La Regenta - 62

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--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.
Frígilis tenía prisa, quería dejar a don Víctor cuanto antes para correr
en busca de don Álvaro y advertirle de que Quintanar sabía su traición,
para que se abstuviera de asaltar el parque aquella noche y acudir a la
cita, si la tenía como era de suponer. Pensaba Crespo que a Víctor no se
le había ocurrido, como no se le ocurrieron otras tantas cosas, que
aquella noche se repetiría la escena de la anterior, que debía de ser ya
antigua costumbre; podía don Álvaro, que no había visto a su víctima
cuando le acechaba en el parque, volver a las andadas, sorprenderle
Quintanar, y entonces era imposible evitar una tragedia. Además,
Frígilis tenía la convicción de que don Álvaro escaparía de Vetusta en
cuanto él le dijera que Quintanar iba a desafiarle. No le faltaban
motivos para creer muy cobarde al don Juan Tenorio.
«¡Pero aquel Víctor no le dejaba marchar!».
Por fin, después de prometer de nuevo disimular, ocultar su dolor, su
ira, lo que fuera, pero sólo por aquella noche, llamó el digno regente
jubilado con el mismo aldabonazo enérgico y conciso con que hacía
retumbar el patio, cuando la casa era honrada y el jefe de familia
respetado y tal vez querido.
--¡Adiós, adiós, hasta mañana temprano!--dijo Frígilis librándose de la
mano trémula que le sujetaba un brazo.
--«¡Egoísta, pensó don Víctor al quedarse solo--; es la única persona
que me quiere en el mundo... y es egoísta!».
Se abrió la puerta. Vaciló un momento.... Se le figuró que del patio
salía una corriente de aire helado....
Entró, y al volverse hacia el portal, para cerrar la puerta que dejaba
atrás; vio que entraba en su casa un fantasma negro, largo; que paso a
paso, por el portal adelante, se acercaba a él y que se le quitaba el
sombrero que era de teja.
--¡Mi señor don Víctor!--dijo una voz melosa y temblona.
--¡Cómo! ¿usted? ¡es usted... señor Magistral!... Un temblor frío, como
precursor de un síncope, le corrió por el cuerpo al ex-regente, mientras
añadía, procurando una voz serena:
--¿A qué debo... a estas horas... la honra...? ¿qué pasa?... ¿Alguna
desgracia?...
«Pero este hombre ¿no sabe nada?» se preguntó De Pas que parecía un
desenterrado.
Miró a don Víctor a la luz del farol de la escalera y le vio desencajado
el rostro; y don Víctor a él le vio tan pálido y con ojos tales que le
tuvo un miedo vago, supersticioso, el miedo del mal incierto. Hasta
llegar allí, el Magistral no había hablado, no había hecho más que
estrechar la mano de don Víctor e invitarle con un ademán gracioso y
enérgico al par, a subir aquella escalera.
--Pero ¿qué pasa?--repitió don Víctor en voz baja en el primer
descanso.
--¿Viene usted de caza?--contestó el otro con voz débil.
--Sí, señor, con Crespo; ¿pero qué sucede? Hace tanto tiempo... y a
estas horas....
--Al despacho, al despacho.... No hay que alarmarse... al despacho....
Anselmo alumbraba por los pasillos del caserón a su amo a quien seguía
el Magistral.
--«No pregunta por Ana»--pensó De Pas.
--La señora no ha oído llamar, está en su tocador... ¿quiere el señor
que la avise?--preguntó Anselmo.
--¿Eh? no, no, deja... digo... si el señor Magistral quiere hablarme a
solas...--y se volvió el amo de la casa al decir esto.
--Bien, sí; al despacho... entremos en su despacho....
Entraron. El temblor de Quintanar era ya visible. «¿Qué iba a decirle
aquel hombre? ¿A qué venía?...».
Anselmo encendió dos luces de esperma y salió.
--Oye, si la señora pregunta por mí, que allá voy... que estoy
ocupado... que me espere en su cuarto.... ¿No es eso? ¿No quiere usted
que estemos solos?
El Magistral aprobó con la cabeza, mientras clavaba los ojos en la
puerta por donde salía Anselmo.
