La Espuma - 12

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sabiendo que su suegra servía muy bien para el caso, no quería
entregárselo. Esto hace sospechar que, aunque Mariana fuese un prodigio
de actividad y de orden, no consentiría tampoco en abandonar la
dirección de los asuntos interiores como de los exteriores. Su carácter
receloso y sórdido le hacía preferir siempre el trabajo al descanso.
Quisiera tener cien ojos para ponerlos todos sobre los objetos de su
pertenencia.
Doña Esperanza también deploraba el carácter de su hija; marchaba muy de
acuerdo con la ruindad de su yerno, ayudándole no poco en la vigilancia
de la casa. Mas, aunque la reprendiese a menudo por su apatía, como al
fin había salido de sus entrañas, le dolía que Calderón lo hiciese,
sentía vivamente las reyertas matrimoniales. Por eso, siempre que podía
las evitaba aunque fuese a costa de un sacrificio, tapando las faltas de
Mariana, haciéndose ella misma voluntariamente culpable de ellas. Tal
era la razón de haberle entregado con tanta premura el cojín que estaba
bordando.
D. Julián entró con un libro en la mano, que no era el _Diario_, ni el
_Mayor_, ni el _Copiador de cartas_, sino lisamente el folletín de _La
Correspondencia_, que acostumbraba a recortar con gran esmero y luego
cosía. Aunque parezca raro, D. Julián era aficionado a las novelas; pero
no leía más que las de _La Correspondencia_, las piadosas que regalaban
a su hija en el colegio. Por impulso propio no había entrado jamás en
una librería a comprar alguna. No sólo era aficionado a leerlas, sino lo
que aun es más raro, se enternecía notablemente con ellas. Porque
guardaba en su pecho un gran fondo de sensibilidad. Era una flaqueza de
su organismo, lo mismo que el asma y el reuma. Las desgracias del
prójimo, la miseria, le compadecían extremadamente. Si pudiesen
remediarse de cualquier otro modo que no fuese con dinero, es seguro que
las haría desaparecer en seguida. Los rasgos de generosidad le hacían
llorar de entusiasmo; pero se juzgaba, y con razón, impotente para
llevarlos a cabo. Así y todo hacía esfuerzos supremos por violentar su
naturaleza. En realidad, no era de los ricos menos limosneros que
hubiese en Madrid. Tenía una cantidad fija destinada a los pobres y les
llevaba la cuenta en sus libros como si fuesen acreedores. Una vez
agotada la cantidad mensual, creemos que si viese morirse de hambre en
la calle a un desgraciado, no le socorrería con una peseta, no por falta
de sensibilidad, sino por las profundas raíces que tenían en su corazón
los números. La idea de desprenderse de algo suyo por otro medio de
enajenación que no fuese la compra-venta, era para él casi
incomprensible. Sus limosnas tenían por esto un mérito muy superior a
las de otras personas.
Cuando entró en el costurero manifestaba en el rostro señales de
hallarse conmovido. Después de haber saludado a los forasteros, profirió
sentándose en una butaca:
--Acabo de leer en esta novela un capítulo precioso ... ¡precioso!... No
pude resistir a la tentación de venírselo a leer a éstas....
Se detuvo porque no se atrevía a proponérselo a Castro y Ramoncito,
aunque lo deseaba. Era muy amigo de leer en alta voz, por lo mismo que
lo hacía medianamente. Mariana se complacía mucho en oir leer. De modo
que, por este lado, marchaba bien el matrimonio.
--Léelo, hombre.... Creo que a Pepe y Ramón no les molestará--dijo
aquélla.
Castro hizo un leve signo de aquiescencia, Ramoncito se apresuró a
manifestar con ademanes extremosos que tendrían un gran placer ... que
él era muy aficionado a los bellos capítulos, etc. ¡Pocas gracias!
Viniendo del padre de su amada, sería capaz de escuchar con atención la
lectura de la tabla de logaritmos.
D. Julián se caló las gafas y se puso a leer, con una voz blanca de gola
que tenía reservada para estas ocasiones, cierto capítulo en que se
describían los sufrimientos de un niño perdido en las calles de París.
Al instante comenzaron a arrasársele los ojos y a alterársele la voz.
Concluyó por anudársele de tal suerte, que apenas se le entendía.
