La Regenta - 28

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invierno de dos a cuatro o cinco de la tarde, y en verano poco antes de
ponerse el sol hasta la noche. Era aquel un lugar, a más de abrigado,
solitario y lo que llamaban allí _recogido_, pero esto cuando la Colonia
no existía. Ahora lo mejor de la población, el ensanche de Vetusta iba
por aquel lado, y si bien el Espolón y sus inmediaciones se respetaron,
a pocos pasos comenzaba el ruido, el movimiento y la animación de los
hoteles que se construían, de la barriada _colonial_ que se levantaba
como por encanto, según _El Lábaro_, para el cual diez o doce años eran
un soplo por lo visto.
Preciso es declarar que el clero vetustense, aunque famoso por su
intransigencia en cuestiones dogmáticas, morales y hasta disciplinarias,
y si se quiere políticas, no había puesto nunca malos ojos a la
proximidad del progreso urbano, y antes se felicitaba de que Vetusta se
_transformase de día en día_, de modo que a la vuelta de veinte años _no
hubiera quien la conociese_. Lo cual demuestra que la civilización bien
entendida no la rechazaba el clero, así parroquial como catedral de la
_Vetusta católica_ de Bermúdez.
Hubo más; aunque tradicionalmente el Espolón venía siendo patrimonio de
sacerdotes, magistrados melancólicos y _familias de luto_, como algunas
señoras notasen que el _Paseo de los curas_ era más caliente que todos
los demás, comenzaron en tertulias y cofradías a tratar la cuestión de
si debía trasladarse el paseo de invierno al Espolón. Don Robustiano
Somoza, que ante todo era higienista público, gritaba en todas partes:
--¡Pues es claro! Pues si es lo que yo vengo diciendo hace un siglo;
pero aquí no se puede luchar con las preocupaciones, con el fanatismo.
Esos curas, que son listos, con pretexto de la soledad y el retiro han
cogido, allá en tiempo de la sopa boba, han cogido para sí el mejor
sitio de recreo, el más abrigado, el más higiénico....
En fin, que algunas señoras de las más encopetadas se atrevieron a
romper la tradición, y desde Octubre en adelante, hasta que volvía
Pascua florida, se pasearon con gran descoco en el Espolón. Tras
aquéllas fueron atreviéndose otras; los _pollos_ advirtieron que el
Paseo de los curas era más corto y más estrecho que el Paseo Grande, y
esto les convenía. Y en un año se transformó en _Paseo de invierno_ el
apetecible Espolón, secularizándose en parte.
Algunos clérigos, viejos o pobres casi todos, protestaron y acabaron por
abandonar _su_ Espolón desparramándose por las carreteras.
--«¡El mundo, la locura, los arrojaba de su solitario recreo! ¡El siglo
lo invadía todo!». Y la emprendían por el camino de Castilla y otras
calzadas polvorosas entre las filas interminables de álamos y robles.
Pero el elemento joven, los más de los canónigos y beneficiados, los que
vestían con más pulcritud y elegancia, los que usaban el sombrero de
canal suelta el ala, ancho y corto, se resignaron, y toleraron la
invasión de la Vetusta elegante. No tuvieron inconveniente, o lo
disimularon, en codearse con damas y caballeros; después de todo, ellos
no habían ido a buscar el gentío, el bullicio mundanal; ellos seguían
_en su casa_, en sus dominios, haciendo como que no notaban la presencia
de los intrusos.
Tal vez a esta nueva costumbre de la vida vetustense debíase en parte el
gran esmero que se echaba de ver de poco acá en el traje de muchos
sacerdotes. Lo que se puede bien llamar juventud dorada del clero de la
capital, tan envidiada por sus colegas de la montaña, que según ellos
mismos se embrutecían a ojos vistas, la juventud dorada acudía sin falta
todas las tardes de otoño y de invierno que hacía bueno al Espolón; iba
lo que se llama reluciente; parecían diamantes negros, y sin que nadie
tuviera nada que decir, presenciaban las idas y venidas de las jóvenes
elegantes; y los que eran observadores podían notar las señales del
amor, de la coquetería, en gestos, movimientos, risas, miradas y
rubores. Pero nada más.
Sin embargo, el Rector del Seminario, hombre excesivamente timorato,
según frase de la marquesa de Vegallana, no pasaba por aquellas
mescolanzas de curas y mujeres paseando todos revueltos, en un recinto
que no tenía un tiro de piedra de largo, y que tendría cinco varas
escasas de ancho.