«Ya estaba allí, ya había que hablar... ¿qué iba a decir? Terrible
trance; tenía que decir algo y ni una idea remota le acudía para darle
luz; no sabía absolutamente nada de lo que podía convenirle decir. ¿Cómo
hablar sin preguntar antes? ¿Qué sabía don Víctor? esta era la
cuestión... según lo que supiera, así él debía hablar... pero no, no era
esto... había que comenzar por explicarse. Buen apuro». Estaba el
Magistral como si don Víctor le hubiera sorprendido allí, en su
despacho, robándole los candeleros de plata en que ardían las velas.
Quintanar daba diente con diente y preguntaba con los ojos muy abiertos
y pasmados.
--«¿Usted dirá?» decían aquellas pupilas brillantes y en aquel momento
sin más expresión que un tono interrogante.
«Había que hablar».
--¿Tendría usted... por ahí... un poquito de agua?...--dijo don Fermín,
que se ahogaba, y que no podía separar la lengua del cielo de la boca.
Don Víctor buscó agua y la encontró en un vaso, sobre la mesilla de
noche. El agua estaba llena de polvo, sabía mal. Don Fermín no hubiera
extrañado que supiera a vinagre. Estaba en el calvario. Había entrado en
aquella casa porque no había podido menos: sabía que necesitaba estar
allí, hacer algo, ver, procurar su venganza, pero ignoraba cómo.
«Estaba, cerca de las diez de la noche, en el despacho del marido de la
mujer que le engañaba a él, a De Pas, y al marido; ¿qué hacía allí?,
¿qué iba a decir? Por la memoria excitada del Magistral pasaron todas
las estaciones de aquel día de Pasión. Mientras bebía el vaso de agua, y
se limpiaba los labios pálidos y estrechos, sentía pasar las emociones
de aquel día por su cerebro, como un amargor de purga. Por la mañana
había despertado con fiebre, había llamado a su madre asustado y como no
podía explicarle la causa de su mal había preferido fingirse sano, y
levantarse y salir. Las calles, las gentes brillaban a sus ojos como un
resplandor amarillento de cirios lejanos; los pasos y las voces sonaban
apagados, los cuerpos sólidos parecían todos huecos; todo parecía tener
la fragilidad del sueño. Antojábasele una crueldad de fiera, un egoísmo
de piedra, la indiferencia universal; ¿por qué hablaban todos los
vetustenses de mil y mil asuntos que a él no le importaban, y por qué
nadie adivinaba su dolor, ni le compadecía, ni le ayudaba a maldecir a
los traidores y a castigarlos? Había salido de las calles y había
paseado en el paseo de Verano, ahora triste con su arena húmeda bordada
por las huellas del agua corriente, con sus árboles desnudos y helados.
Había paseado pisando con ira, con pasos largos, como si quisiera rasgar
la sotana con las rodillas; aquella sotana que se le enredaba entre las
piernas, que era un sarcasmo de la suerte, un trapo de carnaval colgado
al cuello.
«Él, él era el marido, pensaba, y no aquel idiota, que aún no había
matado a nadie (y ya era medio día) y que debía de saberlo todo desde
las siete. Las leyes del mundo ¡qué farsa! Don Víctor tenía el derecho
de vengarse y no tenía el deseo; él tenía el deseo, la necesidad de
matar y comer lo muerto, y no tenía el derecho.... Era un clérigo, un
canónigo, un prebendado. Otras tantas carcajadas de la suerte que se le
reía desde todas partes». En aquellos momentos don Fermín tenía en la
cabeza toda una mitología de divinidades burlonas que se conjuraban
contra aquel miserable Magistral de Vetusta.
La sotana, azotada por las piernas vigorosas, decía: _ras, ras, ras_;
como una cadena estridente que no ha de romperse.
