Lo prohibido (novela completa) - 02

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trocado su cariño en odio implacable, le puso un apodo que por suerte
no ha prevalecido sino en el círculo de los envidiosos. Recordando
que al padre de Cristóbal se le conocía hace cuarenta años por _el
ordinario de Astorga_, dió aquella mala lengua en llamar á María Juana
_la ordinaria de Medina_.
En cuanto al mérito intelectual de ésta, bastaba tratarla un poco
para descubrir en ella ideas muy juiciosas; por ejemplo: dar más
valor á las satisfacciones de una conducta honrada que á los vanos
éxitos de la vida oficial; preferir los moderados goces de una fortuna
bien distribuída á los regocijos escandalosos con que algunas casas
ocultan sus trampas y su ruina. De sus conversaciones se desprendía un
tufillo puritano, una filosófica reprobación de las farsas sociales,
guerra sorda á los que suponen más de lo que son y gastan más de lo
que tienen. Pagaba su tributo á la sátira corriente, que se ha hecho
amanerada de tanto pasar y repasar por labios españoles, quiero decir,
que daba curso á esas resobadas frases que parecen un fenómeno
atmosférico, porque las hallamos diluídas en el aire de nuestro aliento
y en las ondas sonoras que nos rodean: «¡Oh! si aquí se trabajara; si
no hubiera tanto vago, tanto noble arruinado que vive del juego, tanto
abogadillo cesante ó ambicioso que vive de las intrigas políticas...»
Debo añadir que María Juana había adquirido, no sé si en libros ó en
algún periódico, ciertas menudencias de saber político, religioso y
literario, que eran la admiración mayor de todas las admiraciones que
su marido tenía por ella. El amor de Medina principiaba en ternura y
acababa en veneración, motivada sin duda por la superioridad de ella en
todos los terrenos. Tenía este matrimonio muchas y buenas relaciones.
¿Cómo no tenerlas si eran ricos, cuando hasta los más necesitados y
humildes se codean aquí con los poderosos, con tal que sepan envolver
su miseria en el paño negro de una levita?

V
Mi prima Eloísa era tan guapa como su hermana mayor, y mucho, pero
mucho más linda. María Juana era una belleza marmórea; mas Eloísa
parecióme obra maestra de la carne mortal, pues en su perfección física
creí ver impresos los signos más hermosos del alma humana: sentimiento,
piedad, querer y soñar. Desde que la ví me gustó mucho, y la tuve
por mujer sin par, lo que todos soñamos y no poseemos nunca, el bien
que encontramos tarde y cuando ya no podemos cogerlo, en una vuelta
inesperada del camino. Cuando ví aquella fruta sabrosa, otro la tenía
ya en la mano y le había hincado el diente.
Al poco tiempo de tratarla mis simpatías se avivaron, y me confirmé
en la idea de que sus hechizos personales eran simplemente el engaste
de mil galas inestimables del orden espiritual. Figuréme hallar en su
cara no sé qué expresión de dolor tranquilo, ó bien cierto desconsuelo
por verse condenada á la existencia terrestre. Parecía estar diciendo
con los ojos: «¡Qué lástima que yo sea mortal!» Al menos así me lo
hacía ver mi exaltada admiración. Pronto creí notar en ella un gusto
exquisito, un discernimiento admirable para juzgar casi todas las
cosas, sin pedantería ni sabiduría, tan natural y peregrinamente como
cantan los pájaros, no entendiendo de música. Igual admiración me
produjo el sentido práctico que á mi parecer mostraba en las cuestiones
y disputas con su mamá y hermanas. Quizás estaba yo alucinado al creer
que Eloísa tenía siempre razón.
