Lo prohibido (novela completa) - 14

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su amo para que me mudase. La idea de ponerme sus vestidos me causaba
un sentimiento muy extraño: no sé qué era; mas hallábame tan horrible
con la mía, que acepté. Púseme á toda prisa una camisa, un chaleco de
abrigo y una bata corta del muerto. Pero deseando vestirme con mi ropa,
mandé á Evaristo á casa para que me la trajera.
Dejando á Celedonio con los restos aún no fríos de su amo, fuí en busca
de Eloísa, cuya situación de ánimo me alarmaba. No la encontré en el
cuarto del niño, que dormía profundamente, sino en el suyo, acometida
de un fuerte trastorno nervioso, manifestando, ya sentimiento, ya
terror. Al verme con el traje de su marido se puso tan mal, que
creí que se desvanecía. Fijábansele los síntomas espasmódicos en la
garganta, como de costumbre, y con sus manos hacía un dogal para
oprimírsela.
--La pluma, la pluma --murmuraba con cierto desvarío--. ¡No la puedo
pasar!
Le rogué que se acostara; pero negábase á ello. Micaela y yo quisimos
acostarla á la fuerza; pero nos hizo resistencia. Estaba convulsa, fría
y húmeda la piel; los ojos muy abiertos.
--No vayas tú á ponerte mala también --dije con la mayor naturalidad
del mundo--. Recógete y descansa. No has de poder remediar nada dándote
malos ratos.
Tuve que hacer uso de mi autoridad, de aquella autoridad efectiva
aunque usurpada; hube de ordenarle imperiosamente que se acostara
para que se decidiera á hacerlo. Noté en su obediencia como un
reconocimiento tácito de la autoridad que yo ejercía. Micaela empezó
á quitarle la ropa; la ayudé, porque mi prima, después del traqueteo
nervioso, hallábase como exánime y sin movimiento. La metimos en la
cama y la arropamos. ¡Ay! sentíame tan fatigado, que caí en un sillón
é incliné mi cabeza sobre el lecho. Allí me hubiera quedado toda la
mañana, si no tuviera deberes que cumplir fuera de aquella habitación.
En tal postura, y hallándome postrado y como aturdido, sentí la voz de
la viuda que me llamaba. Alcé la cabeza. Sus palabras y sus miradas
eran tan afectuosas como siempre. Sin nombrar al muerto, suplicóme
que atendiese á las obligaciones que traía el suceso, pues ella no
tenía fuerzas para nada. Díjele que no se ocupara más que de su
descanso, y le prometí que todo se haría de un modo conveniente. Vivo
agradecimiento se pintaba en su rostro, y además la confianza absoluta
que en mí tenía. Le arreglé la ropa de la cama, le dí á beber agua de
azahar, le entorné las maderas, corrí las cortinas para atenuar la luz
del día, y poniendo á Micaela de centinela de vista para que me avisase
si la señora se sentía muy molestada por la pluma en la garganta, salí,
no sin promesa de volver pronto, pues ésta fué condición precisa para
que Eloísa se tranquilizara...
--Por Dios, no tardes: tengo miedo --díjome al despedirme, con ahogada
voz--, mucho miedo, y la pluma no pasa...
Trajéronme mi ropa y me vestí con ella. ¡Ay! qué peso se me quitó de
encima cuando solté la de Carrillo, que además me venía algo estrecha.
A eso de las ocho llegaron mi tío, Medina, María Juana, y más tarde el
marqués de Cícero. Atento á todo, daba yo las disposiciones propias
del caso, y recibía á los parientes y amigos que se iban presentando.
En lo concerniente al servicio fúnebre, allá se entendían Celedonio y
los empleados de la Funeraria, pues yo me sentí como atemorizado de
intervenir en ello. Recogí las llaves de la mesa de despacho y del
mueble donde el pobre Pepe tenía sus papeles, y las guardé hasta que
pudiera entregarlas á Eloísa, que al fin parecía vencida del cansancio
y dormía con los dedos clavados en el cuello.