Sin saber cómo, De Pas había pasado delante de la fonda de Mesía. «Sabía
él que don Álvaro estaba en casa, en la cama. Si, como temía, don Víctor
no le había cerrado la salida del parque de los Ozores, si nada había
ocurrido, en el lecho estaba don Álvaro tranquilo, descansando del
placer. Podía subir, entrar en su cuarto, y ahogarle allí... en la cama,
entre las almohadas.... Y era lo que debía hacer; si no lo hacía era un
cobarde; temía a su madre, al mundo, a la justicia.... Temía el
escándalo, la novedad de ser un criminal descubierto; le sujetaba la
inercia de la vida ordinaria, sin grandes aventuras... era un cobarde:
un hombre de corazón subía, mataba. Y si el mundo, si los necios
vetustenses, y su madre y el obispo y el papa, preguntaban ¿por qué? él
respondía a gritos, desde el púlpito si hacía falta: Idiotas ¿que, por
qué mato? Por que me han robado a mi mujer, porque me ha engañado mi
mujer, porque yo había respetado el cuerpo de esa infame para conservar
su alma, y ella, prostituta como todas las mujeres, me roba el alma
porque no le he tomado también el cuerpo.... Los mato a los dos porque
olvidé lo que oí al médico de ella, olvidé que _ubi irritatio ibi
fluxus_, olvidé ser con ella tan grosero como con otras, olvidé que su
carne divina era carne humana; tuve miedo a su pudor y su pudor me la
pega; la creí cuerpo santo y la podredumbre de su cuerpo me está
envenenando el alma.... Mato porque me engañó; porque sus ojos se
clavaban en los míos y me llamaban hermano mayor del alma al compás de
sus labios que también lo decían sonriendo, mato porque debo, mato
porque puedo, porque soy fuerte, porque soy hombre... porque soy
fiera...».
Pero no mató. Se acercó a la portería y preguntó... por el señor obispo
de Nauplia, que estaba de paso en Vetusta.
--Ha salido--le dijeron. Y don Fermín sin ver lo que hacía, dobló una
tarjeta y la dejó al portero.
Y volvió a su casa. Se encerró en el despacho. Dijo que no estaba para
nadie y se paseó por la estrecha habitación como por una jaula.
Se sentó, escribió dos pliegos. Era una carta a la Regenta. Leyó lo
escrito y lo rasgó todo en cien pedazos. Volvió a pasear y volvió a
escribir, y a rasgar y a cada momento clavaba las uñas en la cabeza.
En aquellas cartas que rasgaba, lloraba, gemía, imprecaba, deprecaba,
rugía, arrullaba; unas veces parecían aquellos regueros tortuosos y
estrechos de tinta fina, la cloaca de las inmundicias que tenía el
Magistral en el alma: la soberbia, la ira, la lascivia engañada y
sofocada y provocada, salían a borbotones, como podredumbre líquida y
espesa. La pasión hablaba entonces con el murmullo ronco y gutural de la
basura corriente y encauzada. Otras veces se quejaba el idealismo
fantástico del clérigo como una tórtola; recordaba sin rencor, como en
una elegía, los días de la amistad suave, tierna, íntima, de las
sonrisas que prometían eterna fidelidad de los espíritus; de las citas
para el cielo, de las promesas fervientes, de las dulces confianzas;
recordaba aquellas mañanas de un verano, entre flores y rocío, místicas
esperanzas y sabrosa plática, felicidad presente comparable a la futura.
Pero entre los quejidos de tórtola el viento volvía a bramar sacudiendo
la enramada, volvía a rugir el huracán, estallaba el trueno y un
sarcasmo cruel y grosero rasgaba el papel como el cielo negro un rayo.
«¡Y por quién dejaba Ana la salvación del alma, la compañía de los
santos y la amistad de un corazón fiel y confiado...! ¡por un don Juan
de similor, por un elegantón de aldea, por un parisién de temporada, por
un busto hermoso, por un Narciso estúpido, por un egoísta de yeso, por
un alma que ni en el infierno la querrían de puro insustancial, sosa y
hueca!...». «Pero ya comprendía él la causa de aquel amor; era la impura
lascivia, se había enamorado de la carne fofa, y de menos todavía, de la
ropa del sastre, de los primores de la planchadora, de la habilidad del
zapatero, de la estampa del caballo, de las necedades de la fama, de los
escándalos del libertino, del capricho, de la ociosidad, del polvo, del
aire.... Hipócrita... hipócrita... lasciva, condenada sin remedio, por
vil, por indigna, por embustera, por falsa, por...» y al llegar aquí era
cuando furioso contra sí mismo, rasgaba aquellos papeles el Magistral,
airado porque no sabía escribir de modo que insultara, que matara, que
despedazara, sin insultar, sin matar, sin despedazar con las palabras.
«Aquello no podía mandarse bajo un sobre a una mujer, por más que la
mujer lo mereciera todo. No, era más noble sacar de una vaina un puñal y
herir, que herir con aquellas letras de veneno escondidas bajo un sobre
perfumado».
