La Regenta - 61

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No sentía celos, no sentía en aquel momento la vergüenza de la deshonra,
no pensaba ya en el mundo, en el ridículo que sobre él caería; pensaba
en la traición, sentía el engaño de aquella Ana a quien había dado su
honor, su vida, todo. ¡Ay, ahora veía que su cariño era más hondo de lo
que él mismo creyera; queríala más ahora que nunca, pero claramente
sentía que no era aquel amor de amante, amor de esposo enamorado, sino
como de amigo tierno, y de padre... sí, de padre dulce, indulgente y
deseoso de cuidados y atenciones!
«¡Matarla!--eso se decía pronto--¡pero matarla!... Bah, bah... los
cómicos matan en seguida, los poetas también, porque no matan de
veras... pero una persona honrada, un cristiano no mata así, de repente,
sin morirse él de dolor, a las personas a quien vive unido con todos los
lazos del cariño, de la costumbre.... Su Ana era como su hija.... Y él
sentía su deshonra como la siente un padre, quería castigar, quería
vengarse, pero matar era mucho. No, no tendría valor ni hoy ni mañana,
ni nunca, ¿para qué engañarse a sí mismo? Mata el que se ciega, el que
aborrece, él no estaba ciego, no aborrecía, estaba triste hasta la
muerte, ahogándose entre lágrimas heladas; sentía la herida, comprendía
todo lo ingrata que era ella, pero no la aborrecía, no quería, no podría
matarla. Al otro sí; Álvaro tenía que morir; pero frente a frente, en
duelo, no de un tiro, no; con una espada lo mataría, aquello era más
noble, más digno de él. Frígilis tenía que encargarse de todo. Pero
¿cuándo? ¿ahora? ¿en cuanto llegase? No... tampoco se atrevía a
decírselo así, de repente. Después de hablar con alma humana de tan
vergonzoso descubrimiento, ya no había modo de volverse atrás, esto es,
de cambiar de resolución, de aplazar ni modificar la venganza. En cuanto
alguien lo supiera había que proceder de prisa, con violencia; lo exigía
así el mundo, las ideas del honor; él era al fin un marido burlado.... Y
a ella habría que llevarla a un convento. Y él, se volvería a su tierra,
si no le mataba Mesía; se escondería en La Almunia de don Godino».
Al llegar aquí se acordó el infeliz esposo que Ana, meses antes, le
proponía un viaje a La Almunia. «¡Tal vez si él hubiera aceptado, se
hubiese evitado aquella desgracia... irreparable! Sí, irreparable, ¿qué
duda cabía?».
«¿Y Petra? ¡Maldita sea! Petra.... ¡Es ella quien me hace tan
desgraciado, quien me arroja en este pozo obscuro de tristeza, de donde
ya no saldré aunque mate al mundo entero; aunque haga pedazos a Mesía y
entierre viva a la pobre Ana!... ¡Ay, Ana también va a ser bien
infeliz!».
La catedral dio ocho campanadas. «¡Las ocho! Ahora debía yo despertar...
y no sabría nada».
Este pensamiento le avergonzó. En su cerebro estalló la palabra grosera
con que el vulgo mal hablado nombra a los maridos que toleran su
deshonra... y la ira volvió a encenderse en su pecho, sopló con fuerza y
barrió el dolor tierno.... «¡Venganza! ¡venganza!--se dijo--o soy un
miserable, un ser digno de desprecio...».
Sintió pasos sobre la arena, levantó la cabeza y vio a su lado a
Frígilis.
--¡Hola! parece que se ha madrugado--dijo Crespo, que gustaba de ser
siempre el primero.
--Vamos, vamos--contestó don Víctor, volviendo a levantarse y después de
colgar la escopeta del hombro.
La presencia de Frígilis le había asustado; sacó fuerzas de flaqueza
para tomar un partido de repente. Se resolvió por fin. Resolvió callar,
disimular, ir a caza. «Allá en los prados de las marismas, cuando se
quedara solo en acecho, en todo aquel día triste que iba a ser tan
largo, meditaría... y a la vuelta, a la vuelta acaso tendría ya formado
su plan, y consultaría con Tomás y le mandaría a desafiar al otro, si
era esto lo que procedía. Por ahora callar, disimular. Aquello no podía
echarse a volar así como quiera. El descubrimiento que debía a Petra no
era para revelado sin su cuenta y razón. A Frígilis podía decírsele
todo, pero a su tiempo».