Camila recaló por allí á eso de las diez, acompañada de Constantino;
mas como tenía que dar de mamar á su nene, lo llevó consigo, y el
lúgubre silencio de la casa se vió turbado por el clarinete de
Alejandrito. Almorzamos mi tío, Raimundo y yo de mala gana, y luego nos
encerramos los tres en el despacho para redactar la papeleta fúnebre y
poner los sobres. Sentado donde Pepe se sentaba, no sé qué sentía yo
al ver en torno mío aquellas prendas suyas, ¡amargas prendas! en las
cuales parecía que estaba adherido y como suspenso su espíritu. Allí ví
estados de recaudación de fondos filantrópicos, circulares solicitando
auxilios de corporaciones y particulares, cuentas de suministro de
víveres y otros documentos que acreditaban la caritativa actividad
de aquel desventurado. Cuidamos mucho de que en la redacción de la
papeleta no se nos olvidara ningún título, detalle ni fórmula de las
que la etiqueta mortuoria ha hecho indispensables. «El excelentísimo
señor don José Carrillo de Albornoz y Caballero, Maestrante de
Sevilla, Caballero de la Orden de Montesa, etcétera, etc... Su
desconsolada viuda, la excelentísima... etc., etc.» No se nos quedó
nada en el tintero; y en las direcciones que pusimos á los sobres,
ninguna de nuestras amistades pudo escaparse.
La señora, por razón de su estado, no podía dar órdenes, y los criados
se dirigían á cada instante á mí, como si yo fuera el amo, como si
lo hubiera sido siempre, y me consultaban sobre todas las dudas que
ocurrían. Y aquella autoridad mía era uno de esos absurdos que, por
haber venido lentamente en la serie de los sucesos, ya no lo parecía.
Ved, pues, cómo lo más contrario á la razón y al orden de la sociedad,
llega á ser natural y corriente cuando, de un hecho en otro, la
excepción va subiendo, subiendo, hasta usurpar el trono de la regla. Y
cosas que vistas de pronto nos sorprenden, cuando llegamos á ellas por
lenta gradación nos parecen naturales.
Rogóme Eloísa que no saliese de la casa hasta que no se verificara el
entierro. Así tenía que ser, pues si yo no estaba en todo, las cosas
salían mal. El marqués de Cícero, que se ofrecía constantemente á
ayudarme, no servía más que de estorbo, y mi tío tenía ocupaciones
indispensables aquel día. Sólo Constantino y Raimundo prestaban algún
servicio, aunque sólo fuera el de hacerme compañía. La viuda no
recibía á nadie, ni á sus más íntimas amigas. Acompañábanla su madre y
hermanas, y sin llorar, consagraban alguna palabra tierna y compasiva
al pobre difunto.
Por fin ví concluído todo aquel tétrico ceremonial, y respiré cual
si me hubiera quitado de encima del corazón un peso horrible. No
quise ir al entierro, y Eloísa aplaudió con un movimiento de cabeza
esta resolución mía. Cuando se extinguió en las piedras de la calle
el ruido del último coche, mis trastornados sentidos querían volver á
la apreciación clara de las cosas. Pero la imagen del infeliz hombre
que había despedido su último aliento sobre mi pecho, clavándomelo
como un puñal, no se me apartaba del pensamiento. ¿Cómo explicarme sus
sentimientos respecto á mí? ¿Qué noción moral era la suya, cuál su
idea del honor y del derecho? Ni aun viendo en él lo que en lenguaje
recto se llama _un santo_, podía yo entenderle. ¡Misterio insondable
del alma humana! Ante él no hay que hacer otra cosa que cruzarse de
brazos y contemplar la confusión como se contempla el mar. Querer
hallar el sentido de ciertas cosas es como pretender que ese mismo mar,
desmintiendo la ley de su eterna inquietud, nos muestre una superficie
enteramente plana.
¿Por qué me tenía cariño aquel hombre? Si era un santo, yo me resistía
á venerarle; si era un pobre hombre, algo había dentro de mí que no me
permitía el desprecio. ¿Le despreciaba yo en el ardor de mi compasión,
ó le admiraba entre los hielos de mi desdén? Toda mi vida, ¡ay!, estará
delante de mí, como pensativa esfinge, la imagen de Carrillo, sin que
me sea dado descifrarla. Antes será medido el espacio infinito, que
encerrada en una fórmula la debilidad humana.
A estas meditaciones me entregaba la tarde del entierro, encerrado
en el despacho, sin otra compañía que la del busto de Shakespeare.