La diligencia con que sabía atender al aseo, al arreglo y á la
apropiada colocación de todas las cosas, me cautivaba más. A medida que
iba yo teniendo más confianza con ella, mostrábame nuevas notas de su
carácter, en consonancia con las armonías del mío. En su ropero y en
una hermosa cómoda antigua tenía colecciones bonitísimas de encajes,
de abanicos, de estampas y algunas alhajas de mérito artístico. Al
enseñarme aquellos tesoros con tanto amor guardados, solía dejar
entrever desconsuelo de que no fueran mejores y de no tener objetos
sobresalientes por la riqueza del material y el primor de la obra. El
«si yo fuera rica», esa expresión, esa queja universal que sale de los
labios de toda persona de nuestros días (y de estos alientos se forma
la atmósfera moral que respiramos), brotaba de los suyos con entonación
tan patética, que me causaba pena. Por otras conversaciones que tuvimos
hube de atribuirle notable aptitud para apreciar el valor de las
acciones humanas, teniendo, por tanto, andada la mitad del camino de la
virtud. Todo esto pensaba yo en mi entusiasmo caballeresco y silencioso
por aquella perla de las primas. Habríame parecido un ideal humanado,
criatura superior á las realidades terrestres, si éstas no estuvieran
por aquellos meses inscriptas y como estampadas en su contextura
mortal. Cuando aquella divinidad me fué conocida, se hallaba en estado
interesante. No sé decir si me parecía que ganaba ó perdía en ello su
carácter ideal. Creo que á ratos la rebajaba á mis ojos, y á ratos la
enaltecía, aquella prueba evidente de la reproducción de sus gracias en
otro sér.
Una mañana, á los cuatro meses de vivir yo en Madrid, mi criado, al
despertarme, díjome que aquella noche la señorita Eloísa había dado á
luz un robusto niño con toda felicidad. Grande alegría en la casa. Yo
también me alegré mucho. Sentía hacia la que ya era mamá un cariño leal
y respetuoso, verdadero cariño de familia, sin mezcla de maldad alguna.
El marido de mi prima Eloísa era noble, quiero decir, aristócrata.
Pertenecía á una de esas familias históricas que con los dispendios
de tres generaciones han concluído en punta. Pepe Carrillo (Carrillo
de Albornoz) había venido haciendo monos á mi primita desde que
ella estaba en el colegio y él en la Universidad. Si se amaron ó no
formalmente, no lo sabía yo entonces. Sólo me consta que fueron novios
más ó menos entusiasmados como unos ocho años, y que cumplieron todo
el programa de cartitas, soserías y de telegrafía pavisosa en teatros
y paseos. Carrillo era pobre por sí; pero tenía en perspectiva la
herencia de su tía materna, Angelita Caballero, marquesa de Cícero,
que era muy anciana y estaba ciega y medio baldada. Esta condición de
presunto heredero de un título y de un capital le hizo interesante
á los ojos de mis tíos. Casó con Eloísa cuando ésta había cumplido
veinticuatro años. Cuando le conocí, estaba el infeliz atenido á un
triste sueldo en el ministerio de Estado; pero la esperanza de la
herencia le daba alientos para conllevar su vida obscura.
Tenía buena estampa, fisonomía agradable, maneras distinguidísimas;
pero una salud tan delicada y una naturaleza tan quebradiza, que la
mitad del año estaba enfermo. Respecto á su saber intelectual y moral,
debo decir que mis primeras impresiones le fueron muy favorables.
Carrillo era un joven estudioso, discreto, y que anhelaba sin duda
honrar la clase á que pertenecía. Quería contarse entre esa docena
de personas tituladas que, no satisfechas con saber leer y escribir,
aspiran á reconstituir la nobleza como una fuerza social y á rehacer
esta importante rueda para engranarla en la mecánica política de la
Nación. Carrillo, en sus horas de soledad doliente, leía á Erskine
May y á Macaulay, deseando saciar en tan ricas fuentes su sed del
conocimiento de un sistema admirable, que entre nosotros es pura
comedia. Su conversación me declaraba un juicio claro, con pocas ideas
propias, pero con aprovechada asimilación de las ajenas.
Pronto hube de observar contraste chocante entre aquel marido de una
de mis primas y el marido de la otra, Cristóbal Medina. Este mostraba
simpatías hacia instituciones contrarias en absoluto á la humildad
de su origen, y dejaba entrever exagerados respetos hacia las clases
históricas y castizamente conservadoras, mientras que Carrillo,
aristócrata de sangre, no ocultaba su querencia á los sistemas cuyo
verbo es la sanción popular. Su mujer le daba alas para esto, poniendo
el sello simpático de la aprobación femenina á un orden de ideas que,
aun fundadas más bien en lecturas recientes que en añeja convicción,
siempre son generosas. Alguien afirmaba que aquel liberalismo del buen
Carrillo era un fenómeno de pobreza y señal de lo mucho que tardaba en
morirse la marquesa de Cícero, siendo muy probable que todo cambiaría
cuando hubiera cuartos que conservar. En aquellos días yo no había
podido juzgar aún por mí mismo de asunto tan importante.