Ramoncito se vió necesitado a tomarle el legajo y a continuar la lectura
hasta el fin. Castro, en presencia de aquellas ridiculeces, ocultaba su
sonrisa de hombre superior detrás de grandes bocanadas de humo.
Terminado el capítulo y comentado en los términos más lisonjeros para
todos los presentes, Mariana volvió los ojos hacia su labor. Observó que
iba a hacer falta un pedazo de seda para el forro, pues estaba a punto
de terminarse. D.ª Esperanza, con quien comunicó este pensamiento, fué
de la misma opinión.
--Ramoncito--dijo la primera--hágame el favor de oprimir ese botón.
El concejal se apresuró a cumplir el mandato. Al cabo de un instante se
presentó la doncella de la señora.
--Tiene usted que salir a comprar una vara de seda--le dijo ésta.
La doméstica, después de enterarse de las particularidades del encargo,
se dispuso a salir para darle cumplimiento. D. Julián, que había
escuchado atentamente, la detuvo con un gesto.
--Aguárdese un momento.... Voy a ver si por casualidad tengo yo lo que
les hace falta.
Y salió con paso vivo de la estancia. No tardó tres minutos en regresar
con un paraguas viejo entre las manos.
--A ver sí os puede servir la seda de este paraguas--dijo--. Me parece
que es del mismo color....
Castro y Maldonado cambiaron una mirada significativa.
Mariana lo tomó ruborizándose.
--En efecto, es del mismo color ... pero está todo picado.... No sirve.
Esperancita fingía estar absorta en su labor; pero tenía el rostro como
una amapola. Tan sólo D.ª Esperanza tomó en serio el asunto y lo
discutió. Al fin fué desechado, con disgusto del banquero, que quedó
murmurando algunas frases poco halagüeñas acerca del orden y economía de
las mujeres.
Ramoncito ya no podía sufrir más aquella pena de Tántalo a que la
experiencia de su amigo le condenaba. No cesaba de mirar hacia el sitio
donde éste y Esperancita departían. Principió por levantarse de la silla
con pretexto de estirar un poco las piernas y dió unos cuantos paseos.
Poco a poco fué acercándose a ellos: concluyó por detenerse delante.
--Qué tal, Esperanza.... ¿Hace mucho que no ha visto a su amiga
Pacita?
¡Qué pretexto tan burdo para detenerse! El mismo lo comprendió así y se
ruborizó al pronunciar estas palabras. Castro le dirigió una mirada
fulminante; pero, o no la vió, o se hizo como que no la veía.
Esperancita frunció el entrecejo y contestó secamente que no se acordaba
con precisión.
Esto bastaría para que cualquiera se diese por advertido. Ramoncito no
se dió. Antes quiso prolongar la conversación con frases absurdas o
insustanciales. Hasta tuvo conatos de agarrar una silla y sentarse al
lado de ellos: pero Castro se lo impidió dándole, al descuido, un feroz
y expresivo pisotón en los callos que le hizo volver en su acuerdo.
Continuó, pues, su paseo melancólico y no tardó en sentarse de nuevo
junto a sus futuras suegra y abuela. Al poco rato estaba empeñado en una
discusión animada con Calderón sobre si el adoquinado de las calles
debía de hacerse por contrata o por administración. De buena gana
hubiera cedido. Su interés estaba en hacerlo, porque al fin se trataba
del hombre en cuya mano estaba su felicidad o su desgracia; pero aquel
pícaro temperamento terco y disputón con que la naturaleza le dotara, le
arrastraba a proseguir, aunque veía a su suegro encendido y a punto de
enfadarse.
Afortunadamente para él, antes que llegase este punto, se presentó en la
estancia un criado.
--¿Qué hay, Remigio?--le preguntó el banquero.
--Acaba de llegar un amigo del Pardo, el cochero de los señores de
Mudela, y me ha dicho que el señorito Leandro se encontraba un poco
enfermo....
--¡Claro! ¡Qué le había de pasar a ese chiquillo!... No está
acostumbrado a tales juergas. Toda la vida en el colegio o pegado a las
faldas de su madre. De pronto le sacan a esta vida agitada.... ¿Y qué es
lo que tiene?
