Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo III - 15

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Autor en Autor, moliendo á los amigos, aunque algunos á la primer
embarcacion descubren el baxio, y escapan, poniendo escusas. Los que se
amparan de los Señores, consiguen por lo menos la primera vez su
intencion; porque como el ruego del poderoso es mandato, obedecen sin
replica, preparandose con paciencia para la furiosa ventisca que
aguardan. En tanto, es de ver la solicitud y satisfaccion con que acude
á los ensayos el que ha de ser causa de su perdicion y apedreo.
Rebientan por dezirle que es un impertinente, un tonto, y en fin, un
mal poeta, mas enfrenalos al punto el temor de la imaginada cicatriz en
el rostro, ó la memoria tremenda del bosque trasladado á sus espaldas.
En suma, puestos en la ocasion del padecer, mueven con las recientes
heridas á conmiseracion al propio imperante. Llegan, pues, á sentir con
exceso los intercesores sufran por su causa los míseros aquella
persecucion, aquel naufragio; en virtud de quien quedan essentos y
libres en lo porvenir: pues no hay coraçones tan de bronze que les mande
entrar en otro, presente el escarmiento de lo passado. Segun esto, no es
aproposito la moneda que corre en el gasto de las comedias? No pueden
tantas dificultades quitar los impulsos de escrivir al mismo Apolo? Ved
si tengo razon en procurar borraros del pensamiento esta ocupacion, de
quien ultimamente se viene á sacar no mas que cumplidissimo disgusto.
Supongamos salga en todo acertada la comedia: que agrade la maraña; que
deleyte el verla; que regozije la graciosidad, solo con un tibio buena
es, queda satisfecho el trabajo: y este no de todas lenguas, por que es
casi imposible agradar á tantos y tan diversos caprichos. Juzgo,
considerado lo que apunté, por imprudencia exponer á riesgo evidente las
cosas de opinion, de suyo tan vidriosas y tan faciles de peligrar.
»DON LUIS. Batis, como se suele dezir, en hierro frio, pesse esta vez el
artificio cortesano. Yo he de vencer, si puedo, esta fantasma que la
llaman temor. Quiero arrojarme á lo que en otros tienen hecho tanto
hábito que en ocho dias y en menos despachan la farsa mas dificil.
»DOCTOR. Sea en buena hora: dad efecto á vuestra voluntad, que desde hoy
no hallará contradiccion en la mia. Pesame de averos tan importunamente
persuadido lo que os estava bien. Podra ser suspireis algun dia por la
falta de recuerdos. Ay dolor como ser señalado y corrido, quando el
negocio no sucede á medida del deseo? Querria entonces aver nacido el
que como potro desbocado solicitó su ruina, guiado de su antojo
indomable? Prodigioso afecto es, sin duda, el de la Poesia. Tan asido
esta al alma, que antes parte ella del Cuerpo, que el desampare el
coraçon.
* * * * *
* * * * *
»Dízese del amor engendrarse en el alma de un solo mirar. Nace, y es al
principio como niño pequeño, tierno y suave. Crece poco á poco hasta
cobrar estatura y fuerça de gigante, para perdicion de quien le
engendró. Tal es el estilo de qualquera inclinacion. Comiença de
burlas, por divertirse, por entretenerse. Vasele cobrando aficion,
internase en la voluntad: hazese fuerte, y al fin echa en ella tan
hondas raices, que sugeta del todo el alvedrio, faltando brios al dueño
para eximirse de su violencia. Hareis una comedia: representarase con
aplauso, ó no tendra lugar en el teatro. Si fue bien recibida quien
dexará de assegundar? Si halló disfavor, quien no se apercibe para la
enmienda, para la mejoria? De suerte que por un camino, ó por el otro,
no podreis escapar de perpetuo Farsero; perdonad el equivocarme, de
perpetuo Autor de farsas quise dezir; que no puede aver mayor desdicha
que serlo. Conviertese esta Quaresma, ó aquella la pecadora mas
pertinaz, que la mueven al cabo los asombros de su condenacion: mas
acaso aveis visto reduzido algun poeta? Aveisle visto removido un
instante de su obstinacion? En todas edades es molestado deste gusanillo
roedor de la poesia: muchacho, mancebo, varon, viejo, decrepito; al
amanecer, á medio dia, á la tarde, á la noche, todo es versificar; todo
es romances, sonetos, decimas, liras, octavas, etcétera...»
