Lo prohibido (novela completa) - 07

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reducida á impalpable esencia, cuando no la subía al entrecejo para
darle allí vida febril, haciéndola compañera de mis soledades. Las
noches de insomnio, las madrugadas de inquieto sueño, los días tristes
alambicaban mi querencia poniéndome en estado de hacer tonterías de
mozalbete si se hubiera presentado ocasión de ello. No las hice, porque
Dios no quiso. Pero estaba dispuesto á todo, hasta á volverme romántico
y _wertheriano_, á pesar de que los tiempos son tan poco propicios para
que un hombre se ponga en semejante estado.
Una tarde del mes de Marzo nos encontramos casualmente en la calle.
Ambos nos turbamos. Nos veíamos diariamente en la casa sin experimentar
turbación, y en la calle, solos, al darnos las manos, parecía que
temblábamos por tal encuentro y que habríamos deseado evitarlo. Iba yo
hacia el Banco de España, ella á casa de una amiga. Nos separamos. Sin
darnos cuenta de ello, por medio de una sencilla pregunta semejante á
esas que se hacen por decir algo y de una respuesta más sencilla aún,
nos dimos cita para aquella tarde en la casa de la calle del Olmo.
Vinieron los sucesos impensada y tontamente, con ese canon fatal que
equipara en el orden de la realidad las cosas más triviales á las más
graves y de más peligrosa transcendencia. Las cuatro serían cuando
entré en la casa. No había nadie de la familia más que Eloísa. No
tuve que llamar. La puerta estaba abierta, y un operario arreglaba la
entrada del gas. Sentí martilleo en las habitaciones interiores, y
al pasar junto á una puerta, oí la conversación de unas mujeres que,
sentadas en el suelo, estaban cosiendo alfombras. Parecióme que yo me
introducía invisible, como el gas, pasando por escondidos, angostos y
callados tubos.
Avancé. Bien sabía yo á dónde iba. Tan seguro estaba de encontrarla
como de la luz del día. Después de atravesar dos salones, ví á Eloísa
de espaldas. Estaba repasando una colección de estampas puesta en
voluminosa carpeta. Acerquéme á ella de puntillas; mas aún no estaba á
dos pasos de su hermosa figura, cuando sin volverse dijo esto:
--Sí, ya te siento; no creas que me asustas...


IX
Mucho amor (¡oh, París, París!), muchos números y la leyenda de las
cuentas de vidrio.

I
A la semana siguiente, instalóse mi prima en su nueva casa. Un día
antes de mudarse, estuvo en la mía por la tarde, en ocasión que yo
me encontraba solo. Hablamos atropellada y nerviosamente de las
dificultades que nos cercaban; ella temía el escándalo, parecía
muy cuidadosa de su reputación y aun dispuesta á sacrificar el
amor que me tenía por el decoro de la familia. Manifestaba también
escrúpulos religiosos y de conciencia, que yo acallé como pude con
los argumentos socorridos que nunca faltan para casos tales. En
ninguna de las conversaciones de aquellos días nombrábamos jamás
á Carrillo. Unicamente hizo Eloísa alguna tímida referencia á la
equivocación lamentable de su casamiento. Fué, más que una ceguera de
ella, terquedad de su mamá y tontería de su papá... No tenía ella,
no, toda la culpa de su falta. ¡Pícaro mundo! ¿Por qué no vine yo
antes á Madrid? Y ya que no vine antes, cuando hubiera sido ocasión de
casarnos, ¿por qué vine después, cuando ya el conocerme la había de
hacer tan desgraciada? En resumidas cuentas, yo tenía toda la culpa...
Pero ya, ¿qué remedio...? La atracción que á entrambos nos había
unido era más fuerte que todas las demás cosas del alma. Imposible
luchar contra ella... ¡Pero el escándalo, la pérdida de la reputación,
el murmullo de la gente, su hijo... el pobre _barbián_, que cuando
creciera oiría decir que su mamita no había sido buena, como deben
serlo todas las mamás!... Las delicias de amar por vez primera y única
eran acibaradas por aquella zozobra punzante, por aquel miedo al _qué
dirán_, por el presentimiento de catástrofes y desventuras que es la
sombra fatídica que se hace á sí misma la vida ilegal.