Pero escribía otra vez, procuraba reportarse, y al cabo la indignación,
la franqueza necesaria a su pasión estallaban por otro lado; y entonces
era él mismo quien aparecía hipócrita, lascivo, engañando al mundo
entero. «Sí, sí, decía, yo me lo negaba a mí mismo, pero te quería para
mí; quería, allá en el fondo de mis entrañas, sin saberlo, como respiro
sin pensar en ello, quería poseerte, llegar a enseñarte que el amor,
nuestro amor, debía ser lo primero; que lo demás era mentira, cosa de
niños, conversación inútil; que era lo único real, lo único serio el
quererme, sobre todo yo a ti, y huir si hacía falta; y arrojar yo la
máscara, y la ropa negra, y ser quien soy, lejos de aquí donde no lo
puedo ser: sí, Anita, sí, yo era un hombre ¿no lo sabías? ¿por eso me
engañaste? Pues mira, a tu amante puedo deshacerle de un golpe; me tiene
miedo, sábelo, hasta cuando le miro; si me viera en despoblado, solos
frente a frente, escaparía de mí... Yo soy tu esposo; me lo has
prometido de cien maneras; tu don Víctor no es nadie; mírale como no se
queja: yo soy tu dueño, tú me lo juraste a tu modo; mandaba en tu alma
que es lo principal; toda eres mía, sobre todo porque te quiero como tu
miserable vetustense y el aragonés no te pueden querer, ¿qué saben
ellos, Anita, de estas cosas que sabemos tú y yo...? Sí, tú las sabías
también... y las olvidastes... por un cacho de carne fofa, relamida por
todas las mujeres malas del pueblo.... Besas la carne de la orgía, los
labios que pasaron por todas las pústulas del adulterio, por todas las
heridas del estupro, por...».
Y don Fermín rasgó también esta carta, y en mil pedazos más que todas
las otras. No acertaba a arrojar en el cesto los pedacitos blancos y
negros, y el piso parecía nevado; y sobre aquellas ruinas de su
indignación artística se paseaba furioso, deseando algo más suculento
para la ira y la venganza que la tinta y el papel mudo y frío.
Salió otra vez de casa; paseó por los soportales que había en la Plaza
Nueva, enfrente de la casa de los Ozores.
«¿Qué habría pasado? ¿Habría descubierto algo don Víctor? No; si hubiera
habido algo, ya se sabría. Don Víctor habría disparado su escopeta sobre
don Álvaro, o se estaría concertando un desafío y ya se sabría; no se
sabía nada, nada; luego nada había sucedido».
Dos, tres veces, ya al obscurecer, entró el Magistral en el zaguán
obscuro del caserón de la Rinconada. Quería saber algo, espiar los
ruidos... pero a llamar no se atrevía... «¿A qué iba él allí? ¿Quién le
llamaba a él en aquella casa donde en otro tiempo tanto valía su
consejo, tanto se le respetaba y hasta quería? Nadie le llamaba. No
debía entrar». No entró. «Además, iba pensando mientras se alejaba, si
yo me veo frente a ella, ¿qué sé yo lo que haré? Si ese marido indigno,
de sangre de horchata, la perdona, yo... yo no la perdono y si la
tuviera entre mis manos, al alcance de ellas siquiera.... Sabe Dios lo
que haría. No, no debo entrar en esa casa; me perdería, los perdería a
todos».
Y volvió a la suya. Doña Paula entró en el despacho. Hablaron de los
negocios del comercio, de los asuntos de Palacio, de muchas cosas más;
pero nada se dijo de lo que preocupaba al hijo y a la madre.
--«No se podía hablar de aquello» pensaba él.
--«No se podía hablar de aquello, ni a solas» pensaba ella.
La madre lo sabía todo. Había comprado el secreto a Petra.
Además, ya ella, por su servicio de policía secreta, y por lo que
observaba directamente, había llegado a comprender que su hijo había
perdido su poder sobre la Regenta. Si antes la maldecía porque la creía
querida de su Fermo, ahora la aborrecía porque el desprecio, la burla,
el engaño, la herían a ella también. ¡Despreciar a su hijo, abandonarle
por un barbilindo mustio como don Álvaro! El orgullo de la madre daba
brincos de cólera dentro de doña Paula. «Su hijo era lo mejor del mundo.
Era pecado enamorarse de él, porque era clérigo; pero mayor pecado era
engañarle, clavarle aquellas espinas en el alma.... ¡Y pensar que no
había modo de vengarse! No, no lo había». Y lo que más temía doña Paula
era que el Magistral no pudiera sufrir sus celos, su ira, y cometiese
algún delito escandaloso.