VI
Voy ahora con mi prima Camila, la más joven de las tres. Desde que
la ví me fué muy antipática. Creo que ella lo conocía y me pagaba en
la misma moneda. A veces parecía una chiquilla sin pizca de juicio,
á veces una mala mujer. Serían tal vez inocentes sus desfachateces,
pero no lo parecían, y el parecer dicen que en achaque de moral no
es menos importante que la moral misma. Era una escandalosa, una mal
educada, llena de mimos y resabios. No debo ocultar que á veces me
hacía reir, no sólo porque tenía gracia, sino porque todo lo que sentía
lo expresaba con la sinceridad más cruda. El disimulo, que es el pudor
del espíritu, era para ella desconocido; y en cuanto á las leyes del
otro pudor, venían á ser, si no enteramente letra muerta, poco menos.
No podré pintar el asombro que me causó verla correr por los pasillos
de su casa con el más ligero vestido que es posible imaginar. Un día
se llegó á mí en paños, no diré menores, sino mínimos, y me estuvo
hablando de su marido en los términos más irrespetuosos. A veces,
después de correr tras las criadas y hacer mil travesuras, impropias
de una mujer casada, se ponía á tocar el piano y á cantar canciones
francesas y españolas, algunas tan picantes, que, la verdad, yo hacía
como que no las entendía. A lo mejor, cuando parecía sosegada, se oía
un gran estrépito. Estaba en la cocina jugando con las criadas. Su
mamá la reñía sin enfadarse, consintiéndole todo, y aseguraba que era
aquello pura inocencia y desconocimiento absoluto del mal. Otras veces
dábale por ponerse triste y llorar sin motivo y decir cosas muy duras á
su marido, á sus padres mismos, á sus hermanas, á mí, quejándose de que
no la queríamos, de que la despreciábamos. Mi tía Pilar, alarmándose
al verla así, mandaba preparar abundante ración de tila. Eran los
nervios, los pícaros nervios.
Tenía la mala costumbre de hacer desaires á respetables amigos de la
casa. Era por esto muy temible, y sus padres pasaron sonrojos por causa
de ella. Tenía flexible talento de imitación; remedaba graciosamente
la voz y el gesto de todos los de la casa, y de los parientes, amigos
y allegados; sabía hablar como las chulas más descocadas y como las
beatas más compungidas. Cuando estaba de vena, era una comedia oirla.
Era la menos guapa de las tres hermanas, bastante morena, esbeltísima,
vigorosa, saludable como una aldeana, y se jactaba de que jamás un
médico le había tomado el pulso. Su agilidad era tan notable como
aquella coloración caliente, sanguínea de su piel limpia y tostada,
indicio de un gran poder físico. Sus ojos eran grandes, profundamente
negros y flechadores, como algunos que solemos ver cuando visitamos
un manicomio. Francamente, me pareció que si no era loca le faltaba
muy poco. Yo sentía miedo al oirle conceptos y reticencias que nunca
están bien en boca de una señora. No podía soportar aquel carácter, que
era la negación de todo lo que constituye el encanto de la mujer. La
discreción, la dulzura, el tacto social, el reposo del ánimo, el culto
de las formas, éranle extraños. Considerábala como la mayor calamidad
de una familia, y al hombre condenado á cargar semejante cruz, teníale
por el más infeliz de los seres nacidos.
