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Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas - 39

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  --Eso, acá yo... Todo se sabe--replicó la Dura con malicia--. Vaya, que
  te ha caído la lotería. Yo me alegro, porque te quiero.
  En esto Mauricia se inclinó bruscamente y recogió del suelo un objeto
  pequeño. Era un botón.
  «Buen agüero, mira--dijo mostrándolo a Fortunata--. Señal de que vas a
  ser dichosa».
  --No creas en brujerías.--¿Que no crea?... _Paices_ boba. Cuando una se
  encuentra un botón, quiere decirse que a una le va a pasar algo. Si el
  botón es como este, blanco y con cuatro _ujeritos_, buena señal; pero si
  es negro y con tres, mala.
  --Eso es un disparate.--Chica, es el Evangelio. Lo he probado la mar de
  veces. Ahora vas a estar en grande. ¿Sabes una cosa?
  Dijo esto último con tal intención, que Fortunata, cuya ansiedad crecía
  sin saber por qué, vio tras el _sabes una cosa_ una confidencia de
  extraordinaria gravedad.
  --¿Qué?--Que te quemas.--¿Cómo que me quemo?
  --Nada, mujer, que te quemas, que le tienes muy cerca. Te gustan las
  cosas claras, ¿verdad?, pues allá va. Volvió de Valencia muy bueno y muy
  enamoradito de ti. Lo que yo te decía, chica, lo mismo fue enterarse de
  que estabas en las Micaelas haciéndote la católica, que se le encendió
  el celo, y todas las tardes pasaba por allí en su _featón_. Los hombres
  son así: lo que tienen lo desprecian, y lo que ven guardado con llave y
  candados, eso, eso es lo que se les antoja.
  --Quita, quita...--dijo Fortunata, queriendo aparecer serena--. No me
  vengas con cuentos.
  --Tú lo has de ver.--¿Cómo que lo he de ver? Vaya, que tienes unas
  cosas...
  Mauricia se echó a reír con aquel desparpajo que a su amiga le parecía
  el humorismo de un hermoso y tentador demonio. En medio de la infernal
  risa, brotaba esta frase que a Fortunata le ponía los pelos de punta:
  «¿Te lo digo?... ¿te lo digo?».
  --¿Pero qué?
  Se miraron ambas. Dentro de los cóncavos y amoratados huecos de los
  ojos, acechaban las pupilas de Mauricia con ferocidad de pájaro cazador.
  «¿Te lo digo?... Pues el tal sabe echar por la calle de enmedio. Vaya,
  que es listo y ejecutivo. Te ha armado una trampa, en la cual vas a
  caer... Como que ya has metido la patita dentro».
  --¿Yo...?--Sí... tú. Pues ha alquilado el cuarto de la izquierda de la
  casa en que vas a vivir; el tuyo es el de la derecha.
  --¡Bah!... no digas desatinos--replicó Fortunata, queriendo echárselas
  de valiente.
  Deslizose de sus rodillas al suelo la falda de gro negro que estaba
  arreglando.
  «Como lo oyes, chica... Allí le tienes. Desde que entres en tu casa, le
  sentirás la respiración».
  --Quita, quita... no quiero oírte.
  --Si sabré yo lo que me digo. Para que te enteres: hace media hora que
  he estado hablando con él en casa de una amiga. Si no caes en la trampa,
  creo que el pobrecito revienta... tan dislocado está por ti.
  --El cuarto de al lado... a mano izquierda cuando entramos... el mío a
  esta mano; de modo que... No me vuelvas loca...
  --Lo ha tomado por cuenta de él una que llaman Cirila... Tú no la
  conoces; yo sí: ha sido también corredora de alhajas y tuvo casa de
  huéspedes. Está casada con uno que fue de la ronda secreta, y ahora tu
  señor me le ha colocado en el tren.
  Fortunata sintió que se congestionaba. Su cabeza ardía.
  «Vaya, todo eso es cuento... ¿Piensas que me voy a creer esas bolas?...
  ¡Como no se acuerde él de mí...!, ni falta.
