mismo.
--Sí... claro... ya sé que los maridos te quieren... ¡Absurdo,
asqueroso!... Como tienes ese ángel... parece que les embrujas y les
das algún filtro...
Juzgad de mi paciencia, y ved qué dosis tan grande de esta virtud
acumulé en mi alma, cuando no cogí el busto y se lo tiré á la cabeza á
aquella mujer. Pero aunque no hice esto, la cólera se desató en mí, y
con palabras cortadas por el veneno que me salía de dentro, le dije:
--Constantino es mi amigo, y no tiene por qué avergonzarse, porque ni
es ridículo ni cosa que lo valga, y el que diga lo contrario es un
miserable.
--Pues yo lo digo --gritó ella con brío.
--Pues aplícate el cuento.
--Explícame eso, hombre... Da razones.
--No doy razones --exclamé ya fuera de mí, sin ver ni oir nada más que
el fulgor y el estallido de mi rabia--; ni tengo que añadir una palabra
más, ni me importa que te convenzas ó no, porque ahora mismo te pones
en la calle.
--No me da la gana. Se va usted á donde quiera --vociferó ronca,
mugiente--. ¿Me echarás tú?
--Lo vas á ver --dije cogiéndola enérgicamente por un brazo y
llevándola hacia fuera, no sin tener que tirar fuerte.
En aquella lucha, cuyo recuerdo me espeluzna siempre, no oí más que
estas tres palabras dichas en un aliento de agonía: «Eres un tío.»
Creo que le respondí: «y tú una tal...» No estoy seguro de haberlo
dicho. Ciego, con pegajosa y amarga espuma en la boca, abrí la puerta
de la escalera y la eché fuera. Cuando dí el golpe á la puerta,
haciendo retumbar toda mi casa, cual si mi corazón estuviera unido á
aquellas paredes, sentí penetrante frío en mi alma. La idea de mi
brutalidad vino al punto á mortificarme. Pero me rehice y me metí para
adentro. La campanilla sonó con estruendo. Me pareció que tocaba más
fuerte que todas las campanas de todas las iglesias de la cristiandad
juntas. Eloísa llamaba con rabia, golpeando además la puerta con las
manos. Aplicó sus labios á la rejilla de cobre, para gritar por allí
otra vez:
--¡Tío, más que tío, canalla!
--¿Abro? --me dijo Ramón alarmado.
No supe qué determinar.
--Abre, sí --respondí al fin--. Peor es que dé un escándalo en la
escalera.
--La señorita María Juana --añadió mi criado-- ha subido hace un rato.
--Esta casa es hoy un infierno... ¡Maldita suerte mía! Abre, abre de
una vez.
Retiréme á la sala, y desde allí ví entrar á Eloísa. Dió algunos pasos
y cayó como cuerpo muerto sobre el banco del recibimiento.
--Ramón... llévale un vaso de agua, si quiere; y tú, Juliana, auxíliala
también. Puede que tenga un síncope. Le pasará... Y si no pasa, que no
pase... Allá se las componga.
Yo no sabía qué hacer ni qué decir. Parecióme que Eloísa no tenía
síncope; conservaba el sentido, y lo que hacía era llorar, llorar mucho.
--Ramón... entérate de si la señorita tiene ahí su coche. Si no lo
trajo, manda enganchar ahora el mío, y que la lleven á su casa.
--La señorita tiene abajo su coche.
--Bueno. Cierra la puerta para que no se enteren de estos escándalos
los que suben y bajan.
Eloísa bebió un poco de agua. Sin duda se iba serenando. No podía ser
menos. Estas iras pasan, y dejan en el espíritu un amargo y desapacible
sabor, el recuerdo vergonzoso de las tonterías que se han dicho y de
las brutalidades que se han hecho. Tras la cortina de la sala espié yo
los movimientos de mi prima, y lo que hacía y hasta lo que pensaba. La
ví levantarse del duro banco, suspirar fuerte palpándose y oprimiéndose
el pecho como si el corazón se le hubiera salido de su sitio y quisiera
ponérselo donde debe estar. Vaciló entre pasar á la sala y marcharse;
pero se decidió al fin por esto. ¡Qué alivio noté cuando la sentí
bajar, apoyándose en el barandal y mirando mucho los pasos que daba!