El nazareno de aquella cruz era un joven oficial de caballería, llamado
Constantino Miquis, de familia manchega, hermano de Augusto Miquis,
médico de fama. Al tal le consideré, desde que le ví, destituído de
todo mérito, de toda prenda seductora y de todo atractivo personal que
pudieran encender el cariño de una joven. Por no tener nada, no tenía
ni dinero, pues habiéndose casado á disgusto de su familia, ésta no le
daba socorro alguno. Matrimonio más disparatado no creí yo que pudiera
existir. Sin duda en aquella extravagante prima mía las acciones debían
de ser tan absurdas como las palabras y los modos. No podía explicarme
su casamiento sino por un desvarío cerebral, por la falta absoluta
del tornillo ó tornillos que tan importante papel hacían, según mi
tío, en la existencia de los Buenos de Guzmán. A poco de ver y oir al
oficialete, preguntábame yo con asombro: «Pero esta condenada, ¿qué
encontró en tal hombre para enamorarse de él?» Porque Constantino era
feo, torpe, desmañado, grosero, puerco, holgazán, vicioso, pendenciero,
brutal. Lo único que podía yo alegar en favor suyo, dudando mucho de
que fuese un mérito, era su constitución, no menos vigorosa que la
de mi prima, y la humildad con que se sometía á todos los caprichos
de ella. No sabía nada de nada; sólo entendía de hacer planchas
gimnásticas, tirar al florete y montar á caballo. El deseo que yo tenía
de ver justificada de algún modo la ilusión de Camila, llevábame á dar
á aquellas habilidades físicas más valor del que tienen como adorno de
la persona; pero ni aun poniendo á los acróbatas y gandules de circo
sobre todos los demás hombres, lograba yo motivar razonablemente la
inclinación de mi prima. ¡Misterios del cariño humano, que á menudo va
por sendas tan contrarias á las de la razón! Contáronme que mis tíos
se opusieron al casamiento; pero que la niña manejó con tal arte el
resorte de sus nervios, mimos, y de sus temibles espontaneidades, que
los papás hubieron de ceder por miedo á que llegara el caso de llamar
al doctor Ezquerdo. Cuando tuve confianza con ella, le decía yo:
--Vamos á ver, Camila, sé franca conmigo. ¿Por qué te enamoraste
de Constantino? ¿Qué viste, qué hallaste, qué te gustó en él para
distinguirle entre los demás y entregarle tu corazón?
Y ella, con naturalidad que me confundía, replicaba:
--Pues le quise porque me quiso, y le quiero porque me quiere.
Dijéronme que, después de casada, las rarezas de mi prima habían tenido
alguna ligera modificación. «¡Pues buena sería antes!» pensaba yo. A
su marido le trataba, delante de todo el mundo, con extremos y modales
chocantes. Unas veces le daba besos y abrazos públicamente; otras le
decía mil perrerías, tirábale del pelo y aun le pegaba, gritando:
--Quiero separarme de este bruto... ¡Que me lo quiten!...
Pero el estado pacífico era el más común, y las breves riñas paraban
pronto en reconciliaciones empalagosas, con besuqueo y tonterías poco
decentes á mi ver.
El oficialete era una alhaja. Quejábase con insolente amargura de estar
muy atrasado en su carrera.
--Pero usted --le preguntaba yo--, ¿qué ha hecho? ¿En qué acciones de
guerra se ha encontrado? ¿Cuáles son sus servicios?
Al oir esto un día, miróme de tal modo que pensé iba á sacar el sable
y á pegarnos á todos los presentes. Pero lo que hizo fué soltar
una andanada de groseras injurias contra toda la plana mayor del
ejército. Francamente, me daba tanto asco, que le volví la espalda
sin decirle nada. No le creía merecedor ni aun de la impugnación de
sus estupideces. María Juana, que estaba allí, díjome aparte con mal
contenida ira:
--Siento no ser hombre... para darle dos bofetadas.


II
Indispensables noticias de mi fortuna, con algunas particularidades
acerca de la familia de mi tío y de las cuatro paredes de Eloísa.

I
Voy á hacer la declaración exacta de la fortuna que yo poseía cuando
me establecí en Madrid. Este es un dato importante por todos conceptos
y que debo exponer con la mayor claridad, aunque no sea sino para
desmentir las absurdas consejas que corrían como dogma evangélico
acerca de mi capital, y según las cuales (obra de la excitada fantasía
de tanto hambriento), yo era puesto en la misma categoría rentística
de los Larios de Málaga, López de Barcelona, Misas de Jerez, Céspedes,
Murgas y Urquijos de Madrid.
Vais á ver lo que yo tenía.
