Historia de la literatura y del arte dramático en España, tomo II - 01

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COLECCIÓN DE ESCRITORES CASTELLANOS CRÍTICOS HISTORIA
DE LA LITERATURA Y DEL ARTE DRAMÁTICO EN ESPAÑA
II
Tiradas Especiales
100 ejemplares en papel de hilo, del I al I00.
25 " en papel China, del I al XXV.
25 " en papel Japón, del XXVI al L.


HISTORIA DE LA LITERATURA Y DEL ARTE DRAMÁTICO
EN ESPAÑA
POR
ADOLFO FEDERICO
CONDE DE SCHACK
TRADUCIDA DIRECTAMENTE DEL ALEMÁN AL CASTELLANO
POR
EDUARDO DE MIER
TOMO II
MADRID
IMPRENTA Y FUNDICIÓN DE M. TELLO
_IMPRESOR DE CÁMARA DE S. M._
ISABEL LA CATÓLICA, 23
1886


ÍNDICE.

CAPÍTULO XI.--CERVANTES
CAPÍTULO XII.--Comedias más antiguas de Cervantes.--Su crítica del
teatro español.--Sus últimas comedias.
CAPÍTULO XIII.--Lupercio Leonardo de Argensola.--Actores y poetas
dramáticos del último decenio del siglo XVI.--Escrúpulos teológicos
sobre las representaciones dramáticas.--Autorización legal para la
representación de las comedias.--Ojeada general sobre el drama español
anterior á Lope de Vega.--Reseña histórica de los bailes nacionales
españoles.

SEGUNDO PERÍODO.
EDAD DE ORO DEL TEATRO ESPAÑOL, DESDE 1590
HASTA PRINCIPIOS DEL SIGLO XVIII.
PARTE PRIMERA.
EL TEATRO ESPAÑOL EN TIEMPO DE LOPE DE VEGA.

CAPÍTULO PRIMERO.--Importancia política de España en este
periodo.--Ciencias y letras españolas.--Ideas políticas
predominantes.--Ideas religiosas.--La Inquisición.--Sus relaciones con
la literatura, y principalmente con la dramática.
CAPÍTULO II.--Poesía española en general.--Ideas caballerescas de los
españoles.--El honor castellano--Tradiciones románticas.--Influencia de
la antigüedad.--Creencias religiosas.--Fiestas religiosas y
profanas.--Afición á la poesía.
CAPÍTULO III.--Actividad poética de esta época.--El
culteranismo.--Poesía lírica, prosa novelesca, libros de caballería,
poesía épica.--Originalidad de las letras españolas.--Los teatros
español é inglés.
CAPÍTULO IV.--Florecimiento del teatro español, y períodos en que puede
dividirse.--Desenvolvimiento del drama por sí, á pesar de la
indiferencia de los reyes.--Causas determinantes del desarrollo del
drama.--Triunfo de los elementos dramáticos nacionales.--Formas
dramáticas; comedias; sus caracteres en España.
CAPÍTULO V.--Elementos épicos y líricos de la
comedia.--Versificación.--Verso trocáico de cuatro
pies.--Romance.--Redondilla.--Quintilla.--Octava.--Soneto.--Terceto.
--Lira.--Silva.--Endechas y otras combinaciones métricas.--División
de las comedias.--Errores cometidos en esta materia.--Comedias de
capa y espada, y de ruido.--Comedias de santos, divinas y
humanas.--Burlescas.--Fiestas.--Comedias de figurón.--Comedias heróicas.
CAPÍTULO VI.--Autos.--Autos sacramentales.--Autos al
nacimiento.--Loas.--Entremeses.--Relaciones de viajeros franceses del
siglo XVII que asistieron á representaciones dramáticas en España.
CAPÍTULO VII.--Decoraciones y tramoyas de los teatros
españoles.--Trajes.--Aparato escénico en la representación de
autos.--Prohibición de espectáculos teatrales en 1598.--Su derogación en
1600.--Noticias particulares de los teatros de esta época.
CAPÍTULO VIII.--VIDA DE LOPE DE VEGA.
CAPÍTULO IX.--Continuación y fin de la vida de Lope de Vega.
CAPÍTULO X.--Número de obras dramáticas de Lope.--Su _Arte nuevo de
hacer comedias_.
CAPÍTULO XI.--Caracteres generales de la poesía dramática de Lope de
Vega.