Hasta aquí Suárez de Figueroa; pero sus advertencias, como es de
presumir, fueron vanas.
La afición á escribir comedias crecía más cada día; el número de los
nuevos poetas dramáticos se aumentaba de año en año, y los más
intentaban rivalizar en fecundidad con Lope de Vega. No es posible negar
que la inundación, siempre mayor, de obras dramáticas, que invadía al
teatro español, arrastraba consigo muchas composiciones medianas; pero
también se puede afirmar, que, hasta los dramas peores de esta época, no
fueron nunca tan defectuosos como el conjunto de las obras dramáticas de
casi todas las demás naciones. Reinaba en la España de ese tiempo una
inspiración poética especial, que se extendía desde los autores más
distinguidos á los más inferiores, haciéndolos partícipes de brillantes
cualidades, de las cuales quizás hubieran carecido en circunstancias
menos favorables, por cuyo motivo no es fácil encontrar una obra
dramática del tiempo de Lope ó de Calderón, en que no aparezca alguna
buena propiedad, alguna invención feliz, algún rasgo brillante de
imaginación, ó por lo menos un estilo poético sobresaliente. Entre todos
ellos hubo algunos, que, señalados como poetas de primer orden,
atravesaron así los siglos y serán llamados tales por todas las
generaciones futuras, y otros, que, con facultades más limitadas,
escribieron, sin embargo, algunas obras muy notables, que les han
asegurado para siempre gloria duradera. Daremos, pues, á conocer estos
poetas dramáticos españoles más famosos, y comenzaremos por aquéllos que
llegaron á la cúspide de su arte, en el tiempo en que vivía Lope de
Vega.


CAPÍTULO XXIV.
Diego Jiménez de Enciso.--Juan Pérez de Montalván.

Diego Jiménez de Enciso, poeta, que no se debe confundir con Bartolomé
de Enciso, algo posterior, era natural de Sevilla. Nada particular puede
decirse de su vida[60]. Como ya se le menciona en la obra de Antonio
Navarro, antes citada, así como en el _Viaje al Parnaso_, su nacimiento
debió ocurrir, lo más tarde, en el último tercio del siglo XVI; sin
embargo, hubo de escribir para el teatro ya adelantado el XVII, porque
su nombre se lee en la gran colección de _Comedias escogidas_, cuyo
primer volumen apareció en 1652, y por cierto con frecuencia, debiendo
advertirse, que, con pocas excepciones, las que se enumeran en esa
compilación pertenecen siempre á poetas existentes. El número de sus
obras dramáticas no es muy considerable, si hemos de atenernos á las que
se conservan, pero hay algunas, entre ellas, que exigen de nuestra parte
la mayor atención[61].
Enciso, entre todos los poetas dramáticos, es el que más sobresale por
su pintura de caracteres. Penetra, en virtud de la observación más
perspicaz, en lo más íntimo del alma de sus personajes, para descubrir
en ella la causa de sus debilidades y de sus virtudes; las espía, por
decirlo así, en las variaciones más secretas de la vida de su espíritu,
y presenta al espectador, con tanto esmero como prolijidad, sus
observaciones psicológicas. Otros poetas dramáticos españoles, á la
verdad, se han propuesto también trazar la pintura de caracteres, pero
son muy contados los que, como Enciso, lo han hecho con tanta constancia
y con tanta claridad y relieve.