Y otra cosa... ¿Cómo, dónde y cuándo nos veríamos?... Porque pensar
que podría transcurrir una semana sin vernos á solas, era pensar en la
eternidad de la desdicha humana. Sobre esto hablamos largamente y con
cierto ahogo, sin que yo pueda precisar ahora cuáles conceptos salieron
de su boca, cuáles de la mía, cuáles de entrambas á la vez y como en
un solo aliento. «Nos veríamos en su casa...» «No, no: en la mía...»
«No, no: en otra...» «¿Dónde?...» «Pues nos daríamos cita en tal ó cual
parte...» «Yo arreglaría una casita muy cuca...»
La felicidad que me embargaba y que juntamente significaba amor,
idealismo y satisfacción del amor propio, era demasiado grande para
que yo pudiera encerrarla en el secreto de mi alma. No quería yo el
escándalo; mi moral era aún bastante remilgada para enseñarme lo que
debemos al decoro; la publicidad érame antipática; pero, con todo, mi
ventura me ahogaba hinchándome el pecho, sin duda por la parte que la
vanidad tenía en ella. Erame forzoso mostrar á alguien mis bien ganados
laureles; yo buscaba tal vez, sin darme cuenta de ello, un aplauso
á la secreta aventura. Con nadie podía tener una confianza delicada
como con Severiano Rodríguez, amigo mío muy querido de toda la vida.
Conocía su discreción. Él me guardaría mi secreto como yo le guardaba
los suyos. También Severiano estaba enredado con una señora casada;
sólo que esto era tan público en Madrid como la Bula. Contéle, pues,
todo, y no se sorprendió. Se lo temía el muy pillo. Díjome, con aquél
su estilo figurativo y genuinamente andaluz, que era inútil quisiera yo
hacer el _niño del mérito_, guardando una reserva que era lo mismo que
poner persianas al viento; que no intentara trastear al público, que es
animal de mucho _quinqué_, y, por fin, que los tiempos de notoriedad
que corremos hacen imposible el tapujito, lo que viene á ser una
ventaja de nuestra edad sobre las precedentes.
Razón tenía mi amigo. Dos meses después, advertí que mi secreto había
dejado de serlo para muchas personas, aunque las conveniencias seguían
guardándose con la mayor escrupulosidad. El amor por una parte, con
la dulzura de sus goces prohibidos; la vanidad victoriosa por otra,
mantenían mi espíritu en estado de tensión incesante. Yo no cabía en
mí de gozo. Me sentía ya capaz, no sólo de locuras románticas, sino
aun de las mayores violencias, si alguien osara disputarme aquel bien
que consideraba eternamente mío. Eloísa me esclavizaba con fuerza
irresistible. Su tenaz cariño era pagado liberalmente por mí con
exaltada pasión, con estimación, hasta con respeto, con todo lo que el
corazón humano puede dar de sí en su variada florescencia afectiva.
Y en cierto modo me recreaba en ella como si fuera algo, no sólo
perteneciente á mí, sino hechura de mi propia pasión. Porque sí: Eloísa
era más hermosa desde que estaba en relaciones conmigo; como mujer
valía más, mucho más que antes. Su elegancia superaba á los encomios
que hacía de ella la lisonja. Desde que se instaló en su nueva y
primorosa vivienda, parecía que había subido de golpe al último grado
de esa nobleza del vestir, que no tiene nombre en castellano. Todas las
seducciones se reunían en ella. Y yo... ¡para que vean ustedes cómo me
puse!... la miraba como miraría el artista su obra maestra. No es esto,
no, lo que quiero decir: mirábala como una planta que yo había regado
con mi aliento, abrigado con mi calor y fertilizado con mi dinero,
criándola para goce mío y recreo de la vista de los demás.
Francamente, en mi cerebro había algo anormal, un tornillo roto, como
gráficamente decía mi tío al descubrir las variadas chifladuras de la
familia. Yo no estaba en mí en aquella época; yo andaba desquiciado,
ido, con movimientos irregulares y violentos, como una máquina á la
cual se le ha caído una pieza importante. De tal modo estaba alterado
mi equilibrio, que á cada momento lo daba á conocer. Si no hacía cosas
ridículas, era porque conservaba muy vivo el respeto exterior de mí
mismo; pero decía majaderías, como las que antes, en boca de otros, me
habían hecho reir mucho.