NOTAS


CAPÍTULO XI.
CERVANTES.

No es éste el lugar oportuno de referir prolijamente la vida de tan
grande hombre, querido y admirado de toda Europa; pero tampoco nos
parece justo hacerlo con superficialidad después de los concienzudos
trabajos de Ríos, Pellicer, y sobre todo de Navarrete, que han derramado
nueva luz sobre ella, y que son poco conocidos fuera de España[1]. El
objeto de esta obra exige tan sólo extendernos cuanto nos sea dable
sobre sus trabajos dramáticos; de los demás sucesos de su vida sólo
trataremos más minuciosamente en los casos en que las modernas
investigaciones hayan revelado hechos desconocidos, ó subsanado antiguos
errores, tocando ligeramente los datos y noticias ya vulgares.
La familia de los Cervantes era de las más antiguas de España, y
emparentada, según parece, con los reyes de León. Los individuos de este
linaje, ricos-hombres domiciliados al principio en Galicia,
extendiéronse después por Castilla en la Edad Media, y desde los
primeros años del siglo XIII se encuentra frecuentemente en los anales
de España el nombre de Cervatos, y Cervantes. Gonzalo de Cervantes,
tronco de la línea á que pertenecía nuestro poeta, se distinguió en la
conquista de Sevilla por San Fernando, y obtuvo algunos bienes al
distribuirse entre los vencedores las tierras de los moros. Uno de sus
descendientes se casó con una hija de la casa de Saavedra, por cuya
razón muchos individuos de la de Cervantes añadieron aquel apellido al
suyo. También llegaron hasta el Nuevo Mundo ramas del tronco principal.
A principio del siglo XVI encontramos un Juan de Cervantes de corregidor
de Osuna. Hijo de éste fué Rodrigo, que casó hacia el año de 1540 con
Doña Leonor de Cortinas, dama noble de Barajas, presumiéndose con
ciertos visos de verosimilitud que era parienta de Doña Isabel de
Urbina, primera mujer de Lope de Vega; coincidencia, en verdad, no poco
curiosa, porque indica que además del lazo común de su merecida fama,
había entre estos dos poetas otros de parentesco. De este matrimonio
nació primero un hijo, llamado Rodrigo, y después dos hijas, cuyos
nombres fueron Andrea y Luisa. El último de todos fué Miguel, nuestro
poeta, que, según testifican documentos auténticos, encontrados hace
poco, nació en Alcalá de Henares. No se sabe el día, pero si que fué
bautizado el 9 de octubre de 1547.
De su infancia sólo se conoce lo poco que él mismo dice. De su temprana
afición á las musas habla en el _Viaje al Parnaso_, cap. 4.º, cuando
indica que desde sus más tiernos años le agradó el arte suave de la
bella poesía. También cuenta que en su niñez vió representar á Lope de
Rueda, lo cual debió suceder en Segovia en el año de 1558, ó acaso más
tarde en Madrid ó en alguna otra ciudad inmediata. Dedúcese de las obras
escritas en su edad madura, que este espectáculo impresionó vivamente al
joven Cervantes, y quizá proviniera de esta circunstancia su particular
afición á la literatura dramática, que no le abandonó nunca. En su
mocedad cursó dos años en la Universidad de Salamanca, como debía
constar en los registros de matrícula de la misma. El concienzudo
Navarrete no pudo, en verdad, hallarlos; pero las ingeniosas y
divertidas escenas de la vida y costumbres de los estudiantes de esta
Universidad, que se leen en _El licenciado Vidriera_, en _La tía
fingida_ y en la segunda parte del _Don Quijote_, demuestran
suficientemente que sólo pudo trazarlas quien las vió y estudió por sí
mismo. Es probable que pertenezca también á los recuerdos de esta época
el animado entremés, titulado _La cueva de Salamanca_.
D. Juan López de Hoyos parece haber sido el primero, que alentó al joven
poeta en su carrera. A este famoso maestro, en cuya escuela recibió
parte de su instrucción literaria, se le encargó que escribiese las
poesías para llorar la muerte de Isabel de Valois, en cuyo trabajo le
ayudó su discípulo. Al describir estas exequias, alaba el maestro á
Cervantes, autor de un soneto, una elegía y algunas redondillas, y le
llama su querido y amado discípulo. Tenía entonces veintiún años.