Esta prenda especial de nuestro autor resplandece, sobre todo, en los
dos dramas suyos titulados _El príncipe Don Carlos_ y _La mayor hazaña
de Carlos V_, dos grandiosos y verdaderos cuadros históricos, de los más
nobles y dignos. En el primero, con rasgos escasos y decisivos, se
diseñan con el más vivo individualismo los caracteres de Felipe II y del
príncipe Don Carlos. El del Rey, sin duda, está trazado con alguna
parcialidad en su favor y adornado de una dignidad, contraria á la
verdad histórica; pero si se prescinde de esta circunstancia, por otra
parte muy excusable en un español del siglo XVII, en lo demás es obra de
mano maestra. El Príncipe aparece (muy diverso del Don Carlos soñado por
la desarreglada fantasía de la época moderna, aunque más conforme con
los datos históricos) como un libertino caprichoso y arrogante, como un
tirano de todos sus súbditos, cuya muerte, antes de ceñirse la corona,
debe considerarse como una verdadera dicha para España. En la exposición
de su carácter licencioso se observan muchas anécdotas y rasgos de su
vida, transmitidas, al parecer, por la tradición, que ha aprovechado el
escritor para derramar nueva y más interesante luz acerca de la índole
del último. No nos es posible hacernos cargo de cada una de estas
particularidades, limitándonos sólo á indicar el desarrollo de la
acción.
Don Carlos, que se cree cohibido al lado de su padre y esclavizado por
él, y con el auxilio de un flamenco llamado Mons de Monteni, ha formado
el plan de escaparse á Flandes y ponerse al frente de los rebeldes.
Mientras espera ocasión favorable para realizar su propósito, se
abandona á los excesos más indignos, que ya desde antes le halagaron, y
que han sido la causa principal de la pérdida de su salud. Ha concebido
una pasión violenta por la bella Doña Violante; pero ésta, prometida á
otro, rechaza con desprecio sus proposiciones, induciéndole á emplear la
fuerza para conseguir el logro de sus deseos. Esta bella joven viene por
engaño á la habitación del Príncipe, en la cual, al penetrar en ella, se
ve envuelta sola en la más profunda obscuridad, puesto que Don Carlos,
por otro motivo, no puede encontrarse á su lado; comienza á temer alguna
asechanza y busca una salida, llena de desesperación; oye á lo lejos los
ayes inquietos y los suspiros de un moribundo, que aumentan más su
horror, y por último, consigue escaparse. Poco después viene el
Príncipe, lisonjeándose de encontrar á su amada, y entregarse á sus
apetecidos y risueños devaneos. Después de varias tentativas
infructuosas se traslada á otra habitación de Palacio, en la cual cree
ver una forma que, en cuanto las tinieblas lo permiten, se le antoja ser
Doña Violante, y en este momento se presentan criados con antorchas, y
el Príncipe, en vez de encontrarse en presencia de su codiciada beldad,
contempla ante sí, ahogado y cadáver, á su cómplice Mons de Monteni.
Esta escena es, á la verdad, lo que se llama un golpe teatral; pero
también, sin disputa, de extraordinario efecto. El muerto lleva un papel
en la mano, en el cual se expresa la causa de su suplicio, y además un
aviso para el Príncipe. La ira contenida de Don Carlos se exhala
entonces sin freno; intenta matar al duque de Alba, que le es
profundamente antipático por el favor que el Rey le dispensa, y su
padre, sin embargo, en vez de mostrarse con él justiciero, lo exhorta y
aconseja blandamente, hasta que al fin se ve obligado á aprisionarlo
para evitar nuevos y mayores delitos. En la cárcel, y agobiado por sus
pasiones, se ostenta en toda su plenitud el carácter del Príncipe, y
mientras que, ya arrastrado por la ira, ya por el dolor ó el
arrepentimiento, yace en su lecho, se le aparece una figura, que es su
propio retrato, pero con rostro cadavérico, con una corona hecha pedazos
en las manos y profetizándole su próximo fin. Al mismo tiempo se oye un
coro celestial que le anuncia, que la justicia divina lo ha condenado á
perder la vida y el trono, escena, por cierto, de la más sublime poesía.
Don Carlos se queda como anonadado; el Rey llega corriendo, y asiste á
los últimos instantes de su hijo, á quien llora con ternura paternal á
pesar de sus extravíos.
El drama histórico _La mayor hazaña de Carlos V_, que trata de su
abdicación y de su vida y muerte en el monasterio de Yuste, en nada es
inferior al ya citado, y comprende escenas, cuya grandeza, cuyo brillo y
espléndido colorido, no fueron nunca superados. Sobresale en este drama
el carácter del Emperador, magistralmente diseñado, y junto á él el
retrato seductor, por la verdad y lozanía de sus rasgos, del joven Don
Juan de Austria.