  --Tú lo has de ver. ¡Ay qué chico! Da pena verle... loquito por ti... y
  arrepentido de la partida serrana que te jugó. Si la pudiera reparar, la
  repararía. Créetelo porque yo te lo digo.
  En esto entró Papitos con pretexto de preguntar una cosa a la señorita,
  pero realmente con el único objeto de curiosear. Lo mismo fue verla
  Mauricia que echarle los tiempos del modo más despótico.
  «Mira, chiquilla, si no te largas, verás».
  La amenazó con un movimiento del brazo, precursor de una gran bofetada;
  pero la mona se le rebeló, chillando así: «No me da la gana... ¿Y a
  usted qué?... ¡Mía esta!...». Fortunata le dijo: «Papitos, vete a la
  cocina», y obedeció la rapaza, aunque de muy mala gana.
  «Pues yo...--prosiguió Fortunata--, si es verdad, le diré a mi marido
  que tome otra casa».
  --Tendrías que cantarle el motivo.
  --Se lo cantaré... vaya.--Bonita escandalera armarías... Nada, hija,
  que la trampa te la ponen donde quiera que vayas, y ¡pum!... ídem de
  lienzo.
  --Pues ea... no me casaré--dijo la novia en el colmo ya de la confusión.
  --¡Quia! Por tonta que te quieras volver, no harás tal... ¿Crees que
  esas brevas caen todos los días? Que se te quite de la cabeza...
  Casadita, puedes hacer lo que quieras, guardando el aparato de la
  _comenencia_. La mujer soltera es una esclava; no puede ni menearse. La
  que tiene un peine de marido, tiene bula para todo.
  Fortunata callaba, mirando vagamente al suelo, con la barba apoyada en
  la mano.
  «¿Qué miras?--dijo la Dura inclinándose--. ¡Ah!, otro botón... y este es
  negro, con tres _ujeros_... Mala señal, chica. Esto quiere decir que si
  no te casas, mereces que te azoten».
  Recogiendo el botón, lo miraba de cerca. Anochecía, y la sala se iba
  quedando a oscuras. Poco después Fortunata veía sólo el bulto de su
  amiga y los zapatos amarillos. Empezaba a cogerle miedo; pero no deseaba
  que se marchase, sino que hablara más y más del mismo temeroso asunto.
  «Te digo que no me caso» repitió la joven, sintiendo que se renovaba en
  su alma el horror al matrimonio con el chico de Rubín. Y las ideas tan
  trabajosamente construidas en las Micaelas, se desquiciaron de repente.
  Aquel altarito levantado a fuerza de meditaciones y de gimnasias de la
  razón, se resquebrajaba como si le temblara el suelo.
  «El cuarto de la izquierda... de modo que... Eso es estar vendida... Una
  puerta aquí, otra allí...».
  --Lo que te digo, una patita en la trampa; sólo te falta meter la otra.
  Y rompió a reír de nuevo con aquella franqueza insolente que a Fortunata
  le agradaba, cosa extraña, despertando en su alma instintos de dulce
  perversidad.
  «Nada, yo no me caso, que no me caso, ¡ea!--declaró la novia
  levantándose y dando pasos de aquí para allí, cual si moviéndose
  quisiera infundirse la energía que le faltaba».
  --Como lo vuelvas a decir...--añadió Mauricia haciendo un gesto de
  burlesca amenaza--. ¿Piensas que una ganga como esta se encuentra detrás
  de cada esquina? Nada, chica, a casarse tocan. En ese espejo quisieran
  verse otras. Y para acabar, chica, cásate, y haz por no caer en la
  trampa. Vaya, ponte a ser honrada, que de menos nos hizo Dios... Oye lo
  que te digo, que es el Evangelio, chica, el puro Evangelio:
  Fortunata se detuvo ante su amiga, y esta la obligó a sentarse otra vez
  a su lado.
  «Nada, te casas... porque casarte es tu salvación. Si no, vas a andar de
  mano en mano hasta la consunción de los siglos. Tú no seas boba; si
  quieres ser honrada, _serlo_, hija. Descuida, que no te pondrán un puñal
  al pecho para que peques».