«La lección ha sido un poco fuerte --pensé--; pero es preciso, es
preciso...»
¡Gracias á Dios que estaba solo! ¡qué día! No había tenido tiempo de
saborear aquel descanso, cuando... ¡Jesús mío! la campanilla. La oía
sonar, agujereándome el cerebro, y decidí arrancarla de su sitio,
hacerla mil pedazos para que no repicara más. «¿Apostamos á que es
María Juana?» Porque sí, la campanilla sonaba con todo el estudio y la
convicción de una campanilla ilustrada que sabe á quién anuncia. Era
ella, no podía ser otra.
Entró en mi gabinete, y ¡qué cara traía, qué golpe de quevedos, qué
mirar justiciero! Era una sibila de aquéllas que pintó Miguel Angel
para expresar lo feas que se ponen las mujeres guapas cuando se enfadan
y hacen profecías. En verdad, señores, lo extremadamente serio de aquel
rostro prodújome efectos contrarios á los que él quería producir...
Por poco suelto la risa.
--¿Qué hay? --le pregunté afectando calma.
--¿Qué ha de haber? Pues nada que digamos. Vengo de arriba. Un
zafarrancho espantoso. Las consecuencias de tu carácter, de tu
temperamento... ¡Y ha habido una persona tan inocente que creyó posible
curarte, enmendar lo que tiene sus raíces en el fondo de la naturaleza,
y hacer de un demonio un hombre...! La que tal pensó es más digna de
lástima que las otras dos infelices, y por lo mismo que puso sus miras
más arriba es la que ha caído más bajo... Estoy tan avergonzada por mí
como por tí... Yo al menos tengo conciencia y veo mi bochorno; pero
tú, ¿qué ves?... Eres un depravado, un monstruo, un condenado en vida.
Daría... no sé qué por ver en tí un rasgo de nobleza. Pero no, no lo
veré, porque no puedes dar sino frutos amargos... Has prostituído
á la tontuela de Camila, quitándole lo único que tenía, que era su
inocencia; has cubierto de ignominia al pobre Constantino, que es un
alma de Dios, el ángel de los topos... ¡y tú tan fresco!... Responde,
hombre; discúlpate, da á entender siquiera que hay en tí un resto de
pudor, de dignidad, de cristianismo...
Hubiera podido contestarle muchas cosas y volver por la honra de su
hermana; ¿pero á qué decir lo que no había de ser creído? Hallábame tan
irritado, que no sabía resolver aquellas cuestiones sino cortando por
lo sano. Me incomodó la sibila con su áspero sermoneo, tanto ó más que
Eloísa con sus procacidades. Ante ella me sentí igualmente brutal que
ante la otra, y ciego la cogí por un brazo lo mismo que había cogido á
la prójima, diciendo con la ronquera de mi ira:
--¿Sabes que no tengo ganas de música, de filosofías ni de estupideces?
¿Sabes que te voy á poner ahora mismo en la calle, porque no puedo
aguantar más, porque estoy hasta la corona de tí y de tu hermana?
Y haciéndolo como lo decía, tiré de aquella gallarda mole, que se dejó
llevar aterrada, trémula, balbuciendo no sé qué conceptos trágicos,
muy propios del caso y de su austera moral. Hícela salir, y cerré de
golpe. María Juana no gritó en la escalera como su hermana. Con decoro
aceptaba la expulsión y se vengaba con su dignidad. Era muy sabia y muy
prudente para proceder de otra manera. Marchóse callada, haciéndose
la víctima grandiosa y buscando lo sublime, que no sé si encontraría.
Bajó las escaleras pausada y gravemente, como si fuera ella la razón
desterrada y yo el error triunfante...
--¡Ramón!
--¿Qué, señor?
--Te nombro mastín --dije delirando--: ponte en la puerta, y al primer
Bueno de Guzmán que entre, me le destrozas á mordidas.