Salieron del Parque. El mismo Quintanar cerró la verja con su llave.
Crespo iba delante. Miró don Víctor hacia el fondo de la huerta, hacia
el caserón que ya le parecía otro... «¿Qué hacía? ¿Era un cobarde
aplazando su venganza? No, porque... ellos no sospechaban nada, no
escaparían, no había miedo. Silencio y disimulo, esto hacía falta ahora.
Y reflexionar mucho. Cualquier cosa que hiciera ¡iba a ser tan grave!».
Le acongojaba la idea de la inmensa responsabilidad de sus próximos
actos. El sentir que de su voluntad siempre tornadiza, impresionable y
débil iban ahora a depender sucesos tan importantes, la suerte de varias
personas, le sumía en una especie de pánico taciturno y desesperado.
Veleidades tenía de llamar a Frígilis, decírselo todo, ponerlo en sus
manos todo.... «Frígilis, aunque era un soñador, llegado el caso tenía
mejor sentido que él; sabría ser más práctico.... ¿Qué haría?».
Por lo pronto seguir a Tomás a la estación. Y callar. Para hablar
siempre era tiempo.
La mañana seguía cenicienta; nubes y más nubes plomizas salían como de
un telar de los picos y mesetas del Corfín, caían sobre la sierra, se
arrastraban por sus cumbres, resbalaban hacia Vetusta y llenaban el
espacio de una tristeza gris, muda y sorda.
«No hace frío», observó Frígilis al llegar a la estación. No llevaba más
abrigo que su bufanda a cuadros. Pero decía él que su cazadora valía por
la piel de un proboscidio. No le entraban balas ni catarros.
En cambio Quintanar, ceñido al cuerpo el capotón espeso, tenía que
hacer esfuerzos para no dar diente con diente.--¡No, no hace mucho
frío!--dijo, por miedo de delatarse.
«Afortunadamente éste es un sonámbulo que no se fija nunca en si los
demás tienen cara de risa o cara de vinagre. Debo de estar pálido,
desencajado... pero este egoísta no ve nada de eso».
Entraron en un coche de tercera. En su mismo banco Frígilis encontró
antiguos conocidos. Eran dos ganaderos que volvían de Castilla y después
de hacer noche en Vetusta buscaban el amor de su hogar allá en la aldea.
Crespo, como si no hubiera en el mundo penas, ni amigos que se ahogaban
en ellas, alegre, con aquel insultante regocijo que le inspiraba a él la
helada en las mañanas más frías del año, frotaba las manos y hablaba del
precio de las reses, y de las ventajas de la parcería, locuaz, como
nunca se le veía en Vetusta. Parecía que, según el tren se alejaba de
los tejados de un rojo sucio, casi pardo de la ciudad triste, sumida en
sueño y en niebla, el alma de Frígilis se ensanchaba, respiraba a su
gusto aquel pulmón de hierro.
«No sospechaba aquel ciego, tan inoportunamente alegre y decidor, que su
amigo, su mejor amigo, al romper la marcha el tren había tenido
tentaciones de arrojarse al andén; y después, de tirarse por la
ventanilla a la vía, y correr, correr desalado a Vetusta, entrar en el
caserón de los Ozores y coser a puñaladas el pecho de una infame...».
Sí, todo esto había querido hacer don Víctor que se sintió morir de
vergüenza y de cólera contra los infames adúlteros y contra sí mismo, en
cuanto notó que el tren se movía y le alejaba del lugar del crimen, de
su deshonra y de su venganza necesaria...
«¡Soy un miserable, soy un miserable!» gritaba por dentro Quintanar
mientras el tren volaba y Vetusta se quedaba allá lejos; tan lejos, que
detrás de las lomas y de los árboles desnudos ya sólo se veía la torre
de la catedral, como un gallardete negro destacándose en el fondo
blanquecino de Corfín, envuelto por la niebla que el sol tibio iluminaba
de soslayo.
«Huyo de mi deshonra, en vez de lavar la afrenta, huyo de ella... esto
no tiene nombre, ¡oh!... sí lo tiene...». Y ¡zas! el nombre que tenía
aquello, según Quintanar, estallaba como un cohete de dinamita en el
cerebro del pobre viejo.
«¡Soy un tal, soy un tal!» y se lo decía a sí mismo con todas sus
letras, y tan alto que le parecía imposible que no le oyeran todos los
presentes.