Lanzado una vez en esta senda poética, la prosiguió con celo, y, como
dice en su _Viaje al Parnaso_, escribió innumerables romances, sonetos á
docenas, y es probable que también por este tiempo compusiera _La
Filena_, novela pastoril, sin duda á semejanza de las de Gil Polo y
Montemayor. Estos trabajos de su juventud han desaparecido, á no suponer
que entre los romances del _Romancero general_ haya algunos suyos[2].
Pero el joven poeta, cuyos recursos pecuniarios nunca habían sido
abundantes, necesitaba una ocupación que proveyese mejor á su
subsistencia, y por esta razón entró, sin duda, al servicio del cardenal
Julio Acquaviva, que vino de legado pontificio á la corte de España en
1568, acompañándole á Roma el mismo año. Semejante posición no era en
aquella época humillante, porque españoles nobles y principales no se
desdeñaban de servir á Papas y Cardenales, arrastrados por el deseo de
ver el mundo, por la protección que en ellos encontraban, y por la
perspectiva de obtener pingües beneficios, que los reconciliaban con su
estado. Las vivas impresiones que Cervantes recibió en esta larga
peregrinación, se revelan hasta en sus últimas obras. En el _Persiles_
viajan los dos peregrinos Periandro y Aristela por Valencia, Cataluña y
la Provenza hasta Italia, ruta, que, al parecer, siguió él mismo,
animando estos cuadros con sus propias observaciones. Cataluña
particularmente debió gustarle más, porque en la _Galatea_, en la novela
de _Las doncellas_ y en _Don Quijote_, hace exactas descripciones del
país y de sus costumbres.
Su residencia en Roma, por duradero que fuese su recuerdo, no fué larga.
En _El licenciado Vidriera_, una de sus novelas, la llama dominadora del
mundo y reina de las ciudades, y añade que así como de las garras del
león se deduce cuál es su fuerza y su grandeza, así se reconoce la de
Roma por sus fragmentos de mármol, sus techos caídos y arruinados baños,
sus magníficas columnatas y grandes anfiteatros, y por la corriente
sagrada, cuyas orillas santifican innumerables reliquias de mártires,
sepultados en sus olas.
Pronto trocó Cervantes su vida pacífica en la casa del prelado por la
agitada de la milicia, pues si las armas, como él decía, ennoblecen á
todos, realzan más principalmente á los de ilustre prosapia. Sentó,
pues, plaza en los tercios españoles, que ocupaban entonces la Italia,
residiendo de ordinario en Nápoles. Aquí se embarcó en el año de 1571
para Mesina, punto de reunión de las escuadras congregadas para defender
á la cruz contra la media luna. Sirvió de simple soldado en la compañía
de Diego de Urbina; siguió á la flota aliada, mandada por D. Juan de
Austria, á las aguas de Lepanto, y tomó parte activa en la batalla. Al
comenzar estaba enfermo de calenturas, y á los ruegos de su capitán y
compañeros de que permaneciese tranquilo en su lecho, replicó que él
quería mejor morir por su Dios y su Rey que recobrar cobardemente la
salud, y solicitó de su capitán que le pusiese en el puesto de más
peligro. Concediósele lo que pedía, y peleó con sin igual bravura con la
tripulación del buque, que mató sola 500 turcos de la galera _Almirante
de Alejandría_, y se apoderó de la bandera de Egipto. Cervantes,
expuesto al fuego más vivo, fué herido por tres balas, dos en el pecho y
una en la mano izquierda, que después perdió por completo. En vez de
quejarse de esta mutilación, la enseñaba siempre con orgullo, porque
probaba su participación en el más glorioso suceso que vieron los
pasados siglos y verán quizá los venideros[3]. El día 7 de octubre de
1571 parece haber sido siempre el plácido recuerdo, que lo consolaba en
los muchos apuros y penalidades de su vida, puesto que hasta en sus
últimos años dice en su _Viaje al Parnaso_, que, cuando extiende su
vista por la desierta superficie de los mares, se le viene á la memoria
la heróica hazaña del heróico D. Juan, en la cual él tomó parte, aunque
en un puesto inferior, con ardiente sed de militar renombre, varonil
coraje y noble corazón. Tal fué, en efecto, su valor, que cuando D. Juan
de Austria, al día siguiente de la batalla, recorrió toda la armada,
distinguió particularmente á Cervantes y mandó que añadiesen á su sueldo
un plus importante.