Nada, que aquel día me había yo de volver loco. Bien caro pagaba mis
enormes culpas. Sonó la fatídica campana otra vez... Ramón entró en mi
gabinete, y me dijo muy apurado:
--Señor, don Constantino es el que llama. ¿Le abro?
--Sí, hombre... ábrele... en canal... Quiero decir, ábrele la puerta.
Que entre; veremos por dónde tira.
Y cuando Miquis llegó á mi presencia estaba yo tan fuera de mí, que si
me dice algo ofensivo, caigo sobre él y me mata ó le mato.
--¡Hola! ¿qué hay? --le pregunté, resuelto á afrontar la situación,
cualquiera que fuese.
Constantino estaba pálido y muy agitado. Parecía rebuscar en su mente
las palabras con que debía empezar.
--Tú traes algo --le dije--. Vomita esa bilis... franqueza, amigo.
Luego me tocará hablar á mí.
Sus labios rompieron tras un esfuerzo grande. De la confusión de su
mente y de las arrugas de su entrecejo brotaron estas cláusulas amargas:
--Pues... horrores en casa... Eloísa... Me han vuelto loco... ¡Que
mi mujer me engaña! ¡que tú...! Camila se defiende. Yo no sé lo que
me pasa; tengo un infierno en mi cabeza... porque si creo lo que me
dicen de mi mujer, la mato, y si creo lo que ella me dice, mato á sus
hermanas...
--No mates á nadie; no mates, hijo, y aguarda un poco.
--Porque yo vengo aquí --gritó como un energúmeno, poniéndose rojo y
manoteando fuerte--, yo vengo aquí para decirte que, ya sea mentira, ya
sea verdad, no hay más remedio sino que ó tú me rompes á mí la cabeza ó
yo te la rompo á tí.
Sentí al oir esto, ¿qué creéis? ¿indignación? no; ¿despecho? tampoco.
Sentí entusiasmo, ardiente anhelo de soluciones grandes y justicieras;
y aquello de pegarnos los dos tan sin ton ni son, no me pareció un
disparate. Yo también quería sacudirle de firme ó que él me sacudiera
á mí. Gesticulando como un insensato y no menos energúmeno que él, me
puse á gritar:
--Tú eres un hombre, Constantino... Eso, eso: ó romperte el bautismo, ó
que me lo rompas tú á mí. Te tengo ganas, ¿sabes? eres lo que más me
carga en el mundo... para que lo sepas.
--Pues cuanto más pronto, mejor --gritó él haciéndome el duo con furia
igual á la mía.
--Eso, eso... Ha llegado la ocasión que yo quería. Ahora nos
ajustaremos las cuentas, y déjate de armas blancas... pistola limpia y
á la suerte.
--Como quieras.
--Y no es por poner en claro la honra de tu esposa. ¡Estaría bueno que
dependiera de nuestra puntería! Tu mujer, para que lo sepas, bruto, es
la gran mujer. Ni tú ni yo la merecemos... Nos pegamos porque te tengo
ganas, ¿sabes? Tu conciencia te dirá quizás que no me has ofendido.
¡Ah! tonto, ¿ves estas magulladuras que tengo en la cara? ¿Lo ves, lo
ves? Pues esto, pedazo de bárbaro, es la impresión de las suelas de tus
botas. Tu mujer me ha abofeteado, no con las manos, que esto habría
sido un favor, sino con tus herraduras, animal... Y ahora, tú, tú me lo
has de pagar.


XXIV
Las liquidaciones de Mayo y Junio.

I
No sé qué más atrocidades dije. Yo no tenía ideas claras y justas
sobre nada: era un epiléptico. Me caí en una silla, y estuve un rato
pataleando y haciendo visajes. Contóme después Ramón que Constantino
se retiró muy enfurruñado, cuando ya no tenía yo conciencia de que él
estuviera presente.