«Pero el tren huía de Vetusta, silbaba, le silbaba a él; y él no tenía
el valor de arrojarse a tierra, de volver al pueblo... iba a tardar más
de doce horas en ver el caserón, ¡aplazaba su venganza más de doce
horas!...».
Pasaron un túnel y no quedó ya nada de Vetusta ni de su paisaje. Era
otro panorama; estaban a espaldas de la sierra; montes rojizos, lomas
monótonas como oleaje simétrico se extendían cerrando el horizonte a la
izquierda de la vía. El cielo estaba obscuro por aquel lado, bajas las
nubes, que como grandes sacos de ropa sucia se deshilachaban sobre las
colinas de lontananza; a la derecha campos de maíz, ahora vacíos,
enseñaban la tierra, negra con la humedad; entre las manchas de las
tierras desnudas aparecían el monte bajo, de trecho en trecho, las
pomaradas ahora tristes con sus manzanos sin hojas, con sus ramos
afilados, que parecían manos y dedos de esqueleto. Por aquel lado el
cielo prometía despejarse, la niebla hacía palidecer las nubes altas y
delgadas que empezaban a rasgarse. Sobre el horizonte, hacia el mar, se
extendía una franja lechosa, uniforme y de un matiz constante. Sobre los
castañares que semejaban ruinas y mostraban descubiertos los que eran en
verano misterios de su follaje, sobre los bosques de robles y sobre los
campos desnudos y las pomaradas tristes pasaban de cuando en cuando en
triángulo macedónico bandadas de cuervos, que iban hacia el mar, como
náufragos de la niebla, silenciosos a ratos, y a ratos lamentándose con
graznar lúgubre que llegaba a la tierra apagado, como una queja
subterránea.
Mientras Frígilis hablaba de la conveniencia de abandonar el cultivo del
maíz y de cultivar los prados con intensidad, don Víctor, apoyada la
cabeza sobre la tabla dura del coche de tercera miraba al cielo pardo y
veía desaparecer entre la niebla una falange de cuervos por aquel
desierto de aire. Ya parecían polvos de imprenta, después aprensión de
la vista, después nada.
«¡Lugarejo, dos minutos!» gritó una voz rápida y ronca.
Don Víctor asomó la cabeza por la ventanilla. La estación, triste cabaña
muy pintada de chocolate y muerta de frío, estaba al alcance de su mano
o poco más distante. Sobre la puerta, asomada a una ventana una mujer
rubia, como de treinta años, daba de mamar a un niño.
«Es la mujer del jefe. Viven en este desierto. Felices ellos» pensó
Quintanar.
Pasó el jefe de la estación que parecía un pordiosero. Era joven; más
joven que la mujer de la ventana parecía.
«Se querrán. Ella por lo menos le será fiel».
Después de esta conjetura don Víctor se dejó caer otra vez en su
asiento. Cerró los ojos, tapó el rostro cuanto pudo con una mano. El
tren volvió a moverse. El ruido del hierro y de la madera y la
trepidación uniforme eran como canción que atraía el sueño. Quintanar,
sin pensar en ello, medía el ritmo de las ruedas pesadas y crujientes
con el compás de una marcha que cantaba su tordo, aquel tordo orgullo de
la casa.... Después midió el paso del tren con los de cierta polka... y
después se quedó dormido.
Media hora después llegaban a la estación en que dejaban el tren para
tomar a pie la carretera que los conducía a las marismas de Palomares.
Don Víctor despertó asustado, gracias a un golpe que le dio en el hombro
Frígilis.
Había soñado mil disparates inconexos; él mismo, vestido de canónigo con
traje de coro, casaba en la iglesia parroquial del Vivero a don Álvaro y
a la Regenta. Y don Álvaro estaba en traje de clérigo también, pero con
bigote y perilla.... Después los tres juntos se habían puesto a cantar el
Barbero, la escena del piano; él, don Víctor, se había adelantado a las
baterías para decir con voz cascada:
Quando la mia Rosina... el público de las butacas había graznado al
oírle como un solo espectador.... Todas las butacas estaban llenas de
cuervos que abrían el pico mucho y retorcían el pescuezo con
ondulaciones de culebra.... «Una pesadilla» pensó Quintanar, y entre
dormido y despierto emprendía la marcha a pie por la carretera de
Palomares abajo. Estaban en Roca--Tajada; a la derecha, a pico, se
elevaba el monte Arco partido por aquel desfiladero; estrecha garganta
por donde sólo cabían la angosta carretera y el río Abroño que se
cruzaban en mitad de la hoz pasando el camino, perpendicular al río, por
un puente de piedra blanca.