  --Pues sí--dijo Fortunata animándose--, ¿qué me importa a mí la trampa?
  Como yo no quiera caer...
  --Claro... El otro ahí junto... pues que le parta un rayo. ¿A ti qué? Tú
  di «soy honrada», y de ahí no te saca nadie. A los pocos días le dices a
  tu esposo de tu alma que la casa no te gusta, y tomáis otra.
  --Di que sí... tomamos otra, y se acabó la trampa--observó la novia
  tomando en serio los consejos de su amiga.
  --Verdad que él no se acobardará, y a donde vayas, él detrás. Créeme que
  está loco, Y te digo más. La criada que tienes, esa Patricia que le
  recomendó a doña Lupe el señor de Torquemada, está vendida.
  --¡Vendida!... ¡Ah!...--exclamó Fortunata con nuevo terror--. Mira tú
  por qué esa mujer no me gustó cuando la vi esta mañana. Es muy adulona,
  muy relamida, y tiene todo el aire de un serpentón... Pues nada, le diré
  a mi marido que no me gusta, y mañana mismo la despido.
  --Eso... y viva el _caraiter_. Tú mira bien lo que te digo: siempre y
  cuando quieras ser honrada, _serlo_; pero dejarte de casar, ¡dejar de
  casarte!, que no se te pase por la cabeza, hija de mi alma.
  Fortunata parecía recobrar la calma con esta exhortación de su amiga,
  expresada de una manera cariñosa y fraternal.
  «Otra cosa se me ocurre--indicó luego con la alegría del náufrago que ve
  flotar una tabla cerca de sí--. Le diré a mi marido que estoy mala y que
  me lleve a vivir al pueblo ese donde ha cogido la herencia».
  --¡Pueblo!... ¿Y qué vas a hacer tú en un pueblo?--dijo Mauricia con
  expresión de desconsuelo, como una madre que se ocupa del porvenir de su
  hija--. Mira tú, y créelo porque yo te lo digo: más difícil es ser
  honrada en un pueblo chico que en estas ciudades grandes donde hay mucho
  personal, porque en los pueblos se aburre una; y como no hay más que dos
  o tres sujetos finos y siempre les estás viendo, ¡qué peine!, acabas por
  encapricharte con alguno de ellos. Yo conozco bien lo que son los
  pueblos de corto personal. Resulta que el alcalde, y si no el alcalde el
  médico y si no el juez, si lo hay, te hacen tilín, y no quiero decirte
  nada. En último caso, tanto te aburres, que te da un _toque_ y caes con
  el señor cura...
  --Quita, quita, ¡qué asco!
  --Pues chica, no pienses en salir de Madrid--agregó la tarasca
  cogiéndola por un brazo, atrayéndola a sí y sentándola sobre sus
  rodillas--. Hija de mi vida, ¿a quién quiero yo? A ti nada más. Lo que
  yo te diga es por tu bien.
  Déjate llevar; cásate, y si hay trampa, que la haya. Lo que debe pasar,
  pasa... Deja correr y haz caso de mí, que te he tomado cariño y soy
  _mismamente_ como tu madre.
  Fortunata iba a responder algo; pero la campanilla anunció que se
  aproximaba doña Lupe.
  Cuando esta penetró en la sala, ya sabía por Papitos quién estaba allí.
  --¿En dónde está esa loca?--entró diciendo--. ¡Pero qué oscuridad! No
  veo gota. Mauricia...
  --Aquí estoy, mi señora doña Lupe. Ya nos podían traer una luz.
  Fortunata fue por la luz, y en tanto la viuda dijo a su corredora:
  «¿Qué traes por acá? ¡Cuánto tiempo...! ¿Y qué tal? ¿Te has enmendado?
  Porque el padre Pintado le contó a Nicolás horrores de ti...».
  --No haga caso, señora. D. León es muy fabulista y boquea más de la
  cuenta. Fue un pronto que tuve.
  --¡Vaya unos prontos!... ¿Y qué traes ahí?