Estuve tres días en cama y ocho sin salir de casa: de tal modo me
conmovieron y agobiaron los sucesos de aquella tremenda fecha, una de
las peores de mi vida. ¡Cuán lejos estaba de que habían de venir otras
peores! Ninguna de mis tres primas fué á verme. Mi tío y Raimundo no
faltaron: éste tan dislocado como siempre; aquél sufriendo en silencio
una agitación moral que respiraba por su boca con suspiros volcánicos.
Y no sabía el buen señor nada de lo ocurrido entre sus hijas y yo
aquellos días, pues felizmente no hubo ningún indiscreto que le llevase
el cuento. La causa de su dolor era otra y se sabrá más adelante.
Díjome Ramón que al segundo día había enviado á preguntar por mí el
señor de Medina, y que Evaristo no dejaba de ir por mañana y tarde
á informarse de mi salud. ¿Pero á que no sabéis cuál era la compañía
más grata para mí? Mis amigos me fastidiaban y mis parientes no me
divertían. Vais á saber dónde estaba mi consuelo en aquellas tristes
horas.
Haría dos semanas que, hallándose Camila en casa en ocasión que estaba
también allí mi zapatero, le dije:
--Te voy á regalar unas botas. Maestro, tómele usted la medida.
Dicho y hecho. Al día siguiente de la marimorena, trájome el maestro,
con el calzado para mí, las botas de Camila, que eran finísimas, de
charol, con caña de cuero amarillo. Ramón las puso casualmente sobre
una mesa frontera á mi cama, y los ojos no se me apartaban de ellas.
¡Oh dulces prendas!... Una falta les encontraba, y era que no teniendo
huellas de uso, carecían de la impresión de la persona. Pero hablaban
bastante aquellos mudos objetos, y me decían mil cositas elocuentes y
cariñosas. Yo no les quitaba los ojos, y de noche, durante aquellos
fatigosos insomnios, ¡qué gusto me daba mirarlas, una junto á otra,
haciendo graciosa pareja, con sus puntas vueltas hacia mí, como si
fueran á dar pasos hacia donde yo estaba! Ramón las cogió una mañana
para ponerlas en otro sitio, y yo salté á decirle con viveza:
--Deja eso ahí...
El inocente me quitaba el único solaz de mi agobiado espíritu. Porque
Ramón no se riera de mí, no le mandé que me las pusiera sobre mis
propias almohadas ó sobre la cama... Seguramente me habría tomado por
loco ó tonto.
Cuando me puse bien, ofrecióse á mi espíritu la injusticia y
brutalidad de mi conducta con mis dos primas mayores el día de la
jarana. Cierto que debí apresurarme á desvanecer el error en que
estaban con respecto á la pobre borriquita, cuya culpa no tenía
realidad más que en la grosera intención de las otras. ¿Y cómo
convencerlas de la inocencia de Camila? ¿Cómo hacerles comprender que
tanto la una como la otra debían besar la tierra que la borriquita
pisaba y confesarse inferiores á ella? Eloísa y María Juana tenían
cierto interés moral en no creerme, porque la idea de que su hermana
les aventajara en conducta debía herirlas muy en lo vivo. «No me
creerán, no me creerán --era el pensamiento que me atormentaba--.
Juzgándola por sí mismas, no se convencerán, porque convenciéndose se
acusan. Acusadoras se disculpan, y desean tener que perdonar para que
se las perdone.»
Pero aun contando con lo infructuoso de mis esfuerzos, algo había
que hacer. Por de pronto, determiné no subir á la casa de Camila. Si
Constantino persistía en que nos pegáramos, por mí no había de quedar.