Después de almorzar en Roca--Tajada, en la taberna de Matiella,
estanquero y albañil, grande amigo de Frígilis, los dos amigos cazadores
dejaron el camino real, y por prados fangosos de hierba alta, de un
verde obscuro, llegaron otra vez a las orillas del Abroño, allí más
ancho, rodeado de juncos y arena, rizado por las ondas verdes que le
mandaba el mar ya vecino.
Frígilis y Quintanar pasaron el río en una barca, comenzaron a subir una
colina coronada por una aldea de casas blancas separadas por pomaradas y
laureles, pinos de copa redonda y ancha y álamos esbeltos. El verde de
los pinares y de los laureles y de algunos naranjos de las huertas,
sobre el verde más claro de las praderas en declive, limpias y como
recortadas con tijeras, alegraba la cumbre resaltando bajo el cielo
lechoso y entre las paredes blancas, que se comían toda la luz del día,
difusa y como cernida a través de las nubes delgadas. Según subían por
la falda de la loma que era como primer escalón para la colina, el
terreno se afirmaba, la hierba aclaraba su color y menguaba. Frígilis se
detuvo y contempló el monte Arco que tenía enfrente, el río ondulante
que quedaba debajo y la franja del mar, azulada con pintas blancas, que
se veía en un rincón del horizonte, en apariencia más alto que el río,
como una pared obscura que subía hacia las nubes.
Quintanar se sentó sobre una peña que dejaba descubierta el prado. De la
parte de Areo, cruzando sobre el río a mucha altura, vieron venir un
bando de tordos de agua. Cuando estuvieron a tiro Frígilis disparó los
de su escopeta con tan mala suerte, que no consiguió más que dispersar
las apretadas filas.
--¡Tira tú, bobo!--gritó Crespo furioso.
Quintanar se levantó, apuntó, disparó y cuatro tordos de agua cayeron
heridos por los perdigones que, según pensó en aquel instante don
Víctor, debía tener en los sesos el amigo traidor, el infame don Álvaro.
«Sí, aquel tiro era el de Álvaro, los tordos, inocentes, caían a pares,
y el ladrón de su honra vivía». Y ¡cosa extraña! cuando allá en el
parque había estado apuntando a la cabeza de Mesía, no recordaba que el
cartucho mortífero tenía carga de perdigón; suponíalo lleno de postas o
de balas.
Muy contra su voluntad, a pesar de la desgracia que tenía encima, el
cazador sintió el placer de la vanidad satisfecha. «Frígilis había
disparado dos tiros y... nada; disparaba él uno solo y... cuatro.... Sí,
cuatro, allí estaban, sangrando sobre el prado, mezclando las gotas
rojas con la escarcha blanca de la hierba».
Media hora después Frígilis tomaba el desquite matando un soberbio pato
marino. Quintanar, por gusto, mató un cuervo que no recogió.
Cazaron hasta las doce, hora de comer sus fiambres. Los perros de
Frígilis se aburrían. Aquella caza en que ellos representaban un papel
secundario, les parecía una vergüenza; bostezaban y obedecían mal a la
voz del amo.
Después de comer los fiambres y de beber regulares tragos, don Víctor
sintió su pena con intensidad cuatro veces mayor. Todo lo veía claro,
toda la trascendencia de su descubrimiento del amanecer se le aparecía
como un tratado clásico de historia. Lo que había sucedido, lo que iba
a suceder, lo veía como en un panorama. Y sentía comezón de hablar y
ansias de llorar. ¿Por qué no abría el pecho al amigo del alma, al
verdadero, al único? No se lo abrió. «No era tiempo».
Para perseguir un bando de peguetas que volaba de prado en prado,
siempre alerta, se separaron. Aquellos pajarracos no se comían, pero
Frígilis les tenía declarada la guerra porque se burlaban de los
cazadores con una especie de ironía, de sarcasmo que parecía racional.
Esperaban, _fingían_ estar descuidados, disimulaban su vigilancia, y al
ir Frígilis a disparar, escondido tras un seto... volaban los condenados
gritando como brujas sorprendidas en aquelarre. Por eso los perseguía
tenaz, irritado.