Con la familia me hallaba algo cohibido. Temía que el tío se enfadase,
que mi tía Pilar me echase los tiempos por la situación poco decorosa
en que yo había puesto á su hija. Pero ninguno se dió por entendido.
O no lo sabían, ó lo disimulaban. Raimundo y María Juana tampoco
chistaban. Sólo Camila se permitió algunas reticencias, de que no
hice caso. Toda la familia me trataba de la misma manera, con el
mismo afecto y cortesía, y yo, agradecido á esta condescendencia
natural ó estudiada, les correspondía redoblando con respecto á ellos
mi generosidad. Era ésta en mí como una corruptela para comprar su
tolerancia, ó subvención otorgada á su silencio. No cesaba, pues, de
hacer regalitos á mi tía, algunos de consideración; daba cigarros y
dinero á Raimundo; compré un piano á Camila, pues el que tenía estaba
ya asmático, y á todos les obsequiaba un día y otro con palcos ó
butacas en los principales teatros.
Pero mis arranques más costosos eran para Eloísa, á quien
constantemente daba sorpresas, añadiendo á sus colecciones objetos
diversos, ya un cuadrito de buena firma, ya un caprichoso mueble,
antigüedad de mérito ó primorosa alhaja de moda. Grande era mi gozo
cuando observaba el suyo al recibir el presente. A veces me reñía,
ponía morros por aquel afán mío de gastar el dinero tan sin substancia.
Nunca me pedía nada; pero muy á menudo la observé como atontada
pensando en algún objeto recientemente exhibido en las tiendas de
lujo. Tenía momentos de entusiasmo suponiéndose poseedora de él, ratos
de tristeza considerándose incapaz de poseerlo. Precisaba calmar esta
exaltación con la única medicina eficaz, la compra del pícaro objeto.
Este era bien un jarrón japonés de la fábrica imperial, con la pátina
antigua, ó un par de tibores de _Sachsuma_. Era á veces el motivo de
sus ansias una delicada pieza de Wedgwood ó una credencia de ébano
y marfil. A esto añadí, por Mayo, una berlina de Binder y un piano
media-cola de Erard; pero ningún capítulo subía tanto como el de
alhajas, pues por el collar de perlas, la _rivière_ de brillantes, una
pulsera de _ojos de gato_, una rosa suelta y varias chucherías, me dejé
en casa de Marabini quince mil duritos.

II
Llegó el verano. La familia de mi tío tenía casa tomada en San Juan de
Luz. Eloísa fué con su marido á Biarritz, de donde pasarían á París á
consulta de médicos. En París me planté yo, para esperarles, y no tuve
tiempo de impacientarme, pues mi prima acudió puntual á la cita. El
pobre Pepe estaba delicadísimo y no podía invertir su tiempo más que
en dejarse ver y examinar de las eminencias médicas, en someterse á
tratamientos fastidiosos y en pasear algún rato, absteniéndose de salir
de noche y de todo regalo en las comidas. Vivían en el Hotel de la
calle de _Scribe_. Yo estaba, como siempre, en el de _Helder_. Fácil
nos era á mi prima y á mí vernos y citarnos en la ilimitada libertad
parisiense y aun hacer algunas excursiones cortas á las inmediaciones.
En los cuatro días que Carrillo estuvo sin más compañía que la de un
camarero, en los baños de Enghien, disfrutamos los pecadores de una
independencia que hasta entonces no habíamos conocido. Eloísa iba á
mi hotel. Estábamos como en nuestra casa, libres, solos, haciendo lo
que se nos antojaba, almorzando en la mesilla de mi gabinete, ella sin
peinarse, á medio vestir; yo vestido también con el mayor abandono;
ambos irreflexivos, indolentes, gozando de la vida como los seres más
autónomos y más enamorados de la creación. En nuestros coloquios,
amenizados por constante reir, nos comparábamos con las dichosas
parejas del barrio latino, el estudiante y la griseta, el pintor y su
modelo, viviendo al día con dos ó tres francos y una ración inmensa de
amor sin cuidados. Nosotros éramos mucho más felices porque teníamos
dinero y podríamos paladear mejor tanta dicha. Para gozar á nuestras
anchas de la libertad parisiense, tomábamos el tren en San Lázaro y
nos íbamos á San Germán, almorzábamos en la Terraza, paseábamos por
el bosque, corríamos, nos acostábamos sobre la hierba... ¡Qué horas
tan dulces! Como quien se contempla en un espejo, nos recreábamos en
las muchas parejas que veíamos semejantes á nosotros. Componíanse
de algún extranjero, ávido de echar una cana al aire, y de alguna
_bulevardista_, por lo general de buen parecer y modales un tanto
desenvueltos. En otras parejas se advertía una confianza, una intimidad
que no son propias de las relaciones de un día. Eran amantes, como
nosotros, que hacían una escapatoria como la nuestra, para burlar
con delirante satisfacción la insoportable vigilancia de las leyes
divinas y humanas. Veíamos hombres de semblante inquieto y fatigado;
mujeres guapas, guapísimas, vestidas con una elegancia que cautivaba á
Eloísa. Esta se fijaba en la manera de vestir de aquella gente, y en la
originalidad de sus atavíos. Eran como anuncio vivo de los modistos,
que por tal procedimiento hacían público reclamo de las novedades de la
estación próxima.