Sábese que la victoria no tuvo grandes resultados. El enemigo de la
cristiandad se cercioró entonces de que su mejor aliado eran las
mezquinas discordias de los príncipes cristianos: Felipe II ordenó á su
hermano que volviese con la armada á Mesina, en donde la victoriosa
flota fué recibida con extraordinarias fiestas. Cervantes pasó al
hospital á curarse de sus heridas, y se quedó en Mesina, mientras casi
todas las tropas se distribuían por el interior de Sicilia. En la
primavera del año siguiente se hizo de nuevo á la vela para el
Archipiélago en el regimiento de Figueroa, y asistió á la batalla de
Navarino; pero se frustró la expedición, y la flota volvió á Mesina en
noviembre.
El invierno inmediato se pasó en preparativos: la inesperada defección
de los venecianos disolvió la liga, y se creyó que no era bastante
fuerte el poder marítimo español para atacar sólo á los turcos, por cuyo
motivo se proyectó una expedición contra Túnez. El objeto del Rey era
únicamente destronar á Aluch-Alí y apoyar á Muley-Mahomet; pero D. Juan
de Austria, su general, esperaba fundar para sí un reino independiente
en África, para lo cual se le había prometido el favor del Papa. Apenas
llegó la flota á la Goleta, tanto los habitantes como la guarnición de
Túnez abandonaron la ciudad y la fortaleza, y bastó un regimiento de
veteranos, entre los cuales se hallaría probablemente Cervantes, para
apoderarse de ambas. D. Juan construyó un nuevo fuerte, tomó á Biserta,
y volvió á Sicilia con parte de sus tropas. La compañía en que estaba
Cervantes pasó á Cerdeña, permaneció en ella en el invierno de 1573 á
1574 y marchó después á Génova, en donde habían ocurrido algunos
desórdenes. Para contenerlos vino D. Juan de la Lombardía, y supo
entonces que los turcos se preparaban á reconquistar á Túnez y la
Goleta; embarcó en Spezia, para Nápoles, parte de sus tropas (entre las
cuales estaba Cervantes), y desde aquí se hizo á la vela hacia Túnez. Un
huracán casi echó á pique á su galera, y la arrastró de nuevo á la costa
italiana. Mientras tanto, y después de esforzada resistencia, se
perdieron Túnez y la Goleta, y se desvanecieron de este modo las
esperanzas de D. Juan. Cervantes permaneció en Sicilia á las órdenes
del duque de Sesa, aunque no tardó en dirigirse á España, ya por su
natural deseo de regresar á su patria, ya desalentado al ver el escaso
premio que merecían sus servicios, con cuyo objeto pidió licencia en el
verano de 1575. Concediósele, en efecto, y honorífica en alto grado. D.
Juan y el duque de Sesa le dieron cartas de recomendación para el Rey,
en las cuales le rogaban que atendiese á los méritos de este hombre
distinguido, que se había granjeado la estimación de iguales y
superiores[4].
Bajo tan favorables auspicios se embarcó Cervantes en Nápoles en la
galera del _Sol_ con su hermano Rodrigo; pero el regreso á su patria no
era tan fácil como creían. La galera tropezó el 26 de septiembre de 1575
con un corsario argelino, y fué apresada tras larga resistencia y
llevada á Argel. Cervantes, al repartirse el botín, tocó en suerte al
renegado Dali-Mamí, el cual se alegró de que hubiese caído en sus manos
un caballero tan distinguido como Cervantes, que llevaba una carta para
el rey Felipe II, y con la esperanza de conseguir cuantioso rescate, lo
atormentó con malos tratamientos; pero el osado cautivo, en vez de
acobardarse, formó el plan de recobrar su libertad y la de sus
compañeros, y los animó á escaparse hacia Orán. Ya habían salido de
Argel, cuando los descubrió el moro, que prometió llevarlos, y se vieron
obligados á regresar á la cárcel y sufrir más duros tormentos[5].