  Entró Fortunata con la lámpara encendida, y la tarasca empezó a mostrar
  mantones de Manila, un tapiz japonés, una colcha de malla y felpilla.
  «Mire, mire qué primores. Este pañolón es de la señá marquesa de
  Tellería. Lo da por un pedazo de pan. Anímese, señora, para que haga un
  regalo a su sobrina, el día de mañana, que así sea el _escomienzo_ de
  todas las felicidades».
  --¡Quita allá!... ni para qué quiere esta mantones. ¡Buenos están los
  tiempos! ¿Y qué precio?... ¡Cincuenta duros! Ajajá... ¡qué gracia! Los
  tengo yo del propio Senquá, mucho más floreados que ese y los doy a
  veinticinco.
  --Quisiera verlos... ¿Sabe lo que le digo? Que me caiga muerta aquí
  mismo, si no es verdad que me han ofrecido treinta y ocho y no lo he
  querido dar... Mire, por estas cruces.
  Y haciendo la cruz con dos dedos, se la besó.
  --«A buena parte vienes!... Si estoy yo de mantones...».
  --Pero no serán como este.--Mejores, cien veces mejores... Pero me
  alegro de que hayas venido: te voy a dar un aderezo para que me lo
  corras.
  Y siguieron picoteando de este modo hasta que entró Maximiliano, y doña
  Lupe mandó sacar la sopa. El novio, enterándose de que había visita en
  la sala, acercose despacito a la puerta para ver quién era. «Es
  Mauricia» le dijo su prometida saliéndole al encuentro.
  Ambos se fueron al comedor, esperando allí a que su tía despachase a la
  corredora. Cuando esta se fue no quiso Fortunata salir a despedirla, por
  temor de que dijese algo que la pudiera comprometer.
  
  
  --iii--
  
  Maximiliano habló a su futura de las invitaciones que había hecho, y
  ella le oía como quien oye llover; mas no reparó el joven en esta
  distracción por lo muy exaltado que estaba. Como era tan idealista,
  quería hacer el papel de novio con todas las reglas recomendadas por el
  uso, y aunque se vio solo en el comedor con su amada, tratábala con
  aquellos miramientos que impone el pudor más exquisito. No se decidía ni
  a besarla, gozando con la idea de poder hacerlo a sus anchas después de
  recibidas las bendiciones de la Iglesia, y aun de hacerle otras caricias
  con la falsa ilusión de no habérselas hecho antes. Mientras comían,
  Fortunata se sintió anegada en tristeza, que le costaba trabajo
  disimular. Inspirábale el próximo estado tanto temor y repugnancia, que
  le pasó por el pensamiento la idea de escaparse de la casa, y se dijo:
  «No me llevan a la Iglesia ni atada». Doña Lupe, que gustaba tanto de
  hacer papeles y de poner en todos los actos la corrección social, no
  quería que los novios se quedasen solos ni un momento. Había que emplear
  una ficción moral como tributo a la moral misma y en prueba de la
  importancia que debemos dar a la forma en todas nuestras acciones.
  Fortunata estuvo muy desvelada aquella noche. Lloraba a ratos como una
  Magdalena, y poníase luego a recordar cuanto le dijo el padre Pintado y
  el remedio de la devoción a la Santísima Virgen. Durmiose al fin
  rezando, y soñó que la Virgen la casaba, no con Maxi, sino con su
  verdadero hombre, con el que era suyo a pesar de los pesares. Despertó
  sobresaltada, diciendo: «Esto no es lo convenido». En el delirio de su
  febril insomnio, pensó que D. León la había engañado y que la Virgen se
  pasaba al enemigo, «Pues para esto no se necesitaba tanto Padre Nuestro
  y tanta Ave María...». Por la mañana reíase de aquellos disparates, y
  sus ideas fueron más reposadas. Vio claramente que era locura no seguir
  el camino por donde la llevaban, que era sin duda el mejor. «¡Hala!,
  honrada a todo trance. Ya me defenderé de cuantas trampas se me quieran
  armar».