Por la noche nos metíamos en los teatros y cafés cantantes más
depravados. Era preciso verlo todo, sin perjuicio de ir por la
mañana á las misas aristocráticas de la Magdalena y de la _Capilla
Expiatoria_... El resto del día lo empleábamos en las tiendas. Eloísa
quería surtirse con tiempo de muchas cosas que en Madrid habían de
costarle el doble. Compraba, pues, por economía. Los grandes almacenes
y los establecimientos más de moda recibían nuestra visita. También
solía llevarme á casa de los célebres anticuarios de la calle Real, y á
los depósitos de artículos de China, Persia, Japón y Siam. Lo japonés
abundaba poco en Madrid todavía, mientras que en París estaba al
alcance de todas las fortunas. ¿Cómo no apresurarse á llevar un surtido
de telas, vasos, estantillos, dos ó tres biombos, lacas, y hasta
las ínfimas baratijas de papel y cartón que declaran el maravilloso
sentimiento artístico de aquella gente asiática, sólo igualada por la
clásica Grecia? Al propio tiempo la señora de Carrillo no podía, ya
que felizmente estaba en la capital de la moda, dejar de equiparse
para el próximo invierno. Su amor propio pedíale no ser de las últimas
en la introducción de las novedades, mejor dicho, la incitaba á ser
la primera. En casa de Worth se encontró á la de San Salomó; á donde
quiera que iba tropezaba con la siempre inquieta y bulliciosa marquesa,
y esto mismo estimulaba en mi prima los deseos de superarla. Cada una
quería hacer pinitos sobre la otra, anticipándose á llevar á Madrid lo
mejor, lo más bonito y nuevo... Pronto perdí la cuenta de las cajas que
mi primita expidió para Irún en los últimos días de Septiembre.
Pero á falta de este dato, otros más exactos me permitían apreciar
numéricamente los entusiasmos de Eloísa. En la primavera anterior había
ordenado yo á mi banquero de París que me vendiera los títulos de 4½
por 100 que tenía en su poder, cuyo valor ascendía próximamente á unos
ciento setenta y cinco mil francos. Era mi intención traer á España
aquel dinero para emplearlo con otras sumas en inmuebles urbanos ó en
los títulos creados por Camacho. Cuando fuí á París, Mitjans había
hecho la venta y tenía en su caja, á disposición mía, el líquido de
la realización. Díjele que lo retuviese en su casa, que yo tomaría
para mis gastos lo que necesitara, y el resto me lo daría en letras
sobre Madrid á la conclusión de la temporada. Tales sangrías dí á
aquel depósito, que cuando fuí á liquidar, sólo me restaban siete mil
francos, que Mitjans me dió en una carta-orden. Y no paró aquí mi
desgracia, pues el día de la marcha sobrevinieron no sé qué olvidadas
cuentas de mi prima Eloísa, y tuve que ir á última hora, echando los
bofes, á casa de Mitjans á pedirle un préstamo de cuatro mil francos
para poder volver á España.
Este acontecimiento causóme sobresalto. Era la primera vez en mi vida
que me sorprendía en flagrante delito contra las augustas leyes de la
Aritmética. Hasta entonces mi mente no había sufrido una distracción
tan profunda y sostenida. En las ocasiones de mayor ceguera había
percibido siempre la salvadora claridad de los números; que de algo
¡vive Dios! habían de valerme los quince años pasados en el saludable
ejercicio mental de un escritorio. ¿Y unos cuantos meses de loco
desatino podían destruir los efectos de mi educación económica?