--«No señor--le decía al Obispo--; yo no comprendo que pueda ser cosa
inocente e inofensiva que un sacerdote tropiece con los codos de todas
las señoritas majas del pueblo...». El Obispo creía que las señoritas
eran incapaces de tales tropezones. «Si fuesen aquellas empecatadas del
boulevard, las chalequeras...».
Pronto se olvidó la protesta del Rector del Seminario.
--¿Quién hace caso de ese señor?--decía Visitación la del Banco--un
hombre cerril; santo, eso sí, pero montaraz. En fin, ¡un hombre que me
echó a mí de la sacristía de Santo Domingo siendo yo tesorera del
Corazón de Jesús!
--Un hombre así--aseveraba Obdulia--debía pasar la vida sobre una
columna....
--Como San Simón _Estilista_--acudió Trabuco, que estaba presente.
Desde Pascua florida hasta el equinoccio de otoño próximamente, los
curas se quedaban casi solos en el Espolón; pero en Octubre volvían
algunas señoras que tenían miedo a la humedad y a _la influencia del
arbolado_ allá arriba en el paseo de Verano. La tarde en que el carruaje
de los Vegallana dejó al Magistral a la entrada del Espolón, paseaban
allí muchos clérigos y no pocos legos de edad y respetabilidad, pero
pocas señoras. Sin embargo, las que había bastaron para comentar con
abundancia de escolios y notas el hecho extraordinario de apearse el
Magistral de la carretela de los Vegallana donde todas con sus propios
ojos--cada cual--le acababan de ver al lado de la Regenta. «En
nombrando el ruin de Roma...», habían dicho muchos al ver aparecer la
carretela. Los curas, valga la verdad, también hablaban del suceso
_inopinado_, como lo llamaba Mourelo. El ex-alcalde Foja se paseaba en
medio del Arcediano, el ilustre Glocester, y del beneficiado don
Custodio, el más almibarado presbítero de Vetusta. No solía el liberal
usurero acompañarse de sotanas, pero aquella tarde había juntado a los
tres enemigos del Magistral la importancia de los acontecimientos.
--¡Qué desfachatez!--decía Foja.
--Es un insensato; no sabe lo que es diplomacia, lo que es
disimulo--advertía Mourelo.
--Y yo que no quería creer a usted cuando me decía que se había quedado
a comer con ellos....
--¡Ya ve usted!--exclamó Glocester triunfante.
--¿Y a dónde van los otros?
--Al Vivero, de fijo; ya sabe usted... a brincar y saltar como potros....
--¡Esas son las clases conservadoras!
--No, señor; esa es la excepción....
--Y mire usted que venir en carruaje descubierto....
--Y junto a ella...--Y apearse aquí--se atrevió a decir el beneficiado.
--Justo; tiene razón este... apearse aquí...
--Señor Arcediano, permítame usted decirle que su colega de usted está
dejado de la mano de Dios.
--¡Ya lo creo! ¡ya lo creo! y lo siento.... Pero ese Obispo, ese bendito
señor.... En fin, ¿qué quiere usted?--indicó Glocester sonriendo con
malicia.
En aquel momento se le ocurrió una frase y para exponerla a su auditorio
con toda solemnidad se detuvo, extendió la mano, como separando a los
otros dos, y echando el cuerpo del lado de Foja le dijo al oído, a
voces:
--¡Amigo mío, de todo ha de haber en la Iglesia de Dios!
Rieron los otros el chiste, y no cesaron las carcajadas, hasta que el
Magistral pasó al lado de los murmuradores. Los dos clérigos le
saludaron muy cortésmente y Glocester dando un paso hacia él, le
acarició con una palmadita familiar sobre el hombro.
La envidia se lo comía, pero Glocester no era hombre que gastase menos
disimulo. O era diplomático o no lo era.
El Magistral se contentó con escupirle para sus adentros.
Dio algunas vueltas solo, saludando a diestro y siniestro con la
amabilidad de costumbre, por máquina, sin ver apenas a quien saludaba.
Llevaba el manteo terciado sobre la panza, que comenzaba a indicarse; y
mano sobre mano--ya se sabe que eran muy hermosas--a paso lento (que
buen trabajo le costaba, muy de buen grado hubiera echado a correr...
detrás de los coches del Marqués) anduvo por allí un cuarto de hora
desafiando humildemente las miradas de todos, seguro de que todos o los
más hablaban de él; y de la confesión de dos horas o tres o cuatro.