Leandro era un sobrino carnal de D. Julián, hijo de una hermana que
residía en la Mancha. Había venido a pasar una temporada a Madrid y la
pasaba alegremente reunido a otros muchachos de la misma edad. Para
cierta excursión de campo había pedido a su tío el carruaje. Este, por
no ofender a su hermana a quien por razón de intereses estaba obligado a
guardar consideraciones, se lo había otorgado, aunque con gran dolor de
su corazón.
--Me parece que le ha hecho daño el sol y la comida....
--Bueno, una indigestión.... Eso pasará pronto.
--Yo creo que debías ir allá, Julián--, manifestó Mariana.
--Si hubiese necesidad, claro que iría. Pero por ahora no la veo.... Dí
tú, Remigio, ¿no puede trasladarse aquí? ¿Se ha quedado en la cama?
--Ahí está el caso, señor--, dijo el criado dando vueltas a la gorra y
bajando los ojos como si temiese dar una noticia muy grave--. La
cuestión es que una de las yeguas, la _Primitiva_, está enfosada.
Calderón se puso pálido.
--¿Pero no puede venir?
--No, señor, está bastante malita, según dice el cochero de Mudela....
¡Claro! como esos chicos no entienden, la han hartado de agua....
D. Julián se levantó presa de violenta agitación, y sin decir palabra
salió de la estancia seguido de Remigio.
Castro y Ramoncito cambiaron otra vez una mirada y una sonrisa.
Esperancita las sorprendió y se puso colorada.
--¡Qué a pecho toma papá estas cosas!
--¡Podría no tomarlo, niña!--exclamó D.ª Esperanza con voz irritada--.
Un tronco que ha costado quince mil pesetas.... ¡Pues digo yo si es una
gracia de Leandrito!
Y siguió buen rato desahogando su furia, casi tan grande como la de su
yerno. Castro y Ramoncito se levantaron, al fin, para irse. Mariana, que
había tomado con mucha filosofía la desgracia, les invitó a comer.
--Quédense ustedes.... Ya ha pasado la hora de paseo.
--No puedo--dijo Castro--. Hoy como en casa de su hermano.
--¡Ah! verdad que es sábado, no me acordaba. Nosotras iremos (si no
estoy peor) a las diez, a la hora del tresillo.
--¿Come usted todos los sábados en casa de tía Clementina?--preguntóle
por lo bajo Esperancita con inflexión extraña.
El lechuguino la miró un instante.
--Casi todos como en casa de su tío Tomás.
--Tía Clementina es muy guapa y muy amable.
--Esa fama goza--repuso Castro un poco inquieto ya.
--Tiene muchos admiradores. ¿No es usted uno de los entusiastas?
--¿Quién se lo ha dicho a usted?
--Nadie; lo supongo.
--Hace usted bien en suponerlo. Su tía es, a mi juicio, una de las
señoras más hermosas y distinguidas de Madrid.... Vaya, hasta otro rato,
Esperancita.
Y le alargó la mano con un aire displicente que hirió a la niña. El
despecho de ésta se manifestó llamando a Ramoncito, que se mantenía un
poco alejado.
--Y usted, Ramón, ¿por qué no se queda? ¿Come usted también en casa de
tía Clementina?
--No: yo no....
--Pues quédese usted, hombre. Ya procuraremos que no se aburra.
--¡Yo aburrirme al lado de usted!--exclamó el concejal, casi
desfallecido de placer.
--Nada, nada: definitivamente se queda ¿verdad? Que se vaya Pepe, ya que
tiene otros compromisos.
Ramoncito iba a decir que sí con todas las veras de su alma; mas por
encima de la cabeza de la niña, Castro principió a hacerle signos
negativos, con tanta furia, que el pobre dijo con voz apagada:
--No ... yo tampoco puedo....
--¿Por qué, Ramón?
--...Porque ... tengo que hacer.
--Pues lo siento.
El concejal estaba tan conmovido que apenas pudo murmurar algunas
palabras de gracias. Salió de la estancia casi a rastras. Una vez en la
calle, Pepe le felicitó calurosamente y le anunció que aquella firmeza
daría buenos resultados. Pero él acogió las enhorabuenas con marcada
frialdad. Se obstinó en guardar silencio hasta su casa, donde su amigo y
maestro le dejó al fin llena la cabeza de lúgubres presentimientos y más
triste que la noche.