Uno de los cautivos, que fué rescatado y volvió á España, participó á su
padre la suerte de sus dos infelices hijos. El buen viejo empeñó en
seguida sus escasos bienes, sin pensar que de esta manera quedaban
reducidos á la mayor miseria él y toda su familia, y remitió al punto á
Argel una suma no despreciable. Entonces pudieron los hijos tratar de su
rescate; pero Dali-Mamí pidió tanto por Miguel de Cervantes, que éste
perdió la esperanza de salir del cautiverio y cedió su parte á Rodrigo,
que consiguió la libertad en agosto de 1577. Rodrigo prometió, al
despedirse de sus compañeros, que haría cuanto pudiese para armar una
fragata en Valencia ó las islas Baleares, desembarcar en las costas
africanas y libertar á su hermano y demás cautivos. Con dicho objeto
llevaba cartas de un esclavo español de la casa de Alba, que se hallaba
también en Argel. Largo tiempo hacía que Cervantes había trazado el
siguiente plan: en la costa, y al Occidente de Argel, había un jardín,
perteneciente al alcaide Hassén, cuyo administrador, que era un esclavo
de Navarino, á ruegos de Cervantes, había puesto á disposición de los
cautivos una cueva, situada en el extremo de dicha posesión, en donde se
habían ocultado muchos desde febrero de 1577. Poco á poco se aumentó el
número de los fugitivos, y en noviembre llegó también Cervantes,
escapado de la casa de su amo y deseoso de reunirse á ellos. Cervantes
había calculado bien la época en que debía aparecer por la costa la
deseada fragata, que llegó, en efecto, el 28 de septiembre, y se mantuvo
oculta de día; se acercó por la noche al jardín, é hizo á los cautivos
la señal convenida. Pero al mismo tiempo levantaron el grito algunos
moros, que por casualidad estaban cerca; se retiró la fragata, y poco
después hizo otra tentativa de desembarco, más desgraciada que la
primera, y cayó en poder de los moros.
Cervantes y sus compañeros esperaban mantenerse ocultos en la cueva
hasta que se les presentase nueva ocasión para escaparse; pero un
renegado, por nombre el Dorado, que estaba desde el principio en el
secreto, lo reveló al rey Hassán, que creía tener derecho á todos los
esclavos, y aprovechó ansioso esta coyuntura para llenar con ellos sus
cárceles. Un destacamento de soldados sitió el jardín del alcaide
Hassén, penetró en la cueva, y se apoderó de los fugitivos. Cervantes
declaró en el acto que él solo era culpable, y que había seducido á los
demás para que huyesen. Confesado esto, fué llevado con cadenas á la
presencia del Rey, después de sufrir los improperios y malos
tratamientos de la soldadesca y las burlas del populacho turco. El Rey,
ya empleando la astucia y palabras lisonjeras, ya tremendas amenazas,
intentó arrancarle el descubrimiento de los demás culpables, con el
objeto de complicar en este asunto al P. Jorge Olivar, encargado de la
redención de esclavos por la corona de Aragón. Cervantes se mantuvo
inflexible, y sólo sostuvo que él era el único culpable.
Mientras tanto castigó duramente á los fugitivos el alcaide Hassén,
comenzando por ahogar con sus propias manos al jardinero. Igual suerte
hubiera cabido á Cervantes y á sus amigos, si la codicia del Rey no
superase á su crueldad. La esperanza de cobrar su rescate salvó la vida
á los cautivos, pero los encerraron en una horrible cárcel y los
atormentaron sin piedad ni mesura. La descripción que hace el P. Haedo
de esta prisión y de las crueldades del rey Hassán, nos llenan de
espanto. La cárcel en que estaba Cervantes era la peor de todas las de
Argel.
En esta situación desconsoladora, testigos diarios de los tormentos ó
suplicios de sus compañeros, y esperando á cada momento igual suerte, se
esforzaban los míseros cautivos, casi todos españoles, en olvidar su
desdicha, recordando sin cesar su amada patria, y bailando y
divirtiéndose como si estuvieran en ella. Animábanse al oir las hazañas
de sus antepasados, que cantaban alternadamente, repitiendo conocidos
romances; celebraban las santas fiestas de su religión, y se solazaban
con representaciones dramáticas. Tan general era la afición al drama
naciente, que convirtieron en teatro una mazmorra obscura de esclavos;
tanto habían penetrado las comedias de Lope de Rueda en el corazón del
pueblo, que, separados de su país largos años, sabían recitar sus trozos
más bellos[6]. Otra relación hubo también entre las cárceles de Argel y
el teatro español. En ellas concibió Cervantes el plan de dos dramas,
que pintan los sufrimientos de los cautivos cristianos, cuyos dramas,
imitados primero por Lope de Vega en sus _Cautivos de Argel_, dieron
origen á una serie de composiciones análogas.