Se separaron. Si las peguetas iban por un lado al escapar del prado que
cubrían tiñéndolo de negro, se encontraban con la descarga de Crespo; si
tomaban por el otro lado, disparaba don Víctor.
El cual se quedó solo, sobre una loma dominando el valle. El sol no
había conseguido disipar la niebla; se le vislumbraba detrás de un toldo
blanquecino, como si fuera una luna de teatro hecha con un poco de
aceite sobre un papel. A lo lejos gritaban las agoreras aves de
invierno, que después aparecían bajo las nubes, volando fuera de tiro,
sin miedo al cazador, pero tristes, cansadas de la vida, suponía
Quintanar.
«El campo estaba melancólico. El invierno parecía una desnudez. Y a
pesar de todo, ¡qué hermosa era la naturaleza! ¡qué tranquilamente
reposaba!... ¡Los hombres, los hombres eran los que habían engendrado
los odios, las traiciones, las leyes convencionales que atan a la
desgracia el corazón!». La filosofía de Frígilis, aquel pensador
agrónomo que despreciaba la sociedad con sus _falsos principios_, con
sus preocupaciones, exageraciones y violencias, se le presentó a
Quintanar, a quien el cuerpo repleto le pedía siesta, como la filosofía
verdadera, la sabiduría única, eterna. «Vetusta quedaba allá, detrás de
montes y montes, ¿qué era comparada con el ancho mundo? Nada; un punto.
Y todas las ciudades, y todos los agujeros donde el hombre, esa hormiga,
fabricaba su albergue, ¿qué eran comparados con los bosques vírgenes,
los desiertos, las cordilleras, los vastos mares?... Nada. Y las leyes
de honor, las preocupaciones de la vida social todas, ¿qué eran al lado
de las grandes y fijas y naturales leyes a que obedecían los astros en
el cielo, las olas en el mar, el fuego bajo la tierra, la savia
circulando por las plantas?».
Vivos deseos sintió Quintanar por un momento de echar raíces y ramas, y
llenarse de musgo como un roble secular de aquellos que veía coronando
las cimas del monte Areo. «Vegetar era mucho mejor que vivir».
Oyó un tiro lejano, después el estrépito de las peguetas que volaban
riéndose con estridentes chillidos; las vio pasar sobre su cabeza. No se
movió. Que se fueran al diablo. Él estaba pensando en Tomás Kempis. Sí,
Kempis, a quien había olvidado, tenía razón; donde quiera estaba la
cruz. «Arregla, decía el sabio asceta, arregla y ordena todas las cosas
según tu modo de ver y según tu voluntad, y verás que siempre tienes
algo que padecer de grado o por fuerza; siempre hallarás la cruz».
Y también recordaba lo de: «Algunas veces parecerá que Dios te deja,
otras veces serás mortificado por el prójimo; y lo que es más, muchas
veces te serás molesto a ti mismo».
«Sí, el prójimo me mortifica, y yo mismo me molesto, me hago daño hasta
sangrar el alma.... No sé lo que debo hacer, ni lo que debo pensar
siquiera. Anita me engaña, es una infame sí... pero ¿y yo? ¿No la engaño
yo a ella? ¿Con qué derecho uní mi frialdad de viejo distraído y soso a
los ardores y a los sueños de su juventud romántica y extremosa? ¿Y por
qué alegué derechos de mi edad para no servir como soldado del
matrimonio y pretendí después batirme como contrabandista del adulterio?
¿Dejará de ser adulterio el del hombre también, digan lo que quieran las
leyes?».
Le daba ira encontrarse tan filósofo, pero no podía otra cosa.
Comprendía que aquellas meditaciones le alejaban de su venganza, que en
el fondo del alma él no quería ya vengarse, quería castigar como un juez
recto y salvar su honor, nada más. Y esto mismo le irritaba. Después
volvía la lástima tierna de sí mismo, la imagen de la vejez solitaria...
y los alcaravanes, allá en el cielo gris, iban cantando sus ayes como
quien recita el _Kempis_ en una lengua desconocida.
«Sí, la tristeza era universal; todo el mundo era podredumbre; el ser
humano lo más podrido de todo».
Y siempre sacaba en consecuencia que él no sabía lo que debía hacer, ni
siquiera lo que debía pensar, ni aun lo que debía sentir.