El gran dramático me miraba con sus ojos de bronce, y yo no podía
apartar los míos de aquella calva hermosa, cuya severa redondez semeja
el molde de un mundo; de aquella frente que habla; de aquella boca que
piensa; de aquella barba y nariz tan firmes que parece estar en ellas
la emisión de la voluntad. Me daban ganas de rezarle, como los devotos
rezan delante de un Cristo, y de interesarle en las confusiones que me
agitaban, rogándole que pusiera alguna claridad en mi alma.
Al anochecer, cuando aún no habían vuelto del entierro los que fueron
á él, me dirigí al cuarto de la viuda, á quien acompañaban su madre y
hermanas. En los susurros de su conversación queda, me pareció entender
que hablaban de modas de luto. Eloísa tenía, en su regazo, dormido, al
niño de Camila, y con ésta jugaba Rafael. Pero más tarde, cuando mi tío
Raimundo y el marqués de Cícero volvieron del cementerio, ostentando
este último una aflicción decorativa, que tenía tanta propiedad como
el león disecado con que se retrataba, me alejé del gabinete para no
oir las fórmulas de duelo que se cruzaban allí, como los tiroteos
alambicados de un certamen retórico, cuyo tema fuera la muerte del
pajarillo de Lesbia. Cuando iba hacia el despacho, sentí tras de mí
unos pasitos que siempre me alegraban, y una vocecita que me llamaba
por mi nombre. Era el chiquillo de Eloísa que corría tras de mí. Le
cogí en brazos, y sentándome, le coloqué sobre mis rodillas. Él se puso
al instante á caballo sobre mi muslo, y me echó los brazos al cuello.
Su inocencia no había permanecido extraña á la tristeza que en la casa
reinaba, y en sus mejillas frescas, en su frente coronada de rizos
negros advertí una seriedad precoz, fenómeno pasajero sin duda, pero
que anunciaba la formación del hombre y los rudimentos de la reflexión
humana. Después de hacerme varias preguntas, á que no pude contestarle
por lo muy conmovido que estaba, me cogió con sus manos la cara. Era
de éstos que quieren que se les hable mirándoles frente á frente, y
que se incomodan cuando no se les presta una atención absoluta. Para
satisfacer su egoísmo, tiran de las barbas como si fueran las riendas
de un caballo, para que les pongáis la cara bien recta delante de la
suya. Lo que me tenía que comunicar era esto:
--Dice _Quela_ que ahora... tú... no te vas más á tu casa... que te
quedas aquí.
Varié la conversación, dándole muchos besos; pero él, aferrado á su
tema, ni me dejaba evadir, ni consentía que yo moviese la cara.
--Dice _Quela_ que tú... vas á ser mi _papa_...
Este inocente lenguaje me lastimaba. No pude contestar categóricamente
á las cosas más graves que yo había oído en mi vida. Porque sí: jamás
de labios humanos brotaron, para venir sobre mí, como espada cortante,
palabras que entrañaran problemas como el que formulaban aquellos
labios de rosa.
Dejéle en poder de su criada, que vino á buscarle, y me retiré. La
casa, como vulgarmente se dice, se me desplomaba encima. Sin despedirme
de nadie me marché á la mía.


XIV
Hielo.

I
Sentía imperiosa necesidad de estar solo. La tristeza reclamaba todo
mi sér, y tenía que dárselo, aislándome. Conocí que venía sobre mí un
ataque de aquel mal de familia que de tiempo en tiempo reclamaba su
tributo en la forma de pasión de ánimo y de huraña soledad. Y lo que
había visto y sentido en tales días era más que suficiente motivo para
que el maldito achaque constitutivo se acordara de mí. En la soledad de
aquella noche y de todo el día siguiente tuve un compañero, Carrillo,
cuya imagen no me dejó dormir. El ruido de oídos, que me martirizaba,
era su voz, y mi sombra, al pasearme por la habitación, su persona. Le
sentía á mi lado y tras de mí, sin que me inspirara el temor que llevan
consigo los aparecidos. Es más: me hacía compañía, y creo que sin tal
obsesión habría estado más melancólico. Mi afán mayor, mi idea fija era
querer penetrar, ya que antes no pude hacerlo, las propiedades íntimas
de aquel carácter, y descifrar la increíble amistad que me mostró
siempre, mayormente en sus últimos instantes. ¡Era para volverme
estúpido! Cuando dicho afecto me parecía un sentimiento elevadísimo y
sublime, comprendido dentro de la santidad, mi juicio daba un vuelco y
venía á considerarlo como lo más deplorable de la miseria humana. Yo
me secaba los sesos pensando en esto, traspasado de lástima por él, á
veces sintiendo menosprecio, á ratos admiración.