  Doña Lupe dejó las ociosas plumas a las cinco de la mañana cuando aún no
  era de día, y arrancó de la cama a Papitos, tirándole de una oreja, para
  que encendiera la lumbre. ¡Flojita tarea la de aquel día; un almuerzo
  para doce personas! Llamó a Fortunata para que se fuera arreglando, y
  acordaron dejar dormir a Maxi hasta la hora precisa, porque los
  madrugones le sentaban mal. Dio varias disposiciones a la novia para que
  trabajara en la cocina, y se fue a la compra con Papitos, llevando el
  cesto más grande que en la casa había.
  Lo que doña Lupe llamaba el _menudo_ era excelente: riñones salteados,
  sesos, merluza o pajeles, si los había, chuletas de ternera, filete a la
  inglesa... Esto corría de cuenta de la viuda, y Fortunata se comprometió
  a hacer una paella. A las ocho ya estaba doña Lupe de vuelta, y parecía
  una pólvora; tal era su actividad. Como que a las diez debían ir a la
  Iglesia. «Pero no, no iré, porque si voy, de fijo me hace Papitos algún
  desaguisado». La suerte fue que vino Patricia, y entonces se decidió la
  señora a asistir a la ceremonia.
  Púsose la novia su vestido de seda negro, y doña Lupe se empeñó en
  plantarle un ramo de azahar en el pecho. Hubo disputa sobre esto... que
  sí, que no. Pero la señora de D. Basilio había traído el ramo y no se la
  podía desairar. Como que era el mismo ramo que ella se había puesto el
  día de su boda. Fortunata estaba guapísima, y Papitos buscaba mil
  pretextos para ir al gabinete y admirarla aunque sólo fuera un instante.
  «Esta sí que no tiene algodón en la delantera» pensaba.
  La de Jáuregui se puso su _visita_ adornada con abalorio, y doña Silvia
  se presentó con pañuelo de Manila, lo que no agradó mucho a la viuda,
  porque parecía boda de pueblo. Torquemada fue muy majo; llevaba el hongo
  nuevo, el cuello de la camisa algo sucio, corbata negra deshilachada y
  en ella un alfiler con magnífica perla que había sido de la marquesa de
  Casa-Bojío. El bastón de roten y las enormes rodilleras de los calzones
  le acababan de caracterizar. Era hombre muy humorístico y tenía una
  baraja de chistes referentes al tiempo. Cuando diluviaba, entraba
  diciendo: «Hace un polvo atroz». Aquel día hacía mucho calor y sequedad,
  motivo sobrado para que mi hombre se luciera: «¡Vaya una nevada que está
  cayendo!». Estas gracias sólo las reían doña Silvia y doña Lupe.
  Maxi llevaba su levita nueva y la chistera que aquel día se puso por
  primera vez. Extrañaba mucho aquel desusado armatoste, y cuando se lo
  veía en la sombra, parecíale de tres o cuatro palmos de alto. Dentro de
  casa, creía que tocaba con su sombrero al techo. Pero en orden de
  chisteras, la más notable era la de D. Basilio Andrés de la Caña, que lo
  menos era de catorce modas atrasadas, y databa del tiempo en que Bravo
  Murillo le hizo ordenador de pagos. Las botas miraban con envidia al
  sombrero por el lustre que tenía. Nicolás Rubín presentose menos
  desaseado que otras veces, sintiendo no haber podido traer a D. León.
  _Ulmus Sylvestris, Quercus gigantea_, y _Pseudo Narcissus odoripherus_
  presentáronse muy guapetones, de levitín, y alguno de ellos con guantes
  acabados de comprar, y rodearon a la novia, y la felicitaron y aun le
  dieron bromas, viéndose ella apuradísima para contestarles. Por fin,
  doña Lupe dio la voz de mando, y a la iglesia todo el mundo.
  Fortunata tenía la boca extraordinariamente amarga, cual si estuviera
  mascando palitos de quina. Al entrar en la parroquia sintió horrible
  miedo. Figurábase que su enemigo estaba escondido tras un pilar. Si
  sentía pasos, creía que eran los de él. La ceremonia verificose en la
  sacristía, y duró poco tiempo. Impresionaron mucho a la novia los
  símbolos del Sacramento, y por poco se cae redonda al suelo. Y al propio
  tiempo sentía en sí una luz nueva, algo como un sacudimiento, el choque
  de la dignidad que entraba. La idea del señorío enderezó su espíritu,
  que estaba como columna inclinada y próxima a perder el equilibrio.