Al desaparecer del mundo comercial la casa que giraba con mi firma,
celebré un convenio con los _Hijos de Nefas_, que se hicieron cargo de
todos mis negocios mercantiles, para unirlos á los de su casa, quedando
además encargados de liquidar los asuntos pendientes. Según mi cuenta,
la liquidación arrojaría unos cuarenta mil duros á mi favor, que los
referidos _Hijos de Nefas_ se reservarían, puesto que yo entraba á
formar parte de la casa como socio comanditario.
Las viñas arrendadas podían capitalizarse en otros cuarenta mil duros.
Lo que obtuve de las vendidas, de las existencias cedidas á diferentes
casas y de créditos realizados, subía á más de cien mil, que iría
recibiendo en Madrid, según convenio, en plazos trimestrales y en
letras sobre Londres. Pensaba emplear este dinero, conforme lo fuera
cobrando, en valores públicos ó en inmuebles urbanos.
Producto de ventas anteriores y de la legítima de mi madre, tenía yo
en Londres diez y siete mil libras, parte situadas en casa de Mildred
Goyeneche, parte empleadas en renta inglesa del 3 por 100. Estos
setenta y cinco mil duros, unidos á lo anterior, hacen ya doscientos
cincuenta y cinco mil. Debo añadir un pico que tenía en París en poder
de Mitjans, y que le ordené empleara en renta francesa del 4 ½ por 100,
con el cual pico mi cuenta anda muy cerca ya de los seis millones de
reales.
Aún había más. En Obligaciones de Banco y Tesoro, 3 por 100
Consolidado, _Ferros_, Obligaciones sobre Aduanas, Resguardos al
portador de la Caja de Depósitos, tenía más de ochenta mil duros
efectivos. Toda esta diversidad de papeles la había comprado mi padre,
y yo la conservaba, esperando que se realizase la feliz unificación
que me había anunciado mi tío, y con la cual cesaría el mareo que me
producía tal balumba de títulos y la desigualdad laberíntica de sus
valores.
Item: cuarenta acciones del Banco de España que mi padre había
comprado, por dicha mía, cuando estaban á tres mil reales, y que á
fin del 80 valían cuatrocientos cincuenta duros, dándome un capital
efectivo de diez y ocho mil duros. Añadiendo á lo expuesto varios
créditos pequeños de seguro cobro y existencias en metálico, salían,
en cifra más ó menos redonda, unos nueve millones de reales, que bien
manejados podían darme de treinta á treinta y cinco mil duros de
renta. Esta es la verdad de mi tan cacareada riqueza, que algunos,
especialmente los que deliran con el dinero ajeno, no pudiendo delirar
con el propio, hacían subir á un par de millones de pesos. En esto
de apreciar el caudal de los ricos que viven con holgura, he notado
siempre una tendencia á la hipérbole que produce grandes perturbaciones
en la vida económica de la capital, por los grandes chascos que suelen
llevarse las industrias y los comercios nacidos al calor de tan necio
optimismo. No necesito encarecer lo bien recibido que fuí en toda clase
de círculos. Los que esto lean comprenderán al punto que teniendo yo
lo que en claros números queda dicho, y suponiéndome el vulgo mucho
más aún, no me habían de faltar relaciones. No necesitaba ciertamente
buscarlas; ellas venían solas, me perseguían, me acosaban con descargas
de saludos, invitaciones y cortesanía. Prendas personales de que no
quiero hablar afianzaron y remataron mi éxito. Las amistades formaron
pronto en derredor mío espesa red, contribuyendo no poco á ello la
familia de mi tío, muy conocida en la Corte y relacionada con lo mejor,
así por el parentesco que mi tía Pilar tenía con familias ilustres,
como por el roce constante de su marido con personas y personajes de
todas las clases sociales.

II
En el principal de mi casa no reinaba siempre una paz perfecta. No
pocas veces, al subir á casa del tío, asistí contra mi voluntad á
escenas dramáticas. Un día ví á Eloísa llorando cual si le ocurriera
una gran desgracia, y á su mamá tratando de calmarla con la aplicación
simultánea de varios antiespasmódicos. Estaba en meses mayores y podía
sobrevenir una catástrofe. No pude conseguir que me enterasen del
motivo de semejante duelo: ¡tan afanadas parecían ambas! Pero Camila,
que estaba en el comedor besando al gato y arañando á su marido, púsome
al corriente de los trágicos sucesos. La noche antes, María Juana,
Camila y el esposo de Eloísa habían tenido una discusión un poco agria
sobre cosas políticas. Hubo algunas expresiones acaloradas... Pero
el prudente Medina cortó la disputa con discretas y conciliadoras
razones. Lo malo fué que al día siguiente la renovaron las dos mujeres.