Los días se sucedían lentos y tristes, sin que yo quebrantara mi
clausura. No recibía á nadie, y si mis íntimos amigos ó mi tío ó
Raimundo iban á acompañarme, hacía lo posible por que me dejasen solo
lo más pronto posible. Pasados tres días, Carrillo se borraba, poco
á poco, de mi pensamiento; le veía bajo tierra confundiéndose con
ésta y disolviéndose en el reino de la materia, como su memoria en
el reino del olvido. Lo que en primer término ocupaba ya mi espíritu
era la casa de Eloísa, todo lo material de ella. Los muebles, las
paredes cargadas de objetos de lujo, el ambiente, el color, la luz que
entraba por las ventanas del patio, componían un conjunto que me era
horriblemente antipático y aborrecible. La idea de ser habitante de
tal casa y de mandar en ella, me producía el mismo terror angustioso
que en otros ataques la idea de sentir un tren viniendo sobre mí.
No: yo no quería ir allá; yo no iría allá por nada del mundo. El
recuerdo sólo de las afectadas pompas de aquellos jueves poníame en
gran turbación, acompañada de un trastorno físico que me aceleraba el
pulso y me revolvía el estómago... Pero lo que me confundía más y me
llenaba de estupor, era notar en mí una mudanza extraordinaria en los
sentimientos que fueron la base de mi vida toda en los últimos años.
A veces creía que era ficción de mi cerebro, y para cerciorarme de
ello, ahondaba, ahondaba en mí. Mientras más iba á lo profundo, mayor
certidumbre adquiría de aquel increíble cambio. Sí, sí: la muerte de
Pepe había sido como uno de esos giros de teatro que destruyen todo
encanto y trastornan la magia de la escena. Lo que en vida de él me
enorgullecía, ahora me hastiaba; lo que en vida de él era plenitud del
amor propio, era ya recelos, suspicacia con vagos asomos de vergüenza.
Si robarle fué mi vanidad y mi placer, heredarle era mi martirio. La
idea de ser otro Carrillo me envenenaba la sangre. La desilusión,
agrandándose y abriéndose como una caverna, hizo en mi alma un vacío
espantoso. No era posible engañarme sobre esto.
Pero aún dudaba yo de la realidad del fenómeno, y decía: «Falta
comprobarlo. No me fiaré de los lúgubres espejismos de mi tristeza.
Vendrán días alegres, y la mujer que fué mi dicha, seguirá siéndolo
hasta el fin de mi vida.»
Dos semanas estuve encerrado. Eloísa me mandaba recados todos los días.
Yo exageraba mi enfermedad, fundando en ella mil pretextos para no
salir de casa. Por fin, una mañana la viuda de Carrillo fué á verme.
Era la primera vez que salía después de la desgracia. Venía vestida
con todo el rigor del luto y de la moda, más hermosa que nunca. Al
verla, no sé lo que pasó en mí. Sentí un frío mortal, un miedo como el
que inspiran los animales dañinos. Sus afectuosas caricias me dejaron
yerto. Observé entonces la autenticidad del fenómeno de mi desilusión,
pues mi alma, ante ella, estaba llena de una indiferencia que la
anonadaba. La miré y la volví á mirar; hablamos, y me asombraba de que
sus encantos me hicieran menos efecto que otras veces, aunque no me
parecieran vulgares. Era un doble hastío, un empacho moral y físico
lo que se había metido en mí; arte del demonio sin duda, pues yo no
lo podía explicar. «Será la enfermedad --me decía para consolarme--.
Esto pasará.» Cierto que yo venía sintiendo cansancio; pero ella me
interesaba al corazón. ¿Cómo ya no me hiere adentro? ¿De qué modo la
quería yo? ¿Qué casta de locura era la mía?... Nada, nada: esto tiene
que pasar.