VII
#Comida y tresillo en casa de Osorio.#

Al día siguiente de haber subido a casa de Raimundo, Clementina estaba
más avergonzada y pesarosa de haberlo hecho que en el momento de bajar
la escalera. Los seres orgullosos sienten remordimientos por una acción
que en su concepto los ha humillado, como los justos cuando han faltado
a la humildad. En su interior confesaba que había dado un paso en falso.
La serenidad y la cortesía de aquel muchacho, a la vez que lo elevaban a
sus ojos, irritaban su amor propio. ¡Qué comentarios no habrían hecho él
y su hermana después de aquella ridícula y extemporánea visita! Al
pensar en ello se le subían los colores a la cara. Por no ver ni ser
vista de Alcázar desde su mirador, dejó de salir a pie. El joven cumplía
su promesa: no halló rastro de él por ninguna parte.
Mas sin saber por qué causa, la imagen de éste flotaba siempre delante
de sus ojos; con frecuencia acudía a su mente. ¿Era por aversión? ¿por
resentimiento? Clementina no podía de buena fe afirmarlo. Su ex
perseguidor no tenía nada en la figura ni en el trato que lo hiciese
aborrecible. ¿Sería, por el contrario, que le hubiese impresionado
demasiado favorablemente su presencia? Tampoco. Veía diariamente en
sociedad muchos jóvenes más gallardos y de más agradable conversación.
Así que, la sorprendía tanto como la irritaba encontrarse pensando en
él. Nunca dejaba de protestar interiormente contra esta involuntaria
inclinación, y de enfadarse consigo misma. Transcurridos algunos días
después de la escena relatada decidióse a salir una tarde a pie. El no
hacerlo le iba pareciendo cobardía, conceder demasiado honor a aquel
chiquillo. Cuando pasó cerca de su casa levantó los ojos y le vió como
siempre al mirador con un libro en la mano. Bajólos instantáneamente y
cruzó de largo seria y erguida. Mas a los pocos pasos sintió vago
malestar como si no quedase satisfecha de sí misma. La verdad es que el
no saludar o no haber siquiera esperado el saludo del joven, no había
estado bien hecho después de sus francas explicaciones y de la
amabilidad que con ella había usado mostrándole la rica colección de sus
mariposas y ofreciéndosele tan finamente.
Al día siguiente salió también a pie y reparó la injusticia del anterior
clavando con fijeza su vista en el alto mirador. Raimundo le envió un
saludo tan respetuoso y una sonrisa tan inocente, que la hermosa dama se
sintió halagada. No pudo ocultarse que aquel joven tenía singular
dulzura en los ojos, que le hacía muy simpático, y que su conversación,
si no repleta de donaires, revelaba firmeza de entendimiento y un
espíritu culto. Estas observaciones debió de hacerlas a su debido
tiempo; pero no las hizo por causas que ignoramos. Desde este día
comenzó a salir como antes. Al cruzar por delante de la casa de Raimundo
nunca dejaba de enviar su cabezadita amistosa al mirador, desde donde le
contestaban con verdadera efusión. Y según iban transcurriendo los días,
el saludo era cada vez más expresivo. Sin hablarse una palabra parece
que se establecía la confianza entre ellos.
Clementina no trató de analizar el sentimiento que le inspiraba el joven
Alcázar. Era poco aficionada a mirarse por dentro. Creía vagamente que
hacía una obra de caridad mostrándose cortés con él. "¡Pobre
muchacho!--se decía--. ¡Cómo adoraba a su madre! Y ella ¡qué feliz debió
de haber sido con un hijo tan bueno y cariñoso!" Una tarde, cuando va
llevaba más de un mes de estos saludos, le preguntó Pepe Castro:
--Oyes: ¿ha dejado de seguirte ya aquel chiquillo rubio de marras?
Clementina sintió un estremecimiento raro: se puso levemente colorada
sin saber ella misma por qué.
--Sí ... hace ya lo menos un mes que no le he visto.
¿Por qué mentía? Castro estaba tan lejos de pensar que entre aquel
perseguidor desconocido y su querida mediase ninguna relación, que no
advirtió el rubor. Pasó en seguida a otra cosa con indiferencia. Mas,
para nuestra dama, aquel singular sacudimiento y aquel calorcillo en las
mejillas fué una especie de revelación vaga de lo que en su espíritu
acaecía. El primer dato concreto de esta revelación fué que al salir de
casa de su amante, en vez de ir pensando en él, reflexionó que Alcázar
cumplía demasiado fielmente su palabra de no seguirla. El segundo fué
que al detenerse en un escaparate de joyería y ver un imperdible de
brillantes en figura de mariposa, se dijo que algunas de las que había
visto en casa de su amiguito rubio eran mucho más hermosas y brillantes.