  ¡Casada!, ¡honrada o en disposición de serlo! Se reconocía otra. Estas
  ideas, que quizás procedían de un fenómeno espasmódico, la confortaron;
  pero al salir volvió a sentirse acometida del miedo. ¡Si por acaso el
  enemigo se le aparecía...! Porque Mauricia le había dicho que rondaba,
  que rondaba, que rondaba... ¡Aquí de la Virgen! Pero ¡qué cosas! ¡Si
  María Santísima protegía ahora al enemigo! Esta idea extravagante no la
  podía echar de sí. ¿Cómo era posible que la Virgen defendiera el pecado?
  ¡Tremendo disparate!, pero disparate y todo, no había medio de
  destruirlo.
  De regreso a la casa, doña Lupe no cabía en su pellejo; de tal modo se
  crecía y se multiplicaba atendiendo a tantas y tan diferentes cosas. Ya
  recomendaba en voz baja a Fortunata que no estuviese tan displicente con
  doña Silvia; ya corría al comedor a disponer la mesa; ya se liaba con
  Papitos y con Patricia, y parecía que a la vez estaba en la cocina, en
  la sala, en la despensa y en los pasillos. Creeríase que había en la
  casa tres o cuatro viudas de Jáuregui funcionando a un tiempo. Su mente
  se acaloraba ante la temerosa contingencia de que el almuerzo saliera
  mal. Pero si salía bien, ¡qué triunfo! El corazón le latía con fuerza,
  comunicando calor y fiebre a toda su persona, y hasta la pelota de
  algodón parecía recibir también su parte de vida, palpitando y
  permitiéndose doler. Por fin, todo estuvo a punto. Juan Pablo, que no
  había ido a la iglesia, pero que se había unido a la comitiva al volver
  de ella, buscaba un pretexto para retirarse. Entró en el comedor cuando
  sonaba el pataleo de las sillas en que se iban acomodando los
  comensales, y contó... «Me voy--dijo--, para no hacer trece». Algunos
  protestaron de tal superstición, y otros la aplaudieron. A D. Basilio le
  parecía esto incompatible con las luces del siglo, y lo mismo creía doña
  Lupe; pero se guardó muy bien de detener a su sobrino por la ojeriza que
  le tenía, y Juan Pablo se fue, quedando en la mesa los comensales en la
  tranquilizadora cifra de doce.
  Durante el almuerzo, que fue largo y fastidioso, Fortunata siguió muy
  encogida, sin atreverse a hablar, o haciéndolo con mucha torpeza cuando
  no tenía más remedio. Temía no comer con bastante finura y revelar
  demasiado su escasa educación. El temor de parecer ordinaria era causa
  de que las palabras se detuvieran en sus labios en el momento de ser
  pronunciadas. Doña Lupe, que la tenía al lado, estaba al quite para
  auxiliarla si fuera menester, y en los más de los casos respondía por
  ella, si algo se le preguntaba, o le soplaba con disimulo lo que debía
  de decir.
  A un tiempo notaron Fortunata y doña Lupe que Maximiliano no se sentía
  bien. El pobrecito quería engañarse a sí mismo, haciéndose el valiente;
  mas al fin se entregó. «Tú tienes jaqueca» le dijo su tía. «Sí que la
  tengo--replicó él con desaliento, llevándose la mano a los ojos--; pero
  quería olvidarla a ver si no haciéndole caso, se pasaba. Pero es inútil;
  no me escapo ya. Parece que se me abre la cabeza. Ya se ve, la agitación
  de ayer, la mala noche, porque a las tres de la mañana desperté creyendo
  que era la hora, y no volví a dormir».
  Hubo en la mesa un coro compasivo. Todos dirigían al pobre jaquecoso
  miradas de lástima y algunos le proponían remedios extravagantes.