El mal éxito de su primera tentativa para alcanzar la libertad no había
abatido á Cervantes; al contrario, la desgracia lo excitaba más á
desearla, si es cierto que la libertad, como él indica, es el don más
precioso que el cielo concedió á los hombres, y por ella, lo mismo que
por el honor, se puede y se debe aventurar la vida, y que la prisión, en
cambio, es el mayor mal que puede suceder al hombre. Pudieron persuadir
á un moro que llevase cartas de Cervantes al gobernador de Orán para
probar de nuevo, si era posible, librarse á sí mismo del cautiverio y á
otros tres compañeros. Pero el rey Hassán descubrió el proyecto, empaló
al mensajero y condenó á Cervantes á 2.000 azotes en castigo de haber
escrito la carta. Esta última sentencia no se ejecutó, sin embargo,
gracias á los empeños que hubo en favor del noble cautivo; y tan
desusada clemencia es en alto grado inexplicable, atendiendo á que al
mismo tiempo otros tres españoles perdieron la vida por un delito
semejante, y sólo se comprende por la impresión que los caracteres
grandiosos hacen hasta en los hombres más bárbaros.
Otro nuevo plan, más vasto que los precedentes, trazado en septiembre de
1579, fué descubierto por un monje dominicano. Hassán, para coger
_infraganti_ á los cautivos, fingió no saber nada; pero los cristianos
sospecharon pronto que su proyecto era conocido. Un mercader valenciano,
residente en Argel, que les prometió su ayuda, y que temió entonces por
su vida y sus bienes, hizo cuanto pudo para decidir á Cervantes á huir á
toda prisa en un barco, temeroso de que el rigor de los tormentos le
arrancase la confesión de su complicidad; pero éste, que ya se había
escapado de la cárcel y estaba oculto en casa de un amigo, no consintió
en salvarse solo y dejar á sus compañeros expuestos al peligro; se
esforzó en calmar las inquietudes del mercader, y le juró que ni la
muerte ni los tormentos le obligarían nunca á declarar. Mientras tanto
se pregonó en las calles de Argel un bando del sultán para descubrir al
esclavo Cervantes, condenando á muerte á cualquiera que lo encubriese.
Entonces resolvió el cautivo librar á su amigo de tan tremenda
responsabilidad, y se presentó al Rey. Éste, para amedrentarlo, ordenó
que le pusiesen una soga al cuello y que le atasen las manos á la
espalda, y le propuso después, como único medio de salvación, el
descubrimiento de sus cómplices. Cervantes, sin inmutarse, sostuvo que
él solo había intentado huir, y declaró cómplices á cuatro españoles,
que se habían rescatado poco tiempo antes. Las súplicas de un renegado,
amigo de Cervantes, movieron una vez más al Rey á perdonarle la vida;
pero lo llevaron á la cárcel del palacio, le pusieron grillos y esposas
y lo celaron con más rigor.
Aunque parezca novelesco, no es menos cierto, si merecen fe testimonios
irrecusables, que Cervantes trazó entonces un nuevo plan, más atrevido
aún que los anteriores[7]. Su objeto era promover un levantamiento de
todos los esclavos de Argel, y apoderarse de la ciudad para entregarla á
Felipe II; y á pesar del cuidado con que se le guardaba, encontró medio
de plantear su propósito. No se sabe con certeza ni hasta dónde llegó,
ni si se descubrió al cabo, ni por qué medios. Lo que sí consta es que
el rey Hassán miraba á Cervantes como al más osado y emprendedor de sus
esclavos, y como al único de quien todo podía temerlo. Solía decir que
para tener seguros sus esclavos, sus buques y su capital, era necesario
vigilar con esmero al español estropeado. Á pesar de todo, lo trató con
singular moderación. El mismo Cervantes dice que sólo un soldado
español, llamado Saavedra, escapó bien con él, pues aunque por obtener
su libertad hizo tales cosas, que durarán largo tiempo en la memoria de
las gentes, sin embargo, ni lo maltrató, ni mandó atormentarlo, ni le
dijo una mala palabra, cuando todos, y él el primero, temían á cada
instante que por la menor cosa que acometió lo hubiese empalado.