El tercero lo adquirió al entrar en casa de Fe a comprar unas novelas
francesas. Ocurriósele al ver tanto libro, que su amante Pepe Castro no
había leído ninguno de ellos, ni lo leería probablemente. Antes, le
hacía gracia esta ignorancia: ahora la encontraba ridícula.
Transcurrían los días. La señora de Osorio, hastiada de la vida
elegante, habiendo agotado todas las emociones que ofrece a una dama
ilustre por su hermosura y su riqueza, se iba placiendo extremadamente
en aquel saludo inocente que casi todos los días cambiaba con el joven
del mirador. Una tarde, habiéndose bajado del coche en el Retiro para
dar algunas vueltas a pie, tropezó con Alcázar y su hermana en una de
las calles de árboles. Dirigióles un saludo muy expresivo. Raimundo
respondió con el mismo afectuoso respeto de siempre; pero Clementina
observó que la niña lo hizo con marcada frialdad. Esto la preocupó y la
puso de mal humor para todo el día, por más que nunca quiso confesarse
que la causa de su malestar y melancolía era ésta. Poco a poco, debido a
su temperamento irritable y caprichoso, aquella aventura amorosa que
había muerto al nacer, iba ocupando su espíritu haciendo brotar en él un
deseo. Los deseos en esta dama eran siempre apetitos violentos, sobre
todo si hallaban algún obstáculo: como tales, pasajeros también.
Cierta mañana, después de haber saludado a Raimundo cerrando y abriendo
la mano repetidas veces con la gracia peculiar de las damas españolas, y
después de haber andado poco trecho, por un movimiento casi involuntario
volvió la cabeza y levantó de nuevo los ojos al mirador. Raimundo la
estaba mirando con unos gemelos de teatro. Se puso fuertemente colorada:
apretó el paso embargada por la vergüenza. ¿Por qué habría hecho aquella
tontería? ¿Qué iba a pensar el joven naturalista? Cuando menos, se
figuraría que estaba enamorada de él. Pues a pesar de que estas ideas
bullían alborotadas en su cabeza mientras caminaba de prisa para doblar
la esquina y ocultarse a las miradas de aquél, no estaba tan irritada
contra sí misma como otras veces. Sentía vergüenza, es verdad; pero
luego que pudo caminar despacio, una emoción dulce invadió su espíritu,
sintió un cosquilleo grato allá en el corazón como hacía ya muchísimo
tiempo que no sentía. "¡Si volveré a mis tiempos de _fanciulla_!" se
dijo sonriendo. Y comenzó a recrearse con su propia emoción
considerándose feliz con aquel retorno a las inocentes turbaciones de la
primera edad. Tan embebida marchaba en su pensamiento, que al llegar a
la Cibeles, en vez de tomar la calle de Alcalá para ir a casa de Castro
con quien estaba citada para aquella hora dió la vuelta como si
estuviera paseando por aquel sitio. Cuando lo advirtió se detuvo
vacilante. Al fin se confesó que no tenía grandes deseos de acudir a la
cita. "Voy a ver a mamá--se dijo,--. La pobre hace ya días que no pasa
un rato conmigo." Y emprendió la marcha hacia el paseo de Luchana. Se
puso de un humor excelente. Un piano mecánico tocaba el brindis de
_Lucrecia_ por allí cerca y se paró a escucharlo, ¡ella que se aburría
en el Real oyéndolo a las más famosas contraltos! Pero la música es una
voz del cielo y sólo se comprende bien cuando el cielo ha penetrado ya
un poco en nuestro corazón.
Por la acera de Recoletos bajaba Pinedo, aquel memorable personaje que
vivía con un pie en el mundo aristocrático y otro en la clase
media-covachuelista a la que en realidad pertenecía. Traía a su lado a
una linda joven que debía de ser su hija, aunque Clementina no la
conocía. Pinedo la tenía alejada de la sociedad que frecuentaba, la
ocultaba cuidadosamente lo mismo que Triboulet. La esposa de Osorio
siempre había tratado a este personaje con un poco de altanería, lo cual
no era raro en ella como ya sabemos. Mas ahora el estado placentero de
su espíritu la tornó expansiva y llana por algunos instantes. Como
Pinedo cruzase grave dirigiéndole un sombrerazo ceremonioso según su
costumbre, la dama se detuvo y le abordó con la sonrisa en los labios.