La desesperaba la imposibilidad de consolarle, de aconsejarle.
A doña Paula se le ocurría un medio de castigar a los infames, sobre
todo al barbilindo agostado; este medio era divulgar el crimen, propalar
el ominoso adulterio, y excitar al don Quijote de don Víctor para que
saliera lanza en ristre a matar a don Álvaro.
«Y nada de esto se le podía decir a Fermo».
Doña Paula entraba, salía, hablaba de todo, observaba todos los gestos
de su hijo, aquella palidez, aquella voz ronca, aquel temblor de manos,
aquel ir y venir por el despacho.
«¡Qué no hubiera dado ella por insinuarle el modo de vengarse! Sí, bien
merecía aquel hijo de las entrañas que se le arrancasen aquellas espinas
del alma. ¡Había sido tan buen hijo! ¡Había sido tan hábil para
conservar y engrandecer el prestigio que le disputaban!». Desde que doña
Paula vio que «no estallaba un escándalo», que don Fermín mostraba
discreción y cautela incomparables en sus extrañas relaciones con la
Regenta, se lo perdonó todo y dejó de molestarle con sus amonestaciones.
Y después del triunfo de su hijo sobre la impiedad representada en don
Pompeyo Guimarán, después de aquella conversión gloriosa, su madre le
admiraba con nuevo fervor y procuraba ayudarle en la satisfacción de sus
deseos íntimos, guardando siempre los miramientos que exigía lo que ella
reputaba decencia.
No, no se podía hablar de aquello que tanto importaba a los dos; y al
fin doña Paula dejó solo a don Fermín; subió a su cuarto. Y desde allí,
en vela, se propuso espiar los pasos de su hijo, que continuaba
moviéndose abajo: le oía ella vagamente.
Sí, don Fermín, que cerró la puerta del despacho con llave en cuanto se
quedó solo, se movía mucho: tenía fiebre. Se le ocurrían proyectos
disparatados, crímenes de tragedia, pero los desechaba en seguida.
«Estaba atado por todas partes». Cualquier atrocidad de las que se le
ocurrían, que podía ser sublime en otro, en él se le antojaba, ante
todo, grotesca, ridícula.
Pero aquella sotana le quemaba el cuerpo. La idea de maníaco de que
estaba vestido de máscara llegó a ser una obsesión intolerable. Sin
saber lo que hacía, y sin poder contenerse, corrió a un armario, sacó de
él su traje de cazador, que solía usar algunos años allá en Matalerejo,
para perseguir alimañas por los vericuetos; y se transformó el clérigo
en dos minutos en un montañés esbelto, fornido, que lucía apuesto talle
con aquella ropa parda ceñida al cuerpo fuerte y de elegancia natural y
varonil, lleno de juventud todavía. Se miró al espejo. «Aquello ya era
un hombre». La Regenta nunca le había visto así.
«En el armario había un cuchillo de montaña».
Lo buscó, lo encontró y lo colgó del cinto de cuero negro. La hoja
relucía, el filo señalado por rayos luminosos, parecía tener una
expresión de armonía con la pasión del clérigo. El Magistral le
encontraba _una música_ al filo insinuante.
«Podía salir de casa, ya era de noche, noche cerrada, ya habría poca
gente por las calles, nadie le reconocería con aquel traje de cazador
montañés; podía ir a esperar a don Álvaro a la calleja de Traslacerca, a
la esquina por donde decía Petra que le había visto trepar una noche.
Don Álvaro, si don Víctor no había descubierto nada o si no sabía que
don Víctor le había descubierto, volvería otra vez, como todas las
noches acaso... y él, don Fermín, podía esperarle al pie de la tapia, en
la calleja, en la obscuridad... y allí, cuerpo a cuerpo, obligándole a
luchar, vencerle, derribarle, matarle.... ¡Para eso serviría aquel
cuchillo!».
Doña Paula se movió arriba. Crujieron las tablas del techo.
Como si las ideas de la madre se hubiesen filtrado por la madera y caído
en el cerebro del hijo, don Fermín pensó de repente:
«Pero, no, todos estos son disparates; yo no puedo asesinar con un puñal
a ese infame.... No tengo el valor de ese género. Estas son necedades de
novela. ¿Para qué pensar en lo que no he de hacer nunca? No hay más
remedio que utilizar el valor y las ideas románticas y caballerescas de
don Víctor; guardaré el cuchillo, mi espada tiene que ser la lengua...».