No, seguramente no. Mi espíritu, habituado á la contabilidad,
resurgía valiente, sacudía la modorra, trataba de romper la nube de
la ofuscación que lo envolvía con efectos semejantes á los de un
narcótico. Ví la clara imagen de la diosa Cantidad, alta, severa,
con una luz en la mano que al modo de faro me alumbraba para que no
naufragase.
Fuí educado en los negocios y respiré en mi niñez el aire espeso,
sombrío de la práctica Inglaterra, que con el humo que introduce en
nuestros pulmones parece que nos infiltra en el cuerpo la costumbre
de la exactitud en todas las cosas. Mi juventud desarrollóse también
en la gimnasia de la cantidad, así como la de otros crece en los
placeres frívolos. Yo tenía, pues, en mí una virtualidad redentora, el
_tanto_, el verbo inglés, dócil á las órdenes de mi razón; el número,
sí, no menos grande y fecundo que la idea, como energía anímica. Al
verificarse en mí aquel despertamiento, halléme en terreno firme y
dije con resolución: «No, niña mía, esto no puede seguir así.»

III
En Madrid traté de poner orden en mis asuntos. A fines de Octubre,
pasóme el Banco el extracto de mi cuenta corriente y ví que apenas
me quedaban unas dos mil pesetas. Había gastado ya toda mi renta del
año, cuando en los precedentes apenas había llegado á la mitad, y con
la otra mitad aumentaba mi capital. En aquellos días recibí de Jerez
varias letras y algún papel de Londres.
Eran el tercer plazo anual de mis arrendamientos y un residuo de
la venta de existencias. Había pensado yo destinar este dinero á
consolidación de capital; pero no pudo ser porque tuve que enviarlo
á mi cuenta corriente del Banco para los gastos del último trimestre
de 82. Una breve operación me dió á conocer que mi fortuna había
disminuído aquel año en muy cerca de noventa mil duros. ¡Cosa singular!
Yo tenía, durante las embriagueces de aquel año, vagas nociones de
esta cifra negativa; pero no me causó temor hasta que la ví salir
de la punta de la pluma en infalibles guarismos. Me parecía mentira
que tal suma hubiera sido espolvoreada por mí en diversas tiendas de
París y Madrid; y no obstante, bien cierto era. Lo hice sin darme
cuenta de ello, ciego y alucinado, olvidando esa admirable función del
espíritu que llamamos sumar, y atento sólo á los aguijonazos de la
voluptuosidad y del amor propio.
A lo hecho, pecho. Aunque felizmente había abierto los ojos al _tanto_,
reintegrándome en el equilibrio de mi sér, por un lado concupiscente,
por otro positivista, mi desvarío por Eloísa no había mermado en lo más
mínimo. Más prendado de ella cada día, pensé en llevar procedimientos
de regularidad económica á lo que moralmente era tan irregular. El
orden parecíame digno de ser implantado en los dominios del vicio,
y yo me imponía el deber de intentarlo y me hacía la dulce ilusión
de conseguirlo. Cavilaciones numéricas entristecían mis noches y mis
mañanas, pues el hondo interés que me inspiraba Eloísa hacíame ver
nubes muy negras en el porvenir de la casa de Carrillo. En cuanto á mi
fortuna, que hasta entonces había sido pingüe, sólida y muy saneada,
hice propósito firmísimo de defenderla á todo trance de los lazos que
mi propia pasión le tendía. A pesar de lo firme del propósito, vivas
inquietudes me atormentaban en presencia de aquel querido edificio
económico, al cual se le acababan de abrir grietas muy profundas.
Pensando siempre en mi prima, no cesaba de hacer cálculos sobre el
presupuesto de su casa, que me parecía muy desconcertado. Con aquella
exactitud que debía á mis hábitos de contabilidad, aprecié lo que había
importado la instalación, los ricos muebles y costosos caprichos de
Eloísa. Sin escribir un guarismo, calculé el gasto aproximado de la
casa, alimentación, cocheras, servidumbre, teatros, modista, viajes de
verano, menudencias é imprevistos. No, no: no cabía esto dentro de la
cifra de veinte mil duros anuales. Para cerciorarme, levanté columnas
de números, y no, no salía. El pasivo del primer año era enorme,
abrumador, y unido á la instalación me daba el resultado tristísimo
de que los señores de Carrillo se habían comido ya la cuarta parte
del capital heredado. Por mucho que estirara yo los ingresos sobre
el papel, forzando los productos de las dehesas de Navalagamella y
Barco de Avila, engrosando los alquileres de las tres casas de Madrid
y añadiendo á todo el cupón de las obligaciones de Banco y Tesoro, no
podía pasar de tristes siete mil duros. ¡Y tan tristes!... Como que
lloraban por los míos, y me los querían llevar.