Ya sabía él dónde yo estaba. Después, hice propósito de ver á Eloísa y
á María Juana. A ésta la tenía yo, si no por autora, por la principal
propagandista de la injuriosa especie, á la cual, por desgracia, daban
apariencias de verdad mi locura, mi intención y mis repetidas visitas
al hogar de los Miquis. Desistí de ver á Eloísa por lo que me contó
Severiano el primer día que salí á la calle. La infeliz cumplía la
sentencia de su triste destino, y últimamente había dado un nuevo paso
en la senda que aquél le trazaba. Lo diré clarito, sin rodeos. Acababa
de enredarse con un aristócrata viudo, el Marqués de Flandes, que
después de residir mucho tiempo en el extranjero, vino á España á que
le pusieran el cachete á su ruina. No durarían mucho estas relaciones,
porque Paco Flandes daba ya poco de sí, metálicamente hablando, y el
mejor día me le ponía la prójima en el arroyo. Entre tanto, la casa
de la calle del Olmo recobraba algo de su esplendor pasado: muebles
parisienses ocupaban los lugares vaciados por el último embargo, y
algunas obras de arte iban entrando con timidez. Entre éstas las había
bonitísimas: un _Carnaval en Roma_, de Enrique Mélida; un hermoso país
de Beruete, y dos terracotas, de los hermanos Vallmitjana. Tras esto
vendrían más cosas, más: así lo decía ella, poniendo carita de tristeza
y dando á entender que los tiempos son malos y que cada vez parece que
hay menos dinero. Como síntoma muy significativo, añadió Severiano que
Sánchez Botín le hacía la rueda con la pegajosa tenacidad que siempre
ponía en todas sus empresas; pero que mi prima declaraba á todo el que
la quisiera oir, que jamás descendería hasta un sér que consideraba muy
por bajo de todos los envilecimientos y de todas las prostituciones
posibles. No hablamos más de esto, y determiné no ir á la calle del
Olmo ni ocuparme para nada de semejante mujer.
Mi primera visita fué para los Medinas, á quienes encontré juntos.
Ambos me recibieron con amabilidad, interesándose por mi salud. Nada
de lo que pudiera observar en María Juana me llamaba la atención, por
ser mujer de mucha gramática parda; pero sí me sorprendió la repentina
afabilidad del insigne _ordinario_. Sus prevenciones contra mí se
habían disipado sin duda. ¿Por qué? ¿Qué pararrayos había alejado de mi
pecadora frente la electricidad de su odio? Heme aquí en presencia de
otro enigma que me trajo no pocos quebraderos de cabeza. Dióme aquel
día cigarros de primera, los mejores que tenía; y cuando nos íbamos
juntos á la Bolsa, en su coche, expresóme con sinceras palabras que se
alegraría de que mi liquidación de fin de mes fuese buena.
--Si el alza sigue acentuándose --me dijo--, y yo creo que seguirá,
porque cada día vienen del extranjero más órdenes de compra, creo que
saldremos muy bien usted y yo.
Y variando de tono y asunto:
--Es preciso que usted no se distraiga tanto con las faldas, so pena
de que se le vaya el santo al cielo y no dé pie con bola en los
negocios. Observe usted que todos los que al entrar por las puertas de
la contratación no supieron desprenderse de los líos de mujeres, han
salido con las manos en la cabeza. Hombre enamoriscado, cerebro inútil
para trabajar.
Todo esto me parecía inspirado en la más sana filosofía; no así lo que
me manifestó poco después, y que á la letra copio:
--Ya sé lo de esa pobre Camila. Es usted incorregible, y al fin las
pagará todas juntas. Agradezca usted que hasta ahora no ha dado más
que con bobos; pero algún día, donde menos se piensa salta un hombre,
un marido digno, y entonces podrá usted encontrar la horma de su
zapato... En Camila no extraño nada: es, como su hermana Eloísa, otra
que tal; allí no hay seso... ¡Oh! me cupo en suerte lo único bueno de
la familia, el oro puro; lo demás todo es escoria... Sí, sí; ya sé lo
que usted me va á decir: que es calumnia; sí, estas cosas son siempre
calumnia: por ahí se sale...
--Pues sí que lo es --exclamé, sin poder contener la indignación que me
salió á la cara--. Pues sí que lo es, y extraño mucho que una persona
tan recta como usted se haga eco de ella.
Algo más iba á decir; pero me asaltó la idea de que su error podía ser
la clave de su inopinada benevolencia, y no extremé los esfuerzos para
sacarle de él. De esta manera se enlazan en nuestra conciencia las
intenciones, formándose un tan apretado tejido entre las buenas y las
malas, que no hay después quien las separe.