  «Es mal de familia--observó Nicolás--, y con nada se quita. Las mías
  han sido tan tremendas, que el día que me tocaba, no podía menos que
  compararme a San Pedro Mártir, con el hacha clavada en la cabeza. Pero
  de algún tiempo a esta parte se me alivian con jamón».
  --¿Cómo es eso?... ¿aplicándose una tajada a la cabeza?
  --No, hija... comiéndolo...--¡Ah!, uso interno...--Vale más que te
  retires--dijo Fortunata a su marido, cuyo sufrimiento crecía por
  instantes.
  Doña Lupe fue de la misma opinión, y Maximiliano pidió permiso para
  retirarse, siéndole concedido con otro coro de lamentaciones. El
  almuerzo tocaba ya a su fin. Fortunata se levantó para acompañar a su
  marido, y no hay que decir que, sintiendo el motivo, se alegraba de
  abandonar la mesa, por verse libre de la etiqueta y de aquel suplicio de
  las miradas de tanta gente. Maxi se echó en su cama; su mujer le arropó
  bien, y cerrando las maderas, fue a la cocina a hacer un té. Allí
  tropezó con doña Lupe, que le dijo:
  «Primero es el café. Ya lo están esperando. Ayúdame, y luego harás el té
  para tu marido. Lo que él necesita más es descanso».
  La sobremesa fue larga. Pegaron la hebra D. Basilio y Nicolás sobre el
  carlismo, la guerra y su solución probable, y se armó una gran
  tremolina, porque intervinieron los farmacéuticos, que eran atrozmente
  liberales, y por poco se tiran los platos a la cabeza. Torquemada
  procuraba pacificar, y entre unos y otros molestaban mucho al enfermo
  con la bulla que hacían. Por fin, a eso de las cuatro fueron desfilando,
  teniendo la desposada que oír los plácemes empalagosos que le dirigían,
  confundidos con bromas de mal gusto, y contestar a todo como Dios le
  daba a entender. La tarde pasola Maxi muy mal; le dieron vómitos y se
  vio acometido de aquel hormigueo epiléptico que era lo que más le
  molestaba. Al anochecer se empeñó en que se había de ir a la nueva casa,
  y su mujer y su tía no podían quitárselo de la cabeza.
  «Mira que te vas a poner peor. Duerme aquí, y mañana...».
  --No, no quiero. Me siento algo aliviado. El periodo más malo pasó ya.
  Ahora el dolor está como indeciso, y dentro de media hora aparecerá en
  el lado derecho, dejándome libre el izquierdo. Nos vamos a casa, me
  acuesto entre sábanas y allí pasaré lo que me resta.
  Fortunata insistía en que no se moviese, pero él se levantó y se puso la
  capa. No hubo más remedio que emprender la marcha para la otra casa.
  «Tía--dijo Maxi--, que no se olvide el frasco de láudano. Cógelo tú,
  Fortunata, y llévalo. Cuando me meta en la cama, trataré de dormir, y
  si no lo consigo, echarás seis gotas, cuidado... seis gotas nada más de
  esta medicina en un vaso de agua, y me las darás a beber».
  Muy abrigado y la cabeza bien envuelta para que no le diese frío,
  lleváronle a la casa matrimonial, que fue estrenada en condiciones poco
  lisonjeras. La distancia entre ambos domicilios era muy corta. Al
  atravesar la calle de Santa Feliciana, Fortunata creyó ver... juraría...
  Le corrió una exhalación fría por todo el cuerpo. Pero no se atrevía a
  mirar para atrás con objeto de cerciorarse. Probablemente no era más que
  delirio y azoramiento de su alma, motivados por las mil andróminas que
  le había contado Mauricia.
  Llegaron, y como todo estaba preparado para pernoctar, nada echaron de
  menos. Sólo se hablan olvidado unas bujías y Patricia bajó a traerlas.
  Acostado Maxi, sucedió lo que se temía: que se puso peor, y vuelta a los
  vómitos y a la desazón espasmódica. «Tú no quieres hacer caso de mí...