Lo peor de todo fué que en aquel otoño Eloísa montó la casa con más
lujo, tomó más criados, hizo reformas en el edificio, anunciando que
iba á dar comidas todos los jueves. Era preciso hablarle claramente
y arrancar aquella mordaza que el amor me ponía. Una tarde, solos en
nuestro escondite, le hablé el lenguaje sincero y leal de los números.
¡Cómo esquivaba el tema la muy pícara; cómo se escapaba, culebrosa y
resbaladiza, cuando ya la creía tener bien cogida! Por fin se mostró
conforme con mis ideas, y penetrada del buen sentido de las cosas.
Sí: era preciso moderarse, porque el porvenir... Invirtióse la tarde
en cálculos, en proyectos de economía y reducción de inútiles gastos.
A los pocos días volví á mi fiscalización con nuevo empeño. No pude
obtener que me expusiera en términos exactos su presupuesto. Siempre
embrollaba las cifras y las desfiguraba, haciendo un lamentable abuso
de la aplicación de los ceros. Por fin, tras pesadas insinuaciones
mías, me confesó que tenía algunas deudas.
--Te las pago todas --le dije con efusión-- si me juras que no volverás
á contraerlas y que serás juiciosa y arreglada.
Y el juramento se hacía poniendo por testigo á Dios; y se celebraba el
convenio con abrazos y ternuras; y las deudas se pagaban y se volvían á
contraer, como árbol que más vigorosamente retoña cuanto más se le poda.
--Ahora no me echarás la culpa á mí --me dijo una tarde--. Es Pepe el
que gasta. Ayer he tenido que sacarle de un gran apuro. Sin que yo
lo supiera ha tomado seis mil duros, dando en fianza la casa de la
calle de Relatores... No, no me mires así, con esos ojos de terror...
Pepe es muy bueno, y no le puedo contrariar. Desde que es senador no
ha vuelto á poner los pies en el _Veloz_. No tiene ningún vicio, no
juega, no mantiene queridas; ni siquiera fuma. Pocos hombres hay tan
ejemplares como él. Preguntarás que en qué se le va tanto dinero; voy á
contestarte inmediatamente. Primero: el periódico, ese dichoso _órgano
del partido_, que yo leo para combatir los insomnios. No sé cómo Pepe,
que tiene talento, emplea su dinero en hacer de Galeoto entre la
Democracia y el Trono, sabiendo que esa señora y ese caballero no se
han de casar, y lo más, lo más, harán lo que hacemos nosotros, quererse
á espaldas de la ley... Segundo: Pepe se me ha vuelto tan benéfico, que
no sabes lo que me gasta en socorro de emigrados, en la _Sociedad de
niños_... Te aseguro que es un dolor...
Para mí lo era, y no flojo, pues por la concatenación de las cosas, me
dolían horriblemente los bolsillos cada vez que el marido de aquella
señora ganaba un nuevo título para la bienaventuranza eterna.
Otras veces, en las horas de criminal soledad, nuestras lucubraciones
económicas tomaban un giro fantástico y extravagante. Como el líquido
puesto al fuego hierve y crece, yo, sometido á las altas temperaturas
del amor, deliraba. Pero no era mi delirio, como el de los poetas,
visión de flores, nubecillas y formas helénicas. Era más bien una
fermentación de los números que tenía metidos en la cabeza. Las cifras
de reales, francos y libras que pasaron por mi mente en quince años,
volvían todas juntas, agrupándose como en las cerradas columnas de
los libros de partida doble, separándose y revolviéndose como las
cantidades desgarradas en la cesta de papeles rotos. ¡Poseer millones
de millones!... ¡Que mis reales se me volvieran libras esterlinas de la
noche á la mañana!... ¡Que los ceros se agruparan junto á las unidades
formando esas filas nutridas, cuya vista ensancha el alma! «Entonces,
gata bonita, tendrías un palacio mejor que el de Fernán-Núñez y el de
Anglada juntos; tendrías un lecho de plata, como el de la esposa de
un _rajah_; tendrías un _yacht_ para viajar por el Mediterráneo y un
tren _Pullmann_ para recorrer el Continente. Te compraría el Rembrandt,
el Murillo, el Veronés que salieran á la venta al deshacerse la
galería de algún principote alemán; y para tí trabajarían Meissonier,
Pradilla, Alma Tadema, Domingo, Muncaksy y lo más granadito de Europa.