Las restantes obras de Enciso, que conocemos, como _El gran duque de
Florencia, Juan Latino_, etc., aunque se distingan por muchas bellezas
análogas á las mencionadas, no pueden, sin embargo, á nuestro juicio,
compararse con las dos anteriores.
Juan Pérez de Montalbán era hijo de un librero de Madrid, en donde nació
en el año de 1602[62]. Parece que, desde su juventud, fué
particularmente favorecido por Lope de Vega, y que vivía en el seno de
su familia como si en realidad perteneciese á ella. La protección del
gran poeta hubo, sin duda, de ayudarle mucho, cuando á los diez y siete
años de edad principió á escribir para el teatro; sus primeros ensayos
fueron alabados, consagrándose á su vocación con tal celo, que, durante
el espacio comprendido entre 1619 y 1638, se habían representado ya cien
comedias suyas[63]. A los treinta y tres años entró en el estado
eclesiástico, y poco después fué nombrado notario apostólico de la
Inquisición. Además de sus comedias, escribió otras diversas obras,
especialmente una colección de novelas, que se leyeron mucho en su
tiempo, y un libro singular, que se tituló _El paratodos_, y que era una
miscelánea de cuentos, comedias, autos, tratados morales y religiosos,
etc.[64]. El público acogía con el mayor favor casi todas sus obras, y
así lo demuestran las muchas ediciones que se han hecho de ellas, aunque
no por eso se viese libre de disgustos en su carrera literaria,
teniendo adversarios encarnizados, no escasos en número, y de notoria y
brillante reputación. El más implacable de todos fué el célebre D.
Francisco de Quevedo y Villegas[65], que publicó un libelo contra el Dr.
Juan Pérez de Montalbán, graduado no se sabe en dónde ni en qué
facultad. En él maltrata al pobre doctor sin compasión; dice que vive
con los retazos de las comedias de Lope de Vega, y que se hizo sacerdote
para plagiar en todo á su modelo; que se ha engalanado con el título de
doctor para que lo confundan con Mira de Mescua, y que ha robado una
comedia entera á Villaizán. Califica al _Paratodos_ de galimatías de
todas las cosas posibles, y añade que es menos un libro que un coche que
corre de Alcalá á Madrid, en donde viajan apretados unos con otros
gentes de toda edad y condición. Su censura es aún más sangrienta al
hablar de las dos comedias suyas _De un castigo dos venganzas_ y _El
segundo Séneca_, y de su auto _El polifemo_. A la conclusión de este
escrito, después de llamarle Sr. Dr. Montalbán, le dice que todos los
hombres son mortales, y que los poetas cómicos, sólo por serlo, se
exponen á ver silbadas sus comedias, y cuando en una representación, en
que hay muchos cambios de decoraciones, salen éstas mal por culpa del
tramoyista, el silbado es él y no el poeta. Dícele, además, que no
califique los silbidos como signo de desagrado, sino, al contrario, como
señal de la alegría de los espectadores, que recibieron á su comedia
como se recibe á los toros en la plaza, aunque el autor, lleno de
confianza en su habilidad para escribir, nunca habría imaginado que
podrían escribirse tales comedias taurinas, destinadas á morir entre
gritos, siseos y silbidos. Dice también que ya él presintió alguna
desgracia viendo las muchas tablas que se traían para el juego de la
tramoya, haciéndole acordarse de las barreras de la plaza, y que el
público se consolaría al cabo si la representación de una comedia
terminaba en corrida de toros. Hubiera convenido, á su juicio, que
Montalbán en su comedia no emplease trompeta ni clarines, constándole
perfectamente que con ellas se da la señal para desjarretar al toro. Las
mujeres fueron las primeras que comenzaron á silbar. Los mosqueteros,
excitados por ellas, descargaron también sus armas, y por consiguiente,
la comedia murió como un toro, entre siseos y silbidos, ó entre
arcabuzazos, como soldado valiente, pareciendo aquello una sublevación
popular, cuyos caudillos eran mujeres. Concluye exhortándole, no á que
cuide de su salud, sino de su razón, porque esta última, después de tal
fracaso, es la que corre más peligro.
Nuestro poeta murió en el año de 1638. Seis meses antes, probablemente á
consecuencia de trabajos excesivos, tuvo la desgracia de perder el
juicio. Su temprana muerte fué muy sentida, y así consta de una
colección de elegías, compuestas con este motivo por los más célebres
poetas españoles[66].