  ¡Cuánto mejor que hubieras dormido en casa esta noche! Ahí tienes el
  resultado de tu terquedad». Después de expresar su opinión autoritaria
  de esta manera, doña Lupe, viendo a su sobrino más tranquilo y como
  vencido del sopor, empezó a dar instrucciones a Fortunata sobre el
  gobierno de la casa. No aconsejaba, sino que disponía. Por dar órdenes,
  hasta le dijo lo que había de mandar traer de la plaza al día
  siguiente, y al otro y al otro. «Y cuidado con dejar de tomarle la
  cuenta a la muchacha, al céntimo, pues Torquemada dice que no la abona y
  no hay que fiar... Si te falta algún cacharro en la cocina, no lo
  compres; yo te lo compraré, porque a ti te clavan... Nada de comprar
  petróleo en latas... el fuego me horripila. Desde mañana vendrá el
  petrolero de casa y le tomas lo que se gaste en el día... Patatas y
  jabón, una arroba de cada cosa. Cuidado cómo te sales de un diario de
  dieciséis reales todo lo más... El día que sea conveniente un
  extraordinario, me lo avisas... Yo iré con Papitos a la plaza de San
  Ildefonso, y te traeré lo que me parezca bien... A Maxi le pones mañana
  dos huevitos pasados, ya sabes, y un sopicaldo. Los demás días su
  chuletita con patatas fritas. No compres nunca merluza en Chamberí.
  Papitos te la traerá. Mucho ojo con este carnicero, que es más ladrón
  que Judas. Si tienes alguna cuestión con él, nómbrame a mí y le verás
  temblar...». Y por aquí siguió amonestando y apercibiendo con ínfulas de
  verdadera ama y canciller de toda la familia. La suerte que se marchó.
  Serían las diez cuando la desposada se quedó sola con su marido y con
  Patricia. Maxi no acababa de tranquilizarse, por lo que fue preciso
  apelar al remedio heroico. El mismo enfermo lo pidió, dejando oír una
  voz quejumbrosa que salía de entre las sábanas, y que por su tenuidad
  no parecía corresponder a la magnitud del lecho. Fortunata cogió el
  cuenta gotas y acercando la luz preparó la pócima. En vez de siete gotas
  no puso más que cinco. Le daba miedo aquella medicina. Tomola Maxi y al
  poco rato se quedaba dormido con la boca abierta, haciendo una mueca que
  lo mismo podía ser de dolor que de ironía.
  
  
  --iv--
  
  Al ver dormido a su esposo, pareciole a Fortunata que se alejaba;
  encontrose sola, rodeada de un silencio alevoso y de una quietud
  traidora. Dio varias vueltas por la casa, sin apartar el pensamiento y
  las miradas de los tabiques que separaban su cuarto del inmediato, y los
  tales tabiques se le antojaron transparentes, como delgadas gasas, que
  permitían ver todo lo que de la otra parte pasaba. Andando de puntillas
  por los pasillos y por la sala, percibió rumor de voces. Si aplicara el
  oído a la pared, oiría quizás claramente; pero no se atrevió a
  aplicarlo. Por la ventana del comedor que daba a un patio medianero,
  veíase otra ventana igual con visillos en los cristales. Allí lucía una
  lámpara con pantalla verde, y alrededor de ella pasaban bultos, sombras,
  borrosas imágenes de personas, cuyas caras no se podían distinguir.
  Después de hacer estas observaciones, fue a la cocina, donde estaba la
  criada preparando los trastos para el día siguiente. Era tan hacendosa y
  tan corrida en el oficio, que la misma doña Lupe se sorprendía de verla
  trabajar, porque despachaba las cosas en un decir Jesús, sin
  atropellarse. Pero a Fortunata le era antipática por aquella amabilidad
  empalagosa tras de la cual vislumbraba la traición.
  «Patricia--le dijo su ama, afectando una curiosidad indiferente--. ¿Sabe
  usted qué gente es esa del cuarto de al lado?».
  --Señorita--replicó la criada sin dejarla concluir--; como estoy aquí
  
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