«¡Sabría Dios cuántas serían ya!--Aquel Glocester y su don Custodio
habrían tenido buen cuidado de hacer rodar la bola.... ¡Las cosas que
dirían ya los enemigos! Pero ¿qué le importaba a él? Lo que ahora le
pesaba era no haber seguido al Vivero; ¡de todos modos habían de
murmurar los miserables! y en cuanto a las personas decentes, las que a
él le importaban, esas no habían de creer nada malo porque él, como
hacía Ripamilán, como habían hecho otros sacerdotes, fuese a las
posesiones de Vegallana».
Algunos amigos verdaderos, o por lo menos partidarios declarados del
Magistral, paseaban por el Espolón; pero no se atrevían a acercarse al
ilustre Vicario general; llevaba cara de pocos amigos, a pesar de su
sonrisita dulce, clavada allí desde que se veía en la calle. Así como a
los delicados de la vista la claridad les hace arrugar los párpados, a
don Fermín le hacía sonreír; parecía aquella sonrisa con que siempre le
veía el público, un efecto extraño de la luz en los músculos de su
rostro.
Pero esto no engañaba a los que le conocían bien--los más muy a su
costa--. El primero que se atrevió a acercarse fue el Deán que llegaba
entonces al paseo. El mismo De Pas le salió al encuentro. El Deán no
hablaba casi nunca, y paseando menos. Se emparejaron y don Fermín siguió
como si estuviera solo. Se acercó después el canónigo pariente del
ministro y hubo que hablar y en seguida se agregó un _obispo de levita_
(frase que hacía fortuna por aquella época) y la conversación se animó;
se habló de política y de intrigas palaciegas; de mil cosas que le
parecían al Magistral necedades, dicharachos indignos de sacerdotes.
«¿Pero y él? ¿en qué iba pensando él? Aquello sí que era pueril,
ridículo y hasta pecaminoso. ¿Pues no se había puesto a fijarse, porque
iba con la cabeza gacha, en los manteos y sotanas de sus colegas, y en
los suyos, y no estaba pensando que el traje talar era absurdo, que no
parecían hombres, que había afeminamiento carnavalesco en aquella
indumentaria...? ¡mil locuras! lo cierto era que le estaba dando
vergüenza en aquel momento llevar traje largo y aquella sotana que él
otras veces ostentaba con majestuoso talante. Si a lo menos tuviera una
abertura lateral, como algunas túnicas... pero entonces se verían las
piernas--¡qué horror!--, los pantalones negros, el varón vergonzante que
lleva debajo el cura».
--¿Qué opina usted?--le preguntó el obispo laico en aquel instante,
deteniéndose, poniéndosele delante para intimarle la respuesta.
No sabía de qué hablaban, se le había ido el santo al cielo con los
cortes de la sotana.
--La verdad es que la cuestión--dijo--la cuestión... merece pensarse.
--¡Pues eso digo yo!--gritó el otro, triunfante, y le dejó seguir
andando.
--¿Ven ustedes? el señor Provisor opina lo mismo que yo; dice que merece
estudiarse la cuestión, que es ardua... ¡yo lo creo!
El Magistral respiró; pero antes de exponerse a otra pregunta
_inopinada_, como diría Mourelo, se despidió de aquellos señores
asegurando que tenía que hacer en Palacio.
No podía más; aquella tarde la compañía de sus colegas le asfixiaba;
toda aquella tela negra colgando le abrumaba; podía decir cualquier
desatino si continuaba allí. Y se marchó a paso largo. Su última mirada
fue para la lontananza del camino del Vivero por donde había visto
desaparecer entre nubes de polvo los coches.
«¡Estamos buenos!» iba pensando por las calles. Era enemigo de dar
nombres a las cosas, sobre todo a las difíciles de bautizar. ¿Qué era
aquello que a él le pasaba?
No tenía nombre. Amor no era; el Magistral no creía en una pasión
especial, en un sentimiento puro y noble que se pudiera llamar amor;
esto era cosa de novelistas y poetas, y la hipocresía del pecado había
recurrido a esa palabra santificante para disfrazar muchas de las mil
formas de la lujuria. Lo que él sentía no era lujuria; no le remordía la
conciencia. Tenía la convicción de que aquello era nuevo. ¿Estaría malo?