Montalbán, como dramático, tuvo mucha fama, y ha sido célebre en España
hasta la época actual. Esta distinción, de que ha sido objeto, no parece
enteramente justa, si se reflexiona que otros autores de más mérito han
sido casi olvidados. Los dramas de Montalbán tienen, sin duda, sus
bellezas, pero no suficientes, ni por su importancia ni por su brillo,
para que se le señale el primer rango en este género literario.
Participan, es cierto, en más ó en menos de las buenas cualidades,
propias de las obras maestras del período más floreciente del teatro
español, pero no se distinguen tampoco por ninguna dote característica
que les sea peculiar. Se echa de menos en ellas una inspiración poética
enérgica y poderosa, que se apodere del alma y la arrastre consigo sin
hacer resistencia, y el sello victorioso del genio que manda y obliga, y
no aconseja ni persuade. El talento de este autor no era original, ni
vigoroso lo bastante para crearse una esfera de acción, en la cual, como
en territorio suyo, reinase sin obstáculos; al contrario, se dejaba
influir, ya de éste, ya del otro motivo, y de aquí que sus escritos
recuerden siempre, y no en ventaja suya, modelos anteriores. Sus obras
no sobresalen por ningún rasgo característico individual, por ninguno, á
lo menos, digno de alabanza, y acaso no se pueda decir de ellas otra
cosa, sino que su propiedad más notable es la de una locuacidad insípida
é hinchada, por su estilo retórico y ostentoso y por su falta de fondo y
de vida.
El modelo, que se propone imitar casi siempre Montalbán, es
indudablemente Lope de Vega. ¡Ojalá lo hubiese hecho siempre con
formalidad y aplicación! ¡Ojalá que, conociendo plenamente las bellezas
de su maestro, hubiera intentado apropiárselas! ¡Ojalá, por último, que
hubiese trabajado con celo constante y prolijo esmero en perfeccionar
sus facultades personales, y en imprimir en sus obras, con la atención y
el empeño más sostenido, esa morbidez y plenitud artística que Lope de
Vega imprimía en las suyas sin pensarlo siquiera! Por desgracia, nada de
esto puede alabarse en Montalbán. Apreciaba, según parece, el mérito de
su gran maestro más por la cantidad que por la calidad de sus obras,
juzgando que para alcanzar, siquiera aproximadamente, su fama poética,
había de rivalizar con él en la velocidad del trabajo. Pero sólo era
dado al Monstruo de la Naturaleza el ser á un tiempo polígrafo y poeta
en el sentido más riguroso de la palabra, porque cualquiera otro que
creyera igualarlo sólo podría engendrar verdaderos absurdos dramáticos,
en cuyo caso se encuentra Montalbán y la mayor parte de sus obras. Hay,
sin duda, algo suyo con más títulos á nuestra estimación, aunque estos
trabajos, más meditados y hechos con mayor esmero, son excepcionales, y
seguramente no se comete con él ninguna injusticia cuando se sostiene
que, por lo general, escribe casi siempre á la ligera, sin concentrar en
sus obras todo su empeño y todas sus facultades, y sin sentido alguno de
la perfección artística. El fondo de la mayor parte de sus dramas
adolece de falta de solidez y de riqueza esencial, y consiste en una
serie de escenas diversas que, si bien encadenan la atención, carecen de
unidad y de objeto, por cuyo motivo la impresión total que hacen en el
ánimo es siempre superficial y floja. No hay que hablar, por tanto, de
lo que se llama verdadera composición poética; cuanto encuentra la pluma
del escritor de comedias en su rápida carrera ocupa lugar en la obra,
sin consideración alguna á su conveniencia ó inconveniencia con el
conjunto. Este defecto es muy grave, y jamás podrá censurarse como
merece, si se tiene en cuenta la dignidad de la poesía. El ingenio de
Montalbán claudicaba también por su escasa energía, y por consiguiente,
era incapaz de infundir animada vida en los objetos á que se aplicaba;
no podía profundizar nada, lo cual, juntamente con su escaso acierto
poético, le impedía elegir, entre los objetos que se le presentaban,
aquellos conceptos que deben llamar exclusivamente la atención del
poeta, y de aquí que lo trivial y lo insignificante sin belleza valgan
para él lo mismo que sus contrarios, y que, en vez de mostrar ingenio
verdadero y perspicaz, sólo nos ofrezca rasgos de frívola y vulgar
agudeza. Estas mismas faltas que señalamos en sus composiciones, se
observan también en su estilo pesado, y que se arrastra, al parecer, sin
entonación ni fuerzas, aunque se esfuerce vanamente en disfrazar ese
defecto de vigor y de fuego propio usando un lenguaje hinchado y lleno
de hojarasca.