Aprovechando las buenas ocasiones, te compraría los vestigios de las
grandes casas, la armadura que llevó el duque de Alba, la espada de
Boabdil, los tapices de los Reyes Católicos con el _Tanto Monta_, y
los yugos y flechas, y esas casullas de catedral que van á parar en
forros de sillas, y esos libros de vitela cuyas hojas se convierten
en abanicos, y cajas de oro, y Cristos de marfil como el que tiene
Rothschild, y el jarrón de Fortuny, y la espada de Bernardo, y la
biblia de María Estuardo, y el vaso de plata de Napoleón. El arte más
sublime, la industria más hábil y los objetos de valor histórico,
despojos que se le caen á la Historia en su marcha, serían para que tú
jugaras con ellos y te relamieras de gusto mirándolos... Serías más
rica que la duquesa de Westminster, la cual lo es más que la reina
Victoria, emperatriz de las Indias.»
Como en esta dirección el desvarío no podía ir más allá, Eloísa, para
hacer juego, deliraba en sentido contrario. ¡Ser pobre! No tener nada;
vivir juntos y solos, completamente exentos de necesidades sociales, en
un país apartado, fértil, bonito, donde no hubiera frío, ni calor, ni
ciudades, ni civilización... No tener más que un albergue rústico, y
que nuestra despensa estuviera colgada de los árboles... No beber más
que agua clara... Vestirse sencillamente, tan sencillamente, que todo
el guardarropa quedara reducido á un simple túnico talar... Nada de
calzado, nada de sombrero, nada de esos horrores que llaman guantes,
corbatas y alfileres... No gozar de más espectáculos que los del
cielo y la vegetación; no oir más música que la de los pájaros; no
ver más espejos que la corriente de los ríos; no tener idea de lo que
es un coche, ni una tarjeta de visita, ni una esquela de invitación,
ni una cuenta de modista... Desconocer la escritura y la lectura; y
en cuanto á religión, celebrar la misa con una hoguera, un par de
cánticos, un haz de flores, delante de los panoramas preciosísimos de
la Naturaleza... Y en medio de esto, el amor, mucho amor, muchísimo
amor; ella y yo siempre juntos, siempre solos, siempre jóvenes y nunca
cansados de mirarnos y de querernos...
Creo que mis carcajadas se oían desde la calle. El delirio de Eloísa,
que era el rebote del mío, me produjo una hilaridad tal, que ella se
apresuró á taparme la boca, alarmada de mis gritos.
--Calla, tonto... No escandalices.
No sé si lo soñé ó lo pensé. Debí de quedarme dormido y ver á Eloísa
en aquel pergenio rústico y salvaje, hecha una señora Eva, en el país
de abanico más relamido que se podía imaginar. Ella era feliz con su
túnico, no sé si de verdes lampazos ó de alguna tela inconsútil. No
conocía la ambición ni el lujo; era toda inocencia, salud, dicha. Sus
diamantes eran las estrellas, sus galas las flores, sus espejos los
lagos, su palacio la bóveda azul de los cielos... Pero un día la señora
Eva alcanza á ver á un sér extraño y desconocido que se aparece en
aquel delicioso rincón del mundo donde sólo habitamos ella y yo. Esta
tercera persona es el demonio, la tentación, el elemento dramático que
viene á emporcar nuestro idilio. No se ofrece á las miradas de la
señora Eva en forma de serpiente, ni usa para perderla el ardid aquél
de la manzana. ¡Quiá! Es un viajero, un náufrago que acaba de arribar
á aquellas playas, y para trastornar el seso á mi mujer, le muestra
una sarta de cuentas de vidrio. Las ganas de adornarse con ellas
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