¿Serían los nervios? Somoza le diría de fijo que sí».
«De todas maneras, había sido una necedad, y tal vez una grosería, haber
desairado a aquellas señoras. ¿Qué estarían diciendo de él en el
Vivero?».
Subía el Magistral por las primeras calles de la Encimada, pasó por la
puerta del Gobierno civil y allá dentro, en medio del patio, vio un pozo
que él sabía que estaba ciego. Se acordó de que Ripamilán le había
hablado varias veces de un pozo seco que había en el Vivero. Paco
Vegallana, Obdulia, Visita y demás gente loca--había dicho el
Arcipreste--se entretienen en cortar helechos, yerbas, ramas de árboles
y arrojarlo todo al pozo, y cuando ya llega la hojarasca cerca de la
boca... ¡zas! se tiran ellos dentro, primero uno, después otro y a veces
dos o tres a un tiempo.... Al mismo Ripamilán, con toda su
respetabilidad, le habían hecho descender a aquel agujero, y por cierto
que para sacarlo se había necesitado una cuerda.... El Magistral tenía
aquel pozo, que no había visto, delante de los ojos, y se figuraba a
Mesía dentro de él, sobre las ramas y la yerba con los brazos extendidos
¡esperando la dulce carga del cuerpo mortal de Anita!... ¿Tendría ella
tan reprensible condescendencia? ¿Se dejaría echar al pozo? Don Fermín
estaba en ascuas. ¿Qué le importaba a él? Pues estaba en ascuas.
Andaba a la ventura, sin saber a dónde ir. Se encontró a la puerta de su
casa. Dio media vuelta y, seguro de que nadie le había visto, apretó el
paso bajando por un callejón que conducía a la plazuela de Palacio, a la
Corralada.
«¡Mi madre! pensó. No se había acordado de ella en toda la tarde».
¡Había comido fuera de casa sin avisar! doña Paula consideraba esta
falta de disciplina doméstica como pecado de calibre. Pocas veces los
cometía su hijo, y por lo mismo la impresionaban más.
«¡Cómo no se me ocurrió mandarle un recado! pero... ¿por quién? ¿no era
ridículo decirle a la Marquesa: señora necesito que mi madre sepa que no
como hoy con ella? Aquella esclavitud en que vivía... contento, sí,
contento, no le humillaba... pero no convenía que la conociese el mundo.
Y ahora, ¿por qué no se había quedado en casa? Bastante tiempo había
pasado fuera... ¿volvería pie atrás, desafiaría el mal humor de su
madre? No, no se atrevía; no estaba el suyo para escenas fuertes, le
horrorizaba la idea de una filípica embozada, como solían ser las de su
madre, de un discurso de moral utilitaria.... De fijo le hablaría de las
necedades que le habían contado por la mañana.... Y si le decía: he
comido... con la Regenta, en casa del Marqués, ¡bueno iba a estar
aquello! Pero, Señor ¡qué luego, qué luego había empezado la gentuza, la
miserable gentuza vetustense a murmurar de aquella amistad! ¡en dos días
todo aquel run run, su madre con los oídos llenos de calumnias, de
malicias, y el alma de sospechas, de miedos y aprensiones!... ¿y qué
había? nada; absolutamente nada; una señora que había hecho confesión
general y que probablemente a estas horas estaría metida en un pozo
cargado de yerba seca en compañía del mejor mozo del pueblo. ¿Y él qué
tenía que ver con todo aquello? ¡Él, el Vicario general de la diócesis!
¡Oh, sí! volvería a casa, se impondría a su madre, le diría que era
indecoroso insistir en sospechar, procurar disimulos, borrar
apariencias, ¿para qué? él no tenía nada que tapar en aquel asunto; no
era un niño, despreciaba la calumnia, etc».
Entró en palacio. La sombra de la catedral, prolongándose sobre los
tejados del caserón triste y achacoso del Obispo, lo obscurecía todo;
mientras los rayos del sol poniente teñían de púrpura los términos
lejanos, y prendían fuego a muchas casas de la Encimada, reflejando
llamaradas en los cristales.
El Magistral llegó hasta el gabinete en que el Obispo corregía las
pruebas de una pastoral.
Fortunato levantó la cabeza y sonrió.