Y don Fermín se despojó del chaquetón pardo, dejó el sombrero de anchas
alas, desciñó el cinto negro, guardó todas estas prendas, más el
cuchillo, en el armario y se vistió la sotana y el manteo, como una
armadura. «Sí, aquella era su loriga, aquéllos sus arreos».
«Ahora mismo; voy a verle ahora mismo. Si el muy idiota fue a cazar a
Palomares, a estas horas debe de estar de vuelta o llegando; es la hora
del tren. Voy a su casa...».
Y salió. «Si mi madre me sale al paso le diré que me espera un enfermo,
que quiere confesar conmigo sin falta...».
En efecto, al sentir a su hijo en el pasillo bajó doña Paula corriendo.
--¿A dónde vas? Él dijo su mentira. Y ella fingió creerla y le dejó
marchar, porque adivinó en el rostro, en la voz, en todo, que su hijo no
iba ciego, no iba a dar escándalo.
«Acaso se le había ocurrido lo mismo que a ella».
Y don Fermín de Pas llegó al caserón de los Ozores, vio a don Tomás
Crespo desaparecer por la plaza, entró en el portal y se decidió a
saludar a don Víctor, que abría la puerta, y subió con él; y estaba
dispuesto a hablarle, a preguntarle, a aconsejarle... a insinuarle la
venganza necesaria... y no sabía cómo empezar.
Cuando acabó de beber el vaso de agua que sabía a polvo, el Magistral
aún no sabía lo que iba a decir.
Pero los ojos de Quintanar seguían preguntando pasmados, y don Fermín
habló...
--Amigo mío, lucho entre el deseo de satisfacer la impaciencia de usted
y el temor de no acertar con la embocadura del asunto que es espinoso, y
por desgracia, por mucho que se suavice la expresión, de poco agradable
acceso....
--Al grano, señor Magistral.--La hora de mi visita, el hacer yo pocas a
esta casa hace algún tiempo; todo esto contribuirá...
--Sí, señor, contribuye...; pero adelante. ¿Qué pasa, don Fermín? ¡Por
los clavos de Cristo!
--De Cristo tengo yo que hablarle a usted también, y de sus clavos, y de
sus espinas y de la cruz....
--Por compasión...--Don Víctor, yo necesito antes de hablar que usted
me declare el estado de su ánimo....
--¿Qué quiere usted decir?
--Está usted pálido, visiblemente preocupado, bajo el peso de un gran
disgusto, sin duda; lo he notado al entrar, a la luz del farol de la
escalera....
--Y usted también... está.
La voz de Quintanar temblaba.--Pues eso quiero saber; si usted conoce
la causa de mi visita, en parte a lo menos, podré ahorrarme el disgusto
de abordar los preliminares enojosísimos de una cuestión....
--Pero, ¿de qué se trata? ¡por las once mil!...
--Señor Quintanar, usted es buen cristiano, yo sacerdote; si usted tiene
algo que... decir... algún consejo que buscar.... Yo también vengo a
hablarle a usted de lo que sé como sacerdote, pero la conciencia de
quien me lo comunicó exige precisamente que yo dé este paso....
Don Víctor se puso en pie de un salto.
En aquel momento estaba muy satisfecho de sí mismo el Magistral, porque
acababa de ver claro. Ya sabía qué camino era el suyo.
--¿Una persona... que le manda a usted venir a estas horas a mi casa?...
--Don Víctor, confiéseme usted si usted sabe algo de un asunto que le
interesa muchísimo, y si el saberlo es la causa de esa alteración de su
semblante.... Necesito empezar por aquí.
--Sí, señor; hoy sé algo que no sabía ayer... que me importa muchísimo
¡ya lo creo! más que la vida.... Pero, si usted no habla más claro, yo no
sé si debo... si puedo....
--Ahora, sí; ahora ya puedo hablar más claro.
--Una persona... decía usted....
--Una persona que ha protegido un... crimen que perjudica a usted... ha
acudido arrepentida al tribunal de la penitencia a confesar su
complicidad bochornosa... y a decirme que la conciencia la había
acusado, y que por medida perentoria de reparación... había puesto en
poder de usted el descubrimiento de esa... infamia.... Pero temiendo
nuevas desgracias, por su manera torpe de proceder... se apresuraba a
declararme lo que había, para ver si podían evitarse más crímenes... que
al cabo, crimen sería una violencia... una venganza sangrienta....