Palabra tras palabra, ambas hermanas se encendieron poco á poco en
ira, y oyéronse conceptos un tanto vivos... «Los Carrillos eran unos
hambrones aduladores...» «Los Medinas unos tíos ordinarios de la Cava
Baja...» «La marquesa de Cícero había sido una acá y una allá...»
«Los maragatos, en cambio, vendían pescado...» «Los Carrillos eran
revolucionarios porque no tenían una peseta...» «Los Medinas no eran
nada porque no tenían entendimiento...» En fin, mil tonterías. Eloísa,
menos fuerte que su hermana en la polémica, se embarullaba, tenía
rasgos de ira infantil, concluyendo por echarse á llorar. Sentí mucho
haber perdido la escena, pues llegué cuando la tempestad había pasado,
y sólo se oían truenos lejanos. En el gabinete de la derecha de la
sala, la pobre Eloísa daba respiro á su corazón oprimido, diciendo
entre sollozos:
--Me alegraría de que viniese una revolución... grande, grande, para
ver patas arriba á tanto... idiota.
En el gabinete de la izquierda, María Juana, mal sentada en una silla,
el manguito en una mano, el devocionario en otra, la cachemira cogida
con imperdible y abierta como una cortina para mostrar su bien formado
pecho, el velo echado hacia atrás, las mejillas pálidas, la nariz un
poco encendida á causa del frío, los quevedos (que empezaba á usar
por ser algo miope) calados y temblorosos sobre la ternilla, los pies
inquietos estrujando la lana de una piel de carnero, hacía constar la
urgente necesidad de una revolución... grande, grande, que acabara de
una vez para siempre con los... me parece que dijo «los _mamalones_ que
viven á costa del prójimo.»
--Pero, señoras --dije yo interviniendo y pasando de un gabinete á
otro para ponerlas en paz--, ¿qué piropos son esos y qué furor de
revoluciones ha entrado en esta casa?...
Por fin, después que las aplaqué burlándome de sus antojillos
demagógicos, les dije:
--Hoy es mi cumpleaños. Convido... Todo el mundo á almorzar en Lhardy.
(Gran sensación, tumulto, preparativos, sonrisas que brillaban tras un
velo de lágrimas, gorjeos de Camila, alegría y reconciliaciones.)
Los móviles de estas domésticas jaranas no eran siempre políticos. Otro
día Camila, después de llamar hipócrita á su hermana mayor, rompió á
chillar como un ternero, jurando que no volvería á poner los pies en
aquella casa. Averiguada la razón de este tumulto y de las contorsiones
que mi primita hacía, resultaba ser celillos del papá. Sí: mi tío,
al decir de Camila, quería más á María Juana que á sus demás hijos,
distinguiendo comunmente á aquélla con mil cariñosas preferencias; de
donde se deducía que mi tío no era un modelo de imparcialidad paterna,
como hasta entonces habíamos venido creyendo. Siempre que las hermanas
altercaban sobre cualquier asunto, por nimio que fuera, como, por
ejemplo, la elección de un color para vestido, cuál teatro era más
bonito, si había llovido este año más que el pasado, el padre apoyaba
ciegamente el partido de María Juana.
--Un padre debe querer á sus hijos por igual --decía Camila aquel
día entre sollozos y lágrimas. Más tarde vine á saber que todo aquel
alboroto fué por un paquete de caramelos de la Pajarita. Otras veces
la grave causa era «si tú me quitaste el periódico cuando yo lo estaba
leyendo», ó bien «que yo no fuí quien dejó la puerta abierta, sino tú»,
ó cosa por el estilo.
Debo decir, en honor de la verdad, que pasaban también semanas enteras
sin que la paz se turbase, viviendo todos, padres, hijos, hermanas y
yernos, en aparente concordia. Siempre habría sido lo mismo si mis
tíos hubieran establecido en la casa, antes de que la prole creciera,
una estrecha disciplina. Mas no lo hicieron así. Era mi tía Pilar una
excelente señora; pero de tan flojo carácter, que sus hijos, y aun los
criados, y hasta el gato, hacían de ella lo que querían. Mi tío no se
cuidó nunca de sus hijos más que para comprarles dulces y llevarles un
palco para que fueran al teatro algún domingo por la tarde. Todo el
día estaba en la calle, y los festivos solía ir de caza al coto que en
sociedad con varios amigos tenía arrendado.