Seguimos hablando, ella muy cariñosa, yo muy frío. Nuestra
conversación, que al principio versó sobre temas de salud, recayó en
cuestiones de arreglo doméstico. Sin saber cómo, fué á parar al funeral
de su marido. Ella quería que fuese de lo más espléndido, con muchos
cantores, orquesta y un túmulo que llegase hasta el techo. Yo me opuse
resueltamente á esta dispendiosa estupidez. Sin saber cómo me irrité,
corrióme un calofrío por la espalda, subióme calor á la cabeza, y,
palabra tras palabra, me salió de la boca una sarta de recriminaciones
por su afán de gastar lo que no tenía.
--Te has empeñado en arruinarte, y lo conseguirás. No cuentes conmigo.
Ahógate tú sola y déjame á mí. Si crees que voy á tolerarte y á
mimarte, te equivocas... No puedo más...
Ella se quedó lívida oyéndome. Jamás la había tratado yo con tanta
dureza. En vez de contestarme con otras palabras igualmente duras,
pidióme perdón; le faltó la voz; empezó á llorar. Sus lágrimas
espontáneas hicieron efecto en mí. Reconocí que había estado
ridículamente brutal. Pero no me excusé, pues en mi interior había una
ira secreta que me aconsejaba no ceder. Eloísa me miraba con sus ojos
llenos de lágrimas, y en tono de víctima me dijo:
--¿Yo qué he hecho para que me trates así?
Empecé á pasearme por la habitación. Sentía un vivísimo, inexplicable
anhelo de contradecirla, y de sostener que era blanco lo que ella decía
que era negro.
--Es que estoy notando en tí una cosa rara --prosiguió--. ¿Tienes
alguna queja de mí? ¿En qué te he ofendido? Porque desde que entré
apenas me has mirado, y tienes un ceño que da miedo... Hoy esperaba
encontrarte más cariñoso que nunca, y estás hecho una fiera. Eres un
ingrato. ¡Así me pagas lo mucho que te he querido, los disparates que
he hecho por tí y el haber arrojado á la calle mi honor por tí, por
tí...! Algo te pasa, confiésalo, y no me mates con medias palabras. ¿Me
habrá calumniado alguien...?
Con un gesto expresivo le dí á entender que no había calumnia. Secó
ella sus lágrimas, y en tono más sereno me dijo:
--Estas noches he soñado que ya no me querías. Figúrate si habré estado
triste.
Comprendí que mi conducta era poco noble, y me dulcifiqué. Hice
esfuerzos por aparecer más contento de lo que estaba, y le rogué que
no hiciera caso de palabras dictadas por mi tristeza, por el mal de
familia. Insistí, no obstante, en que el funeral fuera modesto, y ella
convino razonablemente en que así había de ser. No quiso dejarme hasta
que no le prometí ir todos los días á su casa, desde el siguiente,
para arreglar las cuentas, ordenar papeles y ver los recursos ciertos
con que contaba. Cuando se fué, halléme más sereno, la veía con ojos
de amistad y cariño; pero no encontraba ya en mí el interés profundo
que antes me inspiraba. ¿Qué me había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Acaso
las raíces de aquel amor no eran hondas? Sin duda no, y él mismo se
me arrancaba sin remover lo íntimo de mi sér. Era pasión de sentidos,
pasión de vanidad, pasión de fantasía la que me había tenido cautivo
por espacio de dos años largos; y alimentada por la ilegalidad, se
debilitaba desde que la ilegalidad desaparecía. ¿Es tan perversa la
naturaleza humana que no desea sino lo que le niegan y desdeña lo que
le permiten poseer? Después de dar mil vueltas á estos raciocinios,
me consolaba otra vez atribuyendo mi desvarío á los pícaros nervios y
á la diátesis de familia... Volverían, pues, mis afectos á ser lo que
fueron, cuando se restableciese mi equilibrio.

II
Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente.
Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con
el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que
me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para
penetrar hasta donde estaba lo importante, tuve que desmontar una capa
enorme de apuntes y notas sobre la _Sociedad de niños_ y otros asuntos
que no venían al caso. Todo lo que había sobre la administración de la
casa era incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos
de su antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á
poco fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que
era ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme
Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de
la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como,
por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado
dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que
había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que
se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos
pertenecientes á la _Sociedad de niños_, y era forzoso restituirlos.