--Hola, ¿eres tú? Don Fermín se sentó en un sofá. Estaba un poco
mareado; le dolía la cabeza y sentía en las fauces ardor y una sequedad
pegajosa; se ahogaba en aquel recinto cerrado y estrecho; el alcohol le
había perturbado. Nunca bebía licores y aquella tarde, distraído, sin
saber lo que estaba haciendo, había apurado la copa de chartreuse o no
sabía qué, servida por la Marquesa.
Fortunato leía las pruebas y seguía sonriendo. No parecía temer ya al
Magistral. Horas antes esquivaba quedarse a solas con él de miedo a que
le reprendiese por su condescendencia con las señoras _protectrices_ de
la Libre Hermandad. De Pas notó el cambio.
--¿Me haces el favor de leer lo que dicen estas letras borradas?... yo
no veo bien.
De Pas se acercó y leyó.
--¡Chico apestas!... ¿qué has bebido?
Don Fermín irguió la cabeza y miró al Obispo sorprendido y ceñudo.
--¿Que apesto? ¿por qué?
--A bebida hueles... no sé a qué... a ron... qué sé yo.
De Pas encogió los hombros dando a entender que la observación era
impertinente y baladí. Se apartó de la mesa.
--A propósito. ¿Por qué no has avisado a tu madre?
--¿De qué?--De que comías fuera...--¿Pero usted sabe?...--Ya lo creo,
hijo mío. Dos veces estuvo aquí Teresina de parte de Paula; que dónde
estaba el señorito, que si había comido aquí. No, hija, no; tuve que
salir yo mismo a decírselo. Y a la media hora, vuelta. Que si le había
pasado algo al señorito, que la señora estaba asustada; que yo debía de
saber algo....
El Magistral se paseaba por el gabinete y pisaba muy fuerte; disimulaba
mal su impaciencia, su mal humor, tal vez no pretendía siquiera
disimularlos.
--Yo--continuó Fortunato--les dije que no se apurasen; que habrías
comido en casa de Carraspique, o en casa de Páez; como los dos están de
días.... Y eso habrá sido, ¿verdad? ¿Con Carraspique habrás comido?
--¡No, señor!--¿Con Páez?--¡No, señor! ¡Mi madre... mi madre me trata
como a un niño!
--Te quiere tanto, la pobrecita...--Pero esto es demasiado....
--Oye--exclamó el Obispo dejando de leer pruebas--¿de modo que aún no
has vuelto a casa?
El Magistral no contestó; ya estaba en el pasillo. De lejos había dicho:
--Hasta mañana;--y había cerrado detrás de sí la puerta del gabinete con
más fuerza de la necesaria.
--Tiene razón el muchacho--se quedó pensando el Obispo que trataba al
Magistral como un padre débil a un hijo mimado--. Esa Paula nos maneja a
todos como muñecos.
Y continuó corrigiendo la Pastoral.
De Pas tomó por el callejón arriba, desandando el camino; pero al llegar
cerca de su casa se detuvo. No sabía qué hacer. La chartreuse o lo que
fuera--¿¡si sería cognac!?--seguía molestándole y conocía ya él mismo
que le olía mal la boca.
«Si se me acercase Glocester ahora, mañana todo Vetusta sabría que yo
era un borracho...».
«¡No subo, no subo. Buena estará mi madre! Y yo no estoy para oír
sermones ni aguantar pullas ni traducir reticencias.... ¡Hasta Teresa
anda en ello! ¡Dos veces a palacio!... ¡El niño perdido.... Esto es
insufrible!...».
El reloj de la catedral dio la hora con golpes lentos; primero, cuatro
agudos, después otros graves, roncos, vibrantes.
De Pas, como si su voluntad dependiese de la máquina del reloj, se
decidió de repente y tomó por la calle de la derecha, cuesta abajo; por
la que más pronto podría volver al Espolón.
Se olvidó de su madre, de Teresina, del cognac, del Obispo; no pensó más
que en los coches del Marqués que debían de estar de vuelta.
El Vicario general de Vetusta, a buen paso tomó el camino del Vivero,
después de dejar las calles torcidas de la Encimada y llegó al Espolón
cuando ya estaban encendidos los faroles y desierto el paseo. No pensaba
en que estaba haciendo locuras, en que tantas idas y venidas eran
indignas del Provisor del Obispado; esto lo pensó después; ahora sólo
tenía esta idea. «¿Habrán pasado ya? No, no debían de haber pasado;
apenas había tiempo; ahora, ahora es cuando deben de estar cerca...».