«De todas suertes, las comedias de capa y espada mentían como bellacas;
el mundo no era lo que ellas decían: al prójimo no se le atraviesa el
cuerpo sin darle tiempo más que para recitar una rendondilla. Los
hombres honrados y cristianos no matan tanto ni tan deprisa».
De noche, en el tren, cuando volvían solos a Vetusta en un coche de
segunda, por miedo al frío de los de tercera, Frígilis que miraba el
paisaje triste a la luz de la luna, que aquella vez había podido más que
el sol y había roto las nubes, Frígilis sintió un suspiro como un
barreno detrás de sí, y volvió la cabeza diciendo:
--¿Qué te pasa, hombre? Todo el día te he visto preocupado, tristón...
¿qué pasa?
La lamparilla del techo que alumbraba dos departamentos, apenas rompía
las tinieblas de aquel coche que parecía caja de muerto.
Frígilis no podía ver bien el rostro de don Víctor, pero le oyó, de
repente, llorar como un chiquillo, y sintió la cabeza fuerte y blanca de
Quintanar apoyada en el hombro del amigo. Sí, se apoyaba el pobre viejo
con cariño, confianza, y con la fuerza con que se deja caer un muerto.
Parecía aquello la abdicación de su pensamiento, de toda iniciativa.
--Tomás, necesito que me aconsejes. Soy muy desgraciado; escucha...


--XXX--

--Y ahora mucho cuidado; mira lo que vas a hacer.
--¿Tú no entras?
--No, no.... Tengo prisa, tengo que hacer.
--¡Me dejas solo ahora!
--Volveré si quieres... pero... mejor te acostabas pronto. Mañana vendré
temprano.
--Te advierto que no te he dicho que sí.
--Bueno, bueno... adiós.
--Espera, espera... no me dejes solo... todavía. No te he dicho que sí;
tal vez... lo piense más y... me decida por seguir el camino opuesto.
--Pero por de pronto, Víctor, prudencia, disimulo.... Es decir, si no
quieres exponerte a una desgracia. Ya lo sabes....
--¡Sí, sí! Benítez cree que un gran susto, una impresión fuerte....
--Eso; puede matarla.
--¡Está enferma!
--Sí, más de lo que tú crees.
--¡Está enferma! Y un susto, un susto grande... puede matarla.
--Eso, así como suena.
--Y yo debo subir, y guardar para mí todos estos rencores, toda esta
hiel tragármela... y disimular, y hablar con ella para que no sospeche y
no se asuste... y no se me muera de repente....
--Sí, Víctor, sí; todo eso debes hacer.
--Pero confiesa, Tomás, que todo eso se dice mejor que se hace; y
comprende que ese aldabón me inspire miedo, explícate la razón que tengo
para tenerle el mismo asco que si fuera de hierro líquido....
Calló a esto Frígilis.
Llegaban de la estación; estaban en el portal del caserón de los Ozores,
que apenas alumbraba a pedazos el farol dorado pendiente del techo.
Quintanar no tenía valor para subir a su casa. No quería llamar. «Iban a
abrirle, iba a salir ella, Ana, a su encuentro, se atrevería a sonreír
como siempre, tal vez a ponerle la frente cerca de los labios para que
la besara.... Y él tendría que sonreír, y besar y callar... y acostarse
tan sereno como todas las noches.... Tomás debía comprender que aquello
era demasiado...».
Y además, las revelaciones de Frígilis respecto a la salud de Ana le
habían caído al pobre ex-regente como una maza sobre la cabeza. «Aquella
alegría, aquella exaltación que la habían llevado... al crimen, a la
infamia de una traición... eran una enfermedad; Ana podía morir de
repente cualquier día; una impresión extraordinaria lo mismo de dolor
que de alegría, mejor si era dolorosa, podía matarla en pocas horas...».
Esto había contestado Frígilis a la historia de su amigo. A Mesía
fusilémosle, había dicho, si eso te consuela; pero hay que esperar, hay
que evitar el escándalo, y sobre todo hay que evitar el susto, el
espanto que sobrecogería a tu mujer si tú entraras en su alcoba como
los maridos de teatro.... Ana, culpable según las leyes divinas y
humanas, no lo era tanto en concepto de Frígilis que mereciera la
muerte.
--¿Quién quiere matarla? ¡Yo no quiero eso!--había interrumpido don
Víctor al oír esto.