--Es usted una mala persona --me dijo al fin sonriendo--; pero para que
vea que me tomo interés por usted, voy á darle un consejo: venda lo más
pronto que pueda las Obligaciones de Osuna.
Por la noche fuí á comer á su casa. En María Juana noté un marcado
propósito de no entablar conversación conmigo sino delante de otras
personas; pero en las pocas frases sueltas que cambiábamos, cuando no
se nos interponía el guarda-cantón de carne de _No Cabe Más_, advertí
cierta ternura y como un deseo de explicarse conmigo. Sin duda me había
perdonado mis brutalidades del día famoso.
--Para que comprendas lo irritado que estaba --le dije--, y puedas
explicarte la grosería con que te traté, me bastará declarar que daría
hoy no sé cuántos años de vida por poder probar la inocencia de Camila,
esa inocencia en que nadie cree, y que, sin embargo, es tan cierta,
tan clara como la luz.
La observé muy pensativa al oir esto, y con irónica frase dióme á
entender que esperaba las pruebas.
--¿Pero qué pruebas he de darte más que mi palabra y el juramento que
hago, si es que esto de los juramentos tiene algún valor en tiempos en
que el perjurio es ley? Créelo si quieres, y si no, no lo creas.
No pude decir más, porque _Partiendo del Principio_ se nos vino encima.
Había que ver la cara que me puso la sabia dos días después cuando la
acusé de haber iniciado el descrédito de su hermana.
--¡Yo! --exclamó, poniéndose pálida--. ¿Me crees capaz...? Si han sido
tus amigos, Severiano y Villalonga, los que primero lo han dicho, y
luego lo ha remachado no sé quién... creo que las de Muñoz y Nones, las
cuñaditas de Augusto Miquis... A mí me lo contó Eloísa... Ella dirá
que se lo dije yo; pero no hagas caso... Te seré franca: yo tenía mis
sospechas, y como siempre Camila me ha parecido muy ligera...
¡Oh! ¡qué argumentos tan sutiles empleé para disipar aquel error! Pero
no pude convencerla por no expresarme con absoluta sinceridad, corazón
en mano. Yo no decía más que la mitad de la verdad, y la mitad de la
verdad suele ser tan falsa como la mentira misma; yo hacía hincapié en
la honradez de mi borriquita, verdad como un templo; pero me guardaba
bien de declarar el dato importante de mi pasión por ella y de la
insistencia con que la perseguía. Arrancada de los autos de la causa
esta hoja que tanta luz arrojaba sobre ella, todo quedaba en gran
confusión.
Era mi prima muy sagaz, y con judicial tino y penetrante mirada me
hizo esta pregunta:
--¿De modo que tú juras que nunca has tenido pretensiones malas con
respecto á Camila?
Contestéle que sí lo juraba, aunque sin afianzar mucho la afirmación.
Mentira tan gorda hizo en la _ordinaria_ un efecto contraproducente, y
tratándome con tanta lástima como desdén, me dijo:
--Mira, niño, si crees que tratas con tontos; si crees que todos son
Constantinos y Carrillos, te llevas chasco. Anda con Dios.
Y otro día que nos vimos, no hay que decir dónde ni cómo, hablamos de
lo mismo, y se repitió la pregunta, y la verdad me escarbaba dentro con
esa horrible náusea de la conciencia, que es tan difícil de contener.
Y se me alumbraron los sesos, y ebrio de sinceridad, ardiendo en
apetitos de ella, me desbordé, y lo canté todo de _pe_ á _pa_... En
mi vida he hecho confesión más completa, leal y meritoria. Todavía
me estoy aplaudiendo las palabras que dije, así como creo ver aún
las diversas caras que me iba poniendo la sabia conforme oía, ahora
patética, ahora contrariada, ya envidiosa, ya palpitante de sobresalto,
angustia ó no sé qué. Y cuando le dije: «sí, esa mujer me tiene loco,
me tiene enfermo, y como no la puedo adorar, estoy adorando sus botas
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