«Así como así, la brisa que ya empieza a soplar, me quitará este calor,
este aturdimiento, esta sed...». El agua de las fuentes monumentales
murmuraba a lo lejos con melancólica monotonía en medio del silencio en
que yacía el paseo triste, solitario. Al acercarse al pilón de la fuente
de Oeste, De Pas tuvo tentaciones de aplicar sus labios al tubo de
hierro que apretaba con sus dientes un león de piedra, y saciar sus
ansias en el chorro bullicioso, incitante.... No se atrevió y dio la
vuelta, continuando su paseo en la soledad. Al llegar a la otra fuente,
iguales ansias, iguales tentaciones.... Media vuelta y atrás. Así estuvo
paseando media hora. La sed le abrasaba... ¿por qué no se iba? porque no
quería dejarlos pasar sin verlos; sin ver los coches, se entiende. Ana
volvería, era natural, en la carretela, y al pasar junto a un farol
podría verla, sin ser visto, o por lo menos sin ser conocido. La sed que
esperase. El reloj de la Universidad dio tres campanadas. ¡Tres cuartos
de hora! Andaría adelantado.... No.... La catedral, que era la autoridad
cronométrica, ratificó la afirmación de la Universidad; por lo que
pudiera valer _el reloj del Ayuntamiento_, que no había podido
secularizar el tiempo, vino a confirmar lo dicho lacónicamente por sus
colegas, exponiendo su opinión con una voz aguda de esquilón cursi.
--«¿Pero qué hace allá esa gente?»--se preguntó el Magistral, aunque
añadiendo para satisfacción de su conciencia que a él, por supuesto, no
le importaba nada.
Hasta entonces no había reparado en unos chiquillos, de diez a doce
años, _pillos de la calle_, que jugaban allí cerca, alrededor de un
farol, de los que señalaban el límite del paseo y de la carretera en los
espacios que dejaban libres los bancos de piedra. Entre los pillastres
había una niña, que hacía de _madre_. Se trataba del _zurriágame la
melunga_, juego popular al alcance de todas las fortunas. La _madre_
estaba sentada al pie del farol, en el pedestal de la columna de hierro;
un pañuelo muy sucio en forma de látigo, atado con un soberbio nudo por
el medio, era el zurriago que representaba allí el poder coercitivo. La
niña haraposa empuñaba el lienzo por un extremo y el otro iba pasando de
mano en mano por el corro de chiquillos.
--¡Na!...--decía la _madre_.
--Narigudo...--contestó un pillo rubio, el más fuerte de la compañía,
que siempre se colocaba el primero por derecho de conquista.
El pañuelo pasó a otro.
--¿Na?--Narices.--Otro. ¿Na?--Napoleón.--¡Ay qué mainate! ¿qué es
Napoleón?--gritó el Sansón del corro acercándose a su afectísimo amigo y
poniéndole un codo delante de las narices.
--Napoleón... ¡ay que rediós! es un duro.
--¡Qué ha de ser!--¡No hay más cera!
--Te rompo... si no fueses tan mandria... te inflaba el morro... por
farolero.
--¿Qué más da, si no es eso?--dijo la niña poniendo paces--. A ver el
otro. ¿Na? ¿na?
--Natalia.... Tampoco. No acertó ninguno.
--Otra rueda.--¡Da señas, tísica!--escupió más que dijo el dictador.
Y abriendo las piernas y agachándose como dispuesto a correr detrás de
los compañeros a latigazos, dio una vuelta al pañuelo alrededor de la
mano y añadió:
--¡Da señas que se entiendan o te rompo el alma!
Y tiraba por el látigo como queriendo arrancarlo del poder de la
_madre_.
--Señas... señas... ¿a que no aciertas?
--¿A que sí?...--No tires...--Pues da señas...--¡Es una cosa muy
rica! ¡muy rica! ¡muy rica!
--¿Que se come?--Pues claro... siendo muy rica...--¿Dónde la hay?--La
comen los señores...--Eso no vale, ¡so tísica! ¿qué sé yo lo que comen
los señores?
--Pues alguna vez puede ser que la hayas visto.
--¿De qué color?--Amarilla, amarilla...--¡Naranjas, rediós!--aulló el
pillastre y dio un tirón al pañuelo, preparándose a emprenderla a
latigazos con sus compañeros.
--¡Que me arrancas el brazo, bruto, y que no es eso!...
Los demás pilletes ya se habían puesto en salvo y corrían por la
carretera y el Espolón.