Mi primo Raimundo, de quien no he hablado aún, vivía en completa
paz con mis tres primas, pues había adoptado en todos los asuntos
domésticos un temperamento flemático; y aunque su mamá tenía marcadas
preferencias por su único varón, éste, que era insigne filósofo, como
se verá más adelante, cuidaba de no hacerlas patentes delante de sus
hermanas para aprovecharlas mejor.

III
He dicho que en Enero del 81 dió á luz Eloísa el primer nieto que
tuvieron mis tíos. El tal absorbía por completo la atención de toda la
familia. Abuelos, tías y madre eran pocos para mimarle. Las funciones
de su organismo nuevecito, al estrenar la vida y ensayarse en los
procederes elementales del egoísmo humano, preocupaban hondamente á
todos los de casa.
A las inocentes brutalidades de aquel cachorro de hombre se les
daba la importancia de verdaderas acciones humanas. No hay para qué
hablar de la fama que tenía. Había corrido la voz de que era _un rollo
de manteca_, y además muy mala persona, es decir, que ya tenía sus
malicias, y se valía de ingeniosas tretas para hacer su gusto. Todos
los recién nacidos gozan de esta opinión desde que respiran; todos son
guapos, robustos y muy pillos. Y, sin embargo, todos son lo mismo:
feos, flácidos, colorados, más torpes que los niños de los animales y
siempre mucho menos graciosos. Del de Eloísa se contaban maravillas.
Era un granuja. A los dos meses ya protestaba contra las horas
metódicas á que le daba el pecho el ama, y quería atracarse sin orden
ni tasa. Era, pues, un gastrónomo y un libertino. A los cuatro meses
mostraba su desagrado á algunas personas, y pataleaba cuando quería que
le paseasen. Tenía la poca vergüenza de reirse de todo, y cuando le
ponían un reloj en la oreja, se la echaba de listo, como diciendo: «Ya,
ya sé lo que es eso: á mí no me la dan ustedes.» A los cinco meses era
realmente una preciosidad. Se parecía á su mamá. Salía á los Buenos de
Guzmán en la figura y en el carácter. El ama relataba mil incidentes y
malicias que indicaban el talento que iba á sacar. Algunas noches había
conciertos, á que felizmente no asistía yo. Para impedirle que durmiera
de día, le paseaban por la casa, le bajaban alguna que otra vez á la
mía, y procuraban entretenerle haciéndole fijar la vista en objetos de
colores vivos. Cuando se cansaba, restregábase el hocico con los puños
cerrados, que parecían dos rosas sin abrir, y á veces me obsequiaba
con una sonata de las mejores suyas. Alguna vez le cogía yo en mis
brazos y le paseaba, procurando que se fijara en una lámpara colgante,
objeto al cual repetidas veces consagraba una atención profunda como
de persona inteligente. Parecía decir: «Vean ustedes... éstas son las
cosas que á mí me gustan...» No sé en qué consistía que en mis brazos
se tranquilizaba casi siempre. Sin duda sentía hacia mí una respetuosa
estimación que no le inspiraba el ama. Mirábame con atónita dulzura,
mascando sosegadamente un aro de goma y arrojando sobre mi pecho las
babas que no podía recoger su babero. Con aquella muda saliva me decía
sin duda: «Estoy pensando, aquí para mis babas, que usted y yo vamos á
ser muy buenos amigos.»
Todos le querían mucho, y yo también, correspondiendo á la confianza y
consideración que le merecía. Ved aquí cuán fácilmente me asimilaba los
sentimientos de la familia, porque mi carácter fué siempre, salvo en
las ocasiones de mal nervioso, refractario á la soledad. No me gustaba
vivir en lo interior de aquella república, pero sí en sus agradables
cercanías. Poco á poco fuí acostumbrándome al calor lejano de aquel
hogar. Así lo quería yo: bastante cerca para matar el frío, bastante
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