Sin rodeos pinté á mi prima la situación.
--Estás arruinada --dije--. Si no se acude pronto á salvar lo poco que
aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como
alguien no se la dé por caridad.
Ella me oyó atónita. Su poca práctica en el manejo de la hacienda
propia disculpaba el error en que estaba. Después de meditar mucho,
díjome entre suspiros:
--Viviremos con la mayor economía, con pobreza si es preciso. Dispón tú
lo que quieras.
Empecé á desarrollar mi plan. Se suprimirían todos los coches; se
despedirían casi todos los criados que quedaban; se procuraría
alquilar la casa, lo cual era difícil como no la tomase alguna
Embajada. Se venderían los cuadros de primera, los de segunda, y todas
las porcelanas y objetos de arte, las joyas, los encajes ricos, aunque
fuera por el tercio de su valor, ó por lo que quisieran dar; y como
fin de fiesta, la familia se sometería á un presupuesto de sesenta ó
setenta mil reales todo lo más.
--¡Almoneda total! --exclamó la viuda con su mirar hosco clavado en el
suelo.
No necesito decir que una parte de este presupuesto recaería sobre mí,
pues la testamentaría, tal como estaba, no podía contar con nada en un
período de tres ó cuatro años, necesario para desempeñar las rentas.
Y seguí trabajando, para desenredar por completo la madeja económica.
¡Cuántas noches pasé en aquel triste despacho! Me causaba hastío y
pesadumbre el verme allí. Iba notando no sé qué extraña semejanza
entre mi sér y el de Carrillo; y cuando vagaba de noche por los vacíos
salones, para ir al cuarto de Eloísa, donde estaban de tertulia Camila
y María Juana, parecíame que mis pasos eran los del pobre Pepe, y que
los criados, al verme pasar, recibían la misma impresión que si yo
fuera su difunto amo.
Para remachar la bancarrota, el médico nos presentó una cuenta
horrorosa. No había curado al enfermo, ni había hecho más que ensayar
en él diferentes sistemas terapéuticos, sin que ninguno diese
resultado; pero pretendía cobrar quince mil duros por su asistencia de
un año. ¡Escándalo mayor...! Yo estaba volado. Le escribí en nombre
de Eloísa negándome á pagarle. Él se encabritó y amenazó con los
Tribunales. Por fin, después de pensarlo mucho y de consultar el caso
con personas prácticas, llegamos á una transacción. Se le darían ocho
mil duros y en paz. Esta cantidad, y otras que fueron necesarias para
que la casa pudiera hacer su transformación, pues hasta el economizar
cuesta dinero, tuve que abonarlas yo. Pero lo hice en calidad de
adelanto sin interés, para reintegrarme conforme entrara en orden la
testamentaría.
Y Eloísa me decía con efusión:
--En tus manos me pongo. Sálvame y salva á mi hijo de la ruina.
¿Cómo resistirme á este deseo, cuando ella había sacrificado su
honor á mi orgullo? Y su honor valía bastante más que mis auxilios
administrativos y pecuniarios. Al mismo tiempo, yo quería tanto
al pequeño, que por él solo habría hecho tal sacrificio aunque no
estuviese de por medio su madre.
Obligáronme, pues, mis quehaceres en la casa á una intimidad que
verdaderamente no me era ya grata. Cada día surgían cuestiones y
rozamientos... Mi prima y yo estábamos siempre de acuerdo en principio;
pero en la práctica discrepábamos lastimosamente. Entonces ví más clara
que nunca una de las notas fundamentales del carácter de Eloísa, y era
que cuando se le proponía algo, contestaba con dulzura conformándose;
pero después hacía lo que le daba la gana. Sus palabras eran siempre
dóciles, y sus acciones tercas. Sin oponer nunca resistencia directa,
ni dar la cara en su sistemática autonomía, llevaba adelante el
cumplimiento de su voluntad con acción lenta, sorda, astuta,
resbaladiza. Esto se vió en aquel caso importantísimo de las economías.