Pero Frígilis había replicado:
--Sí quieres tal, si le dices que lo sabes todo. Lo que hay que hacer
hay que pensarlo; yo no digo que la perdones, que esa sea la única
solución; pero confiesa que el perdonar es una solución también.
--Perdonarla es transigir con la deshonra....
--Eso ya lo veríamos. ¿Tú eres cristiano?
--Sí, de todo corazón, más cada día.... Como que ya no veo más refugio
para mi alma que la religión....
--Bueno, pues si eres cristiano ya veremos si debes perdonar o no. Pero
no se trata de esto todavía; se trata de no cortar el camino al perdón,
antes de ver si conviene, dando a tu mujer esa puñalada mortal al entrar
en su cuarto y gritar: «¡Muera la esposa infiel!» para que ella
conteste: «¡Jesús mil veces!» y caiga redonda. Yo no sé si diría «Jesús
mil veces» pero de que caería estoy seguro. Y ya ves, antes de matarla
hay que ver si tenemos derecho para ello.
--No, yo no le tengo; me lo dice la conciencia....
--Y dice perfectamente. Ni yo tengo derecho para aconsejarte nada
trágico. Cuando te casé con ella, porque yo te casé, Víctor, bien te
acordarás, creí hacer la felicidad de ambos....
--Y no parecía que te habías equivocado. La mía la habías hecho. La de
ella... durante más de diez años pareció que también.
--Sí, pareció; pero la procesión andaba por dentro....
Diez años fue buena: la vida es corta.... No fue tan poco.
--Mira, Frígilis, tu filosofía no es para consolar a un marido en mi
situación.... Ya sé yo todo lo que tú puedes decirme, y mucho más.... Eso
no es consolarme....
--Ni yo creo que tu situación admita consuelos más que el del tiempo y
la reflexión lenta y larga.... Pero ahora no se trata de ti, se trata de
ella. ¿Te empeñas en coser el cuerpo con un florete o con una espada a
Mesía? Sea; pero hay que ver cuándo y cómo. Hay que tener calma. Después
de lo que sabes de la enfermedad de Ana, secreto que Benítez me impuso y
que rompo por lo apurado del caso, después de saber que puede sucumbir
ante una revelación semejante....
--¿Pero no es peor hacer lo que hace, que saber que yo lo sé? ¿Quién te
asegura a ti que no me despreciará, que no procurará huir con el otro?
--¡Víctor, no seas majadero! El otro... es un zascandil. No hizo más que
esperar que cayera el fruto de maduro.... Ella no está enamorada de
Mesía.... En cuanto vea que es un cobarde y que la abandona antes que
pelear por ella... le despreciará, le maldecirá... y en cambio los
remordimientos la volverán a ti, a quien siempre quiso.
--¡Que quiso!--Sí, más que a un padre. ¿Qué mejor prueba quieres que
todo lo pasado? ¿Por qué se hizo mística?... Y la pobre... también tuvo
que sufrir ataques... creo yo, de otro lado... de... pero en fin, de
esto no hablemos. ¿Por qué luchó, como luchó sin duda? Porque te
quería... porque te quiere... te quiere mucho....
--¡Y me vende!--¡Te vende! ¡te vende!... En fin, no hablemos de eso...
ya has dicho que no quieres mis filosofías. Ello es, que si armas
arriba una escena de honor ultrajado, en seguida hay otra de entierro.
--¡Hombre dices las cosas de un modo!...
--La verdad. Un drama completo. Pero en último caso, si tan irritado
estás, si tan ciego te ves, si no puedes atender a razones, ni a tu
conciencia que bien claro te habla; llama, sube, alborota, quema la
casa.... O no hagas tanto, que bastará con que la espantes con tu noticia
para que Ana caiga de espaldas y le estalle dentro una de esas cosas en
que tú no crees, pero que son para la vida como los alambres para el
telégrafo. Si estás furioso, si no puedes contenerte, también tú tendrás
disculpa hagas lo que hagas. (Pausa.) Pero si no, Quintanar, no tienes
perdón de Dios.
Esto último lo dijo Crespo con voz solemne, grave, vibrante que hizo a
su amigo estremecerse.
Después de este diálogo, parte del cual mantuvieron por el camino de la
estación a casa, y parte dentro del portal, fue cuando Quintanar se
acercó a la puerta para coger el aldabón, y cuando Frígilis exclamó:
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