Este juicio general, formado por la lectura de más de treinta comedias
de Montalbán, y sin detenernos á confirmarlo más prolijamente, basta,
sin duda, para nuestro objeto, no sólo por ser siempre harto
desagradable perder el tiempo examinando escritos de poco mérito, sino
también porque llamando nuestra atención otros muchos de valor literario
incomparable, es justo y sensato que le demos la preferencia debida.
Analizaremos, pues, por esta razón las comedias de Montalbán, que, sin
igualar por sus bellezas á las de otros poetas dramáticos españoles
superiores, se distinguen, sin embargo, de las demás, porque parece que
el autor se ha excedido á sí mismo, é indicaremos únicamente por su
nombre las menos importantes que, por cualquier causa, sean dignas de
mención.
En _Los amantes de Teruel_ desenvuelve un argumento, puesto antes en
escena por Andrés Rey de Artieda, y objeto también de los trabajos
dramáticos de Vicente Suárez y de un poeta anónimo, según consta del
tomo II de las comedias de Tirso de Molina. A nuestro parecer es la
mejor la comedia del anónimo, cuando se compara con las demás que han
tratado del mismo asunto; pero la más célebre ha sido la de Montalbán, y
la única que se ha conservado en el teatro. El suceso, que sirve de
fundamento á estos diversos dramas, ocurrió en la ciudad de Teruel, en
Aragón, en tiempo de Carlos V. Don Diego, mancebo noble, pero no rico,
ama tiernamente á Doña Isabel, hija del opulento Don Pedro, y es
correspondido de igual modo por ella; pero tiene por rival á Don
Fernando, protegido por el padre de la doncella, y que cuenta también
con el favor de Elena, sobrina de Don Pedro. Esta ama también á Don
Diego, y emplea todos sus artificios para apartarlo de su afición á
Isabel. Diego, después de muchas vacilaciones, se decide al cabo á pedir
á Don Pedro la mano de su hija; pero es rechazado al principio, si bien
logra al cabo, al expresar su pasión con el mayor calor y elocuencia,
que Don Pedro le prometa que Isabel será libre por espacio de tres años
y tres días, y que si durante este plazo consigue hacerse rico, ningún
obstáculo se opondrá á su deseado enlace con ella.
El noble mancebo entra en el servicio de las armas para buscar fortuna,
bajo las banderas de Carlos V; toma parte en la expedición á Túnez y en
las guerras de Italia, y aunque hace prodigios de valor, son mal
recompensadas sus hazañas, y la tristeza que le produce esta injusticia,
se aumenta todavía por la circunstancia de no recibir noticia ni carta
alguna de su amada. Cuando el plazo de los tres años está á punto de
espirar, y cuando se dispone á regresar á su patria tan pobre como la
dejara, el mismo Emperador le concede al fin la esperada recompensa.
Isabel, mientras tanto, no ha olvidado á su amante; pero todas las
cartas de ambos han sido sustraídas por la traidora Elena. Tan lejos
llega la perfidia de esta última, que soborna á un soldado, que ha
venido de Italia, para que difunda el falso rumor de la muerte de Diego.