--Amigo mío, usted es hombre práctico; también aprovecha estas horas de
la mañana para respirar el aire puro y tomar un baño de sol.
Contra su costumbre y naturaleza, Pinedo quedó un poco turbado, tal vez
porque no le hiciera gracia presentar su hija a esta vistosa señora.
Repúsose instantáneamente, sin embargo, y respondió inclinándose con
galantería:
--Y a ver si Dios me concede unos tropezones tan desagradables como el
que ahora he tenido.
Clementina sonrió con benevolencia.
--No debe usted echar flores aunque sea de este modo indirecto trayendo
a su lado una joven tan linda. ¿Es su hija?
--Sí, señora.... La señora de Osorio--añadió volviéndose a la niña.
Esta se puso roja de placer al oirse llamar linda por aquella dama a
quien tanto conocía de vista y de nombre. Era una muchacha alta y
esbelta, de rostro moreno, con facciones menudas y bien trazadas y unos
ojillos dulces y alegres.
--Pues había oído decir que tenía usted una niña muy bonita; pero veo
que la fama se ha quedado corta.
La chica enrojeció aún más y apenas pudo murmurar las gracias.
--Vamos, Clementina, no siga usted que se lo va a creer.... Esta señora,
Pilar--añadió volviéndose a ella--, se complace en decir mentiras
agradables como otros en decir verdades amargas.
--Ya lo veo que es muy amable--repuso la niña.
--No haga usted caso. Que es usted hermosa, está a la vista.
--¡Oh, señora!...
--Y diga usted, padre tirano, ¿por qué no la divierte usted un poco mas?
¿Está bien hecho que a usted se le vea en todos los teatros, bailes y
reuniones y tenga encerrada a esta niña preciosa? ¿O es que se le figura
que tenemos más gusto en verle a usted que a ella?
El pobre Pinedo sintió un estremecimiento de dolor que trató de ocultar.
Clementina había tocado con frivolidad en la parte más sensible de su
corazón. Su sueldo ya sabemos que no le consentía más que vivir
modestamente. Si entraba en una sociedad que no le correspondía era
precisamente para conservar el empleo, que era su único sostén y el de
su hija. Esta nada sabía aún de aquel plan de vida. Pinedo esperaba
casarla con un hombre modesto y trabajador y que no conociese jamás
aquel mundo en que no podía vivir y que él despreciaba en el fondo del
alma, aunque tal vez, por la fuerza de la costumbre, no pudiese ya vivir
a gusto en otro.
--Es muy joven aún.... Tiene tiempo de divertirse--repuso con sonrisa
forzada.
--¡Bah, bah! diga usted que es usted un grandísimo egoísta.... ¿Y cuánto
tiempo hace que no ha estado usted en casa de Valpardo?--añadió la dama
pasando a otra conversación.
--Pues el lunes. La condesa me ha preguntado con mucho interés por usted
y se lamenta de que la haya abandonado.
--¡Pobre Anita: es verdad!
Sobre los dueños de la casa y sobre sus tertulios, Pinedo y Clementina
comenzaron una conversación animada, inagotable. Pilar escuchó con
atención al principio; pero como no conocía a la mayor parte de aquellos
personajes concluyó por distraerse paseando su vista por las
inmediaciones, fijándola en los pocos transeuntes que a aquella hora
acertaban a pasar por allí.
--Papá:--dijo aprovechando un momento de pausa--. Ahí viene aquel joven
amigo tuyo, que mantiene a su madre y a sus hermanas.
Clementina y Pinedo volvieron al mismo tiempo la cabeza y vieron llegar
a Rafael Alcántara, el célebre calavera que hemos conocido en el _Club
de los Salvajes_.
--¡Que mantiene a su madre y a sus hermanas!--exclamó la dama con
asombro.
--Sí, un joven muy bueno, amigo de papá, que se llama Rafael Alcántara.