--¡Venir! ¡venir! que no es eso...--gritó la _madre_.
--¡Que sí es! ¡bacalao! te rompo... ¿pues no son amarillas las
naranjas?... ¿y no son cosa rica?
--Pero naranjas las comes tú también.
--Claro, si se las robo a la señoa Jeroma en el puesto....
--Pues no es eso. Otro.--¿Na? ¿na? Un niño flaco, pálido, casi desnudo,
tomó la punta del pañuelo; le brillaban los ojos... le temblaba la
voz... y mirando con miedo al de las naranjas, dijo muy quedo:
--¡Natillas!...--_¡Zurriágame la melunga!_--gritó entusiasmada la
_madre_--, _¡castañas de catalunga!_ Y todos corrieron, mientras el
vencedor iba detrás con piernas vacilantes, sin gran deseo de azotar a
sus amigos, contento con el triunfo, pero sin deseos de venganza.
El _Rojo_ no quería correr: protestaba.
--¡Rediós! ¿qué son natillas?--gritaba poniendo la mano delante de la
cara, mientras tímidamente el _Ratón_ le castigaba con simulacros de
azotes.
Y añadía furioso el _Rojo_:
--¡Di: a la oreja! ¡tísica o te baldo!
--¡A la oreja! ¡a la oreja!
El _Ratón_ se vio acosado por todos sus colegas que se le colgaron de
las orejas.
--_¡Zurriágame la melunga!_--volvió a gritar la _madre_, y los pillos se
dispersaron otra vez.
En aquel momento el Magistral se acercó a la niña.
La _madre_ dio un grito de espantada. Creía que era su padre que venía a
recogerla a bofetadas y a puntapiés como solía.
--Dime, hija mía... ¿has visto pasar dos coches?
--¿Para dónde?--contestó ella poniéndose en pie.
--Para arriba... uno con dos caballos y otro con cuatro con
cascabeles... hace poco....
--No señor, me parece que no.... Espere usted, señor cura, a ver si
esos... _¡A la oreja madre! ¡a la oreja madre!_--gritó, y la bandada de
mochuelos acudió al farol delante del _Ratón_. Al ver al Provisor,
todos, menos el _Rojo_, le rodearon, descubriendo la cabeza, los que
tenían gorra, y le besaron la mano por turno nada pacífico. Unos se
limpiaron primeramente las narices y la boca; otros no.
--¿Habéis visto pasar dos coches para arriba?
--Sí.--No.--Dos.--Tres.--Para abajo.--Mentira, mainate... ¡si te
inflo!... Para arriba, señor cura.
--Era una galera.--¡Un coche, farol!--Dos carros eran, mainate.--¡Te
rompo!...--¡Te inflo!... El Magistral no pudo averiguar nada. Se
inclinó a creer que habían pasado. Pero no dejó el paseo; continuó dando
vueltas y limpiándose la mano besada por la chusma. Le molestaba mucho
el pringue, y en el pilón de una de las fuentes se lavó un poco los
dedos.
Los pilletes se dispersaron. Quedó solo don Fermín con un murciélago que
volaba yendo y viniendo sobre su cabeza, casi tocándole con las alas
diabólicas. También el murciélago llegó a molestarle, apenas pasaba
volvíase, cada vez era más reducida la órbita de su vuelo.
«Deben de ser dos», pensó el Magistral, que cada vez que veía al
animalucho encima sentía un poco de frío en las raíces del pelo.
La noche estaba hermosa, acababan de desvanecerse las últimas claridades
pálidas del crepúsculo. Sobre la sierra, cuyo perfil señalaba una faja
de vapor tenue y luminoso, brillaban las estrellas del carro, la Osa
mayor, y Aldebarán, por la parte del Corfín, casi rozando la cresta más
alta de la cordillera obscura, lucía solitario en una región desierta
del cielo. La brisa se dormía y el silbido de los sapos llenaba el campo
de perezosa tristeza, como cántico de un culto fatalista y resignado.
Los ruidos de la ciudad alta llegaban apagados y con intermitencias de
silencio profundo. En la Colonia, más cercana, todo callaba.
Don Fermín no era aficionado a contemplar la noche serena; lo había sido
mucho tiempo hacía, en el Seminario, en los Jesuitas y en los primeros
años de su vida de sacerdote... cuando estaba delicado y tenía aquellas
tristezas y aquellos escrúpulos que le comían el alma. Después la vida
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