Fernando, el antiguo pretendiente de Isabel, renueva entonces por este
motivo sus anteriores pretensiones, y aunque ella llora la pérdida de su
amante, se ve obligada, al espirar el plazo, á acceder á los deseos de
su padre y á dar su mano á Don Fernando. Celébranse, pues, las bodas, á
pesar de la pena profunda de la desposada. Regresa al mismo tiempo el
que se creía muerto; obstáculos insuperables han impedido su vuelta en
la época oportuna. Su primer entrevista es horrible: Diego, al verse
privado para siempre de su amada, se da la muerte, é Isabel, vencida por
la fuerza de su dolor, cae moribunda al lado del cadáver de su primer
amor, diciendo en sus últimas palabras que sólo él es su verdadero
esposo. Estos sucesos son apropiados, por su índole, á mover el interés
y la compasión, á no desfigurarse y manejarse torpemente, y Montalbán,
en escenas llenas de pasión y de fuego, ha sabido excitar, en grado
supremo, las simpatías del público, á cuya circunstancia debe, sin duda,
su comedia la fama de que ha gozado tanto tiempo en el teatro. El plan y
trazos de la misma son, sin embargo, muy defectuosos en el conjunto y
desiguales en sus diversas partes; en el argumento no hay la
concentración necesaria, y en su estilo se ostentan las faltas, ya
censuradas, de este poeta, no una vez, sino muchas, de una manera
chocante.
_La doncella de labor_ es una comedia de intriga, de invención no
censurable, aunque, sin duda, se oponga sobremanera á nuestras actuales
ideas acerca de lo que debe ser la verosimilitud. Doña Isabel de
Arellano, joven dama de provincia, ha concebido una viva pasión por Don
Diego de Vargas, sin conocerlo ni tratarlo, y sólo de verlo. Con el
objeto de sondearlo y á la vez de averiguar si es digno de su amor y
hombre animoso y resuelto, trama el plan astuto de presentarse á él
fingiendo ser una señora casada, perseguida por su marido celoso, y con
este pretexto penetra, cubierta con un velo, en el domicilio de Don
Diego, cuyo auxilio reclama, suplicándole que, por el momento, le
permita residir libremente en su casa. El noble mancebo accede á sus
deseos al instante, como lo exigía en tales casos el deber de todo
caballero, y le entrega además las llaves de su casa, llamándole fuera
otras ocupaciones perentorias, con el propósito de demostrarla que puede
mandar en ella como si fuera la dueña. Don Diego tiene relaciones
amorosas con otra beldad, de nombre Doña Elvira, con la cual, en la
escena inmediata, celebra una entrevista en el Prado, que, en esta
ocasión, es muy acalorada, y Elvira, en su consecuencia, quiere
acompañar á su casa á su amante; éste se ve, por tanto, en una posición
embarazosa, acordándose de su huéspeda y oponiéndose con astucia al
proyecto de su adorada, y logrando disuadirla de él y regresar solo á su
casa. Pero apenas ha entrado en ella y hablado algunas palabras con su
protegida, cuando lo sorprende Elvira, á quien su conducta ha infundido
recelos y sospechas; la última, al ver á la otra dama, siente y expresa
los celos más vivos, y excita en el mismo grado los de Isabel. El acto
primero termina con este enredo, que parece más complicado aún por otros
incidentes que omitimos. En el segundo se nos presenta Isabel con un
disfraz extraño, efecto de un plan que ha forjado, de entrar al servicio
de Elvira como costurera, con el fin de ahondar aún más todavía la
desunión que ha surgido entre los dos amantes, y al mismo tiempo de
emplear todos los medios posibles en atraer á sus redes á Don Diego.
Apenas ha entrado al servicio de su rival, se le presenta la ocasión
oportuna de ejecutar su proyecto. Don Diego se ha reconciliado otra vez
con Elvira y viene á buscarla para llevarla á su casa, desde la cual
puede ver una procesión solemne que ha de pasar por allí. Apenas lo ha
oído Isabel, envía á su doncella á la casa de Don Diego, en donde puede
entrar á cualquier hora teniendo las llaves en su poder, para que,
disfrazada con su velo y haciendo de señora, despierte de nuevo los
celos de Doña Elvira. Su astucia triunfa plenamente, y los dos
enamorados se separan uno de otro llenos de ira. Isabel aprovecha la
coyuntura para aumentar la inclinación de Don Diego á la tapada con el
velo, y le proporciona una cita con la misma. El desarrollo posterior de
esta comedia, como se adivina fácilmente, consiste en que Doña Isabel
sustituye á su doncella, y se da trazas de enamorar vivamente á Don
Diego, mientras que, por otra parte, lo aleja más y más, con sus
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