Mientras hacía Cervantes tantas y tan inútiles tentativas para alcanzar
su libertad, trabajaban sus parientes en Madrid con igual objeto.
Completaron sus recursos acudiendo á la generosidad del Rey, ya
recordando sus méritos los compañeros de armas del cautivo, ya
aprovechándose de la carta de recomendación del duque de Sesa. Su padre
Rodrigo había muerto, dejando á su familia en la mayor miseria; la corte
mostraba frialdad, y por estas razones los encargados del rescate de
cautivos, que fueron á Argel en mayo de 1580, sólo pudieron reunir una
pequeña suma para redimir al más generoso de todos. Hassán había dejado
el gobierno de Argel á otro Pachá, encaminándose á Constantinopla.
Cervantes era del número de los esclavos, que él quería llevarse, y ya
había subido á la galera, pronta á hacerse á la vela, cuando llegaron
los redentores en ocasión en que su rescate, caso de lograrse, no era ya
posible. El precio pedido ascendía á más del doble de la suma, que
traían aquéllos; pero gracias á los esfuerzos del P. Gil, que con dinero
prestado aumentó la suma y acalló algún tanto las pretensiones de
Hassán, pudo Cervantes conseguir su libertad en 19 de septiembre de
1580.
Antes de regresar á España, quiso desvanecer varias calumnias de que
había sido víctima. El monje dominico, que, como dijimos antes,
descubrió la última tentativa de huída y se granjeó el odio de los
cristianos, intentó hacer recaer en Cervantes toda la odiosidad de su
conducta, sobornando con ese fin insidioso á diversos testigos. Para
disipar desde luego esta sospecha, produjo el calumniado el irrecusable
testimonio de once de sus compañeros de cárcel, todos de las familias
más nobles de España, que hicieron su más cumplido elogio. D. Diego de
Benavides declaró, que, á su llegada á Argel, le hablaron de Cervantes
como de un hombre excelente por su nobleza y sus virtudes, y que se
había portado con él como lo hubieran hecho su padre y su madre. Luis de
Pedrosa dijo, que, si bien habían estado en Argel muchos bravos
caballeros, ninguno había hecho tanto bien á sus amigos esclavos como
Cervantes, y que éste tenía tanta y tan peculiar gracia, y era tan
ingenioso y diligente, que pocos hombres podían comparársele.
Después de desenmascarar de esta manera á su perverso calumniador, se
hizo á la vela en 22 de diciembre y disfrutó de la mayor alegría que se
puede alcanzar en esta vida, regresando á su patria sano y salvo tras
larga prisión, puesto que, como él dice, no hay placer comparable al de
recobrar la perdida libertad.
De vuelta á España, se alistó de nuevo en el ejército para remediar la
miseria de su familia. Pasó, pues, á Portugal, aún no sometida del todo,
en compañía de su hermano Rodrigo, y tomó parte con él en las
expediciones militares que en 1581 y 82 se hicieron á las islas Azores,
y en la del verano de 1583 para conquistar la isla Terceira, y
desbaratar por completo á los parciales del prior de Ocrato. Carecemos
de datos más exactos acerca de esta época de su vida, pero parece que en
este mismo tiempo estuvo también en Orán, y que mientras residió en
Portugal tuvo relaciones amorosas con una dama portuguesa, cuyo fruto
fué su hija Doña Isabel de Saavedra.
El estrépito de las armas no pudo acallar su musa, puesto que la afición
á la poesía, siempre viva en su pecho hasta en las cárceles de Argel[8],
se despertó entonces más pujante. A pesar de su vida militar agitada,
había escrito una novela pastoril, titulada la _Galatea_, en la cual
revela poca originalidad, é imita, no del todo felizmente, las obras de
Gil Polo y de Montemayor. La _Galatea_ apareció á fines del año 1584.
Hacia esta época se encontraba Cervantes en Esquivias, en donde le
retenía su amor á una dama principal, llamada Doña Catalina de Salazar
y Vozmediano, no sabiéndose con certeza ni cuándo la conoció, ni si la
celebró con el nombre de Galatea, aunque sí que se casó con ella en 12
de diciembre de 1584, abandonando el servicio de las armas y fijando su
residencia en Esquivias.
Gracias á su proximidad á Madrid, pudo hacer frecuentes viajes,
contrayendo estrecha amistad con varios poetas afamados, y tomando parte
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