Don Fermín se interrumpió para callar, respetando así el dolor de don
Víctor, que se había dejado caer sobre un sofá, y apretaba la cabeza
entre las manos.
--¿Petra... ha sido Petra?--dijo don Víctor preguntando con el tono
especial del que ya sabe lo mismo que pregunta.
--La infeliz no comprendió al principio que su conducta podía causar
nuevos estragos. Y a eso vengo yo, don Víctor, a impedirlos si es
tiempo.... En nombre del Crucificado, don Víctor, ¿qué ha sucedido aquí?
--Nada, ¡pero aún estamos a tiempo!--contestó el marido burlado, puesto
en pie, con los puños apretados, avergonzado, como si se viera en camisa
en medio de la plaza; furioso ante la idea de que no había habido allí
_nada_, ningún crimen cuyo autor debía ser él, según exigían las leyes
del honor... y del teatro.--Nada, nada... pero habrá, habrá sangre....
¿Y usted lo sabe? ¿Esa mujer ha divulgado mi deshonra?... Eso ha sido
también una venganza, no es arrepentimiento; es venganza... pero esto
importa poco. ¡Lo que importa es que el mundo sabe!... ¡Desgraciado
Quintanar! ¡Mísero de mí!...
Y volvió a caer sobre el sofá el pobre viejo, que volvía a sentir el
mismo sueño soporífero que le había encogido el ánimo por la mañana.
«El mundo sabe»--había dicho don Víctor--y estas palabras sugirieron a
don Fermín otra mentira provechosa.
Pero antes dijo:--Don Víctor, no extraño que en su dolor usted no tenga
tiempo ni fuerza para reflexionar... pero yo no he dicho que el mundo
supiera... yo no soy el mundo; soy un confesor.
--¿Pero cree usted que Petra no habrá dicho?...
--Petra no; pero... por desgracia...--Además, lo que importa aquí es mi
honra, no que el mundo sepa o ignore.... De todas maneras, pronto sabrá
de mi venganza y se podrá enterar de todo.
Y se puso a dar vueltas por el despacho.
De Pas se levantó también.
--Por desgracia--continuó--la maledicencia se ha apoderado hace tiempo
de ciertos rumores, de algo aparente....
Don Víctor rugió al gritar:
--¡Dios mío! ¿qué es esto? ¿esto más? ¿El mundo dice?... ¿Vetusta entera
habla?...
Y se clavaba las uñas en la cabeza, mesándose las canas.
Don Fermín, mientras el otro se entregaba a los arranques mímicos de su
dolor, de su vergüenza, habló largo y tendido del asunto. «Sí, por
desgracia, hacía meses ya, desde el verano, desde antes acaso, se
murmuraba de la confianza y de la frecuencia con que don Álvaro entraba
en el palacio de los Ozores. Esto era lo peor, después de la desgracia
en sí misma. Era lo peor porque el Magistral, que conocía las exaltadas
ideas de don Víctor respecto al honor, temía que obedeciendo a impulsos
disculpables, pero no justos, y sordo a la voz de la religión, se
arrojase a tomar venganza terrible, sobre todo de don Álvaro, cuyo
crimen no podía ser más repugnante y digno de castigo. Pero, amigo,
aunque él, el Magistral, como hombre y hombre de experiencia, se
explicaba la vehemente cólera que debía de dominar a don Víctor, y
comprendía, y disculpaba hasta cierto punto, sus deseos de pronta y
terrible venganza; si tal hacía como hombre, en cuanto sacerdote de una
religión de paz y de perdón, tenía que aconsejar y procurar, en cuanto
pudiese, la suavidad, los procedimientos que la moral recomienda para
tales casos». Don Víctor, con el rostro entre las manos hacía signos de
protesta; negaba como si quisiese arrancarse la cabeza del tronco.
«Pero qué le diría, o le podría decir Quintanar al Magistral, que él no
comprendiera.... Sí, sí, mirando las cosas como las mira el mundo,
aquello pedía sangre, es más, no ya sólo por satisfacer el deseo de
vengarse, hasta para poder vivir entre las gentes con lo que llama el
mundo decoro, era necesario, según las leyes sociales, según lo que las
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