Al volver la vista, cada vez más sorprendida, a Pinedo, éste le hizo una
seña bastante expresiva. No sabiendo lo que aquello significaba, pero
calculando que su amigo tenía interés en que no se calificase a
Alcántara como merecía, Clementina se calló. El joven salvaje, al
cruzar, les hizo un saludo entre familiar y respetuoso.
Pinedo alargó al instante la mano para despedirse.
--Ya sabe usted que hoy es sábado--dijo la dama--. Vaya usted a comer.
--Con mucho gusto. Recuerdos a Osorio.
--Y lleve usted a esta joven tan monísima.
--Ya veremos; ya veremos--replicó el covachuelista otra vez
desconcertado--. Si hoy no pudiera, otro día será.
--Hoy ha de ser, padre tirano.... Hasta luego, ¿verdad, preciosa?
Y le cogió el rostro a la niña y le dió un beso en cada mejilla,
diciéndole al mismo tiempo:
--He tenido una gran suerte en conocerla. Hacen falta en mi salón niñas
lindas y simpáticas.
Y cada vez más alegre, sin saber por qué, se despidió y siguió adelante
diciéndose: "¿Que diablo de interés tendrá Pinedo en convertir en santo
a ese perdido de Alcántara?" El pie ligero, las mejillas rojas, los ojos
brillantes como en los días de su adolescencia, llegó a la verja del
gran jardín que rodeaba el palacio de su padre. El portero se apresuró a
abrirle y a sonar la campana. Entró en la mansión ducal y, contra su
costumbre, dirigió una leve sonrisa a dos criados de librea, que la
esperaban en lo alto de la escalinata. Pasó en silencio por delante de
ellos y fué derecha a las habitaciones de su madrastra como quien ha
recorrido aquel camino muchos años.
La duquesa estaba, en aquel momento, de conferencia con el médico
director de un asilo de ancianas pobres, que ella había fundado hacía
poco tiempo en unión de otras señoras. Al levantarse la cortina y ver a
su hijastra, sonrió con dulzura.
--¿Eres tú, Clementina? Pasa, hija mía, pasa.
Esta sintió encogérsele el corazón al ver el rostro pálido y marchito de
su madre. Abalanzóse a ella y la besó con efusión.
--¿Te sientes bien, mamá? ¿Cómo has pasado la noche?
--Perfectamente.... Tengo mala cara ¿verdad?
--¡No!--se apresuró a decir la dama.
--Sí, sí. Ya lo he visto al espejo. Me siento bien.... Solamente la
debilidad me atormenta.... Y como he perdido enteramente el apetito, no
puedo vencerla.... Vamos a ver, Iradier--dijo encarándose de nuevo con
el médico que estaba de pie frente a ella--, de manera que usted se
encargará de vigilar a las criadas y enfermeras para que nunca dejen de
guardar las debidas consideraciones a las viejecitas ¿no es cierto?
El médico era un joven simpático, de fisonomía inteligente.
--Señora duquesa--respondió con firmeza--. Yo haré cuanto esté de mi
parte por que las asiladas no tengan motivo de queja. Sin embargo, debo
repetirle que, a pesar de nuestros esfuerzos, es posible que siga usted
recibiendo alguna. No puede usted comprender hasta qué punto son
impertinentes y maliciosas ciertas mujeres. Sin motivo alguno, sólo por
placer de herir lo mismo a mí que a mis compañeros, nos llenan a veces
de insolencias. Cuanto más atentos nos mostramos con ellas, más se
ensoberbecen. Yo pruebo el caldo y el chocolate todos los días y no he
hallado hasta ahora lo que esa mujer le ha dicho. Las horas son siempre
fijas. Jamás he visto retraso alguno en las comidas. Procure usted
enterarse y se convencerá de que quien tiene motivo a quejarse, son las
pobres criadas a quienes las asiladas tratan groseramente....
El médico se había ido exaltando al pronunciar estas palabras con acento
de sinceridad. La duquesa sonrió dulcemente.
--Lo creo, lo creo, Iradier.... Las viejas solemos ser muy
impertinentes....
--¡Oh, señora, eso es según!...
--Por regla general lo somos.... Pero esta impertinencia ya es por sí
una enfermedad y debe excitar compasión en los que no padecen de ella. A
usted no necesito recomendársela, porque tiene un corazón muy
caritativo. A los que no lo tengan tan bondadoso suplíqueles usted, en
mi nombre, la suavidad con las pobrecitas asiladas.
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