Cuando se trataba de ellas verbalmente, todo era conformidad, palabras
suaves y zalameras. «¡Oh! sí, es preciso... Estoy á tus órdenes... Me
haré un vestido de hábito para todo el año...» Pero en la práctica,
todo esto era un mito, y las economías se quedaban en _veremos_...
Siempre había aplazamientos; surgían dificultades inesperadas... Ni la
casa se desocupaba para alquilarla, ni se reducía el gasto doméstico á
la mínima expresión. No parecía comprador para los cuadros. Al fin se
vendieron los zafiros; pero con el producto de ellos, Eloísa adquiría
perlas. Lo supe por una casualidad, y cambiamos palabras duras. Ella
me dió la razón... ¡siempre lo mismo! pero las perlas, compradas se
quedaron... «El mes que entra dejo la casa y se hará la almoneda. Seré
obediente... soy tu esclava.» Tantas veces había oído esto, que ya no
lo creía.
Ya no se invitaba á nadie á comer; pero poco á poco iba naciendo un
poquito de tertulia de confianza en el gabinete de Eloísa, á la cual
concurrían Peña, Fúcar y Carlos Chapa. Entre tanto, los aflojados lazos
se apretaron, trayéndome la triste evidencia de que mi frialdad no era
obra de los malditos nervios, sino que tenía su origen en regiones
más profundas de mi sér. Se manifestaba principalmente en la falta de
estimación, y en que mis entusiasmos eran breves, siempre seguidos de
aburrimiento y de amargores indefinidos. Por algún tiempo llegué á
creer que este fenómeno mío se repetiría en ella; pero no fué así. La
viudita me mostraba el cariño de siempre; hasta se me figuró advertir
en aquel cariño pretensiones de depuración, de hacerse más fino, más
ideal, por lo mismo que se acercaba la ocasión de legitimarlo. Esto
me daba pena. Diferentes veces había hecho ella referencia á nuestro
casamiento, dándolo por cosa corriente. No se hablaba de él en términos
concretos, como no se habla de lo que es seguro é inevitable. Yo ¡ay
de mí! pasaba sobre este asunto como sobre ascuas, y cuando Eloísa
aludía al tal matrimonio, hacíame el tonto: no comprendía una palabra.
Me entusiasmaba poco aquella idea; mejor dicho, no me entusiasmaba
nada; quiero decirlo más claro, me repugnaba, porque bien podían mis
apetitos y mi vanidad inducirme á conquistar lo prohibido; pero ser yo
la prohibición... ¡jamás!


XV
Refiero cómo se me murió mi ahijado y las cosas que pasaron después.

I
Durante una semana estuve distraído por pesares que no vacilo en
llamar domésticos. El niño de Camila, mi vecina, se puso tan malito,
que daba dolor verle y oirle. Cubriósele el cuerpo de pústulas. Todo
él se hizo llaga lastimosa. Martirio tan grande habría abatido la
naturaleza de un hombre, cuanto más la de una tierna criatura que no
podía valerse. Admiré entonces la perseverancia del cariño materno de
Camila, y además una cualidad que yo no sospechaba existiese en ella,
el valor; esa energía inflexible en el cumplimiento de las acciones
pequeñas y obscuras, que sumadas dan una resultante de que no sería
capaz tal vez cualquiera de los héroes públicos que yacen debajo de un
epitafio. El mundo me había dado á mí muchas sorpresas; pero ninguna
como aquélla. Francamente, no creí que una mujer que me pareció tan
imperfecta y llena de feos resabios, desplegase tales dotes. Siete
noches seguidas pasó la infeliz sin acostarse, con el pequeñuelo sobre
su regazo, amamantándole, arrullándole, curándole las ulceraciones de
su epidermis con un esmero y una paciencia que sólo las madres de buen
temple saben tener. Constantino y yo veíamos con pena tanta abnegación,
temiendo que enfermara; pero su potente organismo triunfaba de todo.
Eloísa y su madre la instaban á que buscara un ama para que el chico
no la extenuase, pues en sus postrimerías Alejandrito era voraz y no
se hartaba nunca. Pero Camila esquivaba disputar sobre este punto, y
no quería que le hablaran de nodrizas. Estaba decidida á salvarle ó á
sucumbir con él. Ella era así: ó todo ó nada. Tenía el capricho de ser
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